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El set de grabación era un ambiente agitado; había momentos en los que la luz de los reflectores te encandilaba, y las voces de los técnicos y el director eran igual de abrumadoras. No era una vida fácil a la que acostumbrarse; el joven actor Lautaro Moschini aún no se adaptaba a este mundillo.
Pero, de alguna forma, terminó aquí.
En el set de grabación de una película con mucho impacto cultural. Película que prácticamente sería su debut actoral (o, por lo menos, en grandes producciones).
En estos momentos su mente viaja al instante en el que se le acercó un productor en una cafetería de Los Ángeles.
Lautaro era el barista.
—Oye, muchacho, dame un iced americano bien cargado, venti —dijo el hombre distraído, sin siquiera dirigirle la mirada. Tenía un porte elegante, vestido de traje y gafas oscuras; su pelo corto, teñido por algunas canas—. Te dije que no quiero excusas.
Lautaro miró sobre su hombro, alarmado, solo para notar que el hombre hablaba por teléfono. El rubio regresó a hacer el pedido de café.
—No, ese idiota de James Olsen no sirve, hay que buscar a alguien más. Los de la producción son unos descerebrados; dije muy claro que hay que buscar personas con rasgos griegos.
Lautaro se devolvió al mostrador para entregarle el café al hombre, quien levantó brevemente la mirada para darle un sorbo y asentir. La mirada del hombre encontró al barista y, de pronto, se volvió demasiado intensa como para que Lautaro pudiera sostenerla. De repente se sintió como una presa, y justo delante de él tenía a un depredador acechándolo.
—Te tengo que cortar, Margaret. —El hombre guardó su celular en su bolsillo—. Lautaro… —leyó en su tag—. ¿De dónde es ese nombre, chico?
—Es de América del Sur, señor.
—¿Sudamérica? ¿Hablás español? —preguntó el hombre, a lo que Lautaro asintió.
El hombre lo estudió con la mirada de pies a cabeza. El joven rubio se resistió a cubrirse el cuerpo con las manos bajo la mirada del hombre de traje.
—Tienes unas facciones muy interesantes, y tu contextura es perfecta —el mayor lo medía con la mirada, con un gesto contemplativo—. ¿Has tenido alguna experiencia actuando?
—Solo en algún par de anuncios comerciales, señor —el joven comenzó a presentir a dónde llevaba la conversación.
El mayor asintió, dando por terminado su análisis del físico de Lautaro, y le entregó una tarjeta de presentación.
—Mi nombre es Garret Joseph. Estoy produciendo una adaptación de La canción de Aquiles. Estoy interesado en ofrecerte una audición para interpretar a Aquiles de joven.
Lautaro se sorprendió. ¿Aquiles? ¿Como en la guerra de Troya? ¿El papel protagónico? Pensó, arrebatado.
Aturdido, el joven barista tomó la tarjeta de presentación entre sus dedos, con los ojos bien abiertos.
—El otro muchacho coprotagonista es argentino, quizás podría funcionar mejor para su química —dijo el hombre, Garret—. Si estás interesado, podés ir mañana a la audición. Tu cara es perfecta para el papel, eso te lo aseguro. Que tengas buena suerte. Adiós.
El mayor dejó unos billetes en el mostrador y se alejó con su café en la mano.
Lautaro parpadeó un par de veces; incluso se pellizcó el brazo para asegurarse de que no estaba soñando.
—La concha de tu hermana —murmuró.
———
Así que ahí estaba la joven promesa —como lo llamaba el director de la película —. Lautaro estaba en su camarín, estudiando sus diálogos, hasta que alguien golpeó su puerta.
—Adelante —dijo el rubio, reposando el guion en la mesita de centro.
La puerta se abrió y de ella emergió su coprotagonista, Manuel Merlo, interpretando a Patroclo. El muchacho era agradable, quizás un poco desorganizado y distraído, pero realmente sabía actuar muy bien.
—Lau, te traje un cafecito, tomá —dijo el morocho.
Manuel era de las únicas personas en el set que podía hablar español fluidamente; sumándole que era un chabón atento y servicial, hacía sentir a Lautaro mucho más cómodo en este entorno tan hostil.
—Gracias, Manu, sos el mejor —respondió el rubio, tomando el café con ambas manos y dándole un sorbo—. Mmm… —tarareó satisfecho. Era un latte con dulce de leche, su favorito.
Manuel sonrió, contento de haber acertado con los gustos del menor.
—De nada, che. Me preguntaba si te gustaría ir a cenar conmigo a la noche.
Lautaro tomó el guion de vuelta mientras bebía su café con la otra mano.
—Claro, Manu, solo tengo que terminar de repasar mis diálogos y estamos —respondió distraídamente.
El ojiverde miró el reloj de la pared y dijo:
—Pero, Lauti, el rodaje ya terminó por hoy. ¿No deberías darte un pequeño descanso?
Manuel hizo un puchero.
—¿Bueno, y vos no tenés cosas que hacer o qué? —dijo Lautaro con una sonrisa traviesa—. Con razón luego se te olvidan las líneas.
—Pará, no seas malo —el morocho se dejó caer a su lado sobre el sofá—. Para que vos sepas, hay muchos actores que trabajan mejor improvisando.
—Ajá —dijo el rubio, secamente—. Bueno, pues a mí no me sale improvisar; por eso tengo que memorizarme esta garcha o, si no, me quedo sin laburo.
—¿Qué te van a quitar el laburo a vos, si sos la estrella del show? Qué dramático que sos, Lautaro.
—Y no sé… Hoy grabamos la escena de la cabaña y siento que a Garret no le gustó nada —dijo el rubio, largando un suspiro.
—Pero porque tenés que soltarte, boludo, estás muy tenso.
—Ya sé. Mirá, ya estoy asumido en que es una película homosexual, pero aún no me siento del todo cómodo actuando escenas tan íntimas con otro chabón —dijo Lautaro, señalándolo.
—Yo tampoco soy gay, Lautaro, pero tenés que dejarte fluir un poco. A todos los grandes actores les ha tocado un papel medio trolazo: DiCaprio, Ethan Hawke, Jake Gyllenhaal. Y así la lista continúa.
Lautaro de repente se sintió bajoneado por su falta de experiencia y se tapó la cara con ambas manos, frustrado.
—Diooos, y todavía te tengo que chapar… no sé cómo lo voy a hacer.
Una foco se encendió sobre Manuel y se levantó de golpe, sobresaltando al rubio.
—¡Ya sé! Mirá, hoy te vas a convertir en un actor de método.
Lautaro se le quedó mirando, perdido.
—Es cuando personificás un rol en tu vida cotidiana. Es simple, yo te ayudaré.
—¿Y qué conllevaría esto de “personificar un rol”? —Lautaro hizo comillas con los dedos.
—Vos y yo vamos a fingir estar enamorados en la cena de esta noche. ¿Qué opinás?
—Pará, ¿querés mostrarte en público así?
Manuel se encogió de hombros.
—Iremos a un restaurante bastante privado, no creo que haya riesgos ahí.
Lautaro lo consideró por dos largos minutos, intentando decidir si era una buena idea o no.
—Entiendo que el plan es conseguir que me sienta más cómodo siendo romántico con vos, o sea, otros varones —se corrigió—. Pero ¿no creés que es muy extremo?
—Es actuación de método, así funciona —dijo simplemente.
—Está bien… acepto —dijo el rubio, mordisqueándose las uñas—. Pero si esto se llega a salir de control, es totalmente tu culpa, ¿escuchaste?
Manuel estaba eufórico.
———
A la noche, Lautaro estaba terminando de arreglarse para la cena. Vestía un traje azul marino y una camisa blanca.
—No puedo creer que esta sea mi vida ahora… —dijo el rubio distraídamente mientras se miraba al espejo. Se veía muy diferente a como se veía hace unos meses.
De pronto, el citófono se encendió en la entrada del departamento.
—Señor, el joven Merlo está esperándolo afuera —la voz del portero resonó desde el aparato.
—Voy en camino, Fred, gracias —respondió Lautaro.
Se acomodó el cabello por última vez antes de abandonar su casa.
Ya en la calle, Manuel lo esperaba con su flamante BMW color negro. Estaba inclinado contra la puerta del pasajero y sonrió ampliamente al ver al rubio salir del edificio.
—Epaa, qué bombón que sos, mi amor —dijo el morocho, tomando una de sus manos y plantándole un beso.
Lautaro se sonrojó intensamente por la muestra de afecto del ojiverde.
—Pará, bobo, hay un montón de gente acá. ¿Querés salir en todos los titulares o qué?
Manuel se encogió de hombros, restándole importancia, y le abrió la puerta, indicándole que entrara.
Lautaro obedeció, entrando al auto. Se veía igual de pulcro por dentro como por fuera. El morocho cerró la puerta detrás de él y rodeó el vehículo para tomar el volante.
—Espero que te guste la comida italiana, bebote —dijo una vez puso en marcha el auto—. Supuse que tendrías familiares italianos por tu apellido.
—Sip, familia paterna toda de Europa, un revoltijo bárbaro.
—Me alegro. Che, ¿seguro que estás cómodo con todo esto? —dijo el ojiverde con tono inseguro.
—De eso se trata, Manu. Tengo que sentirme más cómodo alrededor tuyo —respondió Lautaro.
—¿O sea que está bien si te tomo la mano?
Dicho esto, acto seguido tomó su mano junto a la caja de cambios. Su mano lo sostenía de forma tímida y Lautaro sonrió, algo enternecido.
—Estoy bien —respondió.
El morocho suspiró aliviado y continuó hablando mientras manejaba.
—Igual siento que estaría bien que marcaras tus límites ahora.
—Supongo que sí —dijo el rubio, y lo pensó por un minuto—. Estoy bien con que me tomes la mano, abrazos e incluso besos —dijo, sintiéndose avergonzado de tan solo pensarlo.
—¿Y si te agarro un toquecito la colita, te molestás? —dijo Manuel.
—Pará, depravado, ¿qué decís? —Lautaro se tornó a buscar alguna pista de que el morocho estuviera bromeando, pero no consiguió descifrarlo—. ¿Me preguntás en serio?
—Sí, gordo, pero si te molesta no te preocupes, no haré nada de eso —le aseguró—. Aunque, realmente sería normal si vos y yo estuviésemos saliendo en serio.
Lautaro levantó una ceja exageradamente.
—Gordo, no puede ser que me estés convenciendo para dejarme agarrar el orto.
Manuel largó una carcajada.
—Y bueno, si yo fuera tu novio no te dejaría de tocar la cola, bebote.
—Ok, está bien. ¿En qué más estás pensando? Porque mi imaginación llega hasta besos y abrazos nomás —respondió el rubio, sintiendo que comenzaba a arrepentirse de dejarse convencer por su compañero de trabajo.
Manuel se rió, deleitado.
—Ummm, no sé, Lau. Una mordidita quizás, o un beso en el cuello, ese tipo de cosas. ¿Está dentro de tus límites?
Lautaro se lo pensó, mientras el auto se aparcaba junto a la entrada del lujoso restaurante.
—Capaz con un par de copitas encima… pero está bien, está permitido —respondió, mientras el morocho le abría la puerta y le tendía la mano para ayudarlo a salir.
—Me voy a asegurar de que te sirvan unos buenos tragos entonces, amor —dijo, y le dio un beso en la mejilla.
Lautaro reprimió el reflejo de correrle la cara y se sonrojó al sentir los labios de Manuel en su piel. Ambos caminaron de la mano hasta el recinto y el ojiverde le entregó las llaves a un encargado para que le aparcara el auto.
—Reservación para Manuel Merlo —dijo el morocho a la recepcionista, y esta los llevó a su mesa.
La luz era tenue pero agradable; la música ambiental estaba siendo tocada en vivo por un pianista en el centro del restaurante.
La mesa estaba ubicada junto a las ventanas, con vista al muelle iluminado por luces LED.
Era, sin dudas, el restaurante más lujoso que Lautaro había visitado, y no pudo evitar notar cómo Manuel se desenvolvía en estos entornos.
—Seguramente ha tenido estos lujos desde la cuna —pensó el rubio.
Los dos muchachos tomaron su pedido y Manuel le sirvió una copa de champán a Lautaro. Este tomó un sorbo, murmurando:
—No tenés nada de tonto, ¿eh?
—Contame un poco sobre vos —dijo Manuel, tomando una de sus manos y acariciándola con el pulgar—. Supe que fuiste barista antes de llegar al set de grabación. ¿Cómo era tu vida antes?
Lautaro pensó en cómo el tiempo había pasado con tanta rapidez, pero, contradictoriamente, sentía que su vida antes de Hollywood fue hace años atrás.
—No sé qué contarte. Mi vida no era muy interesante; estudié comercio exterior y vine a Los Ángeles por parte de un programa escolar, trabaje en algunos comerciales —le comentó—. No les dije a mis padres que vendría hasta acá; tenés que saber que estoy un poco mal del bocho.
—¿Qué decís, amor, te escapaste de casa?
—No… o sea, más o menos —Lautaro se rascó la nuca—. Un día se me presentó la oportunidad de venir hasta acá y al día siguiente ya estaba montado en el avión. Yo soy un poco así.
—¿Y tema novias? —preguntó, interesado.
—Serapio, antes de este papel no me daba bola nadie —admitió el rubio.
—Me cuesta creer eso. ¿Cómo no vas a tener una fila de pretendientes? Mirá lo hermoso que sos.
Lautaro se cubrió la cara con la mano libre, ocultando su sonrojo.
—Pará, gordo, te estoy hablando en serio.
—Yo también —respondió.
—¿Y vos? —Lautaro devolvió la pregunta—. Tema novias.
—Mi última pareja acabó a principios de año. Duramos tres años, me puso los cuernos y desde entonces no he tenido novias… o novios.
—¿Vos sos así de relajado con tu sexualidad o es solo broma?
—No es broma. Nunca estuve con un hombre ni me interesó un hombre —dijo, y dudó un momento antes de corregirse—. Bueno, sí: un hombre —aclaró—, y me he chapado por ahí en un boliche o qué sé yo.
Lautaro moría por preguntar quién fue el hombre que llamó la atención de su compañero, pero decidió que se estaría pasando de chusma.
—Bueno, yo ya estoy medio en pedo. ¿Qué hacemos ahora? —dijo el rubio, apoyando la mejilla en su puño.
—Estoy para ir a un boliche por acá cerca, en la costa. Tranquilo igual, es exclusivo —sugirió el morocho.
—Uhhh… ¿puedo confiar en vos si hago un papelón frente a la élite?
—Obvio, mi amor, yo te cuido.
Manuel le dio un beso en los labios. Aquello tomó desprevenido a Lautaro, que se apartó inconscientemente.
Manuel no pudo evitar sentirse dolido, aunque fuera por un momento.
—Perdón —dijo Lautaro—. Me tomaste por sorpresa.
—No pidas perdón, creo que me zarpé un toque; quizás no era el momento —se apresuró a decir el ojiverde.
—Manu, está bien, ya hablamos de esto, ¿recordás? Me va a tomar unos cuantos intentos más antes de que se me haga natural, pero para allá vamos.
El rubio le apretó el brazo intentando transmitirle seguridad y, para reforzar el punto, le dio un beso fugaz en la mejilla. El morocho sonrió; aún no estaba convencido, pero confió en Lautaro para que le parara los pies si se sobrepasaba.
Manuel pagó la cuenta y se llevó al rubio de la mano hasta el auto, que los esperaba en la entrada.
———
El nightclub AngelsFiction era el tipo de locales nocturnos que Lautaro solía ver en la tele cuando era más chico. Lleno de luces de neón y suelos de cristal, parecía todo sacado de un episodio de las Kardashian.
—Estoy seguro de que vi a Angelina Jolie por allá, Manu. Estoy re nervioso, no estoy suficientemente en pedo para esto.
El morocho lo agarró de la cintura y lo jaló contra su cuerpo.
—Tranquilo, bebote, no va a pasar nada malo. Vení, vamos a por un trago.
Lautaro se sentía como un pez fuera del agua. Había un montón de gente recontra millonaria allá donde mirara.
El bartender le regaló una sonrisa al verlos llegar a la barra.
—¿Primera vez, no? Es fácil reconocer a un primerizo. Ten, de cortesía.
Le extendió un trago de color azul eléctrico.
—¿Qué decís, de cortesía, flaco? Dejá de chamuyar y dedicate a servir los tragos.
Manuel le puso un brazo sobre el hombro a Lautaro y se lo llevó al otro lado de la barra.
—Dame un vodka con jugo —le dijo a un bartender distinto.
Lautaro entornó la mirada, divertido, y aceptó el trago con gusto. La música era yankee, completamente diferente a lo que sonaba en Argentina, pero no le disgustaba. Le tomó la mano al morocho y se lo llevó a la pista.
El mayor, ni tonto ni perezoso, tomó al rubio por la cintura, pegando sus pechos y bailando juntos. Lautaro al fin sentía cómo el alcohol le daba el valor que necesitaba y, pasando sus brazos detrás de la cabeza del ojiverde, se dejó llevar por la música.
—Che, el culito que tenés… es imposible —dijo Manuel mientras le pellizcaba una nalga, juguetón.
—Empiezo a notar una fijación tuya —dijo el rubio, secamente.
El morocho se separó un poco del otro para verle la cara y entornó sus labios con su pulgar. Lautaro no pudo evitar sonreír bajo la mirada de devoción que le estaba dando su compañero de trabajo.
—Puede ser que tenga una fijación con tu culo, pero lo que realmente me enamora es tu sonrisita —respondió Manuel, mirándole fijamente la boca.
Lautaro se sintió tímido de repente.
—No puede ser lo bien que actuás, gordo; hasta me lo creí por un segundo.
El ojiverde hizo una mueca, pero no hizo más comentarios al respecto.
—¿Te puedo besar ahora? —preguntó en cambio.
El rubio miró en todas direcciones antes de decidir que sí, y un asentimiento de cabeza fue todo lo que Manuel necesitó para chapárselo con ganas.
Lautaro podía sentir todo el cuerpo de Manuel presionado contra el suyo. Puede que fuera el alcohol en su cuerpo, pero de pronto se sintió en llamas; no pudo evitar frotarse contra la pierna de su acompañante al ritmo de la música.
Manuel gimió en su boca y, con ambas manos, le agarró el culo, presionándolo aún más contra sí mismo de una forma desesperada. Se separó de sus labios solo para besarle el cuello al rubio, arrancándole un sonidito que hubiera matado por oír mejor.
—Pará —dijo Lautaro, y el morocho se detuvo en seco, temiendo haberse aprovechado de su compañero—. Uff, eso fue… muy bueno —dijo con la respiración entrecortada, apoyando su frente contra el hombro del pelinegro.
—¿Te gustó? —preguntó Manuel, contento.
—Sí. No pensé que fuera tan diferente chaparse a un hombre a chaparse a una mujer.
El rubio arrastraba las palabras, indicándole a su acompañante que era hora de meter un freno.
Miró la hora en su teléfono: casi las seis de la mañana.
—Te llevo a tu casa, Lauti.
El rubio estuvo de acuerdo, bostezando al sentir el cansancio caerle de golpe.
———
Manuel condujo hasta el edificio del rubio y se estacionó dentro. Lo acompañó en el ascensor hasta el departamento y la cama del rubio.
—¿Qué te pareció la experiencia gay, bebote? —preguntó Manuel, dejando que el menor se desvistiera hasta quedar solo con una remera y ropa interior.
—La pasé muy bien. Gracias por ayudarme con esto, Manu.
Lautaro pareció contemplar una idea. Manuel estuvo a punto de despedirse y marcharse, hasta que el rubio le dio un beso corto —un pico— y se separó rápidamente, aunque pareció no estar satisfecho, porque se inclinó una segunda vez para un beso más profundo.
—¿Te quedás a dormir un rato acá conmigo? Porfi —suplicó el rubio, llevándolo hasta la cama.
Manuel tragó saliva duramente y le dijo, intentando apartarse un poco de Lautaro:
—Pará, mi amor, estás bebido. No puedo.
—Por favor, solo dormir, ¿sí?
Lautaro usó sus enormes ojos para intentar persuadir al mayor para que se quedara con él.
El morocho lo consideró por un segundo y respondió:
—Cucharita y nada más.
Se despojó de sus ropas, quedando tan solo en ropa interior.
Lautaro supo lo que se sentía dormir en los brazos de otro hombre por primera vez y se sorprendió al descubrir que le gustaba, que en realidad todo lo que había experimentado esa noche con Manuel fue algo que deseaba y no lo sabia hasta ese momento.
Durmió tan plácidamente que no notó ni siquiera que el teléfono sonaba sin parar en la mesita de noche.
Manuel respondió por él, parado junto a la cama.
—¿Sí?
—Está durmiendo.
—Solo salimos a un club y ya.
—¿¡Qué!?
El grito despertó a Lautaro, quien encontró a Manuel hablando por teléfono, una mano en la cabeza, jalándose ligeramente el cabello.
—¿Manu, qué pasó? —quiso saber el rubio.
Manuel se enfrentó a su compañero de trabajo, pero no le respondió inmediatamente, aún ocupado en la llamada.
—Dios, perdón, no pensé que…
—¿Me estás hablando en serio?
—Bien, se lo diré ahora. Adiós.
Lautaro tenía un gran signo de interrogación dibujado en la cara.
—Decime qué pasó, gordo, estoy preocupado.
Manuel se pasó la mano por el pelo.
—Nos tomaron fotos ayer.
—¿Qué? Pero, boludo, ¿cómo? Si estuvimos en lugares re privados.
—Parece que alguien nos tomó fotos acá afuera del edificio y nos siguieron hasta el restaurante —explicó Manuel—. Creo que de esas fotos estaba hablando Garret.
—Ahh… pero entonces no son tan comprometedoras —suspiró aliviado el rubio.
—Garret me estaba diciendo que no podíamos desmentir nada de momento. Dice que le viene bien para promocionar la película.
—Naa, me estás boludeando vos —dijo Lautaro, esperando que solo fuera una broma por parte del morocho.
Pero no vio ningún rastro de broma en la cara de Manuel.
De pronto, el celular de Lautaro se iluminó con un mensaje y el rubio lo tomó de inmediato.
El mensaje mostraba una foto de ellos en la portada, ambos tomados de la mano y Manuel plantándole un beso a Lautaro en la mejilla.
“¿¡Nace la pareja del momento!?
Los protagónicos de la anticipada adaptación de La canción de Aquiles podrían estar en una relación secreta.”
—A la mierda —murmuró Lautaro.
