Work Text:
Toya se encontraba tranquilamente practicando en el piano de la capilla. Había sido seleccionado para tocar nuevamente en la misa que se daría a cabo el miércoles que viene. Suspiró, porque sabía que eso significaba estar tocando por una hora, sin casaca y muriéndose de frío.
—Qué me queda...— Murmuró pasando sus dedos por las notas del instrumento. Resignado, vuelve a tocar, pero alguien entró inesperadamente al lugar.
—¿Toya?—
—¿...Akito? ¿Qué haces aquí? No sabía que de repente venías a rezar.— Toya lo volteó a ver con una sonrisa. Sabía perfectamente que Akito no había venido a rezar. Lo conocía muy bien.
—Este... Me aburría en clases, así que por eso estoy aquí.—
Ambos sabían que aquello era una mentira, la tensión en la habitación era palpable, mas no dijeron nadamás.
Akito cruzó el cuarto en segundos, manos en los bolsillos de la polera—que tenía el logo de la institución pero por alguna razón estaba completamente prohibida de acuerdo al reglamento— y se sentó al lado de Toya en el banco del piano.
Toya no dijo nada, pero sentía como su corazón latía frenéticamente apenas Akito se sentó a lado suyo, sus muslos rozaban el uno con el otro y podían sentir el peso en esa estrecha habitación.
—¿Cómo es que tocas tan bien el piano? ¿No te mueres de frío en las misas?—
Toya soltó una pequeña risita y puso sus manos arriba de las de Akito, guiandolo cuidadosamente a través de la melodía.
—Siendo sincero, sí me muero de frío en las misas pero...— Toya volteó para asegurarse de que ningún profesor ni auxiliar, ni hermana estaba cerca.
—Pero me siento algo mejor cuando sé que tú me estás mirando.—
Toya notó cómo Akito apartaba tímidamente la mirada con ese tono rojizo cubriéndole las mejillas. En los ojos de Toya, era la escena más adorable de todas.
—T-Toya... No digas cosas así... Sabes que en cualquier momento nos pueden...—
—¿Y tú crees que eso a mí me importa?— Dijo Toya, seguro de sus palabras. A él le no le importaba que los vieran o que su reputación sea manchada, o que llamen a sus padres por ello.
A él lo único que lo importaba era el chico de ojos verde oliva y cabello naranja brillante que estaba al lado suyo. Y si no era ahora, era nunca.
Toya lo sostuvo gentilmente por el cuello de la polera, acercándolo a él y uniendo sus labios en un beso inexperto, pero desesperado. Lleno de todo el amor que dos adolescentes pueden sentir el uno por el otro.
Para ellos no existía el miedo, las posibles repercusiones que tendrían si los descubren de esa manera.
Para ellos únicamente existía el otro, y, en ese momento, era más que suficiente.
