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Cimientos en ruinas

Summary:

Durante diez años, Nicolás construyó su vida alrededor de su alfa y cachorro por completo, pero es un sólo acto donde todo se destruye fuertemente, sin dejar siquiera unos cimientos resquebrajados. La verdad es dolorosa y descarada, donde el uso de la voz de mando de Jaime no hace nada más que reducir a cenizas lo que alguna vez nombró como un amor soñado.

Notes:

DÍA 3: VOZ DE MANDO.

Este escrito es el más largo e intenso que he escrito alguna vez. Lean los tags, pls. No me digan que no avisé :X

Mini spoiler: MUCHÍSIMO ANGST, no sé quién me hizo tanto daño.

Van a odiar al Jaime, muchísimo, para que preparen el colón.

Y sí, no tengo beta reader, morimos como el fandom del goth jajan't

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Nicolás ya no sabía qué día de la semana era, sólo sabía que debía seguir su rutina al pie de la letra para no derrumbarse por completo.

Por suerte, su hijo de seis años, Eddie, le recordó que era viernes, ya que se levantó muy temprano por la emoción de que hoy en el colegio tenía su primera obra de teatro en el taller escénico a dónde iba. Desde semanas atrás no dejaba de parlotear de que esta sería una obra especial porque sería su primera vez actuando frente a varias personas. Obviamente Nicolás estaba muy feliz por él, dándole siempre cariño para tranquilizarlo, ya que sabía que los nervios que manejaba su hijo eran bastante escandalosos. Claramente era una cualidad que sacó del mismo omega.

El pequeño se sentó en la mesa de la cocina, moviendo sus pies y contando superficialmente el tema de su obra, mientras su mamá omega preparaba el desayuno: leche caliente para su hijo y un café cargado con dos de azúcar para su esposo. 

El moreno, al calentar la leche de chocolate y haber hecho tostadas con palta, se las dejó frente a su hijo, que le sonreía y pintaba un dibujo de lo que parecía ser la puesta en escena del personaje que él interpretaría.

Realmente la felicidad de su hijo lo distraía de sus emociones porque sí que tuvo una pésima noche, sobre todo con la situación actual con su alfa, Jaime, con quien llevaba casado y enlazado diez años. Y lo que pasó anoche no era la única vez que había pasado.

En breves palabras, Nicolás no se sentía bien anímicamente la noche anterior, algo agobiado y solo por la rutina que llevaba haciendo por años, y pensó que hacer un nido con su alfa podría ayudarlo a mejorar su día aunque sea un poco y así también dormir de corrido, cosa que hace muchas noches no podía.

La respuesta de Jaime fue rotunda y clara.

¿De verdad es necesario? —habló Jaime con disgusto en su voz—. No estoy para tus hueás ahora. Quiero dormir porque mañana tendré un día largo en la pega.

Sólo es un nido, nada más —insistió el omega, exhausto—, necesito solamente que–

¡Dije que no! —se negó, elevando la voz—. Mejor voy a dormir a otro lado, no estoy pa’ soportar tus hueás ahora. Déjame descansar, por la chucha.

Luego de eso, Jaime se dirigió a la habitación de invitados y durmió solo. Toda la idea del nido se deshechó, por lo tanto, tuvo una noche larga y solitaria.

A pesar de sacar toda su fuerza de voluntad para botar el cansancio y sueño que manejaba Nicolás ese momento, su hijo lo notó, por lo que dejando de dibujar y dar un último sorbo a su vaso de leche ya tibia, le preguntó:

—¿Tienes sueño, mamá? ¿Por qué? —Eddie murmuró, curioso (estaba en la edad por la cual preguntaba por qué por todo), mientras Nicolás le daba la espalda al preparar el resto del desayuno—. ¿Es porque el papá no durmió contigo anoche?

El omega abrió los ojos, tratando de no sentir tristeza ante las palabras de su pequeño. Realmente era más observador e inteligente de lo que parecía, y eso le asustaba un poco.

—No, bebé —negó el moreno amoroso, dándose vuelta y dejando un bol de frutas picadas, pellizcándole la mejilla derecha a su hijo en el proceso—, solamente me quedé pensando en lo emocionado que estoy al verte actuar hoy. 

Eddie sonrió, también emocionado y dejando de lado lo extraño que era el hecho de que sus padres no durmieran juntos, total, ellos se amaban mucho. Eso es lo que siempre le decían.

Nicolás ya no sabía si era cierto.

—No te preocupes, mamá. Voy a dar lo mejor de mí para hacerte sentir mejor.

Su mamá lo miró, cariñoso, y a pesar de que le dieran tristeza esas palabras –estaba muy sensible últimamente–, se acercó y le llenó el rostro de besos, diciendo que no se preocupara, que lo haría bien y lo amaría siempre a pesar de todo.

«¿Qué más puedo pedir, si tengo un hijo maravilloso?», empezó a pensar Nicolás, perdido. «No importa que Jaime ya no me ame, ¿verdad…?».

Ese hilo de pensamientos fueron cortados cuando sintió las pisadas de su marido viniendo a la cocina, entrando impecablemente con un terno negro y corbata roja, además de una camisa de rayas azulejo. No era algo muy novedoso, pero le quedaba extremadamente bien.

Cuando Jaime se sentó a la cabeza de la mesa llevando una cara bien seria y ajena a lo que pasaba, Nicolás le entregó su café cargado de todos los días.

—Buenos días —le saludó el omega, que ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos.

El alfa no respondió, solo bebió de su café y veía los mensajes de su teléfono.

—¡Buenos días, papá! —ahora saludó Eddie, sonriendo y mostrando los restos de pan y palta en su boca—. ¡Hoy día es mi obra de teatro, ¿vas a ir?!

Nicolás lo miró divertido. Jaime ni siquiera volteó a mirarlo, sólo asintiendo a su saludo mañanero.

—¿Dormiste bien? —preguntó el moreno, dubitativo, intentando que algo saliera de la boca del otro y romper su indiferencia. 

—Como nunca antes. Ya me tengo que ir.

El omega frunció el ceño, y justo cuando quería enfrentarlo por su arrebato, Jaime se levantó, agarró su maletín y dio pasos a la puerta principal para ya irse al bufete de abogados donde trabajaba.

—Espera —Nicolás llamó su atención antes de que el alfa abriera la puerta principal para irse, y volteó su rostro. El omega lo miró, apenado, y le arregló la corbata como todos los días—, acuérdate de que el Eddie tiene su obra hoy, a las tres —le recordó, pasando su mano por los hombros de Jaime, quien solo mantenía el rostro inexpresivo—. ¿Vas a ir?

Ni siquiera sabía por qué le preguntaba aquello, total como padre tenía responsabilidades que cumplir con su propio hijo. Además, se sumaba el hecho de que este último tiempo, Jaime se perdía las presentaciones o ceremonias de Eddie sin ninguna explicación convincente.

—Tengo una reunión importante hoy, no sé si llegaré. 

Y eso fue todo: el alfa salió de la casa, sin darle un beso o una sonrisa de despedida. 

Nicolás se inundó de tristeza, tratando que las lágrimas punzantes no salieran a la luz. Y no pasó desapercibido cómo quería: su hijo se levantó de la mesa y fue a abrazar las piernas de su mamá, mirándolo con esos ojos iguales a los de su padre. 

—¿El papá no irá? —preguntó Eddie inocentemente, que olía las feromonas tristes de su mamá y que le provocaba un desorden emocional profundo, porque no entendía del todo el por qué de la situación, a pesar de siempre preguntarlo.

El omega no pudo responder, porque su pequeño no merecía que le dijeran que su papá no tiene las prioridades claras y que se iba a perder un importante evento para él. Aparte que no era la primera vez.

Se limitó a sonreírle y revolverle el cabello, ahora soltando feromonas de cariño para lograr tranquilizarlo. 

—Siempre me tendrás a mí.

Y alrededor de toda esa inestabilidad familiar, esa era su gran verdad y anclaje a la realidad: siempre estaría acompañando a su cachorrito, hasta el fin del mundo.

 


 

Jaime había llegado al bufete de abogados donde actualmente trabajaba, suspirando cada vez más fuerte e ignorando con todas sus fuerzas esas punzadas de tristeza de su omega a través del lazo. Llegaban como gritos de ayuda, tanto que le hartaban.

Con un café nuevo sin azúcar y un sánguche ave palta, saludó a la recepcionista, indiferente, para ir inmediatamente a su oficina y lograr distraerse de toda la mierda que le provocaba su esposo. Al menos ese era un punto bueno de su trabajo: ser una distracción en los peores momentos, donde el mal humor a veces lo cegaba.

Era destacado por su malhumor a cada parte que iba, pero Nicolás se casó con él igual a pesar de todo, ¿no? Y así debía soportarlo. Fue lo que le tocó.

Sacando al omega de su mente e ignorando sus sensaciones del lazo, desbloqueó la pantalla de su computadora personal y así empezar a trabajar, pero justo tocaron suavemente la puerta. Jaime murmuró un «pase», ya sabiendo quién era la que estaba detrás de la entrada a su oficina.

Cuando se abrió la puerta, el exquisito aroma a flores inundó el despacho, entrando una omega alta y delgada, de pelo largo azabache, con un porte elegante y una sonrisa de oreja a oreja. 

Aquella omega, luego de entrar minuciosamente, cerró la puerta y las cortinas, expandiendo con fuerza su rico aroma a flores que tanto le encantaba al alfa desde que la conoció.

—Pau… —intentó saludar Jaime haciendo el amago de pararse, pero Paula fue más rápida y lo sentó para que ella se sentara descaradamente en su regazo.

Jaime quedó con las palabras en la boca, pero no le molestó, total tenía una preciosidad de omega encima suyo, por lo que la besó apasionadamente, posando sus manos en su cintura y luego en sus glúteos, masajeandolos.

—Atrevido —murmuró la omega, tomando las manos masculinas y posar cada una de ellas en sus senos. El alfa solo frotaba sus pechos de forma lenta, dándole mordidas en su cuello, además de acariciar su glándula de feromonas—. Buenos días para ti también.

Jaime la miró a sus ojos color esmeralda, donde perfectamente podría perderse en ellos. Y en toda su curvilínea, de pies a cabeza. Paula era una vil belleza.

—Qué bueno que te tengo acá —piropeó el alfa, acomodando a la mujer para que se sentara de lado, sin dejar el estrecho contacto visual—. Estaba chato. Ahora mejoraste mi humor.

—¿Tú, de mal humor? Qué novedad —bromeó Paula, dándole un beso en los labios—. Acuérdate de la reunión que tenemos con un cliente. Es antes de almuerzo, a las doce y media.

Jaime asintió, haciéndole cariño en el pelo. 

Ciertamente era muy afortunado de tenerla, porque aparte de hacerle sentir mejor sea cual sea la situación, se preocupaba por él para que tuviera todo en orden, como a él le gustaba.

Algo que Nicolás no le proporcionaba. No en la manera que él quería o gustaría.

—¿En qué piensas? ¿Hm? —preguntó la omega, quien le hacía cariño en los grandes nudillos masculinos, notando que estaba más distraído de lo normal.

Ella era muy inteligente, porque sabía de sobra que Jaime estaba así por su marido, quien sí que era un grano en el culo. Y no necesitaba conocerlo de cerca porque en realidad ya lo hacía. 

Paula fue compañera de colegio del moreno, y a pesar de que en su juventud eran bastante cercanos, después de que ella empezó a estudiar Derecho, Nicolás no estudiara una carrera y posteriormente se casara –fue invitada a la boda, de todas formas–, dejaron el contacto. Nicolás le presentó a Jaime antes de eso y pudo confirmar su envidia, así que se juró así misma que el alfa sería suyo tarde o temprano. 

Su plan fue muy lento, le tomó bastantes años, pero moviendo cielo y tierra logró encontrar trabajo en el mismo lugar que Jaime que también estudió Derecho, titulandose antes que ella, ya que se llevaban cinco años de diferencia.

Al conocerse en el mismo bufete y cada vez acercándose más, notó las falencias de la relación marital entre Jaime y Nicolás, y Paula se encargó, con su impecable belleza, de seducirlo y hablar pestes de Nicolás cuando iban al colegio. Jaime llegó a ser su mejor amigo, diciendo que se sentía solo en un matrimonio roto desde el principio, y la omega aprovechó sus cartas, brindándole apoyo y sobre todo acompañamiento en todo sentido.

Al principio eran solo besos, citas o confesiones entre ellos, pero Paula, con el plan en las manos y muy caída por el alfa, se dio cuenta que Jaime que estaba enamorado de ella. Además, era buenísimo en el sexo.

La omega le importaba un bledo Nicolás y su hijo, ¿qué importaba? Tenía un alfa guapísimo y trabajador enamorada de él, y si tenía que tomar aún más atribuciones, lo haría.

—En lo mucho que te amo —le respondió Jaime luego de unos segundos, intentando no soltar feromonas de cariño, pero con ella presente era imposible— y en lo mucho que te deseo.

—Mira tú… —jugueteó Paula con falsa sorpresa, tomando las manos de Jaime para guiarlas bajo su blusa y desabrocharle el sostén de encaje que llevaba—. Todavía es temprano para trabajar…

Jaime sonrió, afirmativo a sus palabras, y no tardó en sacarle el brasier y la linda blusa blanca para así masajear y sentir mejor sus pechos. Paula, soltando su aroma floral a más no poder, metió su mano dentro de los pantalones de tela del alfa para empezar a masturbarlo. Jaime sólo gimió, haciendo movimientos eróticos a su compañera, absorto y nublado por el placer.

 


 

Este era el peor momento donde Nicolás podía sentir el lazo tensando, que enviaba vibraciones llenas de placer. Un placer que claramente no era por ni para él.

Lo peor es que era un día como cualquier otro, y cuando venían esas olas eróticas en su lazo es cuando le daban unas náuseas terribles. Una vez llegó a vomitar por ello, como si estuviera embarazado de Eddie años atrás.

Y es que no era una sorpresa: estos momentos donde solo seguía su rutina diaria desde que se casó (lavar ropa, cocinar, mantener la casa limpia, criar a Eddie), al tener estos episodios, sabía que era una burla. Una humillación.

Si el moreno rememorara, cree que todo este tema de que Jaime le engaña con alguien más empezó hace más o menos un año. Al principio solo eran las llegadas tardías del trabajo, con el alfa diciendo que hacía horas extra en el trabajo para poder mantener la economía del hogar, y aunque Nicolás lo veía cansado, él siempre trataba de mimarlo y cuidarlo, hasta que un día, Jaime se negó a esos intentos de poder cobijarlo.

Nunca supo el por qué. Suponía que podría ser el estrés por tanto trabajo, pero luego pasaban las semanas y Jaime a veces llegaba con una sonrisa de oreja a oreja, o un humor de perros rabiosos.

Era todo muy confuso para Nicolás, pero no le dio muchas vueltas, total el estrés era muy capaz de provocar eso, aparte dándole su espacio –Jaime no era mucho de demostrar cariño físico, en cualquier forma– sirvió mucho para relajarlo.

Luego empezaron otras cosas: como el aroma nuevo que tenía su esposo al llegar del trabajo, que ni con suavizante o un detergente caro podía desaparecer de su ropa. Era un aroma fuertísimo, más no desagradable al olfato (pero sí a su omega interior por considerarlo una amenaza): era como si todas las flores hicieran una rica mezcla, más una pizca de dulzor. Un endulzante muy agradable.

Al principio no le tomó mucha importancia porque Jaime trabajaba con clientes nuevos todos los días, y puede que alguno de esos clientes portara aromas dulces así, pero al pasar el tiempo se dio cuenta que era un mismo olor siempre. No había aromas mezclados distintos: era solo un aroma, un maldito aroma de una persona.

Todo esto se sumaba que, a veces, en arrebatos de celos, Nicolás inundaba su aroma a vainilla en la ropa de Jaime para alejar ese otro aroma a flores, pero se dio cuenta que Jaime llegaba con malhumor, y hasta una vez lo enfrentó, diciendo que porqué hacía eso, que no tenía el derecho y que además no era su labor lavar la ropa. El moreno sólo calló, sin volver a repetirlo.

Otras señales era que habían disminuido su actividad sexual, y si sucedía alguna vez, Jaime sólo penetraba a su antojo, sin hacerle juegos o mimos a su esposo para que también tuviera su propio disfrute y placer. Además no anudaba dentro de él a pesar de que al moreno le gustara. En todos sus celos ocurría lo mismo.

El alfa se excusaba diciendo que no anudaba en él porque sería peligroso para la fertilidad de Nicolás y que no quería tener otro cachorro más. El moreno le explicaba que podía empezar a tomar pastillas anticonceptivas y supresores, pero su respuesta siempre fue una negación.

Las evidencias eran claras, ¿verdad? Jaime tenía un amante y él ya no lo ama…

Pero estaba seguro que no era así.

Porque él nunca lo amó en primer lugar. 

Tal vez siempre fingió o trató de forzar amor por él, accediendo a casarse, tener un cachorro, enlazarse y vivir juntos. Pero en el fondo de su corazón sabía la verdad, una verdad que trataba de negar para que no se hiciera del todo real, pero que sí era: él nunca lo ha amado y nunca lo hará, a pesar de que cada uno ponga las fuerzas y voluntades para tratar de hacerlo.

La diferencia estaba en que sí, Nicolás se enamoró y está enamorado de Jaime, y se alegró bastante cuando anunció su embarazo porque tener una copia exacta de su alfa, ligado a su sangre, siempre le hizo feliz. Y el lazo que tiene el omega con Eddie era intocable e innegable. 

Lo que era innegable también era el sólo hecho que a Jaime lo obligaron a casarse con él para saldar una deuda que tenían los padres del alfa con los padres del omega; un complicado tema de negocios. A los dos les obligaron a enlazarse y tener un cachorro para saldar su unión oficialmente. Aún así Nicolás, que compartía una vida junto con Jaime, cayó enamorado. No podía imaginar esta vida con alguien más.

Pero eso no pasaba lo mismo con Jaime. 

Nicolás, con toda esa angustia y las inminentes náuseas por el lazo, corrió al baño y vomitó el desayuno, agobiado totalmente. Después de tirar la cadena y lavarse los dientes, miró la hora y se dio cuenta que pasó tanto tiempo pensando en su situación marital actual que quedaban pocos minutos para ir a ver la obra de teatro de su pequeño hijo.

Limpió lo último que le quedaba, le dio un beso a la foto enmarcada de su mejor amigo puesto en el mueble principal del living y se marchó en auto camino al colegio de Eddie.

 


 

Al llegar al salón de obras del colegio –que estaba en el subterráneo–, Nicolás se sentó en el asiento que le tenían guardado con su nombre, notando de inmediato el asiento que fue dejado para Jaime, que estaba completamente vacío.

El omega, mientras esperaba a que todos los apoderados encontraran sus asientos y así empezar la obra, decidió enviarle mensajes a su esposo.

Nicolás: Jaime, llegué para la obra del Eddie. ¿Dónde estás?

Nicolás: Ya va a empezar. Avísame si vienes en camino.

Por supuesto, ni siquiera hubo algún visto en los mensajes.

El omega no quiso insistir, así que cuando todos los invitados estaban sentados, la luz se apagó, dando las advertencias sobre el show y el breve resumen de qué tratará.

Por supuesto, salió hermoso: Eddie era el protagonista, un pequeño cometa que se separa de su Estrella Madre (interpretada por una compañera del taller) durante un paseo por la galaxia. Toda la obra trata de la búsqueda del cometa en llegar a su hogar otra vez, y en el proceso, conoce a un Planeta Solitario, sin luz y con criaturas extrañas, pero en ella, se encontraban varios Asteroides (interpretados como los demás compañeros) que le explicaron al cometa cómo regresar a casa. Al final, el cometa encuentra su camino a casa gracias a su propio brillo y a la luz guía de los Asteroides y demás estrellas.

Eddie dio todo de sí, siendo enseñado por un profesor omega encargado del taller, quién le enseñó a actuar con confianza y dejando el pánico escénico del pequeño. 

De hecho, hubo una escena muy hermosa al final, donde el cometa vuelve a su hogar para reencontrarse con su madre, y agradeciéndole a las estrellas y los asteroides, Eddie dice en voz alta, orgulloso y emocionado:

¡Aunque a veces el mundo sea oscuro y frío, mi corazón brilla fuerte para encontrar el camino a casa!

Y procedió a abrazar a su madre, en este caso, la compañera de taller quien la interpretaba.

Nicolás soltó lágrimas y aplaudió lo que más pudo, orgulloso de su cachorro, tratando de alejar esa pena profunda en su corazón por el hecho que la obra sí lo identificó, sobre todo por la situación actual que tenía con su esposo. Fue inevitable no relacionarlo con eso.

Después de todos los aplausos y agradecimientos, todos los niños partícipes de la obra fueron a donde sus familias. Eddie fue el primero que salió detrás del telón para abrazar a su mamá, preguntarle cómo lo hizo y si le gustó.

—¡Te salió perfecto, mi amor! —vitoreó el omega, levantando a su hijo del suelo y dándole unas vueltas, juguetón—. Estoy muy orgulloso de ti, Eddie.

El niño sonrió, y miró para todos lados, buscando a alguien más.

Alguien que no encontró.

—El papá no vino.

No era una pregunta, fue una afirmación.

Nicolás trató de no mirarlo con lástima, en vez de eso, le pellizcó la mejilla y le tomó la mano.

—¿Te tinca si vamos a comer algo rico? Y después podemos ver al Edgar al cementerio, para que le cuentes que lo hiciste bien en la obra —le ofreció el omega, tratando para que su hijo no se pusiera triste en un día tan importante como este.

Eddie asintió, dándole una sonrisa sincera.

Al final fueron a comer un McDonald’s, ya que su hijo amaba las hamburguesas de ahí, y a pesar de que Nicolás le dijo que podía comer algo más sofisticado y menos grasoso, decidió no insistir en ello, para así distraer a su hijo de que Jaime no fue a verlo actuar.

Se tomaron su tiempo para comer y charlar, y al momento de ir al cementerio –que no quedaba muy lejos– recordó una de las últimas conversaciones que tuvo con su mejor amigo Edgar antes de morir de un cáncer avanzado.

Haz lo que te haga feliz, y por favor, priorízate —murmuró su mejor amigo alfa, acariciando el vientre abultado del moreno, que estaba ya en su séptimo mes de embarazo—. Haz lo que te convenga a ti y a tu cachorro. Nada más importa.

Dos meses después de esa conversación, Edgar falleció por metástasis, y días después de su muerte, nació Eddie. Nombre que le puso por su mejor amigo, quien sí se preocupó por él y siempre deseó que Nicolás fuera feliz.

Nicolás, además de haberle puesto el mismo nombre de su mejor amigo a su cachorro en su honor, también tuvo el trabajo de siempre hablar de él con su hijo, contándole y asegurándole que Edgar fue una persona maravillosa, que hubiera amado conocerlo y cuidarlo como si fuera suyo. En realidad iba a ser el padrino, pero por cosas del destino no pudo suceder.

Apartó las lágrimas incipientes, dejando unas rosas en su tumba, que contenía una foto de él jugando con su PC gamer, como buen amante de los videojuegos desde niño.

—¿Le vas a contar de tu obra, eh? —le preguntó el moreno a su hijo, que jugaba con sus manos, algo nervioso.

—¡Sí! —afirmó Eddie, sentándose al lado de su sepultura, comiendo unas papas fritas que le sobraron del almuerzo—. Tío, sabe que hoy día…

Y así, su pequeño hijo, le empezó a relatar su obra y qué personaje hizo, mientras Nicolás, sentado al lado de él, pensaba en cuánto extrañaba a Edgar y qué haría él en la situación en la cual se encontraba.

En el pronto rompimiento de una familia que siempre soñó y en un amor roto desde el principio.

 


 

Jaime llegó pasadas las diez de la noche con una sonrisa de oreja a oreja, ya que había tenido una cita romántica en un restaurante italiano con Paula, y eso le hizo sentir bien, querido y con un propósito.

Un único propósito: estar con ella y dejar lo demás atrás.

Con la casa hecha un silencio, partió a su habitación, pensando que todos estarían durmiendo, pero se encontró con Nicolás despierto, sentado en la cama viendo la televisión.

Tenía la mirada perdida, no prestando atención realmente a lo que había en la TV, y justo cuando el alfa entró, hizo un estrecho contacto visual.

Jaime suspiró, borrando su sonrisa.

—Pensé que estarías durmiendo —le habló con seriedad, sacándose la chaqueta y la corbata.

—Y yo pensé que irías a la obra de nuestro hijo —le respondió el omega duramente, con un rostro serio y recalcando el nuestro. También bajó el volúmen de la televisión para seguir hablando—. ¿Dónde estabas?

—Trabajando, obviamente —contraatacó con molestia en su voz—. Para pagar todo esto y tus caprichos.

—¿Caprichos? —Nicolás se levantó con el ceño fruncido—. ¿Acompañar a mi hijo en un momento importante de su vida es un capricho para ti?

Jaime bufó, ya harto de la situación.

—Tuve reuniones importantes, por eso no pude ir —argumentó, intentando ir al baño y darse una ducha fría.

El moreno lo detuvo e intentó seguir hablando para encararlo y hacerle entender que no es la primera vez que se pierde cosas importantes de su cachorro, pero sintió de forma inmediata el olor a flores que emanaba Jaime.

Ahí, se rompió.

Nicolás lo empujó, yendo a sentarse a la cama, derramando lágrimas sin parar. Tampoco pudo evitar soltar feromonas angustiosas, haciendo ver su estado.

Jaime volvió a suspirar, intentando tranquilizarse y sentándose al lado de él.

—Perdón, yo… Perdón —trató de disculparse, a pesar de que no le importaba demasiado, total no se arrepentía de haber tenido una linda cena con su amante—. Mañana, después de trabajar, vayamos a almorzar los tres como celebración. ¿Te tinca?

Nicolás empezó a sollozar, sin siquiera mirarlo.

—No es la primera vez que le fallas —soltó otro sollozo más fuerte que el anterior, y le costó mirarlo a los ojos nuevamente—, me da lo mismo si me fallas a mí, pero con el Eddie no, por favor…

Jaime se arriesgó y lo besó en la boca, callando sus sollozos. Nicolás no sabía cómo reaccionar; tal vez debió darle una cachetada por este arrebato tan sorpresivo, como una forma de manipulación, pero debía admitir que lo único que quería era cariño y consuelo, sobre todo de su alfa a pesar de cometer grandes errores, por muy contradictorio que sonara.

El beso rápidamente escaló a algo más demandante, con Jaime encima del omega, acariciando su cintura y luego su pene arriba de su pijama. Nicolás sólo se dejó a las acciones del alfa, y tomó la valentía de sacarle a su alfa los pantalones de tela, zapatos y calcetines. El omega soltaba feromonas de excitación a pesar de que su angustia no había desaparecido del todo, por lo que el resultado de su aroma a vainilla no era muy agradable.

Jaime arrugó la nariz, disgustado, pero trató de alejar ese disgusto para así follar a su omega como debía, para que se tranquilizara y posteriormente no pelearan, porque no estaba para soportar quejidos y sollozos.

La ropa de ellos, en un santiamén, desapareció, y Nicolás, en una nube entre excitación y tristeza, empezó a lubricar. Jaime no se hizo esperar, masturbándose a sí mismo con una mano y con la otra acariciando los pezones del omega, quien gemía a gusto. 

Jaime no tardó en tomar su longitud y enterrarse en el agujero del omega, ya bastante lubricado. La estrechez del moreno siempre estuvo igual, algo que el alfa encontraba exquisito. Las embestidas comenzaron a ir cada vez más rápido, con Jaime gimiendo y disfrutando el ruido de los choques de pelvis y el trasero de Nicolás cada vez que se hundía más fondo en él. Nicolás se nubló por el placer, recibiendo golpes a su próstata sin descanso.

A pesar de que Jaime expulsaba su propio aroma a bosque, Nicolás pudo notar esa pizca floral en su olor. 

Había estado con ella.

Tratando de desplazar la pena inminente de ese hecho, Nicolás, al borde del orgasmo, le dio un beso al alfa en la boca y luego en su cuello. 

—Anuda… anuda… —pidió Nicolás entre gemidos, mostrando también su cuello donde yacía su marca, que no estaba del todo cuidada: tenía colores amarillentos y unas costras feas—. La marca, la marca…

Soltando un gemido, Jaime sólo le devolvió el beso, saliendo de él antes de anudar y esparcir su esperma. Nicolás no llegó al orgasmo, cortando su placer de golpe mientras veía al alfa levantarse y dirigirse desnudo al cuarto de baño para darse una ducha fría, sin más.

Al cerrar la puerta del baño, Nicolás empezó de nuevo a botar lágrimas sin control, vistiéndose nuevamente. Se sentía sucio y usado.

Cuando escuchó el agua de la ducha, decidió acostarse, apagar la luz y dormir, olvidando este intento de hacer el amor. Si es que puede ser llamado así.

A punto de caer en los brazos de morfeo, escuchó un chirrido del teléfono de Jaime, que lo había dejado en la mesa de noche. Nicolás, medio dormido y sin pensar mucho, tomó el aparato electrónico, viendo una notificación de un mensaje de Whatsapp.

Jefe: Gracias por esta noche maravillosa. La pasé increíble. Nos vemos mañana, alfa.

Nicolás apartó el teléfono bruscamente para levantarse, algo tambaleado, a la pieza de su hijo y dormir con él. No se atrevía a ver a su esposo luego de haberlo utilizado y después desechado como un objeto, sin siquiera cuidar su horrible marca o anudándolo como pidió. Sólo velando por su placer y no aplicar ningún aftercare.

Llegando a la pieza de Eddie, abrió la puerta y la cerró suavemente al entrar, acostándose con él a la orilla y pasando su brazo por la pequeña cintura de su hijo. Lo abrazó y se deleitó con el aroma a leche que soltaba su cachorro –al no saber su casta aún por su edad, tenía un leve aroma, casi imperceptible–, tratando de olvidar lo mierda que se sentía en ese momento.

 


 

El sábado en la mañana, Nicolás despertó lentamente en una cama más pequeña, con el brillo del gran sol filtrándose por la ventana. Palpó al otro lado de la cama para ver si su hijo estaba aún, pero no había nadie. El omega se sentó, todavía acostumbrándose a la luz y con los ojos hinchados de tanto llorar.

Sabía que Jaime no estaba, así que partió a la cocina para preparar el desayuno si es que era una hora prudente, además de intentar buscar a su hijo.

Al entrar a la cocina, se encontró a Eddie tratando de hacer unas tostadas con mantequilla, pero el pan ya estaba todo quemado, así que se veía pensativo si es que podría preparar algo más fácil. Se dirigió, concentrado, al refrigerador para ver más opciones.

Nicolás sonrió de forma tierna.

—¿Eddie? —llamó su atención, y el llamado se dio la vuelta bruscamente con una mirada avergonzada—. ¿Qué estás haciendo?

—Quería llevarte el desayuno —explicó, cerrando el refrigerador y sacando un zumo de naranja—. Olí que estabas triste y quería hacértelo yo, pero…

—Se te quemaron las tostadas, ¿verdad? —adivinó el omega, divertido. Eddie asintió—. No importa, yo te ayudo.

Fue un bonito panorama: siendo las once y media de la mañana, preparar el desayuno solo con su hijo y haciéndolo reír al tratar de enseñarle algunas cosas hizo que su corazón sanara un poquito y olvidara el resto de mierda que era su vida actualmente.

Su hijo era la curita para su corazón roto y herido.

—Vamos a almorzar con el papá más rato —le avisó Nicolás a su cachorro, que tenía palta en la nariz y trataba de sacársela con la lengua. El omega rió, sacándole la palta con el dedo para que lo mirara—. Vamos a ir a su trabajo y saldremos a almorzar algo rico. ¿Qué piensas?

Eddie tomó un sorbo a su jugo de naranja, para después sonreír y decir que era una buena idea, que le haría un dibujo como regalo y así insistirle que fueran al McDonald’s otra vez. 

Ya a las una de la tarde, Nicolás y Eddie entraron al piso del bufete de abogados donde trabajaba Jaime. Su cachorro parloteaba sin parar en cómo iba a obligar a su papá para comer hamburguesas en vez de otra cosa, mientras el omega se daba cuenta que todos los voltearon a verlo con cara de tragedia. 

Intentó ignorarlo, yendo al mesón de la recepcionista donde estaba una beta llamada Francisca. Se conocían desde hace tiempo y se llevaban bien. Pero esta vez la cara de Francisca expresaba miedo y no calidez cada vez que Nicolás iba a visitar a su esposo.

—Hola, señor Navarro —saludó apenas la beta, algo contrariada y mirando a todos lados, como si quisiera ser salvada de aquella situación.

—Llámame Nicolás, no más, Fran —sonrió cortésmente el omega—. ¿Sabes en qué está el Jaime?

Francisca tragó, intentando disimular sus nervios.

—Está en… una reunión… importante —contestó con dificultad, como pensando sus palabras—. Lo voy a llamar para avisar que estás aquí.

Nicolás asintió, mirando a su hijo, quien lo llevaba tomado de la mano mientras él saludaba a los demás abogados del lugar.

Pasaron un par de minutos donde los trabajadores, intentando llevar su rutina de trabajo, daban miradas nerviosas al omega. Nicolás intentaba ignorarlo, a pesar de que en el fondo, sabía por qué lo hacían.

Para callar sus pensamientos, se dio vuelta otra vez a la recepcionista para preguntarle si supo algo de su esposo, pero eso se cortó cuando sonó la puerta de una oficina, donde salió Jaime y una linda omega de la mano.

Y dándose un largo beso. Un feroz y descarado beso.

Las feromonas mezcladas de amor y excitación de la oficina salieron lentamente a la par, que lo inundó por completo.

Nicolás, mirando la escena, sintió la bilis subiendo por su garganta más unas inminentes náuseas y deseos de salir corriendo y no volver nunca más.

Pero ocurrió lo peor.

¿Papá?

Eddie, con el dibujo caído en la mano, preguntó con la voz rota y confundida, viendo a esa omega que no era su mamá, besando a su papá. 

¿Quién era ella? ¿Y por qué la estaba besando? ¿No se supone que sus papás eran los que se daban besos?

Nicolás de verdad intentó huir, pero después, la furia lo inundó. ¿Cómo mierda se atrevía a hacer esto frente a su hijo? ¿A su cachorrito de seis años?

El moreno sentía el lazo con su hijo tensado por la confusión y la pena. Jaime obvio escuchó su voz, pero trataba con todas sus fuerzas de no expresar rabia en ese momento por haberlo interrumpido, aunque su ceño fruncido delataba todo. La alta omega al lado de él le miraba indiferente, hasta podía ver algo de orgullo en su mirada.

Todo era silencio, y Nicolás explotó, con toda la angustia y rabia que guardó por tanto tiempo.

—¡Erís una mierda! —gritó el omega sin soltar la mano de su cachorro, quien empezó a llorar desconsoladamente—. ¡No sé cómo chucha te atreviste a hacer esto y frente a nuestro hijo! 

El lazo entre ellos estaba demasiado tenso, con ambos enviando olas de ira una tras otra, más las fuertes feromonas que se juntaban en ese piso, tornando el ambiente bien espeso. Nicolás de verdad intentaba calmarse porque no quería dar un show mediático frente a su hijo. 

Él no merecía ver esto. Ningún cachorro sin ser culpable de nada lo hacía.

—¡Ándate a la…! 

—¡A la mierda! —le interrumpió Jaime con un grito más fuerte, soltando la mano de la linda omega a su lado, quien, con una sonrisa triunfante, se encerró en la oficina. Los demás sólo miraban la escena, perplejos—. ¡Nunca quise un hijo en primer lugar!

El moreno soltó inevitablemente un grito ahogado, como si el aire en sus pulmones se hubiera disipado. Eddie empezó a llorar con más fuerza.

Sin poder evitarlo, el omega caminó hacia el alfa para darle un gran empujón, como si esa acción le hiciera mucho daño y así alejarse por siempre para él.

Claramente no fue así, porque Nicolás dio el amago de tomar en brazos a su hijo, sollozando por la situación y así irse, pero ocurrió. Y ocurrió en el momento perfecto.

Nicolás caminó al ascensor para irse, harto de las miradas asustadas de los demás. Jaime volvió a gritar, decidiendo que este era el momento idóneo para hablar verdades, y de las más dolorosas.

¡Para ahí, no te vas a ningún lado, omega!

El omega paró en seco, sintiendo rápidamente crecientes náuseas y un mareo insoportable, tanto que casi perdió el equilibrio. Eddie, ahora más asustado, soltaba jadeos sollozantes sin parar. Nicolás, en estado de sumisión por el uso de la voz, por instinto maternal, escondió a su hijo en su glándula omega para así intentar tranquilizarlo. Ese movimiento no ayudó mucho, ya que involuntariamente Nicolás soltaba fuertes feromonas de angustia y sorpresa.

Jaime usó su voz de mando por primera vez, sometiendo a Nicolás en entera sumisión. Como a él le gusta que fuera siempre.

No era momento de parar, solo de seguir y seguir. Escupir verdades, como largas cuchillas lanzadas y enterradas hacia el omega para sentir el verdadero sufrimiento.

Sin importarle la vulnerabilidad y paralización del omega, siguió: 

¿Ves lo que me obligas a hacer? —habló sin gritar, pero con tono durísimo y aún usando su voz alfa, sin adrementarse—. Esto es lo que me has vuelto. Me has vuelto un alfa aburrido, un alfa penca, porque erís incapaz de hacerme feliz, con tu… tu… tu monotonía culiá —recalcó, y todo se sumía en un silencio sepulcral, porque hasta Eddie paró su llanto descontrolado por la voz de mando—. No eres especial, ni siquiera quise casarme contigo, solo me obligaron para que no me huebearan más. ¡Ya me cansé, me aburrí de esta hueá!

Nicolás estaba paralizado, con sólo duras lágrimas cayendo por su rostro. Ya no quería más, pero lamentablemente la siguiente sentencia fue su perdición.

¡Me arrepiento de haberte conocido y de haber tenido a ese cachorro de mierda!

Jaime, algo más aliviado por aquella confesión que guardó por años, soltó todo el aire que los pulmones le permitieron. Nicolás seguía paralizado, con los latidos de su corazón ardiendo en sus oídos. Sentía que se desmayaría en los siguientes segundos, ahora sumido en un silencio más que doloroso.

Pero el destino se encargó de hacerlo sufrir más: el omega, ahogado y sin poder casi respirar, empezó a tener un ataque de pánico. Todo esto ocurría con su hijo aún en brazos, que sentía el mismo ataque por el estrecho lazo que tenían. Sudor caía por su frente, ahogándose y jadeando a más no poder.

Y aún así, con su omega y su cachorro (¿Su? Nunca fueron suyos, jamás) en ese horrible estado, Jaime dictaminó sus últimas palabras, usando todavía la maldita voz de mando.

¡Déjame ser feliz a mi manera, omega! ¡Ándate! ¡FUERA! —rugió con todas sus fuerzas, y la multitud de betas, omegas y hasta alfas de menor rango temblaban también por el efecto de la voz de mando. Algunos tuvieron que encerrarse en las oficinas para no tener peores secuelas por la voz.

Nicolás, sumado con el ataque de pánico cada vez peor, le comenzó un sangrado nasal. Estaba tan aturdido que no notó cómo un montón de sangre se deslizaba por su nariz hasta su mentón, cayendo finalmente en su ropa.

El lazo, tan añejo y descuidado, finalmente hizo un crack.

El omega no sabe cómo lo hizo, y es que todavía mantenía a Eddie en brazos con un ataque de pańico igual de su mamá –un poco más leve, pero seguía siendo horrible–, y por aquel instinto y orden de su voz de mando, huyó de la oficina, acelerando el proceso de que el maldito ascensor cerrara sus puertas y bajara lo más rápido posible.

Al salir del edificio, aún atorado de muchas palabras, de tantos insultos y maldiciones por su alfa (su esposo, y también su peor demonio), de quien se enamoró profundamente por un error terrible, Nicolás dejó a su hijo en el suelo, derrumbándose en el suelo, encogiéndose en posición fetal, temblando, tosiendo y jadeando sin parar. Tenía bastante sangre en su polera y pantalones. No le importaba.

No tardó en llegar a un estado delirante, donde veía a su mejor amigo Edgar, vivo y preocupado saliendo de un callejón, murmurándole y acariciándole el pelo para que se calmara de una vez.

No estás solo, siempre estaré contigo y el Eddie, donde sea que vayas.

Sentía su presencia de algún modo, y viendo a su mejor amigo con una mirada de pena, le dijo:

—Ven conmigo.

Sin poder aguantarlo más, Nicolás se desmayó. Todo se volvió negro.

Y lleno con una sensación de derrota y de soledad inmensa.

Notes:

¡por favor, no olviden dar kudos y comentarios! <3<3

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