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La novia

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"...Por la hermosa tela que cubría hasta su cabeza en una túnica nupcial, Asako creyó que se trataba de una novia perdida.."

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La novia


Asako despertó atontada, como la vez en la que eso le reventó el oído sensible. Si. Se sentía ahogada. Al levantarse, se acercó entre tropiezos a la ventana de su habitación. Echó una mirada temblorosa.

El pueblo estaba a oscuras. No podía ver ni luces en las casas o en las pequeñas tiendas. Tampoco personas.

...Ni siquiera percibió a los otros que a veces rondaban. Nada. Como si algo los hubiera espantado.

Asako tenía frío. Lo que sucedía no estaba bien. Quiso llorar pero se obligó a no hacerlo. Las cosas solo empeorarían.

Bajó las escaleras. Su familia no estaba. Quería una chaqueta para salir pero no encontró ninguna. El perchero estaba cubierto de polvo y telarañas. Sin las arañas.

Su miedo aumentó.

Se puso los zapatos y comenzó a caminar. No llamó nombres. Tuvo la impresión de que si lo hacía, todo sería peor.

Se le ocurrió que podía caminar hasta la escuela. Si hubiera tenido lugar una catástrofe, tal vez los lugareños se habrían resguardado allí. ¿No?

Caminó pero el estado del edificio escolar marcaba un abandono similar al de su propio hogar. Se encontraba tan vacío como el resto de las casas de Kibogayama.

Asako siguió caminando. Una brisa helada recorría el pueblo como una risa. La luna brillaba, maligna, sobre su cabeza.

Llegó a Kubitachi sin darse cuenta. Era como si las aldeas se hubieran fusionado en una sola otra vez. Como un cuerpo restaurado.

Un cuerpo que amó a Asako alguna vez.

Pero solo vio más vegetación crecida, oscuridad, ladrillos rotos. Y...

Finalmente. Una sombra. No.

Yamagishi Asako sacó fuerzas de donde no tenía para correr. Aunque la figura vestía de blanco, era alguien. La última persona con vida en la zona. Tal vez podría decirle qué pasó.

—¡Oiga! ¡Usted! ¡Por favor!

La figura se detuvo pero tardó en voltearse, como si no creyera que alguien pudiera hablarle. Estaban ambos ante el templo del pueblo.

Por la hermosa tela que cubría hasta su cabeza en una túnica nupcial, Asako creyó que se trataba de una novia perdida. Tal vez su procesión estaba cerca y podrían rescatar a Asako. Hacer algo por ella. Lo que fuera.

Pero no.

Quien se volteó hacia Asako era...

—¿Tsujinaka?

Si, Yoshiki Tsujinaka, su compañero de secundaria. Viejos resentimientos surgieron en Asako, porque bien era Yoshiki quien le había robado a su amor.

—¿Asako?

Él no había regresado a la formalidad. Si, solían ser buenos amigos. Asako, Yuuki, Maki, Yoshiki...y Hikaru.

Si. El verdadero.

—¿Eres tú...? Te ves...pálido. Y...—ella buscó las palabras.

No quería decirlas. Algo en las mismas removería la tierra. El labio de Yoshiki se frunció, lo cual sobresaltó a Asako. Por un momento, bajo la luz lunar, ella llegó a pensar que su amigo era una estatua.

—Tú también.

Asako le sonrió.

Mayor. Te ves mayor...—finalmente, admitió ella, disipando su desconcierto y rompiendo a llorar.

Sus lágrimas eran rojizas, pudo ver el tono extraño porque cayeron, a pesar de estar frías, en sus manos más blancas que la túnica nupcial de Yoshiki.

Porque eso era. La túnica nupcial con la que solían vestir a las novias ofrecidas a Nounuki en Kubitachi, hasta cincuenta años atrás.

—Tú te ves como siempre, Asako —susurró Yoshiki, pero parecía hablarle al aire helado de la noche. A alguien que pudiera estar escuchándolos—. Como te recordaba —añadió él, como si fuera sumamente atrevido decirlo.

Y no por Asako, desde luego. Ella entendió.

—¿Cuánto tiempo...?

—Mucho —zanjó Yoshiki, con los ojos bajos.

Asako se limpió sus últimas lágrimas. Algo como un tentáculo le salía del ojo. También asomaba desde una manga de Yoshiki.

—Ya veo —susurró ella.

—¿Qué vas a hacer? —quiso saber Yoshiki con la voz quebrada del que no esperaba un hálito final de vida en donde vivía.

Un pueblo de muerte.

—No lo sé. Mi familia, todos...

—Si —confirmó Yoshiki.

Asako se abrazó a sí misma, buscó aplacar el frío que corroía sus entrañas repletas de algo ajeno, serpenteante, que luchaba por salir de su cuerpo.

Y unirse al que lo hizo posible.

Lo que lo hizo posible.

El amor antinatural de Yoshiki.

—¿Por qué no te fuiste? —quiso saber ella, buscando el dominio de su ser.

Yoshiki Tsujinaka se secó una lágrima que bajó por su pómulo. Asako confirmó que estaba vivo aún porque estas eran claras.

—Lo hice. Él me encontró y tuve que regresar.

No necesitaba explicar más. Asako se apiadó de Tsujinaka. Incluso más que de sí misma.

No le quedaba más por sufrir a ella.

Llegaba el amanecer. Un pedazo de cielo se blanqueó.

—Lo siento —le dijo ella, alzó una mano conciliadora pero esta era transparente.

—Está bien —susurró él.

Ella se fue. A dónde, es un gran secreto. Yoshiki permaneció en el camino un momento más. Observó el cielo hasta que el fragmento de sol se metió de vuelta.

Noche cerrada otra vez, el hombre retomó su camino. Ya no amanecía en Kubitachi. Solo hubo una excepción por Asako Yamagishi en la aldea maldita y sus alrededores.

Yoshiki lo busco a él. Lo que quedaba de Hikaru Indou y Nounuki. El terror del pueblo sin pueblerinos. Pero con amor.

O lo que fuera que corrompiera con deseo a Yoshiki Tsujinaka desde sus entrañas. Aquello que se movía en su interior, desafiando toda ley que definiera lo humano.

¿Y no era eso lo que Yoshiki Tsujinaka había querido para sí, al amar a una abominación como el impostor de Hikaru Indou?

Yoshiki rió en la oscuridad y siguió llorando. Alzó su linterna de papel y respiró el débil perfume de Asako Yamagishi. La extrañó. Y un momento después, se apresuró.

Su amado no debía enfadarse. Hacía temblar la tierra. Y si peleaban...Podía llover sangre. Yoshiki aún escuchaba los sollozos y gritos de sus seres amados. Los humanos. Pero comenzaba a olvidar nombres.

Y ya casi no importaba. Llegó al punto donde se encontraban. Desde siempre.

Solía ser la escuela. El gimnasio. Pero el mobiliario se había descompuesto. Los fluidos de los dos, las emociones que los abrasaban, habían consumido hasta las paredes renegridas.

Lo que no estaba quemado, húmedo, ensangrentado, tenía semen, moho, ojos, tentáculos muertos. Era tan excitante para Yoshiki...

Podía ver la luna otra vez por la pared derruída. Se tendió en el suelo y lo llamó.

Su amado estaba en todas partes. Era un dios y Yoshiki no tenía que ir a la Iglesia o al templo para comulgar con él, hacer su cuerpo con el divino.

Solo follaban.

Yoshiki podía coger con su dios. Era afortunado. Eso valía cualquier maldición.

La bestia dijo su nombre.

—Hikaru...

No era el amor de su infancia. Yoshiki casi había olvidado cómo era el Hikaru Real. Todo lo unido a su nombre era dolor, vergüenza de algo que dejó de existir. Sentimientos humanos que ya no tenía.

Yoshiki...—la voz no venía de ninguna parte al principio, resonó más bien en la mente de Yoshiki pero le erizó la piel con ansiedad.

Hikaru, el dios de la montaña, la oscuridad, tomó forma poco a poco. La espada del Exorcista (al que Yoshiki tuvo que asesinar), lo había cortado. Más de una vez y casi permanentemente.

A su amado le costaba retomar la forma que podía amarlo pero Yoshiki era paciente. Se apretó contra el amasijo de sangre que surgió del suelo, lamió la carne putrefacta y tragó una sustancia que parecía semen, mientras que Hikaru ganaba volúmen.

Creció, hasta duplicar la estatura de Yoshiki, quien lo observó sonriendo.

—Te amo, Hikaru —susurró, cuando de la forma emergió un tentáculo rojo profundo, ennegrecido, y se metió en su boca, rozando los dientes que le quedaban, deslizándose hasta el fondo de su garganta.

Yoshiki soportó las arcadas. Se abrió la túnica, ofreciendo su carne clara y limpia, perfumada para la criatura. Había pasado incienso ceremonial por su cuerpo. Con el templo profanado, era una invitación, en vez de una protección.

¿Para qué protegerse? Nunca había podido entender qué era Hikaru. Ese Hikaru. El único que quedó.

Un demonio, un fantasma, un ente. Decidió llamarlo dios y venerarlo con su cuerpo. Tiempo atrás.

En esa noche más cercana al presente, Yoshiki Tsujinaka abrió la boca todo lo que pudo. Chupó, gozó.

La cabeza flotante de Hikaru pudo surgir de la masa de tentáculos. A veces podía. Se miraron a los ojos. Los de ambos ya eran color sangre.

La cabeza de Hikaru sonrió. Lo observó con ternura cuando Yoshiki se arqueó y sacó el tentáculo mojado en saliva de su boca. Un hilo aún conectaba su barbilla con la longitud rojiza. Yoshiki se arqueó y esa parte del monstruo se puso más gruesa, supo para dónde bajar.

Y consumar.

No importaba cuántas veces lo hicieran, siempre era diferente y la mente dañada de Yoshiki cubría lo más intenso. Día a día, noche a noche. Le pertenecía en cuerpo, alma y corrupción a su dios.

—¿La dejaste ir?

La cabeza de Hikaru habló pero su voz no venía del fondo de su garganta, más bien del amasijo de tentáculos que volaban sobre Yoshiki y humedecían su cuerpo, rompiendo la túnica nupcial.

Hikaru adoraba dejarlo desnudo. Yoshiki era su ofrenda y él lo devoraba. Una y otra vez. Eran uno.

—Si...yo...¡Ah! Hi...Hikaru...

La cabeza le sonrió más. Leía su mente, pero Yoshiki quería hablar porque sentía que olvidaría cómo hacerlo si no. Y si alguien más llegaba al pueblo, un humano...

Yoshiki debía advertirle que se marchara. Como Asako.

¡Te vio pero la dejaste ir! ¿Pensaste que no sabría?

Yoshiki besó los labios cálidos, descompuestos, de Hikaru. Tragó los gusanos que reptaban por su lengua. El tentáculo de Hikaru creció dentro suyo, dándole placer. Porque a esas alturas, el dolor era lo mismo.

Una lágrima de sangre rodó por la mejilla de Yoshiki Tsujinaka.

—No me importa ella, solo quería que se fuera para que...nosotros...¡Hikaru! ¡Ah!

—¿Para qué...? ¡Dilo! O no dejaré que te corras —se burló el dios.

Pequeños tentáculos sujetaron el miembro erecto de Yoshiki, impidiéndole el orgasmo que bordeaba con su masoquismo. Formas similares salieron del ojo corrupto de Yoshiki. También de la marca serpenteante en la cicatriz que Hikaru Falso le hizo una vez.

—Para follar. Quería follar duro contigo...solos aquí. Sin nadie que nos...¡Ah! Moleste —susurró, con su cuerpo abriéndose a un nuevo tentáculo que rodeó la cabeza de su miembro, buscó su uretra y penetró la cavidad, jugando con su deseo.

Los labios de Hikaru sonrieron. Yoshiki lo besó, de nuevo. No le importaba si estaba muerto, si aquello que controlaba lo que quedaba de Hikaru era monstruoso.

Lo amaba. Era su novia. Su sacrificio. Su otra mitad.

Feliz aniversario, mi amor.

La bestia siempre eyaculaba muchísimo pero la biología de Yoshiki ya era tan extraña que lo tomaba con gratitud. La semilla de Hikaru lo cubría, negra, caliente, dulce. Formaba parte de algo que lo envolvía y privaba de respirar. Podía tragarla, hinchaba su estómago y luego era asimilada por su cuerpo, influyendo en Yoshiki como una droga que taimaba sus sentidos.

Hikaru se mantuvo así el tiempo necesario, mientras que su parte baja se deleitaba con la formación de patrones que absorbían las lágrimas de Yoshiki.

—Cuarenta años —dijo el dios perdido.

Sonaba como mucho tiempo pero podía ser el doble. Yoshiki había huído en su momento, cuando sucedieron la mayoría de las muertes. Hikaru lo encontró y obligó a regresar.

—Es suficiente —susurró Yoshiki, genuinamente preguntándose si Hikaru Falso aún lo dejaría seguir viviendo.

Esa vida mezclada con él.

—Todavía no —lo reprendió Hikaru, su cabeza que lloraba sangre y levitaba entre tentáculos rojos y negros, hizo un gesto burlón que tal vez solía ser del real.

Ya casi solo le quedaban recuerdos del monstruo. Yoshiki volvió a apretarse contra el amasijo de tentáculos y partes del cuerpo robado. Lamió la carne putrefacta, cabalgó el miembro duro y frío entre sus nalgas y gimió, cubierto en la venida de su amado.

—Entonces, nunca —contestó, seguro de sí mismo sobre su destino.

Si ninguno de sus amigos o familia despertaba otra vez, podían cumplirlo. Se casaban en pecado casi cada noche, cuando los dos existían al mismo tiempo en el pueblo muerto.

Yoshiki no era la primera novia de Nounuki, el dios. Pero era la última ofrenda de su pueblo extinto. Y su carne siguió ardiendo por Hikaru mucho después de que las velas, el incienso y los inútiles rezos cesaran para siempre.