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cretino

Summary:

Es Batman.
Pero no lo es.

Battinson x Corensupes x DCUbatman

Notes:

Me intriga mucho el Batman del DCU, y de esa incertidumbre nació esta idea.

Disfruten la lectura :)

Work Text:

Clark sabe que las cámaras de suspensión cuántica no son un juego. Lo sabe desde siempre. Bruce se lo advirtió. Diana se lo dijo mirándolo a los ojos, como si pudiera ver el futuro. Todos se lo dijeron.

Pero el universo rara vez respeta las advertencias.

Una cosa lleva a la otra. Un portal multidimensional se abre cuando sujetos de otras dimensiones irrumpen buscándolo: Pacemaker. Al parecer, Chris Smith había estado divagando entre mundos durante demasiado tiempo antes de que lo encerraran en esa prisión dimensional.

Pero eso no es lo peor.

Hay un daño colateral, otra ruptura: un agujero de gusano se forma. Esa firma energética no se abre en un laboratorio ni en el vacío del espacio, sino en medio de una ciudad.

Una familia queda atrapada en el caos. Superman no duda. Nunca lo hace. Los saca, los empuja hacia un lugar seguro, y en ese segundo de más, ese segundo que siempre paga, el agujero lo alcanza.

Cae.

El frío lo atraviesa primero, un frío imposible que no pertenece a ningún clima. Luego el vértigo. Demasiado. Abrumador. No recuerda cuándo fue la última vez que sintió vértigo de verdad. Su cuerpo, traicionado por fuerzas que no puede controlar, reacciona antes que su mente. Vomita al aterrizar. Tose. Vuelve a vomitar.

Cuando logra incorporarse, entiende lo peor: no reconoce nada.

Se eleva por instinto. Volar siempre le devuelve un poco de control, un poco de sentido. Desde el aire distingue un nombre que le resulta familiar: Blüdhaven. El cielo es distinto, la luz se comporta de otra manera, pero la ciudad insiste en parecerse a algo que recuerda.

Entonces toma una decisión.

Vuela hacia Gótica.

Solo él puede hacer algo ahora. Aunque confía en Mr. Terrific, aunque valora su mente brillante, en el fondo de su ser, Clark confía más en Bruce. En su determinación, en su voluntad de hierro. En la posibilidad, aunque remota, de que Bruce ya esté calculando cómo traerlo de vuelta.

La ve antes de llegar del todo. La silueta contra la nube baja. La señal del murciélago. Un latido de esperanza, casi un dolor, le aprieta el pecho.

Pero mientras desciende, los detalles comienzan a traicionarlo. Es Gótica… y no lo es. Los rascacielos se alzan con una arrogancia distinta, las calles se tuercen en ángulos ligeramente equivocados. La ciudad respira con otro ritmo, como una versión alternativa grabada sobre un recuerdo: casi idéntica, pero con una vibración de fondo que eriza los sentidos.

Se detiene en una azotea. Escucha. Agudiza la audición hasta captar el murmullo de la ciudad: el susurro de millones de pulmones, latidos acelerados, conversaciones ahogadas.

Olfatea el aire, buscando un rastro, cualquier rastro conocido. Lo que encuentra es un mosaico de esencias extrañas, estratificadas: alfas dominantes, omegas con aromas velados, betas con una neutralidad tensa.

Ninguno familiar. Todo está desfasado, desafinado.

Y sin embargo, la señal está ahí, rasgando las nubes.

Existe Batman. Esa certeza se clava en él como un ancla. Si Bruce está ahí, en cualquier forma, en cualquier realidad, quizá no todo esté perdido. Quizá aún haya un camino a casa.

Lo encuentra ahí.

En lo alto del edificio donde la señal proyecta su círculo de luz gélida. La figura está sola, inmóvil, recortada contra el lienzo negro del cielo nocturno. La capa ondea con pesadez, impulsada por un viento que aquí también sopla frío. La postura, los hombros, la inclinación de la cabeza, es inconfundible.

Entonces, la figura se gira.

Y Clark se queda paralizado.

Es Batman.

Pero no lo es.

No es su Batman.

El traje es una variación siniestra de lo conocido: negro como un abismo, con refuerzos que sugieren púas más que armadura. El símbolo del murciélago en el pecho no es un emblema, es una advertencia tallada, más anguloso, más agresivo, hecho de una arma de fuego.

—Hey —logra decir Clark. Su voz, normalmente firme, corta el aire frío con una vulnerabilidad que le avergüenza.

—Te vi llegar —responde ese Batman. Su voz es una distorsión grave, pero no la distorsión electrónica que Clark recuerda. Es una voz ronca, cargada de una fatiga combativa y una desconfianza que no disimula—. No eres de aquí.

Esa voz no tiene el mismo peso, ni la misma cadencia que Clark conoce, que ha memorizado.

Todo encaja en la forma, y al mismo tiempo, en la esencia, está profundamente mal.

Clark traga saliva, sintiendo el nudo de ansiedad en su garganta.

—¿Bruce?

La reacción es instantánea, y más terrible que cualquier ataque. El otro se tensa de manera absoluta. No es solo un ajuste de postura; es como si todo su cuerpo entrara en modo de suma alerta, cada músculo preparado para desencadenar violencia. El silencio que sigue es denso, pesado, cargado de una reevaluación fría y rápida. Clark puede casi oír el sonido de las posibilidades siendo calculadas, de las amenazas siendo catalogadas, en la mente detrás de la máscara.

—Sé que suena extraño —dice Clark al fin, midiendo cada palabra como si fuera cristal frágil—, pero creo que vengo de otra dimensión. Quiero decir… yo… te conozco.

El otro no responde de inmediato. Inclina ligeramente la cabeza, un movimiento tan sutil que casi pasa desapercibido, como si estuviera escuchando algo más que el sonido de su voz.

—Sé lo que quieres decir —responde por fin. Hay un dejo de comprensión en su voz, áspera y gastada, pero no hay rastro de confianza—. Dime tu nombre.

—Clark Kent.

Los ojos del otro, apenas visibles tras la máscara, se afilan. No es solo atención; es un reconocimiento cargado de implicaciones que Clark no alcanza a descifrar.

—El otro nombre.

Clark siente el peso de la palabra incluso antes de formarla en sus labios, como si al pronunciarla estuviera firmando un pacto con lo desconocido.

—Superman. Kal-El.

El silencio que sigue es distinto. Ya no es solo cautela; es algo más cortante, más peligroso. El aire entre ellos se enfría varios grados. Clark puede ver cómo los hombros de Batman se tensan casi imperceptiblemente, cómo su mano se acerca un centímetro al cinturón, donde oculta herramientas.

—¿Eres uno de ellos? —pregunta Batman, y su voz ahora es un filo cubierto de hielo—. ¿Un kryptoniano?

Clark se tensa de inmediato, una reacción visceral. La pregunta no es inocente; está cargada de un conocimiento y una historia que él desconoce.

—¿Cómo es que…?

—Dices que me conoces —lo interrumpe, secamente, sin dar espacio a la duda—. Baja de ahí. Ahora. O alguien te verá. Te verán.

No es una sugerencia. Es una orden, urgente y llena de una certeza sombría. Clark obedece sin discutir.

Batman ya se mueve cuando sus botas tocan el suelo del tejado, sin hacer ruido, un espectro que se funde con la penumbra.

—Ven —dice, y es una palabra breve, cargada de urgencia—. Vámonos.

Se desplazan como dos sombras apresuradas, entre azoteas que huelen a humedad y callejones que rezuman una desolación familiar pero extrañamente desplazada.

Clark lo observa todo con una atención agudizada: la ciudad que respira con un jadeo más áspero, los sonidos de amenaza que provienen de esquinas que no deberían ser tan oscuras, la forma en que este Batman se mueve.

Es Bruce… y no lo es. Los movimientos tienen la misma eficiencia letal, la misma economía de fuerza, pero hay una cualidad diferente.

Este Batman se desliza por la noche con la soledad de un lobo herido que ha aprendido a no confiar ni en su propia manada. Cada salto, cada giro, está diseñado para la supervivencia. No hay rastro de aquella rigidez fluida que a veces delataba al Bruce que Clark conoce; aquí hay una fluidez fría, despiadada, moldeada por un dolor que parece no tener fondo. Se ve más solitario. Más distante. Como si la capa que arrastra no fuera de tela, sino del peso mismo de este mundo.

La sorpresa lo golpea cuando llegan a su destino: la torre Wayne.

El edificio se alza como una aguja oscura y solitaria, clavada en el centro de una Gótica más despiadada. No es la silueta orgánica y familiar de la torre que conoce; esta parece una advertencia arquitectónica, un faro que emite oscuridad.

Al cruzar el umbral, Clark siente el zumbido sordo de una tecnología desconocida, versiones alteradas y más severas de sistemas que él conoce demasiado bien. El aire huele a ozono y a metal frío. Las puertas se cierran tras ellos con un sonido hermético y definitivo.

Batman se detiene en el centro de la sala de control, un espacio cavernoso iluminado solo por el brillo azulado de pantallas suspendidas, y se gira para mirarlo de frente por primera vez.

—Ahora empieza a explicarte —dice, y su voz resuena con eco en el vacío.

Clark lo mira, y siente una mezcla contradictoria: el alivio de estar bajo un techo, lejos de miradas ajenas, y un vértigo renovado al enfrentar la evidencia tangible de que nada es igual.

No es su Bruce. Pero es lo más cercano que tiene en este abismo. Y, por ahora, eso tiene que bastar.

Lo olfatea, no puede evitarlo. Incluso el ritmo de su corazón, captado por su oído superagudo, es distinto: un metrónomo constante pero más lento, como si la cautela hubiera reemplazado al latido natural.

Este Bruce es Beta, como en su mundo. Al menos eso, ese núcleo esencial de su ser, es igual. Es otra cosa diminuta y concreta a la que aferrarse en medio del desconcierto.

—Trabajamos juntos —dice Clark midiendo cada palabra como si fueran ladrillos para construir un puente entre realidades—. Es decir… en mi mundo, llevamos ya unos años conociéndonos. Formamos parte de un equipo, una manada. Durante una misión, se abrió una ruptura dimensional. Yo… caí en ella. Necesito encontrar la manera de salir de aquí. Volver a mi mundo.

Se queda en silencio, la explicación colgando en el aire, cuando nota el movimiento del otro. Batman se lleva las manos a la cabeza y se quita la capucha.

El impacto es inmediato y sordo.

El cabello es lacio y revuelto, cae sobre la frente y las sienes de manera indisciplinada, casi salvaje. El maquillaje negro alrededor de los ojos está corrido, manchado, imperfecto como una herida moral que se filtra a la superficie.

Nada que ver con su Bruce. En su mundo, el rostro de Bruce Wayne es una armadura en sí mismo: rasgos tensos pero pulcros, la piel pálida y limpia, los ojos de un gris claro y penetrante, siempre alertas. El cabello, perfectamente dominado, peinado hacia atrás con una disciplina militar, sellado bajo la capucha como parte integral del ritual.

Este Bruce parece… desgastado. Más extraño. Más real, quizás, en su desorden. Como si la máscara no fuera solo la de Batman, sino la que oculta una fractura más profunda.

—¿Qué? —pregunta el otro, notando su mirada fija.

Clark niega de inmediato, desviando la vista.

—Nada.

Batman no insiste. Se vuelve hacia los bancos de monitores y empieza a trabajar con una rapidez febril, sus dedos deslizándose por superficies holográficas que proyectan diagramas de agujeros de gusano y firmas de energía interdimensional. La luz baila en sus rasgos cansados.

—Sé de la existencia de otros seres —dice, sin mirarlo, concentrado en los datos que fluyen—. Aunque no han pisado esta Tierra. Los kryptonianos son una especie conocida. Según los registros y las transmisiones interceptadas, son seres que buscan gobernar mundos. La Tierra les ha parecido, hasta ahora, demasiado insignificante para su conquista.

Clark baja la cabeza. La arrogancia genética de su raza perdida, no ha cambiado a través de las dimensiones. El sabor amargo de la herencia kryptoniana persiste.

Bruce nota su mirada baja, pero continúa, su voz un murmullo junto al zumbido de las máquinas:

—También estoy al tanto de las rupturas dimensionales. Agujeros negros cuánticos, colapsos de realidad, desplazamientos por supercuerdas… física avanzada. Muy compleja. No es mi especialidad, pero he… tenido que aprender.

Clark asiente de nuevo, mientras sus ojos recorren el lugar, buscando más pistas de esta realidad.

—¿Aquí no hay otros… mmm… metahumanos? —observa, más para sí mismo que como pregunta.

Batman se gira apenas, un perfil recortado contra la luz azul.

—No. Y si los hay —agrega, con una frialdad que no deja espacio a la esperanza—, están demasiado asustados para salir. O demasiado inteligentes.

El silencio que sigue es espeso, cargado con el peso de una soledad que Clark empieza a comprender. Este Batman no lidera una Liga. Es el único centinela en una noche perpetua.

Entonces, Bruce habla de nuevo, girando para enfrentarlo por completo. Su mirada, ahora sin la barrera completa de la máscara, es intensa, analítica, escrutando cada detalle de su postura, su respiración, su esencia.

—Eres un Alfa —dice.

No es una pregunta. Es una constatación fría, un dato añadido al perfil de amenaza potencial.

Clark asiente, sosteniendo esa mirada. No hay razón para negarlo.

En ese momento, una nueva presencia se insinúa en el umbral de la sala. Pasos tranquilos, imperturbables. Alfred desciende los peldaños de la plataforma superior, una bandeja de plata con una cafetera y una tazas en sus manos.

El mayordomo se detiene en seco al ver las dos figuras en la penumbra.

Por una fracción de segundo, su compostura se agrieta: parpadea una vez. Dos. Luego, como si cerrara un manual interno de protocolo para emergencias interdimensionales, su expresión se suaviza en una neutralidad perfecta.

—Alfred —dice Bruce, sin despegar la vista del flujo de datos en el monitor—. Él es Clark Kent. Es la fuente de la anomalía en las coordenadas que te pasé. Es kryptoniano.

Las palabras caen en la sala con el peso de un diagnóstico terminal. Alfred absorbe la información, su mirada escrutando a Clark con una intensidad que no es hostil, sino profundamente calculadora.

—No te preocupes, Alfred —agrega Bruce, captando la silenciosa tensión del hombre—. No es de los que conocemos.

Alfred asiente, casi imperceptiblemente. El "que conocemos" cuelga en el aire.

—Bueno… —dice por fin, su voz el único punto de calidez y normalidad en la estancia—. Bienvenido, entonces, señor Kent.

—Gracias —responde Clark, ofreciendo una ligera sonrisa que intenta ser tranquilizadora, pero que siente tensa en sus propios labios—. Es un… placer conocerte aquí también.

—Vamos a buscar la manera de que regreses —declara Batman, y su tono no deja espacio para la negociación—. Lo antes posible. No tienes idea de las consecuencias que puede acarrear que una anomalía como tú se quede aquí.

Clark asiente, la urgencia del otro resonando en su propio pecho. Cada segundo aquí es un segundo de incertidumbre en su propio mundo.

—Por lo tanto —continúa Bruce, su mirada recorriendo el traje de Clark como si evaluara un riesgo biológico—, será mejor que mantengas un perfil bajo. Extremadamente bajo. No será conveniente que salgas. No quiero, ni puedo permitir, un alboroto en mi ciudad y en mi mundo.

—Entiendo —dice Clark, y lo dice en serio.

—Alfred te mostrará una habitación segura —añade Bruce, haciendo un gesto vago con la mano—. Y te dará ropa para que te quites… eso.

"Eso". Lo mira de arriba abajo, y en esa mirada hay más que una simple evaluación estética. Hay una desconexión profunda, casi un rechazo instintivo a los colores, al símbolo, a lo que representa.

Clark alza una ceja.

—¿Tiene algo mi traje?

Bruce ya se está dando la vuelta, sumergiéndose de nuevo en los hologramas azules. No contesta.

—Por aquí, señor Kent —interviene Alfred con suavidad, indicando la salida al elevador—. Andando, por favor.

Clark da un paso para seguirlo, pero se detiene.

—Espera… ¿dices que has tenido contactos con mi gente? ¿Con kryptonianos?

Bruce exhala un suspiro. Parece fastidiado, no por la pregunta, sino por los recuerdos que arrastra.

—No como tal. No un contacto directo. Pero los he… visto. Sé que se han rondado por los límites del sistema, husmeando. Pude interceptar diálogos, fragmentos de una transmisión en alta frecuencia. Hablaban de mundos, de recursos, de… subyugación. Pero hasta ahí. Nunca han dado el paso.

—¿Sabes kryptoniano? —pregunta Clark, genuinamente sorprendido.

—No fue fácil —responde Alfred, respondiendo por Bruce con un dejo de orgullo cansado—. Requirió meses de análisis de patrones lingüísticos y más café del recomendable. Ahora, señor Kent, le ruego que me acompañe.

Clark asiente, sin oponer más resistencia. Sigue a Alfred, dejando atrás el zumbido electrónico de la sala de control, las sombras danzantes de los monitores y la figura solitaria de ese Bruce que no es el suyo, pero que carga con el peso de un mundo sobre sus hombros de una manera tan palpable, tan físicamente desgastada, que resulta imposible no sentirlo.

En su mundo, Bruce ocultaba el peso bajo una armadura de control perfecto. Aquí, el peso se ve. Se respira. Está en cada grieta de su voz, en cada sombra bajo sus ojos, en cada hebra desobediente de su cabello. Es el mismo peso, pero llevado sin la ilusión de que alguien más podría ayudar a sostenerlo.

***

Clark permanece despierto esa noche.

El sueño no llega, ni lo busca. Se queda inmóvil junto al amplio ventanal de la habitación que le han asignado, observando la ciudad que se extiende como un mar negro punteado de luces enfermizas. Es la misma torre donde, en su mundo, Bruce mantiene oficinas impersonales y salas de reuniones… pero aquí no lo es. Aquí, la ha convertido en su guarida, su hogar y su frente de batalla. No hay mansión en las afueras, con Dick o Jason corriendo por ahí.

Un suspiro se le escapa, empañando levemente el vidrio frente a él.

Sus rasgos… son los mismos. Clark los ha memorizado a lo largo de años de miradas furtivas, miradas demasiado largas: la línea recta y severa de la boca, los labios finos que rara vez se curvan en algo que no sea una mueca de desprecio o determinación, los pómulos afilados, la mandíbula siempre apretada. El pelo, de ese negro azabache. Los ojos… grises como el cielo antes de una tormenta. La arquitectura básica es idéntica.

Pero aquí hay maquillaje corrido y sucio bajo sus ojos. El cabello lacio, caído sin orden ni disciplina sobre su frente. La armadura que viste no es el traje funcional y sombrío de su Batman; es una coraza más pesada, más angular.

Y también Beta. Lo percibe con una claridad; es una ausencia en el aire, una quietud en la firma química que su instinto de Alfa busca y no encuentra.

Clark se pasa una mano por la nuca, donde la tensión se acumula como un nudo de cables. La inquietud no es solo por estar atrapado; es por ver un espejo deformado de la única persona que, en cualquier realidad, podría mover su mundo y hacer que su corazón se agite.

Suspira. Mira hacia arriba, hacia el techo de concreto que le niega el cielo. Hacia las estrellas a las que no puede llegar.

***

La madrugada lo encuentra en la cueva, envuelto en el mutismo que precede al amanecer. Está frente a una de las consolas, usando una sencilla camiseta y pantalón de algodón que Alfred le proporcionó. En la pantalla aún parpadean, como fantasmas digitales, los archivos de investigación que Bruce dejó abiertos: complejas teorías del multiverso, patrones energéticos de rupturas dimensionales, ecuaciones de cuerdas que Clark reconoce vagamente… y otras que le resultan crípticas, ominosas. Su mirada se desliza hacia una carpeta abierta, etiquetada con un símbolo que le hace fruncir el ceño: investigación sobre los kryptonianos. Y ahí, entre los datos, ve un nombre que aún le es ajeno, acompañado de una silueta borrosa pero inconfundible recortada contra un cielo anaranjado: Zod.

Entonces lo oye.

El rugido de una motocicleta. El sonido se detiene. Hay una pausa, un segundo más largo de lo estrictamente necesario, como si quien conduce evaluara la oscuridad antes de descender. Clark reconoce ese gesto, esa cautela, incluso antes de verlo. Luego, el motor se apaga. Pasos resonantes en la rampa de acceso. El chasquido seco del casco al desprenderse.

—¿Cómo entraste aquí? —pregunta la voz de Bruce antes de que su figura emerja por completo de las sombras. No lo mira directamente; su atención parece dividida entre el intruso y el entorno inmediato.

—Me diste el código —responde manteniendo la voz baja—. Bueno… no tú.

Batman emerge a la luz azulada de los monitores, dejando el casco negro a un lado. Su traje está salpicado de la humedad de la noche y del polvo de los callejones.

—¿Mi versión de tu mundo te dio acceso a la cueva? —pregunta, casi incrédulo. Casi.

Clark asiente con un gesto leve.

—Pensé que el código de emergencia podría ser el mismo. Y también sé —agrega, con un atisbo de familiaridad—, que a esta hora, aproximadamente, sueles regresar del patrullaje.

Bruce por fin lo mira de reojo. No hay aprobación en su expresión, solo una revaluación. No dice nada. Se limita a avanzar hacia la consola principal y activa una nueva serie de monitores.

—Las noticias no han hablado de tu llegada —dice finalmente, mientras los datos comienzan a fluir—. Tuvimos suerte.

Le muestra los planos que despliega en las pantallas. Son diagramas intrincados, superposiciones de esferas de realidad que se tocan y deforman, líneas de fuerza que se cruzan en nodos críticos, puntos marcados en rojo donde el tejido del espacio-tiempo muestra cicatrices de colapsos anteriores.

—El multiverso no es infinito —explica Bruce, su voz un murmullo ronco junto al zumbido de los servidores—. Solo es… tedioso. Como un laberinto con paredes que se mueven.

Clark observa en silencio, absorbiendo la información. Siente la mirada de Bruce sobre él de vez en cuando, breves destellos de atención lateral, como si necesitara confirmar una y otra vez que el forastero sigue ahí, que no es una alucinación del agotamiento.

—¿No te aburres? —pregunta Bruce de pronto, sin levantar la vista de un flujo de datos.

—Estoy acostumbrado a verte trabajar —responde Clark sin pensarlo, la verdad escapándose antes de que pueda filtrarla.

La frase cuelga en el aire cargado. Bruce se vuelve hacia él por completo, con lentitud. Baja la mirada apenas, como si el peso de esa simple declaración, esa normalidad importada de otro mundo fuera tangible.

—Clark Kent no existe aquí —dice al fin, rompiendo el momento y volviendo a teclear—. Ya lo investigué. No hay periodista con ese nombre en el Daily Planet, ni en ningún otro medio.

Clark se tensa apenas, una reacción involuntaria. Es una cosa oírlo, otra sentirlo confirmado.

—Solo Jonathan y Martha Kent —dice Bruce, continuando.

Los dedos del beta se detienen sobre el teclado. Un segundo de quietud. Luego teclea una serie de comandos rápidos. Dos archivos aparecen en la pantalla central. Fotografías de una granja. Nombres. Dirección.

—En efecto —murmura Bruce—. Granjeros. De Smallville, Kansas. Retirados. Sin hijos registrados.

Clark siente que el aire se le escapa del pecho. Fija la vista en los nombres, en las caras bondadosas y arrugadas por un sol que aquí nunca lo calentó a él.

—Ellos… me criaron. En mi mundo.

El silencio que cae después es más denso, más pesado que todos los anteriores. No es solo el vacío de una respuesta; es el eco de una vida que no fue, de un hogar que, en esta realidad, nunca conoció los pasos torpes de un niño alienígena.

***

El tiempo se estira, viscoso y elástico. No es fácil. Clark lo sabe. Aquí no existen las tecnologías que su mundo da por sentado: no hay portales dimensionales de bolsillo, no hay esferas de contingencia cuántica, ni los avanzados protocolos de la Torre de Vigilancia.

—Felicidades —dice una voz seca que hace girar a Clark en su asiento en la sala. Bruce está en la entrada, con el pelo aún húmedo del lavado, un pantalón de tela sencillo y una camiseta de mangas largas, oscura y desgastada. Clark parpadea, desconcertado por la imagen. Nunca se imaginó verlo así; en su mundo, incluso en la privacidad más absoluta, Bruce cuida su presentación con una disciplina casi obsesiva, como si el traje de seda y lana fuera otra capa de piel.

—Ahora eres noticia —añade Bruce, avanzando hacia los sillones con esa mezcla de melancolía que lo caracteriza.

Clark frunce el ceño, una punzada de preocupación en el estómago.

—¿Qué?

—Avistamiento aéreo anómalo —continúa Bruce, deslizando los dedos sobre la pantalla del ipad para desplegar titulares de noticias locales—. Testigos reportan una figura que salió de una explosión industrial en los muelles sin un rasguño. ¿De verdad pensaste que intervenir así sería prudente?

Clark baja la mirada apenas, no por vergüenza, sino por la frustración de un instinto que no puede negar.

—Nadie más iba a hacerlo. Había gente atrapada. No podía quedarme mirando.

Bruce se gira por completo para enfrentarlo, y en sus ojos no hay enfado, sino una preocupación fría y calculadora.

—Tienes que aprender a ser prudente. Este no es tu mundo. Tus actos tienen repercusiones que no puedes prever. Y yo —su voz se hace más grave— no quiero, ni puedo permitir, que se pierda la poca estabilidad que le queda.

—Lo intento —dice Clark, y es honesto. La responsabilidad pesa sobre él de una manera nueva aquí—. Tendré más cuidado la próxima vez.

Pero no promete dejar de hacerlo. Sabe que Bruce lo sabe. La promesa quedaría vacía entre ellos, porque ambos conocen la verdad fundamental: si alguien está en peligro, Clark se moverá. Es una ley de su naturaleza, tan inmutable como la gravedad.

Un silencio cae entonces, pero no es incómodo. Es denso, cargado de un entendimiento mutuo que trasciende las palabras, como si en ese instante se hubieran reconocido el uno al otro a través del velo de las realidades. Quizá sí se conocen, en el fondo. Quizá la esencia cruza los universos, aun cuando los detalles se tuerzan.

Bruce se deja caer con un suspiro profundo en un sillón de cuero fino. Su rostro, a la luz más tenue de este salón, muestra sin adornos sus facciones, su piel pálida, el desorden del cabello lacio.

—¿Cómo soy? —pregunta de pronto, la voz más baja, casi vulnerable en su crudeza. No mira a Clark directamente—. Es decir… ese Bruce. En tu mundo.

La pregunta toma a Clark por sorpresa. Se endereza en su asiento, carraspea.

—Bueno… tú sabes —empieza, buscando las palabras que no trivialicen la verdad—. Dirige todo. La Liga. Es un equipo que tenemos, varios… como nosotros. Él planifica, anticipa. Confiamos en sus estrategias. Yo… confío mi vida en él, sin dudar.

Se detiene un segundo, sintiendo el peso de la mirada que ahora Bruce sí posa sobre él, intensa y expectante.

—Lo admiro —añade Clark, y la palabra suena justa y poderosa—. Te admiro. Porque sé lo que perdiste… y aun así elegiste usar ese dolor. Todo ese dolor. No para alimentar el rencor, sino para proteger a otros.

Guarda silencio, permitiendo que las palabras se asienten. Bruce no aparta la vista, pero algo en su expresión, en la leve relajación de la línea de su boca, indica que las ha escuchado. Que las está procesando.

Clark carraspea suavemente y, al traer a la mente recuerdos compartidos: discusiones en la mansión, miradas de entendimiento, la complicidad, una sonrisa leve y genuina asoma a sus labios.

—También es un cretino obstinado —dice, con un tono de afecto demasiado íntimo—. Terco, paranoico y exasperante. Pero… es un cretino en quien confío. Hasta el final.

—Ya veo —responde Bruce finalmente. Se inclina hacia adelante, tomando un cojín del sillón y apretándolo contra su torso con un gesto que en él parece casi defensivo, como si necesitara algo tangible entre él y la revelación de esa otra vida posible.

Clark lo observa de reojo, leyendo la tensión en sus hombros. Intuye que tal vez quiera preguntar más. Pero no lo hace.

—Tengo una gala mañana —dice Bruce de repente, rompiendo el silencio introspectivo. Las palabras suenan extrañas, casi fuera de lugar—. Una cosa de caridad. Podrías ir, si quieres. Es una opción, para que no te aburras tanto entre estas paredes.

Clark parpadea, la sorpresa dibujándose en su rostro.

—Wow… pensé que no hacías ese tipo de cosas aquí.

—La verdad es que no me gusta —admite Bruce con un dejo de fastidio genuino, como si el solo pensamiento le produjera cansancio—. Pero a veces es… necesario. Mantiene las apariencias.

—En mi mundo lo haces muy a menudo —dice Clark, un atisbo de nostalgia en la voz—. Es parte fundamental de tu identidad… de Bruce Wayne.

El beta arquea una ceja, un gesto pequeño pero que para Clark es tan familiar que duele. Es el mismo gesto escéptico, la misma incredulidad ante la idea de que esa farsa pueda ser algo más que un mal necesario.

Clark calla, sintiendo de pronto la proximidad del otro de una manera aguda. De repente siente una barrera quebrarse; hay un hombre en ropa sencilla, con el cabello aún húmedo y desordenado, las sombras de la fatiga grabadas bajo sus ojos. Es una vulnerabilidad desarmante. Este Bruce parece más cercano, más tangible. No es el playboy inalcanzable; aquí, en la penumbra privada de su guarida, es simplemente un hombre agotado. Y hay algo profundamente atrayente, casi peligroso, en esa simpleza.

Se miran. El aire entre ellos parece espesarse, cargado no de tensión, sino de un reconocimiento extrañamente íntimo. Clark puede sentir el calor residual del otro, puede contar las pequeñas imperfecciones en su piel que la luz tenue revela. Por un momento, no hay multiverso que los separe, solo este silencio compartido.

—Buenas noches —dice finalmente Clark, rompiendo esa burbuja con suavidad, antes de que el momento se convierta en algo que no sabe cómo nombrar.

Bruce asiente, un movimiento casi imperceptible, y se levanta primero. Se aleja por el pasillo iluminado por franjas de luz fría, su figura volviéndose a fundir con las sombras largas que devoran el espacio, desapareciendo de la vista pero dejando atrás una invitación inesperada a un mundo que Clark, hasta ahora, solo había observado desde la distancia.

***

La gala es, en su esencia superficial, como Clark la conoce: luces cálidas que se reflejan en el cristal tallado, una música elegante y baja que fluye, el tintineo constante de las copas, sonrisas que no llegan a los ojos. Un aire cargado de perfumes costosos y el zumbido sutil de feromonas entrelazadas; alfas midiendo territorios, omegas buscando seducir, betas navegando con cautela.

Pero Bruce…

Aquí no hay rastro del playboy filántropo, del hombre que en su mundo domina estos salones con una sonrisa cínica y un encanto que apaga las luces. Este Bruce es una sombra incómoda dentro del brillo. Se le nota en la línea rígida de sus hombros, en la forma en que su mirada esquiva los contactos, en cómo parece querer ocupar el menor espacio posible a pesar de que su sola presencia impone un silencio a su alrededor. No está actuando; está soportando.

Clark, en su mundo, no niega los celos punzantes que siempre le provoca ver a su Bruce desinhibido, lanzando sonrisas cargadas de doble sentido a betas atractivos, flirteando con omegas que se sonrojan bajo su atención, interactuando con alfas en un juego de poder que parece no costarle nada. Son sentimientos que Clark entierra en lo más profundo, porque Bruce es así, y no va a cambiar. Incluso sospecha que lo hace a propósito, para mantener las distancias, para recordarle a todos, ¿o a él mismo?, que no son nadie para él. Y Clark no tiene derecho a reclamar lo que nunca ha sido suyo.

Pero este Bruce es radicalmente distinto.

Se retrae del contacto como si quemara. Habla lo estrictamente necesario, con monosílabos. No socializa; observa. Es un espectador atrapado en su propia función.

Clark entra como un invitado más, usando la entrada exclusiva que Bruce le proporcionó. La pista de baile ya está llena cuando lo localiza: Bruce está en la barra, apoyado contra el mármol pulido, medio escuchando la música, medio analizando a la multitud, con una copa de champán intacta frente a él como un artefacto de otra vida.

Clark se acerca, el traje prestado por Alfred ajustándose de manera extraña pero aceptable.

—¿No vas a bailar? —le dice con una sonrisa ligera, tomando él mismo una copa de la barra.

Bruce niega con un leve movimiento de cabeza, los ojos fijos en el líquido burbujeante.

Eso también es muy raro. El Bruce que conoce nunca rechazaría la oportunidad de moverse por la pista, aunque fuera como parte de su farsa.

—Vamos, la música está hecha para eso —insiste Clark, con un tono de complicidad.

Bruce vuelve a negar, más rotundo esta vez.

Antes de que Clark pueda insistir, un omega de sonrisa amable y ojos curiosos se acerca y, con una timidez audaz, le pide bailar. Clark acepta con una inclinación de cabeza. Se deja llevar por la melodía, por la ligereza del momento. Es divertido, sencillo, una distracción sin consecuencias. Y nota, sin necesidad de mirar directamente, que Bruce lo observa desde la barra, su mirada un punto fijo e intenso en el vaivén.

La canción termina. Empieza otra, más lenta. Clark regresa a la barra, dejando al omega con una sonrisa de agradecimiento, y extiende la mano hacia Bruce.

—Por favor.

Bruce se niega de inmediato, un "no" casi automático que muere en sus labios. Pero entonces, Clark ve cómo su mirada barre el entorno. Hay atención sobre ellos. Demasiada. Periodistas sociales, curiosos, alfas importantes observando al esquivo Bruce Wayne.

—No sé bailar —dice al final, la voz más baja, casi un susurro que solo Clark puede captar entre el murmullo.

Clark parpadea, una sonrisa genuina de asombro asomando a sus labios.

—Eso sí que no me lo esperaba —dice, y el afecto en su voz es palpable—. No te preocupes. Solo sígueme.

Lo toma suavemente de la mano y lo conduce a la pista. Es un baile tranquilo, lento, sencillo; nada que requiera técnica, solo proximidad y un ritmo básico. Bruce traga saliva, su cuerpo una estatua de tensión al principio, pero se deja guiar. Otras parejas se unen a su alrededor, envolviéndolos en una burbuja de movimiento colectivo. El ambiente parece volverse más suave, más íntimo, como si la música los aislara del resto del mundo.

—¿Quién te enseñó? —pregunta Bruce en voz baja, sus palabras rozando el oído de Clark.

—Lois y mi papá —responde Clark, sintiendo el calor del otro a centímetros de distancia—. Y para estos eventos, tú. En mi mundo siempre eres algo… estirado.

Bruce solo asiente, un movimiento casi imperceptible. Sigue bailando, y Clark siente cómo la rigidez inicial en sus músculos comienza a ceder, minuto a minuto, bajo la guía paciente de sus manos. La calidez de la palma del beta contra la suya, el breve contacto de sus cuerpos cuando giran, se convierten en un lenguaje mutuo. El momento se alarga, envolviéndolos, haciéndolos olvidar, por unos compases, que son forasteros el uno para el otro.

Cuando la música termina, hay un estallido de aplausos suaves. Clark sonríe, sin soltar del todo la mano de Bruce.

Bailan más piezas. Pasan la velada juntos, en una esquina menos concurrida, conversando en voz baja sobre sus mundos, sobre las diferencias y las similitudes. Y es entonces, bajo la luz más tenue de una lámpara, cuando Clark nota de nuevo el moretón en el pómulo de Bruce, un cardenal violáceo. Es normal; es Batman. La evidencia física de la noche que lucha.

Y sin pensarlo, impulsado por un un deseo que ha contenido por años en su propio mundo, alza la mano. Con una delicadeza infinita, sus dedos rozan el borde del moretón, una caricia tan leve como el aleteo de un pájaro. Siempre ha querido hacer eso, acercarse, tocar la evidencia del dolor y ofrecer consuelo, pero siempre ha temido el rechazo, la pared de hielo. Aquí, ahora, lo hace. Y Bruce no se aparta. No retrocede. Permanece quieto, sus ojos grises fijos en los de Clark, permitiendo el contacto brevísimo pero monumental.

Por un instante breve, vertiginoso e inesperado, este mundo extraño y hostil se siente un poco menos ajeno. Como si en el mapa torcido del multiverso, hubieran encontrado, no un punto de fuga, sino un punto de contacto.

***

Cuando regresan de la gala, el tiempo parece suspendido en ese pasillo que separa sus habitaciones. El bullicio del evento ha quedado atrás, ahogado por el espesor de la alfombra y el vacío de la torre. Bruce se detiene frente a la puerta de su suite, un segundo de más, un latido de hesitación. Queda de perfil, recortado contra la inmensidad del ventanal, la ciudad extendiéndose infinita e indiferente. Clark lo observa en silencio, sintiendo el peso de la quietud.

Bruce gira lentamente, y sus ojos grises, se clavan en los de Clark. No dice nada. No hace falta. Solo se da la vuelta y comienza a caminar, despacio, con una deliberación que es una pregunta en sí misma. Mira por encima del hombro, una fugaz invitación, reafirmándola. Clark entiende sin palabras y lo sigue, sus pasos resonando suaves en el corredor.

La puerta de la habitación se cierra tras ellos.

La luz tenue de una lámpara de mesa baña la estancia en tonos cálidos. Clark se acerca primero, su olfato se afina, buscando, explorando el territorio desconocido del otro. Bruce lo permite: se queda quieto, ofreciendo el espacio, permitiendo que Clark se acerque, ladeando su cuello.

Clark percibe el temblor apenas perceptible en las manos de Bruce, e intenta imaginar cómo serían sus feromonas, esa esencia única que en su mundo también en nulo. Aun así, hay algo cálido en el aire entre ellos, algo que lo atrae sin la urgencia salvaje del instinto, sin prisa, como una marea lenta que finalmente llega a la orilla.

El primer beso es apenas un roce, un contacto de labios tan breve como el aleteo de una polilla contra una bombilla. Luego otro. Y otro más. Cada uno es un poco menos contenido que el anterior, un poco más seguro, como si estuvieran negociando los términos de un idioma nuevo, uno compuesto de suspiros compartidos y el calor de la piel. Sin darse cuenta, sin planearlo, avanzan, retroceden, hasta que el borde de la cama encuentra sus piernas.

Se mueven entonces como una sola entidad, una coreografía instintiva donde la fuerza de Clark se doblega a la delicadeza, donde la resistencia de Bruce se funde en entrega. Clark memorizará cada detalle de ese momento: el sonido suave, casi quebrado, de Bruce al exhalar contra su cuello; el calor firme y vivo de su cuerpo bajo el suyo; la forma en que sus dedos se aferran a sus hombros, cómo sus paredes se abren para recibirlo. Esa calidez embriagadora que lo sofoca.

Cómo un gemido ahogado se escapa de los labios de Bruce y se esconde contra su hombro, un sonido de vulnerabilidad tan pura que le parte el pecho. Cómo Bruce lo envuelve con sus piernas, un abrazo completo, desesperado y afirmativo a la vez.

Clark lo anuda, un gesto instintivo de posesión y protección. Nunca había anudado a un Beta de esta manera, pero Bruce lo acoge.

Ahí se quedan, enlazados, respirando al unísono mientras la noche de Gótica continúa su danza indiferente más allá del cristal. Y por primera vez desde que fue arrancado de su realidad, desde que aterrizó, Clark siente, que podría pertenecer a un lugar.

***

El tiempo avanza, pero los días en la torre no cambian demasiado. Clark intenta mantener un perfil bajo, aunque cada vez le cuesta más contenerse; el impulso de ayudar, de actuar. Aun así, canaliza esa energía en apoyar a Bruce en lo que puede, por pequeño que sea en sus veladas. Ayuda a Alfred con tareas, organiza archivos en la cueva, incluso se hace cargo de las pocas labores domésticas que se han ido instalando en la torre como una rutina. Es un mundo que, poco a poco, ha dejado de sentirse lejano.

Descubre, que adora abrazar al beta apenas llega de sus largas y solitarias rondas nocturnas. Adora amanecer con él, los primeros rayos del sol filtrándose por las cortinas e iluminando el perfil sereno a su lado. Adora mirarlo cuando Bruce no se da cuenta, observando la concentración que frunce su ceño, la manera en que sus dedos navegan por teclados holográficos. Y, sobre todo, adora el gesto pequeño que se ha vuelto costumbre: acomodarle el mechón rebelde de cabello negro detrás de la oreja, un toque fugaz que Bruce no esquiva, sino que a veces, incluso, inclina levemente la cabeza hacia él.

Los avances en la investigación del portal son evidentes. Las pantallas de la cueva muestran progresos, algoritmos complejos que se resuelven, firmas energéticas que comienzan a coincidir. Pero Clark no habla de ello.

Hasta que un día, lo sorprende así: Bruce está de pie frente al banco principal de monitores, inmóvil, sin parpadear, perdido en un mar de ecuaciones y proyecciones de portales dimensionales. Clark se acerca en silencio, sin hacer ruido, y lo envuelve con sus brazos por la espalda. Apoya el mentón en su hombro, inhalando su aroma limpio y neutro. Le deja un beso suave en la nuca, y luego, llevado por un impulso profundo e instintivo, se permite lamer con delicadeza justo en el punto donde, en otros mundos, quizá, estaría una glándula omega.

Bruce se estremece.

—Hay avances —dice el beta al fin, su voz un susurro ronco que casi se pierde en el zumbido de las máquinas—. He logrado estabilizar el modelo de la firma cuántica. Podré abrir un portal de retorno. Solo necesito… estar seguro de que es estable. De que no colapsará contigo dentro.

Clark se detiene. Deja de besarle y lamerle el cuello. El sabor de la piel de Bruce aún en sus labios se mezcla con la amarga verdad de las palabras. Asiente despacio, la frente aún apoyada en el hombro del otro.

Un “gracias” diminuto, casi ahogado, se le escapa de sus labios.

El silencio que se instala entre ellos entonces es denso, pesado, saturado de todo lo que no han dicho, de todo lo que este momento representa: el principio del fin.

Clark lo toma suavemente del brazo. Bruce no se resiste. No hay fuerza en ese gesto, solo una guía. Lo deja llevarse. Suben a la habitación. Clark se tiende sobre él en la cama, sabe, con una claridad que le corta la respiración, que cualquier momento como este podría ser el último. Y también sabe, en lo más profundo de su ser, que no puede quedarse.

Su mundo lo espera. Sus padres, Jonathan y Martha. Sus amigos. La Liga…

Y su Bruce.

Agh.

—No sé si… realmente me están esperando —musita Clark en voz baja, cuando su nudo se deshace y abandona el cuerpo cálido del beta, y un estremecimiento de pérdida lo sacude.

Bruce se gira entre sus brazos, de lado. Hay una resistencia breve en su movimiento, casi furiosa, desafiando la derrota en la voz de Clark.

—Tonto —dice, la palabra cargada de una emoción áspera. Se aferra a su pecho, los dedos apretando su piel. El cabello lacio y desordenado le cae sobre la frente, ocultando parcialmente esos ojos grises que ahora brillan con una intensidad desacostumbrada—. Por supuesto que te están esperando.

Clark lo envuelve con más fuerza, ahogando un gemido contra el cabello del otro. Es entonces cuando lo escucha: un sonido entrecortado que se ahoga en su pecho, que suena más a un sollozo reprimido.

***

La segunda prueba la realizan en el terreno baldío que alguna vez albergó los cimientos de la mansión Wayne, ahora solo un cementerio de piedras y hierbajos bajo un cielo plomizo. El portal artificial está allí, vibrando en el aire como una herida mal cicatrizada en la tela de la realidad.

Bruce está completamente enfundado en el traje de Batman, una silueta impasible frente a su creación. Clark, en cambio, viste ropa de civil, con las manos apretadas a los costados, los nudillos blancos. Parece un hombre a punto de enfrentar un juicio, resistiéndose al paso final con cada fibra de su ser inconsistente.

El estruendo no proviene del portal que Bruce ha construido.

Es un sonido más profundo, más orgánico, como el rasgar de un velo cósmico. Desde un punto del aire contiguo, el espacio mismo se desgarra con una luz dorada y azulada, estable, familiar. Y de ese desgarro emerge, con cautela, Mr. Terrific, su máscara T reflectante escaneando el entorno al instante. Tras él, con la gracia y firmeza de una diosa, aparece Diana, su armadura brillando incluso bajo el cielo encapotado. Y después… él.

Bruce.

Su Batman.

El traje es el gris y azul oscuro que Clark conoce al milímetro, los lentes blancos del casco ocultando los ojos que sabe leer incluso en la más absoluta penumbra. Sale del portal con una leve dificultad, como si el cruce entre dimensiones hubiera pesado sobre sus hombros de una manera física, tangible.

—¡Clark! —grita Diana, y su voz, cargada de alivio y fuerza, atraviesa a Clark como un rayo de sol tras una larga tormenta.

Clark responde al instante, un movimiento impulsivo, y de pronto los tres están ahí, reunidos en este pedazo de tierra ajena. La situación es extraña. Irreal.

Diana, Mr. Terrific y su Batman quedan parados frente al otro Batman y a Clark.

Dos murciélagos enfrentados, dos versiones de la misma oscuridad fundamental, idénticas en la silueta y opuestas en cada detalle, sosteniéndose la mirada a través de la distancia que los separa. El aire se electriza con la tensión de un espejo que se mira a sí mismo y no le gusta lo que ve.

—Cielos… funcionó —murmura Terrific, más para sí mismo, ajustando un dispositivo en su brazo.

Pero el verdadero silencio, denso y pesado como el plomo, cae cuando los dos Bruce se observan. No hay palabras, solo una evaluación mutua, instantánea y profunda, que parece medir todo.

A Clark, por un segundo fugaz, la oleada de alivio casi infantil al ver a su equipo, se convierte en una opresión en el pecho.

—El portal de nuestro lado se cerró —informa Terrific, su voz profesional cortando el hielo—. Necesito recargarlo antes de poder reabrirlo para el viaje de regreso. Unas horas, tal vez menos.

—De este lado —dice el Bruce de este mundo—. Tengo la infraestructura. Puede recargarse aquí.

Empieza a caminar, alejándose del grupo sin mirar atrás, dirigiéndose hacia su motocicleta. Da espacio a la escena, pero Clark siente su retirada como una presión que se aleja, un imán cuyo polo repentinamente se invierte.

Clark se mueve entonces. Abraza a Diana primero, quien le devuelve el gesto. Un apretón de hombros firme con Terrific. Y cuando se gira hacia su Batman, se detiene en seco. La familiaridad choca de frente con la extrañeza de este reencuentro.

—No muerdo, ¿sabes, Kent? —dice la voz distorsionada del traje, pero el tono, ese dejo seco y casi burlón, es inconfundiblemente suyo.

Clark asiente apenas, un nudo en la garganta.

El Bruce de su mundo se acerca. Se detiene justo frente a él, lo suficientemente cerca para que Clark pueda ver las imperfecciones en la armadura, el polvo dimensional en los hombros. Alza la cabeza, y Clark puede imaginar perfectamente esos ojos grises, nublados de cálculo y algo más, tras los lentes blancos.

—Se te extrañó, granjero —dice, y las palabras son ásperas, pero llevan el peso de una verdad no dicha—. A ver si la próxima vez piensas dos veces antes de lanzarte a un agujero cuántico.

Pasa a su lado entonces, y lo golpea con el hombro de manera deliberada, un gesto seco, familiar, un código entre ellos que duele por lo conocido y que es dolorosamente familiar.

Clark solo asiente, las palabras atrapadas.

Y cuando se gira, la mirada se le va inevitablemente hacia la motocicleta. Allí está el otro Batman, ya montado en la moto, pero inmóvil. Lo observa. No hay máscara que oculte completamente su expresión en la distancia: una mirada intensa, silenciosa, cargada de un entendimiento que no necesita voz.

***

Ahí, en la cueva bañada por la luz azulada de los monitores, Alfred les sirve café en tazas de porcelana fina, como si recibiera a invitados de una cena mundana y no a viajeros de realidades alternas. El gesto es de una normalidad tan absoluta que resulta surrealista.

El Bruce de este mundo, deja al descubierto el rostro que Clark ha aprendido a leer en sus noches compartidas: el maquillaje negro corrido y manchado en las cuencas de los ojos, como tatuajes de fatiga; el cabello lacio, desobediente, cayendo sobre su frente.

Clark no tiene ni idea de por qué lo hace pero su Bruce, hace lo mismo. La capucha cede, la máscara facial se retira. Los lentes blancos e impersonales desaparecen y revelan, por fin, esos ojos grises que Clark conoce demasiado bien, nublados ahora por una evaluación fría y una intensidad apenas contenida. Su cabello, un casco de azabache, permanece perfectamente ordenado hacia atrás, cada hebra en su lugar, inmóvil, como si incluso su fisiología obedeciera a una disciplina férrea.

Dos silencios distintos, uno áspero, el otro liso. Se contemplan, y la cueva parece hacerse más pequeña.

Nadie dice nada.

En las pantallas, los indicadores de las baterías del portal comienzan a subir, trazando líneas de progreso con una lentitud desesperante. El zumbido de carga llena el silencio con una cuenta regresiva tangible.

—Tardará toda la noche —dice el Bruce de este mundo al fin, rompiendo el hechizo visual. Su voz es un rumor ronco. Se gira apenas, sin mirar directamente a ninguno de los recién llegados—. Alfred, ¿puedes llevarlos a las habitaciones de huéspedes? Deben estar agotados del cruce.

Diana asiente con gracia diplomática. Mr. Terrific también, aunque sus ojos escudriñan el equipamiento de la cueva con avidez científica. Clark los mira; duda que alguno esté realmente exhausto, pero entiende que es la opción más viable, un respiro al incómodo momento.

Cuando están a punto de girarse para seguir a Alfred, Clark da un paso al frente, impulsado por un instinto que no razona.

—Yo me quedo contigo —dice, dirigiendo sus palabras al Bruce de la torre.

—No.

La voz que lo interrumpe no es la que esperaba. Y Clark siente un escalofrío por la dureza y recelo en que articula su Bruce:

—Yo me quedo.

Clark lo mira, completamente sorprendido. Abre la boca para protestar, pero las palabras no encuentran forma. Vuelve a cerrarla.

—Ponte tu traje, Kent —continúa su Bruce, y el tono es duro. Es una orden, simple y clara—. Nos vamos a casa esta noche.

Lo dice como una sentencia, un dictamen estratégico que cierra el caso.

Clark abre la boca de nuevo, una protesta muda, un conflicto bullendo en su pecho. Pero no responde. Diana, que había hecho una pausa junto al ascensor, se detiene un segundo más. Sus ojos sabios recorren a Clark, luego al Bruce de este mundo, que ha dado media vuelta hacia los monitores, como si se desentendiera, y finalmente a su Batman. Una sonrisa leve, casi imperceptible, y cargada de una comprensión milenaria, se dibuja en sus labios. Como si entendiera algo profundo, una dinámica que Clark aún no logra ordenar en su mente confusa.

—Superman… —dice Diana suavemente, y es un recordatorio, un ancla a su identidad, a su deber. Suficiente para que Clark decida unirse a ellos en el ascensor.

***

—Bruce está muy enojado —dice Diana en voz baja, sin rodeos, mientras Alfred les indica el camino a las habitaciones. Sus palabras no son un reproche, sino una constatación, un dato para navegar la tormenta que se avecina.

—Lo he notado —responde Clark, y el subtexto pesa más que las dos palabras.

Terrific lo observa.

—Este universo… ¿Realmente no hay actividad metahumana registrada?

Clark duda un segundo.

—No estoy seguro de si no los hay, o si simplemente se esconden mejor —admite finalmente.

Pero antes de que pueda decir algo más, un ruido seco y contundente resuena desde los niveles inferiores de la cueva. Un golpe sordo, como de un cuerpo contra metal o concreto. Luego, otro. Y voces. No son altas, pero están tensas, cortantes y cargadas.

Las reconoce de inmediato. Con su oído, no es que estuviera pendiente; la verdad es que no quería saber de qué hablaban, prefería ignorar el inevitable enfrentamiento entre esos dos titanes de voluntad. Pero esos sonidos son imposibles de ignorar.

Baja de nuevo sin explicar a los demás.

En la cueva hay herramientas esparcidas cerca de la consola central, como si un brazo las hubiera barrido en un arranque. Una silla de trabajo yace volcada de lado. En el centro, el Bruce de este mundo está de pie, rígido como una estatua, con un hilo de sangre escabulléndose desde su nariz hacia el labio superior. Y hay una aceptación estoica, casi desafiante, en su postura.

El otro Bruce, su Bruce, impecable, pulcro, se aparta unos pasos del epicentro del conflicto. Se sacude el puño. Se acerca a Clark, quien acaba de entrar, y se detiene frente a él.

—Dejo que te despidas —dice, su voz es un susurro grave que no disimula su cabreo—. Nos vamos a casa hoy. —Recalca la frase, y al pasar, lo golpea con el hombro, un impacto seco que esta vez se siente como un sello, un punto final. Se da la vuelta y sube por la rampa hacia los niveles superiores sin mirar atrás.

Clark se queda un segundo paralizado, luego se acerca frente al Bruce de este mundo. Con un extremo de su propia manga, con delicadeza, le limpia la sangre de la nariz y el labio.

—¿Qué pasó? —pregunta, su voz apenas un susurro.

—Nada —responde Bruce, su tono plano, los ojos fijos en un punto distante más allá de Clark.

—¿Cómo que nada?

Una mueca extraña, un destello de humor negro y amargo, tuerce por un instante la boca de Bruce.

—Solo lo hice enojar.

Clark cierra los ojos por un segundo, suspira de forma audible.

—Es hora de que te vayas. —dice Bruce al fin, su voz recuperando su tono práctico.

Pasa a su lado, dirigiéndose hacia la consola para iniciar la secuencia, pero Clark lo detiene con suavidad, su mano en el brazo del otro. El contacto hace que Bruce se detenga en seco, aunque no se vuelve.

—Ambos sabíamos que esto era temporal —dice Bruce, esquivando su mirada.

Clark aprieta la mandíbula, un músculo saltando en su mejilla. Asiente, una vez, brusco.

—Lo lamento —murmura, y se disculpa por todo: por haber llegado, por haber perturbado su mundo, por tener que irse.

—Yo no —responde Bruce de inmediato, y por fin se gira para mirarlo—. No lo lamento.

Se acerca entonces. Toma una de las manos de Clark, la que aún tiembla levemente,y que no se había dado cuenta. La posa contra su propia mandíbula, contra la línea firme de hueso y piel moreteada.

Luego inclina la cabeza y lo besa. Una caricia que sabe a sangre y a algo irremediablemente triste.

Y luego se va. Se suelta, da media vuelta y se encamina hacia la sombra de un pasillo lateral, desapareciendo en las entrañas de su guarida sin una mirada atrás.

Clark se queda ahí, plantado en el centro de la cueva iluminada por el resplandor verde del portal estabilizado. Su mano, la que acarició por última vez la piel de ese Bruce, permanece suspendida en el aire, como si aún sintiera el calor y la textura. El silencio a su alrededor es absoluto, roto solo por el zumbido electrónico del portal que ahora es una puerta abierta a casa.

***

Han pasado dos días desde que Clark regresó a su mundo. El sol brilla con la intensidad exacta que recuerda, los rascacielos de Metrópolis se alzan con la geometría familiar, el aire huele a su cielo. Todo parece normal. Demasiado normal, como una pintura perfecta donde cada pincelada está en su lugar.

Excepto por Batman. Por Bruce.

Bruce está más enojado de lo habitual. Más cerrado, más filoso, una silueta de ira contenida que se mueve como una tormenta imperturbable.

Clark sabe que esos ojos grises lo taladran cada vez que sus caminos se cruzan, una mirada cargada de una decepción y una furia que lo atraviesan. Es una distancia que duele físicamente, y Clark, en lo más hondo, sabe que quizás tiene la culpa. Por haber dudado, por haber encontrado en otro lugar un eco de lo que siempre ha querido aquí.

Suspira, el peso de la culpa y la añoranza enroscándose en su pecho.

Entra en la Sala de la Justicia.

Batman está solo. Sentado frente a la consola central, sin la máscara, el perfil duro iluminado por el resplandor azul de las pantallas. Teclea con una rapidez furiosa, cada golpe seco del teclado rebotando en el vasto espacio vacío como un latigazo. Sus hombros están levantados, tensos; la mandíbula, apretada hasta que los músculos se marcan bajo la piel.

—B… —intenta Clark, deteniéndose a unos pasos—. Bruce…

—¿De verdad te acostaste con él?

La voz es plana. Metálica. Carece por completo de inflexión, como si la pregunta fuera un dato técnico más a ingresar en el sistema.

Clark se queda estático. El aire se le congela en los pulmones.

Bruce se gira lentamente en la silla. Y ahí está: sus ojos, esos ojos grises que Clark conoce en cada sombra, están inyectados en rojo. Clark lo nota de inmediato. Y al principio, tontamente, cree que es solo por coraje.

—Es decir… —empieza Clark, torpe, las palabras atascándose— yo… no fue…

—Déjate de estupideces, Kent —lo corta Bruce, levantándose de un movimiento fluido y brusco. Su voz ahora tiene filo—. ¿Lo anudaste?

La pregunta golpea a Clark con la fuerza de un tren. Alza la mirada de golpe, sus ojos azules abiertos por el shock. No responde. No puede. Es una pregunta demasiado específica.

Bruce suelta una risa breve, seca, completamente desprovista de humor. Es el sonido de algo rompiéndose por dentro. Y con un movimiento rápido, casi violento, toma algo pequeño de un compartimento en su cinturón. Se lo lanza.

Clark lo atrapa al aire por puro reflejo.

Es un frasco de pastillas. Pequeño, de plástico blanco, sin etiqueta. Pero Clark reconoce el tipo de medicación. Bloqueadores. Supresores.

—Soy Omega, Clark —dice Bruce, y esta vez su voz no es plana, sino rota, cargada de una rabia dolorosa que estalla en el espacio entre ellos—. ¿Entiendes? ¡Omega!

Clark no dice nada. Las palabras le resbalan, incomprensibles por un segundo. Solo cierra los dedos con fuerza alrededor del frasco, los nudillos blancos, como si necesitara la presión física para comprobar que el objeto, y la revelación que trae consigo, son reales.

Bruce avanza entonces, cruzando la distancia que los separa. Clark, aún aturdido, piensa que va a golpearlo.

Pero no.

Bruce lo abraza. Con una fuerza desesperada, lo estruja contra él, los brazos rodeándolo como cadenas, como si temiera que Clark se desintegre o huya de nuevo si lo suelta siquiera un milímetro. Clark se queda ahí, inmóvil al principio, paralizado por la sorpresa y el torbellino emocional. Luego, lentamente, como despertando de un sueño, responde. Rodea al omega con sus brazos, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello.

—Es un cretino —murmura Bruce contra su pecho, la voz ahogada en la tela del traje—. Un idiota que se atrevió a tocar lo que es mío. Y tú… tú lo permitiste.

Clark no responde pero detecta el recelo. Siente cómo Bruce se estruja más contra él, como buscando fusionarse. Siente cómo la voz se le quiebra al final de la frase, traicionándolo un dolor que va más allá de los celos.

Y entonces, en medio del abrazo desesperado, Clark lo percibe. No es fuerte, está deliberadamente enmascarado, pero está ahí, escapando por los poros del estrés y la emoción extrema: un olor tenue, dulce, complejo. Entre miel silvestre y ámbar cálido, algo profundo, reconfortante, con un toque innegablemente seductor que se enrosca en sus sentidos. El aroma de un Omega. Su aroma real. El que Bruce le ha negado todos estos años.

Bruce se separa apenas, lo suficiente para tomar su rostro entre sus manos. No hay delicadeza en el gesto. Solo una necesidad urgente, primaria. Lo besa. No es un beso suave o exploratorio; es una reclamación, un sello, una forma de borrar con fuego cualquier otro sabor, cualquier otro recuerdo. Luego, como si la breve separación fuera insoportable, vuelve a enterrarse contra él, abrazándolo otra vez con la misma fuerza posesiva.

—La próxima vez —murmura, las palabras vibrantes y cortadas contra el pecho de Clark—, juro que usaré kriptonita. ¿Queda claro?

Clark cierra los ojos, apretándolos con fuerza. El frasco de pastillas aún está cerrado en su puño. El aroma de Bruce, ahora desenmascarado, se expande en el aire entre ellos. Ya no es el tenue susurro de antes; es una corriente más perceptible, más real. El instinto Omega, largo tiempo sometido bajo un control férreo de hierro y voluntad, se quiebra. No se desata con furia, sino que se desmorona, dejando al descubierto una vulnerabilidad tan cruda que a Clark se le hace un nudo en la garganta. Traga seco, casi con dolor, al detectar el abandono en esa esencia que ahora huele a algo infinitamente triste.

El frasco cae de su mano, golpeando el suelo y derramando las pastillas. Clark envuelve a Bruce en sus brazos, ofreciéndole refugio que nunca había perdido. Y siente cómo el temblor persistente que sacude el cuerpo del omega, comienza a ceder, minuto a minuto, disolviéndose en el círculo de sus brazos. Sus escensidas fundiéndose, creando una burbuja, un refugio muto, sosteniendo a la vez.

Ahí se quedan, en el centro del mundo que han construido juntos.

***

-

-

—Sé que pasó algo entre ustedes —dice ese Batman—. Conozco demasiado a Clark.

Sus perfectos ojos grises lo taladran sin parpadear, exigiendo transparencia, exigiendo la verdad completa. Bruce siente el peso de esa mirada como un juicio silencioso. No responde de inmediato. En lugar de hablar, alza la mano. Con una lentitud deliberada, se aparta un mechón lacio de cabello, llevándolo detrás de su oreja.

Su otro yo bufa, un sonido seco de desprecio y comprensión instantánea.

—¿Sabes qué pensaba él —dice, la voz ahora cargada de veneno—, cuando estaba contigo? Pensaba en mí.

Bruce siente un frío glacial recorrerle la espalda. Resopla, un sonido irónico y una sonrisa amarga se le escapa.

—¿Y sabes que ahora va a pensar en mí —dice avanzando un paso—, si algún día llega a estar contigo?

El golpe llega sin aviso. No es un puñetazo de pelea, es una explosión de rabia pura, frustración y dolor acumulado. Seco. Duro.

No cae. No retrocede. Su cuerpo absorbe el golpe aceptando la violencia.

Quizá lo merece.

Quizá no.

Pero no importa. No levanta la mano para devolver el golpe. Ni siquiera la levanta para detener la sangre.

***

-

-

Bruce jadea, el aire saliendo de sus pulmones en ráfagas cortas. El cansancio no es solo físico; es una pesadumbre que se hunde en los huesos. Está tendido sobre su cama, el cabello lacio se le pega a la frente y las sienes, húmedo por el esfuerzo.

Entonces lo escucha.

Un chillido agudo, diminuto, pero terriblemente insistente. Un sonido que perfora la niebla de su fatiga y encuentra un camino directo a un instinto que no sabía que poseía con tal fuerza.

—Alfred… —logra articular, su voz ronca, la boca seca.

—Aquí está —responde la voz serena del mayor, ya a su lado. En sus brazos, envuelto en una manta de lino, trae el motivo de aquel llanto.

Bruce extiende los brazos, un movimiento torpe al principio, luego con urgencia. Alfred deposita con extremo cuidado el pequeño bulto en su pecho. Bruce lo acerca, los músculos de sus brazos temblando.

Hunde la nariz en la suave manta, cerca de la diminuta cabeza. Y olfatea.

El olor lo invade. Es nuevo. Es tibio, es dulce.

Es hermoso.

Con una mano aparta un borde de la manta. El pelaje es negro como el ébano a medianoche, suave como el terciopelo más fino. Y esa tez bronceada, rosada en algunas partes. No necesita ver sus ojos aún cerrados para saber de qué color serán. Los imagina: azulados, heredando el cielo de alguien más.

Se acuesta de lado en la cama, con un cuidado. Se curva alrededor del pequeño recién nacido, formando un arco protector con su propio cuerpo. El cachorro, su cachorro, se acomoda al instante, en un movimiento instintivo, buscando calor, y deja de llorar en un suspiro diminuto cuando es arrullado.

—Jonathan —susurra Bruce.

La palabra sale temblando, rozando sus labios secos.

Lo aprieta más contra sí.

Un pedacito de sol.

Lo único que le quedó.