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El salón común de la residencia Heights Alliance estaba sumido en el caos controlado característico de la clase 3-A. Botellas vacías de refresco giraban en el centro de la mesa mientras el grupo de jóvenes héroes en formación celebraba el fin de los exámenes parciales con un juego de verdad o reto que había escalado rápidamente en intensidad.
Bakugo estaba encajonado en un rincón del sofá, con los brazos cruzados y una expresión que rezumaba fastidio. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, como si estuviera preparándose para un combate en lugar de en una reunión social. Observaba con desdén cómo Kaminari y Ashido reían a carcajadas por algún reto estúpido que involucraba bailar como si estuvieran electrocutados.
"¡Le toca a Bakugo!" anunció Uraraka con una sonrisa pícara, haciendo referencia a la botella vacía que habían estado usando como ruleta.
Todos los ojos se posaron en él. Bakugo gruñó, maldiciendo internamente el día en que accedió a participar en esta gilipollez colectiva.
"Verdad o reto, Kacchan", dijo Midoriya con cautela, como si estuviera abordando a un animal salvaje.
Bakugo consideró sus opciones. La verdad implicaría preguntas personales, emociones expuestas, vulnerabilidad. Jamás.
"Reto", escupió, desafiante.
Un murmullo de emoción recorrió la habitación. Mina, con una sonrisa traviesa, se inclinó hacia adelante. "Perfecto. Tienes que pasar siete minutos en el cielo con la persona que tú elijas. En el armario de limpieza del pasillo."
"¿Qué gilipollez es esa?", bufó Bakugo, aunque por dentro su corazón empezó a latir con fuerza irregular. Conocía ese juego, había oído hablar de él.
"Son siete minutos en un espacio cerrado con alguien", explicó Mina con entusiasmo. "Tradicionalmente, la gente... ya sabes." Hizo un gesto con las manos que provocó risas entre el grupo.
Bakugo sintió que la sangre le subía a las mejillas, afortunadamente camuflada por su actitud irritable. "Estúpidos. No voy a—"
"¡Es un reto, Kacchan! ¡Tienes que cumplirlo!" insistió Kaminari. "A menos que prefieras bailar la canción del patito en ropa interior por el pasillo."
Los ojos de Bakugo se estrecharon. Malditos idiotas. Maldito juego. Maldito todo.
"Bien", gruñó. "Habéis dicho que tengo que elegir con quién."
"Claro", asintió Sero. "¿Con quién?"
Bakugo hizo una pausa demasiado breve para ser casual, sus ojos escaneando la habitación antes de posarse, inevitablemente, en aquel pelo rojo familiar. "Kirishima."
La declaración cayó como si fuera lo más natural del mundo, y en cierto modo lo era. Kirishima era su único amigo genuino, la única persona cuya compañía toleraba sin fingir. Nadie pareció sorprenderse, aunque Bakugo detectó una mirada fugaz entre Mina y Kirishima que no supo interpretar.
"¡Vamos, entonces!" exclamó Kirishima, levantándose con su característico entusiasmo, aunque Bakugo notó un leve temblor en sus manos que normalmente no estaba allí.
El grupo los siguió por los pasillos como una manada de hienas emocionadas, hasta llegar al armario de limpieza del pasillo. Era pequeño, apenas un metro cuadrado, con estantes que Sero y Kaminari comenzaron a vaciar apresuradamente.
"Bakugo, tú primero", indicó Sero, abriendo la puerta.
Bakugo maldijo en voz baja antes de entrar en la oscuridad. El espacio olía a lejía y a madera vieja. Un momento después, Kirishima se deslizó a su lado, y la puerta se cerró con un golpe sordo, sumiéndolos en una oscuridad casi total. Solo un delgado haz de luz se filtraba por la ranura inferior de la puerta.
El armario era aún más pequeño de lo que parecía desde fuera. Sus cuerpos se encontraban casi aplastados juntos, no había ninguna posición en la que no se tocaran. Bakugo podía sentir el calor de Kirishima a través de sus camisetas, podía escuchar su respiración, un poco más acelerada de lo normal.
"Joder, esto es más apretado de lo que pensaba", comentó Kirishima, su voz sonando anormalmente alta en el espacio confinado.
Bakugo gruñó en respuesta, concentrándose en mantener su propia respiración controlada. Cada punto de contacto entre sus cuerpos parecía emitir electricidad estática.
"Oye, ¿sabes lo que se supone que la gente hace en estos siete minutos?" bromeó Kirishima, y Bakugo pudo escuchar la sonrisa en su voz.
"Si dices algo estúpido, te reviento", amenazó Bakugo, aunque carecía de su mordiente habitual. Su mente, traicionera, ya estaba imaginando precisamente lo que la gente hacía en estas situaciones.
Kirishima rió, un sonido cálido que reverberó en el pequeño espacio. "Solo digo que Mina sabía exactamente lo que hacía."
La mención de ese nombre hizo que Bakugo se tensara aún más. Por supuesto. Por supuesto que Kirishima preferiría estar aquí con ella.
"Entiendo que preferirías estar aquí con ella", dijo Bakugo antes de poder detenerse, maldiciendo su propia boca.
Kirishima se quedó en silencio por un momento. "¿Con Mina? ¿Por qué?"
"No te hagas el imbécil", espetó Bakugo, sintiendo como la familiar irritación ascendía para cubrir su vulnerabilidad. "Todo el mundo sabe que te gusta desde la secundaria."
"Ah." Kirishima se movió, y el roce de su brazo contra el pecho de Bakugo hizo que este contuviera la respiración. "Bueno, sí, en un momento me gustó. Pero me di cuenta de que ella no sentía lo mismo, así que seguí adelante. Ahora somos amigos, solo amigos."
Bakugo procesó esa información, sintiendo cómo algo se agitaba en su pecho. Esperanza, reconoció con horror. Esperanza estúpida e irracional.
"Entonces, ¿quién...?" comenzó, luego se detuvo, apretando los dientes. No preguntes, se ordenó. No quieres saberlo.
Pero Kirishima ya había comenzado a hablar. "En realidad, hay alguien más. Alguien que me gusta ahora."
El aire en el armario pareció espesarse. Bakugo sintió cómo su palma izquierda comenzaba a sudar levemente, una reacción que no podía controlar por completo.
"¿Y quién es la pobre desgraciada?" preguntó, forzando un tono desinteresado.
"Adivínalo", desafió Kirishima, su voz bajando a un susurro que hizo que la piel de Bakugo se erizara. "Si lo adivinas, te doy un premio."
"Lo que me faltaba, otro juego estúpido", refunfuñó Bakugo, aunque cada fibra de su ser quería preguntar, quería saber, quería que fuera él aunque sabía que era imposible. "Ya es suficiente con estar encerrado en este maldito armario."
"Justamente por eso", insistió Kirishima, y Bakugo pudo sentir cómo se giraba ligeramente hacia él en la oscuridad. "Así matamos el tiempo. Ya que no vamos a hacer... bueno, lo que se supone que la gente hace en este reto."
Bakugo tragó saliva. Su mente, maldita y brillante, comenzó a trabajar a pesar de sus protestas. Kirishima era cercano a muchas personas, pero especialmente cercano a unos pocos. Él mismo, Mina, Kaminari, Sero...
"No tengo ni idea", dijo. "Te llevas bien con todo el mundo. No miras a nadie de manera diferente."
"Tiene sentido que tú no notes cómo miro diferente a esa persona", dijo Kirishima, y había algo en su tono, una suavidad que no era habitual en él.
¿Qué quería decir con eso? ¿Que Bakugo no era observador?
Bakugo respiró hondo, sintiendo cómo el aire limitado del armario se llenaba con el aroma de la colonia de Kirishima. Su mente, siempre analítica, comenzó a trabajar.
"¿Es alguien de la clase?" preguntó, manteniendo su voz lo más neutral posible.
"Sí."
Bueno, eso descartaba a cualquiera fuera de la clase 3-A.
“¿Es más alta que tú?”, preguntó Bakugo, sintiendo cómo la pregunta sonaba estúpida incluso para sus propios oídos.
“Por muy poco, pero sí.”
Eso descartaba a todas las chicas, menos una. “Pues ya está”, dijo con un punto de decepción. “La única chica más alta que tú es Yaoyorozu.”
Kirishima se rió. "No he dicho en ningún momento que fuera chica."
Se hizo una pausa. "¿Es chico?"
La respuesta provocó que el corazón de Bakugo acelerara. "Sí."
A Kirishima le gustaba un hombre. Había una pequeña posibilidad. No, espera. ¿En qué estaba pensado? ¿Por qué se había acelerado tanto el corazón?
"¿Sois amigos cercanos?" preguntó Bakugo, y la pregunta sonó mucho más vulnerable de lo que pretendía.
La respiración de Kirishima se contuvo un momento. "Sí. Muy cercanos."
Bakugo sintió cómo su boca se secaba. Cercanos.
"¿Es Sero?" preguntó bruscamente, nombrando a otra persona con quien Kirishima pasaba tiempo.
"No", dijo Kirishima, y su voz sonaba extrañamente tensa. "No es Sero."
"Sato, entonces."
"No. Pero no vale que digas a todos de uno en uno."
Bakugo hizo una pausa, sintiendo cómo el espacio entre ellos parecía reducirse aún más. "Maldita sea, pelo de mierda, no lo voy a adivinar."
"Entonces no obtienes el premio", bromeó Kirishima, pero su voz temblaba levemente.
Bakugo cerró los ojos en la oscuridad, sintiendo cómo cada punto de contacto entre sus cuerpos se volvía hiperconsciente. El brazo de Kirishima presionado contra el suyo. Sus hombros rozándose. Sus pies, entrelazados por accidente en el espacio reducido.
"¿Te gusta desde hace mucho?" preguntó, y su voz sonó extrañamente suave.
"Sí", admitió Kirishima. "Desde el primer año, creo. Pero no me di cuenta hasta más tarde."
El primer año. Bakugo hizo cálculos mentales. Él y Kirishima se habían hecho cercanos durante el primer año, después del incidente del rescate sobre todo, cuando Kirishima lo entendía como nadie más lo hacía.
"¿Ya lo sabes?" preguntó Kirishima, su voz apenas un susurro.
Bakugo estaba a punto de responder cuando algo en la forma en que Kirishima había hecho la pregunta, en la expectativa palpable en su tono, hizo que las piezas encajaran. Kirishima no estaba jugando. No estaba bromeando. Estaba serio, nervioso, vulnerable.
Era él.
El reconocimiento golpeó a Bakugo con la fuerza de una de sus explosiones. Era él. A Kirishima le gustaba él. Bakugo. El iracundo, problemático y difícil Bakugo.
Pero... ¿por qué? ¿Por qué él? ¿Qué veía Kirishima en él que nadie más veía? ¿Qué podía justificar este sentimiento aparentemente genuino?
A menos que... a menos que no fuera genuino. A menos que fuera una broma, una burla, una manera de reírse de él.
La familiar rabia, su mecanismo de defensa favorito, comenzó a hervir en su interior.
"No me mientas", dijo bruscamente, y sintió cómo Kirishima se ponía rígido a su lado. "No juegues conmigo, Kirishima. No es gracioso."
"¿Mentir? Bakugo, no estoy—"
"¡Sí lo estás!" explotó Bakugo, aunque mantuvo su voz lo suficientemente baja como para que no se filtrara fuera del armario. "No puedes... decir algo así como si no significara nada. No sabes cómo tus palabras afectan a los demás."
El silencio que siguió fue denso, cargado. Bakugo podía escuchar su propia respiración, demasiado rápida, y la de Kirishima, ahora controlada y medida.
"No es mentira", dijo Kirishima finalmente, y su voz sonaba diferente, más firme, más serio de lo que Bakugo jamás lo había escuchado. "He querido decírtelo por mucho tiempo, pero... no sabía si sería correspondido. Prefería mantener nuestra amistad que arriesgarme a perder lo que tenemos."
Esa confirmación lo desarmó, cada palabra era un clavo en el ataúd de las defensas de Bakugo. No podía ser real. No podía estar pasando.
"¿Por qué yo?" preguntó, y la vulnerabilidad en su propia voz lo horrorizó.
Kirishima se movió, y en la oscuridad, su mano encontró la de Bakugo. No para entrelazar los dedos, solo para tocarlo, una presión cálida y firme contra su piel.
"Porque eres increíble", dijo Kirishima simplemente. "Eres fuerte, decidido, nunca te rindes. Eres leal de una manera que nadie más entiende. Cuando crees en algo, o en alguien, lo das todo. Y... me miras. De verdad me miras, no solo la persona que muestro al mundo."
Bakugo no podía respirar. Cada palabra resonaba en algún lugar profundo dentro de él, en lugares que ni siquiera sabía que existían.
"Eres un idiota", murmuró, pero no había fuerza en las palabras.
"Probablemente", admitió Kirishima, y su pulgar hizo un movimiento circular en el dorso de la mano de Bakugo, un contacto tan suave que casi no podía sentirse. "Pero es la verdad."
El tiempo parecía haberse detenido. En la oscuridad del armario, con el mundo exterior reducido a murmullos lejanos y el sonido de sus respiraciones entrecortadas, Bakugo permitió por primera vez en su vida que la verdad saliera a la superficie.
"Yo también", dijo, tan bajo que apenas era audible.
"¿Qué?" preguntó Kirishima, inclinándose más cerca, su aliento caliente rozando la oreja de Bakugo.
"Yo también lo siento. A mí también me gustas." Las palabras salieron en un torrente, como si una presa se hubiera roto. "Desde hace mucho. Demasiado. Pensé que te gustaba Mina. Pensé que nunca…"
La admisión colgó entre ellos, tangible y frágil. Bakugo esperaba la burla, la retractación, la revelación de que todo había sido una broma elaborada.
En su lugar, sintió cómo Kirishima exhalaba, un suspiro de alivio y asombro.
"¿En serio?" preguntó, y su voz temblaba.
"Sí, maldita sea", gruñó Bakugo, sintiéndose expuesto y vulnerable. "¿Feliz ahora?"
Kirishima se rió, un suspiro suave y alegre. "Más que feliz."
Sus cuerpos se encontraron completamente en la oscuridad, los brazos de Kirishima abrazando el cuerpo de Bakugo de manera torpe al principio, luego con más seguridad. El contacto era electrizante, tan íntimo que el rubio sintió que su corazón iba a salirse del pecho.
"¿Cómo no me vas a gustar? Al fin y al cabo, eres increíble", esas palabras salieron solas de lo más profundo de Bakugo.
Fue el mayor cumplido que había dado en su vida.
Kirishima se separó ligeramente, y en la oscuridad, Bakugo pudo sentir la proximidad entre sus bocas. "Bakugo..." comenzó, su voz un susurro ronco.
El espacio entre ellos casi desapareció. Bakugo podía sentir la respiración de Kirishima en sus labios, podía sentir la tensión en el aire, la expectativa palpable. Sabía lo que venía, lo anhelaba con cada fibra de su ser, pero también le aterrorizaba.
En la oscuridad, sin las distracciones visuales, el resto de los sentidos de Bakugo se intensificó. La respiración entrecortada de Kirishima. El olor a colonia y algo exclusivamente Kirishima. El calor radiando de sus cuerpos tan cerca. La textura de sus manos sobre la cadera del pelirrojo.
Bakugo inclinó la cabeza hacia adelante, un movimiento imperceptible, un permiso silencioso.
Y entonces, justo cuando sentía que los labios de Kirishima estaban a milímetros de los suyos, justo cuando cerraba los ojos y se preparaba para lo que fuera a venir...
"¡CINCO! ¡CUATRO! ¡TRES!"
Las voces del exterior irrumpieron en su burbuja privada, haciendo que ambos se separaran bruscamente, como si les hubieran echado agua fría.
"¡DOS! ¡UNO! ¡TIEMPO!"
La puerta del armario se abrió de golpe, inundando el pequeño espacio con luz fluorescente que hizo que ambos parpadearan, cegados.
"¡Y bien! ¿Cómo les fue ahí adentro?" preguntó Mina con una sonrisa pícara, sus ojos escudriñándolos en busca de señales reveladoras.
Bakugo salió del armario con brusquedad, evitando el contacto visual con todos. "Fue sofocante y estúpido. Nunca más me metáis en uno de tus juegos idiotas, panda de extras."
Pero su voz carecía de su ferocidad habitual, y sus mejillas estaban visiblemente sonrojadas, algo que no pasó desapercibido para los observadores más agudos.
Kirishima salió detrás de él, estirándose exageradamente. "¡Uf, sí que estaba estrecho!" dijo con su tono habitual, aunque su sonrisa parecía más brillante de lo normal, y también tenía un rubor distintivo en su rostro.
El grupo los rodeó, haciendo preguntas y bromeando, pero Bakugo apenas las escuchaba. Todo su ser estaba concentrado en el hombre de pelo rojo a su lado, en el recuerdo de sus cuerpos entrelazados en la oscuridad, en las palabras intercambiadas que habían cambiado todo.
“¡Se acabó! No os aguanto más”, exclamó Bakugo cuando todo fue demasiado. “Me voy a la cama.”
Sin esperar respuesta, se dirigió hacia su habitación. Pero Kirishima fue tras él.
"Oye", murmuró, lo suficientemente bajo como para que solo Bakugo pudiera escuchar. "Quizás podamos... continuar esa conversación. Más tarde. En algún lugar con más espacio."
Bakugo lo miró de reojo, sintiendo que si le miraba directamente se pondría del color de su pelo. "Ahora mismo no puedo."
Kirishima observó cómo la espalda tensa de Bakugo desaparecía escaleras arriba, una mezcla de comprensión y decepción revolviéndose en su pecho. Lo conocía lo suficiente como para saber que necesitaba espacio para procesar, para rearmar esas defensas que acababan de derrumbarse en la oscuridad del armario. Respiró hondo, forzando una sonrisa que no sentía del todo, y regresó al salón común donde el caos continuaba.
"¿Qué ha pasado?" preguntó Mina, sus ojos curiosos escudriñando el rostro de Kirishima. "¿Bakugo está bien?"
"Sí, solo necesita un tiempo a solas", respondió Kirishima, intentando sonar convincente. "Ya lo conocéis."
El juego continuó, pero para Kirishima cada minuto se arrastraba con agonizante lentitud. Su mente no estaba en los retos ni en las risas; estaba escaleras arriba, imaginando qué estaría pensando Bakugo, si se arrepentía de lo confesado, si estaba tan desconcertado como él se sentía.
A través de una neblina, participó cuando le tocó. Respondió una verdad embarazosa sobre su primera pelea que hizo reír a todos. Aceptó un reto de hacer flexiones con Kaminari en la espalda. Sonrió, bromeó, fue el Kirishima de siempre. Pero por dentro, cada fibra de su ser estaba tensa, esperando, anhelando.
Las horas pasaron. Todos los compañeros decidieron retirarse a sus habitaciones, bostezando y riéndose de los eventos de la noche. Mina fue la última en irse, lanzándole a Kirishima una mirada significativa que él no supo interpretar antes de desaparecer por el pasillo.
Finalmente solo, Kirishima se dejó caer en el sofá, mirando el techo. La habitación guardaba el eco de la noche: botellas vacías, cojines desordenados, el ambiente cargado de energía juvenil. Pero para él, todo parecía insustancial comparado con lo que había ocurrido en ese armario diminuto.
Estaba a punto de levantarse para ir a su propia habitación cuando su teléfono vibró en el bolsillo. El corazón le dio un vuelco tan violento que casi le dolió.
Con dedos torpes, sacó el dispositivo. Una sola notificación iluminó la pantalla.
Bakugo 💥: Te espero en mi cuarto.
Kirishima leyó el mensaje tres veces, asegurándose de que no era una alucinación producto del deseo. Luego, sin pensárselo dos veces, se puso de pie tan rápido que casi se mareó. Miró a su alrededor, confirmando que los pasillos estaban vacíos, antes de dirigirse con pasos decididos pero silenciosos hacia la habitación de Bakugo.
Al llegar a la puerta marcada con el número y nombre de Bakugo, dudó por un instante. ¿Debía tocar? ¿Entrar directamente? Finalmente, golpeó suavemente con los nudillos.
"Pasa ya, no seas imbécil", llegó la voz familiar desde dentro, áspera pero sin su acostumbrada agresión.
Kirishima abrió la puerta y entró, cerrándola tras de sí.
La habitación de Bakugo era tan ordenada como esperaba. Todo estaba en su lugar: los libros de texto apilados con precisión, los materiales de entrenamiento organizados, la cama hecha con esquinas perfectas, algunas figuritas de All Might. El propio Bakugo estaba sentado en el borde de la cama, vestido con unos pantalones vaqueros y una camiseta negra holgada. Sus brazos estaban cruzados, pero sus nudillos no estaban blancos de tensión como de costumbre. Sus mejillas, sin embargo, conservaban un ligero rubor.
"Nunca pensé que dirías algo así", murmuró Bakugo, evitando la mirada directa.
Kirishima se apoyó contra la puerta cerrada, sintiendo cómo la distancia entre ellos, aunque mucho mayor que en el armario, estaba cargada de la misma electricidad. "Llevo mucho tiempo pensando en decírtelo."
"¿Por qué hoy?" preguntó Bakugo, finalmente alzando la vista. Sus ojos carmesí, normalmente llenos de ira o desafío, mostraban una vulnerabilidad desnuda que detuvo la respiración de Kirishima.
"Porque cuando dijiste mi nombre para el reto... cuando estuvimos ahí dentro... me dí cuenta de que no podía seguir guardándolo." Kirishima dio un paso adelante, luego otro, reduciendo la distancia gradualmente. "Y cuando dijiste que tú también..."
"Cállate", interrumpió Bakugo, pero no con enfado. Era una súplica, una admisión de que estaba al límite.
Kirishima se detuvo justo delante de él. Podía ver el temblor casi imperceptible en las manos de Bakugo, la forma en que su pecho se elevaba y descendía con un ritmo ligeramente acelerado. En la intimidad de esta habitación, sin testigos, sin la presión de un juego, todo era más real, más aterrador.
"Katsuki", dijo Kirishima, usando su nombre de pila por primera vez desde que se conocían.
Bakugo contuvo la respiración. Un parpadeo, luego otro. Luego, como si un hilo invisible que lo mantenía atado se hubiera roto, se levantó y caminó seguro hacia Kirishima.
El primer beso fue un roce, solo eso. Los labios de Kirishima, más suaves de lo que Bakugo había imaginado, tocaron los suyos con una delicadeza que contradecía todo lo que cualquiera habría asociado con ellos dos. Fue un contacto eléctrico pero breve, un reconocimiento, una pregunta.
Luego Bakugo correspondió.
Su mano se elevó para enredarse en el cabello rojo de Kirishima, tirando de él hacia sí con una urgencia que sorprendió a ambos. El segundo beso no fue tímido. Fue afirmación, fue años de deseo contenido encontrando finalmente una salida. Los labios de Bakugo se movieron contra los de Kirishima con una intensidad que hacía temblar al pelirrojo, no de miedo, sino de pura descarga emocional.
Kirishima emitió un jadeo ahogado, un cruce entre un gemido y un suspiro, y respondió con igual fervor. Sus manos encontraron la cintura de Bakugo, tirando de su cuerpo para que estuvieran completamente alineados, pecho contra pecho, cadera contra cadera. Bakugo sabía como el café, amargo, intenso, y Kirishima pensó que podría volverse adicto a ello.
El tercer beso fue más profundo, más húmedo, más desesperado. Bakugo abrió la boca bajo la presión de Kirishima, y cuando sus lenguas se encontraron, ambos se estremecieron simultáneamente. Era demasiado y no suficiente, era la culminación de cada mirada furtiva, cada toque casual que no había sido tan casual, cada momento en que se habían apoyado el uno en el otro sin decir por qué.
Kirishima perdió la noción del tiempo, del espacio, de todo excepto de la sensación de Bakugo contra él. Los besos se sucedían, cada uno más intenso que el anterior, cada uno robando un poco más de aire y raciocinio. Las manos de Bakugo se aferraban a él como a un salvavidas, sus dedos enterrándose en el cuero cabelludo, en los hombros, en cualquier parte que pudiera alcanzar.
Entonces, con un gruñido de frustración, Bakugo empujó a Kirishima. No con violencia, sino con una determinación que hizo tropezar al pelirrojo. Kirishima cayó sentado en el borde de la cama, mirando a Bakugo con ojos vidriosos y labios hinchados.
Antes de que pudiera preguntar, Bakugo se subió a su regazo, rodeando la cintura de Kirishima con sus piernas. La posición era íntima, abierta, e hizo que a Kirishima se le secara la boca.
"¿Qué...?" comenzó, pero Bakugo lo silenció con otro beso, esta vez desde arriba, dominante.
Kirishima respondió con entusiasmo, sus manos deslizándose por la espalda de Bakugo, sintiendo los músculos tensos bajo la fina tela de la camiseta. Necesitaba más. Necesitaba tocar su piel.
Con movimientos torpes pero decididos, Kirishima agarró el dobladillo de la camiseta de Bakugo y comenzó a levantarla. Bakugo se separó el tiempo justo para levantar los brazos y permitir que se la quitara por completo, lanzándola a un rincón de la habitación.
El aire se le atoró en la garganta a Kirishima. Había visto a Bakugo sin camiseta muchas veces, en el gimnasio, en los vestuarios. Pero esto era diferente. Esto era para él. Solo para él. La luz tenue de la lámpara de mesilla acariciaba los definidos abdominales, los pectorales, las cicatrices salpicaban su piel como un mapa de batallas libradas.
"Te toca", murmuró Bakugo, sus dedos encontrando el dobladillo de la propia camiseta de Kirishima.
En un instante, la camiseta de Kirishima también fue olvidada en cualquier parte de la habitación. Piel contra piel ahora, el contacto era casi abrumador. Kirishima jadeó cuando Bakugo recorrió con las manos su pecho, por el calor de sus cuerpos fusionándose. Las manos de ambos exploraron, aprendiendo texturas, cicatrices, curvas que solo habían admirado desde lejos. El latido del corazón de Bakugo contra su palma era rápido y fuerte, un tambor de guerra que resonaba con el suyo propio.
Kirishima bajó una mano, deslizándola por el estómago tenso de Bakugo, hacia la cintura de sus pantalones. Se detuvo, buscando permiso con los ojos.
Bakugo lo miró, sus pupilas dilatadas, su respiración entrecortada. "¿A qué estás esperando?", dijo, su voz ronca por los besos y la emoción.
Esa fue toda la invitación que Kirishima necesitó. Su mano se cerró sobre la evidente protuberancia en los pantalones de Bakugo, aplicando una presión firme. Bakugo arqueó la espalda, un jadeo escapando de sus labios antes de que pudiera contenerlo. Era un jadeo pequeño, casi avergonzado, pero para Kirishima fue la cosa más erótica que había escuchado en su vida.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Kirishima, un gesto de puro asombro y triunfo.
"Como te rías", gruñó Bakugo, aunque carecía de convicción, "te juro que te mato."
Kirishima respondió capturando sus labios de nuevo, sellando la amenaza con otro beso profundo. Esta vez, su mano se movió, frotando a Bakugo a través de la tela, aprendiendo su forma, su tamaño, la forma en que el cuerpo de Bakugo respondía a cada toque. Era intoxicante, tener a esta persona tan fuerte, tan ferozmente independiente, temblando y jadeando en su regazo.
Pero la tela era una barrera inaceptable. Kirishima intentó deslizar su mano dentro del pantalón, pero el ángulo era incómodo, la ropa demasiado ajustada. Una frustración creciente se apoderó de él, una necesidad urgente de sentir más, de tener más.
Con un movimiento fluido que sorprendió a Bakugo, Kirishima se levantó, sosteniendo al rubio en brazos como si no pesara nada, y prácticamente lo lanzó. Bakugo aterrizó sobre la cama, mirando a Kirishima con ojos sorprendidos y llenos de deseo.
Kirishima se colocó sobre él, entre sus piernas, y sus dedos se dirigieron a la cintura de los pantalones de Bakugo, desabrochando el primer botón.
Pero una mano lo detuvo. Bakugo le agarró la muñeca, su respiración era un torbellino.
"Quítate tú eso", dijo Bakugo, señalando los propios pantalones de Kirishima con la cabeza. "Cada uno lo suyo. Más rápido."
La lógica era innegable. Kirishima asintió, alejándose solo lo necesario para deshacerse de su ropa restante. Bakugo hizo lo mismo, sus movimientos igual de determinados. En segundos, prendas de vestir volaron por la habitación, aterrizando en sombras indistinguibles.
Y entonces, ahí estaban.
Completamente desnudos, frente a frente bajo la luz tenue de la habitación. El aire cargado de anticipación y el sonido de sus respiraciones aceleradas.
Kirishima se detuvo, simplemente mirando. Bakugo, tendido sobre sus sábanas oscuras, era una visión que superaba cualquier fantasía. Rubio donde Kirishima era moreno, musculoso de una manera distinta pero igualmente impresionante, completamente expuesto y vulnerable solo para él. Sus ojos recorrieron cada centímetro, adorando lo que veía, atesorando este momento.
"Deja de mirar como un idiota", murmuró Bakugo, pero su voz era suave, y no hizo ningún movimiento para cubrirse.
"Es que eres... joder, Katsuki", susurró Kirishima, cayendo de rodillas junto a la cama. Su mano se extendió, no hacia la entrepierna de Bakugo esta vez, sino hacia su mejilla. La acarició con los nudillos, un gesto increíblemente tierno. "Todo este tiempo."
“Ven aquí”, dijo Bakugo, agarrando su mano para acercarlo.
Esa ternura se rompió entonces, transformándose nuevamente en la urgencia que ardía bajo sus pieles. Kirishima se unió a él en la cama, sus cuerpos encontrándose en un abrazo completo, piel contra piel desde el pecho hasta los dedos de los pies. El contacto era abrumador, electrizante. Años de deseo secreto, de miradas reprimidas, de toques disfrazados de casualidad, estallaron en una vorágine de sensaciones.
Se besaron nuevamente, pero ahora no había restricciones. Las manos de Bakugo recorrieron la espalda de Kirishima, bajando por la curva de su columna, apretando sus nalgas, tirando de sus caderas contra las suyas. Kirishima respondió con igual ferocidad, sus dientes mordiendo suavemente el labio inferior de Bakugo, sus uñas dejando marcas tenues en sus hombros.
"Tócame", jadeó Bakugo contra su boca, su voz un ronco susurro. "De verdad."
Kirishima no necesitó que se lo dijeran dos veces. Su mano se deslizó entre sus cuerpos, encontrando la erección de Bakugo. Esta vez, sin barreras. La piel era suave y caliente, y el gemido completo y sin restricciones que escapó de Bakugo cuando Kirishima lo tomó en su mano hizo que al pelirrojo se le nublara la vista.
"Tú también", insistió Kirishima, guiando la mano de Bakugo hacia su propia entrepierna.
Bakugo lo miró, y en sus ojos carmesí, Kirishima vio un destello del desafío habitual, mezclado con algo nuevo: deseo puro, sin adulterar. Su mano se cerró alrededor de Kirishima, y fue el turno del pelirrojo de arquearse y gemir, enterrando su rostro en el cuello de Bakugo.
Así permanecieron por un tiempo, tocándose, explorándose, aprendiendo de los jadeos y temblores que provocaban el uno en el otro. Cada suspiro, cada gemido sofocado, cada susurro del nombre del otro era un tesoro, un fragmento de esta nueva realidad que estaban construyendo juntos.
Kirishima se deslizó entre las piernas de Bakugo, buscando fricción, buscando esa conexión aún más profunda. Bakugo respondió con movimientos igualmente urgentes, sus caderas encontrando un ritmo sincopado. La fricción era increíble, pero también era una frustración, un recordatorio de lo que aún no tenían.
"Eijiro", murmuró Bakugo, un nombre que no recordaba haber usado fuera de esa situación, y que ahora sonaba a una confesión en sí mismo.
Eso fue lo que rompió los últimos fragmentos de la paciencia de Kirishima. “¿Tienes?”
“En el segundo cajón.”
Con un movimiento suave pero firme, se deslizó sobre Bakugo, abriendo el cajón para agarrar un bote de lubricante. Volvió a su posición, mirando hacia abajo, viendo el rostro de Bakugo enmarcado por la almohada, su cabello rubio esparcido como un halo desordenado, sus labios hinchados y sus ojos oscuros de deseo.
"¿Estás seguro?" preguntó Kirishima, su voz temblorosa. Quería esto, lo deseaba más que a nada, pero necesitaba estar seguro.
Bakugo lo miró, y en lugar de una respuesta verbal, levantó la cabeza de la almohada y capturó sus labios en un beso que era a la vez una respuesta y una promesa. Sus manos se enredaron en el cabello rojo de Kirishima, tirando de él hacia abajo, eliminando el último espacio entre ellos.
Y en la intimidad de esa habitación, lejos de los armarios y los juegos y las miradas curiosas, los dos jóvenes héroes encontraron algo más valiente que cualquier batalla: el coraje de entregarse completamente al otro, después de siete minutos que habían cambiado todo y una noche que solo estaba comenzando.
Sin embargo, en ese momento, suspendidos en el umbral entre la fantasía y la realidad, ambos comprendieron la misma verdad vertiginosa: soñar con algo durante años no prepara para el momento en que finalmente ocurre. Kirishima había imaginado miles de veces cómo sería tocar a Bakugo de esa manera íntima, cómo respondería su cuerpo, qué sonidos escaparía de su boca siempre tan propensa a los insultos. Bakugo, por su parte, había alimentado en secreto la fantasía de que Kirishima lo quisiera así, vulnerable y entregado, pero ahora que estaba sucediendo, la realidad era abrumadora en su intensidad. Ambos habían leído, habían buscado información, pero los manuales no hablaban de esto: del temblor en las manos, del corazón golpeando las costillas como si quisiera escapar, de la mirada del otro que lo veía todo y no se apartaba.
“Como no lo hagas bien te juro que no vuelves a ponerme la mano encima”, advirtió Bakugo entre respiraciones entrecortadas.
El aviso de Bakugo flotó en el aire cargado entre ellos, pero en lugar de intimidar, solo sirvió para dibujar una sonrisa más amplia en el rostro de Kirishima. Conocía esa bravuconería, ese refugio en la agresividad cuando las emociones lo desbordaban. Y ahora, más que nunca, podía ver a través de ella.
"Vas a flipar, Katsuki", respondió Kirishima, con una voz baja pero llena de una confianza que nacía del cariño y del conocimiento profundo del hombre que tenía bajo él.
Abrir el bote de lubricante produjo un chasquido suave que pareció exageradamente alto en la intimidad del cuarto. Kirishima vertió el gel frío en sus dedos, frotándolos para calentarlo antes de que tocara la piel de Bakugo. Este gesto, pequeño y considerado, no pasó desapercibido para el rubio, que observaba cada movimiento con una intensidad que iba más allá del deseo físico.
La primera caricia lubricada alrededor del orificio de Bakugo hizo que este contuviera el aliento, sus músculos abdominales tensándose en una tabla de mármol viviente. Kirishima se inclinó para besarlo, un beso suave y reconfortante que hablaba de paciencia, de tiempo, de que no había prisa.
"Soy yo", susurró entre beso y beso. "Solo soy yo."
Esas palabras parecieron desarmar a Bakugo más que cualquier técnica. Sus músculos se relajaron un grado, suficiente para que Kirishima, con una delicadeza que desmentía sus manos grandes y ásperas, introdujera la punta de su dedo índice.
La sensación era abrumadora para ambos. Para Bakugo, una invasión extraña pero no desagradable, acompañada por el rostro de la persona en quien más confiaba en el mundo mirándolo con una mezcla de deseo y devoción. Para Kirishima, el privilegio indescriptible de ser el primero, de ser el elegido para esta intimidad.
Siguiendo el ritmo que el cuerpo de Bakugo le indicaba —un leve temblor aquí, un jadeo más profundo allá—, Kirishima comenzó a mover el dedo con lentitud exquisita. Con su otra mano, tomó la erección de Bakugo, comenzando una masturbación lenta y sincronizada con los movimientos internos.
"Joder, Eijiro", escapó de los labios de Bakugo, ya no como una maldición sino como una plegaria.
Kirishima respondió añadiendo un segundo dedo, trabajando con paciencia para estirar y preparar. Fue entonces cuando vio las primeras lágrimas asomarse en las comisuras de los ojos carmesí de Bakugo, brillando a la tenue luz. No eran lágrimas de dolor —lo sabía por los sonidos que Bakugo emitía, por la forma en que sus caderas empujaban ligeramente hacia sus dedos—, sino de una sobrecarga emocional, de vulnerabilidad, de la abrumadora realidad de estar tan expuesto y tan deseoso.
El corazón de Kirishima se constriñó. No soportaba ver lágrimas en ese rostro, ni siquiera estas. Con un movimiento fluido, bajó la cabeza, apartando momentáneamente sus manos para posicionarse entre las piernas de Bakugo. Con una reverencia que habría resultado cómica en cualquier otra circunstancia, comenzó a lamer y besar la piel interna de sus muslos, alejándose deliberadamente del epicentro del placer, dando a Bakugo un respiro para respirar, para reencontrarse.
"¿Qué... qué haces, idiota?" preguntó Bakugo, su voz quebrada.
"Te estoy dando amor", respondió Kirishima, su aliento caliente contra la piel sensible. "Katsuki, confía en mí."
Sin pensarlo dos veces, Kirishima volvió a bajar la cabeza. El primer contacto de su lengua con el glande de Bakugo fue suave como una caricia de terciopelo. Bakugo jadeó, un sonido entrecortado y sorprendido. Kirishima continuó, lamiendo con delicadeza, convirtiendo el acto en una adoración lenta y meticulosa, mientras sus dedos, continuaban su trabajo paciente en su interior, abriéndolo, acariciando ese punto interno que hacía que todo el cuerpo de Bakugo se arquease en un espasmo repentino.
“¡Ah! ¡Allí!”, gritó Bakugo, sus manos aferrándose a las sábanas.
Kirishima sonrió contra su piel, redirigiendo toda su atención hacia allí. La boca en él, los dedos dentro de él. Era una sobrecarga sensacional deliberada, diseñada para llevarlo más allá de los nervios, directamente al éxtasis. Y funcionaba. Los gemidos de Bakugo, antes contenidos, ahora fluían libremente, una cascada de sonidos ásperos y honestos que eran música para los oídos de Kirishima. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora se mezclaban con los jadeos de placer, y su cuerpo ya no estaba tenso, sino arqueándose hacia cada contacto.
La preparación se convirtió en un baile de murmullos y gemidos. Bakugo, en un lenguaje fracturado que mezclaba palabras bonitas que nunca había dicho e insultos cariñosos que eran su dialecto nativo, guiaba y respondía.
"Ahí... maldito... sí."
"Tu mano... más... gilipollas."
"Eres... increíble... joder."
Kirishima, por su parte, era un estudiante devoto, aprendiendo cada matiz, cada punto de placer, memorizando el mapa del cuerpo de Bakugo como si de él dependiera su vida. Cuando sus tres dedos se movían dentro de Bakugo con facilidad, y el gemido de este alcanzó un tono casi desesperado, supo que estaba listo.
"Ya, ya está", jadeó Bakugo, sus uñas clavándose en los hombros de Kirishima. "Déjate de tonterías y métemela de una vez."
La orden era puro Bakugo, y Kirishima no podía hacer otra cosa que obedecer. Retiró sus dedos lentamente, provocando un quejido de pérdida, y se colocó entre sus piernas. Tomó más lubricante, aplicándoselo a sí mismo con manos que apenas temblaban, antes de alinearse.
El momento de la penetración se suspendió en el tiempo. Los ojos de Kirishima encontraron los de Bakugo, buscando y encontrando un consentimiento total, una confianza absoluta. Entonces, con una lentitud agonizante, comenzó a empujar.
La sensación fue tan abrumadora que a Kirishima se le nubló la vista. El calor, la estrechez, la realidad de estar dentro de Bakugo, de ser la primera persona en estar allí, lo sobrepasó. Se detuvo cuando estuvo completamente hundido, dejando que ambos se acostumbraran, respirando juntos en un ritmo sincronizado.
"¿Estás...?" comenzó Kirishima, pero Bakugo lo interrumpió moviendo sus caderas.
"Muévete, pelo de mierda", exigió, pero sus ojos estaban cerrados, su rostro era una máscara de concentración y placer.
Kirishima comenzó a moverse, un ritmo lento y profundo al principio, encontrando el ángulo que hacía que Bakugo arquease la espalda y emitiera un gemido gutural. El mundo se redujo a ese punto de unión, al sonido de sus pieles chocando, a los jadeos compartidos.
Con el tiempo, el ritmo se hizo más rápido, más urgente, más natural. Kirishima buscaba y encontraba una y otra vez ese punto dentro de Bakugo que lo hacía perder la compostura, que transformaba sus gruñidos en gemidos abiertos. Él mismo estaba al borde, cada empuje acercándolo más al precipicio, pero quería, necesitaba, que Bakugo llegara con él.
Cambió el ángulo ligeramente, alcanzando más profundidad, y al mismo tiempo, su mano volvió a rodear la erección de Bakugo, que estaba dura y llena contra su estómago. Comenzó a masturbarlo al ritmo de sus embestidas, un compás perfecto y sincronizado.
"Eijiro... voy a...", la advertencia entrecortada de Bakugo fue todo lo que Kirishima necesitó oír.
"Yo también", jadeó. "Juntos. Vamos juntos."
Fue una coordinación instintiva, animal, perfecta. Con unos empujones finales, más profundos, más rápidos, ambos alcanzaron el clímax casi a la vez. Kirishima sintió cómo el cuerpo de Bakugo convulsionaba bajo el suyo, cómo su calor lo inundaba, y ese fue el detonante final para su propia liberación, una ola de placer tan intensa que borró todo pensamiento, dejando solo sensación pura y el nombre de Bakugo en sus labios.
Colapsó sobre él, pero se sostuvo con los codos en el último segundo para no aplastarlo. Sus respiraciones eran fuertes, desgarradas, llenando la habitación. El aire olía a sexo, a sudor, a ellos.
Pasaron varios minutos así, entrelazados, recuperando el aliento, regresando poco a poco a sus cuerpos. Kirishima finalmente se retiró con cuidado y se dejó caer a su lado, mirando el techo con una sonrisa tonta e imborrable.
"Joder", fue lo primero que dijo Bakugo, su voz ronca.
Kirishima se rió, un suspiro bajo y feliz. "Sí. Joder."
Giró la cabeza para mirarlo. Bakugo ya lo estaba mirando, sus mejillas empapadas por lágrimas secas y sudor, su cabello pegado a la frente. Nunca lo había visto más hermoso.
"¿Ha estado...?" Kirishima no supo cómo terminar la pregunta.
"Jodidamente increíble", completó Bakugo, sin un ápice de sarcasmo. Luego, como si las palabras le costaran, añadió: "Contigo... es brutal."
Eso significó más para Kirishima que cualquier declaración de amor grandilocuente. Se acercó y le dio un beso suave, lento, lleno de un cariño postcoital que era tan íntimo como el sexo mismo.
"Me tengo que limpiar", murmuró Bakugo después de un momento, haciendo un gesto de incomodidad.
"Ve", dijo Kirishima, besándolo una última vez antes de dejarlo ir.
Observó cómo Bakugo se levantaba de la cama con su gracia felina habitual, aunque un poco más lenta, y desaparecía en el baño. Solo entonces, Kirishima se permitió un gran suspiro de felicidad absoluta y se levantó. Con una toalla que encontró en una silla, limpió el peor desastre de las sábanas. Mientras lo hacía, sus ojos curiosos recorrieron la habitación.
Más allá del orden militar, había pequeños detalles que hablaban del Bakugo que pocos veían: el dibujo técnico perfecto de una mejora para sus guanteletes en la mesa, una foto de clase de primero donde casualmente él estaba al lado de Kirishima, un ejemplar gastado de un libro sobre dinámica de explosiones. Kirishima sonrió al verlo todo, sintiendo que le habían dado una llave a un santuario privado.
El sonido del agua cesó y pronto Bakugo reapareció, envuelto en una toalla negra, su cabello húmedo y alborotado. Parecía más joven, más suave. Kirishima sintió un nuevo brote de afecto.
"Tu turno", dijo Bakugo, señalando el baño con la cabeza.
Kirishima asintió y pasó a su lado, rozándolo deliberadamente. El baño olía a la colonia fuerte y limpia de Bakugo y a humedad. Se duchó rápidamente, sintiendo el agua caliente sobre su piel sensible, repasando mentalmente cada momento de la noche. Cuando volvió, con una toalla alrededor de su cadera, encontró a Bakugo ya en la cama, las sábanas limpias recién puestas, haciendo espacio para él.
Ninguna invitación verbal fue necesaria. Kirishima se deslizó bajo las sábanas y se acomodó de inmediato sobre el pecho de Bakugo, su cabeza sobre su corazón, que latía con un ritmo constante y tranquilizador. Un brazo se cerró alrededor de sus hombros, anclándolo allí.
"¿Qué pasa ahora?" preguntó Kirishima en un susurro, no con preocupación, sino con curiosidad.
"Ahora duermes", dijo Bakugo, su voz ya medio sumida en la somnolencia. "Mañana... seguimos."
No había duda en su tono. No había "a ver qué pasa" o "lo pensamos". Era una declaración. Kirishima sonrió contra su pecho.
"¿Es muy pronto para decirte que te quiero?", preguntó, no sabiendo qué palabras utilizar, pero con ganas de ponerle un nombre a todo lo compartido.
Hubo una larga pausa. Luego, tan bajo que Kirishima casi no lo oyó dijo: "Idiota."
Fue suficiente. Fue más que suficiente.
Los dedos de Bakugo comenzaron a acariciar distraídamente el cuero cabelludo de Kirishima, un movimiento lento y perezoso. Kirishima, a su vez, trazó círculos sobre el pecho de Bakugo con la punta de los dedos. Estos mimos, pequeños y repetitivos, eran el colofón perfecto a una noche de emociones intensas y placer abrumador. Eran el lenguaje tranquilo del después, del "aquí estoy", del "esto es real".
Kirishima sintió cómo el sueño lo arrastraba, cálido y pesado. La última conciencia que tuvo fue del latido del corazón de Bakugo bajo su oído, un ritmo constante que se mezclaba con la caricia en su cabello, y del leve olor a limpio y a Katsuki que llenaba sus sentidos. No hubo sueños esa noche, o si los hubo, fueron extensiones de esta felicidad: la seguridad de los brazos que lo rodeaban, la calidez del cuerpo contra el suyo, la promesa tácita de un mañana que, por primera vez, brillaba con la certeza de no tener que esconder nada.
Y fuera de esa habitación de la residencia Heights Alliance, el mundo continuaba sin saber que dos de sus futuros héroes habían encontrado, en la oscuridad de un armario y en la intimidad de una habitación, un tipo de valor que no se enseña en ninguna clase: el coraje de amar y ser amado.
