Work Text:
Steve se dio cuenta demasiado tarde de que no todas las cosas que duelen hacen ruido.
Algunas se instalan despacio, como una canción que no recuerdas haber puesto, pero que suena igual en tu cabeza a las tres de la mañana.
Jonathan Byers era así.
No era un amor épico.
No era un flechazo.
Ni siquiera era algo que Steve pudiera señalar y decir aquí empezó.
Jonathan estaba ahí.
En las misiones, con el ceño fruncido y la cámara colgando del cuello, como si el mundo pudiera capturarse y entenderse mejor desde un lente. En la casa, sentado cerca de Will, escuchándolo con una atención que Steve nunca había visto en nadie. En los silencios, sobre todo en los silencios.
Steve lo observaba demasiado.
Nunca se declaró.
Nunca cruzó una línea.
Nunca hizo nada que pudiera delatarlo.
Porque Jonathan no le había pedido que lo amara.
Y Steve no quería cargarlo con algo que solo era suyo.
Por eso salió con ella.
No era mala persona. Eso era lo peor.
Tenía el cabello oscuro, los mismos gestos cuidadosos, esa manera de mirar como si estuviera pensando en algo importante incluso cuando no hablaba. A veces ladeaba la cabeza al escuchar, y Steve sentía el golpe seco en el pecho, porque por un segundo —solo uno— su cerebro se confundía.
"Intento reemplazarte con personas que se parecen a ti."
Nunca lo dijo en voz alta, pero lo pensó tantas veces que le daba vergüenza.
La llevaba a lugares que Jonathan había mencionado alguna vez. Se sorprendía cuando ella no reaccionaba igual. Cuando no entendía la referencia. Cuando no miraba el mundo como Jonathan lo hacía.
No era justo.
Y Steve lo sabía.
Terminó con ella una noche cualquiera, con una excusa amable que no explicaba nada. Caminó solo a casa, sintiéndose más vacío que antes, con la certeza clara y asfixiante de que no había botón de borrar.
No podía eliminar a alguien que nunca había tenido.
El quiebre llegó en una misión.
Nada espectacular. Nada heroico. Solo un error: un momento en que Steve se adelantó demasiado y algo salió mal. No fue grave, pero sí lo suficiente como para que Jonathan lo agarrara del brazo después, con la voz tensa.
—No hagas eso —le dijo—. No te lances así.
Steve levantó la vista. Jonathan estaba demasiado cerca.
Demasiado real.
—¿Por qué? —preguntó Steve.
Jonathan abrió la boca, la cerró. Suspiró.
—Porque importas.
Ahí se rompió.
No fue inmediato. No fue dramático. Fue como una grieta que se ensancha hasta que ya no queda nada que sostener.
Esa noche Steve no durmió.
Entendió que, si no decía nada, pasaría el resto de su vida intentando reemplazar a Jonathan con sombras. Con ecos. Con versiones incompletas.
Así que al día siguiente lo buscó.
Jonathan estaba en el patio, arreglando la bicicleta de Will. Steve se quedó de pie un momento, respirando hondo, recordándose que no tenía derecho a nada.
—Jonathan —Llamo.
Jonathan alzó la vista.
Steve habló rápido, temiendo arrepentirse.
—No sé cómo decir esto bien. Y no quiero que te sientas obligado a nada. Pero necesito decirlo, porque me estoy cansando de mentirme.
Jonathan frunció el ceño, atento.
—Estoy enamorado de ti —dijo Steve—. Y no espero que sientas lo mismo. Solo… no quiero seguir intentando borrarte.
El silencio fue largo.
Steve ya estaba preparado para todo: incomodidad, rechazo, distancia. Ya había ensayado cómo perderlo sin que doliera demasiado.
Pero Jonathan no retrocedió.
Se pasó una mano por el cabello, nervioso.
—Steve… —dijo despacio—. No sabía
Steve asintió.
—Lo sé.
—Pero —continuó Jonathan— eso que dijiste… —tragó saliva— creo que siempre estuvo ahí. Solo que nunca lo pensé de esa forma.
No fue un yo también desde siempre.
Fue mejor.
Fue honesto.
Steve sintió cómo algo se acomodaba dentro de él: no perfecto, no completo, pero posible.
Jonathan dio un paso adelante.
—Si te parece —dijo—, podríamos… intentarlo.
Steve sonrió, pequeño, cansado, aliviado.
—Me parece bien —respondió—. Yo no quiero borrar nada.
Y por primera vez, la canción en su cabeza dejó de doler.
No porque desapareciera.
Sino porque, al fin, alguien más podía escucharla con él.
