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Las noches en Real del Monte solían ser frías y nubladas, especialmente en diciembre. No era muy fan de ese tipo de clima; siempre se enfermaba gracias al gelido nocturno. Prefería la calidez de la primavera, pero en su situación, no podía darme cuenta del lujo de visitar el corral de su casa en marzo.
Iba a casarse dentro de una semana.
Sus condenados hermanos le habían arreglado un matrimonio con Augusto, su “amigo” (realmente no merecía ese título) y ex compañero de catequesis. El compromiso había sido planeado hace tres semanas, luego de que ella le presentase sus cuentos de terror al dueño de la única editorial del pueblo: Agustín Damastes.
El señor manifestó sus escritos de pésimo gusto, hasta llegar al punto de mostrarselos a sus diez hermanos, con el propósito de que vieran las “porquerías” que escribía Francisca y de que le consiguieran un matrimonio lo más rápido posible, proponiendo a su hijo como marido para que reconectase con su naturaleza femenina. Y la idiota de Augusto, en vez de oponerse, respondió encantada ante la idea. Él le dijo que había aceptado la oferta para ayudarla en su sueño de convertirse en escritora, pero no confiaba en él, no después de que leyera una carta que le escribió en donde expresaba lo emocionado que estaba de tomarla como su mujer, detallando cómo y cuántas veces iba a embarazarla.
Recuerda lo mucho que lloró cuando la leyó. Se sintió traicionada, herida y asqueada. Ella solo quiso publicar sus historias que con tanta pasión había escrito. ¿Y qué es lo que recibe? Una boda que nunca pedí. Jamás se había sentido tan enojada en toda su vida, ni siquiera se sintió así cuando su abuela la obligaba a remendar calcetines por horas.
— Esos malditos… creen que pueden hacer conmigo lo que quieran, como si no fuese más que un animal —espetó Francisca con desdén mientras tomaba la gallina más bonita de su corral, haciendo el menor ruido posible. No quería que nadie supiera lo que estaba a punto de hacer esa noche en el panteón.
Llegó hasta la salida de su casa y se cubrió con el chal que siempre se ponía para salir, metió a la gallina dentro de una bolsa de tela y emprendió su camino hasta el cementerio. Caminaba lo más rápido que podía, pues el cementerio cerraba a las diez en punto. Además, la ropa que vestía no era adecuada para el invierno.
Al cruzar por el último tramo del camino de piedra que daba al panteón, pudo divisar lo que parecía ser una figura con una linterna de aceite. Era un velador, estaba cerrando las puertas del cementerio. Francisca se dirigió con prisa él, debía entrar sin importar qué.
—¡Francisca! ¿Qué andas haciendo aquí, mija? Es muy tarde para que una señorita como usted ande por estos rumbos —Era Don Hilario, uno de los cuatro veladores del cementerio. Lo había conocido cuando fue al entierro de su madre. Él se había encargado de consolarla durante todo lo que estaba desgastando el sepulto. Le tenía mucho aprecio al anciano, pero no tanto como al que le tenía a su esposa.
—Vengo a visitar a mi mamá ya mi abuela. No sé si Doña Macaria ya le dijo, pero voy… a casarme en una semana y quiero contarles en persona, en especial a mi abuela; su sueño siempre fue verme como la esposa de alguien —Francisca intentó sonar positiva y relajada al respecto. Necesitaba que su excusa sonara creíble.
—Ay, mija, eso es muy noble de tu parte. Yo ya estaba cerrando, pero te voy a dejar entrar un ratito para que las veas. De seguro con tanto quehacer no le dio tiempo a venir durante el día, ¿verdad? —La joven avanzando a la suposición del hombre, ya que no quería revelar sus verdaderas intenciones. El hombre se volteó hacia el gran portón de diseño inglés y entró al camposanto, no sin antes dejarlo abierto para que la joven se adentrara también.
Don Hilario la acompañó por el cementerio, pues no traía nada que le alumbrara el camino. Ambos atravesaron el sendero de tierra en silencio mientras oían el canto de los grillos. Francisca se sintió algo nerviosa; el anciano siempre había sido hablador, le sorprendía que no le estuviese haciendo preguntas sobre su compromiso o sobre la bolsa de tela (le sorprendía que la gallina estuviese tan callada), pero también estaba agradecida por no tener que contestar preguntas al respecto.
Al cabo de un rato, llegaron al lugar del destino; la tumba de su mamá y de su abuela. La joven se acercó a la sepultura de su madre y cayó de rodillas, tocando la lápida en busca de consuelo. Don Hilario interpretó que la chica necesitaba un poco de privacidad, por lo que se dispuso a retirarse, pero no sin antes expresarle sus buenos deseos a Francisca y de saciar su curiosidad.
—Aquí te dejo, mija. Tómese todo el tiempo que necesite, que yo voy a cerrar cuando usted haya terminado su visita. Me voy a quedar afuera del portón, yo la cuidaré desde allí —dijo Don Hilario con el tono amable que lo caracterizaba.
—Se lo agradezco mucho, señor. Prometo no tardar mucho —contestó brevemente Francisca, deseando que la interacción terminara.
—Una cosa más, mijita. ¿Por qué lleva una bolsa? ¿Qué trae ahí? ¿Y es verdad que se va a casar con el niño Damastés? Dicen que es un buen muchacho. Estoy seguro de que la va a cuidar muy bien —Las preguntas de Don Hilario no hicieron más que molestar a Francisca. Le desagradaba lo impertinente que podía llegar a ser el viejillo, incluso si no lo hacía con mala intención.
—La bolsa trae algunas velas y flores; es que hace tiempo no le traigo nada a mi mamá ya mi abuela. Y…pues sí. Me voy a casar con Augusto —respondió la joven, desesperada para que el hombre la dejara en paz.
—Ah, pues muchas felicidades. Doña Imelda y Doña Conchita han de estar bien contentas en el cielo. Que Dios te bendiga, mija. Nos vemos luego —Don Hilario iba alejándose con su linterna, dejando a Francisca en completa oscuridad. Cuando ya no fue capaz de divisar al anciano a la distancia, se levantó del suelo, agarró la bolsa y se acercó al mausoleo de mármol y granito que se encontraba al lado.
Observó el cielo oscuro y vio que la luna estaba llena; su posición era perfecta para la invocación. Francisca esperó un rato a que los grillos se calmaran, necesitaba completo silencio. Se quitó el chal de encima y solo se quedó con el camisón de tela fina que le había tejido Doña Macaria. El frío era brutal e insoportable para la mujer. El cuerpo y los dientes no paraban de temblar. Se cruzó de brazos, intentando darse cuenta de algo de calor. Fue solo cuando sintió sus doloridos pezones endurecerse por completo que comenzó con el llamado.
Francisca no era muy creyente, ni siquiera con el catolicismo, religión que le inculcaron desde pequeña; pero la mañana en la que se enteró del acuerdo entre sus hermanos y el señor Agustín, rezó y oró con todas sus fuerzas para que se cancelara de alguna manera: para que su padre interviniera y no la dejara casarse, para que Augusto se retractara de su decisión o para que el Padre Cosme la dejara convertirse en monja en menos de un mes sin preparación previa. Para sorpresa de nadie, ninguna de esas cosas sucedió. En su lugar, su padre bendijo el matrimonio, Augusto le entregó esa repugnante carta y el Padre Cosme no hizo más que rechazarla y de avisarle a su familia sobre su intento de escapar de su sagrada unión, obteniendo una reprimenda y unas cachetadas para que dejara de andar de rebelde.
Tras las fuertes bofetadas que le dieron sus hermanos, decidieron resignarse. Aceptó el hecho de que su sueño sobre ser la mejor escritora de fantasía y horror se había acabado, y que a partir de ese entonces, nada más la conocerían como la esposa de Augusto; que todo su tiempo se iría en criar a los niños que su esposo quisiera darle, y no en escribir. Con los ojos rojos y las mejillas doloridas, corrió hasta la lápida de su madre y se tumbó en el suelo, casi sin fuerzas. Le pidió perdón por no ser capaz de mantenerse fiel a sus convicciones, por haber rendido tan fácilmente. La amargura que experimentó dentro de sí era indescriptible; Se sintió como un fracaso. Lloró mucho esa tarde, la ira y la tristeza le carcomían el alma.
—¡Francisquita! ¿Qué tienes, mijita? ¿Por qué lloras? —La joven levantó la cabeza, y se topó con Doña Macaria, esposa de Don Hilario, quien se encontraba a unos pasos delante de ella. Francisca le tenía mucha estima; desde chiquita, la anciana le había estado regalando un montón de faldas, manteles, servilletas y rebozos tejidos a mano, bajo la excusa de que una vieja amiga suya le había encargado cumplir ese favor (pese a lo raro que era, la escritora no se quejaba; le encantaban los tejidos de la viejilla).
—Lo… que pasa es que… —con las emociones a flor de pie, Francisca le contó toda la situación en la que estaba envuelta a la mujer. Necesitaba desahogarse con alguien, sin importar quien fuera.
—Ay, mi Francisca. Yo sé más que nadie lo feo que es que te casen a la fuerza. Me lo intentaron hacer cuando yo era más chica que tú, pero logré evitarlo gracias a una buena amiga que tengo. Ella se encargó de llevarse a mi prometido lejos de aquí, y me cobró un precio baratísimo —dijo con emoción la anciana, mostrándose pensativa por un momento. —Seguro te ayuda a ti también si se lo pides. Ella te tiene mucho aprecio, mi niña.
—¿De verdad? ¿Ella me puede ayudar? —Francisca se limpió las lágrimas; Tal vez aún había esperanza.
—Claro que sí, mi niña. Solo necesitas algunas cosas para llamarla.
Doña Macaria le había dado por escrito todo lo que requería su amiga para ser invocada, además de haberle regalado un camisón de encaje translúcido. Al principio, se asustó de gran manera al saber que la amiga de la mujer era un espíritu, de aquellas sombras de las su abuela le advertía, alegando que se robarían su flor si los llamaba. Pero ya no le importaba, no estaba dispuesta a convertirse en una simple esposa sin más.
Debía hacer el llamado en el cementerio principal de Real del Monte, de otra forma no funcionaría. Tenía que ser en luna llena, la noche debía ser tan fría como la nieve y necesitaba sentirla por todo su cuerpo, hasta que sus pezones se endurecieran.
Con la primera parte del ritual completada, la joven se dispuso a agarrar la bolsa con la gallina adentro (que no se movía ni hacía ruido), se arrodilló y se armó de valor para lo que iba a hacer a continuación. A diferencia de su abuela, Francisca nunca se había sentido cómoda desnucando gallos, pese a que amaba el pozole rojo, la práctica le parecía cruel, pero no iba a retractarse, no a esas alturas. Con manos temblorosas por el frío y la culpa, sacó a la gallina del costal y la colocó en el suelo, justo enfrente del mausoleo, empezando a ahorcarla con fuerza.
Alabanzas de un idioma que desconocía salían de su boca, eran las palabras que le permitirían al espíritu cruzar a su realidad. Francisca estaba sudando; le aterraba enfurecer a la entidad, ya sea porque lo que tenía para ofrecer no fuera suficiente, por haberla invocado ella en vez de Doña Macaria, por la mala pronunciación de su lengua o por todo lo anterior.
—Ma enothoún huan mitoplasía ca tlatlacuiliztechcopa techmaca ce pragmatikótita —Francisca repetía la oración una y otra vez con pavor, esperando lo peor.
Escuchó un fuerte estruendo; Eran las puertas del mausoleo que se estaban abriendo por si solas. Rachas de viento comenzaron a soplar, pero no era un viento frío, al contrario, era caliente. Luces de colores se manifestaron por todo el lugar, pero la joven solo pudo verlas parcialmente. Debía mantener la cabeza agachada en todo momento, solo podría alzarla cuando la entidad se lo indique.
Durante unos largos minutos, no hubo más que silencio. Francisca no podía escuchar más que su agitada respiración. La falta de ruido por parte de la criatura le generaba una terrible ansiedad. Su mente ya estaba imaginando millas de escenarios en donde la entidad la torturaba y castigaba, como si estuviese ideando un cuento de terror.
De pronto, oyó una voz masculina pronunciando su nombre:
—Francisca… Mírame.
La voz sonaba pícara, seductora, pero autoritaria. La morena no hizo más que obedecer, el pánico que sentía era demasiado como para desobedecer al ente. Pero cuando alzó la vista hacia el techo del mausoleo, no pudo creer lo que estaba viendo.
— ¿Herneval?... ¿Eres tú? —la confusión la invadió, pues no creía lo que estaba viendo. El espíritu debía de estarla engañando o se quedó dormida y estaba soñando, porque era imposible que el personaje que creó a los ocho años fuera real. Soltó el cadáver del animal y se movió unos centímetros hacia atrás, con miedo.
—Él mismo —respondió el humanoide con sorna.
—P-pero es imposible. ¡Tú no existe!
Francisca se llevó las manos a la cabeza. No entendía qué estaba pasando. Se suponía que se encontraría con el espíritu de una mujer que se desharía de sus diez hermanos a cambio de una gallina, entonces, ¿por qué ahí estaba el príncipe tecolote que protagonizaba varias de sus historias? ¿Le estaban jugando una maldita broma? La ira, el miedo y la frustración comenzaban a florecer en su pecho.
—¿Y yo no existo? ¿Qué es real y qué no? —el tecolote batió sus alas con elegancia y se posó frente a la mujer —Vengo de una dimensión a la que te asomas cuando escribes.
Las palabras de Herneval sólo incrementaron sus dudas. No lograba entender nada de lo que el ente le decía. Tampoco ayudaba el leve mareo que le provocaba el aroma a cardamomo que emanaba del hombre.
—Veo que no entiendes a lo que me refiero, pero tranquila, no tienes por qué entenderlo. Al menos, no ahora —la criatura se agachó, haciendo que sus miradas se enfrentaran. Francisca se sintió rara; Los ojos del príncipe la observaban con una intensidad abrumadora. Era como si… la deseara.
— Entonces… ¿no vas a decirme cómo es que existe? ¿Por qué estás aquí? ¡Necesito que me lo digas! —gritó la escritora, cansada. Todo le resultaba confuso.
— ¿Es eso lo que quieres, Francisca? ¿No se supone que hiciste todo esto para evitar casarte? —la sorpresa invadió a la muchacha. ¿No se supone que debía expresarle su deseo al espíritu que cruzara? Ella nunca mencionó el motivo del llamado. ¿Cómo es que Herneval sabía? ¿Acaso él…?
—Es injusto, ¿no? —el príncipe siguió con su monólogo, retomando la atención de la escritora —Que tu propia familia y amigo cercano limitan tus pasiones por mero capricho se siente horrible, ¿verdad? —Herneval río con gracia al ver la expresión de Francisca. La joven ya no estaba frustrada, solo pensativa. Lo único que debía hacer era seguir diciéndole lo que quería oír y la tendría en la palma de su mano. El tecolote se movió hasta quedar detrás de la muchacha y comenzó a susurrarle al oído.
—¿No quisieras vivir en una realidad en donde tu talento fuera premiado? ¿En donde nadie te juzgaría por escribir? ¿No suena mucho mejor que simplemente deshacerte de tus hermanos? Yo puedo darte los placeres más deliciosos, Francisca —las palabras del príncipe endulzaron el oído de la joven. La fascinación nubló su juicio. Si Herneval estaba siendo honesto, entonces aceptaría su ayuda. Se aclaró la garganta y, atraída, hizo la pregunta que el tecolote ansiaba escuchar:
—¿Cuál es el precio?
—Quiero tu honradez… —La joven sintió la cálida palma del hombre en su hombro; las garras se hundían en su piel con fuerza. La mente de la mujer se quedó en blanco, pues sabía perfectamente que era lo que buscaba Herneval. Derrotada, Francisca desabrochó los botones de su camisón mientras intentaba no pensar en maldecir a Doña Macaria, ni en recordar cuánta razón tenía su abuela, ni disculparse con su mamá por entregar su inocencia tan fácilmente.
Una vez que se desabrochó el camisón, Francisca mantuvo los brazos entrelazados encima de su pecho; la brisa de la noche era potente. —Herneval… tengo frío —dijo con apenas un hilo de voz. No quería hacerlo ahí, no frente a su madre.
—No te preocupes, yo me encargo de eso —las manos del príncipe apartaron los brazos de la joven, abriendo su camisón con delicadeza. La escritora se dio cuenta que nada detendría al demonio, daba igual el clima, la hora o el lugar: iba a pertenecerle a Herneval.
Las manos del príncipe comenzaron a tocar lentamente el busto de Francisca. Su piel era tan suave como el algodón. El tamaño era perfecto; las tetas de la muchacha cabían perfectamente en sus manos. Herneval sintió como su miembro se excitaba mientras acariciaba lascivamente los senos de la mujer. Francisca resoplaba, intentando no pensar en lo que sucedía, pero era difícil, en especial cuando las caricias del hombre le producían un ardor en su sexo.
La escritora se encontró abrumada, y no solo por los cosquilleos que sentían en todo su vientre. Ver la lápida de su madre la estaba enloqueciendo. Se sintió asquerosa con ella misma por dejarse pisar tan fácil. Siempre procuró no ser una chica accesible que da el brazo a torcer ante cualquier patán, como su abuela le había enseñado, pero ya no era una chica pudiente, ¿verdad? No después de dejar que un espíritu disfrazado de Herneval se la cogiera sin más. Aún así, prefería eso a ser esposa de Augusto; al menos así seguiría escribiendo.
—No debes preocuparte por nada de eso Francisca, solo disfrútalo —susurró el demonio en su oído. Francisca se austó por un breve momento. ¿Cómo Herneval sabía de sus preocupaciones? No tuvo tiempo de cuestionar más al ente, pues su boca fue invadida por sus labios. El beso era desesperado, húmedo y desastroso. Los dientes de ambos chocaban por la fuerza con la que Herneval besaba a la chica, llegando a causarle incomodidad a Francisca, pero no a Herneval. Él disfrutaba como nunca. Soñaba con hacerle el amor a Francisca desde que la conoció; poder lamer su sexo y penetrarla hasta que ya no fuera capaz de caminar eran su mayor anhelo. Y los cumpliría esa noche.
El tecotia mordió los labios ajenos con sus colmillos. Francisca abrió la boca con un pequeño quejido que fue interrumpido por la lengua de Herneval. El hombre se dedicó a explorar toda su cavidad bucal, disfrutando y saboreando la baba de la joven. Se sintió maravilloso el poder besarla y acariciarla. La amaba con toda su alma.
Por otro lado, Francisca se resistió ante las sensaciones que la invadían, pero no por mucho. Las manos y la lengua anormal del príncipe la tenían hecha un desastre. Los pensamientos sobre su pureza habían quedado atrás; lo único que ansiaba era sentir por completo a Herneval.
Después de unos cuantos besos más, Herneval dejó de besar a Francisca y se enfocó en chupar sus duros pezones. Francisca intentó reprimir sus gemidos, pero era difícil cuando la boca del tecotia la llenaba de placer. Las garras del príncipe se hundían contra su piel, pero en vez de causarle dolor, solo regresaron loca a Francisca. La joven empezó a mover sus caderas con las piernas apretadas, buscando fricción de algún tipo.
Tenía la piel roja, el cuerpo sudado y el cuello y los pechos llenos de saliva y mordiscos. Sentía que estaba llegando a la cúspide de algo, pero no sabía qué. Todo lo que quería era que Herneval siguiera provocandole espasmos, incluso si eso la convertía en una zorra lujuriosa.
El hombre bajó su mano hasta la entrepierna de Francisca, intentando darle algo de alivio. No era tonto; era consciente del efecto que causaba en ella. Herneval apartó el camisón de la muchacha y acarició su vulva a través de la tela de sus bragas. La tela estaba empapada, señal de lo excitada que estaba Francisca. No podía esperar a meterse dentro de ella. Aumentó la fuerza en su toque, procurando que la joven sintiera sus dedos fríos.
—Ah… p-por favor, Herneval —la chica rogaba por consuelo para su sexo. Los escalofríos que experimentaba eran insoportables y quería que terminaran. El hombre decidió darle lo que quería a la escritora. Dirigió su rostro a la vulva de la mujer y le dio un lengüetazo, no sin antes bajarle las bragas.
Francisca gimió fuertemente. No se esperaba que el hombre emplumado lamiera su vagina, pero no se quejaba. El oído dio otro lengüetazo más lento que el anterior, a lo que la escritora cerró sus muslos por inercia. Al ver la reacción de su mujer, Herneval se propuso seguir con su tarea. Lamió y chupó la parte exterior de la vulva, deleitándose con su textura peluda. Luego, posó su lengua en el centro de su concha, acrecentando la excitación de ambos.
La morena gimoteaba sin control, moviendo sus caderas con firmeza. Su clítoris era estimulado y besado con devoción, pero también con cariño. El sabor de Francisca era la cosa más dulce que había probado desde hace tiempo. Se preguntó qué es lo que haría el incompetente de Augusto si se enterase que su prometida ya tenía un nuevo marido que la tenía mojada y gimiendo. Desearía verle la cara a ese infeliz.
Francisca comenzó a quedarse sin aire y su cuerpo a temblar, una extraña sensación se apoderaba de su vientre. —Ella-Herneval…espera ¡ah! —no pudo terminar de hablar más. El orgasmo había golpeado a la mujer que desconocía el concepto. La liberación que experimentó en su vulva fue un alivio. El flujo blanco salía a chorros de su concha que el tecotia no tardó en beberlo todo. El sabor era salado, pero no desagradable.
El hombre se alejó del sexo de la chica para besarla en los labios con dulzura. No era un beso lascivo como el anterior, era uno lleno de cariño y suavidad. Herneval amaba a Francisca desde que entendió el lazo que los conectaba como realidad y ficción. No le enorgullecía aprovecharse de la situación de Francisca, ni cogerla en el panteón donde estaba encerrada, pero cuando vio los duros pezones de la muchacha a través de su camisón, no pudo resistirse. Una vez que se la llevara al Topus Terrentus, se encargaría de solucionar sus errores.
Sin darse cuenta, Herneval rozaba con precisión su entrepierna con la de Francisca, formando un vaivén que embriagaba a ambos. El miembro del humanoide dolía; su pene no había recibido ningún tipo de estímulo desde que empezaron a tener intimidad. Ya era hora de recibir algo de placer.
Sin parar el beso, se desabrochó los pantalones y liberó su miembro completamente erecto, bombeándolo con rapidez. Francisca observó con sorpresa el falo del hombre emplumado. El asombro surgió en su interior, no conocía mucho de la anatomía de las aves (ni de la humana, para ser sinceros), pero no pensó que un pene pudiese ser tan grande. Al imaginar esa verga penetrándola y dándole un hijo no pudo impedir que un gemido saliera de su boca, ni que empezara a salivar al imaginarse a ella misma chupando aquel miembro.
—¿Lo quieres, Francisca? —preguntó el tecotia, al percatarse de la incredulidad de la escritora.
—S-sí… —Francisca respondió con respiración entrecortada.
—¿Qué cosa?
—Tu verga. Necesito tu verga —el deseo se filtraba en la voz de Francisca.
Herneval no la hizo esperar. Metió su miembro en la vagina de Francisca sin ningún tipo de preparación. No tenía tiempo para eso cuando su falo le dolía y tenía a la joven esperando. Francisca soltó un fuerte gemido que expresaba dolor y placer al mismo tiempo; sus ojos empezaron a lagrimear por el contacto. Herneval, cegado por la sensación de calor y apretamiento, movía sus caderas con entusiasmo, buscando entrar más profundo en la mujer. Francisca no hizo más que intentar adaptarse a la molestia que sentía en su interior.
Herneval penetraba a Francisca sin cuidado, sacando y metiendo su virilidad a su antojo. Quería ser delicado, hacer sentir a la mujer como en el cielo, pero el sexo de la joven lo tenía hechizado.
Francisca sollozaba y gemía por las embestidas salvajes que recibía su feminidad. Por más placentera que fuera la sensación, el dolor que le provocaba era demasiado. —¡Herneval! M-me está doliendo… ah. ¡Hazlo m-más lento, por favor! —suplicaba la muchacha con dolor en su parte baja.
Herneval no respondió ante sus ruegos, estaba muy hundido en la satisfacción como para detenerse. Francisca era fuerte; estaba seguro de que podría aguantar. Posó sus manos sobre la cintura de la joven y aumentó la velocidad de las embestidas. Ya estaba cerca de terminar, no podía parar.
—Francisca, c-creo que voy a correrme… —dijo el hombre emplumado, casi sin fuerzas.
—¿Q-qué es eso? —Herneval se rió débilmente; por supuesto que la chica no conocería esos términos. Era tan tierna.
Tras unas cuantas embestidas, su semen se liberó dentro de ella. Fue placentero ver la confusión de la mujer al sentir los chorros de líquido entrar en su vagina. Herneval salió de la joven con un quejido; ya estaba hecho. La escritora era suya y de nadie más. Le había ganado al patético de Augusto.
La escritora se desplomó por el cansancio. Se sentía entumecida y sucia. El placer del momento se había disipado y solo quedaba vergüenza y aceptación. Había entregado su castidad por la libertad que el ente, demonio o personaje ficticio que creó (lo que sea que fuera) le ofrecía, pero, ¿valdría la pena? ¿Estaba segura de que el hombre decía la verdad? Se limpió las nuevas lágrimas que brotaban de sus ojos. Era una completa estúpida.
Solo rezaba para que el demonio le hubiera dicho la verdad.
Augusto entró en la casa de los dos ancianos sin tocar ni preguntar si podía pasar. Nada de eso importaba cuando la mujer del velador supuestamente sabía dónde se encontraba su futura esposa.
Francisca no aparecía desde hacía once días. Al principio pensó que solo los estaba evitando a él y a sus diez hermanos, pero no era así. Nadie había visto a la muchacha en todo Real del Monte. La explicación más obvia era que se había escapado al acercarse la fecha para la boda. Francisca era la mujer más valiente que conocía; era de esperarse que hiciera algo así.
Lo que no era de esperarse es que no hubiera ni un solo rastro de ella. Nadie la había visto por las carreteras, su cuarto no contenía cartas o mensajes comprometedores y nada fuera de lo común desapareció de su casa, nada más una gallina que fácilmente se robó una de las empleadas domésticas. Augusto y los hermanos de la escritora le habían avisado a todos en el pueblo y los pueblos de paso sobre un posible escape orquestado por la muchacha. También estaban enterados la policía municipal y los sacerdotes de la iglesia (quién diría que una casa editorial te otorgaría varios contactos). Lo siguiente solo era cuestión de tiempo: Francisca cometería un error y volvería a sus brazos.
O, al menos, eso creía, pues no se sabía nada de ella. La situación era sumamente preocupante. Pensar que la mujer escapó con éxito o algo peor hubiera ocurrido… no, no era posible. Por algo se encontró en casa de Doña Macaria; ella sabía muy bien donde se escondía su prometida.
Resulta que, cuando se supo sobre la desaparición de Francisca, la anciana le había dicho a Don César (dueño de la Mercería Peralta), que nunca encontraría a la muchacha, que estaba con alguien que nunca la dejaría libre. El hombre le fue a avisar a su padre sobre lo que había oído, con el fin de que encontraran a la joven (y ver si le daban una recompensa por la información). Su papá se lo contó como forma de queja por la vanidad del hombre, pero no le podría importar menos; por él que le dieran las monedas de oro que quisiera. Ya tenía una pista sobre quién la había ayudado a escapar.
Esa misma mañana corrió hacia la casa de Doña Macaria, ignorando los gritos de su padre. Al entrar a la casa, vio a la viejilla sentada en la sala de su hogar. Se encontraba concentrada tejiendo un rebozo hasta que lo oyó cruzar por la puerta:
-¡Si! Pero qué susto me diste. Tú has de ser Augusto, el hijo de Agustín, ¿verdad? —saludó la mujer relajada, como si no fuera más que una anciana ingenua.
— ¿Dónde está Francisca? —La voz de Augusto era fría y autoritaria.
—Será mejor que te vayas olvidando de ella, mi niño —dijo Doña Macaria, volviendo a prestarle atención a su trabajo de costura.
El joven se acercó a ella con rabia, dispuesto a tirarle ese rebozo de las manos si no contestaba ninguna de sus preguntas. No por ser una mujer mayor iba a ser amable. Recuperaría a su esposa sin importar qué.
—Responda la pregunta, a menos que quiera que le diga a las autoridades sobre su implicación en una desaparición, ¿verdad?—amenazó el moreno con tono de burla.
La cara de Doña Macaria se tensó y le dirigió la mirada con desprecio. —A Francisca se la llevó el Señor a su castillo, pero nunca podrás ir allá—
—“El señor”? Tiene que ser más clara—La sangre de Augusto Hervía. ¿Por qué esa maldita vieja no podía ser más clara?
—El Diablo, mijo. El diablo se llevó a Francisca—
