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rescatando a la princesita loyola (?

Summary:

Molero y Loyola se mandan una cagada en un simulacro, lo cual resulta en Loyola siendo secuestrado por unos mafiosos random (?) y ahora los Simuladores originales tienen que volver a la acción para rescatarlo. Mientras tanto, todos se dan cuenta de que a Santos le gusta Loyola, menos Santos (y viceversa). Molero se pone la 10 y hace de cupido.

Notes:

advierto que no lo leo desde que lo terminé y eso fue hace unos meses, me había olvidado de subirlo. lo empecé a escribir como en 2022 y fui agregando cachitos mientras se me ocurrían cosas, así que la redacción seguramente es cualquier cosa, si notan algún error muy groso me avisan xd

agradezco a mi amigo el mati que me hizo ver la serie hace varios años, y con quien pasamos una que otra madrugada mandándonos headcanons de este ship de mierda lol

also, la cuenta la creé literalmente recién, sé como funciona el sitio más o menos pero taguear es un dolor de huevos así que seguro faltan cosas, no sé, es sorpresa (? si falta algún tw o algo me chiflan

disfruten esta demencia ig <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Molero nunca fue un tipo de entrar en pánico, pero en el momento realmente no supo que hacer. Recordó de casualidad que aún tenía el número de Santos (o uno de sus tantos números, pensó distraídamente mientras lo buscaba entre sus contactos), y lo llamó, rezando a un dios en el que no creía que Santos aún usara ese teléfono.

— ¿Sí? — Lo atendió tras un par de segundos una voz monótona que reconoció al instante.

— ¿Santos? Soy yo, Molero.... — Hizo una pausa, sin saber muy bien qué decir con exactitud — Mirá, macho, yo a vos y a tus compañeros no los quiero joder, pero no sé que hacer. Unos mafiosos se lo acaban de llevar a Loyola, no tengo buenos datos pero, bueno, es que estando solo yo, no puedo hacer mucho. — De nuevo, rara vez Molero se sentía tan desesperado como en ese preciso momento, y pensó que tal vez era por saber que se habían mandado una cagada, habían secuestrado a su compañero, y le estaba contando esto a un tipo que casi no conocía, pero del que sabía lo suficiente como para intuir que lo que sea que le dijera, no iba a ser amable, y la pausa prolongada del otro lado de la línea tampoco lo tranquilizaba.

— ...Encuéntreme mañana al mediodía en el cuartel, Molero. Y sea puntual, por favor. — Y con eso, colgó.

Luego de colgar el teléfono, Santos dejó salir un suspiro exasperado. No quería echarle la culpa a Molero, era verdad que siendo solo dos debía ser complicado, pero algo más le pasaba. Luego de aquel fatídico fin de semana en Entre Ríos, Santos había descubierto algo sobre sí mismo que aún no terminaba de admitir. Y ese algo involucraba al oficial Loyola. Tal vez por eso de la nada tenía tantas ganas de encontrarlo, quizás aún más que si hubiese sido alguien a quien conocía de verdad, como Ravenna, Lamponne o Medina, por más extraño que eso pudiese sonar. Soltó otro suspiro y miró su taza de té, que seguramente se habría enfriado ya. Supo de inmediato que esa noche no conciliaría el sueño.

Volvió a tomar el teléfono y, sin demasiada consideración por la hora, llamó a sus ex-socios. Hacía ya unos cuantos años que no trabajaban juntos, por lo que lo alivió bastante que los tres contestaran casi de inmediato. Les avisó de la reunión al otro día, aunque evitó compartir detalles. De eso se encargaría Molero, eventualmente. Los tres aceptaron, no sin algo de duda y preocupación evidentes en sus voces.

Colgó nuevamente y se levantó de su silla para ir a la cama, no sin antes pasar por la cocina para tirar el té ya helado. Una vez acostado, cerró los ojos intentando dormir, sin mucho éxito. Tomó el libro en su mesita de luz, admirando la portada. "El Sabueso de los Baskerville", de Arthur Conan Doyle. Los recuerdos inundaron su memoria, intentó leer, pero ahora mismo no podía. Las palabras se mezclaban en su cabeza y se encontraba a sí mismo teniendo que leer el mismo párrafo una y otra vez, incapaz de concentrarse en lo más mínimo.

Frustrado, dejó el libro y sus anteojos en la mesita de luz de nuevo, mirando al techo y pensando en un tal Javier Loyola.

• • • •

Al otro día se levantó más temprano que de costumbre, lo cual de por sí ya era bastante temprano, y se preparó un té.

No tuvo mucho más que hacer mientras esperaba a que llegara al mediodía, simplemente se vistió y se paseó una o veinte veces por la enorme casa vacía, hasta que se hicieron las once y decidió salir de la casa al fin y caminar hasta el cuartel.

Le dio algo de nostalgia, caminar por esa escalinata, entrar a esa habitación que hacía años no era ocupada por ellos, si no por otras personas. Sus pensamientos se vieron interrumpidos, sin embargo, por la figura de Molero, que se encontraba apoyado contra la mesa, fumando como si nada pasara, aunque el ligero temblor en su mano dejaba ver lo nervioso que se encontraba, algo poco característico, notó Santos, aunque lo conocía poco y nada.

— No me aguanté y vine a los pedos. Casi atropello a alguien, creo — Dijo Molero, sonriendo, era claro que estaba usando el humor como defensa. Al rubio le desagradaba el sentido del humor del detective, pero en una situación de estrés como esta, decidió no reprocharle nada.

No hablaron mucho hasta que llegaron los demás, casi al mismo tiempo. Hora de ponerse manos a la obra, decidió Santos, ocupando su lugar usual. Los demás hicieron lo mismo, salvo Medina que acercó una silla para el detective, que la rechazó tácitamente, muy ansioso como para sentarse o quedarse quieto.

Luego de que Molero les contara lo que había pasado y compartiera todo lo que habían recopilado sobre el tipo en preparación al operativo, empezaron a pensar. Mario en particular se sentía un poco ansioso, similar a Molero, en lugar de su usual comportamiento frío y calculador. Y por supuesto sus compañeros lo notaron al instante, algunas cosas no cambiaban, aunque hubiesen pasado varios años desde la última vez que se vieron.

— ¿Estás bien, Mario? — Medina, como siempre fue el primero en romper con las formalidades, colocando una mano en su antebrazo. A Santos nunca le había agradado mucho el contacto físico, y aunque no le molestaba demasiado cuando se trataba de sus socios, se ve que estaba bastante estresado, pues se vio a sí mismo parándose casi de un salto para caminar alrededor de la mesa, con su taza de té en la mano, evitando así el contacto.

— Medina, Molero, quiero que se encarguen de investigar a fondo a ese hombre, sus contactos, conexiones con otros criminales, que sea lo más exhaustivo posible. — Hizo una pausa, no se sentía tan en control como otras veces pero tener al menos lo que sería el inicio de un plan lo reconfortaba. — También habría que intentar acceder a las cámaras de seguridad del lugar en el que Loyola fue secuestrado, quizás encontremos algo.

Molero asintió con una mueca, murmurando algo sobre las cámaras de seguridad y que él se encargaría de eso. Medina se limitó a observarlos, primero al detective y luego a él, ofreciendo una media-sonrisa compasiva a ambos. Años antes, esa sonrisa a Mario le parecía reconfortante, aunque podría decirse que le daba algo de miedo, era como si Medina pudiera verlo todo. Pero hoy, en este preciso momento, y bajo estas muy particulares circunstancias, lo puso un poco incómodo ese pensamiento. "Medina lo sabe todo". Simplemente apartó la vista de la forma más sutil que pudo.

• • • •

Un sacudón leve fue lo que despertó a Loyola, aunque luego fue reafirmado por un tirón de pelo que lo obligó a pararse, lo cual hizo inevitablemente, aunque el mareo sumado a su usual torpeza no hicieron mucho para ayudar a su causa. Lo primero que notó fue algo viscoso - probablemente sangre - en su nariz y en su frente. También notó que tenía una tela atada alrededor de los ojos a modo de venda, la cual estaba muy ajustada, y le estaba haciendo doler bastante la cabeza.

Algún otro tipo lo agarró de los hombros bruscamente y lo arrastró por un camino que parecía ser de tierra, y lo obligó a subirse a lo que suponía que era otra camioneta. Oyó el ruido de las puertas cerrándose, y alguien le quitó la venda de la cara, para luego atarle las manos con una soga. Genial.

Loyola miró a su alrededor, tratando de estar lo más calmo posible, aunque a decir verdad era probablemente la primera vez que estaba en una situación así de peligrosa, secuestrado por una mafia y, aún peor, totalmente solo.

Suponía al menos que Molero estaba intentando hacer algo para localizarlo, tal vez incluso había llamado al viejo grupo. Eso le dio un poco de esperanza, entre más gente se involucrase, tal vez lo encontrarían más rápido. Aunque odiaba pensar lo que pasaría cuando Santos se encontrara con que por culpa del pelotudo de Loyola, tendría que salir de su preciado retiro.

Asimismo, tomó la decisión de ignorar el hecho de que su cerebro se había fijado únicamente en Santos para esta situación en particular, aunque a decir verdad era la única opinión que le importaba tanto como para tenerlo inquieto. Pensaba en el rubio lo bastante seguido como para saber que era así.

En cuanto sus ojos se acostumbraron un poco a la oscuridad, se tomó el trabajo de escanear los alrededores, en busca de algo que pueda serle de ayuda. En un principio, dedujo que iba en una traffic, sin cargamento, al menos por ahora. No había ventanas, y había una división entre la parte de atrás y el conductor, o eso supuso, ya que no podía ver más allá.

También había un "guardia" con él, un chico que no podía pasar de los veinticinco, el cual no parecía estar haciendo muy bien su laburo, ya que estaba roncando cual locomotora, recostado contra uno de los lados del vehículo.

Dado que no podía hacer mucho más, Loyola decidió copiarlo, y se apoyó contra el costado opuesto de la camioneta, aunque suponía que no iba a lograr pegar un ojo.

• • • •

Ya era de noche y Santos estaba aún más inquieto que hace unas horas. No había parado de dar vueltas y vueltas alrededor del cuartel, como si esa acción le diera las respuestas que buscaba.

Una vez Molero volvió del lugar del incidente, con las malas noticias de que la única cámara cercana no había captado nada de utilidad, más que el color y posible modelo del vehículo, todos estaban un tanto desalentados, dado que Medina tampoco había sido capaz de encontrar ninguna información relevante.

— Miren, chicos... — Comenzó Ravenna, el único sin miedo de poner en palabras lo que varios de ellos seguramente estaban pensando. — No estamos haciendo ningún progreso acá, y nos vamos a quedar chinos de mirar las mismas tres hojas como unos boludos. ¿Por qué no hacemos taza-taza y seguimos mañana a primera hora? Será torpe pero estoy más que seguro de que Loyola se puede cuidar solito un rato, ¿Eh? — Medina asintió, y Lamponne, acabó por darle la razón, aunque no sin dudar un poco.

Pero Santos no tenía ganas de descansar ahora, quería seguir trabajando sin parar hasta obtener algo útil. Aún así, vio como, en la última hora, Ravenna se pasaba las manos por el pelo más seguido que de costumbre, Medina suspiraba cada vez que leía una línea de información sobre el secuestrador, y Lamponne se paraba cada medio minuto a estirar las piernas. Mario suspiró, mirando a Molero, quien le devolvió la mirada, como diciendo, "y bué, dejalos".

— Está bien, pueden irse a casa, señores. Detective, si usted quiere es libre de irse también. — Dijo con fingida tranquilidad, y si bien parte de él quería obligarlos a quedarse y trabajar hasta que físicamente les resultara imposible, supo que tomó una buena decisión cuando vio el apuro y alivio con el que todos se levantaron y juntaron sus pertenencias para retirarse. Él, sin embargo, se quedó sentado, carpeta beige y lapicera en mano, lentes cuidadosamente colocados sobre el puente de la nariz.

— ¿Vos te quedás, Santos? — Inquirió Lamponne, mirando a sus socios con algo de preocupación.

— Eh... voy a terminar de organizar estos papeles y después me voy a casa. Pero los acompaño a la puerta — Mentir era literalmente su oficio, de cualquier modo, y se paró a acompañarlos solamente para darles la satisfacción, para que dejaran de mirarlo como si fuese un animalito herido. O al menos eso suponía que significaban esas miradas. De todos modos, un poco de aire fresco no le vendría mal, después de haber estado tantas horas respirando el tabaco barato que fumaban sus socios.

— Mario, haceme un favor y andá a casa, hacete un té, y tratá de dormir un poquito, ¿Sí? Te va a hacer mal estar tanto tiempo trabajando. — Dijo Medina, siempre el que más se preocupaba por el bienestar de los demás. Amagó a abrazarlo, pero Santos, sin pensarlo mucho, hizo un paso atrás justo a tiempo, alzando los brazos en señal de protesta.

— No me toques, Medina, te lo pido por favor — Ordenó, quizás un poco más severo y cortante de lo que le hubiese gustado, a juzgar por la leve mueca en la cara de su socio, aunque este igualmente le dedicó una pequeña sonrisa a modo de despedida. Mario suspiró una vez más y se dirigió adentro, para seguir trabajando.

Quizás Medina tenía razón, y no era para nada eficiente cuando trabajaba bajo los efectos del cansancio, pero a sabiendas de que no iba a poder dormir, prefería ocupar su cabeza, para no ponerse a pensar en las últimas tres o cuatro veces que a algún ser querido suyo le sucedía algo, ni en por qué consideraba al policía un ser querido, si apenas habían intercambiado palabras en unas pocas ocasiones.

• • • •

— Pero Emilio, tenés que desayunar, es la comida más importante del día, aunque sea tomate unos mates, si no... — Medina frenó en seco al ver la escena frente a él. En cambio Ravenna, lejos de ser alguien discreto, se paró en puntitas y miró por encima de su hombro, ahogando una risa.

— Uia, pará que le saco foto, no te muevas, Gaby — rió el actor, apurándose a sacar el celular del bolsillo.

— Que ni se te ocurra, Ravenna. — Lamponne le sacó el celular de la mano justo a tiempo, guardándoselo en el bolsillo.

— Oigan, ¿Qué es, la panamericana esto? Avancen, manga de boludos — Exclamó Molero al encontrarse con la puerta bloqueada, aunque al ver el objeto de tanta conmoción entendió al instante.

Sentado en el mismo lugar donde lo habían dejado, aunque ahora con la cabeza apoyada en los brazos, cruzados sobre la mesa, y los anteojos cuidadosamente colocados en su cabeza, estaba Santos, durmiendo, posiblemente con la expresión más tranquila que le habían visto desde que se conocieron.

Se movilizaron instantáneamente, por supuesto. Lamponne se acercó a Santos y lo sacudió un poco para luego irse a sentar, todavía negándose a devolverle el celular a Ravenna. Este también fue a su lugar, aunque no dejó de intentar recuperar su dispositivo. Medina fue a prepararle un té, Earl Gray con dos cucharaditas de azúcar, como le gustaba a Santos, y Molero se sentó al lado del rubio a esperar que se despertara, listo para interrogarlo un poco.

Santos se despertó más por el ruido que por el sacudón que le había dado Lamponne, e inmediatamente se sintió bastante incómodo. No es que le incomodaran ellos, confiaba plenamente en sus socios, pero aún así prefería no demostrar tal grado de vulnerabilidad.

Con el pañuelo que tenía cuidadosamente doblado en su chaleco, se limpió discretamente el pequeño hilo de baba que tenía en la comisura de la boca, un poco avergonzado. Mientras se colocaba sus lentes, pensó en decir algo para cortar un poco la tensión, pero Molero le ganó de mano.

— 'Cuchame una cosa, flaco... ¿Vos te quedaste toda la noche acá, no? — Habló el detective, y antes de que Mario pudiese acotar algo, lo volvió a interrumpir — Y antes de que me mientas, tenés puesta la misma ropa de ayer.

Santos no supo qué contestar, así que asintió, como si no le diera aunque sea un poco de pena que lo hayan encontrado en tal estado. Molero simplemente se rió de esa forma tan particular que tenía, y luego no volvió a preguntarle nada. Un alivio, realmente.

— Te traje un té, así te despabilás un poco — Entró Medina, con una taza humeante en las manos y una sonrisa en la cara. Le dejó la taza a un lado antes de sentarse en su lugar de siempre.

— Disculpame, Medina, pero en este momento no estoy de humor para tomar té. — Tal vez eso debió advertirles a sus compañeros que algo no estaba bien con él. Se miraron un tanto extrañados, pero no emitieron palabra, así que continuó. — Necesitamos conseguir más información sobre el paradero de Loyola y sus atacantes, precisamente, a dónde se lo llevan, por qué se lo llevaron, y si piensan hacerle algo, por lo que vimos el grupo tiene tendencias violentas, pero no lo mataron de inmediato, así que algo deben querer.

— Mirá, Santos, admiro tu dedicación, pero yo te diría que te relajes un poco, te veo un poco... a falta de una mejor palabra, alterado, como acelerado. Todos queremos encontrarlo a Loyola, pero con que te estreses no hacemos nada — Acotó Ravenna, y si bien a Santos muchas veces sus comentarios un tanto inoportunos le hacían gracia, ahora mismo sintió el impulso de gritarle. Pero se pudo contener. Casi.

— Ravenna, si pasaras menos tiempo haciendo esa clase de comentarios y más tiempo trabajando, tal vez llegaríamos un poco más lejos. Confío en tus habilidades, pero en este preciso momento, me tenés un poco hasta las bolas. — Hizo una mueca tan pronto terminó de decirlo, nunca le había gustado utilizar esa clase de vocabulario, e incluso sonaba poco natural saliendo de sus labios. Tuvo ganas de llorar. Logró salir de la habitación justo a tiempo para que ninguno de ellos notara que tenía los ojos brillosos.

— ¿Qué mierda fue eso? Porque no sé ustedes, pero es la primera vez que lo escucho decir algo... así, no sé. — Dijo Ravenna una vez Santos se hubo retirado, mirando a los demás con algo de frustración.

— Y... está estresado, se llevaron a alguien del equipo y si le llega a pasar algo, va a pensar que la culpa es de él, porque él le dio este laburo. Él es así, se pone toda la responsabilidad al hombro y para colmo es más terco que la puta madre. — Era en momentos como este que Lamponne sentía una sensación de déjà vu.

Aunque antes usaba otro nombre, y la persona que se había ido era otra, con quien tenía otra relación, y lo que había pasado esa vez definitivamente tampoco era culpa de él, estaba igual de insufrible y cerrado que cuando murió Victoria.

El monólogo interno le fue interrumpido por un ruido a su lado, que tardó en notar era la risa extraña de Molero.

— ¿Y a vos qué bicho te picó? — Enunció Medina, y tanto Pablo como Ravenna tuvieron que rodar los ojos ante una frase tan cursi, de esas que usaban las señoras.

— Nada, nada. — Respondió el detective, aunque al decir esto, miró a Lamponne, quien entendió al instante. Intuyó que el detective conocía la historia completa. Pablo lo miró de la forma más intimidante que pudo, y como era de esperarse, Molero simplemente siguió riéndose. Al menos no dijo nada, eso por sí solo era una bendición.

Cuando se hizo evidente que Santos no iba a volver en un rato, comenzaron a trabajar, desde la prácticamente inútil pista de que a Loyola se lo habían llevado en una traffic negra. Exactamente de aquellos modelos que todo el mundo usaba para transportar absolutamente de todo, desde pallets con mercadería totalmente inocente, hasta cantidades ridículas de drogas.

— Mirale el lado bueno, Molero, — Dijo Ravenna, nunca perdiendo el sentido del humor, — se lo podrían haber llevado en una traffic blanca, ahí sí estábamos cagados.

Claro que los únicos en reírse fueron Molero y él mismo, nadie más estaba muy de humor, entre tener que trabajar con tan poco, y que Santos se había ido a quién sabe dónde hasta quién sabe cuándo.

• • • •

Loyola volvió a despertar horas más tarde, o al menos eso suponía, por la hendija de claridad proveniente de la parte delantera del vehículo.

— Eh flaco, ¿Queré' un mate? — Dijo el tipo que se suponía que lo vigilaba, ahora despierto, aunque no podía decir que estaba trabajando demasiado.

— Mm, no, gracias — Contestó él, no por desconfianza, si no más bien porque había perdido el apetito.

No viajaron por mucho más tiempo, Loyola sintió un frenazo de repente que hizo que se de la cabeza contra el lado de la camioneta. Las puertas se abrieron de golpe (y confirmaron su teoría de que era de día) y un tipo encapuchado lo volvió a agarrar del pelo para arrastrarlo afuera. Se paró como pudo y trató de seguirlo, más que nada intentando no quedarse pelado.

No reconoció muy bien lo poco que logró ver de sus alrededores, aunque tal vez se debía a que sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y estaba bastante soleado. Dedujo que aún así era bastante temprano, más que nada por el frío. Si habían estado viajando sin parar, eso significaba que habían pasado unas seis horas, como mucho, desde que lo habían secuestrado.

Lo empujaron hasta un tinglado, siempre agarrándolo del pelo y con un cuchillo apuntado al abdomen en todo momento. De un segundo al otro se encontró a sí mismo en el piso, aunque a juzgar por la falta de reacción de sus atacantes, no parecía fruto de su torpeza, si no que lo habían empujado.

Sintió una oleada de bronca cuando cayó en cuenta de lo desorientado que estaba su cerebro. Supuso que era el golpe, el hambre o el cansancio. Quizás incluso una combinación de las tres.

Su línea de pensamiento se vio interrumpida por una fuerte patada en las costillas que le dejó sin aire. Jadeó, mirando al hombre que le había propinado semejante golpe, y aunque no se consideraba alguien agresivo, tuvo ganas de devolverle el favor.

— Oficial Javier... Loyola, ¿O me equivoco? — Dijo el encapuchado, un hombre con el aspecto físico de un barril, con una risa sarnosa.

— Ajá. — Contestó él, aparentemente de tan mala manera que se ganó una piña en la mandíbula.

— Escuchame tarado, y escuchame bien. Mi jefe es un hombre muy poderoso, y vos ayer estabas en la misma gala que él. — El tipo hacía lo mejor que podía para ser intimidante, y de una u otra forma más o menos funcionaba.

— La verdad que no te sigo, eh. — Intentó mentir Loyola, lo mejor que podía con la cabeza dándole vueltas y la cara una mezcla entre adormecida y adolorida.

— Mirá, no te hagás el pelotudo. Sé que sos policía, y sé que lo estabas buscando a él. Así que, me vas a decir todo lo que sabés de nosotros. Y nos vas a dar información de tus compañeros. — El tono amenazante ya lo estaba hartando un poco, para ser honestos, lo cual realmente no lo hacía mucho menos intimidante.

— Y si no te digo nada, ¿Qué pasa? — Aventuró, con la esperanza de que nadie además de él estuviese en peligro. La respuesta inmediata fue otro puñetazo, esta vez en el ojo, así que creyó seguro decidir que no diría nada a menos que estuviera literalmente al borde de la muerte. Le gustaba creer que era valiente, pero tampoco era un mártir.

• • • •

Otra vez estaban atascados, revisando la misma información una y otra vez con la esperanza de que algo nuevo aparecería mágicamente. Santos aún no había vuelto, y se estaban preocupando un poco, aunque considerando que el tipo tenía algo por lo dramático, dedujeron que seguramente volvería tarde o temprano, y que de no ser así podrían ir a buscarlo. No es que estuvieran haciendo nada nuevo.

De pronto, un golpe seco en la mesa, seguido de un murmullo acallado de diversos insultos, llamó la atención del grupo.

— Ya sé de dónde... Javier me había dicho, que la cara de uno de los amiguitos de nuestra víctima se le hacía familiar. — Comenzó Molero, con un aire de seriedad algo inusual que hizo que todos prestaran atención inmediatamente. — Terminamos descartándolo, resulta que al tipo lo arrestaron en Campana hace poco menos de un año, en la estación donde trabaja Loyola. Es posible que lo haya visto en ese momento...

— Y lo haya reconocido más tarde, en la gala — Terminó Medina, aliviado por haber encontrado algo más sólido, aunque aún más preocupado por Loyola que antes.

Varios minutos más tarde, escucharon el ruido de la puerta, y el sonido de pasos acercándose. Todos voltearon ante el sonido, pero no hablaron.

Santos se sentó en su lugar, como si no hubiese vuelto recién, luego de casi seis horas.

— Háganme el favor de informarme cualquier novedad que hayan descubierto hasta el momento. A propósito, Ravenna, me disculpo por el... exabrupto de antes.

Ravenna simplemente hizo una mueca, acompañada de una seña con la cabeza, que le indicaba a Santos que no había nada de que preocuparse. Bien.

— Eh, bueno, lo que encontramos es a la mano derecha del tipo, se llama, eh... Hernán Spardo, y fue arrestado hace varios meses, en la estación donde trabaja Loyola. Él dijo que le resultaba familiar, pero en el momento lo descartamos, no investigué más, ahora caigo en que eso fue bastante descuidado de mi parte, por no decir otra cosa. — A pesar de la constante sonrisa en la cara del detective, estaba claro que, al igual que todos, no la estaba pasando bien.

— Yo por mi parte pude averiguar un poco más sobre el tipo, tiene una empresa a su nombre, transportan botellas. — Agregó Medina, en parte para cortar un poco la tensión.

— No debe ser lo único que transportan... — Murmuró Lamponne, quizás un poco más fuerte de lo que hubiese querido, aunque la pequeña broma fue apreciada por Molero y Ravenna, quienes rieron un poco, y hasta Santos, quien se limitó a sonreír y luego, como de costumbre, fingir que no lo había hecho.

• • •

Había perdido la cuenta de la cantidad de horas que llevaba así, tirado en el piso, viendo las salpicaduras de su propia sangre secándose en el piso de concreto. Podía ver por los huecos en el techo de chapa que ahora era de noche, pero no tenía forma de saber la hora exacta.

Oía al "guardia" de antes y a uno de sus compañeros hablar en susurros, pero no alcanzaba a distinguir sus palabras. Intentó darse vuelta sigilosamente, y alcanzó a ver que uno de ellos se había quitado la máscara.

Por su figura intuía que era el tipo de antes, el que le había ofrecido un mate. Parecía tener unos veinticinco años, se veía alto y bastante fornido. No pudo evitar notar que tenía ojos claros y una impresionante cara de boludo. Se preguntó por qué un pibe tan joven estaba metido en tal estilo de vida.

Quiso voltearse nuevamente, pero la cadena que ataba sus manos emitió un ruido al arrastrarse contra el piso. Se quedó helado, pero era claro que los dos lo habían escuchado. El hombre al lado del guardia se paró de golpe y se acercó a Loyola. Era un tipo petiso y flacucho, pero bastante forzudo, ya que pudo arrastrar a Loyola hasta una columna y atarlo allí.

ㅡ Dale, flaco, traé las sillas má' acá, que si nos encuentran boludeando cagamo' fuego, los do'. — Dijo el flacucho, apurando a su compañero, quien perezosamente se paró, agarrando las dos sillitas de plástico con una mano, y el juego de mate con la otra.

ㅡ Dejate de joder, Martincito, debe estar recontra dormido el gordo. — Habló el más alto, pero fue interrumpido por un golpe de su compañero.

ㅡ ¡Che! Los nombres, boludo. Encima que te doy laburo, al final hacés lo que queré', vo'. Y ponete la máscara, carajo. ㅡ Reprochó el tal Martín. Se acomodó su propia máscara y se sentó en una de las sillas, de brazos cruzados.

Mientras los dos jóvenes siguen hablando, Loyola se da vuelta, sabiendo que no iba a poder extraer más información relevante, y trata de volver a dormir para disimular el hambre y el dolor. Sin embargo, escucha un ruido repentino y se sobresalta, al igual que los dos hombres. El más alto busca desesperadamente su máscara.

ㅡ ¿Para qué hacen tanto quilombo ustedes dos, se puede saber? ㅡ Irrumpe una voz, que Loyola reconoce como el que lo había golpeado antes. El hombre se acerca a ellos dando zancadas.

— Nada, señor, nada, nos movimos para acá porque el cana de mierda este no se dejaba de mover. ㅡ Mintió apresuradamente Martín, aunque la voz temblorosa lo delataba un poco. El jefe pareció no darse cuenta, y asintió. Sin embargo, logró ver al otro chico con la cara descubierta, y se empezó a acercar. Martín le da un leve coscorrón al más alto. Este finalmente se da vuelta, rindiéndose en la tarea de encontrar su máscara.

ㅡ Decime, pibe, ㅡ Comienza a hablar el jefe. Saca un arma y la coloca en la mejilla del más alto, quien se queda helado, y aunque Loyola no le ve la cara, imagina que está bastante asustado, como mínimo. ㅡ ¿Vos te das cuenta de lo que estás haciendo? Ahora el botón este te conoce la cara. Te tendría que matar por boludo, ¿No te parece?

ㅡ ¡Pará, loco! ㅡ Interrumpe Martín, casi desesperado. ㅡ ¿Qué importa, si a este otro lo va' a matar, no? ㅡ Exclama, señalando a Loyola ㅡ ¿A quién le va a contar? Está cagado de hambre, de frío y para colmo lo recagaste a trompadas, no se debe ni poder parar.

ㅡ .... 'Tá bien. Pero que no me vaya a enterar yo que ustedes se mandan alguna cagada, porque cobran los dos, ¿Eh? ㅡ Dice el jefe, y con esto, se retira. Loyola ve a lo lejos como se quita la capucha y entra a un cuartito en la parte trasera del tinglado.

Los dos muchachos suspiran y se sientan en sus respectivas sillas. El de ojos claros se ceba un mate y lo toma, luego le ceba uno a Martín, quien primero mira para cerciorarse de que la puerta del cuartito está cerrada, y luego se quita la máscara. Loyola se sorprende, ya que parece ser incluso más joven que el otro. Tiene rasgos finos y una barbita de pibe, a medio crecer.

ㅡ Che boludo, que pesado que estaba el gordo este. ¡Casi me mete un tiro! ㅡ Dice el más alto apenas recupera su mate, y se ceba otro.

ㅡ Vo' tampoco te tomás el laburo en serio, loco. Es un mafioso, son así los tipos. Vos seguile la corriente nomás. ㅡ El más bajito se pasa las manos por la cara, agotado.

ㅡ Si querés dormite un rato, Tincho, no pasa nada. Yo vigilo. ㅡ Dice el otro con una sonrisa, como si no le hubiesen apuntado con un arma hace apenas unos minutos.

Martín parece pensarlo, pero finalmente asiente y se levanta, caminando con pereza hacia la pared de atrás. Finalmente se sienta en el piso, recostado contra una columna de hierro. El más alto lo observa durante unos segundos, antes de volver a observar a Loyola.

ㅡ Vo' quedate tranqui, ㅡ Habla el más joven, ㅡ los que se preocupan por esas boludeces son ellos. Yo vine pa' que me paguen nomás, viste.

ㅡ ¿Qué me estás diciendo, que no sos mafioso? ㅡ Dice Loyola, un tanto extrañado, una sonrisa asomando en sus labios de lo absurda que parecía la situación. Hasta algún punto le creía, ninguno de los mafiosos con los que había tratado eran tan habladores.

ㅡ Exactamente — Dice, arrastrando la palabra con algo de gracia — Martincito es de esos flaco' que conocen a to' el mundo, ¿Viste? Entonces si hay algún laburo, él siempre sabe. ㅡ Loyola asiente, instándolo a que siga con la historia.

ㅡ Y bué', siempre terminamos pintando paredes o haciendo revoques y eso, a lo sumo un par de veces ayudé a armar escenarios para actos políticos y tal, viste. ㅡ Continuó el chico. ㅡ Entonce' me llama y me dice que tenía un laburo, pero que era muy secreto y qué se yo. Yo pensé que era algo así con famosos o algo así, viste que es todo muy cerrado. Nunca lo imaginé a Tincho metido en asuntos turbios.

ㅡ Pero... ㅡ Interrumpe Loyola, confundido ㅡ ¿No tenés idea de como puede ser que termine involucrado en estas cosas? Mirá que esto es cosa seria. ㅡ Cuestiona Loyola, aprovechándose un poco de la facilidad para hablar del chico.

ㅡ Ni idea, me parece que es por la prima, ¿Cómo se...? Dolores, ahí está. La mina resulta que andaba saliendo con un tipo con plata, ¿No?

— Ajá...

— Dueño de una empresa y todo eso. El gordo, ¿Viste? El que te pegó antes. Imagino que de ahí se enteró Martín que andaban buscando gente.

Loyola asiente, anotando mentalmente los datos que iba recopilando, aunque no le serviría de mucho si no lograba saber dónde estaba, o comunicarse con el exterior.

ㅡ Che, pero vos no digás nada, ¿Dale? Que si no nos caga matando a los tres el gordo. Tomá, te doy un mate, como señal de tregua. ㅡ Dice el chico, riendo un poco.

Le acerca el mate a Loyola, quien torpemente intenta atrapar la bombilla. El mate definitivamente no era el más rico que había probado, pero considerando que no había comido ni tomado nada en al menos unos dos días, su organismo lo agradeció. Tras eso, el chico de ojos claros volvió a sentarse, chusmeando una vieja revista de música, y Loyola comenzó a cabecear, para finalmente dormirse.

• • •

Medina se había retirado hacía un par de horas, siguiendo una pista sobre el tal Spardo. Ravenna lo había acompañado, más que nada para estirar un poco las piernas. No era un misterio para nadie que el actor no aguantaba tener que quedarse quieto.

Mientras Santos seguía leyendo y releyendo la poca información que tenían, ojeando de vez en cuando el celular por si sonaba, Lamponne y Molero estaban afuera, fumando en relativo silencio.

Silencio hasta ahora, porque Molero decidió hablar.

— Sabés, viéndolo a Santos tan... bueno, desesperado, digamos, por encontrar a Loyola, me hizo a acordar a algo. — No continúa, agregando un cierto grado de suspenso. A Lamponne le parece insoportable.

— ¿Qué cosa, Molero? — Dice, sin mucho interés que digamos.

— Hace un tiempo con Loyola hicimos un operativo para ayudar al dueño de un bar. Era todo tradicional, lo había tenido por varias generaciones, quería que convenciéramos al hijo de no modernizarlo. Sencillito, ¿Me entendés?.

— Ajá.

— Cuando terminamos, el señor nos invitó unos tragos, obvio no le íbamos a decir que no. Nos quedamos hasta tarde tomando como si fuéramos dos pibes.

— ¿Llega a algún lado esto o estás siendo vueltero porque sí? — Interrumpe Lamponne, un poco irritado, aunque le genera cierta intriga

— Pará, loco, pará, a eso voy. La cuestión es que en un momento Javier estaba bastante en pedo, y me dijo... bué, no le voy a dar más vueltas, me contó que estaba enamorado. Cuando le pregunté de quién, me dijo que de Santos. — El detective soltó la última oración como si de una bomba se tratase. En parte, lo era.

— ¿Me estás jodiendo?

— Eso le dije yo. Me cagué de la risa, todo. Pobre, casi se largó a llorar. No le dimos mucha importancia, no lo volvimos a hablar, nada. — Termina de contar Molero, e inmediatamente le da una calada a su cigarrillo, mirando al piso.

— ¿Y para qué me contás esto? — Dice Lamponne, apagando el pucho con la suela de su bota.

— No quiero asumir nada, es verdad que vos lo conocés más, pero... ¿No te parece que... que capaz es mutua la cosa?

— No sé, viste como es él... — Dice, gesticulando en dirección al interior del cuartel.

La conversación se corta justo en ese instante, porque escuchan los inconfundibles pasos de Santos en la escalinata.

— Señores, Medina acaba de llamar. — Santos anuncia, y luego se da vuelta y vuelve a subir. Tanto Lamponne como el detective lo siguen.

Una vez están adentro y en sus respectivos lugares, Santos pone el teléfono en altavoz.

— Te escuchamos, Medina.

— Bueno, para empezar, encontramos a uno de los compañeros de Spardo acá en la compañía, que se ve que trabaja con él en sus asuntos turbios. Ravenna lo hizo hablar.

— No lo cagué a piñas, aviso. Bueno, no tanto. Algún golpe le habré dado, es infumable. — Interrumpe el actor, saturando el micrófono y aparentemente de buen humor, aunque aún estaban lejos de encontrar a Loyola.

— Y nos dijo algo. — Retoma Medina, ignorando a Ravenna. — Spardo está saliendo con una piba, jovencita, de nombre Dolores, no sabe el apellido. Uno de los primos de ella está trabajando como chófer para Spardo por unos mangos, puede ser que él haya manejado la camioneta que se llevó a Javier. En un rato lo vamos a seguir interrogando.

— Perfecto, gracias, Medina. — Dice Santos, y corta la llamada. Un silencio incómodo se asienta en el cuartel, y como siempre es Molero el primero en romperlo.

— Bueno, voy al ciber. Capaz en algún lado sale alguna foto de Spardo con esta tal Dolores.

— Está bien. Al más mínimo indicio...

— Te llamo, sí, perfecto, viejo, entendido. — Con esto, Molero se retira, dejando a Lamponne y Santos solos.

— Lamponne, andá con Medina y Ravenna, ayudalos a extraer más información.

Lamponne asintió y se retiró, aún pensando en su charla con Molero. Supuso que lo más inteligente sería hablarlo con Medina y Ravenna. De vez en cuando se les caía una idea decente. Solo esperaba no arrepentirse de confiar en ellos.

• • •

Loyola se despertó con los rayos del sol filtrándose por los prominentes agujeros en las chapas del tinglado. Parpadeó varias veces, acostumbrándose a la claridad. Cuando dejó de ver borroso, miró a su alrededor, y vio a Martín aún apoyado en la pared de atrás. Al lado de este, estaba el otro pibe, tapándolo con su buzo. El chico se paró, seguramente con la intención de volver a su silla. Se detuvo momentáneamente al ver a Loyola ya despierto, pero finalmente decidió ignorarlo.

— Son muy cercanos, ¿No? — Dijo Loyola en el tono más neutro que pudo. Tampoco quería que el chico piense que se estaba burlando.

— ¿Eh? Ah, con Tincho... — El chico dudó un poco antes de hablar, pero eventualmente decidió que, aparentemente, Loyola era de confiar. No es como si no hubiese hablado bastante ya la noche anterior — Sí, la verdá' que... no sé, viste, yo lo quiero mucho, pero no sé él que onda. No le va mucho hablar de esas cosa'... — Dice, algo nervioso, pasando una mano por su nuca.

— Ah, claro. Pasa mucho eso, eh. — Dice Loyola con algo de ironía. El chico no tenía por qué saber lo identificado que se sentía con la situación.

— ¡Bué, guacho, no te rías vo' tampoco!

— ¡No me río, no me río! Seguí nomás, dale. — Dice Loyola, riéndose.

— Bueno... el tema es que... — Parece pensarlo un poco, no está seguro de cómo decirlo — No sé, él siempre fue así... calladito, inteligente, siempre le busca la vuelta a todo... y yo soy un boludo nomás, pero lo sigo a todos lados.

Loyola asintió, la verdad que no le gustaba demasiado lo mucho que se identificaba con la situación. La única diferencia que percibía es que en este caso se trataba de dos pibes que no llegaban a los treinta, mientras que en su caso, Loyola ya estaba cerca de los cuarenta, y Santos era mayor incluso.

— Y la verdá' que... — Continuó el pibe, — Es tan cerrado con todos... hasta conmigo, que lo conozco hace bocha, eh... que ni sé si él a mí me quiere así como yo o si nomá' quiere ser amigo' o qué mierda... Ya hasta cansa, ¿Viste? — La cara del chico está un poco roja, y se lo nota algo nervioso ya. Loyola sospecha que quizás sea la primera vez que dice todo esto es voz alta

— Y sí, me imagino — Dice Loyola, entre risas.

— No sé, loco, igual no creo que le guste... el debe queré' alguna minita así tipo... — Gesticula con las manos, buscando la palabra correcta — qué se yo, linda, inteligente... como él.

Loyola bajó la cabeza, asintiendo. La verdad es que todo esto le estaba pegando bastante cerca. Capaz si tuviesen la edad de estos chicos, le sería más fácil.

— Y vo', ¿Qué onda? Andá' medio así en la misma, ¿No? — Pregunta el chico, riéndose un poco. Lee mentes el pendejo de mierda, pensó Loyola.

— Y... digamos que sí. — Loyola no tiene ganas de elaborar — Vos estás en edad de mandarte para adelante todavía, no lo desaproveches. — Consejo totalmente hipócrita, pensó apenas lo terminó de decir.

— Puede ser, puede ser. Me llamo Rodrigo, por cierto. Bah, Rodri, en realidad. ¿Queré' unos mate'? — Dijo, con una sonrisa. Loyola asintió, estaba muerto de hambre y de sed, aunque un poco de agua caliente con sabor a sucio no lo iba a ayudar mucho con eso.

Rodri se paró de su silla y se sentó en el piso, al lado de Loyola. Cebó un mate y lo puso cerca de la cara del policía, quien intentó, nuevamente, de atrapar la bombilla, de forma torpe.

Mientras Rodri cebaba mates, entraron en un silencio cómodo, marcado por el ocasional estornudo del chico, el movimiento de las cadenas que ataban a Loyola, y los ruidosos ronquidos del gordo, que se escuchaban desde la otra punta del tinglado.

• • •

Entre Medina, Lamponne y Ravenna, el que más cerca vive del cuartel es Lamponne. Por eso, cuando terminaron sus labores del día anterior, Ravenna propuso que Lamponne ponga casa así Medina y él no tenían que irse hasta sus respectivos hogares, que quedaban bastante más lejos. Lamponne accedió, aunque no muy contento. Pidieron delivery, vieron una película animada a pedido de Medina, y se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, Lamponne se despertó y puso la pava. Golpeó la puerta de la habitación de huéspedes donde estaba Medina, y después volvió al living y le pegó un almohadazo a Ravenna, que dormía a pata tendida en el sillón.

Cuando los tres estuvieron listos, subieron al auto de Lamponne y encararon para el cuartel. La verdad era que Pablo estaba un poco cansado, pero si dejaba manejar a Medina iban a llegar dentro de diez días hábiles, y Ravenna manejaba como un demente, no le pensaba confiar su vida de esa manera, mucho menos su auto.

— Escuchen, les tengo que contar algo... — Empezó Lamponne apenas arrancó, este iba a ser seguramente el único momento del día en el que los tres iban a estar juntos y a solas. Naturalmente, Medina exclamó, contento, "¿Tenés novia?", al mismo tiempo que Ravenna preguntó pícaramente, "¿La pusiste, Lamponne?

— ¿Qué? ¡No, loco! — Contestó, a ambos a la vez. Se acomodó los anteojos, sintiendo como su cara se calentaba de la vergüenza. — Anoche, después de que ustedes se fueron, con Molero salimos a fumar. Me dijo que... — Dudó un poco, no sabía bien como decirlo — Que Loyola está enamorado de Santos.

— ¿Cómo? ¿Vos me estás tomando el pelo o acabás de contarme el mejor chisme que escuché en toda mi vida? — Exclamó Ravenna, parándose del asiento trasero para meterse entre los dos asientos de adelante y mirar a Lamponne a los ojos.

— Sentate, Emilio, que si chocamos vas a salir volando. — Lo retó Medina, como era de esperarse. Ravenna, también como era de esperarse, no le dio pelota. — Sabés qué, la verdad no me parece tan extraño. Digo, cuando lo conocimos, Loyola parecía fascinado con Santos.

— Es verdad, eh. ¿Y vos decís que Santos también siente algo, o...? — Acota Ravenna, mirando entre los dos.

— No sé, Molero piensa que sí. Yo la verdad que... no sé, permítanme dudar. Si se da algo, que se de naturalmente. Y si no, y bueno. — Era verdad que Victoria había fallecido hacía casi diez años. Pero Lamponne no creía que Santos hubiese superado ese duelo aún. Aunque si, de alguna u otra manera, Loyola lo hacía feliz, no podía ser algo malo.

— Yo creo que habría que... darles un empujoncito, ¿No? Se merecen estar felices, pero no creo que ninguno de los dos vayan a hablar las cosas. — Dice Medina, como pensando en voz alta. Ravenna asiente inmediatamente, prendiéndose a la idea.

— Claro, loco, como un simulacro, ¿Se imaginan? — Lamponne lo miró por el espejo retrovisor y vio una sonrisa casi diabólica. ¿Tan al pedo estaban?

— Déjense de joder, — Los retó, — ya les dije, si pasa, pasa, pero no nos tenemos que meter. Ni siquiera sabemos si Santos siente algo por Loyola.

— Hablá por vos, Pablito. Es obvio, ¿O no?

Ravenna asintió, — Exacto. Habría que decirle a Molero, meterlo al plan. — Lamponne lo podía ver maquinando. Eso era muy peligroso, usualmente.

— No va a haber un plan. A los dos se lo digo, ¿Me oyen? No se metan. O en todo caso, no me metan. — Lamponne aceleró un poco, deseando que la conversación termine de una buena vez.

• • •

Una vez llegan al cuartel, encuentran a Molero en la puerta. Ravenna y Medina rápidamente le resumen la conversación que habían tenido en el auto, mientras Lamponne rueda los ojos y se aleja, haciéndose el otro.

— Miren, yo estaba pensando en algo... — Dijo el detective, con un aire misterioso — Cuando ustedes vayan a investigar o lo que sea que vayan a hacer, si logro quedarme a solas con Santos, voy a intentar sacarle algo de información

— Uh, ¿Vos decís que va a hablar? — Pregunta Ravenna, no muy convencido

— Quedate tranquilo, yo lo voy a hacer hablar — Molero sonríe y tira el pucho, apagándolo con su zapato. Acto seguido entra al cuartel, los demás lo siguen. Santos está tomando té, con el celular en la mano, a punto de llamar a Lamponne.

— Ah, ahí están. Ya me estaba comenzando a preocupar. — Dice, seco y monótono como de costumbre, aunque se nota que es genuino. — Molero, ayer encontraste algo, ¿No es así?

— ¿Eh? Ah, sí, sí. La Dolores esta, no se cuida mucho, tiene toda su vida publicada en... la mierda esta, este... Fotolog. — El detective saca una carpeta, les pasa unas hojas al resto. — Ahí está todo impreso.

— Dolores Irazábal, sale hace año y medio con Spardo... — Lee Medina. Frunce el ceño, busca otra hoja. — A Spardo le gustan jóvenes, bonitas. Dolores tiene veintitrés, casi treinta años menos que él.

— ¿Hay algo del primo? — Pregunta Ravenna, revolviendo las hojas algo descuidadamente. Medina lo fusila con la mirada, y el actor se sienta inmediatamente.

— Martín Lorenzo Irazábal. No encontré fotos, bah, la única foto que había es vieja, el pibe no tenía más de doce o trece. Ahora debe tener unos veinte. — Retoma Molero. Muestra una foto de Dolores, más joven y algo deshecha, posando junto a un nene petiso y flacucho, con un gorro cinco veces más grande que su cabeza. — Por lo que pude encontrar de él, en el verano trabaja en una empresa de piletas, hacen instalaciones a domicilio. Tienen un par de depósitos en Berazategui y otros cuantos más en Tristán Suárez, en esta época no suele haber nadie, puede ser que estén en alguno de esos.

— Excelente. Por la cercanía, imagino que estarán en Berazategui. No nos vendría mal investigar. — Habla Santos, pensando cuidadosamente.

— ¿Querés que vaya con Medina, así nos sacamos la duda? — Habla Lamponne, rogando por favor que no manden también a Ravenna. Era un viaje de más de dos horas y no podía prometer que no lo iba a dejar tirado en la ruta.

— Me parece bien. Ravenna, andá con ellos.

— Dale, perfecto. — El actor se para como si tuviese un resorte, e inmediatamente se dirige a la puerta. — ¿Vamos, Lampo?

— ... Sí, sí. Molero, mandame la dirección. Vení, Medina. — Suspira Lamponne, derrotado.

Apenas se van, Molero se levanta y empieza a organizar las hojas y colocarlas en su carpetita, con lentitud calculada, haciendo tiempo. Como era de esperarse, Santos se percata casi de inmediato.

— ¿Necesita algo, Molero? — Habla tranquilo, pero el detective puede casi sentir la leve molestia en su tono.

Molero se detiene, suspira pesadamente. Piensa sus palabras, con más cuidado que nunca. — ¿Te puedo contar algo, Santos? Algo que me dijo Loyola, hace un tiempito.

— ... Prosiga.

— Bueno, eh... Hace unos meses, estábamos haciendo un operativo, lo del bar de Don Valentín, creo que te lo envié. — Se frota las manos, algo nervioso. Saca del bolsillo del saco un pucho, lo enciende. — Resulta que, al terminar, bueno, el tipo nos ofreció unos tragos, nos quedamos tomando, la estábamos pasando bien.

— ¿Y cuál es su punto?

— Uh, cuanta ansiedad manejan, che... pasa que en una de esas, Loyola estaba medio entonado, y... me dijo que estaba enamorado. De vos, Santos. Y la verdad, no sé si–

— ¿Es verdad esto que me dice, Molero? — Interrumpe Santos, su voz ligeramente temblorosa

— Bueno, no sé, estaba borracho, pero... se puso a llorar porque cree que nunca va a tener chance, digo... — Lo dejó ahí, observando cuidadosamente la expresión de Santos.

— ... Debo admitir, Molero... — Arranca a hablar Santos, — Loyola es un joven confiable y encantador, sin embargo... apreciaría que mantenga esto en privado para el resto.

— Claro, como quieras, flaco. — Molero asiente, satisfecho con la nueva información, aunque no podría comunicárselo a nadie. No confiaba en ninguno de los otros tres para guardar un secreto de tal magnitud. Apaga su cigarrillo en el cenicero y sale, no sin antes preguntarle a Santos si necesitaba algo más.

— No, gracias, detective. Vaya y descanse. — Santos se halla pensativo, mirando su té más que tomándolo. Agarra una de las carpetas dejadas ahí por Medina, la revisa, si tan solo para ocupar su mente con algo más que la esperanza.

• • •

Loyola estaba empezando a dormirse de vuelta, sentado al lado de Rodri, que hacía rato se había quedado dormido contra la pared. Sin embargo, no logra alcanzar el sueño, ya que la puerta al otro lado del tinglado se abre estruendosamente, y el gordo, encapuchado y claramente de mal humor, da zancadas hacia su posición. Como puede, Loyola le da un empujón a Rodri, intentando despertarlo. El chico apenas se despabila un poco, pero ya es tarde.

— Parate. — Dice el hombre, y Loyola lo mira, sin saber bien a quien le está hablando. De repente, el hombre lo agarra de la camisa, tironeándolo hacia arriba. — ¡Dale, parate, negro de mierda! — Loyola se para como puede, con las piernas adormecidas por el frío. Alcanza a ver con algo de temor que el tipo sostiene en su mano derecha una maza. Contrario a lo que quisiera, se acobarda, retrocediendo mínimamente contra la pared, deseando poder atravesarla.

— ¿Lo vas a matar? — Intercede Rodri, con un tono que intenta ser neutral, pero denota todo el miedo que siente.

— ¿Y vos que hacés sin la máscara? — Rodri se aleja al ver que es apuntado con la maza, y el tipo suelta a Loyola a favor de sacar del bolsillo del jogging la misma pistola con la que le había apuntado ayer. — Todo por el taradito de Martín. Dijo que eras bueno, que laburás bien, decime, ¿Qué pasó, pelotudo?

— ¡Eh, con Martín no te metás, eh! — Rodri lo defiende inútilmente, el ligero temblor en su voz traicionando todo peso que pudo haber tenido esa oración.

El hombre no le hace caso, y apunta el arma hacia atrás, insertando una bala en la pared atrás de Martín, que seguía dormido. El chico se para de un salto, sosteniendo aún en una mano el buzo de Rodri.

— ¡Che! ¿¡Qué mierda pasa?!

— Vení, enano — La voz del hombre se torna afable, y haciendo caso omiso a Rodrigo, que niega desesperadamente con la cabeza, Martín se acerca cautelosamente. El tipo procede a apuntarle el arma a la frente.

— ¡Pará, loco pará! ¡Dejalo, es un pibe! — Grita Loyola, forcejeando inútilmente contra sus cadenas. Un balazo cerca de sus pies logra callarlo efectivamente.

— Che, gordo, Martincito no te hizo nada, ¿O no? Me la mandé yo, entonce' vení — Dice Rodri, fingiendo valentía, aunque su voz se oía temblorosa e imposiblemente juvenil.

— Como quieras.

El tipo, a pesar de tener una pistola en la mano, la guarda, eligiendo en cambio usar la maza para propinarle un buen golpe en el estómago a Rodrigo, que se dobla como si fuese de papel, cayendo al piso con un golpe seco.

Martín se queda congelado en su lugar, estremeciéndose con cada golpe que el otro chico recibía.

Mientras tanto, el hombre suelta la maza, agarrando a Rodri del cuello de la remera, golpeándole la cara hasta que la sangre casi no permite ver la piel pálida que hay debajo

— ¡Si te tomaras el laburo más en serio, no te pasaría esto, pelotudo! — Exclama, pero Rodri ya estaba más cerca de la inconsciencia que otra cosa, su cabeza colgando sin fuerzas.

Loyola se estremece, viendo que el chico no responde. Sin ser muy creyente, empieza a orar a todos los santos que conoce, sabiendo que probablemente será el siguiente.

Sin embargo, en ese momento, Martín logra, finalmente, moverse. Agarra con algo de dificultad la maza descartada en el piso, y, con soprendente precisión, le emboca un mazazo en la nuca al gordo, que caye inconsciente encima de Rodri. Martín lo empuja hacia un lado de inmediato, chequeando el pulso de su amigo, aliviado al descubrir que no está muerto.

— Tomá, — Habla débilmente el enano, entregándole una llave a Loyola, — Ya no hay necesida' de tenerte ahí atado, creo yo. Si se enteran de esto, cagamos todo'.

Loyola, con algo de dificultad, logra contorsionarse lo suficiente para abrir el candado y desenroscar las cadenas. Mira apenado las marcas en sus muñecas, frotándose cuidadosamente, aunque eso hace poco para aliviar el dolor.

— Tenemos hasta mañana. — vuelve a hablar Martín, y Loyola lo ve aún más niño que antes. — Cuando Rodri se recupere un poco, lo voy a llevar a la casa. Si querés te alcanzo a vos también.

— ¿Dónde sería eso?

— Caseros.

— ... Sí, me sirve. Gracias.

— Es lo mínimo que puedo hacer. Casi te mata. — Baja la cabeza, y saca un pañuelito descartable de su bolsillo, usándolo para limpiar la sangre de la cara de Rodri.

— No es tu culpa, Martín. Sos joven, te metiste en un quilombo... todavía podés salir. ¿Sabés la cantidad de gente que conozco, de chicos estaban metidos en asuntos turbios? — Loyola hace su mejor intento para tranquilizarlo, no quería que el pibe se sintiera culpable por haber cumplido órdenes.

— Pero... no sé, le podría haber dicho que no, podría haberme evitado meter a Rodri...

— Él te hubiera seguido igual, ¿O no?

— ...Tené' razón.. — Abolla el pañuelito y lo revolea lejos, derrotado. — Voy a comprar pa' comer, ¿Queré' algo?

— ¿... Unos bizcochitos, para el mate? — Bromea Loyola, intentando mantenerse serio, aunque se acaba escapando una risita. Afortunadamente, Martín también ríe. Loyola lo considera como una pequeña victoria.

• • •

— Santos, ya investigamos todo. Acá no está. Estamos yendo para Tristán Suárez. — La voz de Lamponne se escucha distorsionada a través del parlante de mala calidad del celular.

— No. — Interrumpe Santos, sin poder frenarse a sí mismo. — Pasen por acá primero, así vamos todos. Avísenle también a Molero.

— ... Está bien. Ahí vamos.

Santos se levanta de la cama y deja el libro en la mesita de luz. Se cambia la ropa, se pone los zapatos, se abriga, y sale, caminando a paso lento hacia el cuartel. Por la mala señal, supuso que aún estaban bastante lejos. Tenía tiempo para pensar.

• • •

Loyola realmente intenta no mirarlos fijo. Pero cuesta un poco cuando ve el cariño genuino con el que Martín revisa si Rodri tiene alguna herida seria, la suavidad con la que Rodri, que parece más muerto que vivo, lo intenta tranquilizar.

— Estoy de perlas, enano. Peor hubiera sido que te pegue a vos. Te dejaba peor de hecho mierda. — El humor en su voz sigue ahí, aunque algo débil.

— Me la hubiera merecido.

— No digás boludeces, che. No hiciste nada malo. Acá los malos son otros.

— Por culpa mía casi te matan...

Loyola, sentado a varios metros de distancia, suspira, habiendo notado ya que, efectivamente, es mutuo, y Rodri no tenía absolutamente nada de qué preocuparse. Ojalá todos tuviéramos esa suerte, piensa.

— En todo caso me la mandé yo. Y además no es la primera vez que por defenderte me comí un par de trompadas.

Martín ríe débilmente, es cierto que no es la primera vez. Difícilmente sea la última.

— ¿Y si viene... Muhammad Ali, y me quiere cagar a piñas? — Dice, divertido

— Tiene párkinson, sabés como lo hago bosta — Rodri suelta una carcajada, y luego tose, adolorido — Dios me acaba de decir que no diga giladas creo, mejor me callo.

Se quedan en silencio varios minutos más. Loyola finge no notar las miradas, la forma en que los dos chicos se toman de las manos silenciosamente, entre risas. Está feliz por ellos, aunque no los conozca, de eso no hay duda. También siente algo de envidia, de lo cual tampoco hay ningún tipo de duda. Le da un sorbo al mate que estaba cebando, esperando que pronto sea hora de irse, finalmente.

Pocos minutos después, cuando Loyola está a punto de decidir dormir un poco, si tan solo para hacer pasar las horas, la puerta principal del tinglado se abre. Loyola ve cinco figuras a lo lejos, y aunque no los ve, sabe de inmediato quiénes son. Se para, pero no logra moverse. Le hace una seña a Martín, intentando tranquilizarlo. — Tranqui, están conmigo.

Como sería de esperarse, Lamponne y Ravenna inmediatamente van hacia el cadáver del gordo. Ravenna le pega una suave patada en el brazo, como si quisiera comprobar que realmente está muerto.

— Che, Santos, encontramos a Spardo, — vocifera Lamponne. Santos. Escuchar ese nombre agita el corazón de Loyola de una manera en la cual no quiere pensar demasiado. Aún no sabe cual será la reacción del rubio. Si estará enojado con él, o tan solo aliviado de que sigue vivo. Quizás ambas.

Loyola avanza un par de pasos hacia Santos, y está a punto de disculparse, de decir que es un pelotudo y se mandó una cagada y lo secuestraron por eso y arruinó todo el operativo y...

Su mente queda en blanco de repente cuando Santos se acerca a paso seguro y lo envuelve en un abrazo, firme, casi asfixiante. Aliviado. Loyola no duda en reciprocar. Pareciera una escena de sus sueños más bonitos, de los que lo hacen despertar con un poquito más de entusiasmo por su rutina.

La voz de Santos está algo quebrada cuando dice, por lo bajo, casi al oído de Loyola, — No te preocupés por nada, Javier. Me alegra mucho que estés bien.

Loyola siente que si estuviese en una telenovela pedorra, definitivamente ya estaría desmayado. La culpa puede esperar para después.

Santos, por otra parte, siente, por primera vez en casi una década, las inconfundibles ganas de besar a otra persona. Se contiene, apenas. La calidez de tener a Loyola entre sus brazos casi consume cualquier otro pensamiento, pero intuye que Loyola se culpa a sí mismo. Más que intuir, lo sabe. El primer nombre le sale casi como algo natural, por más de que, en boca de él, sea todo lo contrario. Él también se culpa, pero, al menos por el momento, siente que la culpa puede esperar para después.

• • •

No fue hasta semanas más tarde, habiendo decidido volver a trabajar todos juntos y habiendo generado un plan casi infalible, que Santos finalmente se haya de vuelta en un operativo. La víctima es Filippe Leone, jefe mafioso, culpable de extorsionar a varias familias en su barrio. Esta vez es su turno de actuar, junto a Molero, que ya está dentro del salón donde va a transcurrir el operativo.

En la camioneta, Medina escucha atento cualquier indicación que pueda dar Molero. Lamponne y Ravenna se preparan para ejercer sus papeles, pequeños pero importantísimos.

— Bueno che, ¿Sigue en pie la apuesta? — Pregunta Ravenna, acomodándose el cabello con ayuda de un espejo pequeño colgado en un lado de la camioneta.

— Obvio, pero ya sabés lo que pienso, Ravenna. — A Lamponne la idea de apostar sobre algo tan delicado no lo convencía, pero lo habían obligado, prácticamente.

— Molero, pregunta Ravenna si sigue en pie la apuesta. — Dice Medina a través del walkie talkie.

— Pero por supuesto. Mi respuesta es la misma: un año, ni más ni menos. Cuando gane más vale que paguen, ratas. — La voz del detective se oye saturada, la calidad de los comunicadores deja mucho que desear, pero el mensaje es claro.

Una vez Lamponne y Ravenna están dentro, Medina decide salir tirar la yerba lavada del mate del cual llevaban tomando al menos tres o cuatro horas. Apenas unos pasos alejados de la camioneta. Duda que vaya a pasar algo.

Santos está a un costado del salón, observando por la ventana, walkie talkie en el oído, esperando a que sea su turno para entrar. La luz dentro del salón se corta. Perfecto, Loyola ya ejecutó su parte. Justo cuando está por avisar por radio que debe iniciar la fase siguiente, siente pasos detrás suyo. Se endereza de inmediato, listo para inventar una excusa de por qué está acá.

Loyola se sobresalta aún más que Santos, y sonríe, un tanto apenado.

— Uh, perdón, casi te asusto, ¿No?

— Por suerte tengo buen oído. Digamos que no dominás el sigilo. — Su voz es igual de monótona que siempre, pero hay una pequeña sonrisa en sus labios, y sus ojos no dejan en ningún momento los de Loyola. Santos estira su mano, casi ciegamente, tomando la de Loyola, quien visiblemente se pone más colorado de lo que ya estaba.

No es cuestión de más de un par de segundos. Santos, por una vez en su vida, decide abandonar cualquier clase de pensamiento lógico, y acorta la distancia entre ellos. El beso es lento, casi tierno. Se separan casi de inmediato, pero para ellos se sintió eterno.

Y así como empezó, terminó. Santos vuelve a voltear, entregando órdenes por radio al resto del equipo. Endereza su ropa, preparándose para entrar.

— ¿Cómo me veo?

— Hermoso. ¡Digo! O sea– bien, Santos, te ves bien. — Loyola putea internamente por ser tan incapaz de coordinar dos pensamientos juntos en presencia de Santos. Últimamente le pasa cada vez más. Santos sonríe de esa manera que logra poner la mente de Loyola aún más en blanco, y comienza a caminar en dirección a la entrada.

— Pablo, Emilio, Marcos, me deben 500 cada uno. Más tarde les muestro las pruebas — Dice Medina por lo bajo, escondido detrás del tacho de basura. El siguiente crujido de la radio seguido de varios sonidos de frustración lo hacen sonreír. Por supuesto que Medina había tenido razón en que no iba a pasar mucho más de un mes para que finalmente Loyola y Santos se dieran un beso.

Notes:

no sean tímidos y comenten, todas sus palabras serán devoradas (?

si tienen ganas de ver el resto de mi descenso hacia la locura me pueden seguir en tumblr @piojarolinga o en instagram @magazineheist