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Between My Legs

Summary:

Gemini lleva tres meses perdiendo su ropa interior de manera absurda. Tres meses saliendo sin nada debajo de los pantalones porque, de algún modo inexplicable, sus boxers desaparecen como por arte de magia. No importa dónde los esconda: en el cajón más alto, bajo llave, o incluso dentro de una maleta. Siempre terminan apareciendo días después en lugares completamente distintos, como si una fuerza traviesa los moviera a su antojo.
Después de descartar cualquier explicación lógica, Gemini empieza a convencerse de que está siendo víctima de un duende pervertido. ¿Qué más podría ser? Desde luego su tímido, nerd y silencioso compañero de cuarto, Fourth, jamás sería capaz de algo así... o eso cree.
Cansado de vivir con la sospecha -y medio desnudo-, Gemini decide que es hora de tenderle una trampa a ese duende malicioso. Lo atrapará con las manos en la masa, demostrará que no está loco y, por qué no, quizá hasta se vuelva famoso por descubrir a la criatura que le roba la ropa interior.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

Tarde, es lo único que Gemini podía pensar. Iba tarde para su clase de Historia y no encontraba por ningún lado su ropa interior. Se suponía que había lavado toda su ropa este fin de semana, además de que no tiene solo unos cuantos pares de boxers, entonces ¿por qué no puede encontrar ni uno solo?

Exasperado y todavía con la toalla blanca amarrada a su cintura, comenzó a vaciar su cajonera en su cama. Calcetines, camisetas de tirantes, hasta su corbata de novato, pero ni un calzoncillo o boxer a la vista.

Pronto la puerta de la habitación se abrió, y Gemini sintió por primera vez la luz al final del túnel.

Fourth, su adorable y tímido compañero de cuarto, llegaba de su clase de las 7:00 a.m. Con sus mejillas sonrojadas por el esfuerzo de subir las escaleras hasta el tercer piso —el elevador llevaba semanas sin funcionar— y sus gafas de marco grueso empañadas por lo que probablemente sería su propio aliento.

Gemini casi saltó hacia el chico.

—¡Fourtht! Dios mío, qué bueno que ya estás aquí. ¿De casualidad no tendrás un par de calzoncillos nuevos que pueda usar? ¡No encuentro los míos por ninguna parte! —gritó desesperado, sujetando por los hombros al chico pequeño y aturdido que aún seguía en el marco de la puerta.

Fourth sintió que estaba a una sacudida más de desmayarse. No era un gran aficionado de los deportes; su condición física era un asco, se agitaba con facilidad, y el ejercicio de pierna que hizo al subir tres pisos de pura escalera lo dejó hecho un desastre. A eso súmale que el gran Gemini Norawit estaba semidesnudo a tan solo unos centímetros de distancia. Podía observar con sumo detalle los músculos marcados de su abdomen definido, su hermoso pecho amplio con gotas de agua aún deslizándose por la piel, y sus brazos firmes, con aquellos hombros anchos que en más de una ocasión fantaseó con sostenerse de ellos mientras era embestido contra cada una de estas cuatro paredes.

—¿Fourth?

Salió de su ensoñación. Gemini había dejado de sujetarlo; ahora se encontraba un paso atrás, con el ceño fruncido y sus ojos de cachorro mirándolo confundido. Era tan adorable... Fourth quería comérselo a besos.

Asintió torpemente, adentrándose en la habitación con pasos rápidos, dejando caer su mochila en la silla de su escritorio y girándose hacia su armario. Rebuscó entre su ropa hasta que encontró unos boxers blancos nuevos. Se los tendió a Gemini, con la vista puesta en cualquier lugar excepto en su escultural cuerpo.

—¡Gracias, amigo! De la que me has salvado, ¿sabes lo incómodo que es ir sin nada debajo? —preguntó mientras se colocaba la prenda por debajo de la toalla. Fourth se sintió agradecido.

En menos de cinco minutos, Norawit terminó de vestirse y, con su mochila colgando desordenadamente sobre su hombro, se despidió alegre, no sin antes agradecerle nuevamente.

Fourth se desplomó sobre su cama, con la respiración aún agitada y el corazón latiendo como loco. Miró hacia el otro lado de la habitación; la cama desordenada con ropa encima hizo que su pecho se apretara con culpa.

Dos días antes.

Gemini había ido a visitar a sus padres. Lo cual significaba un día entero a solas, la habitación disponible para él solo.

En cuanto la puerta se cerró un sábado por la tarde y Fourth comprobó que Gemini no regresaría por nada que se le hubiera olvidado, se desnudó por completo y se metió en las sábanas frescas y suaves de la cama ajena. Su piel lechosa impregnándose del aroma de su compañero de cuarto, una mezcla de perfume de hombre costoso con olor a limpio. Dio vueltas por toda la cama, revolcándose como un cachorro en el pasto. Se sentía tan bien, tan íntimo, tan cercano a Gemini.

No eran más que compañeros de habitación; se podría decir que no llegaban ni siquiera a la categoría de amigos. Y eso estaba bien para Fourth: es consciente de que jamás podría tener una relación más allá de compañeros con Norawit.

Gemini era algo así como el chico superestrella del campus: guapo, carismático y rico. Con cientos de habilidades que, a un lado de él, te hacían parecer como un simple novato. Era el capitán de fútbol del equipo de la universidad y, desde que puso un pie allí, había sido elegido como el chico más atractivo de la facultad aun cuando ni siquiera estaba participando. Era el hombre que toda persona podría soñar con tener, aunque las únicas con oportunidad eran las mujeres. Gemini era tan recto como una flecha; durante los dos años que lleva conociéndolo, solo lo ha visto salir con chicas lindas, jamás con un hombre.

Fourth no sabe si esto último es bueno o malo para él.

Emocionado, se levantó de la cama y rebuscó entre la cesta de ropa de Gemini. Había lavado temprano antes de irse, así que, desafortunadamente, cada prenda estaba limpia; el olor natural de Gemini se había esfumado por completo, dejando solo el aroma del suavizante que usa. Escarbó hasta el fondo del cesto hasta que encontró lo que buscaba: su ropa interior.

Sostuvo con fuerza entre sus pequeños dedos delgados la prenda oscura: unos boxers negros de alguna marca costosa que jamás podría costearse, no con su sueldo de cajero en una cafetería. Caminó nuevamente hacia la cama, se subió y se recargó sobre la cabecera y las mullidas almohadas. Acercó la tela hacia su rostro y aspiró con fuerza. Se imaginó el olor varonil de Gemini, el olor a sexo y a jabón que Gemini dejaba en su ropa interior. Fourth lo comprobaba: había robado sus boxers sucios en varias ocasiones, cuando el chico se metía a bañar después de un largo día en la universidad y, oh Dios, el aroma en más de una ocasión le había hecho perder los sentidos, hasta el punto de llevar la tela usada hacia su boca, lamiendo y succionando, sintiendo en sus papilas gustativas el sabor de Gemini.

Si así sabía su ropa... ¿cómo sabría su piel? ¿su polla, su semen...?

Con la respiración agitada y sus mejillas sonrojadas, comenzó a bajar la prenda por su cuerpo, la tela suave acariciando sus sensibles pezones, poniéndolos duros y necesitados de atención. Continuó su camino por su tembloroso abdomen, donde se formaba una adorable tripita que durante un tiempo intentó eliminar con extenuante ejercicio, pero que nunca consiguió quitar. Siguió bajando hasta llegar a su pubis libre de vello. Separó sus piernas y, con un suspiro tembloroso, colocó los boxers sobre su intimidad, su coño caliente y semihúmedo temblando.

Era tan sucio y pervertido, pero no podía parar. La única manera en la que podía correrse era de esta forma: restregando su coño sobre las cosas de Gemini.

Al principio todo sucedió de manera accidental. Una tarde cualquiera, seis meses atrás, se había secado por accidente con la toalla de Gemini. No podían culparlo: ambas eran casi iguales, a excepción del pequeño bordado dorado en una esquina con la leyenda Gemini Norawit. Al chico le encantaba marcar sus cosas, así que no le sorprendió para nada aquel detalle.

Sin embargo, en cuanto la realización lo golpeó —la toalla de Gemini había pasado por su piel desnuda—, lo hizo estremecer y temblar ahí mismo, dentro de la ducha. El calor subió por todo su cuerpo y un cosquilleo se instaló en su abdomen bajo.

Todo sucedió demasiado rápido. Cuando menos se dio cuenta, ya tenía la toalla entre las piernas, el bordado con su nombre raspando deliciosamente su clítoris, creando un dolor exquisito que lo mantuvo con los ojos hinchados y rojos por varias horas.

Aquel día tuvo el mejor orgasmo de su vida, empapando la toalla con sus fluidos, su coño palpitando satisfecho.

Desde aquella vez no pudo detenerse. Algo dentro de él se había roto. Siempre había estado secretamente enamorado de Norawit, pero ahora ya no se conformaba con saludos amigables y conversaciones cortas, lo necesitaba y masturbarse con sus cosas se volvió la única forma de no explotar por dentro.

Dejó de tirarse en la cama como un cachorro triste cada vez que Gemini salía con alguna chica. Y en su lugar se masturbaba con la ropa de Norawit, dejando caer toda su frustración en forma de chorros calientes. 

Sabía que lo que hacía era escalofriante, enfermo. Era consciente de ello. Y aun así, cada vez que hundía la cara en una prenda de él y aspiraba ese olor masculino, sentía cómo se le doblaban las rodillas. Era repugnante pero tan adictivo. 

Así que siguió. Primero con la toalla aún tibia del baño. Luego el uniforme de fútbol, al que se aferró mientras jadeaba contra la tela impregnada de sudor seco. Después vinieron las camisetas usadas del gym, con ese aroma fuerte que lo hacía venirse casi sin tocarse. Luego las almohadas, a las que montaba como si fuesen el rostro perfecto o la polla dura de Gemini, frotándose hasta quedar sin aire.

Y finalmente... la ropa interior.

Esa fue su perdición. Las agarraba con las manos temblorosas, se las pegaba a la cara, al cuello, al pecho, las mordía, se las pasaba por su coño mientras gemía su nombre. Y se corría tan fuerte que a veces tenía que morderse el labio para no gritar.

Excitado, con dos de sus dedos abrió sus labios vaginales y metió la prenda entre ellos, la carne tierna y caliente tragándose por completo la tela.

Y comenzó a moverla. Su clítoris duro restregándose, sus agujeros boqueando, deseando ser llenados. Sus fluidos mojaron los bóxers, dejándolos empapados y sucios. Sentía cómo chorro tras chorro se deslizaba por su canal, siendo tanto el líquido que la tela comenzó a gotear sobre la cama.

Después todo fue un borrón de fluidos y múltiples orgasmos. Aquel día se había emocionado de más: toda la ropa interior de Gemini acabó empapada y amontonada en un rincón. Uno de los bóxers, metido en su vagina.

No pudo lavarlos a tiempo; se había quedado dormido antes de siquiera poder limpiarse. Al día siguiente, para su mala suerte, la lavandería cerca de los dormitorios estaba cerrada, por lo que tuvo que lavarlos a mano.

Sin embargo, el resultado no era el mismo, por lo que hoy había madrugado para ir nuevamente a la lavandería.

Avergonzado y con el remordimiento aún instalado en su pecho, se levantó de la cama y abrió su mochila, comenzando a sacar la ropa interior. Su mente pensando en dónde sería bueno ponerla sin volver loco a Gemini.