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Lautaro se había bajado del Uber más caro de su vida hacía apenas unos segundos, pero no estaba lamentando el precio ni por asomo. El celular todavía le vibraba en la mano con la notificación del pago mientras levantaba la vista y miraba la casa iluminada frente a él.
Luces cálidas colgaban del frente, y desde adentro se filtraba el sonido de voces, risas y música navideña apenas más fuerte de lo necesario. El aire estaba espeso, típico de diciembre, cargado de calor, comida y esa sensación extraña de fin de año donde todo parece más intenso y más sensible.
Manuel le había avisado ese mismo día que su mamá lo había invitado a pasar las fiestas, dicho así, al pasar, como si no fuera nada importante.
Lautaro había respondido con un audio rápido, medio distraído, aclarando que ya había quedado con Santiago y su familia. En ese momento no lo pensó demasiado. Eran planes, nada más. Cosas que pasan.
Pero cuando se enteró, un par de horas más tarde, de que la mamá de Manuel realmente lo estaba esperando, con regalos comprados, con un lugar armado en la mesa, no pudo sentir otra cosa que no fuera culpa.
Se acomodó la remera, respiró hondo y caminó hasta la puerta.
Manuel le abrió apenas tocó el timbre, como si hubiera estado del otro lado esperando. Tenía una sonrisa grande, sincera, de esas que le nacían sin esfuerzo, y llevaba una camisa clara arremangada, el pelo un poco desordenado, la cara levemente colorada por el calor de la casa.
Sin darle tiempo a decir nada, Manuel lo abrazó.
Un abrazo firme, cercano, acompañado de un par de palmaditas en la espalda. Lautaro se dejó envolver por ese gesto automático, familiar, sintiendo por un segundo que el viaje, el costo, la culpa, todo, había valido la pena solo por eso.
—Feliz Navidad, gordo —le dijo Manuel, sonriendo todavía dentro del abrazo—.
—Feliz Navidad, Manu —respondió Lautaro, con la voz un poco más baja de lo habitual—.
Manuel se separó apenas, sin soltarlo del todo, mirándolo de arriba abajo como si estuviera chequeando que estuviera bien, que estuviera ahí de verdad. A veces le costaba entender que su amigo había vuelto, de verdad. Por él. Porque él se lo había pedido.
Sus manos se quedaron un segundo más de lo necesario apoyadas en los hombros de Lautaro antes de soltarse.
—La próxima avisame más temprano que tu mamá me está esperando, tarado —dijo Lautaro, medio en broma, medio en serio—. Me hacés sentir culpable.
Manuel se rió, no había sido la intención hacerlo sentir mal, pero él sabía que con un poco de manipulación piadosa, podía conseguir que Lautaro esté con él en ese momento. Lo iba a ver dentro de un par de horas, pero no le importaba.
—Eh, tampoco es para tanto —contestó—. Igual… vení, entrá. Mamá se va a poner muy contenta.
Apenas cruzaron la puerta, el contraste fue inmediato. El living estaba lleno de gente, decorado con adornos navideños de distintos años, algunos claramente viejos, otros nuevos, todos conviviendo sin demasiado criterio. La mesa grande del comedor ya estaba armada, con platos, copas y servilletas desprolijas, debido a la sobremesa.
La mamá de Manuel apareció desde la cocina apenas lo vio. Se limpió las manos en el repasador y caminó directo hacia él con los brazos abiertos.
—Hola Lauti —dijo con una sonrisa cálida, genuina—. Feliz Navidad, mi amor.
Lo abrazó fuerte, con un cariño que no pedía explicaciones ni disculpas. Lautaro apoyó la cara un segundo en su hombro y sintió ese gesto conocido, ese afecto que siempre lo desarmaba un poco. No tener a su familia cerca siempre lo ponía sensible, pero sabía que a estas alturas, la mamá de Manuel era como una segunda madre para él.
—Feliz Navidad —respondió—. Gracias por invitarme, de verdad.
Ella se separó apenas para mirarlo a los ojos.
—Lo importante es que estés acá —dijo, como si supiera exactamente todo lo que a él le había pasado por la cabeza—. No hay nada que agradecerme.
Manuel los miró desde un costado, apoyado en el marco de la puerta, con una sonrisa más tranquila. Lautaro, todavía con el nudo en el pecho, entendió en ese instante que no solo había llegado a una casa: había llegado a un lugar que se parecía bastante a su hogar en Argentina.
Brindaron junto a él, comieron la mesa dulce y llegó el momento de partir. Ambos tenían una previa en su departamento antes de ir al boliche.
Salieron de la casa contentos. La noche había bajado un poco la temperatura, pero seguía siendo pesada, habían pronosticado lluvia para la madrugada.
Manuel abrió el auto y se subió del lado del conductor. Lautaro lo hizo del acompañante, dejando los regalos que le había hecho la mamá de Manuel en la parte de atrás y acomodándose el cinturón con un movimiento lento, todavía procesando la sensación hogareña de la casa de su amigo.
El motor arrancó y la música empezó a sonar baja, apenas un fondo. Manuel manejaba con una mano en el volante, la otra apoyada cerca de la palanca de cambios, relajado, cómodo.
Lautaro lo miraba sin disimular.
Había algo en Manuel manejando que le generaba cosas. La concentración en la calle, el perfil marcado por las luces que pasaban, la manera en que fruncía apenas el ceño cuando doblaba o miraba los espejos. No podía describir cuál era el sentimiento, pero podía decir que hasta un poco lo calentaba. A estas alturas, todo lo referido al morocho ya había sido admitido, inclusive lo mucho que le gustaba.
Se dio cuenta de que estaba mirándolo demasiado tarde, cuando Manuel habló.
—¿Qué? —preguntó, sin girar la cabeza, pero con una sonrisa ladeada—. ¿Tengo algo?
Lautaro parpadeó, como si lo hubieran sacado de las voces de su cabeza.
—No —dijo rápido—. Nada.
Manuel soltó una risa baja.
—Mentís tan mal, gordo.
El silencio volvió a acomodarse entre ellos por unos segundos. El semáforo en rojo, el ruido de otros autos, la noche en su máximo esplendor.
—Che —dijo Manuel, como quien no quiere la cosa—. Hoy… ¿arreglaste para verte con alguien en el boliche?
Lautaro dudó apenas. No era una pregunta cargada de nada, en teoría. Sonaba casual. Pero algo en el tono lo hizo dudar.
—Sí —respondió—. Puede ser.
Manuel apretó un poco la mandíbula, apenas perceptible.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿A quién? —preguntó, todavía mirando al frente.
Lautaro lo miró de costado.
—¿Por qué?
—Curiosidad —contestó Manuel—. Nomás.
El semáforo cambió y el auto volvió a moverse.
—Es… una chica —dijo Lautaro, con cuidado.
—Mhm —respondió Manuel—. ¿La chica de Pilar?
Lautaro no pudo evitar sonreír un poco.
—Sí.
Ese gesto fue suficiente.
Manuel soltó el aire por la nariz, como si se le hubiera escapado algo que estaba conteniendo.
—Mirá vos —dijo—. Siguen hablando entonces.
—Cada tanto.
—¿Te gusta? —preguntó Manuel, y esta vez sí giró la cabeza apenas, lo justo para mirarlo.
Lautaro sostuvo la mirada un segundo de más.
—No sé.
—Mmm —Manuel volvió a mirar la calle—. Qué respuesta de mierda.
Lautaro se rió, nervioso.
—¿Qué querés que diga?
—Nada —respondió Manuel, rápido—. Ya sé que te obsesionás y no llega a nada más.
No se lo dijo con maldad, pero estaba celoso. Se notaba en la forma en que agarró el volante un poco más fuerte, en el silencio que se volvió a hacer presente..
—¿Y vos? —preguntó Lautaro, intentando equilibrar—. ¿Vas a ver a alguien hoy?
Manuel negó con la cabeza.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Raro —comentó Lautaro.
Manuel sonrió, sin humor.
—Estoy un poco cansado, quiero volver a casa.
No dijeron nada más hasta llegar.
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El departamento estaba impecable y ordenado, cosa que habían logrado los días anteriores de casualidad. Manuel dejó las llaves sobre la mesa y fue directo a la cocina.
—Anda a cambiarte si querés —dijo—. Yo preparo algo para tomar y las cosas para cuando vengan todos.
Lautaro caminó hasta la habitación, todavía con la charla dando vueltas en la cabeza. A veces, no sabía si su cabeza se inventaba ciertas cosas o si eran realmente así. Pero casi todas las veces terminaba cediendo, dejando el pensamiento ser y no volviendo a pensar en eso durante lo que reste de los días. Abrió el placard y miró la ropa sin demasiada convicción. Chombas, remeras ajustadas, cosas que normalmente se pondría sin pensar.
Pero esa noche no. Quería probar algo distinto, especialmente porque su chica ya lo había halagado las pocas veces que había usado este estilo de ropa, y se lo había pedido casi en un ruego. Le parecía conveniente hacerlo hoy, en navidad.
Sacó una remera oversize, más larga, más suelta. Blanca. Simple. Se la puso, se miró en el espejo y se pasó una mano por el pelo. Se sentía distinto. Más expuesto y, al mismo tiempo, raro. Pero no para mal, simplemente raro.
Escuchó pasos acercarse y la puerta abrirse sin golpe.
Manuel apareció apoyado en el marco, con un vaso en la mano. Whisky con speed y hielo. El suyo.
Se quedó mirándolo.
No dijo nada al principio. Solo lo miró, de arriba abajo, con una expresión que Lautaro no le conocía del todo. O intentaba convencerse de que no, porque parecía nada más ni nada menos que el tipo de mirada que le daba a las chicas que le gustaban.
—Gordo te traje… —dijo Manuel al fin—. Ah, bueno. Estás muy lindo.
Lautaro sintió que se ponía rojo. Le daba un poco de vergüenza que lo halaguen así.
—Gracias, Manu —respondió, casi en automático.
Manuel dio un paso adentro de la habitación, levantó el vaso apenas, y se lo extendió. Se dio cuenta de que Lautaro se observaba por demás frente al espejo, dudando de su decisión de ese día.
—En serio —agregó—. Muy. No te cambies.
Y por ahora, no dijo nada más.
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A la previa, primero llegaron dos amigos de Manuel, después una pareja amiga de Santiago, sus otros amigos junto con él y finalmente un grupo de chicas que venían juntas, riéndose fuerte, cargadas de perfume dulce y un maquillaje que les quedaba a tono con los outfits. El departamento se llenó rápido, pusieron música y todo lo que hace unas horas estaba impoluto y ordenado, empezaba a desacomodarse con el pasar de los minutos.
Manuel se movía como pez en el agua, no era sorpresa para nadie lo buen anfitrión que era. Saludaba, servía tragos, charlaba con todos. Estaba en su rol conocido, cómodo.
Lautaro se quedó más cerca de la ventana al principio, apoyado contra la pared, observando. La remera oversize le caía suelta, le marcaba los hombros de una forma distinta a la habitual. Parecía más relajado, pero Manuel sabía leerle la cabeza, lo conocía más que a nadie en el mundo
—¿Estás bien, Lauti? —le dijo Manuel, alcanzándole un vaso—. ¿Qué pensas?
—¿Eh? —preguntó Lautaro, agarrándolo— Nada, gordo. ¿Por qué?
—Porque cuando estás así, algo te pasa —respondió Manuel, con una sonrisa torcida—. ¿Qué tenes?
Antes de que Lautaro pudiera contestar, la puerta volvió a abrirse.
Martina entró con una sonrisa enorme, como si supiera exactamente a dónde iba. Pelo suelto, vestido corto, texanas y una mirada completamente brillante. Apenas lo vio a Lautaro, se le iluminó la cara.
—Ey —dijo, acercándose sin dudar—. Estás muy lindo.
Lo dijo así, simple, sincero. Y se acercó lo suficiente como para tocarle el brazo.
Lautaro sonrió, genuino.
—Gracias, Martu.
Manuel, que ya se había ido apenas la reconoció, vio la escena completa. El gesto, la cercanía, la naturalidad con la que ella ocupaba ese espacio que él había sentido suyo hacía apenas unos minutos.
Sirvió otro trago. Más fuerte. Decidió que tenía que quedar bien, ser igual que como era con todas las demás personas, no podía permitir que eso le moleste.
—¿No me presentás? —dijo Manuel, apareciendo al lado de ellos con el vaso en la mano, ofreciéndoselo a la chica rubia.
—Ah, sí —dijo Lautaro—. Manu, ella es Martina.
Manuel levantó las cejas, exagerado, sonriendo un poco fingido.
—Ah —dijo—. La chica de Pilar.
Ella le sonrió, evaluándolo con una atención que no era ingenua ni casual.
—Vos sos Manuel, ¿no? —preguntó—. En realidad, es al pedo que te pregunte. Obvio que sé quién sos.
—Y, es medio raro que no me conozcas —respondió él, sonriendo con seguridad—. ¿Qué tal?
—Bien —dijo Martina—. Igual… —miró de nuevo a Lautaro, sin poder prestar atención a la conversación con Manuel—. En serio, estás muy lindo hoy. Te queda re bien eso.
Lautaro bajó la mirada un segundo, medio incómodo, medio contento.
—Va, va. Basta que me pongo nervioso —Dijo a modo de chiste, pero Manuel sabía que lo decía en serio.
Manuel sintió el comentario como un pequeño golpe seco en el pecho. No fue dolor, fue algo más parecido a una punzada rápida, inesperada. Sonrió igual, porque era lo que sabía hacer.
—Sí, eh —agregó—. Yo también se lo dije cuando lo vi.
Martina lo miró, divertida.
—Se nota que lo asesoraste
Martina se acercó todavía un poco más a Lautaro, apoyándole la mano en el antebrazo mientras hablaba de la salida, del boliche, de lo mucho que quería salir hoy. Lautaro la escuchaba, asentía, pero cada tanto miraba hacia donde estaba Manuel, como si buscara algo.
Manuel lo notó.
Se corrió unos pasos, como quien necesita aire. Se apoyó en la barra improvisada y empezó a hablar con otra chica. Casualidad o no, era Clara, la amiga de Martina. Se rió con ella, se inclinó un poco más de lo necesario cuando hablaba. Lo hacía bien. Siempre lo había hecho bien. Tenía una habilidad casi innata para chamuyar, era su fuerte y lo sabía. Casi siempre conseguía lo que quería, y a sus términos.
Lautaro los vio.
Martina le estaba diciendo algo al oído, pero él ya no estaba escuchando del todo. Miraba a Manuel, cómo se reía, cómo apoyaba la mano en la cintura de la otra chica, cómo volvía a ser ese Manuel que parecía no importarle nada.
—¿Todo bien? —le preguntó Martina, notando el cambio.
—Sí —respondió Lautaro—. Perdón, me distraje. Manu está con Clara, tu amiga.
Manuel levantó la vista justo en ese momento y lo encontró mirándolo. Sus miradas se cruzaron apenas un segundo, lo suficiente como para que algo incómodo se instalara entre los dos.
Ninguno sonrió.
Santiago apareció en el medio del panorama, con una cerveza en la mano. Al rato, tanto Lautaro como Manuel se acercaron a él.
—Che —dijo—. ¿soy yo o esta previa está medio rara?
—Sos vos —respondieron los dos al mismo tiempo.
Santiago los miró, suspicaz.
—No sé si quiero indagar más, la verdad.
Manuel había cambiado rápidamente la temática de la noche, y se habían puesto a charlar sobre con quién estaría Santiago esa noche, mientras Lautaro se reía con él de los comentarios desubicados que tiraba. os eran así, se entendían así. Manuel siempre era el que frenaba cuando Santiago se iba de boca, el que bajaba un cambio.
Cuando Bauleti desapareció para contestar unos mensajes, Manuel y Lautaro quedaron uno al lado del otro, sin nadie en el medio, sosteniendo vasos casi vacíos. No se miraron enseguida. Compartían ese silencio incómodo que terminaba acomodándose en cada ambiente que surgía.
—Entonces… —dijo Manuel, rompiendo el silencio—. ¿No volvés a casa hoy?
Lautaro lo miró, sorprendido por la pregunta. No era anormal que se lo esté consultando, lo que era raro era el tono de posesión que había usado. Lo conocía, sabía que lo usaba en momentos de celos en stream, podía reconocer cada uno de los tonos de Manuel.
—Creo que no —respondió, sincero.
El morocho asintió apenas, como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía pero no quería escuchar. No dijo nada más.
En ese momento, Martina volvió a aparecer. Se colgó del cuello de Lautaro, casi con una autoridad que no le correspondía, Manuel sabía que no le correspondía.
—¿Vamos juntos? —preguntó.
Lautaro asintió. Ambos parecían estar borrachos, no lo suficiente como para estar en cualquiera, pero sí lo suficiente para demostrar más cariño.
Manuel los vio salir primero.
Apretó la mandíbula, tomó el último trago de su vaso de un solo golpe y lo dejó vacío sobre la mesa.
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El boliche estaba explotado cuando entraron. Hacía demasiado calor, el clima seguía igual o peor de húmedo, y la fiesta al aire libre condensaba todo mucho más. Manuel tardó apenas unos minutos en perder de vista a Lautaro y a Santiago entre la gente.
Clara apareció casi enseguida. Le sonrió, le habló al oído, le pasó un vaso frío por la mano. Manuel respondió en automático. Bailó con ella, se dejó tocar, le miraba los labios y le hablaba demasiado cerca. Volvía a ser fácil. Siempre había sido fácil distraerse.
Pero no estaba ahí del todo.
En algún momento, desde lejos, vio a Clara con otro chico. Uno más alto, más insistente. La escena fue rápida y clara. No hubo reproches ni miradas largas. Clara se fue con él sin culpa, sin drama. Manuel ni siquiera se molestó en seguirla con la vista.
No tenía ganas, y siendo honesto con él mismo, tampoco le importaba.
Se quedó parado un segundo en medio de la pista, sosteniendo el vaso, sintiéndose raro. Buscó a Lautaro sin querer admitirlo. Lo encontró del otro lado, rodeado de gente, riéndose de algo que alguien le decía. No estaba con Martina en ese momento, lo cual lo alegró.
Se tomó el trago de un solo golpe.
Después otro.
Y otro. Había perdido la cuenta tres tragos atrás
No estaba triste. No estaba enojado. Estaba inquieto. No sabía qué era lo que le removía toda la tranquilidad de su mente, pero sí sabía que tenía que ver con Lautaro. Hoy todo tenía un peso distinto, y aunque quiso adjudicárselo a la temporada de fin de año y la nostalgia que conlleva, la respuesta parecía no convencerlo a él mismo tampoco.
Se quedó con amigos, conocidos, gente que aparecía y desaparecía. Charlas superficiales, risas, comentarios boludos. Manuel estaba ahí, y aunque creía estar pasándola bien, cada tanto miraba la hora. Cada tanto miraba hacia la pista. Cada tanto tomaba cuando veía a Lautaro bailando con su obsesión del momento. Después de haberlos visto, no creía que sea su obsesión del momento, eso lo atormentaba.
A eso de las siete de la mañana se cruzó con Santiago, transpirado, feliz, con los ojos brillantes.
—¿Qué hacés? —le gritó para que se escuchara.
—Me voy —respondió Manuel, más cansado de lo que esperaba sonar.
—¿Qué? ¿Ahora? —Santiago frunció el ceño—. Yo me quedo un rato más, creo que no vuelvo a casa
Cuando terminó de decir eso, señaló a una chica con la cabeza, solo para que Manuel entendiera. Era linda, muy del estilo de su amigo.
—Lindo chiche, gordo. —Le guiñó un ojo, apoyando la conquista de su amigo— Estoy muerto yo.
Santiago lo miró un segundo más, evaluándolo.
—¿Le avisaste a Moski?
—Ahora le digo.
Manuel avanzó hacia la salida. En el camino se lo cruzó. Lautaro estaba apoyado contra una pared, hablando con Clara, transpirado, el pelo pegado a la frente. Cuando lo vio, levantó la cabeza enseguida.
—¿Te vas? —preguntó, sorprendido.
—Sí —contestó Manuel—. Estoy cansado.
Lautaro lo miró con atención. Había algo raro. No sabía decir qué, pero estaba ahí. En la forma en que Manuel evitaba sostenerle la mirada, en lo apagado de su voz.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió rápido—. Andá tranqui, perdón por interrumpirte.
Lautaro dudó un segundo. Abrió la boca para decir algo más, pero Manuel ya estaba dando un paso atrás, señalando la salida con la cabeza.
—Nos vemos en casa —agregó, y se fue.
Lautaro lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre la gente. Parecía no caminar normal y estar más borracho que de costumbre. Ya no se acordaba de su amigo en ese estado, después de la pelea, nunca más lo había visto así.
Le quedó una sensación incómoda, pero empezó a sonar su canción favorita y no le quedó otra que ir a buscar a Clara para bailarla con ella. Decidió quedarse.
Manuel salió del boliche con los oídos tapados y la cabeza nublada. Había sido astuto en irse ahora, porque el cielo parecía que iba a estallar en cualquier momento. Caminó un par de cuadras antes de pedir un Uber. Apoyó la cabeza, reclinándose contra el asiento durante todo el viaje, sin mirar el celular, sin pensar mucho en nada.
Llegó a la casa, dejó las zapatillas tiradas en la entrada y se fue directo a su habitación. Se sacó la remera y se dejó caer en la cama sin prender la luz. Cerró los ojos con la imagen de Lautaro todavía rondándole la cabeza.
No sabía qué le pasaba. No entendía de dónde venía esa molestia. La cabeza le daba vueltas, en parte por el alcohol.
Se levantó y fue a la cocina en busca de algo para comer. Le costaba coordinar los pasos; tampoco recordaba en qué momento había tomado tanto.
No habían pasado ni treinta minutos desde que había llegado cuando escuchó la puerta. Supo, casi de manera inconsciente, que no era Santiago quien entraba.
Escuchó cómo Lautaro se asomó a su cuarto y, al no encontrarlo, lo siguió buscando. Para ese momento, Manuel estaba apoyado contra la mesada, con un pote de dulce de leche y una cuchara en la mano.
—Hola, Manu —lo miró extrañado—. ¿Qué hacés comiendo eso?
—¿Qué tiene? —le devolvió la mirada—. ¿Querés?
Estiró la mano para ofrecerle, pero en el movimiento la cuchara cayó al piso sin que se diera cuenta. Cuando intentó agacharse para levantarla, el mareo se le vino encima como si estuviera subido a un samba.
—Gordo… ¿Cuánto tomaste? —dijo Lautaro, acercándose—. No te podés ni parar.
Manuel frunció la nariz, molesto, pero no se soltó.
—No es para tanto —murmuró—. Estoy mareado nomás.
Intentó enderezarse y, como si el cuerpo lo traicionara a propósito, se fue un poco hacia adelante. Lautaro reaccionó rápido, apoyándole una mano en la espalda para que no se diera un golpe contra la mesada.
—Bueno, listo. Basta —dijo, más serio—. Sentate.
Lo guió hasta el sillón del living y recién ahí lo soltó. Manuel quedó inclinado unos segundos, con los codos apoyados, respirando hondo.
—No me hables como si fuera un nene —protestó, sin levantar la vista— Siempre soy yo el que los cuida a ustedes
Manuel levantó la cabeza despacio. Lo miró fijo.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó.
Lautaro se quedó quieto. Apenas un segundo, pero fue suficiente.
—¿De dónde? —hizo tiempo.
—De ahí —dijo Manuel—. De la fiesta..
Lautaro caminó hasta la cocina y abrió la heladera para buscar agua, como si necesitara algo que hacer. Fingió que buscaba más tiempo del que le gustaría admitir.
—Clara se sentía mal —dijo—. Martina la acompañó a la casa.
Manuel entrecerró los ojos. No estaba tan borracho como para no notar cuando Lautaro hablaba sin mirarlo. Sabía que estaba mintiendo, lo que no podía descifrar era por qué le mentía.
Lautaro llenó un vaso de agua y volvió al living. Manuel seguía inclinado hacia adelante, con la cabeza gacha y los antebrazos apoyados sobre los muslos, mirando un punto fijo en el piso como si todo lo demás le diera vueltas.
Se agachó frente a él, quedando a su altura.
—Tomá —dijo, acercándole el vaso—. Despacio.
Manuel levantó la vista apenas, lo justo para enfocar el vidrio. Aceptó el vaso sin decir nada; los dedos le rozaron los de Lautaro por un segundo más largo de lo necesario. Tomó un sorbo chico, después otro, y recién ahí apoyó el vaso entre las piernas.
Lautaro no se movió. Se quedó ahí, inclinado frente a él, apoyando las dos manos sobre sus propias rodillas para sostenerse.
—¿Estás bien? —preguntó, más bajo—. Decime la verdad.
Manuel asintió despacio, sin demasiada convicción.
—Sí… —murmuró—. Se me va a pasar.
Lautaro frunció apenas el ceño. Lo miraba de cerca, demasiado cerca. Desde ahí podía ver cómo Manuel apretaba la mandíbula, cómo respiraba más lento ahora, cómo tenía la piel un poco enrojecida por el alcohol.
—No te esfuerces —dijo—. Quedate así como estás, un rato aunque sea.
Manuel soltó una risa. Y se puso serio al segundo, cambiando la perspectiva de sus pensamientos.
—¿Hace cuánto no dormimos juntos?
—No sé, ¿por? —respondió Lautaro, automático.
Manuel levantó la cabeza un poco más y lo miró directo. Desde esa posición, la cercanía se volvió incómoda. Íntima. Lautaro no se apartó.
—Desde esa vez… Que te quedaste tieso, ¿o cómo era? —dijo Manuel.
Lautaro largó una carcajada y apretó las manos sobre las rodillas de Manuel.
—La parálisis del sueño, Manu. —dijo, todavía riéndose.
—Estoy en pedo—corrigió Manuel—. Teneme paciencia.
—Va, va. No hay excusa para la boludez que acabás de decir.
Lautaro amagó a levantarse de la posición en la que estaba, pero Manuel no lo dejó bajo ningún punto de vista. Entonces, dijo lo primero que se le ocurrió
—Podríamos dormir juntos como antes ya que te fuiste de ahí por mí.
Lautaro se quedó helado, y Manuel, a pesar de estar completamente borracho, supo que había dado justo en la tecla. Entonces, lo miró fijo, profundo. Quería incomodarlo para que le responda.
—Una cosa es en cámara, pero acá no da –Le sonrió– ¿Vos me estás beboteando a mi?
—Es mi cara, boludo—Siguió en la misma posición— ¿Te molesta?
—Basta Manuel, andá a bañarte.
Lo dijo con un tono que no admitía discusión, pero sin levantar la voz. Más cansado que enojado.
Manuel frunció el ceño, como si no le gustara nada esa respuesta. O, mejor dicho, como si no le gustara que no fuera una respuesta. Sin embargo, se paró y lo siguió a Lautaro al baño.
—No me contestaste —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Viniste por mí o no?
Lautaro pasó por su lado y abrió la ducha. El agua empezó a caer, fuerte, marcando el ritmo de algo que no quería seguir hablando.
—Bañate —repitió—. Después vemos si hablamos o no.
—Después no —insistió Manuel, más bajo—. Después te dormís y listo.
Lautaro se quedó quieto. No lo miró enseguida.
—Entrá —dijo—. Me quedo acá.
Manuel lo observó, buscando grietas a las cuales podría aferrarse.
—¿Promesa?
Lautaro levantó la vista al fin.
—Sí.
Eso alcanzó. Aunque sabía que probablemente Lautaro no le estaba prometiendo dormir con él. Solo esperar a que se bañe. Tenía una ducha corta para pensar en maneras de hacer que se quede con él.
Manuel se sacó la remera despacio, todavía mirándolo, como comprobando que no se moviera. Antes de meterse bajo el agua, volvió a hablar:
—Igual no me respondiste.
Lautaro apoyó una mano en el lavamanos.
—Bañate, Manu.
Manuel sonrió apenas, cansado pero conforme.
—Eso no es un no.
Corrió la cortina y se metió bajo la ducha. El agua golpeó fuerte contra los azulejos. A los pocos segundos, Manuel asomó la cabeza.
—¿Seguís ahí?
Lautaro no se había movido.
—Sí, pesado. No me voy a ir.
Manuel volvió a esconderse, tranquilo.
Lautaro se quedó apoyado contra la mesada, escuchando el ruido del agua, sabiendo que no había dicho lo que Manuel quería oír…pero tampoco se había ido.
Después de unos minutos, Lautaro lo esperaba sentado en la cama del morocho. Manuel apareció con el olor particular de él. Se había cambiado y perfumado para dormir. No le parecía extraño, siempre lo hacía.
–Al fin, gordo. –Dijo Lautaro palmeando la cama– ¿Cómo te sentís ahora?
–Estoy bien, tampoco para tanto Lau.
Manuel se acostó al lado de su amigo, de costado, mirándolo fijo como si estuviera tratando de memorizarlo. Tenía el pelo todavía húmedo, la cara limpia, los ojos un poco vidriosos pero atentos. Desde tan cerca, Lautaro podía ver los pequeños gestos que siempre se le escapaban cuando estaba cansado: cómo fruncía apenas el entrecejo, cómo respiraba más lento, cómo parecía más chico de lo que era. Habían dormido tantas veces juntos que podía deducir cada expresión y movimiento de él. Le gustaba y odiaba con la misma intensidad conocerlo tanto.
—¿Qué me mirás así? —preguntó Lautaro, sin apartar la vista
—Nada —respondió Manuel—. Estoy pensando.
—Sos bastante pesadito en pedo al final, me había olvidado. ¿Qué pensás?
Manuel sonrió apenas y acercó un poco más el cuerpo, reduciendo el espacio entre los dos hasta que sus rodillas casi se tocaron.
—¿Te fuiste por mí o no? —insistió, en voz baja—. De la fiesta.
Lautaro suspiró.
—Ah, estás insoportable —dijo—. Me obligaste a quedarme y encima me insistís.
—Contestame, dale.
—Manu…
—Por favor —pidió, haciendo una especie de puchero que a Lautaro solamente le causaba risa—. Una sola vez.
Lautaro lo miró fijo. No había ironía ahí, ni chiste. Manuel quería saberlo de verdad.
—Sí —dijo al fin—. Me volví porque te vi raro y quería estar con vos.
Manuel sonrió, satisfecho, como si hubiera ganado algo.
—Lo sabía.
—No lo sabías —corrigió Lautaro—. Y se te notaban los celos.
—Por eso te avisé que me iba —agregó Manuel, acercándose un poco más, ignorando las últimas palabras de su amigo—. Para que me sigas.
Lautaro negó con la cabeza, pero se le escapó una risa.
—Sos un imbecil, Manuel.
—Me funcionó. Estás acá, conmigo.
Se quedaron en silencio. Mirándose. Muy de cerca. El aire entre los dos se volvió espeso, quieto. Manuel levantó la mano despacio y apoyó los dedos en el cuello de Lautaro, apenas, como pidiendo permiso sin decirlo.
—Amor… —murmuró.
Lautaro se tensó un segundo.
—No digas así —advirtió.
Manuel sonrió, con esa sonrisa chiquita que usaba cuando sabía que estaba cruzando un límite.
—Mi amor —repitió—. Dame un beso.
Lautaro dudó. Se notó en el silencio, en cómo tragó saliva, en cómo cerró los ojos apenas un segundo.
Después se inclinó.
El beso fue lento. Al principio, solo un roce suave de labios, casi tanteando. Después se afirmó un poco más. Manuel respondió enseguida, acercándose, apoyando una mano en la cintura de Lautaro para no perder el equilibrio. Sus labios se movían despacio, sin apuro, reconociéndose.
Lautaro sintió cómo Manuel sonreía contra su boca y no pudo evitar hacerlo también. Se separaron apenas, lo justo para respirar.
—Estoy celoso —susurró Manuel—. Odio que te toque, que esté con vos
—Callate Manu
Lo atrajo hacia él y volvieron a besarse. Esta vez más seguros. Más largos. Manuel apoyó la frente contra la de él cuando se separaron, todavía sonriendo.
Lautaro no respondió. Se quedó ahí, mirándolo, con la mano todavía apoyada en su espalda.
Siguieron explorándose lo que restaba de la noche, entre besos, caricias y ruidos que para Lautaro no eran habituales en él. Mañana tendrían que pensar en las consecuencias de sus actos. En Martina, en ellos, en el stream. Pero hoy nada de eso iba a pasar.
