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Ya pasaron meses desde ese día de verano en el que Manuel cumplió la amenaza que tanto repetía. Robarle un beso a su mejor amigo.
Después de ese día, no dejaron de besarse cada vez que podían.
Fue en uno de esos momentos de besos ocultos en los que Santiago los descubrió. Cuando una noche en la que se quedó a dormir en la casa de Manuel, se despertó para ir al baño y los encontró besándose en la cocina.
— Yo sabía que eran trolatzos— fue lo único que dijo antes de continuar su camino al baño.
Luego de esa noche, decidieron contárselo a Balza. No tenía sentido que fuera el único del grupo sin saber.
— Al fin — la respuesta de su amigo los dejó preguntándose si realmente eran tan obvios.
En el colegio lo mantuvieron en secreto. Sabían que la reacción de muchos de sus compañeros iba a ser mala y no valía la pena soportar sus miradas y comentarios homofóbicos siendo este su último año de secundaria.
Lo malo de mantener su relación en secreto es que todos pensarán que estaban solteros.
Así que las chicas de diferentes cursos seguían tirándole onda a Manuel. Esto volvía loco a Lautaro, que quería gritarles que él le pertenecía.
— Calmate, bebote. Vos sabés que solo te quiero a vos— le surrurro después de volver del primer recreo y descubrir un papel que tenía anotado un número de celular, sobre el banco que compartían. El rubio lo había roto en pedacitos y tirado a la basura. Las palabras del pelinegro no fueron suficientes para calmarlo. Odiaba que tantas chicas le tuvieran ganas a su novio.
Más tarde, durante el segundo recreo. Manuel lo encerró en uno de los cubículos del baño para demostrarle que realmente solo lo quería a él.
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Ya estaba todo planeado para el viaje a Bariloche. Las valijas listas y las botellas de shampoo vaciadas y recargadas con el alcohol que tenían prohibido ingresar al hotel.
También ya estaba decidido el orden de las habitaciones. La empresa les había notificado semanas antes que armaran grupos de cuatro personas para cada habitación.
Manuel, Lautaro, Santiago y Balza.
Fácil.
—Llegan a coger en el cuarto y les pego una patada en el orto a los dos— fue la advertencia de Bauleti.
Cuando por fin llegaron al hotel, luego de un largo viaje en micro, les comunicaron de un error en las reservas y que algunos tendrían que dormir en habitaciones de a dos. Uno de los coordinadores indicó que levantaran la mano los que querían compartir cuarto.
Manuel fue el primero en levantar la mano, mientras le sonreía a su novio.
Los días y noches pasaron entre besos, toqueteos y gemidos silenciosos cada vez que estaban solos. La cama del mayor era la única que utilizaban mientras la otra solo tenía ropa y cualquier otra cosa que le tiraran encima. Sabían que era una imagen sospechosa para el personal de limpieza, pero confiaban en su discreción.
La noche de la fiesta bizarra, Lautaro se fue del cuarto notificándole a Manuel que se iba al cuarto de sus amigas para que lo ayuden a alistarse. Ya que ellas le prestarían el disfraz.
Como era costumbre para esta fiesta, donde tenían que vestirse de una forma inusual, algunos de los chicos elegían ir vestidos de chicas usando ropa de sus compañeras. Todo pasaba entre risas y cargadas.
Este año Lautaro pertenecía a ese grupo. Al principio, cuando Balza lo sugirió, se había negado rotundamente.
—Soy puto pero no trolo— le dijo, molesto.
— Dale, boludo, unos cuantos chicos del curso lo van a hacer y ninguno es puto. Es para joder nomas. ¿Qué hay más bizarro que ir vestido de mina?
Él seguía sin estar convencido, pero las chicas del aula habían insistido en que ellas los vestirían y que iba a ser gracioso.
— Dale, Lauti. Yo te presto mi pollera y te maquillo. Va a ser un cago de risa. — le dijo Coty, su mejor amiga.
— Ni en pedo me maquillo. Ya la pollera es una banda. No soy una mina.
—Y ese es el punto, tarado. Van a ser un grupo de chabones en pollera, no seas ortiva. Yo voy a ir disfrazada de chabón y vos me vas a prestar tu ropa.
— Eh? ¿Por qué yo?
— Porque la ropa de otro me va a quedar demasiado grande. Además, soy tu mejor amiga. ¿O no? — La rubia le dedicó la sonrisa que siempre usaba cuando quería conseguir algo.
Así es como Lautaro terminó en esta situación. Con la pollera y la camisa del uniforme femenino del colegio.
—¿Una pollera más corta no tenías? — Le dijo a su amiga con tono burlón, mientras se miraba al espejo.
La pollera no llegaba a cubrir el borde de sus boxers negros.
—Cállate y sentate en la cama que te voy a delinear.
— Ni en pedo.
Por supuesto, terminó con un delineado.
Manuel ya se encontraba en el hall de entrada del hotel, junto con el resto de sus compañeros y los coordinadores, esperando a que bajaran los que faltaban y por fin poder irse al boliche.
Él se había negado rotundamente a formar parte del grupo de chicos que se vestirían como mujeres. Así que ahora se encontraba vestido como stripper. O sea, sin remera, con un jean negro y billetes falsos sobresaliendo del elástico de sus boxers. Nunca fue alguien que le pusiera mucha onda a los disfraces.
De todas formas seguía siendo mejor disfraz que el de Bauleti, que estaba vestido con remera y shorts blancos con círculos de colores pintados, simulando el juego Twister. Por supuesto que uno de los círculos se encontraba pintado en su entrepierna.
Lo distrajo de sus pensamientos el sonido de silbidos detrás de él. Cuando se dio vuelta, vio que por la escalera bajaba el grupo de sus compañeros que habían decidido vestirse de chicas. Algunos tenían puesto el uniforme femenino del colegio y otros crop tops y tangas por arriba del boxer. El último en bajar fue su novio, que se veía tímido y más hermoso que nunca.
El rubio tenía puesta la pollera escocesa azul y roja junto con la camisa blanca del uniforme. La camisa estaba atada con un nudo adelante, dejando a la vista su abdomen.
Manuel tuvo que contenerse para no ir hacia él, agarrarlo de la mano y llevárselo a la habitación.
—¡Tremendo ojete tenés, Moschini! —grito uno de sus compañeros.
— ¡Mírenlo a Moschini, terrible minón!
— A ver, una vueltita para los pibes.
Lo unico que evito que se cague a piñas con sus compañeros fue la voz de un coordinador dándoles indicaciones.
— Ahora que estamos todos, les repito que hay tres micros para volver. Uno sale a la 1 am, el otro a las 3 am y el último es cuando termina la fiesta a las 7 am. ¿Entendido?
—Sí— respondieron todos al unísono.
Cuando subieron al micro, se sentaron juntos, como siempre.
— Estas hermoso, mi amor. —El pelinegro se acercó para susurrarle al oído a su novio—No sabes lo que me tuve que contener de llevarte al cuarto y tenerte solo para mí. No quiero que nadie mas te vea asi—
El rubio se sonrojó.
—Pajero
—Solo por vos— le respondió mientras le guiñaba un ojo.
El boliche estaba lleno y la música a tope, como todas las noches. Ellos se encontraban bailando en ronda con un grupo de sus compañeros mientras otros intentaban levantar a alguna chica. Entre ellos Bauleti, como siempre.
—No sé cómo pensó que lo del Twister iba a funcionar —comentó Balza—. Tiene más chances de que una mina le pegue en las bolas que cualquier otra cosa.
Todo el grupo se rió.
— Ya vuelvo, voy a comprar algo para tomar. ¿Vos querés algo? — Le pregunto Manuel a Lautaro, gritando para que su voz se escuche por sobre la música.
—No, estoy bien, Manu. —le respondió.
—Bueh, ¿Y a nosotros no nos vas a preguntar? —reclamó uno de sus compañeros.
—No, si quieren algo, vayan ustedes.
—Ándate a cagar, Merlo.
Él se alejó entre risas.
Mientras esperaba su bebida en la barra, notó cómo un chico rubio y musculoso se acercó a Lautaro. Demasiado cerca para su gusto. Era obvio que le estaba diciendo algo al oído, y Moski no lo estaba apartando. Manuel sintió como la rabia se apoderaba de él.
Lautaro estaba bailando con sus amigos cuando un chico que no conocía se le acercó y le dijo algo al oído.
—¿Qué? —La música estaba demasiado alta y no podía escucharlo con claridad.
El desconocido se le acercó aún más y le volvió a decir algo al oído. Lautaro continuaba sin entender lo que decía. La situación ya lo estaba molestando.
— Raja de acá, no me jodas. — Le grito para asegurarse que lo escuchara. Esto logro que el extraño se fuera. Apenas esto ocurrió, sintió una mano sujetándole la muñeca. Estaba por mandar a la mierda a quien sea que lo estuviera tocando cuando noto que era Manuel.
— Nos vamos —le dijo y comenzó a tirarlo de la muñeca.
— ¿Eh? ¿Qué te pasa, boludo?
— Nada, nos vamos.
—¿Qué pasa? Quedamos en cerrar boliche hoy — Balza le cuestionó.
— No pasa nada, nos vemos en el hotel —fue toda su respuesta antes de arrastrar a Lautaro hacia la puerta, donde ya había un grupo esperando para irse.
— ¡Soltame! ¿Qué te pasa? ¿Adónde vamos a ir, boludo?
— El primer micro pasa en cinco minutos. Nos vamos a ir en ese. — No quería explayarse, la bronca lo estaba consumiendo.
— Yo no me voy una mierda. Primero explícame qué te pasa. — El rubio le respondió, molesto. Quería saber a qué se debía el repentino cambio de humor del pelinegro.
— Me pasa que vi a mi novio hablando con un pajero que se lo estaba chamuyando.
—¿De qué hablas? Si no hablé con nadie.
—¿Y ese rubio trabado de recién? Me vas a decir que no le estabas hablando. — El tono de Manuel cada vez se volvía más alto.
— No tengo idea de qué me quiso decir ese chabón. Solo se me acercó y me dijo algo que ni entendí.
— No te hagas el boludo, qué bien que le contestaste.
Lautaro agradecía el volumen de la música que cubría la discusión de pareja que estaban teniendo.
Normalmente le calentaba cuando Manuel se ponía celoso, pero en esta situación solo le parecía molesto. Él no había hecho nada malo.
— Pensa lo que quieras, yo me quedo—intentó alejarse para volver con sus amigos, pero Manuel se lo impidió, agarrándolo del brazo.
— Vos te venís conmigo, ¿O querés quedarte para ir a hablar con ese pelotudo? —Su agarre en el brazo de Lautaro se volvió más fuerte.
— ¿De que carajo hablas? Yo me quiero quedar con Balza y los chicos, nada más. Mejor anda que estás en pedo y estás diciendo pelotudeces.
Puede ser que eso sea cierto, y que el alcohol le está nublando la cabeza. Lautaro nunca le había dado una razón para desconfiar de él. Pero igual no quiere dejarlo acá, con ese pelotudo rondando por ahí o con cualquiera de los otros pajeros que noto le miraban el culo a su novio.
Por su parte, Lautaro estaba furioso. Él no había hecho nada. Aunque entendía los celos del pelinegro, su forma de manejarlos lo estaba enloqueciendo.
— Chicos, ya llegó el micro. Vayan saliendo que está afuera.
La voz de un coordinador los distrajo de su discusión.
— Vamos— le dijo Manuel, con seriedad.
Lautaro quería seguir peleando su derecho a quedarse, pero sabía que era al pedo. Además, su humor estaba completamente arruinado.
No hablaron en todo el viaje al hotel, ni en el ascensor camino a la habitación.
Aún sin dirigirle la palabra a su novio, Lautaro comenzó a sacar la ropa que habían dejado tirada sobre su cama. No pensaba dormir con Manuel. Estaba molesto, además de sentirse un ridículo teniendo esta discusión vestido como colegiala.
— ¿Qué haces? Deja eso ahí.
— No, hoy duermo en mi cama.— le contestó, cortante.
— Esta es tu cama—le dijo, señalando la cama en la que estuvieron durmiendo juntos los últimos días.
— No, esa es la cama del pelotudo que tengo de novio.
La cabeza del mayor comenzaba a despejarse y se sintió mal por cómo había arruinado la noche del menor. De todas formas no se arrepentía de alejarlo de ese lugar lleno de pajeros. El quiere ser el unico disfrutando de ver lo hermoso que se ve el rubio.
Cuando Lautaro le pasó por al lado, para dirigirse al baño,lo agarró del brazo. Como hizo en el boliche, pero esta vez lo arrastró hasta tenerlo contra la puerta del baño. La espalda del menor pegada a su pecho.
— Dale, mi amor. No te enojes. Yo solo te quería tener todo para mí — le susurro al oído, antes de darle una pequeña mordida en el lóbulo de la oreja y comenzar a besarle el cuello.
Lautaro forcejeó, intentando liberarse del agarre de su novio. Pero el mayor lo presionó contra la puerta con más fuerza. Fue ahí donde notó la erección de su novio contra él.
— Salí, pajero. Me trajiste acá para coger nada más — aunque le encantaba cuando Manuel demostraba su fuerza y lo movía a su gusto, seguía estando molesto.
— No, te traje acá porque no aguantaba más ver como te miraban tantos chabones y no poder decirles que sos mío.
Lautaro entendía ese sentimiento. A él también le jodia las miraditas que le tiraban las chicas a su novio. Pero esto era distinto. Manuel lo había acusado de recibir los avances de un extraño.
— Dijiste que me estaba chamuyando a uno y no era así.—Esto era lo que más lo ofendía, ser acusado de algo que no hizo.
— Perdón, bebe. Me cegaron los celos. Pero ahora estamos acá, los dos solos. Y te ves hermoso en esa pollerita — volvió a besarle el cuello y esta vez se alejo lo suficiente para poder levantarle la pollera y apretarle el culo con fuerza.
— No puede ser lo que es este culo, y es todo mio.
— No — le contesto, no queriendo darle el gusto. Pero su novio le mordió el cuello, arrancándole un pequeño grito.
— Decime que sos mio — Manuel le pego una nalgada en el culo antes de volver a apoyarse contra él, haciendo que vuelva a sentir su erección. Lautaro quería seguir discutiendo, pero la calentura lo hizo ceder.
—Sí, sí, Manu. Soy tuyo. Aunque seas un pelotudo. — su respuesta le saco una sonrisa al pelinegro
— Así me gusta. Ahora déjame verte. Toda la noche quise mirarte bien pero no quería ser tan obvio.
— Me parece que fallaste en eso. Sentí como me mirabas todo el tiempo.
El pelinegro sabía que tenía razón, en un momento de la noche Balza lo había apartado del grupo para decirle que dejara de mirar al rubio como si se lo fuera a comer. Él lo intentó pero no lo había logrado, tenían suerte de que sus compañeros ya estaban demasiado borrachos como para darse cuenta.
Ahora que Lautaro ya había cedido a sus avances, lo dio vuelta para comenzar a besarlo, volvió a llevar sus manos debajo de la pollera del menor, apretándole el culo y haciéndolo jadear.
—Toda la noche me tuve que bancar cómo te miraban todos esos pajeros. No sabes las ganas que tenia de comerte la boca ahi nomas, para que se dejen de joder.
Lautaro había notado algunas miradas de parte de chicos de otros colegios, pero no les había prestado atención. Él estaba ocupado fulminando con la mirada a todas las chicas que le tiraban miraditas coquetas a su novio.
—Sos un celoso de mierda— le dijo al mayor.
—Mira quién habla.
Lautaro iba a continuar discutiendo pero Manuel lo calló con un beso y retrocediendo hasta llegar a la cama, sentándose en el borde y guiando al rubio para que se le siente a horcajadas.
— Deja que me quite esto, me siento un boludo —dijo, señalando su disfraz de colegiala.
— No, te quiero ver con esa pollerita puesta mientras te la meto.
— Sos un degenerado —el rubio le respondió entre risas. Tenía que admitir que la idea también lo calentaba.
—Sí, y te encanta.
Volvieron a besarse, pero ahora lentamente, no había apuro. Estaban solos y no tenían que contener sus gemidos; los que dormían en las habitaciones continuas seguían en el boliche.
Lautaro comenzó a moverse para frotar sus erecciones. Haciendo gemir a ambos.
— Sácate el pantalón, te quiero ver entero — le pidió el rubio y se levantó de encima de él. Ya no aguantaba las ganas de tocar a su novio por todas partes.
Manuel obedeció, mientras Lautaro desarmaba el nudo de la camisa para poder sacársela seguido de sus boxers y luego sus zapatillas. Quedando solo con la pollera puesta.
Apenas Manuel se encontró desnudo, lo atrajo hacia él para luego guiarlo a que se recueste en la cama.
Lejos estaba el trato brusco del comienzo, solo quería hacerle sentir a Lautaro cuánto lo quería, que sus celos provenían del amor que le tiene.
El pelinegro se posicionó encima del rubio y comenzó a besarle el cuello, succionando fuerte. Dejando chupones que más tarde causarían preguntas, pero eso no importaba ahora, quiere marcar a Lautaro.
El menor solo gemía debajo de él, estaba consciente de que Manuel lo estaba llenando de chupones, pero estaba demasiado perdido en su deseo para importarle.
Manuel continuó su camino de besos hacia abajo. Garantizándose de dejar marcas en cada lugar que podía.
Cuando llegó al borde de la pollera cuadrille, la levantó para dejar a la vista el miembro del menor y comenzó a masturbarlo lentamente.
— Por favor — le rogó Lautaro.
— ¿Por favor, qué? Mi amor. ¿Queres que te la chupe, eso queres?
— Sí, Manu, por favor, por favor.
La respuesta del mayor fue introducir el miembro de su novio en la boca. Haciéndolo gemir aún más fuerte. Toda su vida Manuel siempre quiso ser el mejor en todo, hacer petes no era la excepción. Amaba sentir cómo su novio se retorcía de placer y hacerlo venirse solo con su boca.
Luego de unos minutos, Lautaro le pidió que se detuviera.
— Quiero acabar con vos adentro. Le pidió, sus ojos vidriosos por el placer.
Era el chico perfecto.
— Como quieras, bebote.
Manuel volvió a hacer un camino de besos en el pecho de su novio, pero esta vez hacia arriba. Deteniéndose para chupar y morder los pezones del rubio. Sabía que eso lo enloquecía. Continúo indicándole que se diera vuelta y abriera más las piernas.
Lautaro ya sabía lo que se venía y se estremeció en anticipación. Manuel comenzó a besarle la espalda hasta llegar a su parte trasera y levantarle la pollera nuevamente.
— Mira lo que es este culo, no puede ser que tarde tanto tiempo en probarlo— dijo el pelinegro antes de darle una pequeña mordida.
— Dale, tarado.— exclamó el rubio.
— ¿Qué, estas ansioso por qué te coma el culo?
—Sabes que si, no me tortures más, Manu. Por favor.— Lautaro le rogó,haciendo puchero,y utilizando la voz que siempre hacía que el pelinegro le diera lo que quiere.
—Mira si te voy a poder decir que no cuando pones esa voz de trolita.
Lautaro solo podía gemir mientras su novio lo desarmaba de placer con su lengua.
Después de rato, el rubio volvió a sentir la desesperación de querer sentir el miembro de su novio dentro de su cuerpo.
—Ya estoy listo, Manu, agarra el lubricante.
— Siempre tan desesperado, mi amor. Nos podemos tomar más tiempo —respondió con un tono burlón. Amaba molestar a su novio. Incluso en momentos íntimos, los beneficios de salir con su mejor amigo.
De todas formas le hizo caso, él tambien queria sentirlo lo más cerca posible.
Cuando por fin estuvo dentro de él, comenzó con estocadas lentas y profundas. Solo porque sabia que eso iba a desesperar más a Lautaro.
—Más fuerte — le pidió el rubio, como predijo que haría.
Él continuó con el ritmo tortuoso, aunque también deseaba ir más rápido, disfrutaba aún más de observar la desesperación del menor. Pego su pecho a la espalda del otro y le beso el cuello. Haciéndolo estremecerse.
Lautaro ya no aguantaba más, quería que su novio dejara de torturarlo y sabía exactamente como lograrlo.
—Por favor, papi, más fuerte. —dijo poniendo la voz de trolita que tanto calentaba a su novio.
Desde la primera vez que a Manuel se le escapó que le gustaba que le digan así, Lautaro lo utiliza cada vez que quiere volverlo loco.
—La puta madre, como te gusta provocarme. Te voy a dar lo que queres. — Manuel agarró las muñecas de Lautaro y las sujeto detrás de su espalda con una sola mano, inmovilizándolo. Sabe que al rubio le gusta cuando lo trata de forma brusca. Comenzó a darle estocadas mas rápidas y fuertes. Recordándole que es solo suyo.
Lautaro se sentía en el cielo; esto era justo lo que quería. Sentir a su novio entrando y saliendo de él de forma brusca, sujetándolo con fuerza, dejándolo indefenso y sin posibilidad de moverse. Solo puede recibir lo que Manuel decida darle.
Él nunca fue una persona a la que le gustara mostrar su vulnerabilidad, aunque todo el mundo parecía notarla de todas formas. Eso siempre lo enfurece, toda su adolescencia intentó proyectar una imagen diferente, la de alguien seguro, encontró en el humor el escudo perfecto. Pero no siempre funcionaba, Manuel pudo ver a través de él, y por primera vez eso no le molestó. Su mejor amigo sabía cómo hacerlo sentir cuidado. Eso fue lo que lo conquistó y lo que hace que se permita mostrarse vulnerable ante él, cediéndole el control completamente.
Al mismo tiempo, disfruta de saber que su cuerpo le está brindando placer a su novio y que cuando todo acabe va a tener la prueba de ese placer dentro de él y luego deslizándose lentamente fuera de él.
Por su parte, Manuel no solo disfruta de tener el control, sino también de lo que eso implica. Tener la completa confianza de su novio significa todo para el, la forma en la que Lautaro se entrega completamente lo enloquece. Ama saber que tiene el control sobre el placer de su novio. Así que cuando nota que el rubio está cerca de llegar al pico del placer, decide seguir torturándolo. Volviendo a moverse lentamente.
—¡No! No, por favor, papi. — Lautaro está desesperado por venirse. El placer se vuelve un suplicio cada vez que el pelinegro disminuye sus movimientos; su vista comienza a nublarse con lágrimas contenidas.
—No te comportes como un malcriado, vos acabas cuando yo quiera. ¿Me entendiste? — remarca las últimas palabras con una estocada fuerte, arrancándole un chillido al rubio.
—Sí, papi, perdóname. Me voy a portar bien, te lo prometo— Lautaro le responde, entre gimoteos.
—Así me gusta, mi amor— comenzó a acelerar sus movimientos poco a poco.
El rubio no sabe si putearlo o decirle que lo ama.
— Quiero que esto te recuerde que sos mío, ningún otro chabón te va a tener.
—Si, si, soy tuyo Manu. Por favor déjame acabar.
El mayor se apiadó de el y acelero sus estocadas cada vez más, mientras lo masturbaba con la mano que tenía libre. Lautaro se vino casi al instante.
Manuel lo sostuvo en su lugar hasta el también llegar a ese final tan esperado.
Antes de desplomarse sobre la cama, dejó ir los brazos del rubio. Notando cómo había dejado marcas en sus muñecas.
—¿Estas bien, mi amor? ¿Te duelen los brazos? — le pregunto, preocupado.
—Sí, me duelen, pero valió la pena— respondió el rubio con una sonrisa cansada.
Manuel le dio un beso y los limpió con la primera prenda de ropa que encontró. Luego comenzó a acariciar los brazos del menor. Queriendo aliviar el dolor.
Lautaro solo lo observaba, intentando contener la emoción que le producía el sentirse tan cuidado. Nunca pensó que iba a conocer al amor de su vida, pero lo tenía enfrente de él.
