Chapter Text
Álvaro sabía que estaba rodeado de amigos con ideas que iban desde las más equivocadas hasta las más tontas posibles.
Lo sabía desde hacía años, desde las primeras locuras compartidas, desde los planes improvisados que siempre terminaban con alguien perdiendo el móvil, la dignidad o ambas cosas.
Por eso, todavía no lograba decidir cómo clasificar la última idea de Dean… ni por qué demonios había aceptado. Al principio había parecido una tontería, una farsa sin consecuencias, algo con fecha de caducidad. Dean solo quería salir más de casa. Sus padres eran protectores hasta el extremo, atentos a cada horario, cada salida, y Álvaro, con su cara de buen chico universitario y su historial impecable, encajaba perfectamente en el papel del “novio responsable”. No era más que eso: un papel.
Por eso, meses atrás, a Álvaro no le importó demasiado cuando recibió el mensaje de Huijsen avisándole de que ahora sus padres ya sabían del supuesto “noviazgo” entre ellos. De hecho, hasta le pareció gracioso. Los padres de Dean lo adoraban. Confiaban en él de una forma casi absurda. Todo lo que Dean pedía, siempre que implicara a su “novio”, era automáticamente aprobado. Salir hasta tarde. Dormir fuera. Viajes improvisados. Conociendo bien a su hijo, o creyendo conocerlo, dejaban que Dean saliera solo con Carreras, convencidos de que nada malo podría pasarle a su único hijo bajo su supervisión.
El problema era que sí podían pasar cosas malas y había dos problemas muy claros en esa situación.
El primero implicaba responsabilidad, leyes y padres. Dean tenía una facilidad preocupante para perder la cordura cuando bebía. Y Álvaro, como adulto responsable acompañando a un menor, estaba profundamente jodido si los pillaba una patrulla cargando con un Dean borracho por la calle. Peor aún: si los padres de su amigo se despertaban y encontraban a su hijo en ese estado, habría explicaciones, decepciones y probablemente una prohibición vitalicia.
Y luego estaba el segundo problema, el que no podía explicarse con lógica.
Álvaro se había enamorado de verdad del chico rubio.
Gonzalo se lo había advertido. Le había dicho que jugar a fingir sentimientos era peligroso, que tarde o temprano alguien acabaría confundiéndose. El gallego no le hizo caso. No creía que fuera posible. Dean y él eran demasiado amigos, demasiado cercanos. Además, ese tipo de cosas solo pasaban en películas cursis, donde la amistad se transformaba mágicamente en amor. Pero algo había cambiado, al menos para él.
Era una desgracia silenciosa, porque, aunque fingían ser novios, Álvaro apenas tenía contacto real con Dean. La farsa solo existía frente a los padres y los hermanos. De vez en cuando, algún beso rápido en los labios. Ensayado. Breve. Inofensivo para cualquiera que no estuviera desesperado por más.
Y Carreras estaba desesperado.
— ¿Estás despierto, tío?
Una mano sacudió su hombro, arrancándolo de su pequeño trance. Álvaro parpadeó, regresando a la biblioteca.
— Joder, tío. — insistió Gonzalo. — Estabas pensando en Dean, ¿a que sí?
— No. — respondió Álvaro, frunciendo el ceño y evitando los ojos claros de su amigo. — No pienso solo en él, ¿vale?
— Si no estabas pensando en él, entonces ¿por qué tienes esa cara de boludo? — provocó Nico desde el otro lado de la mesa.
Álvaro levantó el dedo del medio sin dignarse a mirarlos. Ellos se rieron, satisfechos, antes de volver la vista a los cuadernos.
Él intentó concentrarse en los libros. De verdad lo intentó. Pero era imposible estudiar cuando estabas tan jodidamente enamorado. La frustración lo golpeó con fuerza al recordar lo que sería esa noche. Saldrían de fiesta. Como siempre, Dean acabaría besándose con alguien y Álvaro lo vería; tragaría las lágrimas y luego esperaría pacientemente para llevar a su “novio” a casa. Era masoquista. Y lo sabía.
— Sois muy pesados, en serio. — murmuró. — Por eso estáis todos solteros.
— No, no. — respondió Nico. — Estamos solteros porque no nos presentás a los primos de Dean, los que están acá en España visitándolo. Ya vimos las fotos, Álvarito. Están re buenos, boludo, tanto el inglés como el turco.
— Es que vosotros no valéis un duro, Nicolás. — se quejó Álvaro. — Los primos de Dean son personas muy decentes.
El tinerfeño le lanzó una bolita de papel, y Gonzalo no tardó en unirse, iniciando una absurda guerra silenciosa.
— ¿Y bolas de papel? En serio, ¿cuántos años tenéis?
Para ignorarlos, sacó el móvil del bolsillo. Sonrió al ver los mensajes de Dean.
Aún faltaban muchas horas para la fiesta. Álvaro tenía clases que atender, apuntes que tomar, intentos fallidos de prestar atención, pero cuando Álvaro se dio cuenta, ya estaba frente a la casa del más joven, echando un último vistazo a su aspecto antes de tocar la puerta.
Siempre se ponía nervioso al llegar a la casa de los Huijsen y tener que hablar con la pareja. Eran tan amables que cada vez que mentía sobre el “noviazgo”, se sentía mal, y también con miedo, porque el señor Huijsen podía ser aterrador cuando quería.
– ¡Hola, Álvaro!
Álvaro sonrió a la mujer. La señora Huijsen saludó a sus amigos antes de volver adentro, llamando a Dean, y entonces apareció el padre del más joven, saludando a los chicos que estaban detrás de Álvaro.
– No sé yo, esta salida no me convence. – dijo el señor Huijsen con desconfianza. – Me parece que Dean está saliendo demasiado, y esas fiestas universitarias no son cosa buena. Sé de eso porque a mis críos mayores no solían volver muy bien de ellas.
– Que no os preocupéis, suegro. Te aseguro que esta es tranquila.
No es tranquila, no, gritó la conciencia de Álvaro. Ni siquiera llevaría a Dean a la fiesta si Gonzalo no hubiera abierto la maldita boca delante del chico. El padre de su amigo iba a seguir hablando, pero se detuvo al ver a los que bajaban por las escaleras, y Álvaro se apartó de la puerta, retrocediendo hasta junto a sus amigos.
Dean bajó las escaleras acompañado, hablando animadamente, y fue imposible no notarlos.
Álvaro casi se cayó. Todo de rojo, Dean parecía sacado de una comedia romántica de bajo presupuesto… de esas que igual te rompen el corazón.
A su lado venían sus primos. Uno alto, serio y acento inglés marcado. El otro, sonrisa encantadora elegante incluso bajando escaleras, claramente consciente del efecto que causaba. Álvaro los identificó de inmediato: Jude y Arda. Los mismos de las fotos, los mismos que Nico llevaba semanas mencionando con demasiado entusiasmo.
— Hermanos… — murmuró Paz. — Encantadísimo estoy.
— Chavales... — añadió García. — Desde hoy creo que solo me molan los otomanos.
Álvaro cerró los ojos un segundo, rezando por paciencia.
— Hola, amor.
Dean se acercó con una sonrisa brillante, como si no supiera, o supiera demasiado bien, el efecto que causaba. Se inclino un poco en dirección a la fase de Carreras y le dio un beso corto en los labios antes de lo rodear con un abrazo casual, cómodo, ensayado.
Demasiado ensayado.
— Niños. — la voz del señor Huijsen los hizo separarse de inmediato. — Cuidado ahí fuera. Especialmente vosotros. — señaló a los dos chicos. — Que no conocéis la ciudad. — Y tú. — añadió, mirando directamente a Álvaro. — Ya sabes.
— Lo sé, suegro. — respondió él, sonriendo. — No te preocupes, cuidaré muy bien de Dean.
Le guiñó un ojo. El señor Huijsen negó con la cabeza, resignado, mientras la señora Huijsen reía y les deseaba que se divirtieran con responsabilidad.
Cuando salieron a la calle, Gonzalo y Nico no tardaron ni cinco segundos en adelantaros, presentándose a los primos con una falta de vergüenza admirable.
— Creo que fue buena idea traerlos. — comentó Dean en voz baja, caminando al lado de Álvaro. — Gonzalo y Arda son dos sinvergüenzas, se van a llevar genial.
— ¿Y Jude? — preguntó.
— Dice que es hetero.
— Pobrecito. — respondió Álvaro. — Con Nico eso no funciona.
Dean soltó una carcajada.
— Ojalá se lie. — añadió. — Así podré besar en paz también.
El mayor sonrió… y al mismo tiempo sintió cómo algo le apretaba el pecho.
Porque Dean no se había vestido así para él. No para pasearse de la mano con su falso novio. Se había vestido así para llamar la atención, para coquetear, para besar otras bocas mientras Álvaro fingía no mirar demasiado. Y lo peor era que Álvaro sabía que lo haría. Miraría. Esperaría. Y al final de la noche, como siempre, llevaría a su “novio” a casa.
Que romántico, que trágico.
Y ridículamente propio de él.
Estar en el fondo del pozo definitivamente tenía que ser eso. Sí, definitivamente lo era.
Álvaro estaba solo en una esquina, apoyado contra la pared, con una botellita de agua entre las manos porque alguien tenía que mantenerse consciente y porque Álvaro siempre se mantenía bien hidratado, como buen adulto responsable atrapado en una fiesta universitaria que no había pedido.
Desde allí observaba la pista.
O, más concretamente, observaba a Huijsen.
El grandote rubio estaba pegado a un cuerpo claramente menor que el suyo, riendo como si le hubieran contado la mejor noticia del mundo. Se movía con la música sin ningún pudor, frotándose contra el extraño como si no existiera nadie más alrededor. Como si no tuviera un falso novio observándolo desde la distancia con el corazón en la mano.
Álvaro apretó la botella.
Era miserable pasar por eso un viernes por la noche. Podría estar en casa, durmiendo, viendo televisión o haciendo literalmente cualquier otra cosa que no fuera esto.
— Al menos ellos se la están pasando bien. — murmuró para sí mismo, obligándose a apartar la mirada de Dean.
La desvió hacia Gonzalo y Arda, que se besaban sin ningún tipo de vergüenza en una esquina, completamente ajenos al resto del mundo. Nico ya sabía que no volvería a verlo hasta el día siguiente. Cuando vio a Jude sujetarlo del brazo, demasiado cerca, de una forma que ningún hombre heterosexual usaría, entendió exactamente adónde irían: probablemente a casa de Paz, cumpliendo la profecía de la noche.
Todos emparejados, todos felices y Álvaro, una vez más, el solitario oficial.
Miró el reloj, no tardaría en ser hora de llevar a Dean a casa.
Las reglas de sus padres eran claras y no admitían negociación: podía llegar de madrugada, sí, pero antes del amanecer o antes de que ellos se despertaran. Si no, se acababan las salidas. Todas. Para siempre.
Recordó entonces cuando conoció a Dean.
Tenía trece años y los Huijsen eran sus nuevos vecinos. Era solo un crío al que Álvaro ayudaba con matemáticas después de clases, inquieto, parlanchín y con una facilidad alarmante para meterse en problemas. En aquel entonces, Álvaro no entendía del todo la sobreprotección extrema de los padres y hermanos hacia él. Después de unos meses de convivencia, lo entendió perfectamente.
Dean no era un chico fácil. Siempre acababa en situaciones raras con chicos más grandes, aunque ahora él es hasta mayor que yo, se dejaba llevar demasiado y no medía consecuencias. Como sus padres y sus hermanos no siempre podían estar cerca, preferían limitar sus salidas antes que lamentar algo peor. Además, Dean tenía ideas equivocadas e imprudentes… aunque eso había mejorado bastante desde que Álvaro entró en su vida.
Y luego estaba lo otro.
En una conversación más profunda, una noche tranquila, Dean le explicó que toda esa protección también venía de otro lugar: antes de él, sus padres habían intentado durante años tener un hijo biológico sin éxito, incluso después de haber adoptado a sus hermanos mayores. El embarazo de Dean fue complicado, casi lo pierden en nascimiento y sería el único hijo biológico que podrían tener.
Eso despertó aún más el instinto protector de Álvaro. Desde entonces, cuidaba de Dean como si fuera lo más precioso del mundo. Y, bueno… para él lo era.
— Ya nos vamos.
La voz de Gonzalo lo sacó de sus pensamientos. Estaba gritando por encima de la música, con Arda agarrado de la mano y una sonrisa enorme en la cara.
Álvaro asintió automáticamente, buscando a Dean con la mirada y puso mala cara al verlo besar al extraño.
No tuvo tiempo de hacer nada, porque Arda soltó la mano de Gonzalo, se abrió paso entre la gente con decisión y, sin decir una sola palabra, agarró a Dean de la mano y lo arrastró hacia la salida.
Carreras y García los siguieron de inmediato.
Fuera del bar, lejos de la multitud y del ruido, el aire era más fresco. Respirar se volvía, de repente, mucho más fácil.
— ¡Estás borracho! — reclamó Arda en cuanto estuvieron fuera.
El rubio se rió, negando con la cabeza y golpeando el suelo con el pie, claramente indignado.
— ¡Iba a coger, Arda! ¡Me cortaste el rollo!
— ¿Borracho y con un extraño que nadie conoce? — Arda lo miró de arriba abajo. — No mientras yo esté cerca. Te vas a casa.
— Vale, vale, Güler. — Dean hizo un puchero, y recién entonces pareció notar la presencia de Gonzalo y de Álvaro. — ¡Mi mejor amigo del mundo me llevará!
El corazón de Álvaro se rompió un poquito más.
¿Era un idiota por abrir los brazos para recibir a Dean? Claro que sí.
¿Era un iluso por derretirse cuando el rubio se apoyó en él? Contra toda lógica.
¿Era un masoquista por sonreír incluso después de ser llamado mejor amigo? Más de lo que quisiera admitir.
— Y Jude y yo creyendo que éramos los tontos de la familia. — murmuró Arda, rodando los ojos.
Tomó la mano de Gonzalo y se despidió de Álvaro con un gesto rápido. Gonzalo, por supuesto, le guiñó un ojo a su amigo, le lanzó un beso exagerado y se marchó casi saltando de felicidad.
Carreras suspiró, todavía con Dean aferrado a su cuerpo.
— Mira. — dijo Dean, mirando en la dirección en la que se habían ido los demás. — Hemos hecho parejitas. Pero… ¿son de verdad o qué?
— Sí, son de verdad. — respondió Álvaro con el mismo tono paciente que usaba cuando Dean era un niño. — Vamos a casa, ¿sí? Es tarde y estás borracho. Trata de caminar lo más normal posible. Si nos encontramos con la policía, tus papás recibirán una multa y nunca más podrás salir de casa.
— Vosotros creéis que solo porque me emociono estoy borracho. — protestó Dean. — ero qué va. No lo estoy. Me tomé unas cervecitas nada más. Tres latas como mucho. Aguanto bien, ¿eh?
— Lo sé. — respondió Álvaro. — Pero no eres tan bueno como piensas.
Le apretó suavemente la nariz.
— Así que sí, estás alterado, neno, y te vas a casa.
Dean sonrió.
El camino fue tranquilo. Demasiado tranquilo, incluso. No encontraron sorpresas, ni patrullas, ni vecinos curiosos.
Pero lograr que Dean entrara a su casa sin hacer ruido fue una misión casi imposible. No quería arriesgarse a encontrarse con los padres de su amigo tan pronto. No solo tendría que explicar por qué Dean estaba tambaleándose… también tendría que justificar la ausencia de sus sobrinos, que probablemente seguían repartidos por las casas de los amigos de Álvaro, haciendo cosas que él no hacía desde hacía mucho tiempo.
Y, aun así, mientras ayudaba a Dean a entrar, pensó que lo volvería a hacer. Siempre.
Álvaro cerró la puerta con el mayor cuidado del mundo. El silencio de la casa le pareció ensordecedor después de horas de música, risas y gritos. Solo se oía la respiración irregular de Dean, apoyado casi por completo en su hombro, y el leve crujido del suelo bajo sus pies.
— Shhh…. — susurró. — Despacio.
Dean asintió, muy serio, como si estuviera realizando la misión más importante de su vida. Caminó de puntillas durante exactamente dos segundos antes de tropezar con la alfombra del pasillo.
Álvaro reaccionó rápido, sujetándolo por la cintura antes de que cayera.
— Vaia, neno… sempre teño que coidar de ti. — murmuró. — Estás definitivamente borracho. Y deja de apoyarte así en mí, Dean… sabes que eres más grande y pesado que yo.
— No. — negó Dean, apoyando la frente en su pecho. — Estoy… feliz.
Eso fue peor. Se quedó quieto, con las manos todavía en su cintura, intentando no pensar en lo cerca que estaban. En lo fácil que sería inclinarse un poco. En lo mal que estaría hacerlo.
— Vamos. — dijo con suavidad. — Tu cuarto.
Subieron las escaleras en silencio. Dean se apoyaba en él sin ningún pudor, como si fuera lo más natural del mundo, como si no supiera, o supiera demasiado bien, lo que provocaba.
En su habitación, Álvaro lo sentó con cuidado en la cama.
— Zapatos. — ordenó.
Dean obedeció… más o menos. Se quitó uno. El otro salió volando y cayó debajo del escritorio.
— Perfecto. — comentó Álvaro en voz baja.
Se agachó para recogerlo y, cuando volvió a incorporarse, se encontró a Dean mirándolo con los ojos entrecerrados y una sonrisa extrañamente suave.
— Eres muy bueno conmigo. — dijo.
— Por supuesto, soy tu amigo. — Álvaro tragó saliva.
Huijsen rió bajito. Se dejó caer hacia atrás sobre la cama y estiró los brazos.
— Quédate un momento. — pidió. — Solo hasta que me duerma.
Álvaro dudó.
Miró la puerta. Miró el pasillo. Pensó en los padres de Dean durmiendo dos habitaciones más allá. Pensó en lo que era correcto, y, aun así, se sentó en el borde de la cama.
— Cinco minutos nomás.
Dean cerró los ojos, satisfecho, como un niño al que le conceden un último capricho. Álvaro se quedó ahí, escuchando su respiración volverse más lenta, más tranquila.
Con cuidado, apartó un mechón rubio de su frente. Solo eso. Nada más.
Cuando se levantó para irse, Dean murmuró algo entre sueños:
— Mi novio... es mi novio...
Álvaro sonrió con tristeza.
— Ojalá un día, neno. — susurró.
Y cerró la puerta.
