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Crónicas En Otro Mundo De La Princesa Heredera Del Reino Hechicero.

Summary:

Esta es la historia de la princesa heredera del Reino Hechicero, y sus aventuras nacientes sobre la conquista de un nuevo mundo distinto al que gobierna su padre junto a los demás miembros de Nazarick.

Chapter 1: El inicio de una nueva historia.

Chapter Text

Para el rey brujo del Reino Hechicero, la felicidad era una emoción demasiado efímera y bastante corta, que nunca tenía el placer para poder disfrutar verdaderamente de forma adecuada por mucho tiempo.

Hoy en día, casi doscientos años después de haber conquistado y unificado a las naciones de todo este mundo, toda su percepción sufrió un cambio drástico ahora que ella, su única hija, había nacido.

Mientras que los tenues destellos del alba iluminaban la alta penumbra en el horizonte del Reino Hechicero, Ainz, desde su balcón en su enorme palacio en la nueva E-Rantel, se encontraba mirando a sus súbditos.

Hoy era el día en el que al fín presentaría de manera oficial a su primogénita ante su gente, la siguiente heredera en la línea del trono del Reino Hechicero.

Sus ojos, como siempre, brillaban etéreamente de un carmín intenso de llamas rojizas, sin delatar en nada realmente lo que en realidad se encontraba sintiendo en ese momento, pues a pesar de lo que mostraba su indiferente apariencia exterior, por dentro, estaba casi hecho un lío de manojo de nervios por la conmoción de presentar ante su pueblo el nacimiento de su primogénita.

Lentamente, la gente se comenzaba a conglomerar en las puertas centrales justo a la entrada de su palacio, aglutinándose entre la multitud cada vez más creciente que estaba añorante por conocer a su nueva princesa.

Interiormente, Ainz nunca creyó que se volvería un rey tan querido. Su pueblo entero lo reverenciaba y lo idolatraba como a un dios. Un salvador inexpugnable de infinita bondad y sabiduría, que los salvó hace ya tanto tiempo de indescriptibles males corruptos que los asolaron en su momento más frágil y vulnerable de debilidad, e interiormente, suponía que tal vez de alguna manera tenían razón.

Claro, había derramado la sangre tanto de culpables como de inocentes durante su régimen. Tal vez más de inocentes que de culpables cuando comenzó a expandirse su régimen. Pero también de la misma manera, había derrocado a los tiranos superpoderosos que habían controlado al mundo completo con mano de hierro, y liberado a especies completas de la esclavitud de sus opresores, ofreciéndoles una vida mejor junto a un mejor estilo de vida del que ellos jamás en sus existencias habrían concebido esperar conocer.

Si... él no era un líder injusto. Tampoco se consideraba a sí mismo un gobernante ni demasiado cruel ni despiadado, y la prueba de ello estaba en su gente y la devoción que tenían hacia él... No importaba lo que hubiera tenido que hacer para lograr conseguir esa devoción.

Tal vez a esta forma de pensamiento se le podría considerar algo déspota y retorcida, pero eso en realidad estaba bien.

Él ya no era el frágil humano como lo fue en su pasado como Satoru Susuki, tampoco seguía siendo el inexperto aspirante de un soberano que intentó gobernar Nazarick como un Overlord. No... ahora él era realmente el verdadero Señor Supremo que todos creían que él siempre fué.

Claro, evidentemente aún no podía admitir con confianza poder competir contra Albedo o Demiurge en una batalla de puro intelecto, pero por lo menos ahora después de haber estudiado por casi dos siglos, se había dotado de cuanto menos algo de la inteligencia que éstos tenían.

Tomándose un pequeño momento para respirar, o por lo menos para al menos fingir que lo realizaba, Ainz terminó entrelazando sus manos por detrás de su espalda en una pose bastante solemne. Otro más de los beneficios que había adquirido a lo largo del tiempo por haber vivido aún después de tanto.

—¿Seré de verdad digno de esto? —Se preguntó a sí mismo mientras que el pensamiento lo atravesaba directo en su cráneo.

Después de casi dos siglos de haber adquirido una vasta experiencia, sabía que el mundo en el que vivía podía ser un lugar realmente cruel y retorcido. Él lo sabía mejor que casi cualquiera. Después de todo, había construido su reino completo prácticamente desde sus cimientos a base de sangre y de los cadáveres de los enemigos que había derrotado.

En ese momento, Ainz terminó entreapagando las llamas que habían en sus ojos, una manera tanto metafórica como literal para demostrar que estaban cerrados, y permitió que los recuerdos funestos de su pasado se revivieran en su memoria. Todo eso era un legado del que su hija nunca jamás debería de tener que enterarse. O por lo menos, eso es lo que a él le habría gustado que sucediere.

—"No... Inevitablemente ella terminará descubriendo la realidad sobre la verdad de todas maneras". —Se comentó a sí mismo en sus pensamientos, mientras que se llevaba la mano a su pecho, donde debería de haber estado latiendo su corazón en ese momento.

Ainz, interiormente, sabía que no podría proteger a su hija para siempre de todo. No podía ocultarle eternamente la cruda verdad sobre lo que hizo. Al menos no si es que quería evitar una posible insurrección de su parte al no conocer la historia completa sobre la verdad.

El Nuevo Mundo era un lugar peligroso y repleto de caos, esto lo sabía incluso el más joven de las tribus remotas que habían en su reino.

Fuera ya sea por motivos solemnes o egoístas, todo lo que él hizo al final de las cosas les trajo prosperidad, supervivencia y felicidad a todos los habitantes nativos del Nuevo Mundo después del sacrificio que hubieren tenido que realizar para la mejora de su propia especie.

No negaría la crueldad que él les tuvo a los que se vieron más perjudicados como los Quagoa, pero más tarde se a cercioraría de explicarle a su hija correctamente sus decisiones para que entendiera que fue lo mejor.

Después de todo, como anticipó, su hija no era una criatura inherentemente malvada desde nacimiento. Aún a pesar de su karma extremadamente oscuro y negativo junto al de su madre, su hija había nacido con un karma neutro sin tergiversar. Seguramente si se lo explicaba, y si se aseguraba de realmente criarla de la forma adecuada, ella entendería las razones de sus acciones y sus decisiones, ¿verdad?...

—¡Ahh!... ¡¿Sabes qué?!... ¡No importa! —Se dijo a sí mismo mientras que sacudía su propia cabeza en un gesto discreto, antes de que se girara para voltear a mirar a Demiurge, quien se encontraba subiendo hasta un podio.

Al final, decidiendo que ya pensaría en esos asuntos tan desagradables y repulsivos más tarde, se concentró en cómo Demiurge, utilizando un hechizo para lograr maximizar la longitud de su voz a lo largo del sitio, comenzó a recitar un discurso ante la gente sobre la nueva luz integrante de la Familia Real del Reino Hechicero.

El discurso fue largo y aburrido, pero parecía gustarle a sus súbditos. Mientras tanto, escuchando acercarse por detrás de su espalda el sonido elegante de un par de pasos, Ainz se giró solamente para encontrarse a su muy bella primera esposa acercándose a él, con su siempre típica bella sonrisa radiante labrada en su ser. En sus brazos, Albedo se encontraba cargando muy gentilmente un pequeño bulto cubierto por mantas.

—Mi amor, ya es hora de que presentemos a nuestra hija ante esta gentuza, mi señor. —Ella le comentó apaciblemente, mientras que se colocaba directo a su lado.

Ainz le devolvió igualmente la misma sonrisa que ella tenía, o por lo menos lo hizo en tanto como sus propias facciones faciales lo hicieron posible. Interiormente, él también estaba contento, y sobretodo bastante aliviado, por la mejorada nueva actitud mucho más benevolente y menos violenta por parte de Albedo hacia los seres externos de fuera de Nazarick. Realmente estaba contento de que su esposa ya no quisiera exterminarlos, al menos por cualquier cosa.

Pensando en las cosas, a lo largo de varias décadas, Nazarick se había emancipado de esos pensares, y se había convertido en un lugar mucho más tolerante y comprensivo hacia los habitantes nativos del Nuevo Mundo. Claro que evidentemente en su gran mayoría los seres de Nazarick seguían siendo criaturas bastante malvadas, pero casos excepcionales como los mellizos oscuros, Mare y Aura, habían demostrado una gran mejoría en cuanto a la actitud demostrada hacia las personas nativas del Nuevo Mundo.

Tal vez incluso si las cosas seguían así, probablemente en un par de siglos de no mucha espera, podrían ser capaces de hasta inclusive en verdad abrirles las puertas a seres externos de fuera de Nazarick, sin que corrieran el riesgo bastante latente de ser desmembrados o despellejados por los miembros de Nazarick. Pero ésos ya serían pensamientos para otro momento más tarde en su día, otro más que añadir a su lista.

—¿Se encuentra listo para que el mundo conozca por fin a nuestra heredera, mi señor? —Albedo le preguntó mientras le sonreía con todo su orgullo.

Ainz por su parte, saliendo de su ensoñación, solamente asintió, afirmando su respuesta a su esposa.

—Entonces, no hagamos esperar más a estos simios, mi amor.

Con estas últimas palabras ya dichas, aunque en realidad un tanto hirientes y despectivas, fue así que con la calma y la dignidad de unos monarcas, pero también a su vez con el corazón de un par de padres, Albedo y Ainz se dirigieron con rectitud a la multitud cuando Demiurge al fin concluyó su extendido discurso.

—¡Ciudadanos del Reino Hechicero, hoy les presento a mi hija heredera, la primera princesa del Reino Hechicero, Akemy Ooal Gown!