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A pocos días de entrar en otoño, marzo aún guarda las altas temperaturas del verano que fue dejado atrás con el inicio del ciclo lectivo, por lo que al bajar de su vehículo con aire acondicionado, Lautaro se encuentra inmediatamente con el calor característico por el sol de la hora de la siesta. Pronto se dispone a cruzar las puertas de su lugar de trabajo, su omega odia estar demasiado expuesto al sol y el calor, le irrita y le arruina el humor.
Son las tres en punto de la tarde del lunes cuando llega a la escuela listo para dar su clase de danza a sus pequeños alumnos de tercer grado. Un adorable grupo de once niñas y nueve niños que habían aprendido a leer al menos algunas partes de las manijas del reloj solo para saber cuánto tardaría en llegar cada lunes el profesor Moschini a su clase de las 15:15.
Se dirige a la sala de dirección para saludar a su superior, la directora de la institución, y firmar el libro de asistencias, las que por cierto tiene perfectas, pues no ha faltado a clases en los cuatro años que lleva trabajando en Colegio Integrado N°323. Es un profesor ejemplar, con una asistencia y desempeño ejemplar, involucrado con sus actividades designadas, y siempre dispuesto a generar un armonioso ambiente tanto en el aula con sus estudiantes como en el espacio de convivencia con sus pares colegas docentes. Aunque algunos le dificulten la tarea más que otros.
Una vez que firma atestiguando su asistencia y horario de entrada en el libro designado para dicho registro, se dirige por las escaleras a la sala de profesores a dejar sus pertenencias. La ventana del lugar está abierta, por lo que puede escuchar a algunos chicos divertirse con una pelota, se acerca y la cierra de inmediato.
—Antes de que un pelotazo nos caiga acá adentro —murmura cerrando también la cortina. No es que sea un cascarrabias, pero toma precauciones. Hace no mucho un florero que adornaba la mesa acabó despedazado por un gol que no pudo ser.
Abre el cierre más chico de su bolso para sacar su pendrive donde guarda las piezas que está trabajando actualmente con sus alumnos y lo guarda en el bolsillo delantero de sus pantalones porque en pocos minutos empieza su clase.
Contra la pared de la sala de profesores se escucha un pelotazo, seguidamente algunos gritos que no considera aptos para la institución, y luego un silbato, finalmente deduce que la hora de educación física de algún curso se ha acabado. Se alegra un poco.
(...)
—¡Un ratito más profe! —le ruegan sus alumnos corriendo detrás de él porque ya había levantado la pelota dando por terminado el partido y la clase del día.
—Ya terminó nuestra hora de clases chicos —explica recibiendo únicamente quejas—. El miércoles volvemos a tener educación física, vengan con todas las pilas y seguimos —alienta aunque en vano.
Escucha a unos cuantos bufar, pero solo uno, Mateo, se atreve a expresar el descontento de todo el grupo. —Los miércoles de educación física mixta son horribles, las nenas no saben jugar al fútbol —por supuesto que todos sus compañeros están de acuerdo, incluso uno de ellos agrega:
—Es cierto, ellas solo atrasan el partido, no saben hacer ni un solo pase.
—Así como ustedes tampoco saben jugar muy bien ni al voley, ni al hockey —Manuel hace una pausa para guardar la pelota de fútbol dentro de la bolsa de materiales que lleva a sus clases, entonces continúa—, y las chicas tienen que aguantarlos arruinando las jugadas que ellas tienen preparadas por lo mucho que entrenan esos deportes —concluye volteando a encarar a sus alumnos. Sabe que ninguno va a reconocer la veracidad de sus palabras, pero el grupo masculino de sexto grado "A" era terrible en cualquier cosa que no fuese futbol, y vaya que había intentado y cumplido con lo estipulado para las clases de su correspondiente disciplina, haciéndolos aprender las reglas y practicar otros deportes, pero parecían hechos de madera en cualquier tarea que no fuese patear la pelota.
—No es lo mismo —Mauricio, el único de esa clase que a sus once años ya se había presentado como un pequeño alfa, pone sus ojos en blanco.
—Dejen de quejarse y aprendan a compartir espacios, los miércoles de educación física mixta son una buena manera de integración de los alumnos —no deja lugar a que nadie más comente, opine o se queje, no era un tema dado a debate—. El miércoles los quiero presentes a horario, y al final de la clase quiero charlar con ustedes sobre los intercolegiales de este año así que-...
—Permiso profesor Merlo —una voz que no es específicamente su favorita en el mundo lo interrumpe—, su horario ya terminó y está ocupando el mío.
Los niños de sexto pasan de quejarse de manera inmadura a estar demasiado atentos a la conversación adulta entre profesores. Tanto quienes tenían clases con Lautaro como quienes eran alumnos de Manuel sabían que ambos docentes no se llevaban para nada bien. Por sus conversaciones secas y cargadas de sarcasmo acabaron siendo objeto de entretenimiento de los chicos de la escuela muchas veces.
Manuel toma aire antes de hablar aún de espaldas a Lauraro, pues no busca ser maleducado, pero no le encantaba mirarlo. —Si profesor Moschini, ya me retiraba.
La respuesta que recibe es instantánea. —Pero si todavía lo veo acá.
Entonces si se voltea, encontrándose con el profesor de danzas de pie con toda su clase de nenas de tercer grado detrás de él. Solo luego de mantenerle la mirada unos segundos con absoluta seriedad, para que no llegue si quiera a pensar que lo intimida de alguna forma, mira y le sonríe con cariño a las que habían sido sus alumnas el año pasado.
—Perdón profesor Lautaro, no fue mi intención atrasar la clase de las alumnas más inteligentes de esta escuela —el rubio hace girar sus ojos al escuchar a las niñas encantadas detrás de él; muy a su pesar, sabe que su grupo favorito tenía como profesor favorito a Manuel y eso golpea directamente en su ego, considerando que no lo soporta.
—¿Entonces ya te vas? —la paciencia no era una de las mayores virtudes de Lautaro, el alfa en cambio sabía ser paciente, mostrarse como tal hasta cierto punto por lo menos.
O mejor dicho, sabía cuando respirar hondo y guardarse lo que tenía que decir. Más tarde se cobraría los malos tratos de Moschini.
(...)
Guiando a sus alumnos para que dejaran el lugar libre para la nueva clase, Manuel se retira luchando por ser un adulto maduro e ignorar su impulso de pasar junto al otro profesor solo para darle un breve empujón cual adolescente fastidiado. Detesta su presencia, su manera arrogante de hablar, la forma en la que se cree superior cuando nada más se dedicaba a dar giros con música de fondo, sin enseñarle nada importante a los alumnos de aquella escuela.
De camino a la sala de artículos para guardar todos los elementos que había utilizado en su clase, la directora llamó a sus espaldas.
—¡Manuel! Que bueno que te encuentro, justo necesitaba comunicarte algo —la omega se dirige a él muy alegre.
—Mari, ¿todo bien? —se acerca a saludarla, acostumbraba a tutearla. De hecho, tutea a -y lo tutean de vuelta- todos los profesores del lugar, a excepción de cierto, a quien suele llamar enfatizando la palabra "profesor" estrictamente antes de pronunciar su nombre, o simplemente se dirige a él por su apellido.
—Decime, te escucho.
—Te acordás que Noelia venía preparando a las nenas de sexto y séptimo para los intercolegiales de voley —Noelia es la otra profesora de educación física de la escuela, Manuel asiente indicándole que prosiga.
—Bueno en la escuela donde se iba a hacer el campeonato tuvieron un par de problemas, por lo que el segundo lugar más grande es acá.
—¿Lo pasan para acá?
—Si, se va a hacer en cinco o cuatro fechas de viernes, todo el día. Así que me vi obligada a correr tus horarios de ese día de la semana —antes de que pudiese siquiera preguntar, su directora agrega—. Yo sé que vos das clases en otra escuela los jueves, por eso acoplé el horario para que tengas los martes a las cuatro con los varones de séptimo grado. Sé que es avisarte totalmente a última hora porque es para mañana, pero a mi me acaban de llamar avisando lo de las intercolegiales. Es temporal, es la solución que tenemos para no sacarle los intercolegiales a los chicos.
—No te preocupes Mari, todo perfecto —no ve el problema mientras sus horarios no se vean afectados a lo grande como para perjudicar su trabajo en la otra institución—. Ahora paso por el salón así le aviso a los chicos que a partir de mañana tenemos los martes en lugar de jueves —su directora le agradece la comprensión inmediatamente—. Gracias por tener en cuenta mi otro cargo con los horarios, no hay problema con el cambio —se voltea de a poco para seguir su camino a guardar las pelotas de futbol y agrega. Y cualquier cosa que necesiten vos o Noe para el campeonato avisame, sabes que estoy.
—Hay una cosa más... —ante las palabras vuelve a voltearse para prestarle atención.
—¿Si? Decime.
Observa como la mujer parece buscar demasiadas explicaciones en su cabeza, y termina por no pronunciar nada en varios segundos.
—¿Mari?
Duda antes de hablar. —No, nada. No te preocupes. ¿Te veo mañana acá a las cuatro?
—Si, por supuesto. Nos vemos —supone que no es tan importante o bien no le incumbe la información, y no jamás está en sus planes cargar con cosas que no le corresponden. Dándose media vuelta la saluda con un asentimiento, y ahora si se dirige a hacer sus cosas.
—Me van a degollar —susurra la mujer de pie en medio de la galería.
(...)
El radiante sol logra calentar de manera reconfortante en los frescos días de mayo, Lautaro estaciona frente a la escuela para luego tomar su bolso y bajar del auti tarareando la canción que venía escuchando en el camino desde su departamento. Estando a unos pasos de la entrada de la institución capta de reojo como el profesor Merlo también llega a trabajar. Sigue su camino directo a la sala de profesores.
—Buenas tardes —saluda a la directora, quien lo saluda de vuelta con una sonrisa amplia.
—Hermoso día hoy —comenta ella, o tal vez es un pedido a cualquier santo que la estuviese escuchando.
Hay un gran bullicio en el patio, los chicos se encuentran disfrutando del recreo. Lautaro firma su asistencia, saca de su bolso su pendrive con música y carga en sus brazos el parlante que utiliza en sus clases. El timbre suena indicando que el descanso de diez minutos antes de que inicie su clase con las alumnas de tercer grado ha terminado, por lo que sale de la sala de profesores para esperarlas dentro de su salón.
(...)
—Un partidito rápido profe —ruegan los niños caminando detrás de él rumbo al patio.
—Hoy vamos a practicar voley —vuelve a repetir, escuchando a sus alumnos quejarse—, y si le ponen ganas a la clase dejamos los últimos veinte minutos para un fútbol —los mira con una ceja en alto, al verse en desventaja por supuesto que todos concuerdan con su negociación.
Salir al patio y ver el espacio ocupado es una sorpresa, el profesor de danzas se encuentra supervisando el trabajo de alongamiento de sus alumnos mientras conecta un parlante con una extensión de cable. Lautaro levantó la vista al percibir a varias personas acercándose, claramente no esperaba encontrarse con él y sus alumnos en la entrada del patio.
—Profesor Merlo —pronuncia su nombre de cualquier manera menos de una contenta, sus alumnos en cambio al instante dejaron de alongar para saludar con alegría a su profesor de educación física—. Veo que es con usted con quien voy a compartir el espacio estas clases.
—¿Compartir?
Enarca una ceja hacia él. Luego de una pausa, tras ver que Manuel parecía no tener idea de qué hablaba, decide explicar —Veo que, o no le han avisado, o no ha retenido la información —no se queda con las ganas de hacerle el comentario—. Por las intercolegiales que se van a hacer acá se tuvieron que mover las clases que corresponden a los viernes.
—Si, ya sé eso —se apresura a responder—. Por eso, este es mi horario, creo que se confundió usted —su manera formal de dirigirse a él es de todo menos amable.
—Nuestro horario —corrige el profesoe rubio—. La directora Mariana acopló educación física masculina de séptimo grado con danzas folklóricas de quinto grado para los martes a las cuatro —Manuel se queda en silencio, por lo que Lautaro sigue—. Tenemos que compartir el...-
—El horario. Si, entendí —lo interrumpe secamente. Ambos grupos de estudiantes se mantienen en silencio, esperando indicaciones de su docente.
—Elija un lado del patio.
—Me da igual, siéntase libre de elegir donde desarrollar su clase, profesor Mernuel —solo por respeto no hace girar sus ojos ante la correcta manera de hablar del otro, aunque el también se dirige a él de esa manera con total sarcasmo.
—Chicos, vengan para acá por favor —les pide a sus alumnos guiándolos al lado derecho del patio.
Una vez acomodados, decide ignorar la clase vecina. O eso intentaba, hasta que mientras tomaba asistencia tuvo que ir alzando cada vez más su voz debido a la chacarera que salía del parlante del profesor de la otra materia. Una vez que no hubo más capacidad de volumen en su voz que no fuese gritar para que sus alumnos escucharan sus nombres, se dirige hasta el parlante y gira la perilla del mismo para bajar la música.
El profesor rubio lo mira instantáneamente —¿Qué hacés? —el trato formal se esfuma.
—Estoy tratando de tomar asistencia, no puedo estar gritando en el patio, necesito que baje la música —ante el silencio cree que la discusión acaba, disfruta no recibir ninguna queja o comentario innecesario del omega rubio, viéndolo encararlo con seriedad debe admitir que si no fuese insoportable hasta le parecería atractivo. Se da vuelta y vuelve a caminar en dirección a su lado del patio, pero pronto el volumen es el mismo de antes, y la chacarera ambienta nuevamente el lugar.
—Nahuel —llamó a uno de sus alumnos.
—Presente profe.
—Trae del armario la pelota, por favor. Vamos a jugar fútbol hoy.
