Work Text:
Había llegado de sorpresa a una de las sucursales nuevas para ver el desempeño de sus empleados. No es como si le importara demasiado; su mejor polvo de los últimos tiempos le había cancelado a último momento y estaba frustrado.
Qué mejor forma de descargarlo que jodiendo a pobres infelices que trabajaban para él.
Porque sí, Katsuki podía ser el hijo mimado de los dueños de la cadena de restaurantes más prestigiosa de Japón, pero también era un jefe jodido.
Ni bien estacionó, la recepcionista reconoció el auto. Le dio unas indicaciones rápidas al mesero más cercano para que avisara a los demás y salió a recibirlo en persona, guiándolo hasta la mejor mesa.
—Enseguida alguien tomará su pedido —dijo Momo, sabiendo que no debía ofrecerle nada. Él estaba ahí para evaluar el desempeño de cada quien, y el trabajo de ella consistía en manejar las reservaciones y acompañar a los clientes hasta la mesa indicada.
Midoriya llevaba poco más de un mes trabajando ahí. Podía decirse que había sido casi un milagro conseguir ese empleo, teniendo en cuenta que no contaba con un título universitario. Volver antes de terminar su beca en el extranjero por la enfermedad de su madre lo había privado de ello.
Los demás empleados corrían de aquí para allá como si su vida dependiera de ello, pero nadie se acercaba a tomar la orden del distinguido joven que acababa de entrar.
Izuku traía unas cajas de café del depósito cuando una de sus compañeras le colocó un delantal negro sobre la camisa blanca y lo envió al ruedo con un simple:
—Es hora de que atiendas mesas.
No era como si nunca lo hubiera hecho. Desde que se mudó a Estados Unidos, esa había sido su especialidad. Pero ahí las chicas querían tomarse su tiempo para “enseñarle” cada detalle del lugar. Durante el último mes se había dedicado a aprender el sistema, cargar cajas, ayudar en la cocina con los emplatados. Las pocas veces que salió al ruedo fue porque vio a las chicas desbordadas de trabajo, y Momo lo felicitó por su eficacia. Así que esto sería pan comido.
Ochaco le acomodó los rizos y olió sutilmente si usaba colonia. Izuku no entendió ese comportamiento y, antes de que pudiera preguntar, la castaña metió su libreta en el mandil negro, le desabotonó un botón de la camisa y lo palmeó con una sonrisa que parecía más una condolencia que un gesto amable.
—Izuku… —lo llamó una pelirrosa antes de que saliera a tomar el pedido que ninguna quería ir a hacer.
El chico se detuvo y la miró expectante.
—¿Qué tan hetero eres?
—Mina… no sabía que estaba en tu radar —respondió riendo. Al notar que la pregunta era seria, suavizó el semblante—. Yo tengo de hetero lo que tú tienes de amargada.
La chica rió con gracia. La amargura no existía en su sistema; era una constante explosión de azúcar, flores y colores.
—Oh, entonces estarás bien —dijo, empujándolo para que se fuera de una vez.
El peliverde no entendía el motivo de tanto alboroto. El lugar estaba poco concurrido para ser jueves, a punto de cerrar la hora del desayuno.
—Buenos días, mi nombre es Izuku y voy a tomar su orden —dijo con una sonrisa.
El rubio lo miró de arriba abajo.
Este espécimen no estaba antes, pensó.
—Un americano.
—Enseguida, señor. Le despejo la mesa —respondió, retirando la carta y el florero, mientras el hombre sacaba una tableta del maletín, dispuesto a trabajar.
Katsuki le dedicó una mueca que se parecía vagamente a una sonrisa. No solía hacer esas cosas, a menos que la otra persona le interesara. Y vaya que este tipo lo hacía.
Cara de no romper un plato, sonrisa deslumbrante, mirada alegre, vivaz… incluso un poco pícara. Lo siguió observando mientras se alejaba hacia la barra. Espalda ancha. Uff, a él le gustaban mucho de esas. Y ese culo… debería ser ilegal en pantalones tan ajustados, junto con esos muslos.
Shindo, te vas a cagar llamando la próxima vez, pensó. Katsuki no te va a extrañar después de tirarse a este espécimen.
En la barra, la situación era distinta. Ochaco estaba al borde de las lágrimas. El mes anterior, el rubio había llamado a su americano “agua de pantano” y había dicho que era peor que el “agua sucia” de Mina.
Izuku no era un experto preparando americanos, pero durante su trabajo como barista en Estados Unidos nadie se había quejado. Les pidió a las chicas que prepararan uno para ver si lo hacían igual. Probó. Y, definitivamente, el tipo tenía razón.
Sin más, hizo su magia y preparó un americano perfecto para el cliente quisquilloso.
—Disculpe la demora, aquí está su americano —dijo al dejar la taza sobre la mesa.
Katsuki notó algo que antes no había visto, pero quiso confirmarlo.
—¿Quisiera un desayuno continental? ¿Aún estoy a tiempo?
Izuku miró su reloj. Mierda. Habían pasado treinta y cinco minutos de las diez. La cocina iba a quejarse, pero parecía un cliente importante. Y si lo despedían, prefería que fuera por servir a alguien que por negarse.
—Sí, no creo que haya problema —respondió con amabilidad.
Y sí, definitivamente, Katsuki quería esas manos sobre su cuerpo.
—¿Y viene servido en ti? —preguntó con descaro.
Por suerte era el jefe. A cualquiera que acosara a uno de sus empleados lo habría sacado por la puerta.
Al peliverde le tomó un momento entender la proposición. Se sonrojó al instante, y Katsuki quiso ver todas las formas posibles de provocarlo.
—Me halaga, pero no creo que sea posible.
—Es una lástima —fingió decepción—. ¿Qué haces durante tu descanso?
Izuku lo miró sorprendido, pero respondió igual.
—Salgo a fumar. No podemos hacerlo mientras trabajamos. Es un mal hábito que debería dejar.
—¿Por qué? Al final, nos vamos a morir igual. ¿Para qué negarte lo que te satisface?
—Es una forma de pensar bastante temeraria… pero asertiva. Le traeré su desayuno lo antes posible, con permiso.
Cuando el muchacho se retiró, Katsuki hizo una seña a Momo. Le preguntó cuándo era el descanso del chico y dónde solía tomarlo. Ella le dio la información y sugirió adelantarlo apenas sirviera el desayuno. No se opuso. Fue a comunicar el cambio con una excusa cualquiera.
Como era de esperar, el cocinero quiso despellejar vivo al peliverde, pero cuando se asomó por la puerta y vio al cliente, se puso manos a la obra para preparar el mejor desayuno.
Cuando todo estuvo listo, Izuku cargó la bandeja con maestría y llevó los platos a la mesa, pudiendo así retirarse a su descanso de veinte minutos.
A Katsuki no le costó encontrarlo en el estacionamiento subterráneo del hotel. Estaba apoyado en una columna, fumando con tranquilidad. Por primera vez en casi cinco años, se le antojó fumar también, pero no del cigarrillo, sino directamente de su boca.
El eco de los pasos resonó en el estacionamiento subterráneo sin ningún intento de disimulo. Katsuki caminó con tranquilidad, las manos en los bolsillos del pantalón, el saco abierto, ocupando el espacio como si le perteneciera. Bueno, en realidad le pertenecía. No tenía intención de sorprender a nadie, pero aun así Izuku no lo notó.
Estaba apoyado contra una de las columnas, con el cigarrillo encendido entre los dedos y la mente muy lejos de ahí. Sumaba números invisibles en el aire, restaba facturas médicas, calculaba turnos extra que tal vez podría pedir y cuánto tiempo más podría estirar ese equilibrio precario antes de que todo volviera a desmoronarse. El humo salía lento de sus labios mientras fruncía el ceño, completamente absorto.
—¿Qué te tiene tan preocupado que ni siquiera me notaste?
La voz cayó sobre él sin previo aviso.
Izuku dio un respingo y se giró de inmediato. Katsuki estaba ahí, apoyado en la misma columna, demasiado cerca. No lo había escuchado llegar, y eso lo desconcertó más de lo que quería admitir.
—L-lo siento —respondió por reflejo, bajando el cigarrillo—. No lo escuché.
El rubio ladeó la cabeza, observándolo con una mueca que no llegaba a ser una sonrisa.
—Odio ser ignorado —añadió, con un tono despreocupado que no coincidía en absoluto con la afirmación.
Se puso nervioso al instante.
—No era mi intención… solo estaba pensando.
—Se nota —replicó Katsuki, clavando los ojos en él—. Parecías en otro mundo.
El silencio que siguió no fue incómodo. Izuku volvió a llevarse el cigarrillo a los labios, esta vez más consciente de la cercanía. Katsuki no se apartó; invadía su espacio de una forma deliberada, estudiada, como si quisiera comprobar hasta dónde podía acercarse sin que el otro retrocediera. E Izuku no lo hizo.
—¿Siempre vienes a fumar acá? —preguntó rompiendo el silencio.
—Cuando puedo —respondió Izuku—. Es… más tranquilo.
—Eso también lo noté —murmuró.
Hablaron de cosas simples: del trabajo, del lugar, de lo difícil que era acostumbrarse a nuevas rutinas. Katsuki escuchaba más de lo que hablaba, observando cada gesto: cómo Izuku se tocaba la nuca cuando se ponía nervioso, cómo desviaba la mirada al reírse, cómo parecía relajarse de a poco, como si ese breve descanso no fuera solo para fumar.
A cada palabra, Katsuki sentía crecer el impulso de tocarlo, de comprobar si era tan cálido como parecía. Pero no lo hizo. No era su estilo.
Cuando el cigarrillo se consumió, Izuku lo aplastó contra el cenicero improvisado de la columna.
—Debería volver —dijo, con cierta desgana. Katsuki asintió, enderezándose al fin.
—Una lástima.
Dio un paso y se detuvo, pero antes de irse agregó, como quien deja caer un comentario sin importancia:
—No suelo venir a este lugar más de una vez al mes… —lo miró de reojo—, pero no creo poder dejar pasar tanto tiempo ahora. Espero volver a tomar otro de tus americanos.
Se dio media vuelta sin esperar respuesta y se alejó con la misma calma con la que había llegado, dejando a Izuku apoyado contra la columna, el corazón un poco más acelerado y la incómoda sensación de que algo estaba a punto de pasar.
*. *. *.
El rubio volvió tres días después, pero con mejor cara que la vez anterior.
El restaurante estaba más concurrido que la primera vez, aunque no lo suficiente como para perder ese aire controlado que tanto cuidaban. Izuku lo notó apenas cruzó la puerta; no porque lo estuviera esperando —aunque había contado los días—, sino porque su presencia era imposible de ignorar. Tomó la misma mesa de siempre, dejó el saco en el respaldo de la silla y abrió el diario como si nada más existiera a su alrededor.
—Un americano —pidió, sin levantar la vista, cuando sintió que el peliverde llegó a la mesa.
Izuku sintió un vuelco en el pecho que no supo justificar. Asintió con una sonrisa profesional y se retiró a la barra, concentrándose más de lo necesario en cada movimiento. Midió el café, la temperatura, el tiempo. Todo debía estar perfecto.
Cuando dejó la taza sobre la mesa, Katsuki alzó apenas la vista, lo justo para clavar los ojos en él.
—Sabía que volvería a estar bien —comentó tras dar un sorbo—. Supongo que debería felicitarte.
—Es parte del trabajo —respondió, aunque su voz sonó un poco más tensa de lo normal.
Katsuki esbozó una sonrisa ladeada y, sin mirarlo, agregó:
—El baño de este lugar es sorprendentemente tranquilo a esta hora —dijo, como si comentara el clima—. ¿Qué tal si te tomas tu descanso?
Tardó apenas un segundo en entender, y ese segundo fue suficiente para que el calor le subiera al rostro.
—Sí… —respondió, carraspeando—. Justo iba a hacerlo.
Regresó a la barra con una sensación extraña asentada en el estómago, algo que hacía mucho no sentía: anhelo.
Se obligó a moverse con normalidad y a concentrarse en lo suyo. Acomodó tazas, limpió una superficie que ya estaba limpia, respondió una pregunta trivial de una compañera, alineó botellas; incluso revisó una lista inexistente. Nadie parecía prestarle atención y, cuando anunció que iba al baño, nadie lo cuestionó. Era una excusa demasiado común como para levantar sospechas.
Katsuki terminó el último sorbo de su café con tranquilidad. Releyó un párrafo del artículo, más por costumbre que por interés, y luego alzó la vista hacia la barra. Izuku no estaba. Una satisfacción lenta y peligrosa se le instaló en el pecho. Doblando el diario con cuidado, se puso de pie y caminó hacia el fondo del local, seguro de cada paso, sin prisa alguna. El chico lo había entendido todo.
El baño de hombres estaba vacío cuando el peliverde llegó. Se detuvo apenas cruzó la puerta, apoyando una mano en el lavamanos como si necesitara anclarse a algo. El espejo le devolvió una imagen que no reconoció del todo: el rubor en las mejillas, la respiración un poco más rápida, los ojos demasiado brillantes.
Se dijo que podía irse, que aún estaba a tiempo. El sonido de la puerta abriéndose anuló cualquier intento de convencerse.
Katsuki entró sin apuro y cerró con el seguro. El clic metálico resonó en el espacio reducido, definitivo. Levantó la vista y lo encontró reflejado en el espejo, demasiado cerca. Su presencia llenaba por completo el lugar.
—Así que este es el famoso descanso —comentó con voz tranquila.
Solo asintió, incapaz de articular algo más elaborado.
—Tranquilo —añadió el rubio—. No voy a comerte… a menos que quieras.
El comentario le arrancó una risa nerviosa mientras se giraba, pero murió casi al instante cuando Katsuki acortó la distancia. Esta vez no fue sutil. Apoyó una mano a cada lado del lavamanos, encerrándolo sin llegar a tocarlo directamente.
Sus miradas se encontraron, ya no a través del espejo, sino directamente. Katsuki inclinó la cabeza, estudiándolo con una intensidad que lo dejó sin aire.
—No suelo compartir estos momentos —continuó—, pero me pareció que eras… discreto.
Alzó una mano y la llevó a su rostro, con el pulgar rozándole la mandíbula. Fue un contacto leve, medido, como si le diera la última oportunidad de apartarse. Pero no lo hizo; correspondió al toque, asintiendo sin darse cuenta. Sus manos se cerraron sobre el borde del lavamanos mientras cerraba los ojos y disfrutaba de ese momento íntimo.
El primer beso fue breve, firme e inesperadamente suave. El segundo lo profundizó Izuku, prolongándolo e invirtiendo los lugares con el rubio. Fue suficiente para encender algo que no iba a apagarse fácilmente y, cuando se apartaron, ambos tardaron unos segundos en volver a respirar con normalidad.
—Vuelve a trabajar —ordenó Katsuki con suavidad—. No hagamos que esto sea evidente.
Tragó saliva y asintió, todavía procesando el sabor ajeno en los labios. Fue el primero en salir.
El rubio se acomodó el saco como si nada hubiera pasado, aunque no pudo evitar tocarse los labios con la punta de los dedos antes de finalmente salir.
Desde ese día, todo adquirió una regularidad inquietante. Katsuki aparecía cada tres o cuatro días, siempre a la misma hora, la misma mesa, el mismo pedido: un americano. Izuku dejó de sorprenderse cuando lo veía cruzar la puerta, pero empezó a anticiparlo, a ajustar tiempos, a calcular descansos, a encontrar excusas legítimas para desaparecer unos minutos.
No siempre iban al baño; el estacionamiento también había servido muchas veces para sus tocamientos indebidos. A veces solo cruzaban miradas demasiado largas, cargadas de deseo. Una invitación a sucumbir. Katsuki solía inclinarse un poco más de lo necesario cuando Izuku retiraba la taza o rozarle las manos al dejarla.
Otras veces, una frase ambigua o un comentario subido de tono, dicho lo suficientemente bajo como para que nadie más lo escuchara. El baño seguía siendo el lugar más frecuente, aunque ya no eran solo besos los que lo devoraban todo, donde la ropa muchas veces estorbaba. Habían hecho mucho más allí de lo que cualquiera podría imaginar.
Siempre el mismo juego:
Katsuki llegando primero o después.
Izuku entrando con una excusa cualquiera.
La puerta cerrándose y ambos entregándose al deseo.
Trataban de no quedarse demasiado tiempo, de no hacer demasiado ruido, pero no siempre Katsuki podía contener sus gemidos ni evitar dejar alguna marca visible en el muchacho.
Con el tiempo, Mina y Ochaco empezaron a intuir lo que pasaba. No preguntaron; lo sabían y decidieron hacer oídos sordos, convencidas de que su amigo también tenía derecho a tener un momento solo para él. Pero hubo alguien que no quiso mirar hacia otro lado.
Una mañana, una de las nuevas empleadas entró al baño supuestamente para limpiar. Fue su error: en el calor del momento olvidaron poner el seguro. No llegó a ver nada comprometedor, pero no necesitó hacerlo para que no le gustara lo que veía.
El rubio estaba demasiado cerca, con el rostro en su cuello, e Izuku arrinconado contra la pared, las manos tensas y la mirada baja, tratando de contenerse. A los ojos de la chica, parecía estar sufriendo.
No articuló palabra por la sorpresa. Ambos se separaron de inmediato. Izuku salió primero, pálido, murmurando una disculpa que no debía. Katsuki lo siguió después, perfectamente compuesto, como si nada hubiera ocurrido.
Esa misma tarde, luego de pensarlo mucho y con la imagen aún viva en la cabeza, alguien elevó una queja sin nombres ni detalles claros. Solo lo suficiente.
Un cliente importante. Un empleado joven. Conducta inapropiada en el baño. Posible acoso.
Mitsuki Bakugō no levantó la voz cuando recibió la denuncia. Tampoco cuando llamó a la joven a su oficina. A pesar de estar muy nerviosa, respondió el interrogatorio con total honestidad.
Escuchó. Preguntó. Repreguntó. Tomó nota mental de cada pausa, de cada mirada esquiva. Cuando terminó, ya había tomado una decisión.
—Avísame si vuelve a aparecer —dijo, deslizando una tarjeta sobre el escritorio—. Directamente a este número.
No fue hasta varios días después que su teléfono vibró y pudo leer: Está acá. Salió de su oficina sin avisar a nadie, con un único objetivo en mente: saber qué era lo que estaba pasando en ese lugar.
Al llegar, el auto estacionado frente al local la hizo fruncir el ceño. Conocía ese vehículo. Demasiado. Entró sin más. Recorrió el lugar con la mirada; a simple vista no había nada fuera de lugar. Demasiado normal para un sitio donde se suponía que un cliente acosaba al personal. Se acercó a la barra.
—¿Mi hijo? —preguntó, seca.
—Creo que fue al baño —señaló Momo sin pensarlo demasiado.
Mitsuki asintió, pero algo no cerraba.
—¿Y el chico nuevo?
—Está en su descanso —respondieron—. Tal vez afuera fumando.
Pero Mitsuki olía problemas a kilómetros de distancia y ya estaba caminando hacia el fondo del lugar, con todas las miradas de los empleados en su espalda.
La puerta del baño no cedió al primer intento ni al segundo. Apoyó la mano con firmeza y empujó sin prisa, con esa paciencia peligrosa que solo ella tenía. El pestillo cedió.
Y ahí estaban.
Katsuki sentado sobre el lavabo con Izuku atrapado entre sus piernas y ambos semi desnudos. No dejaba demasiado a la imaginación sobre lo que estaban haciendo allí. En su restaurante. En horario de trabajo.
—Recibí una queja por acoso de un cliente frecuente —dijo Mitsuki, con la voz filosa—. Imagino que eres tú, Katsuki.
El rubio ni se inmutó.
—¿De verdad te parece que lo estoy acosando, madre?
Izuku levantó la mano en un saludo torpe, todavía aferrado al cuello de Katsuki, rojo hasta las orejas. Una señal simple de que estaba bien… o al menos eso intentaba parecer.
Mitsuki los observó un segundo más.
—Salgan —ordenó—. Los dos.
Y salió del lugar, cerrando la puerta detrás de sí, dándoles un minuto más de privacidad. Recién entonces sonrió. De todas las cosas que imaginó que podían estar pasando ahí, encontrar a su hijo teniendo sexo con uno de sus empleados no estaba en la lista.
