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Suplica Malfoy, que te queda bastante bien

Summary:

Harry y Draco tienen una relación secreta que se va mucho a la mierda, luego de que Draco, con sus conflictos y prejuicios, engaña a Harry con Blaise. Habrá arrepentimiento y una arrastrada magnifica, sí es que quiere recuperar el perdón del único omega del que está plenamente consciente, amará toda la vida.

Comisión encargada atraves de mi página de facebook ;)

Notes:

Es la primera vez que escribo Drarry, así que, una disculpa sino se siente muy orgánico la dinámica o la interacción. Espero les guste y gracias a la personita que lo pidió, me divertí mucho haciéndolo 🖤

Work Text:

 

Era demasiado. La vida comenzaba a ser demasiado.

La gente siempre tuvo la idea de que Draco Malfoy tiene una vida fácil, y él desearía que tuvieran razón. Alfa, vida privilegiada, padres que lo amaban, ¿qué más podría pedir?

Un poco de paz, por ejemplo, la oportunidad de callar la voz de su familia dentro de su cabeza, que le repetían una y otra vez que los sangre sucia, los mestizos, debían perecer. Sangre sucias como la molesta de Hermione Granger, pero que solía ser amable cuando se lo proponía. Mestizos, como Harry Potter, el elegido en esa maldita guerra mágica y su omega.

Iba en el tren de regreso a Hogwarts, para empezar su sexto año y tenía el pésimo presentimiento de que algo iba a salir muy mal. Peor que el año que acababa de pasar. Y seria su culpa, por primera vez, la desgracia más grande de su vida sería su culpa.

Se lo topó en el vagón, sus hermosos ojos verdes conectaron con los suyos y a pesar del dolor que podía detectar en él, le regaló una sonrisa pequeña, porque así era Harry y lo amaba por eso y mucho más.

‒Lamento lo de Sirius—alcanzó a susurrarle cuando pasó por su lado.

No hubo respuesta, no tenían tiempo para ello, pero Harry rozó uno de sus dedos contra su mano y fue suficiente. Hasta que escuchó pasos y el primer instinto fue prácticamente huir de su lado. Harry sonrió, pero no había alegría en el gesto, era más bien una mueca dolorosa que pareció querer cortarle la cara.

‒Es bueno volver a los viejos hábitos.

El sarcasmo. Siempre oportuno, siempre presente, siempre su arma favorita.

Desearía que fuera eso, ansiaba que su miedo por ser vistos y reconocidos como la pareja que llevaban siendo desde hace un año, fuera aquello que lo forzaba a alejarse de él.

Pero le habían ordenado matar a Dumbledore y Snape estaría detrás de él como una sombra y tenía ordenes de usar el armario de la sala de Menesteres para el ataque cuando le dieran la señal. Era por la marca en su brazo que podía sentir moviéndose y punzarle como si la serpiente de verdad lo estuviera mordiendo.

Era porque en un momento de debilidad, de prejuicio y miedo, se había metido con el estúpido de Blaise Zabini. Pero ¿cómo se lo diría? ¿Cómo se explica eso?

Se reunieron en el mismo lugar de siempre, a unos metros de donde Hermione lo golpeó en la nariz por burlarse de la mascota en turno de Hagrid. Harry lo eligió porque fue donde decidieron comenzar su relación y así se convirtió en el lugar oficial de sus dos momentos favoritos en la vida.

‒Estas muy callado—señaló el omega, su cabello se veía negro en la oscuridad que los rodeaba— ¿Nada hiriente que decir?

‒No me gusta tu uniforme.

Lo hizo reír. Draco nunca creyó que sería una persona divertida, capaz de producir un sonido tan hermoso en otros, pero lo conseguía solo con él, porque esa era la verdadera magia en Harry: hacer sentir especiales a los demás.

Y él le falló.

‒Sigues siendo un idiota—respondió con un poco de brillo en los ojos, colándose entre sus brazos para rodearlo—Tienes suerte de que me gustes mucho.

Lo sabía, lo supo desde que le besó por primera vez hace un año y comprendió que nunca había sido tan feliz hasta ese momento.

Sus besos tenían el mismo sabor de siempre, y sus manos continuaban acomodándose justo al borde de su mandíbula para acariciarlo. Ahí fue cuando todo empeoró, cuando el rostro de Blaise lo asaltó de nuevo

‒ ¿Seguro de que estas bien? –preguntó Harry, con esos lindos ojos verdes llenándose de preocupación—Pareces, distante.

¿Harry lo entendería? No, no lo haría. Su amante solía ser demasiado comprensivo con todo el mundo, pero su amabilidad tenía un límite y sabía que, aunque lo amaba, eso no sería suficiente esta vez.

‒ ¿Alguna vez dejas de pensar? –dijo con su mejor sonrisa, colocando las manos en su cintura y pegándole más a él—Vamos, Potter, ¿no captas que te he extrañado mucho?

‒Sí, Malfoy, yo también te extrañé.

Ahora fue su turno de sostenerle con sus manos, solo que estas estuvieron más alrededor de su cuello, para que lo viera a los ojos, y así ninguno pudiera pensar en nada más que en el otro.

‒Dilo mejor—el reto, la pelea, lo que mejor sabían hacer—Hace mucho no escucho tu bonita voz, suplicando.

No le sorprendió que Harry lo empujara para arrinconarlo entre sus brazos, nunca dejándose dominar por ningún alfa, ni siquiera por el que amaba.

‒Sí, alfa.

 

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Harry desearía que las cosas fueran más fáciles, pero también intentaba mantenerse positivo y concentrado.

La pérdida de Sirius era algo que lo acompañaría por siempre, un luto que no estaba seguro de cuando terminaría, pero, al menos no estaba solo.

Las clases son Horace Slughorn eran interesantes y Dumbledore parecía estar confiando más en él. Era obvio que aún no le contaba todo y quedaban cosas que lo aterraban de formas que nunca podría explicar, pero, Ron le ofreció un lugar en su casa, la señora Wesley le tejió una bufanda horrible que olía a hogar y amor.

Hermione estaba celosa de sus habilidades en la clase de pociones y por primera vez en su vida, ¡le pidió ayuda!

Y Draco, su alfa, parecía que por fin comenzaba a bajar sus defensas y abrirse con él. Aún peleaban y Malfoy aun no sabía cómo borrar permanentemente las ideas supremacistas que su familia le había metido en la cabeza, pero se amaban y parecía dispuesto a cambiar.

Nunca fue cosa sencilla, en especial porque su historia no comenzaba precisamente entre rosas, pero, tampoco negaría que su compañero no le aceleró el corazón desde el primer momento en que lo vio.

Tal vez no vivirían su cuento de hadas, pero cuando todo terminara, cuando Voldemort fuera derrotado y Draco pudiera alejarse de su familia, las cosas estarían bien. Lo suficiente como para vivir en paz.

Ahora se dirigía a una práctica de Quidditch, justo después del equipo de Slytherin; se toparon con algunos en los vestidores y otros que apenas salían de la cancha. Harry no les hubiera puesto atención si no fuera porque necesitaba distraerse de los ojos coquetos de McLaggen.

‒Nadie te va a creer nunca, que besaste a Draco Malfoy, jamás.

Fue como si su corazón hubiera dejado de latir por un instante y el aire frio y tormentoso le arrancara la capacidad de respirar apropiadamente.

‒Oh, créeme, hicimos más que besarnos—presumió el chico del que no tenía idea de quien era, pero recordaría siempre su cabello negro y ojos azules—Quedamos de vernos en la biblioteca más tarde, te contaré todos los detalles.

Se rieron. Continuaron su camino entre risas y diversión, cómo si él no estuviera desmoronándose con sus palabras golpeándolo como un martillo dentro de su cabeza.

La práctica fue un desastre. Estaba tan distraído y confundido que apenas y captó que Hermione hizo trampa para ayudar a Ron; y cuando aterrizó y dejó su escoba en quien sabe dónde, lo único en lo que podía pensar era en llegar rápido a la biblioteca.

Ignoró las miradas confusas y como sus amigos lo llamaban, el omega dentro de él lloriqueando ante la idea de que su alfa, que Draco haya sido capaz de hacerle algo así… De traicionarlo…

“‒Solo ten cuidado—le aconsejó Ron—Alguien como Malfoy no puede ser de fiar. Sí te lastima, ahora sí que le haré escupir algo peor que caracoles.”

Lo reconoció por su aroma. Draco y ese otro omega estaban en uno de los últimos pasillos, escondidos en una privacidad enfermiza que les permitía acercarse más y más.

‒Blaise—dijo Draco con poco cariño—Te dije que no volvieras a buscarme.

‒Tenía que hacerlo, lo que hicimos en el verano no fue cualquier cosa—miró a ambos lados, esperando que nadie lo estuviera escuchando.

Harry desearía no haberlo escuchado.

‒Sé que no fue lo ideal entrar en celo frente a ti, pero, sé que también lo disfrutaste y…

Le puso una mano en el rostro, de la misma forma en que Harry solía hacerlo y Draco lo alejó de un manotazo, pero no pasó desapercibido como empezó a apestar a vergüenza.

‒Olvídalo. Fue un error que no volverá a repetirse y no quiero que vuelvas a hablar al respecto. Puede que estes limpio, pero tu linaje no es suficiente como para atraparme.

Limpio. Porque era un sangre pura, no como él.

‒Fue suficiente para tenerte más de una vez, ¿qué ha cambiado ahora?

La pelea hubiera seguido, pero a Draco lo golpeó un libro justo en la frente y se le abrió una ceja del impacto. Buscó al culpable, pero al encontrarse con el rostro destrozado de Harry, olvidó que estaba sangrando.

‒No—suplicó, primero en un susurro, luego más alto—No, no, no.

Lo siguió desesperado, ignorando por completo el hecho de que había montones de pares de ojos sobre él, escuchando como llamaba a aquel que creían odiaba con todo su ser, como le suplicaba que se detuviera, que lo escuchara, que no era lo que parecía.

‒Harry—dijo con su voz de alfa, solo que no era poderoso, ni una orden, sino un lamento en toda la expresión de la palabra—Por favor.

‒Sabía qué harías algo así—le confesó con un aroma amargo y enseñándole los dientes—Tú, maldito mentiroso.

Lo tomó con ambas manos del uniforme, sacudiéndolo con todas sus fuerzas y su dolor.

‒V-vamos a otro lugar—insiste cuando cae en cuenta de cómo los estudiantes se reúnen alrededor de ellos, como los observan curiosos y susurran—Te lo explicaré todo.

‒Ah no—se ríe, con malicia y coraje— ¿Quieres explicarte? Bien, pero lo harás aquí y ahora.

Se alejó de él de un empujón, escuchó a alguien mencionar que Draco tenía sangre en la ceja y que Harry parecía a punto de matarlo. Alguien dijo que iría a buscar a un profesor.

‒Anda, Malfoy—lo retó—Te escuchó. ¿Qué necesitas explicarme? ¿Qué ibas a decirme?

Le pidió casi con lágrimas en los ojos que no lo obligara, que no lo forzara a decir esas cosas en voz alta, ahí delante de todos. Sería su ruina, su padre se enteraría de ello y luego…

 ‒Cobarde.

Le dio la espalda y se dispuso a caminar lejos de él. En un momento, su vista se nubló y el resto del mundo dejó de existir; solo podía pensar en lo que había hecho, en el dolor que le provocó y como estaba a punto de perderlo todo.

No pensó más en su familia, ni siquiera sentía la marca tenebrosa en su brazo; no recordó a Snape, ni el plan de ataque contra Dumbledore. Su alfa rugió de pena y dolor al ver a su omega alejarse, con ese aroma a tristeza y su corazón roto.

‒Te amo.

Todo el mundo contuvo el aliento. Hermione pellizcó a Ron sin querer y Harry detuvo sus pasos en automático.

‒Lo que pasó, lo que escuchaste, no significó nada—el corazón le latía desbocado en el pecho y aunque era difícil respirar, agarró valor cuando Harry se giró a verlo—Sé que suena estúpido, pero realmente fue un error y…

‒Un error que repetiste con gusto—escupió con veneno.

‒Lo siento, lo lamento tanto, Harry, mi omega…

Dio un paso atrás cuando trató de alcanzarlo y no estaba seguro de que era lo que lo lastimaba más: esas lagrimas acumuladas en su rostro o el rechazo.

‒ ¿En serio, Malfoy? –se le quebró la voz por un momento, pero se recuperó— ¿Crees que eso cambiará lo que hiciste? Ni siquiera puedes admitirlo y si crees que esto cuenta como una disculpa…

No podía perderlo, no a él. Sí Harry se iba, sí lo dejaba, entonces, ¿cuál era el punto? ¿Qué importaba lo que viniera después? Los planes que habían hecho, las promesas…

 

«Tal vez, algún día… Podamos… Ya sabes, casarnos y, formar una familia.»

 

Esa fue la primera vez que pensó en un futuro para sí mismo; no para sus padres, ni su apellido o el qué dirían los demás. Harry le enseñó que había más, y no iba a perderlo por un error, por haberse dejado llevar por lo fácil.

Dejó que le fallaran las rodillas, dejó que Harry estuviera por encima de él ante todos, que vieran de lo que era capaz un alfa por el perdón del omega que amaba.

‒Me equivoqué, pero, sí me dejas corregirlo, te juro que no habrá perro más fiel que yo. Por favor, mi amor, dame otra oportunidad.

Dolía. Porque quería hacerlo, sería tan fácil el solo rendirse a sus brazos y seguir adelante. El corazón se le estrujaba en el pecho y martilleaba en sus oídos con tanta fuerza que lo mareaba.

Mientras, Draco esperaba paciente por él, como un buen cachorro que pedía permiso antes de moverse. Tenía sus ojos grises irritados, probablemente por el esfuerzo de retenerlas, como él lo estaba haciendo. Su cabello rubio, tan perfectamente peinado, le provocaba revolverlo y hacerlo enojar.

Y ese aroma, ese pesar que lo inundaba le hacía daño en el cerebro. Porque quería perdonarlo, quería lanzarse a sus brazos y olvidarlo todo, porque no soportaba otra perdida. Pero no pudo. Las palabras no le salieron y esa ira, ese veneno que le corroía por dentro, no pudo más que amar y odiar a ese alfa frente a él a partes iguales, y planeaba dejarlas pelear, hasta que hubiera un ganador.

Le dio la espalda y lo dejó ahí, en el suelo, rodeado por murmullos como espinas y miradas de burla que lo perseguirían por el resto de su vida, pero tampoco hizo nada por levantarse. El alfa sollozó dentro de él, queriendo arrastrarse hasta su omega de nuevo y suplicar hasta que se le fuera el aliento en ello.

Y lo haría. Estaba dispuesto a dejarse la piel con tal de que Harry lo perdonara. No dejaría ir al único rayo de luz en su vida, así le tomara una eternidad, conseguiría su perdón.

 

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Cada vez era más difícil el tratar de acercarse a Harry. No solo porque lo evitaba a toda costa y lo repudiaba como si se tratara de una criatura venenosa, sino que ahora toda la escuela parecía haber elegido un bando y el suyo era el perdedor.

Le había enviado flores, porque, esas son la clase de cosas que le gustan a los omegas, ¿verdad? Pero no envió cualquier tipo de flores, hizo crecer una bonita enredadera de gencianas cerca de una de las ventanas de la clase de Pociones, para que todo mundo lo viera.

Era lo que Harry quería, ¿no? Que el mundo entero supiera de ellos.

Pero Harry se levantó de repente y a media clase, fue hasta el armario del fondo y sacó un frasco que contenía bilis de armadillo, usado normalmente para limpiar calderos y lo vertió casi por completo sobre la bella planta.

Después de eso, aun sin haber dicho una sola palabra, fue a sentarse en otro lugar, rodeado de miradas de aprobación y susurros de burla para Draco.

Las cosas no mejoraron después de eso tampoco. No importaba lo que el alfa hiciera, Harry no parecía tener intenciones de dar su brazo a torcer y eso comenzaba a asustarlo. ¿Y si nunca lo perdonaba? ¿Qué tal si, realmente lo había perdido?

‒Tenemos que hablar—le dijo un día que logró alcanzarlo en un pasillo solitario.

‒El hecho de que sigas creyendo que me interesa lo que sea que tienes para decir, significa que en serio has perdido la razón.

Maldito sea el día en que se enamoró del omega más orgulloso y obstinado de todos. Draco estaba seguro de que tendría más suerte convenciendo a Ron de comerse una acromántula que hacer que Harry volviera a verlo a los ojos.

‒Por favor, merezco que al menos me escuches.

‒ ¡Tú no te mereces nada! –lo empujó lejos de él y ese aroma acido le escoció la nariz—Me engañaste, Malfoy. Después de todo lo que pasamos juntos, después de todo lo que avanzamos, ¡mira lo que hiciste!

Otro empujón, pero Draco no hizo nada para detenerlo, ni siquiera cuando su espalda chocó con el pilar de piedra y los golpes de Harry se hicieron cada vez más fuertes.

‒Confiaba en ti, a pesar de que todo el mundo me dijo que era una estúpida idea—un puñetazo directo en el pecho y luego sus manos contra sus hombros—Les dije que nunca me harías daño y que realmente deseabas cambiar.

‒ ¡Lo hago! –interrumpió por fin—Puede que no me creas y está bien, pero te juro que realmente quiero hacerlo bien está vez. Solo, necesito que me des otra oportunidad.

Y ahí estaba de nuevo, la duda, las ganas de saltar a sus brazos y fingir que nada malo les había sucedido. Era lo más “fácil”, solo dejarse llevar y volver a creer que esos ojos grises no eran de nadie más; que ese primer beso aun no era causa perdida y que podría burlarse de su peinado perfecto cuanto quisiera, por el resto de su vida.

‒No.

Pero Draco no se rindió. Estuvo ahí por semanas, a pesar de que físicamente comenzaba a dolerle el ver su dolor, simplemente no podía ceder. Dejó que lo persiguiera como un cachorro amaestrado por toda la escuela, destruyó sus regalos y permitió que otros se burlaran de él porque ¿qué más se suponía que debía de hacer? Se lo había ganado, ¿cierto?

Entonces, ¿por qué lo estaba siguiendo, para asegurarse de que estuviera bien? Y, ¿qué hacia Snape ahí?

‒Tienes una misión que has descuidado—dijo el profesor, no dejando que Draco saliera fácil de ahí—Diste tu palabra.

‒No me interesa—le cortó de repente— ¿Cree que eso sigue importándome ahora?

‒Estas dejándote cegar por tus emociones, no permitas que un simple omega te nuble el juicio.

Draco salió de la esquina en que lo arrinconaron, mostrándole los colmillos al beta delante de él y marcando la distancia para no cometer una tontería.

‒Por mí, el mundo puede irse al carajo—escupió—Tengo una prioridad ahora y ese es mi omega. Hasta que no lo recupere, no pienso hacer nada más.

Severus volvió a tomarlo por el uniforme y sacudirlo, quizás esperando que así entrara en razón, aunque Draco no parecía tener intenciones de seguirlo escuchando, aun si estaban frente a frente.

‒Hice un juramento inquebrantable por ti, por tu madre, por nuestra causa. Y no arriesgaré todo lo que hemos logrado por ti, y mucho menos por él.

Lo siguió con cuidado, tratando de mantener oculto su aroma para que no se diera cuenta de que estaba detrás de él, pero Draco no parecía darse cuenta de nada a su alrededor de todas formas. Estaba furioso y respiraba erráticamente, con la mirada perdida y sus feromonas vueltas locas en lo que parecía ser el comienzo de un ataque de pánico.

Entró a la sala de Menesteres, aun sin percatarse de que Harry iba justo a un metro detrás de él. Caminó hasta un objeto escondido, bastante grande y tenebroso que no le generaba confianza, pero lo único que hizo Draco fue gritar y arrojar un par de cosas alrededor.

No planeaba salir de su escondite, no era su intención que Draco supiera que estaba ahí, pero, cuando lo escuchó llorar, cuando parecía que se le hundiría el pecho de lo profundo que luchaba por respirar, fue casi como un instinto el tener que salir de ahí.

‒ ¿Qué quería Snape? –preguntó después de que se limpiara las lágrimas, aunque no era precisamente eso lo que deseaba saber—Mencionó un juramente inquebrantable, una causa, ¿de qué estaba hablando?

‒No importa, no voy a hacer nada de lo que me pida.

Era abismal, la distancia que se sentía entre ellos, como un puente roto donde ahora solo puedes pararte sobre sus escombros. Hay vigas y pedazos filosos por todos lados, pero ahí estaba de nuevo, parado sobre aquello que sabia le terminaría haciendo daño, pero caminando hasta él de todas formas.

‒No sé lo que estes haciendo, pero…

‒No tiene importancia—le interrumpió—Pero ¿podrías quedarte?

Esa era su señal, se dio la media vuelta dispuesto a dejarlo solo, hasta que volvió a llamarlo con ese tono de voz tan destrozado que su propio omega interno sufrió.

‒Por favor, prometo no hablar, no tenemos que decir nada sino quieres, solo, por favor, déjame verte.

Ahora fue su turno de lanzarle algo a la nada. Ahora era su turno de dejar que la ira se apoderara de él y dominara sus instintos, porque no iba a permitir que le hiciera eso, no después de todo el daño que le había hecho.

‒ ¿Cómo te atreves? ¿Quién te crees que eres para pedirme algo después de lo que hiciste? ¿Es que no puedes entender que esto se acabó?

No lucia avergonzado de las acusaciones, tampoco feliz, pero Harry no quería pensar en eso. Debía recordarse que era un idiota, que no merecía su perdón aun si la vida lo estaba tratando mal en esos momentos.

‒Eso no es cierto—aseguró con calma, caminando hasta él—Sí realmente no sintieras nada por mí, no me habrías seguido hasta acá solo para saber cómo estoy.

‒Lo que sienta por ti, no cambia el hecho de no quiero volver a verte, mucho menos a dejar que me pongas las manos encima.

‒Entonces, ¿aun sientes algo por mí?

Intentó golpearlo, pero Draco fue más rápido y pudo detenerlo; Harry intentó golpearlo con la otra mano, pero tampoco fue efectivo. Draco se inclinó sobre él hasta que su espalda baja chocó con algún otro mueble arrinconado y su rostro quedó a centímetros del suyo.

‒Te odio. –gruñó, porque si no decía nada, su corazón lo traicionaría.

‒Lo sé, yo también.

Cuando sus labios por fin tocaron los del otro, fue como respirar por primera vez. Draco sabia a ese jugo de arándanos que siempre tomaba en el comedor y olía a gardenias, un aroma poco común en alfas, pero en él siempre se sintió apropiado.

Lo empujó, le mordió el labio para apartarlo, pero Draco respondió tomándolo por el mentón y regalándole una imagen en primer plano de como lamia la superficial herida, con esa estúpida sonrisa burlesca que hizo le flaquearan las piernas. Ahora fue su turno de prensarse de él y devorarlo con su boca. Las caricias se convirtieron en un campo de batalla por el control. Le arrancó el uniforme, o ¿él se lo arrancó? Bajó por su mandíbula entre besos y mordidas que le supieron a gloria, que dolían como las cosas deberían de doler.

Intentó voltearlo, ponerlo en cuatro, Draco casi ronroneo al ver como el lubricante le escurría por las piernas y el aroma de su sexo llamaba con desespero a un alfa que lo reclamara. Pero Harry no deseaba ser reclamado, quería marcar territorio.

Se giró para ponerlo a él de espaldas y se subió encima suyo con la gracia de un felino, pero las ansias de una bestia. No tenía la más mínima idea sobre que estaban acostados, pero era madera firme y lo suficientemente fuerte como para resistir el peso de ambos.

Cuando estuvo dentro suyo, ambos recordaron esa primera vez desastrosa e incómoda que les permitió conocerse mejor, recorrer sus cuerpos con amor y deseo. Harry comenzó a montarlo casi con odio, sus caderas se meneaban con fiereza y Draco no podía hacer más que gemir su nombre y aferrarse con ganas de sus muslos.

‒Omega—le lloró, intento levantarse para tocar más, pero Harry le puso una mano en el cuello como advertencia y el hombre le sonrió.

‒ ¿Te gusta? –le preguntó con una voz profunda, casi como si lo retara a decir que no para castigarlo—Claro que te gusta, solo un pervertido como tu disfrutaría algo así.

Asintió frenético, mientras su amado lo usaba para desquitarse por haber sido un idiota. Le dejó hacer lo que quisiera con él; respondió cuando le hablaba y contuvo su orgasmo solo porque se lo pidió, porque quería ser bueno y digno de él.

‒Buen chico—gimió Harry, la cicatriz de su frente desapareció debajo de la fina capa de sudor y sus mechones de cabello cubriéndole el rostro—Eso es, Malfoy, así.

Se corrieron al mismo tiempo, entre espasmos y un grito que hizo eco alrededor suyo. Harry se apoyó con ambas manos sobre su pecho para no desplomarse y cuando intentaron abrazarlo, le puso las manos por encima de la cabeza para mantenerlo quieto.

‒Tienes suerte de que me gustes tanto—dijo con la respiración agitada, sus ojos brillantes y mejillas rosadas—Pero no la suficiente.

Cuando se alejaron, Draco rápidamente intentó llegar hasta él. Se vistieron a prisa, entre tropiezos y algo similar a la vergüenza por parte de Harry. Le advirtió que no volviera a tocarlo, que este desliz no significaba nada, aun con todo su aroma por su cuerpo y su esencia escurriéndole por entre las piernas.

 

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No conocieron la suerte ni la tranquilidad en un largo, largo tiempo.

Albus Dumbledore fue asesinado por Snape, a pesar de las advertencias de Draco y sus suplicas porque huyera y se defendiera. Harry lo vio, estaban en la torre de astronomía, siguiendo sus indicaciones de esconderse.

Ahora iban en busca de más Horrocruxes, cansados, a veces hambrientos, molestos y muy probablemente hartos del bosque.

‒No puedes seguir así, Harry—insistió Hermione—Te harás daño y el cachorro…

Acostarse con Malfoy fue una tontería, pero poda justificarse con que sería un error de una sola vez. Excepto que no lo fue. Fueron tres errores, donde la necesidad de doblegar y someter a ese alfa le nubló el juicio y ahora, pagaba las consecuencias.

‒Estaremos bien—respondió Ron por él, luego de que terminara de vomitar de nuevo—Conseguiremos esa hierva rara que mencionó Hermione, Harry tomará un té con sabor horrible como su toma de decisiones y continuaremos con nuestra búsqueda mortal de artefactos oscuros…

Se permitió reír de eso y creer en sus palabras. Las volvió un mantra y se las repitió a si mismo tantas veces como fuera posible hasta creérselas. Luego, se toparon con los carroñeros y los llevaron al último lugar que deseaba ver: la Mansión Malfoy.

Lucius se veía peor de como lo recordaba; desaliñado, ojeroso y con la barba a medio salir. Desaliñado no era una palabra que uno pensaría terminaría usando para describir a un Malfoy.

‒ ¿Y bien? –preguntó Bellatrix, tirando del cabello de Harry directamente a Draco— ¿Es él o no?

‒No estoy seguro—mintió, porque lo reconocería en todas partes.

Lo acercaron más, para que pudiera olfatearlo si es que eso es lo que hacía falta, pues a esas alturas, todos sabían acerca de su relación. Harry intentó ocultar su aroma, pero era difícil con tanto estrés y con su… Lo sintió. Algo en lo ojos de Draco le dijo que se había dado cuenta.

‒No es él—dijo con un nudo en la garganta—No es Harry.

Fueron encerrados junto a los demás prisioneros, mientras Hermione era interrogada personalmente por la bruja que asesinó a Sirius. Los gritos no tardaron en llegar, Ron estaba volviéndose loco y tratando de tumbar la puerta donde estaban encerrados.

Luego, Dobby apareció como un rayo de luz, con sus varitas y una sonrisa nerviosa y medio culpable.

‒El muchacho pálido y a veces amable me dijo dónde encontrarlos, Señor—le explicó a Harry, con calma y un poco de orgullo—Insistió que debía darme prisa.

‒Wow—exclamó Ron, mirando de reojo a Harry— ¿Qué? Debes admitir que eso fue dulce.

‒ ¿Ahora estas de su lado? –se quejó el omega, poco a poco su rostro volviendo a la normalidad.

‒Oh no, definitivamente creo que es un imbécil, pero, la tortura dejó de ser divertida hace rato, si me lo preguntas.

Odiaba estar sintiéndose exactamente de la misma manera. Quería que peleara y le diera más motivos para despreciarlo; pero cuando se hizo a un lado y prácticamente terminó arrojándole su varita para que lo desarmara, algo en su corazón dio un vuelco.

‒Lo sé—susurró antes de alejarse—Está bien.

Idiota. Estúpido alfa y su maldita necesidad de conseguir su perdón a pesar de todo. Incluso escucho como alcanzó a desviar la daga que por poco y mata a Dobby.

‒Eso estuvo cerca—bromeó el elfo, mirando la herida que era apenas un rasguño en sus costillas—Dobby tendrá que darle las gracias la próxima vez que lo vea.

Harry pensó que no habría otra ocasión. Mientras tomaba ese té que, por supuesto que Hermione sabia como se preparaba, no dejaba de pensar en lo que podría sucederle a su… A Malfoy.

“Ya no es tu alfa”, pensaba mientras el cachorro en su vientre se desgarraba para salir, entre náuseas y mareos y un dolor que no deseaba volver a conocer. “Él eligió, te falló, no serán una familia, no puedes tener a su hijo”.

 

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La próxima vez que lo vio, le salvó la vida en la sala de Menesteres.

Draco apareció con la varita de su madre y sus insoportables amigos Crabbe y Goyle. Primero le apuntó con su varita y el tarado tuvo la osadía de guiñarle un ojo antes de bajar su varita.

Desafortunadamente, Crabbe convocó el Fuego Maligno, y aunque como respuesta provocó su propia muerte, el resto logró salir ileso en escobas lo suficientemente rápidas como para evitar calcinarse, y con un Horrocrux menos, se dieron el lujo de respirar un momento.

Harry ni siquiera se dio cuenta de que Draco lo sostenía entre sus brazos cuando ese dolor desapareció, ese que llevaba atormentándolo desde el primer Horrocrux destruido. Su aroma era el mismo y le ofreció la misma calma.

Miró a Hermione y Ron en la misma posición, enredados el uno en el otro, apenas respirando con normalidad. Le hubiera gustado quedarse ahí con él un poco más, permitir que lo envolviera con su cariño y sus mimos, o mejor aún, ser él quien pudiera estrecharlo y decirle cuanto lo había extrañado.

‒Hueles diferente—le dijo de repente, y Harry supo exacto a lo que se refería—No pudiste conservarlo, ¿no es así?

Esa fue su señal para levantarse y marcar su distancia. En ese momento, extrañó los días en que se arrastraba por su perdón y la satisfacción de mandarlo al diablo le decía que estaba tomando la decisión correcta. Ahora, sentía que se le estaba acabando el tiempo.

Draco lo dejó ir de nuevo, porque sabía que no importaba si Harry caminaba en la dirección opuesta a la suya, él siempre le seguiría. Ahora ya no se trataba de que lo perdonara, sino de hacerlo feliz.

Por eso, cuando lo vio salir de la oficina de Dumbledore (ahora de Snape, pero, nunca pudo llamarla su oficina), le asustó que antes de decir una sola palabra, simple y sencillamente lo besara.

‒Tu ganas, Malfoy, te perdono.

No entendió a lo que se refería, le dio miedo preguntar. Escuchó tarde los sollozos de Hermione, entendió muy tarde por qué Ron parecía que también se había echado a llorar y cuando Hagrid regresó con su cuerpo inerte entre sus brazos, la realización le hundió el pecho.

Quiso correr, gritar, maldecir; creía que su madre lo llamaba, pero no pudo moverse, o al menos eso creía, pero no iba hacia ella, iba directo a Harry. El suelo inestable bajo sus pies no estaba, tampoco estaba seguro de respirar con normalidad. ¿Estaba llorando? ¿Era su madre la que lo abrazaba? Todo olía a sangre y muerte, pero Harry nunca olía a esas cosas.

‒ ¡Harry Potter murió! –proclamó Voldemort, sonriente, feliz, realizado, pero…

‒ ¡Esto no ha acabado! –dijo Neville, con tanta fuerza que Draco por poco y sintió que lo sacudían.

Tenía la mirada perdida en el cuerpo de Harry, que reconocer su primer movimiento regresó el aire a sus pulmones. Apenas había tocado el suelo cuando él le arrebató le arrebató su varita y el mejor Buscador de su generación la atrapó sin problemas.

Fue como si el mundo volviera a brillar. La vida de Harry trajo vida a los escombros del castillo y regresó el valor en aquellos que aun peleaban por lo que consideraban correcto. Mortifagos huyeron, como los cobardes que siempre habían sido, como el cobarde que Draco seguramente seria si no fuera por Harry.

Cuando sus ojos hicieron contacto por un segundo, juraría que le sonrió y él estaba dispuesto a aferrarse a ese mínimo gesto por el resto de su vida. Le dio fuerzas para rechazar el toque de Narcisa y empujar a su padre fuera de su camino, para seguirlo al fin del mundo de ser necesario.

‒ ¿Significa que eres mío de nuevo? –le preguntó en media batalla, cada uno un contrincante diferente, espalda con espalda.

‒ ¡Jodete, Malfoy!

‒Tomaré eso como un sí.

Los dos volvieron a reír cuando vencieron y Draco confió en dejarlo ir y seguir con su destino, mientras él y los demás limpiaban su escuela de los invasores.

Cuando Neville, de entre todas las personas que él menos creyó esperar algo, mató a esa maldita serpiente, el alfa corrió en busca de su omega, lo vio vencer, lo vio derrotar al mal que llevaba atormentándolos por tantos años y por primera vez en lo que pareció una vida, el aire olía a libertad.

No fue fácil, tampoco ocurrió de inmediato. Hubo pérdidas de las que nadie se recuperaría nunca, pero ahora Draco pudo estar ahí para sostener a Harry cuando se permitió llorar por Lupin, y Tonks y Fred y todos aquellos que eran importantes para él.

Harry sostuvo su mano cuando arrestaron a su padre y dejó que tanto Ron como Hermione lo golpearan y maltrataran un poco más, por si acaso.

Pero Draco lo esperó. Aun cuando no volvió a la escuela y se convirtió en Auror, esperó.

‒Maldición, ¿qué no te cansas, Malfoy? –se quejó Harry, cuando lo encontró afuera del ministerio, esperándolo.

‒Dijiste que te gustaba cuando suplicaba, y quiero complacerte, omega.

Torció los ojos, pero no pudo reprimir la sonrisa en sus labios. Se había peinado el cabello para lucir más “profesional” y adulto, la cicatriz en su frente era menos notoria, pero siempre estaría allí. Pero sus ojos, verdes y vivos y coquetos, continuaban mirándolo de la misma forma que hace años. Cuando su corazón aún estaba intacto para él.

‒Lo admito, te queda bien—pasó a su lado, fingiendo que no le importaba su presencia, pero aun así se detuvo para hablarle—Creo que, me vendría bien un poco de compañía para cenar.

Se tomó el atrevimiento de sujetarle la mano y se sintió bien que no lo rechazaran.

‒Anda, pídelo amablemente—dijo tentando a su suerte y esperó, añorando que, por fin, todo hubiera terminado. Harry le apretó la mano.

‒Vamos a casa, alfa.

 

 

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