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Español
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Published:
2026-01-09
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Feliz cumpleaños, Manuel

Summary:

Lautaro le pregunta a su novio qué quería para su cumpleaños.

Manuel es un degenerado y decide aprovechar la oportunidad.

Lautaro acepta encantado de no poner ni un peso.

Notes:

Work Text:

 

El cumpleaños de Manuel estaba a la vuelta de la esquina y, a pesar de que se prometió conseguirle el mejor regalo de todos, estaba completamente en blanco.

 

Terminó dándose por vencido cuando quedaban apenas dos días, porque realmente estaba en blanco y prefería preguntar antes que quedarse con las manos vacías.

 

Pero la respuesta lo tomó totalmente desprevenido.

 

—Mmm. ¿Podés ser vos, de la forma que yo más quiera?

 

Quedó recalculando unos segundos hasta que cayó en cuenta. Manuel quería un regalo sexual. Y bueno, terminó aceptando. Porque no tenía una mejor idea y, siendo sincero, le iba a salir completamente gratis. Era ganar o ganar. Por eso no dudó en sonreír y decirle que sí.

 

Claro.

 

Se había olvidado que su novio era un degenerado.

 


 

Se iba a morir de la vergüenza.

 

Manuel hablaba hasta por los codos con la gente del chat, respondiendo preguntas a más no poder. Ese día justo Santiago se fue a la casa de su familia y los había dejado solos. Lautaro sugirió que no prendieran, que hicieran la previa de su cumpleaños los dos juntos, pero Manuel sonrió y le dijo que había que aprovechar y prender igualmente.

 

Y bueno, si hubiera sido sólo un stream como cualquier otro no habría problema. Pero en este preciso momento quería desaparecer, al menos irse lejos de la cámara y encerrarse en su habitación.

 

El juguete de pequeño tamaño vibraba en su interior a una velocidad muy lenta pero de todas formas lo tenía estúpido. Chocaba contra sus paredes y generaba una vibración muy cerca de su próstata, sin llegar a ser del todo invasivo pero aún así estando presente.

 

Intentaba ignorarlo y hacer de cuenta que no pasaba nada, pero simplemente no podía. Clavaba sus uñas en los apoyabrazos de su silla con rueditas y apenas acotaba sobre lo que hablaba su novio, principalmente para pasar desapercibido, porque no estaba para nada metido con la conversación.

 

Y obviamente Manuel no iba a hacérsela tan fácil.

 

—¡Ah! Casi se me olvida. Íbamos a jugar al quién es quién. Paren que le pregunto a Balza dónde puso las tarjetas…

 

Lautaro chusmeó su celular, casi en automático. Imaginó que Manuel iba a abrir WhatsApp, pero cuando lo vio apretar la aplicación del vibrador, se le bajó la presión de golpe. Tragó con nerviosismo, porque no quería demostrar absolutamente nada en vivo. Intentó llamar la atención de Manuel por debajo del escritorio con su pie pero éste no le hizo caso.

 

Abrió la configuración del dispositivo que vibraba dentro de su novio. Lautaro podía jurar que tenía las pupilas completamente dilatadas y que tenía esa forma de mirarlo que sólo podía ver cuando le hacía el amor, como si el fuego estuviera presente en sus ojos a simple vista.

 

Observó la pantalla por unos segundos antes de seleccionar la opción de las velocidades y pasó de uno a tres sin escalas. Lautaro intentó arrancarle el celular de las manos pero no llegó. Manuel apenas se estiró hacia atrás y su novio quedó reclinado sobre él en el preciso instante en que el dispositivo acató la orden vía bluetooth.

 

—Epa, ¿qué hacemos? —soltó sonriente, analizando cada mínima parte del rostro de su pareja.

 

La expresión facial de Lautaro se contrajo por unos segundos. Apretó sus cejas y su rostro se tiñó de un adorable rosado, que el público ameritó a la cercanía entre ellos. Lejos estaban de descubrir que dentro suyo, su próstata estaba siendo estimulada con fuerza, produciendo un escalofrío dentro de su organismo que lo dejó paralizado.

 

No… —soltó, sintiendo que la voz se le quebraba. Con cuidado volvió a sentarse, evitando ver a su pareja o incluso el chat— Era una joda —logró decir en un tono relativamente bajo.

 

Manuel apretó los dientes, reteniendo sus impulsos. Quería apagar stream a la mierda y cogerse a su novio en ese preciso instante. No entendía cómo Lautaro sin hacer una mierda lo calentaba tanto. Tenía el pelo un poco despeinado, la mirada perdida y los cachetes al rojo vivo. 

 

Tal vez se mostraba más calmo, pero no estaba ni cerca de estarlo.

 

—Bueno, creo que no vamos a poder jugar che. Balza se olvidó de armarlo —mintió descaradamente—. ¿Jugamos a otra cosa?

 

Lautaro se mordió un labio y procuró acercarse un poquito más al escritorio, evitando que se vea su clara erección.

 

Ajá —respondió, haciendo su mayor esfuerzo para mantener su voz—. ¿Un Gang Beasts?

 

Aunque tampoco podía retenerlo demasiado bien.

 

Manuel sonrió ampliamente —Mm no sé. Tengo ganas de un FIFA y que lo relates vos. Dale, hacelo por mi cumple.

 

Y bueno, Lautaro quería cumplirle los caprichitos a su novio, pero ya no podía más.

 

Lo miró con cara de ojete y se estiró hasta tocar el streamdeck y cambiar de escena, poniendo la pantalla de inicio sin micrófono.

 

Manu… —jadeó, empezando a gatear encima de él, apoyando una de sus rodillas sobre la silla de Manuel. Escondió el rostro en su cuello y gimió bajito en esa zona, sintiendo que se desesperaba— Cortá, mi amor. Dale, vamos… No puedo más.

 

Manuel atrapó su cintura con un brazo, manteniéndolo en aquella posición. Su otra mano libre volvió a tomar su celular, sin que Lautaro lo sepa.

 

—Mi amor, mirá lo caliente que estás. 

 

Lautaro asintió con la cabeza —Si… Dale, cortá. Ya está. No-

 

Un latigazo de placer lo golpeó directo en su próstata, llegando a cada célula de su cuerpo. Un lloriqueo salió desde el fondo de su garganta y sus uñas se clavaron en el cuerpo de su novio en el momento. Intentó moverse de su lugar, pero Manuel lo sostuvo con firmeza, evitando el movimiento brusco. Tiró su celular sobre el escritorio y con la mano libre golpeó uno de los cachetes del culo de su novio, fascinado de sus reacciones.

 

Por Dios, Lautaro. Qué trola hermosa que sos. Todo mío, todo mío.

 

—Si, si, si —gimió con la voz quebrada. Sus caderas se movían con desesperación, sintiendo al vibrador en su máxima potencia—. Manu, por favor, por favor —imploró con necesidad. Se apartó de su cuello e intentó besarlo, pero un nuevo golpe le hizo curvar aún más su espalda, largando un gemido inevitablemente alto. Sentía que podría terminar con tan sólo frotarse contra su pareja de lo caliente que estaba, y que su entrepierna le dolía horrores, atrapada bajo el jean oscuro.

 

Manuel se quedaría viéndolo desde abajo por horas, pero el chat del stream estaba a mil por segundo preguntando qué mierda les había pasado y algo debían hacer.

 

Terminó llevando una de sus manos hasta el cuello de su novio y lo acercó, mordiendo uno de sus labios sin quitarle la mirada de encima.  —Anda, mi amor. Voy a cortar en cinco. Cuando vaya, quiero que estés todo desnudito, listo para mi. ¿Estamos?

 

Lautaro asintió, un poco atontado. Consiguió bajarse de la silla de Manuel y casi se cae por lo débiles que estaban sus piernas. Su novio se apiadó de él y regresó la velocidad del vibrador al mínimo, permitiendo que se largue de la zona de streaming. Ni bien pasó la puerta que llevaba a las habitaciones escuchó a Manuel hablar con sus seguidores.

 

Respiró profundamente y cerró la puerta detrás suyo. No tenía ni idea de qué mentira había dicho Manuel, pero debía apurarse. Después de todo, tenía un regalito preparado para su novio. 

 

Buscó la bolsita que había escondido en su habitación y rápidamente la abrió. Comenzó a quitarse la ropa que tenía encima ese día. La chomba, el jean apretado y el calzado.

 

Se miró al espejo de cuerpo entero, pensando si eso le gustaría a Manuel o no, pero algo le decía que si. La ropa interior de encaje masculina color negro hacía contraste con su pálida piel. Era hermosa pero le estaba picando todo, y no podía esperar a que Manuel se la arranque ni bien la vea. Sacó de la bolsa las ligas que iban unidas a la prenda y se las colocó lo más rápido que pudo. Tomó el collar que hacía juego con ellas y cuando estaba terminando de colocarlo alrededor de su cuello, la puerta se abrió de golpe.

 

Lo vio a través del espejo. Su mirada lo escaneó de arriba a abajo, frenando en repetidas ocasiones sobre su retaguardia, como si no lo pudiera creer. Perdió la cuenta de cuántas veces le había insistido a Lautaro en el pasado sobre utilizar lencería de encaje, pero jamás le quiso cumplir el capricho por vergüenza.

 

Ahora lo tenía así en frente suyo, sonriendo tímidamente, y sentía que la desesperación crecía a toda velocidad por todo su cuerpo.

 

Lautaro se giró y se acercó con la vergüenza en su rostro. Pasó sus manos por su pecho y le sonrió, mordiendo uno de sus labios.

 

Feliz cumpleaños, mi amor.

 

A Manuel se le escapó un jadeo incrédulo. No podía creer que semejante bombón era suyo y que podría hacer lo que quisiera con él. 

 

Lautaro lo miraba desde abajo, con esos ojos de “por favor” que lo volvían loco. Batía sus pestañas y su cuerpo entero le gritaba que lo hiciera suyo.

 

Sus manos se clavaron en su cintura instintivamente. Algo casi animal, como un movimiento que ya realizaba de forma automática. Lo acercó a él y se lanzó directo a su cuello, empezando a dejar un par de marcas vistosas.

 

Lautaro tan sólo se dejó llevar. Bajó sus manos lentamente por todo su cuerpo hasta llegar al inicio de su pantalón y comenzó a desvestirlo. Las manos de Manuel lo recorrían con firmeza, clavando sus uñas y apretando por momentos. 

 

De repente, una de sus manos subió hasta el pelo de Lautaro y tiró con fuerza hacia atrás, logrando contacto visual nuevamente. Los cachetes al rojo vivo de su novio y la mirada de súplica lo tenían estúpido, como si no pudiera creer que todo esto era suyo.

 

Qué hermoso que sos, bebé… 

 

Lautaro le sonrió. Él no era bueno con las palabras, por lo que decidió mostrar su cariño con acciones. Le depositó un último beso en la comisura de los labios antes de dejarse caer al piso de rodillas, separándolos apenas un poco para que Manuel quede entre ellas.

 

Miró hacia arriba, fascinado con las pupilas dilatadas de Manuel. Pasó ambas manos por los muslos de él y clavó sus uñas en el inicio del jean, tirando hacia abajo para terminar de quitarlo. Se encontró con la ropa interior de su novio; negra y con una manchita en la zona de la punta. Sin quitarle la mirada pasó su lengua sobre la humedad, saboreando el líquido preseminal. Manuel posó una de sus manos sobre su cabello a la vez que soltaba un jadeo ante el contacto inicial. Con su otra mano deslizó la prenda hacia abajo con ansiedad, haciendo que su miembro golpee los labios del rubio.

 

Ver a Lautaro desde esa posición era todo un hito. No solía arrodillarse frente a él, alegando que le daba mucha paja y después le dolían las rodillas, por eso estaba fascinado con esta visión. Podía ver la parte trasera de Lautaro a través del espejo y le producía unas sensaciones de calor exquisitas. Lograba notar el hilo del vibrador colgando con gracia cuando se movía, saliendo de la tanga masculina color negra de encaje.

 

Regresó la mirada rápidamente al rostro de su novio, quien lo observaba con aquellos ojos de cachorrito enamorado que lo volvían loco. Acarició su pelo con cariño mientras se mordía un labio. Lautaro separó sus labios y pasó su lengua desde la base hasta la punta sin quitarle la mirada de encima. Enredó su lengua en la cabeza del miembro y terminó cerrando sus ojos al meterlo por completo dentro de su boca.

 

Un nuevo jadeo escapó de los labios de Manuel con la sensación de humedad rodeando su intimidad. La cabeza de su novio se movía de adelante hacia atrás, sosteniéndose de sus muslos y clavando las uñas sin llegar a hacer un verdadero daño. Podía sentir la punta rozando la garganta y cómo cada vez que tocaba su campanilla, Lautaro apretaba las cejas y cerraba aún más los ojos. No sabía qué era lo que se sentía tan bien, si la mera imagen de su novio de rodillas chupándosela, o el contacto de su pija contra la lengua de su pareja.

 

No tenía ni idea, pero le fascinaba.

 

Agradecía a la vida no ser un precoz, porque iba a disfrutar esto como un campeón.

 

Afianzó el agarre sobre su pelo y empezó a mover sus caderas, atento a las reacciones de su pareja por si se llegaba a propasar. Lautaro aflojó la mandíbula e hizo su mayor esfuerzo para respirar por la nariz, buscando complacer a su novio en su día especial. Además de que, bueno, siendo sincero, disfrutaba de todo esto. En especial de la atención y lo intenso que actuaba Manuel cuando estaba realmente excitado. Logró abrir los ojos, haciendo un poco de fuerza, pero se llevó una desagradable sorpresa cuando lo vio con el celular en mano.

 

¿Qué era tan importante como para no prestarle atención en ese momento?

 

Manuel soltó el celular, tirándolo sobre la cama, y le sonrió encantado. La respuesta le llegó apenas unos segundos después. Intentó separar su cabeza pero Manuel se lo impidió, produciéndole un escalofrío placentero que recorrió todo su cuerpo hasta llegar a su rostro en un golpe de calor.

 

—¿Te gusta, mi amor? Si pudieras ver la cara de trola que me estás poniendo ahora…

 

Sus ojos intentaban cerrarse pero no podían y tan sólo se humedecían cada vez más. Le estaba costando respirar y Manuel no paraba de hacer presión contra su campanilla. Clavó las uñas con más fuerza llegando a hacer una marca significativa, intentando liberar tensiones, pero simplemente no podía.

 

Manuel volvió a morderse un labio, incrédulo de lo bien que se veía su pareja. De lo mucho que disfrutaba toda esta atención, y cómo le encantaba complacerlo de semejante manera.

 

Levantó uno de sus pies como pudo y, sin pensarlo demasiado, lo apoyó contra la erección de Lautaro sin llegar a hacer demasiada fuerza. Éste se separó de Manuel, gimiendo en voz alta y sin poder contener más el aire. La pija erecta salió de su cavidad bucal y rebotó de lleno en su rostro, quedando apoyado sobre una de sus mejillas 

 

Manu, Manu… —gimió con desesperación. Alzó la mirada y un par de lágrimas silenciosas cayeron por su rostro sonrojado. Lo miró a su novio con el ruego en el rostro, implorando que detenga las caricias sobre su miembro o el movimiento intenso del vibrador dentro suyo, pero Manuel estaba lejos de detenerse. Dejó caer sus manos sobre la pierna de su novio y apretó con fuerza— No puedo más… —rogó nuevamente.

 

Manuel se detuvo para su suerte. Lo tomó por los antebrazos y, casi sin esforzarse, levantó a Lautaro del piso y lo subió a la cama.

 

Lo acomodó en cuatro como a él le gustaba y se deleitó con la vista. Pasó sus manos por su cadera y tiró apenas un poco hacia su lado, logrando que Lautaro quede perfectamente posicionado. Recorrió el borde de la tanga con la yema de sus dedos, estirando la tela sin llegar a quitarla, y la soltó haciendo que resuene como una cachetada suave. Enredó uno de sus dedos en el hilo y tiró apenas un poquito, moviendo el aparato dentro de su novio.

 

Lautaro se aferró a las sábanas, intentando que no se note tanto el temblor en su cuerpo. Manuel estaba más intenso que de costumbre. El sexo usual entre ellos era más bien rápido, sin tantas variables. No sabía si porque no se lo plantearon anteriormente o porque llegado el momento simplemente se desesperaban y terminaban relativamente rápido. Pero hoy lo estaba haciendo gemir como nunca antes.

 

Y le fascinaba.

 

Logró girarse apenas un poquito para poder verlo sobre el hombro. La mirada de Manuel estaba oscurecida, clavada en su culo mientras seguía moviendo el dispositivo, jugando con el hilo.

 

Movió sus caderas hacia atrás, logrando apoyarse contra la entrepierna de su novio. Manuel se mordió un labio con fuerza logrando lastimarse y hacerse una marquita. Tiró del hilo hasta quitar el vibrador de dentro suyo y lo lanzó sobre la cama, apagándolo manualmente.

 

Mirá lo que sos, mi amor. Todo mío, todo esto para mi.

 

La voz ronca de Manuel al estar excitado le encantaba. Sonrió con placer y asintió con la cabeza, sintiendo las manos de Manuel apretar su culo. Corrió la tela de la tanga a un lado sin quitársela y apoyó su pulgar sobre su entrada.

 

Lautaro llevó sus manos al inicio de la prenda intentando removerla pero Manuel no quería, estaba fascinado con cómo le quedaba el contraste de colores. Atrapó las muñecas de Lautaro con sus manos y las aprisionó contra el colchón. Notó el sobresalto en su novio pero aquello no hizo más que incentivarlo aún más. Con sus manos ocupadas, sintió que la boca se le hacía agua de la anticipación y se acercó a la piel de Lautaro con deseo. Su lengua se deslizó por uno de los cachetes antes de hincar sus dientes y dejar una marca de gran tamaño. Logró oír el suave gemido de su pareja y su pulso se aceleró. Arrancarle cualquier ruido a Lautaro era todo un logro, porque solía negarse por vergüenza, pero suponía que el vibrador había hecho su efecto en él.

 

Sus labios siguieron su camino, dejando una seguidilla de besos húmedos por aquella curva que lo volvía loco. Su lengua se deslizó por la superficie hasta alcanzar la zona arrugada de Lautaro. Éste se sobresaltó nuevamente, sintiendo la vergüenza golpearlo nuevamente. No era la primera vez que Manuel le daba un beso negro, y estaba seguro de que no sería la última, pero siempre lo tomaba por sorpresa y le daba mucha pena. Aunque se sentía tan, tan bien que podía soportarlo.

 

La lengua de Manuel giró sobre la piel, deleitándose con el sabor que ya había experimentado en reiteradas ocasiones. Se encargó de lamer una y otra vez, asegurándose de dilatar a su novio lo mejor posible. Lautaro le hizo saber que ya había sido suficiente y se separó, soltando sus muñecas y tomando el lubricante que estaba en la mesita de luz.

 

Su novio rotó en la cama, quedando enfrente suyo. Y cuando éste pensó que Lautaro no podría ser más erótico, fue que vio su rostro distorsionado por el placer. Las cejas arqueadas, los labios rojos e hinchados, el pelo completamente revuelto, las mejillas ruborizadas por completo llegando hasta su cuello y los ojos entrecerrados, con un brillo único en él.

 

Su pecho subía y bajaba agitado. Lautaro estiró sus brazos para quitarle la camiseta que tenía puesta ese día y Manuel permitió que lo desvista. Una vez en igualdad de condiciones se inclinó para agarrar un preservativo, pero Lautaro se lo quitó de las manos y lo tiró lejos de la cama.

 

No quiero —dijo sonriente—. Quiero que… —hizo una pausa, viéndolo a los ojos. A pesar de que estas cosas le generaban genuina vergüenza, este día se encontraba más descarado que lo usual, desconocía el motivo— Hoy quiero que me termines adentro.

 

Manuel sonrió incrédulo. Lautaro le estaba dando muchas sorpresas esta noche, y le encantaba. Asintió con gusto y abrió el pote de lubricante. Se aplicó una cantidad generosa sobre su miembro, apenas acariciándolo un poco, y se acomodó para alinearse mejor. Las piernas de su novio rodearon su cadera y logró introducirse de a poco.

 

Lautaro se aferró a sus brazos, presionando sus uñas con poca fuerza. No le dolía en lo absoluto, Manuel lo había preparado excelente, y se lo hizo saber al hacer presión con los talones en su espalda. Las embestidas no se hicieron esperar y a Manuel no le costó ni lo más mínimo encontrar su próstata, como si conociera su cuerpo de memoria.

 

Las manos de Manuel se clavaron en sus caderas y, haciendo apenas un poco de esfuerzo, lo alzó unos pocos centímetros, consiguiendo frotarse contra su punto más sensible con más firmeza.

 

Sus jadeos fueron elevando su volumen hasta transformarse en gemidos, cada vez más y más agudos. Manuel acarició todo su cuerpo con desesperación hasta cerrar una de las manos sobre su cuello, sin llegar a ahogarlo de verdad pero haciendo una presión importante. Un calor sofocante golpeó su rostro, se sonrojó incluso aún más y sus ojos se llenaron de lágrimas en cuestión de segundos.

 

—¿Viste lo que sos, Lautaro? Sos un escándalo, y sos todo mío, mío —jadeó. 

 

Las pupilas dilatadas y las estocadas cada vez más brutas de Manuel le daban un aspecto salvaje que le ponía la piel de gallina y elevaba su líbido una locura. Asintió con la cabeza y soltó un gemido ronco cuando la mano libre de Manuel impactó sobre su muslo.

 

La versión posesiva y loca por él era su favorita, porque aunque no lo demuestre tanto, él era exactamente igual.

 

Manuel era suyo, de su propiedad, de nadie más. No podía siquiera mirar a una mujer u otro hombre, tan sólo podía tener ojos para él. El único que podía ver esta faceta era él, nadie más. Sería capaz de ponerle un collar para perros y llevarlo de un lado al otro de la correa, para que todo el mundo se entere que su novio era suyo y jamás lo compartiría.

 

Pero él tenía sus métodos para atarlo, sin necesidad de decirlo en voz alta.

 

Llevó una de sus manos a la nuca de Manuel y lo acercó a él con fuerza, llegando a ser casi agresivo. Clavó sus uñas en el cuero cabelludo de esa zona y no dudó en hincar sus dientes en su clavícula. Manuel se estremeció encima suyo, y su novio sabía que le dolía, que no era específicamente placentero, pero con el tiempo descubrió que disfrutaba algo de dolor a la hora de tener relaciones. Y claramente iba a aprovecharlo.

 

Mordió varias zonas de su cuello, chupando y succionando. Las marcas no tardaron en aparecer sobre la pálida piel y Lautaro las observó, deleitándose. Llevó una de sus manos al pelo de Manuel y tiró de él, haciendo que lo mire a los ojos.

 

Ni se te ocurra taparlo, ¿me escuchaste? —jadeó mientras rozaba sus labios.

 

Y Manuel sonrió encantado. La mano sobre su muslo se deslizó hasta apretar la erección atrapada bajo la incómoda tanga negra. Lautaro soltó un gemido quebrado por lo sorpresivo que fue e intentó decirle que pare, que iba a terminar muy rápido, pero la presión sobre su cuello se hizo aún más grande y un espasmo lo recorrió de punta a punta, como un latigazo de satisfacción que le erizó la piel. Las estocadas jamás se detuvieron, al contrario. El golpeteo constante y la estimulación de su olvidado pene fueron más que suficientes para que un par de lágrimas solitarias cayeran por su rostro.

 

El orgasmo lo golpeó con fuerza. Apenas unos segundos después pudo ver cómo Manuel apretaba sus cejas y un líquido caliente se disparaba dentro suyo. Pudo observar cómo cerraba los ojos y la punta de sus cejas se curvaban hacia arriba, la nuez de Adán en su cuello temblaba gracias al gemido que abandonó sus labios y su pecho se inflaba con irregularidad.

 

Apenas unos segundos después volvió a abrir los ojos. Se vieron entre ellos por un instante antes de sonreír y acercarse en un beso suave. Lautaro lo abrazó por el cuello y Manuel acarició su cintura con cariño.

 

Fue bajar de mil a cero en dos segundos. 

 

Manuel se desplomó sobre su novio y éste hizo su mayor esfuerzo para quitárselo de encima porque no le dejaba respirar. Entre risas logró que giren sobre el colchón y se taparon con una sábana antes de abrazarse con amor. Poco les importaba el enchastre que habían hecho, ya mañana limpiarían todo.

 

Habían tenido una de sus mejores noches desde que empezaron a salir. Poco les importaba el estado de las sábanas o el vibrador que había caído al suelo cuando se acomodaron. Esa noche era perfecta, no había nada que pudiera arruinarla.

 

¡Qué los cumplas feliz! ¡Qué lo-!

 

Santiago se quedó paralizado. Las amigas de Manuel y otros amigos que tenían en común también se quedaron plasmados. Estos al menos tuvieron la decencia de retirarse, pero él no.

 

—¡Sos muy pelotudo, Santiago! Yo te avisé, la que te re parió —soltó Lautaro escondiéndose bajo las sábanas. Manuel lo abrazó pero lo ayudó a cubrirse, nadie más podía verlo así. Sería una locura.

 

—¡Boludo! Hace una hora y media cortaron el stream, ¿qué tanto estuvieron haciendo? ¿Cuánto van a estar cogiendo? Dale… Da, había organizado todo re bien.

 

Manuel alzó una ceja divertido. Su amigo tenía puesta una remera con su cara y tenía un budín con una vela en mano. Le generaba hasta ternura verlo de esta manera —Gracias hermano. Mañana lo celebramos todos juntos. Decile a las chicas que pueden hacer pijamada en mi pieza si quieren, no hay drama. Total son poquitos.

 

Santiago apretó los labios. Intentó mentir, pero mentirle al mitómano número uno del streaming, era complicado.

 

La música se desató en el living. Tu jardín con enanitos empezó a reproducirse en los parlantes de la nueva casa y algo le decía que no era simplemente la canción desde un dispositivo, al menos eso le decía la cara de su amigo.

 

¿Hasta los Rozé habían caído?

 

Manuel resopló sin que se le borre la sonrisa.

 

—En diez vamos. Gracias amigo.

 

Santiago sonrió e intentó acercarse a saludarlo, pero al ver el vibrador tirado junto al preservativo en el piso, salió corriendo de esa habitación como si fuera mortífera.

 

Manuel no se podía quejar. Tenía a dos personas que lo amaban y, a pesar de sus altibajos, sabía que siempre estarían allí para cumplirle los caprichos el uno al otro.

 

No podría ser más feliz.