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Got my heart (Made up on you)

Summary:

Lautaro y Manuel se separaron hace unas semanas.

Ambos hacen de todo para superar su relación y seguir adelante.

Claramente, no lo consiguen.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Making the bed

Chapter Text

Lautaro y Manuel se pusieron de novios un 14 de febrero de 2022. Manuel compró orquídeas (las flores favoritas de Lautaro), reservó una cena en un restaurante carisimo y exclusivo de Puerto Madero y llevó a su chico a una cita para finalmente pedirle lo que tanto deseaba: Ser suyo. Lautaro aceptó, enamorado y encantado con toda la atención.

Eran jóvenes, y tenían mucho por vivir. Pero con apenas 18 años, ya sabían que eran el uno para el otro. Noches enteras en la terraza de los padres de Manuel en dónde hablaban sobre casarse, adoptar uno o dos niños, mudarse a una casa preciosa... eran la pareja perfecta. La envidia de todos. Hermosos, talentosos, con todo un futuro juntos por delante.

Fueron los tres mejores años de sus vidas. Junto a su amigo Santiago, empezaron a dedicarse al streaming. Y les cambió la vida. Las camaras los seguían a dónde sea que vayan, eran la pareja del momento. A sus 20 años, los 3 jóvenes estaban en la cima. Y lo más importante, Lautaro y Manuel estaban en el mejor momento de su relación. Salían juntos todos los días en citas esporádicas y románticas, tenían sexo cuando quisieran y en donde quisieran (porque sí, se habían mudado juntos) y se amaban incondicionalmente. No miraban a nadie más, no había nadie más que ellos el corazón del otro.

Lautaro y Manuel se pusieron de novios un 14 de febrero de 2022.

Todo se va a la mierda un 14 de febrero de 2025. 

 

El inicio del final empieza con un stream que habían planeado hace mucho. La invitada de honor es la mismísima Yanina Latorre, periodista reconocida en los medios. Los tres estaban nerviosos, pero contentos porque sabían que iban a levantar muchos números esa noche.

- Mi amor, ¿Compraste el vino? No sé que le gusta a Yani, pero seguro toma cualquier cosa cara. - Dice Manuel, mientras acomoda todo para poder iniciar el stream.

- Ay, no Manu. Se me olvidó, perdón. Hoy estuve todo el día con Santi, subimos a tomar sol. - Al escuchar la respuesta de su novio, Manuel aprieta los labios para no soltar alguna puteada.

El pelinegro no es una persona de poca paciencia; por dios, está de novio con la persona más caprichosa del país. Pero la puta madre, le molesta mucho tener que encargarse de absolutamente todo para los streams. Es una situación constante que se repite una y otra vez. No quiere gritarle a su novio, pero le gustaría un poco de consideración de vez en cuando. 

- Lautaro. No jodas, enserio, es lo único que te pedí. ¿Podés pedirlo ahora, al menos? Te doy mi celu, fíjate en Rappi. - Apoya su celular en el escritorio, y se dá la vuelta para buscar un par de cables que faltan en el monitor.

Lautaro tensa la mandíbula, pero alcanza el celular para pedir el puto vino. Le jode cuando el otro le habla así, como si fuera un boludo. Le dan ganas de no hacer un carajo, de irse a su cuarto y largarse a llorar. Pero sabe que es mejor no discutir con él. Respira profundo, cuenta hasta 3 y hace el pedido.

El stream transcurre con normalidad. Es gracioso, innovador, y lo más importante es que tienen muchísimos viewers. 

Pero la molestía está ahí. Es sorprendente como algo tan pequeño, puede escalar hasta algo tan grande.

La molestia está ahí, y no se va a ir hasta destruir todo.

 

Pasan dos semanas desde el stream con Yanina, y los cruces entre la parejita son cada vez más frecuentes. Santiago les quiere tirar una silla por la cabeza, a los dos.

- Insólito. No se puede ni vivir en esta casa, todo el día a los gritos, viejo. Paren un poco, aflojen. - Intenta calmar la situación.

La discusión de ese día ocurre por una boludez. Lautaro se quedó dormido, y no llegó a acompañar a su novio al entrenamiento de boxeo. El rubio piensa que no es algo grave, a Manu no le sirve de nada que esté él ahí. No es de utilidad, lo único que hace es estorbar. Pero para Manuel si es importante, necesita saber que tiene el apoyo de la persona más importante en su vida.

- ¿No podés ponerte una alarma y acompañarme? Te quería ahí, Lautaro. No te hincharia con que me acompañes si no fuera importante para mí. - Le dice Manuel, alzando la voz.

- Ya te pedí perdón, Manuel. No sé que querés que te diga. No es para tanto.

Esa frase.

No es para tanto.

Manuel cambia la expresión. Listo. A Lautaro le chupa un huevo. Algo tan fundamental para el, su pelea, la oportunidad de probar que puede ser un ganador, no significa nada para su novio. Un destello de comprensión pasa por sus ojos, y asiente una vez. Sin dedicarle otra mirada al rubio, gira sobre sus talones y se encierra en su habitación.

Lautaro se queda solo, Santi los dejó discutiendo hace mucho tiempo, sin querer meterse de más. Hace semanas que el menor sobre piensa las cosas. Ama a su novio, eso nunca va a cambiar. Pero últimamente se siente insuficiente. Con la fama adquirida, a Manuel se le tiran muchas chicas en todos los lugares a los que vá. Chicas hermosas, que tienen cualidades envidiables. Él no es así, no es tan lindo, ni tan sociable, ni tan..nada. Se siente muy poca cosa al lado de ellas. Y no sabe que hacer con eso. La culpa lo invade: ¿Se sentirá Manuel atado a él? ¿Lo quiere dejar, pero no lo hace por lástima?

El rubio entra en una espiral de pensamientos autodestructivos. Se detesta, se odia a si mismo. Le está cagando la vida a su novio, manteniéndolo al lado suyo. Y con eso en mente, justo un día antes de su tercer aniversario, toma la decisión.

Tiene que liberar a Manuel.

 

El pelinegro se arrepiente rápidamente de lo que dijo en la discusión. No quería hacer sentir mal a su amor, no fué su intención. Estaba muy cansado, era normal que se quede dormido. Tuvo un mes muy intenso, necesita descansar. 

Con eso en mente, Manuel se enfoca en preparar la mejor cita de su relación. Consigue una mesa de último momento en el restaurante de parrilla favorito de su novio, un ramo gigante de orquídeas y un violinista. Le va a pedir perdón a lo grande, quiere que se reconcilien. Necesita hacerle saber a su novio que es la persona que más ama en el mundo sin importar la cantidad de veces que discutan.

Llegan al restaurante y se ubican en la mesa. El viaje fue un poco raro. El ambiente se sentía nostálgico, diferente. Manuel no sabe reconocer que es lo que está mal, pero lo percibe. El semblante de Lautaro es sombrío, como si estuviera presente pero a la vez no.

Quizás sigue enojado por la discusión de ayer, piensa Manuel.

- Estoy muy feliz de cumplir 3 años con vos, mi amor. Te amo cada día más bebé, sos tan perfecto. - El mayor estira su mano para alcanzar la de su novio, mucho más pequeña que la suya. Está, cálida, suave, está... ¿temblorosa?. A Manuel se le encienden todas las alarmas, su novio nunca está tan nervioso en ninguna de sus citas. Algo está mal, no encaja.

Lautaro no quiere mirarlo a los ojos. No quiere, pero sabe que debe hacerlo. Alguien como él no se merece a alguien tan increíble como Manuel. El está para mucho más, para estar con otra persona que si pueda seguirle el ritmo. Decide dejar de ser egoísta, dejar de querer atar a Manu el a su lado, y alza la mirada. 

-Manu, te tengo que decir algo. Ya sé que me vas a querer decir que no, pero es una decisión tomada. 

Manuel se congela. Sabe perfectamente lo que significa ese tono de voz, esas palabras. Pero no lo quiere aceptar, no lo puede procesar o entender.

El amor de su vida, su ángel, la luz de sus ojos ¿Está intentando dejarlo? No. Tiene que ser mentira, un error. Debe ser otra cosa, y está interpretando mal las señales.

- Yo...no creo que tengamos que seguir. No sé, no da más. Estamos mejor como amigos.

A Lautaro nunca nada en la vida le costó tanto como dejar salir esas palabras. Mentira, eran mentiras. Él no quería ser solo amigos. Pero se sentía una mala persona reteniendo a Manuel a su lado.

Al pelinegro se le cae el mundo a los pies. Abre la boca, la cierra y la vuelve a abrir. No salen las palabras, no sabe que decir. Quiere gritar, pegarle a algo, sacudir a Lauti hasta que reaccione. ¿Qué locuras decía? ¿Ser amigos? Era imposible, era inviable. Manuel no podía vivir en un mundo en el cual Lautaro no fuera suyo, suyo para tocar, mimar y complacer. Pero vé la determina en sus ojos, y lo conoce como a nadie. Lautaro no va a cambiar de opinión, no importa qué tanto llore o ruegue Manuel. Y entonces lo acepta: En contra de su voluntad, sintiendo que se le rompe el corazón, pero lo hace. Porque la alternativa es insistirle y que Lautaro termine de alejarse para siempre. Y ahí si se va a morir, porque necesita estar cerca del rubio, aunque sea como amigos.

Pero tiene una última petición. Lautaro no puede negarle eso, no después de arrancarle el alma.

- Dejame tenerte una última vez, Lauti. Solo eso te pido, porfavor. Dejame sentirte una última vez antes de que dejes de ser mío, mi amor. - Le dice, con la voz quebrada pero segura.

Lautaro no se puede negar.

 

El viaje hasta el departamento transcurre en completo silencio, lleno de una tristeza intensa por parte de ambos. Lautaro piensa que es lo mejor, que le está haciendo un favor a Manuel que todavía no entiende, pero con el tiempo entenderá. Manuel piensa que es el peor error de sus vidas, pero no lo dice en voz alta. No quiere decir nada que pueda provocar que el menor desaparezca por completo de su vida.

Ingresan al departamento y se miran con miles de recuerdos en sus ojos, ecos de su amor, que se les está escapando entre los dedos. El primero en acercarse es Manuel, que toma a Lautaro suavemente de la cara y lo besa, lo besa como nunca antes. Chupa sus labios, traza con su lengua el interior de su boca. Quiere memorizarlo para acordarse de esa sensación para siempre, si es que es la última vez.

Lo toma por la cintura, despacio, cuidadoso. Pero el agarre se torna posesivo, demandante. Se lo quiere comer vivo, arruinarlo para todos los hijos de puta que vengan después de él. Quiere que Lautaro se acuerde de él, de su toque y de su pija cada vez que esté con otro.

Se separa del rubio y camina hacia atrás hasta caer en el sillón, arrastrando al más pequeño hacia su regazo. Posiciona sus manos en las caderas de Lautaro y frota su verga con el culo de su novio.

Ex novio, se recuerda.

Que bronca, la puta madre.

Lo mueve de adelante hacia atrás con fuerza, haciéndolo gemir ruidosamente por la fricción. Sus boxers ya están mojados por el líquido preseminal, y las manos de ambos vagan por el cuerpo del otro, desesperados por marcarse mutuamente.

Manuel mete su mano dentro de los pantalones del menor, y poco a poco empieza a acariciarlo. Conoce de memoria los movimientos exactos para hacerlo retorcerse, las velocidades para hacerlo llegar al límite. Pero no quiere apresurarse, quiere que su última vez dure para siempre. Retira sus dedos del pene del rubio, y los sube a la boca ajena.

- Chupá, mi amor. Dejalos bien mojados o te los meto secos, me chupa un huevo si te duele. - Manuel está enojado, despechado. Su vida entera lo acaba de dejar en la cita que planeó con mucho esfuerzo, como si su relación de años no significara nada. Si Lautaro no le va a permitir tocarlo más, Manuel lo va a castigar de alguna manera.

El más bajo obedece, y humedece los dedos ofrecidos con su lengua. Cuando se asegura de que están lo suficientemente mojados, Manuel los retira de su boca y los dirige directamente a su culo. Empieza con un dedo, y luego dos, motivado por los gemidos y el movimiento de caderas del menor.

- No te voy a preparar mucho. Y te la voy a meter así, sin forro. Te llegas a quejar y te juro que me voy y te dejo así, solito y mojadito - Manuel cumple su palabra, y luego de un par de caricias a su propia pija penetra al menor de una sola estocada. 

Lautaro siente el dolor mezclado con placer al que está tan acostumbrado. Manuel empieza a mover lentamente sus caderas de arriba a abajo, en movimientos suaves, esperando a que su rubio se adapte. Pasan dos minutos hasta que sabe que está listo.

Manuel pierde la delicadeza y empieza a cogérselo enserio. Lo agarra por las caderas y lo obliga a estrellarse una y otra vez contra su pija, sin darle tiempo para respirar. Lautaro no puede hacer nada más que gemir sin control aceptando las embestidas del pelinegro, que maneja su cuerpo a su antojo.

- ¿Quién te va a coger como yo, bebé? ¿Me vas a dejar y te vas a ir con otro después de haber sido mío? Vos llegas a dejar que algún pelotudo te haga lo que yo te hago y te hago mierda, Lautaro. - Solo de pensar el escenario que él mismo inventó, en el que Lautaro se va con otro, le invade la rabia. Por eso comienza a chupar el cuello del menor, dolorosamente, para dejar marcas ahí. No quiere que nadie más lo tenga, que nadie más que él lo vea así, destruido y rebotando en su pija.

Pero sabe que no lo va a poder evitar. Lautaro es libre, ya no son nada.

Solo le queda aprovechar cada momento de esa noche.

El rubio no puede pensar en nada mientras salta sobre la verga de su novio, sólo en que no quiere que este momento termine nunca. No va a encontrar a nadie como Manuel, que sabe exactamente lo que le gusta y cómo le gusta. Es la única persona con la que habías estado, no conoce nada más que el sexo con el pelinegro, y no le interesa conocer otra cosa. Es una lástima que ya no va a ser suyo.

Los dos se pierden en el momento y en la intensidad de la situación, y no toma mucho tiempo para que los muslos de Lautaro comiencen a temblar. Manuel siente como aprieta sus paredes y succiona su pija, y sabe que está por acabar.

- ¿Tan rápido, mi amor? ¿Qué pasa? ¿Te cogí tan bien que no pudiste aguantar?. - Le sonríe con arrogancia, y le pega un cachetazo en el culo que resuena húmedo en el living.

- Ah! - El más pequeño suelta un chillido por el golpe. - Manu. No más, no puedo más. - Tiene lágrimas en los ojitos y le tiembla todo el cuerpo por el esfuerzo.

- Ya está Lau. Dejalo ir, yo te sostengo. - Esa frase es suficiente para que Lautaro se permita venirse, entre fuertes gemidos y temblores.

Ante la vista de su chico con las mejillas rojas y la cara deformada del placer, a Manuel no le toma mucho tiempo seguirlo. Las estocadas se vuelven erráticas, descontroladas, mientras el rubio está completamente entregado, dejándose hacer por el hombre debajo suyo. Manuel impulsa todavía más las caderas de Lautaro hacia abajo, presionándose en lo más profundo de su culo, y se deja ir con un fuerte gruñido.

El semen se escapa del culo de Lautaro, que apoya su cabecita en el hombro de Manuel.

- Que hermoso que sos, mi amor. Descansá, fuiste muy bueno. Lo hiciste muy bien para mí, te amo. - Manuel agarra su cuello para sacarlo de su escondite, y le planta un beso suave, largo. Intenta transmitirle todo lo que siente, todo su dolor. A ambos se le llenan los ojos de lágrimas: es un beso que sabe a despedida, y lo saben.

Manuel y Lautaro respiran y existen juntos, en ese sillón, en ese departamento que era solo suyo. Enredados, amándose y extrañándose a pesar de estar literalmente encima del otro. 

Es la última vez que están así en mucho, mucho tiempo.