Work Text:
Una tarde después del trabajo, Taehyung se preguntó qué estaba haciendo con su vida. Porque… ¿Qué hacía frente a ese condominio?
Dio unas vueltas sobre sus pies, haciéndose a un lado cuando alguien pasaba a su lado para entrar al recinto, recibiendo un par de miradas extrañas que no le podían importar menos. Nervioso, deambuló por toda la extensión del portón hasta que decidió marcar el timbre de la casa que tanto conocía.
Dos segundos pasaron hasta que el timbre se conectó con el citófono. Se escuchó una voz seguida de un poco de estática. —¿Hola? ¿Quién es?
—Hola, señora… Soy…
—¡Taehyung! —oyó la emoción a través de esa voz que había creído olvidar—. ¡Qué sorpresa! Pasa, dile al guardia que te abra el portón.
Dicho y hecho, le hizo unas señas al señor de edad y este le sonrió cuando lo reconoció, disculpándose al no haberlo dejado pasar antes. Él negó, algo incómodo ante el pensamiento de que probablemente la mayoría de las personas del condominio lo reconocerían y saludarían, el extraño sentimiento de familiaridad inundándolo.
El recorrido hasta esa casa no era de más de dos minutos desde el portón. Caminó lentamente, balanceando la bolsa con panes dulces en su mano, su rodilla de vez en cuando golpeándola, lo que hacía que parara para no hacerle tanto daño a la comida.
Llegando a la puerta de la casa ajena, se removió incómodo en su mochila de trabajo, su abrigo molestándole y, uf, de repente hacía calor.
Dio dos golpes y, antes de poder prepararse, la puerta abierta dejó ver a una cara conocida. Se sentía un poco más alto, normal, la última vez que vino fue en la secundaria. La señora frente a él le sonrió tan grande que él mismo se sintió sonreír.
—Oh, mi amor… Mírate —lo tomó de los hombros y llevó una de sus manos a su cara, acariciando con el pulgar—, qué grande estás.
—Hola…
Ella lo abrazó. Tuvo ganas de llorar, mas las reprimió inmediatamente.
Se apuró en dejar sus zapatos en la entrada y la mochila en uno de los percheros, y esperó a que ella le diera permiso para sentarse en la sala de estar. Una vez dentro, se sentó en el sofá y la señora se encaminó a la cocina.
Había un olor rico, quizás a incienso. Recorrió la habitación con la mirada y se acordó de la bolsa que llevaba en las manos. Como si fuera de vida o muerte, se levantó rápidamente a la cocina y sonrió con culpa.
—Mirae-ssi. Ha pasado un tiempo… Traje pan dulce —dijo mientras movía la bolsa frente a ella—, sus favoritos.
—Qué atento, hijo. Déjalos en la mesa. ¿Quieres tomar té?
—Oh, yo solo vine a… —La señora lo miró con pena, sus manos entrelazadas sobre su pecho. Bufó una risa, derrotado—. Okay, un té estará bien.
Dejó su abrigo en la silla que siempre solía usar y, con la mejor de sus intenciones, ayudó a poner la mesa. Dos tazas, dos platos, azúcar, los panes dulces, utensilios… ¿Faltaba algo? Ah, servilletas…
El olor a incienso lo invadió de nuevo, no pudiendo evitar preguntar acerca del aroma. — ¿De qué es?
—¿Qué cosa?
—El incienso.
—Lavanda —respondió contenta—. Rico, ¿no?
—Bastante —sonrió apenas—, lo olí apenas entré… Su casa sigue igual.
La mujer rio con ternura; Taehyung siempre le había parecido bastante adorable. Se acercó a la mesa con la tetera en mano y la dejó en una pequeña tabla sobre la mesa. —Claro que sigue igual. ¿Qué cambios voy a hacer estando sola?
—Si quiere cambiar algo de lugar, no dude en llamarme —ofreció—. No somos desconocidos.
Esperó a que Mirae se sentara en la silla frente a él antes de levantarse y servir el té a ambos bajo la mirada atenta de la mujer. El agua cayendo en las tazas lo hizo relajarse un poco; siempre se ponía nervioso al servir té. El color de la bebida caliente cubrió las tazas blancas, dejando solamente a la vista el borde blanco de la porcelana.
La señora aplaudió complacida cuando terminó su trabajo, se arregló el cabello detrás de las orejas y dejó un pan en ambos platos. Taehyung se sentó y sonrió, suspirando contento.
—Había olvidado cuánto me costaba servir estas cosas.
Ella rio con nostalgia y suspiró, negando un poco con la cabeza, una bonita sonrisa adornando su cara. —Eres todo un hombrecito ahora, Taehyung —lo vio llevarse un pan a la boca y le limpió la comisura de la boca al ver unas migajas ensuciándolo—. ¿Estás trabajando?
Asintió, tragando antes de contestar. —Sí. En una oficina. No suena muy cool, pero al menos tengo ingresos.
—Me alegra.
Se removió en el asiento. La pregunta que esperaba una respuesta aún no dejaba su boca. Se centró en el sabor dulce de su té y en el olor del incienso, que era menos perceptible ahora; quizás se había consumido por completo.
Estaba algo contento de haber cedido a sus impulsos. No recordaba lo bien que lo hacía sentir la compañía de la señora frente a él; hacía años que no se sentía así de bienvenido, así de querido.
La cotidianidad del momento le hacía caricias al corazón y su abrigo ya no hacía tanta falta ante la calidez que volvió a sentir. Se preguntó si debió haber hecho esto antes; tal vez era esto lo que le faltaba para encontrar la paz.
La soledad que experimentó durante estos años se esfumó una vez puso pie dentro de aquella casa. Sin embargo, la sensación de un vacío permanecía junto a él. Sentía que aún faltaba algo, algo que anhelaba desde hace años.
—¿Compraste estos donde siempre?
Sonrió internamente al verse interrumpido ante una pregunta inocente mientras él estaba hecho un remolino dentro de su mente. Qué bonito debe ser estar así de tranquilo siempre.
Movió su cabeza, entre negando y asintiendo. —Me gustaría decirle que sí, pero esa tienda cerró —Mirae jadeó horrorizada, abriendo grande sus ojos y de pronto sintió una ráfaga de recuerdos. La vio llevarse una mano a la boca y se rio ante la reacción exagerada de ella—. Pero, espere, no se altere tan rápido.
—Ay, es que me dices esas cosas y me imagino lo peor.
—Acuérdese de que mi papá es amigo del dueño. Resulta que se cambiaron de local porque en donde estaban el arriendo era muy caro. Ahora están cerca del centro comercial.
La mujer mostró una expresión confundida. A Taehyung le encantaba recibir este tipo de atención. —¿No sería más caro ahí?
Asintió. —También lo pensé, pero qué sé yo, soy solo un oficinista —bromeó.
La risa de Mirae llenó la habitación y él estaba contento de obtener esa reacción por parte de ella. Cuando hizo esa broma con su papá hablando de lo mismo, él enserió y le dijo que no se despreciara así. Era solo una broma; en realidad, Taehyung estaba muy orgulloso de tener un trabajo, pero supone que a veces los padres se toman todo muy a pecho.
—Y… uh… ¿Cómo está Jungkook?
—Mi Jungkookie… Se mudó de aquí apenas cumplió veinte —negó con una sonrisa—. Cría cuervos —dice y no termina el dicho, como si no se atreviera a hacer ese tipo de chistes—… Se atreve a dejar sola a su vieja madre.
—Usted no es vieja —sonrió—, no diga eso.
—Bueno, tampoco soy joven.
—Mh. Eso no se lo voy a discutir.
La señora jadeó ofendida y eso le sacó una risa. La queja al recibir una palmada en el hombro le salió entrecortada por las carcajadas y pidió paz entre risas. Cuando Mirae le concedió su deseo de hacer paz, él levantó su taza para tomar el último sorbo de té, aun respirando agitado y con una sonrisa en el rostro.
El sonido de la puerta los detuvo en sus acciones. Se escucharon caer unas llaves sobre el llavero y Taehyung permaneció atento al escuchar el sonido de unas botas pesadas ser dejadas en la entrada.
Si fuera él, lo primero que haría al entrar sería preguntar de quién eran las zapatillas que invadían el espacio privado de la casa de su madre y por qué había una mochila en el perchero cuando claramente ahí no suelen dejarlas. Agradeció estar tomando algo, porque de pronto sintió el ambiente un poco más pesado y la bebida lo ayudó a bajar un poco el nudo en su garganta.
Como en el mejor de sus sueños, vio pasar una cabellera pelinegra por la entrada.
Supuso que era cómico, él con una taza de té en sus manos y una sonrisa nerviosa en forma de saludo, mirando a ese que alguna vez fue su novio en sus años de adolescencia.
Jungkook, aquel que ahogaba su mente cada tanto, se detuvo en la sala de estar, quieto, mirándolo, no, observándolo de vuelta.
De ropa casual, con un abrigo completamente negro parecido al suyo y una bolsa en mano, el hombre avanzó lentamente, mirando a su madre en busca de alguna respuesta que saciara su inquietud. La señora solo sonrió amable, un tanto sorprendida con la repentina visita de su hijo.
—Mamá…
Ella se levantó con alegría ante el llamado, yendo a abrazar a su hijo con fuerzas. Lo meció unos segundos antes de separarse para mirarle el rostro y besarle las mejillas.
—Hijo mío. ¡Estás más delgado! —alegó—. Mira quién vino, Taehyung —rio bajito y volvió a dirigirse a su hijo—. Justo hablamos de ti hace unos momentos. ¿Qué tal estás, mi amor? ¿Vienes del trabajo? ¿Quieres té? Taehyung trajo unos panes dulces para acompañar. Ven, siéntate.
Y, ¿quién podía callarla, en realidad? Era cierto, Jungkook no pasaba mucho tiempo en casa desde que se mudó lejos de donde vivió prácticamente toda su vida. Una visita cada tanto no callaría nunca el amor de una madre.
Ante la emoción, Jungkook respondió con una risita, sentándose en el asiento al lado de su madre, al igual que siempre, al frente de Taehyung, este último levantándose a tropezones a colocar otro plato, otra taza… ¿Quizás más servilletas? Al menor le gustaba el endulzante líquido; quizás podría ir a comprar si es que se quedaban sin…
—Cariño, está en el otro mueble.
—Oh, sí. Okay.
Finalmente, sentado y un poco más nervioso que antes, ofreció el té que quedaba en la tetera, rogando que hubiera suficiente. Jeon Mirae se sentó también. Jungkook solo asintió y miró atento sus acciones, sosteniendo firme su taza y listo para ayudar por si el mayor de pronto erraba en la puntería.
—Creo que —bajó un poco la tetera, asomando un poco la cabeza para ver la taza—… ¿ya?
—Sí, hyung. Gracias…
Suspiraron al unísono y Taehyung bufó una risa. —Uf… Lamento tenerlos tan expectantes.
—No te preocupes, amor —la madre del menor lo consoló. Apoyó sus codos en la mesa y suspiró tranquila—. Me alegra tanto verlos aquí. Estoy muy feliz.
—Mamá —llamó Jungkook, dejando su bolsa en la mesa—, también traje pan dulce…
—¡Qué bien! Justo quedaba uno para ti, pero ya que trajiste, podemos comer más. Taehyungie trajo solo tres.
—Ah, sí. Yo también traje solo tres.
Taehyung suspiró contento ante eso. Eran pequeñas costumbres que había adoptado a lo largo de los años. Costumbres que eran difíciles de olvidar.
—¿Cómo estás, Jungkook? —interrumpió impulsivamente. A veces sentía que su cerebro dejaba de funcionar.
¿Cómo no hacerlo?
—Estoy bien, gracias por preguntar… —Miró a su madre y se enderezó inconscientemente antes de decir—. De hecho, vine directo del gimnasio.
Taehyung estaba seguro de que lo estaba intentando impresionar.
—Mi Jungkookie lleva una vida sana ahora.
—Mamá… No solo con hacer ejercicio se lleva una vida sana —dijo en medio de una risita y posó su mirada en Taehyung—. Bah, da igual. ¿Y tú, Taehyung hyung? ¿Cómo…?
—¡Bien! —interrumpió con algo de emoción—. Bien, digo, perdón. Es que hoy estoy un poco ansioso. Eh… Bien —se rascó la nuca y sonrió a la señora—. ¿Quieren pastel? Vi una tienda cuando venía para acá.
Mirae asintió. —Me encantaría un poco de pastel. ¿Te molestaría ir a comprarlo?
—No, para nada… Por algo ofrecí.
Jungkook se levantó, ajustándose el cinturón y pasando sus manos por sus muslos. — Mh, si quieres te acompaño —murmuró.
Taehyung negó nervioso, colocándose su abrigo rápidamente ante la mirada del contrario. —No hace falta…
—Quiero hablar —interrumpió.
—Oh —asintió—. Oh, okay. Uh… Mirae-ssi —llamó a la mujer—, ya… Ya volvemos.
—Vayan con cuidado.
Asintieron cabizbajos, como si no estuvieran acostumbrados a estar juntos.
Al llegar a la entrada, Taehyung se colocó sus zapatillas con prisa, tropezando un poco. Se arregló el cabello y el abrigo, esperó a que Jungkook quitara el seguro a la puerta y se apresuró en decir. —Espérame, déjame sacar mi billetera.
—¿Por qué la colgaste en el perchero? —Taehyung sabía que se refería a la mochila, mas se mostró confundido solo para hacerlo reír.
Cuando logró su cometido, Taehyung sintió su corazón dar un vuelco en su pecho, preguntándose cuánto tiempo había pasado desde la última vez que escuchó esa risa.
—Tu mochila. Es lo más extraño que te he visto hacer —dijo Jungkook con una risa cálida y Taehyung se sentía eufórico de pronto.
Con una sonrisa tímida habló despacio, solo para alargar el momento. —¿A qué te refieres?
—Pudiste haberla dejado en mi habitación.
—No quería ser imprudente…
—Bah, ni siquiera estaba acá.
—Igual —se quejó, cerrando con cuidado el cierre de su mochila.
Estando listos para salir, Jungkook dejó que él pasara primero. El viento frío les chocó en la cara al cruzar la puerta y ambos agradecieron llevar puestos abrigos gruesos.
Caminaron lentamente hasta llegar al portón, donde el guardia les abrió la reja, saludándolos una vez más.
El trayecto era algo largo, razón por la cual Taehyung esperaba poder hacerlo solo… antes de que Jungkook se sumara. El tiempo que necesitaba para ordenar sus pensamientos le fue arrebatado por el pelinegro que hacía su corazón saltar y que hacía pasar un huracán por todo su cuerpo.
—¿Está muy lejos?
—No lo sé… Pasé en bus, así que iba rápido.
—Me pudiste haber dicho antes, podíamos ir en mi auto.
Vaya. Jungkook parecía tener su vida resuelta.
Parecía seguro de sí mismo, con una confianza que a Taehyung le parecía atrayente y algo intimidante, la misma confianza que extrañaba cada cierto tiempo.
Se imaginó a Jungkook detrás del volante. Se imaginó a Jungkook obteniendo su licencia de conducir. La felicidad en su cara cuando pudo dar una vuelta por primera vez en su auto propio. Le habría encantado compartir eso con él. Lo extrañaba tanto.
—Está bien —murmuró con un puchero—, quería caminar.
Caminar le hacía bien a su alma y a su cuerpo. Su papá le había advertido que hiciera un poco más de ejercicio y se preguntó si se refería a esto.
Alzó la vista al menor y Jungkook ya lo estaba mirando. Con las mejillas algo sonrojadas, desvió la mirada hacia el frente y sonrió. —Ahí está.
Trotó unos metros y esperó al pelinegro frente a la vitrina, observando los pasteles y jadeando cuando se le hizo agua la boca al ver la variedad de la tienda. Se lamió los labios y aplaudió en aprobación cuando eligió uno.
Miró hacia atrás, sonriéndole a Jungkook y haciéndole una seña con la mano para que se adelantara. Se sintió cómodo otra vez al sentir la presencia del otro a su lado.
Jungkook le pasó una mano por el hombro. —Entra, pues.
—Mhm. Pide tú.
Jungkook se rio, negando con una sonrisa y, ¿había dicho que tenía un piercing en el labio? Porque ahora era lo único que podía ver. —Dios, no cambias.
Al entrar, una campanita avisó la llegada de ambos. La mujer encargada sonrió ampliamente al ver a dos hombres apuestos entrando en su negocio. Se arregló un poco el cabello y su delantal, juntando sus manos frente a ella para poder saludarlos. Ofreció el mejor de los servicios, prestando especial atención a Taehyung.
—¿Qué desean hoy?
Lástima que Taehyung era torpe. Bueno, socialmente torpe.
Miró a Jungkook en busca de ayuda y cuando él rodó los ojos con una sonrisa, se sintió derretir. ¿Cómo sobreviviría hoy si Jungkook seguía existiendo?
—Queremos un pastel.
—Ya veo, por aquí —señaló ella y ambos la siguieron hacia el mostrador— . ¿Cuál desean?
Para Jungkook solo bastó una mirada de Taehyung para saber qué pedir. —El de chocolate, sí, el de… —asintió con recelo. Taehyung notó a Jungkook titubear un poco en la elección cuando la mujer apuntó el pastel que quería—. Ese, el que tiene frutillas.
—Muy bien. Son…
Antes de que ella pudiera avisar el valor, Taehyung ya tenía su tarjeta afuera, listo para pagar. Negó hacia ella, no dejando que dijera el precio en voz alta, solo esperando completar la compra. La mujer asintió, llenando unos papeles antes de entregarle el pastel al menor, este dejando que él pagara.
Cuando aceptó el recibo, alcanzó a ver un papel extra entre los dedos de la mujer, doblado y algo arrugado como si hubiera sido manejado con prisa.
—Eso es mío, acéptalo.
—¿Qué es?
—Mi número. Llámame.
—Uh…
Cruzó una mirada rápida con Jungkook y de pronto se halló solo en la tienda, el sonido de la campanita de la puerta desvaneciéndose de a poco. Miró a la vendedora y negó con torpeza. —Yo no… No —lo único que acertó a hacer en su arranque de nervios fue botar todo en la basura—. No, gracias. Lo siento mucho —se despidió con una reverencia—. Perdón.
Salió del local, agitado y con las manos sudando frío. Sentía la mirada de Jungkook sobre él y de pronto escuchó unas carcajadas a su lado.
—No tienes tacto.
—Ugh —gruñó avergonzado—. Lo siento…
—Está bien —dijo entre risas, su voz tranquilizándolo un poco—. Aunque yo le hubiese dicho que no estaba interesado y ya.
Alzó su hombro incómodo, sin saber qué decir realmente. —Me puse nervioso.
—Lo noté.
Jungkook bufó una risa y lo siguió de cerca. Hablaron durante todo el camino de vuelta y, para su alivio, el trayecto se sintió más corto y menos incómodo que antes.
Al llegar a su destino, Taehyung se sintió pequeño mientras se paraba ante la entrada del condominio, provocando un mismo sentimiento que ya había experimentado en el pasado. Fue ahí cuando, frente a esa prominente entrada de metal, algo lo hizo temblar en anticipación.
Ya debería acostumbrarse a dejarse llevar por sus impulsos. Porque, de un momento a otro, sofocado en una angustia indescriptible —¿o era felicidad?—, abrazó a Jungkook con fuerza.
—¡El pastel! El pastel. El pastel, lo vas a botar —gritó sonriente.
—No importa —salió su voz sofocada por la ropa contraria, igual de sofocada que él—, no importa, puedo comprar otro.
—¿Qué pasa, hyung? —sintió la voz del otro vibrar en alegría y una lágrima cayó por su mejilla—. ¿Qué pasa? —repitió.
—Te extrañé.
Como pudo, Jungkook lo apretó en un abrazo, el pastel en su mano haciendo notar su peso con el comienzo de un calambre. Lo sintió acariciar su nuca y el olor a lavanda que provenía de su ropa lo deleitó.
No hizo falta que Jungkook le dijera que lo extrañaba de vuelta, porque el apretón que le estaba dando, además de reconfortarlo en cierta manera, le transmitió todos los sentimientos que había guardado durante su ausencia.
El pelinegro murmuró algo contra su abrigo y Taehyung se alejó ligeramente para verlo a los ojos, sintiendo un cosquilleo en su estómago cuando vio un brillo conocido en ellos.
—¿Qué dijiste?
Él sonrió, aun abrazándolo. —¿Qué tanto me extrañaste?
Y debió haber sabido que se estaba burlando cuando vio esa sonrisa ladeada en la boca del otro, su piercing entre los dientes. Taehyung no pudo evitar sonreír también. Lo invadía la alegría de tener a Jungkook cerca otra vez, así.
—Mucho —admitió sinceramente, sonriéndole con ternura y dejando escapar un suspiro.
—Mh… —le alzó una ceja—. Te tardaste en volver.
Bajó la mirada brevemente. —Me daba vergüenza.
—Claro que sí —Jungkook se burló—. Viniste a ver a mi mamá antes que a mí… ¿Debería ofenderme?
Negó rápidamente. La mano contraria se deslizó por su espalda. Se intentó separar, pero el agarre en su cintura lo impedía, no por la fuerza, sino por lo que le hacía sentir.
Apoyó su cabeza en el hombro de Jungkook y soltó un grito de frustración, rojo hasta las orejas. El pelinegro rio, su risa mezclándose suavemente con la brisa fresca de la tarde.
Se miraron nuevamente y ahora se sintió capaz de hablar. — Creí que sería más fácil hablarle a ella primero.
—¿Lo fue?
—Casi me morí. Yo en serio te…
El portón se abrió y el guardia les compartió una sonrisa cómplice. Taehyung bufó con una sonrisa y le dio un último vistazo a Jungkook antes de caminar delante de él para ir a la casa.
—Hyung.
Se dio una vuelta y la vista de Jungkook se sintió vigorizante.
Asintió, como queriendo decir que lo estaba escuchando.
—Espero que me invites a salir después de esto.
