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El sonido de las zapatillas rechinando contra el suelo de madera era el único ruido que competía con la música a todo volumen. Los espejos ya no reflejaban nada, empañados por el calor de ocho cuerpos llevados al límite.
Llevaban horas allí. No había coreógrafo ese día, solo ellos ocho, preparándose para una presentación importante en una cadena de televisión nacional. La presión se sentía en el aire, denso y pegajoso como el sudor que les corría por el cuerpo.
Han Jisung intentaba seguir el ritmo, pero su mente estaba en otra parte. Llevaba dos semanas en una neblina gris, funcionando en piloto automático, durmiendo poco y despertando con el corazón desbocado. Cada vez que Minho pasaba cerca suyo en la coreografía, el cuerpo de Han reaccionaba solo, una punzada en el estómago, tensión en los hombros, el deseo irracional volverse invisible.
—¡Cinco, seis, siete y giro! —marcó Minho, guiando a sus compañeros en la practica.
El grupo se movió al unísono, perfectos y sincronizados, excepto... por un miembro.
Han calculó mal. Sus piernas, que se sentían pesadas por la falta de sueño y la ansiedad constante, no respondieron a tiempo. Al intentar hacer el giro, su pie derecho se trabó con el izquierdo y perdió el equilibrio, cayó pesadamente al suelo golpeándose las rodillas y las palmas de las manos contra la madera dura.
—¡Alto! —gritó Minho.
Jeongin apagó la musica desde su celular. El silencio que siguió fue repentino y abrumador, solo roto por las respiraciones agitadas de los miembros.
Han se quedó en el suelo, mirando sus propias manos temblorosas.
Levántate, se dijo a sí mismo. Levántate antes de que él diga algo.
Pero el miedo lo tenía clavado allí.
Unos pasos se acercaron. Un par de zapatillas blancas se detuvieron justo frente a su cara.
Han levantó la vista lentamente.
Minho estaba de pie sobre él. Tenía el pecho agitado por el esfuerzo, el cabello pegado a la frente por el sudor y el ceño fruncido. No parecía un monstruo en ese momento, solo un bailarín perfeccionista y agotado, frustrado por el error constante de Han.
—Jisung —dijo Minho, soltando un suspiro de cansancio—. Ya hicimos este paso muchas veces. ¿No puedes hacerlo mejor? Estamos perdiendo tiempo.
El tono en que lo dijo no fue violento. Fue una corrección técnica y totalmente normal.
Pero para Han, ya nada era normal.
Desde su posición en el suelo, la figura de Minho se distorsionó. La luz del techo creó una sombra alargada que cayó sobre Han, cubriéndolo por completo. De repente, las paredes de la sala de prácticas parecieron cerrarse sobre él, el mundo se encogió hasta asfixiarlo, arrastrándolo otra vez a aquella noche en el estudio.
El recuerdo lo golpeó como un balde de agua fría. Él en el suelo, indefenso. Minho arriba, acorralándolo. El dolor, la humillación.
Los ojos de Han se abrieron desmesuradamente, las pupilas dilatadas por el terror puro. Ya no veía a su compañero de grupo, veía a su agresor preparándose para atacar de nuevo.
—¡No! —el grito de Han salió de su garganta.
Han pataleó frenéticamente hacia atrás, arrastrando el trasero por el suelo, raspando sus talones en un intento desesperado de poner distancia.
—¡Aléjate! ¡No me toques! —chilló, hiperventilando.
Su espalda chocó contra la pared del fondo con un golpe seco. Han se hizo un ovillo, llevándose las manos a la cabeza, cubriéndose los oídos y cerrando los ojos con fuerza.
—¡Detente, por favor! ¡No me hagas daño! ¡Vete!
El silencio en la sala se hizo absoluto, solo roto por el llanto de Han. Los miembros se quedaron congelados, mirando la escena con una mezcla de confusión y horror.
Minho se había quedado estupefacto, con la mano extendida, como si hubiera querido ayudarlo a levantarse. Su rostro era una máscara de shock genuino ante la reacción desmedida.
—¿Jisung? —murmuró Felix, dando un paso adelante, pero deteniéndose al ver cómo Han temblaba.
Nadie entendía qué estaba pasando. Parecía un ataque de pánico, pero la violencia de los gritos sugería algo mucho peor.
Bang Chan reaccionó primero. El líder salió de su estupor y caminó lentamente hacia Han.
—Jisung... —dijo Chan con voz suave, arrodillándose a un metro de distancia.
—¡No me toques!! —gritó Han de nuevo, sacudiendo la cabeza violentamente, sin abrir los ojos.
—Soy yo, Channie hyung —insistió Chan, ignorando el grito y cerrando la distancia. Con una delicadeza extrema, posó una mano sobre el hombro tembloroso de Han—. Jisung, mírame. Estás a salvo. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
El contacto hizo que Han se tensara, pero la voz, esa voz suave y tranquila de su hyung la reconocía.
Han abrió los ojos, enrojecidos y llenos de lágrimas. Le tomó un segundo enfocar el rostro preocupado de Bang Chan a través de la niebla del pánico.
—¿H-Hyung? —gimoteó Han.
—Estoy aquí. Soy Chan. Respira —dijo el líder, y sin dudarlo, envolvió a Han en un abrazo firme y protector.
Ese abrazo rompió la presa. Han se derrumbó. Se aferró a la camiseta de Chan con puños desesperados, enterrando la cara en el pecho ancho de su líder, buscando esconderse del mundo.
—Ayúdame, hyung... Ayuda, ayúdame... —sollozó Han, su voz rota por el llanto incontrolable.
—Shh, ya pasó, te tengo —susurró Chan, acariciando su espalda, mirando a los demás con preocupación.
Pero Han no se calmó. Se separó un poco, lo suficiente para mirar a los ojos de Chan con una desesperación que heló la sangre de todos en la sala. Con una mano temblorosa, levantó el dedo indice y señaló hacia el centro de la pista.
Señaló a Minho.
—Él... —la voz de Han tembló, pero la acusación fue clara—. Él me violó.
El aire pareció salir de la habitación de golpe.
Felix se llevó ambas manos a la boca, ahogando un grito. Seungmin y Jeongin se quedaron petrificados.
—¿Qué? —susurró Chan, sintiendo que el mundo se detenía.
—Me violó, hyung —repitió Han, llorando más fuerte, encogiéndose de nuevo contra el pecho de Chan—. El otro día... después del live... Me dolió mucho... Ayúdame, por favor.
La confesión quedó flotando en el aire pesadamente.
Minho seguía allí, parado en el mismo lugar, pálido, sin mover un solo músculo. No decía nada. Solo miraba a Han con una expresión indescifrable.
Fue entonces cuando la parálisis de Changbin se rompió.
El rostro de Changbin se oscureció, una mezcla de incredulidad y una furia lo llenó. Cruzó la sala en tres zancadas pesadas hasta llegar a donde estaba Minho.
Sin previo aviso, Changbin levantó el brazo y empujó a Minho con fuerza por el hombro, haciéndolo tambalear hacia atrás.
—¡Qué mierda hyung! —rugió Changbin, su voz resonando contra las paredes—. ¿Es eso cierto?
