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Cry no se acordaba del momento exacto, solo sabía que lo dijo rápido, sin pensar: “Moski, Mernuel y Baroteli.” Fue un comentario diminuto, tan ligero que no tomó espacio en su memoria. Pero en internet, nada permanece pequeño, lo que uno suelta con indiferencia, otros lo agarran con ganas.
El clip se viralizó y la burla también.
Cry lo notó días después. Lo notó porque cada vez que alguien mencionaba “Baroteli” en los comentarios de otro streamer, la palabra parecía cortar algo más que una joda.
Principalmente cuando era Bauleti quien la escuchaba. Él no hacía un escándalo, no se quejaba, solo se quedaba en silencio, un silencio denso, que no buscaba atención, pero que la atraía. Cry, que no lo conocía, empezó a ver los fragmentos: los ojos tensos, la boca apretada, la respiración lenta. No era enojo por un nombre mal dicho, era algo más profundo.
Cry no habló del tema en público, no quiso arreglar algo con más exposición. Así que le escribió, sin excusas largas, solo con lo que era necesario.
“No sabía que te molestaba. Perdón por decir mal tu nombre, quiero decirlo bien.”
El mensaje quedó flotando casi un día entero. Cry pensó que no habría respuesta y tal vez eso era justo, él había causado algo sin querer, y ahora debía aceptar que tal vez no merecía cerrarlo con un mensaje más. Pero la respuesta llegó. Breve.
“No es que me moleste el error, todos se equivocan. Me molesta cuando no les importa aprenderlo.”
Las palabras eran simples. Pero Cry las sintió como un espejo, no se trataba de un streamer con el nombre mal dicho, sino de una persona que llevaba un nombre como identidad, como marca, como esfuerzo.
A partir de ese día, cada vez que Cry dijo “Bauleti”, lo hizo despacio, casi meticuloso “Bau. Le. Ti.” No exagerado, no afectado, solo claro.
El chat ya no se burlaba cuando él lo decía. Era imposible, la forma en que lo pronunciaba con atención, sin ironía les quitaba el impulso, como si respetarlo fuera contagioso.
Pasaron semanas. No eran amigos, tampoco enemigos, pero había algo en el espacio entre ambos, no vacío, sino contenido, un silencio que se llenaba solo con pequeños mensajes.
Cry empezó a entender por qué le importaba tanto corregir un nombre. No era para limpiar su imagen ante otros, era porque se había dado cuenta de algo inesperado, quería que Bauleti supiera que lo veía. No como un clip, no como tendencia, no como personaje. Como alguien real.
Una noche, sin saber si era el momento correcto, Cry escribió:
“Me importa decir tu nombre bien. Me importa que lo notes.”
La respuesta tardó minutos. Muchos. Cry pensó que quizá había cruzado un límite que no debía, pero finalmente llegó.
“Lo noto y Lo valoro. No te lo olvides boludo.”
Cry no sabía qué significaba eso exactamente, pero sintió algo cálido, tenue, que se quedó quieto en el pecho. No era romance, no era amistad todavía, era una promesa silenciosa de algo que solo crece cuando se cuida sin prisa.
Antes de dormir, Cry pronunció el nombre una vez más, sin necesidad de micrófonos, sin público, solo para sí mismo.
—Bauleti.
Y lo dijo como quien abre una puerta, sin entrar aún pero con la clara intención de hacerlo.
