Work Text:
Cada vez que pestañeaba, Manu podía ver como todo giraba y giraba. Sentía la música en lo más profundo de pecho y como la sangre corría por todo su cuerpo. Estaba extasiado, quizás, hizo mal en mezclar tanto alcohol y aceptar ese cuarto de pastilla que le ofrecieron… Era el finde del cumpleaños de Santiago y no quería estar triste.
No sabía a quién le estaba bailando, ni quién lo agarraba de la cintura para acercarlo a la zona de los djs. Manu se dejaba llevar con una sonrisa, poco le importaba que piensen los demás o Lautaro de él.
—¿Querés agua, Merno? —le gritó en el oído Balza.
—No, no, dame más del trago ese que pedimos recién —le respondió. Su amigo, negó con la cabeza con un poco de preocupación, y como tardó más de dos minutos, Manu estiró una de sus manos para robar el vaso de Lautaro que lo miró confundido.
Entornó los ojos para enfocar la vista, tenía la piel un poco más bronceada y el pelo más rubio por el tiempo en la pileta y el sol. Estaba tan enojado con él, ¿cómo podía hacerle esto? ¿Por qué ahora qué las cosas estaban tan bien entre ellos se quería oficializar a una minita que ni siquiera conoce tan bien? Lo odiaba tanto.
—¿Qué te pasa boludoooo? —Lautaro arrastraba las palabras y no hubiera entendido lo que dijo si no hubiera estado viendo sus labios moverse fijamente, ¿estaba igual de puesto que él?
Tomó un sorbo del vaso donde había apoyado la boca el rubio anteriormente y tragó. Era agua.
—Yo no soy tannn borracho como vossss, Mernuel.
Manuel solo revoleó los ojos y le dió la espalda, buscando algo para tomar entre todos sus amigos. La luz del día empezaba a iluminar la playa, ya eran casi las seis. Se sacaba fotos, saltaba y cantaba. Abrazaba a Santiago e ignoraba a Lautaro. Así fue su mantra hasta que llegaron al after.
No tenía ni la más mínima idea como habían llegado, pero otra vez, no le importaba. Había un chico con el pelo más oscuro pero una gorra parecida a la de Lauti que le hacía ojitos y una chica que le pasó los dedos por el pelo mientras bailaban pegados. Estaba al lado del parlante con unos lentes oscuros para esconder los ojos rojos y del reflejo del sol.
Cada vez que giraba, su mirada lo buscaba a Lautaro sin permiso. Estaba hundido en uno de los sillones de mimbre con el celular iluminandole la cara, sonriendo de esa forma idiota que conocía demasiado bien. Manu apretó el vaso vacío en la mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Pelotudo de mierda —soltó, pero nadie lo escucho.
Se acercó a la mesa donde estaban todos los shots a libre disposición y se tomó tres al hilo. El vodka casi ni le raspó la garganta como señal de lo borracho que estaba. Balza lo miró de reojo pero no dijo nada. Mejor, pensó.
Cuando levantó la vista otra vez, Lautaro había guardado el teléfono y lo estaba mirando. Tenía sueño, los ojos achinados y los labios secos. Abrió la boca para llamarlo, integrarlo como siempre lo hacía pero se le ocurrió una idea mejor.
¿Qué pasa si me llevo a la rubia más linda a casa?
Era una casa grande, y si se encaraba a alguna ahora, podía robarle la pieza a Santiago y obligarlo a dormir en el sillón. La sonrisa pícara entumecía los cachetes de Manu y empezó a buscar.
Vio a una rubia, con un tono no tan natural como el de Lautaro, con un top gris tan chico que casi no le cubría nada. Bailaba sola cerca de la zona de salida, moviendo las caderas con lentitud que lo invitaba a ir. Perfecta. Si Lautaro quería cagarle el día, él también podía hacerlo.
Se acercó con una sonrisa, se subió los lentes a la cabeza y se acomodó un poco la ropa.
—Hola, hermosa —le gritó al oído, apoyando una mano en su cintura sin pedir permiso—. ¿Te venís conmigo un rato?
Ella se rio bajito. No dijo mucho, solo un “dale, pero primero bailamos un poquito”. Giraron un poco, capaz, se dieron un beso y soltaron algunas palabras, risas, otro shot que alguien les pasó. Y de golpe, pestañeó fuerte, como si hubiera saltado en el tiempo y espacio.
Estaba en la puerta de la casa alquilada, la brisa fresca del amanecer golpeándole la cara. Estaba de espaldas a la puerta abierta, mirando las nubes que corrían lentas, sintiendo el vientito que le hizo cerrar los ojos. No recordaba cómo había llegado. La rubia... ¿dónde estaba? ¿cómo se llamaba?
Escuchó pasos atrás que se acercaban a él. Una voz un poco rasposa por gritar tantas canciones y por el cansancio.
—Dale, vení, entrá…
El tono le erizó la piel. Era idéntico al de Lautaro cuando estaba cansado, cuando le hablaba cerca después de un chupistream. Pero no, era la rubia. Suspiró con un poco de alegría. Había elegido bien, mientras se la cogía podía pensar que era Lautaro.
Manu se dio vuelta despacio, el corazón latiéndole a mil por hora, y ahí estaba: la figura rubia recortada contra la luz de adentro, el pelo aclarado por el sol desordenado y la remera pegada al cuerpo por la transpiración, entallando su cintura.
Sin pensar, Manu avanzó. Las manos le temblaban un poco cuando la rodeó con sus brazos. La atrajo hacia él, oliendo a vodka y a algo que le apretaba el pecho. Subió la cara, buscando esos labios que había imaginado mil veces en secreto, y la besó.
Manu, no era conocido por dar besos suaves pero ahora con la combinación del alcohol, la bronca por la falta de Lautaro y muchos sentimientos reprimidos que se negaba a sacar a flote, fue desesperado. La vuelta del beso empezó torpe, como si la hubiera tomado de sorpresa. Los labios apretados contra los suyos en una resistencia que duró segundos hasta que Manu metió la lengua, buscando más. La boca se abrió de golpe, dejándolo entrar en un gemido bajo que le vibró en todo el pecho. Manu, se encontró subiendo una mano para agarrarle la nuca para profundizarlo. Gimió bajito, perdido en el calor, en la forma en que el cuerpo se pegaba al suyo como si encajara perfecto.
La lengua de la rubia se enredó con la suya con un hambre que no esperaba. Manu sintió que las rodillas le convertian en gelatina. No podía dejar de tocarla, sus manos la soltaron y bajaron solas, agarrándole el culo y apretando fuerte por encima del jean que no había registrado antes. Se pegó más, frotando contra el bulto que empezaba a crecer bajo la tela de su pantalón. La rubia soltó un jadeo contra su boca que sonó ronco, pero el alcohol lo tenía todo borroso.
Iba a meter las manos dentro de la remera, a tocar esa piel caliente que ya imaginaba, cuando la rubia se apartó apenas, escondiendo la cara en su cuello con un poco de vergüenza. El aliento le quemó la piel y le habló pegado al oído con voz baja:
—Vamos adentro, Manu...
El nombre salió con urgencia y desesperación, algo en el tono le erizó la nuca entera. Manu asintió sin palabras, el corazón latiéndole en la garganta. Capaz era la cantidad de alcohol en sangre que le nublaba los pensamientos racionales, pero podía imaginar tan bien a Lautaro en esta situación. ¿Estaba condenado a pensar en él con cada mina que veía?
Entraron con tropezones, no podía parar. La besó contra la pared del pasillo, las manos de Manu subiendo por esa espalda que se arqueaba contra él. Tropezaron con un mueble, haciendo que una de las tantas decoraciones se caiga y haga ruido. Los dos soltaron una risita ahogada contra la boca del otro sin separarse. Manu estaba obsesionado: el sabor de esa lengua dulce por el alcohol, lo volvía loco.
Cada vez que le mordía el labio inferior, la rubia respondía con un gemido bajito que le vibraba en el pecho, abriendo más la boca para pedirle más sin palabras.
La visión le seguía estando borrosa, todo un remolino de sombras y luces del amanecer que entraba por los ventanales. A pesar de eso, Manu deseaba con toda su alma recordar esto mañana. Otro golpe contra algo que siguieron en más risas compartidas y cómplices. La voz ronca se pegó a su oído, intentando sonar seria pero fallando por el jadeo:
—Shhh, Manu... están todos, shhh...
Manu, sonrió y siguió mordisqueándole el cuello, oliendo ese perfume mezclado con sudor y arena que lo tenía estúpido.
Tomó las manos chiquitas y suaves entre las suyas y entrelazó los dedos, tirando de la rubia hacia una parte en específico de la casa. El lavadero estaba ahí, con el lavarropas y el secarropa grande contra la pared.
Hace unos días, en ese vlog boludo que grabaron para youtube, Manu había soltado de pasada que ya había garchado una vez arriba de uno parecido, en la casa de la mamá en una de esas tantas noches de joda. Lautaro había puesto esa cara mordiéndose el labio y poniéndose colorado que todavía lo perseguía en las últimas noches. Lo volvía loco.
En realidad todo lo giraba en la órbita de Lauti lo enloquecía últimamente.
Y ahora, al menos, iba a cumplir la fantasía con una rubia que se parecía tanto a él.
Empujó a la rubia contra el lavarropas, subiéndola arriba de un tirón. Las piernas se abrieron instintivamente, rodeándole la cintura, y Manu se metió entre ellas, besándola otra vez mientras las manos bajaban al botón del jean.
El metal frío del electrodoméstico contrastaba con el calor de los cuerpos pegados, y cuando empezó a desabrocharlo, la rubia arqueó la cadera contra él, gimiendo su nombre otra vez bajito.
Manu sonrió contra su boca, frotándose despacio, sintiendo cómo todo se endurecía entre los dos. Iba a hacer que valiera la pena cada segundo de esa bronca acumulada.
—Manu, Manu…
Las dos manos de la rubia se deslizaron hasta su cara, levantándole la mirada con suavidad. Manu parpadeó lento, un poco mareado y habló tan bajito que pensó que solo lo estaba diciendo en su cabeza.
—Me vas a matar, pero me recordás tanto a él. Sos hermosa.
La rubia soltó un suspiro que sonó casi como una risa, los dedos se entrelazaban en el pelo oscuro de Manu y le hacía masajes para que le preste atención.
—Manu, escuchame… estás muy en pedo.
Pero Manu no quería escuchar. Bajó la boca al cuello expuesto besándolo despacio y mordisqueando la piel ya machucada. La cabeza de la rubia se echó para atrás, dándole más lugar con un gemido bajito escapándole de la garganta. Manu también gimió contra su piel en respuesta.
—Hasta olés igual de rico —murmuró, inhalando profundo con las manos apretando más las caderas.
—Manu…
El nombre salió ronco, entrecortado, y los dos gimieron al unísono cuando Manu se frotó otra vez. Lo único que podía pensar era en cogerla de una vez por todas, necesitaba sacar a Lautaro de su sistema.
—Tenés que estar muy calladita, ¿dale amor?—susurró él antes de que pudiera protestar.
Sin esperar respuesta, levantó la remera de un tirón, ansioso por tocar la piel. Y se quedó quieto un segundo: no había nada abajo. Ni el top plateado, ni un corpiño, nada. Solo un pecho con músculos tensos y una piel bronceada que subía y bajaba rápido. Creía recordar ese top diminuto brillando bajo las luces… pero no. El alcohol le jugaba una mala pasada, o quizás no.
—Manu… gordo, podés mirarme y hablar antes de que hagamos algo que nos vamos a arrepentir.
Manu levantó la vista entonces, realmente miró.
Unos ojos color avellana conocidos lo miraban con una mezcla de miedo y deseo que le cortó la respiración. El pelo rubio desordenado, los labios rojos e hinchados de tantos besos y mordidas. La cara que veía en sus sueños recurrentes, la que lo mantenía desvelado noches enteras tocándose pensando en lo que nunca se animaba a decir.
Era él. No ella.
Era Lauti.
El corazón le latió tan fuerte que pensó que se le iba a salir. Lauti abrió la boca para hablar, para decir algo, quizás parar, quizás explicar, pero Manu no lo dejó.
Se lanzó hacia adelante y lo besó con más desesperación que antes, como si quisiera borrar cualquier palabra antes de que saliera. Las manos bajaron directas al culo, agarrándolo fuerte por encima del jean, atrayéndolo hasta el borde del lavarropas para pegarse del todo y gimiendo dentro de la boca que ahora respondía con la misma urgencia.
No quería pensar. No quería que hablara. Solo quería esto, por fin, fuera así: borrachos, en la oscuridad del lavadero solos y en secreto.
Manu le desabrochó el jean con dedos temblorosos pero decididos, bajándolo en un flash urgente, sin poder esperar ni un segundo más. Ahí estaba: el boxer blanco ajustado que era de él, marcando todo, y a Manu se le hizo agua la boca al verlo duro y tan expuesto solo para él.
Lauti, jadeando contra su cuello, tiró de la remera de Manu hacia arriba, obligándolo a sacársela, y de pronto estaban piel con piel, explorándose con manos ansiosas: dedos recorriendo abdominales y pezones que se endurecían al roce.
Manu llevó dos dedos a la boca de Lauti, pegados a esos labios rojos e hinchados.
—Chupá —ordenó.
Lauti obedeció al instante con los ojos clavados en los suyos, la lengua envolviendo los dedos con una lentitud premeditada que hizo que Manu gimiera fuerte.
Mientras, con la mano libre, le bajó el boxer liberándolo por completo. Lo empujó suave pero firme hacia atrás, haciendo que Lauti quedara medio acostado sobre el lavarropas frío con las piernas abiertas entrelazadas en la cintura de Manu y apoyado en sus codos con el cuerpo temblando apenas bajo la luz tenue que entraba por la ventanita.
Manu rozó un dedo humedecido brillante por la saliva de Lauti contra su entrada, suave al principio, solo presionando, sintiendo cómo se contraía y se relajaba. Con la otra mano, rodeó la pija dura de Lautaro, masturbándolo despacio, arriba y abajo con el pulgar pasando por la punta para esparcir el líquido que ya perlaba.
—Me decís si no te gusta —susurró Manu mirándolo fijo a los ojos.
Era la primera que ponía en práctica lo que tanto había practicado con él mismo en alguien más y quería hacerlo perfecto por si era la única vez que tenía la oportunidad. Lauti soltó un gemido ahogado con la cabeza echada para atrás y las caderas moviéndose instintivamente hacia la mano que lo tocaba. Asintió apenas, mordiéndose el labio.
Manu introdujo el primer dedo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo el calor apretado que lo envolvía, el cuerpo de Lauti tensándose y luego cediendo con un suspiro largo y roto. Empezó a moverlo suave, adentro y afuera, curvándolo un poco para buscar ese punto que sabía que le iba a encantar. Lauti arqueó la espalda contra el metal frío, un gemido más alto escapándole pese a todo,
—Shhh… —se rio Manu, acercándose para besarlo otra vez, tragándose esos sonidos—. Calladito, gordo… o nos escuchan todos.
Pero él mismo estaba perdido, el dedo moviéndose más seguro ahora, agregando el segundo cuando sintió que estaba listo y abriéndolo con cuidado mientras la mano en su pija aceleraba el ritmo, sincronizada, haciendo que Lauti se retuerza debajo de él, jadeando su nombre contra la boca.
La forma en que el cuerpo de Lauti se abría para él, lo estaba volviendo codicioso. Cuando sintió que estaba listo, introdujo el tercero, lento, estirándolo del todo. Lauti soltó un gemido un poco doloroso pero largo y roto, volvió a tirar la cabeza para atrás y con sus dedos arañandoba la superficie metálica.
—Dios, mi princesa… sos muy buena —susurró Manu acercándose contra su oído, usando las palabras que le salían solas por la neblina del alcohol y la fantasía que todavía le daba vueltas en la cabeza—. Te bancas tan bien Lauti… estas tan apretadita para mí.
Lauti respondió con más ruidos: gemidos y jadeos que intentaba morderse el labio para contener, pero fallaba. Las piernas le temblaban, las manos subiendo a agarrarle la nuca a Manu, atrayéndolo para un beso desordenado mientras su cuerpo se acostumbraba a los tres dedos que ahora se movían más rápido, abriéndolo y preparándolo.
Manu no aguantó más. Con la mano libre, se desabrochó el pantalón a toda prisa, bajándolo junto con el boxer de un tirón, liberándose por fin. Estaba duro como nunca, la punta ya húmeda, rozando contra la piel caliente de Lauti. Se apartó apenas, los dedos todavía adentro moviéndose lento para no dejarlo vacío, y lo miró fijo a los ojos dilatados y brillantes.
—¿Querés? —preguntó bajito, la voz temblorosa por las ganas—. Decime si querés que te coja ahora, Lauti…
Si le decía que no, no pasaba nada. Lo que había pasado en el lavadero le iba a sacar el sueño de por vida. Se conformaba con haberlo visto y sentido gemir su nombre. Lauti lo miró un segundo con la respiración agitada y le suplicó.
—Sí… por favor, Manu… sí. Quiero, por favor…
Manu gimió fuerte al escucharlo, sacando los dedos con cuidado para agarrarle la cintura con las dos manos. Lauti, rodeó la espalda de Manu con las piernas, abriéndose del todo, atrayéndolo con los talones clavados en la cadera. Los cuerpos se pegaron, piel contra piel, y Manu se posicionó, rozando la punta contra la entrada ya húmeda y abierta, sintiendo cómo Lauti se contraía de anticipación.
Empujó despacio, centímetro a centímetro, abriéndose paso en ese calor apretado que lo envolvió de golpe. Lauti soltó un gemido largo. Se tensó todo, pero se relajó, empujando las caderas hacia abajo para tomar más.
—Más… Manu, porfa…
Manu gimió fuerte, perdiendo el control. Empujó del todo de una vez, enterrándose hasta la base, sintiendo cómo lo apretaba perfecto. Se quedó ahí un segundo, jadeando contra su cuello.
—Qué bien me recibís, mami —murmuró—. Escucha lo mojadita que estas, mirá cómo me apretas…
Empezó a moverse despacio al principio, saliendo casi entero y volviendo a entrar profundo, con un ritmo que los hacía temblar a los dos. Lauti jadeaba entrecortado cada vez que Manu lo llenaba y con las manos arañándole la espalda le iba dejando marcas rojas.
Manu aceleró, agarrándolo más fuerte de la cintura para no dejarlo mover y cogiéndolo con ganas, el lavarropas vibraba debajo ellos con cada golpe. Bajó una mano para masturbarlo otra vez, apretando la pija dura que goteaba contra su estómago y Lauti arqueó la espalda entera gimiendo su nombre en un grito bajito.
—Manu… sí, no pares, por favor…
Iba a acabar, Manu lo sentía en cómo se contraía alrededor de él y en los temblores que le recorrían el cuerpo. Aceleró más, besándolo desordenado para tragarse los gemidos, mordiéndole el labio mientras empujaba profundo una y otra vez, perdido en el calor, en las ganas acumuladas de años.
—Sos perfecta, sos hermosa, dale, acabame para mí Lauti…
Lauti se vino primero, el cuerpo tensándose todo mientras eyaculaba entre los dos, manchando sus panzas pegadas, gimiendo contra la boca de Manu. Eso lo llevó al borde: Manu empujó un par de veces más y se acabó adentro con un gemido ronco, llenándolo por completo.
Se quedaron así un rato, intentando respirar de manera normal y volver a la tierra. Manu todavía adentro, sintiendo los latidos de Lauti alrededor de él y las piernas flojas rodeándole la cintura. Bajó la mirada a la panza de Lauti, brillante por el líquido brillante que había salpicado entre los dos, y sin pensar untó un dedo. Lo llevó a la boca despacio, saboreándolo con la lengua con los ojos clavados en los de Lauti que lo miraban con la respiración entrecortada.
—Qué rico que sos, bebé… —dijo con la voz ronca antes de inclinarse para besarlo otra vez. El beso fue lento esta vez compartiendo el gusto las lenguas enredándose sin prisa.
Manu salió despacio, sintiendo cómo Lauti se contraía un poco al vacío con un gemido bajito escapándole y él extrañando el calor de su interior.
Lo ayudó a bajar del lavarropas con cuidado, las piernas de Lauti temblando apenas cuando tocó el piso frío. Le subió el boxer primero, después el jean abrochándoselo con dedos que todavía le temblaban un poco. Lauti hizo lo mismo con él, nerviosos y un poco incómodos los dos, riéndose bajito cuando se tropezaron con la ropa tirada.
Pero al levantar la vista y verlo así, algo se le encendió de nuevo adentro a Manu. Lo calentaba y lo enamoraba más de lo que ya estaba. Era imposible sacarse a Lautaro de su sistema, esto no era ni un gramo de suficiente. Necesitaba tenerlo sobrio, más consciente para poder guardar las imágenes para siempre.
—Dormimos juntos —le dijo,, tomándolo de la mano. No preguntó. No hacía falta. Iban a dormir juntos y mañana iban a hablar.
Lauti lo miró con las pupilas dilatadas y un rubor cubriéndole los cachetes, pero asintió sin palabras.
Lo siguió por las escaleras y el pasillo oscuro, estaban descalzos los dos para no hacer más ruido del que habían hecho ya, fueron hasta su pieza al fondo. Lauti siempre tenía la más linda, con la cama más que había elegido él y Manu solo complacía.
Manu cerró la puerta detrás, tiró a Lauti hacia la cama y los dos cayeron deshechos, todavía medio vestidos. Lauti estaba solo en boxer y Manu sin la remera pero con el pantalón desabrochado. Se acomodaron de cucharita instintivamente.
Alguna que otra noche, dormían así como amigos, entonces no era tan incomodo. Manu estaba por detrás, rodeándole la cintura con un brazo y la cara escondida en su cuello.
Lauti suspiró largo, relajándose contra él con las manos entrelazadas sobre la panza.
La mañana ya se filtraba por la cortina del balcón, pero ninguno se movía.
Unos golpecitos suaves en la puerta rompieron el silencio pero Manu lo registró a medias, el cuerpo se le tensó por instinto pero no abrió los ojos. Escuchó la voz de Santiago baja desde el pasillo:
—Lauti, ¿viste a Manu? No vino a dormir y…
La puerta se abrió despacio con un sonido leve. Manu apretó más fuerte a Lauti contra su pecho. Sintió cómo Lauti se movía apenas, todavía dormido profundo, acomodándose más contra él con un suspiro.
Hubo un silencio corto. La voz de Santi, entre divertida y shockeada baja para no despertarlos del todo:
—Insólito… no te la puedo creer.
La puerta se cerró con cuidado y los pasos se alejaron por el pasillo.
Manu sonrió contra la nuca de Lauti con los labios rozando la piel calentita. Le dio un beso suavecito ahí, sintiendo cómo el corazón le latía fuerte. Lauti murmuró algo inentendible, empujando la cadera hacia atrás instintivamente pegándose más.
Mañana enfrentaría todo lo demás, las preguntas, lo que significaba esto ahora en su amistad. Si Lauti se arrepentía, si quería hablar de la minita esa, si todo volvía a ser como antes. Pero en ese momento, con el cuerpo de Lauti encajando perfecto contra el suyo, Manu cerró los ojos otra vez y se entregó al sueño.
Ahora, era suficiente con tenerlo así.
