Chapter Text
Apoyó la cabeza en el hombro de él, pero siguió mirando el espejo. Sabía que no debía apartar la vista. Siempre que dejaba de mirar, él dejaba de tocar... y al omega lo volvía loco que lo tocara. Y sí, verlo en el espejo hacía que resultara mucho más intenso, más ardiente. Los ojos verdes de él se encontraban con los suyos en el espejo. Él estaba en las rodillas de él, con la espalda contra su pecho y las piernas separadas. Él deslizó la mano entre sus muslos y sus dedos largos separaron las piernas de él para abrirlas a sus caricias y su placer. Sus dedos resultaban oscuros contra la piel rosada y desnuda de su miembro; su mano se movia de arriba abajo... oh, sí... qué bien... no quería que parara... lo deseaba.., ya faltaba poco...
El timbre del teléfono que había en la mesilla estropeó el momento y lo sacó de su sueño. Lautaro levantó el auricular con el cuerpo tenso y los muslos húmedos.
–¿Diga?
–¿Estabas durmiendo? –preguntó Santiago. Su voz, normalmente alegre, sonaba un poco forzada. Claro que también podía ser que él estuviera transfiriéndole la tensión producida por estar al borde del orgasmo en su sueño. O podía ser porque Santiago se mostrara crítico con él, cosa que sucedía cada vez con más frecuencia. Era casi como estar con sus padres.
–Hum – él trabajaba de planificador de eventos para un grupo de abogados y no tenía un horario de oficina al uso–. Anoche fue la fiesta para ese cliente alemán, ¿te acordás? Despúes los abogados disfrutaron de un encantador desayuno de trabajo a las seis y media de la mañana. Imagínate cómo me sonaba salir de la cama a las cuatro y media de un sábado. Además, dormir la siesta no es pecado.
La excitación sexual y la culpabilidad ponían una nota ronca en su voz.
–¿Trabajaste mucho anoche? –Santiago invertía muchas horas en su galería de arte, que cada vez era más conocida.
–Bastante –Su voz sonaba extrañamente tensa.
Puede que fuera su imaginación. Estaba tan rígido y húmedo que quería llorar. Debería reírse y confesarle a su futuro esposo que acababa de tener un sueño erótico y que necesitaba terminar y pedirle que lo ayudara.
En otro tiempo, Santiago no habría tenido ningún problema en ponerse a excitarlo por teléfono y llevarlo al orgasmo con sus palabras, pero ahora él ya no estaba tan seguro. Últimamente el alfa no tenía nada de tranquilo y relajado. ¿Y qué pasaría si en el calor del momento le revelaba que no era él el hombre que le abría los muslos en sus sueños? ¿Y si el hombre con el que iba casarse no podía continuar el sueño y llevarlo al lugar mágico del final?
–Pensaba pasarme por tu casa cuando cierre la galería esta noche –dijo él.
–Me parece bien, siempre que traigas la cena y nos quedemos aquí – no pensaba ponerse a cocinar con tan poco aviso.
–De acuerdo. Quiero hablar vos.
Lautaro se incorporó un poco en la cama. Santiago y él hablaban a menudo, pero cuando alguien anunciaba que quería hacerlo...
–¿De qué?
–Es muy complicado para tratarlo por teléfono.
–Eso que acabas de hacer es terrible. No puedes empezar algo y dejarme a medias.
–Perdona, pero tendrá que esperar hasta esta noche –no era su imaginación; definitivamente, él sonaba tenso.
–De acuerdo...
Sexo. Seguro que era de sexo. Aunque, por otra parte, en ese momento él no podía pensar en otra cosa.
–¿Te llevo comida tailandesa?
–Bien. Ya sabes lo que me gusta –musitó con segundas intenciones y la esperanza de que él iniciara un episodio de sexo telefónico sin tener que pedírselo.
Santiago carraspeó como si las palabras de Lautaro le resultaran incómodas. –Ah, sí... llevaré pollo con curry.
Adiós al sexo por teléfono. –Me parece bien.
Él volvió a carraspear. O estaba nervioso o había pillado un resfriado. –Creo que voy a llevar a Manuel conmigo.
Lautaro apretó el telefono con fuerza y su temperatura interior subió varios grados.
–¿Manuel? –se lamió los labios, secos de pronto, y se tumbó boca abajo–. ¿Y por qué va a querer él venir a mi casa? Me ha evitado como a la peste desde la sesión de fotos. Es evidente que no le caigo bien.
–Es un hombre ocupado. No creo que le caigas mal. Manuel sólo es...
–Oscuro. Pesimista. Cínico. Intenso. Creo que eso es todo –y caliente como la mierda, pero no le parecía que eso fuera una observación prudente sobre el mejor amigo de su prometido.
Santiago se echó a reír y Lautaro le agradeció que no lo molestaran sus críticas a Manuel.
–Manuel es Manuel –dijo él–. ¿Puede venir conmigo?
¿Si podía ir? Lautaro se humedeció más todavía y sus pezones se endurecieron. El protagonista de su sueño era el intenso y pesimista Manuel, con su casi imperceptible acento británico.
– ¿Lautaro? – preguntó Santiago. Él se retorció en el colchón.
–Sí, claro que puede venir.
Sólo con decirlo se excitó todavía más. Los remordimientos y la vergüenza alimentaban la lujuria oscura que Manuel le inspiraba casi todas las noches. Era el mejor amigo de su prometido, despreciaba a Lautaro y éste tenía sueños húmedos con él.
–Llegaremos poco después de las nueve.
Lautaro colgó y cerró los ojos. ¿Por qué quería ir Santiago con Manuel? ¿Por qué querían estar los tres juntos? ¿Y qué iban a hacer?
Una fantasía oscura ocupó su mente. Los tres juntos allí en el dormitorio. Santiago, alto y bronceado. Manuel, moreno y tatuado. Dos alfas sexys empeñados en tocar y saborear cada centímetro de la piel de él y sólo con el propósito de darle placer.
Parpadeó y sacó el vibrador del cajón de la mesilla. No podía pasarse la tarde así. Santiago era su prometido. Y la mayor parte del tiempo era divertido, generoso y cariñoso. Tal vez no pudiera controlar sus sueños, pero ahora estaba bien despierto.
A pesar de sus esfuerzos por centrarse en Santiago, fue la imagen de Manuel la que se impuso cuando se estremecía durante el orgasmo.
~
–Estás horrible –dijo Manuel Merlo.
Dejó la cámara con cuidado en una silla de vinilo naranja en el despacho de Santiago y se sentó en otra silla a juego.
Cabello marrón, apuesto, extrovertido y con un estilo que hacía que siempre pareciera que acababa de salir de las páginas de GQ, Santiago hacía volver cabezas en una multitud. Una chica en la universidad había comparado una vez a los dos amigos con Apolo y Hades. Eran opuestos tanto en aspecto como en personalidad. Santiago, luminoso y extrovertido. Manuel, oscuro, silencioso, introvertido. Pero Santiago se había mostrado preocupado y tenso por teléfono cuando le había pedido que fuera a verlo y su aspecto producía la misma impresión.
– ¿Qué pasa?
Santiago se sentó en el borde de la mesa de acero inoxidable y columpió una pierna. –Hace mucho tiempo que somos amigos.
Manuel asintió con la cabeza. Se habían conocido en una clase de fotografía en el instituto, donde habían descubierto un interés común por el arte e iniciado una amistad que se había prolongado durante años. Santiago le había lanzado un salvavidas que había evitado que Manuel se ahogara en su propia soledad. Y Manuel, a su vez, le había servido al otro de ancla y le había proporcionado estabilidad. Los padres de Santiago eran cariñosos y extrovertidos, pero volubles.
Por su parte, no sabía si habría hecho carrera en la fotografía si Santiago no hubiera creído en él. Y Manuel, a su vez, había ofrecido contactos muy valiosos a su amigo cuando éste se decidió a abrir la galería.
–Sabes que sos el hermano que nunca tuve –siguió diciendo Santiago– Siempre pensé que podía contarte todo.
En otro tiempo, Manuel también había pensado lo mismo. Hasta que descubrió que había cosas que no le podía decir a su mejor amigo. Como que estaba enamorado de su prometido, por ejemplo.
–Espero que siempre seamos amigos –continuó Santiago. Manuel suspiró.
–Santiago, a menos que hayas asesinado a una vieja con un hacha, yo siempre seré amigo tuyo –se encogió de hombros–. Seguramente sería también tu amigo incluso en ese caso. ¿Por qué no me dices a qué viene esto?
–Me gustan los alfas.
–Sí, dale.
Primero Santiago lo llamaba y le echaba el sermón de la amistad y ahora se dedicaba a hacer el tonto cuando él tenía una sesión de fotos programada para tres cuartos de hora más tarde. Su amigo tenía un sentido retorcido del humor y un sentido nefasto de la oportunidad.
Santiago juntó las manos.
–No lo digo en broma. Es verdad. Me gustan los alfas.
Manuel se quedó de piedra. ¿Santiago con… un alfa? ¿Cómo era posible? Habían sido amigos íntimos durante más de una década. Manuel era uno de los pocos alfas heterosexuales en una profesión que atraía a los alfas homosexuales como la miel a las moscas.
Además, estaba prometido con Lautaro, se acostaba con el de manera regular... ¿y ahora decía le entraba a los alfas?
– ¿Cuándo... cómo...?
–Quizá bisexual lo defina mejor –Santiago se pasó la mano por el pelo rubio teñido corto–. En los últimos años me he sentido cada vez más atraído por los alfas –movió la cabeza y soltó una risa seca y carente de humor–. No te preocupes. Por vos no.
A Manuel le importaba una mierda si Santiago se sentía atraído o no por él. Bueno... quizá lo aliviaba un poco que su amigo no le profesara amor eterno, pero había algo que no entendía.
Recordaba muy bien la primera vez que había visto a Lautaro. Había sido en la galería de arte, en la puerta del despacho de Santiago. Manuel había ido allí a un cóctel y había encontrado a Lautaro en una discusión animada con la responsable del catering. En cuanto lo vio, sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Luego Lautaro se alejó y él buscó a Santiago con la intención de averiguar quién era y se enteró de que su amigo se le había adelantado. Antes de que pudiera abrir la boca, Santiago le anunció que había conocido al omega de sus sueños y conseguido una cita con él. Manuel adivinó que se trataba del mismo hombre... y acertó.
–¿Y dónde estaba todo esto hace seis meses cuando me dijiste que habías conocido al omega de tus sueños? –preguntó.
–Él es guapo, sexy y tan diferente a todos los demás omegas de Nueva York que pensé que podía curarme.
¿Él había sido sólo una cura?
Manuel se levantó y se acercó a la ventana que daba a la calle porque necesitaba mirar otra cosa que no fuera el amigo al que ya no estaba seguro de conocer. Santiago siempre había sido egocéntrico, pero aquello...
Fuera, los neoyorquinos compartían la acera con los turistas. En la tienda de electrónica de la acera de enfrente entraban y salían clientes. Un taxi consiguió esquivar a una furgoneta de reparto que le cortaba el paso.
Manuel veía en su cabeza fotos, momentos que guardar para el recuerdo. Había apostado a que, cuanto más viera a Lautaro y más supiera de él, más fácil le sería resistir su atracción, pero se había encontrado con que ocurría al contrario y había aprendido a apreciar su espíritu, su ingenio y su inteligencia más todavía que su belleza física.
Y él se había mostrado cada vez más seco. Temeroso de traicionarse con una mirada o un comentario descuidado, se ocultaba detrás de comentarios sarcásticos y confiaba en que antes o después se le pasaría.
Hasta el día de la sesión de fotos con Lautaro, cuando supo que estaba perdida e irrevocablemente enamorado de él. Era la única vez que había estado a solas con el omega y había entrevisto algo tan dulce y tierno que acabar aquella sesión había sido como un dolor físico.
Y él sólo había sido una maldita cura para Santiago. Se volvió hacia su amigo y luchó por controlar su rabia.
–¿Y pedirle que se casara con vos era parte de esa cura o para entonces ya te considerabas curado? Estoy un poco confuso. ¿Éste es uno de esos programas que constan de doce pasos?
–¿Te sienta bien ser tan sarcástico y despiadado?
–No especialmente –Manuel sintió el impulso de golpear la cabeza de Santiago contra la pared color canela–. ¿Le pediste que se casara con vos sabiendo que sentías esto? ¿Sabiendo que te atraían los alfas?
Santiago se ruborizó.
–Pero también me atrae él. Pensé que, si me metía a fondo en la relación, esto otro desaparecería –se levantó. Se metió las manos en los bolsillos y empezó a pasear por la estancia.
–¿Pero no desapareció y engañaste a Lautaro?
Santiago enderezó los hombros a la defensiva.
–Sólo una vez. Anoche. ¿Conoces a Ian, el pintor de acrílicos que expone ahora? Lo había sorprendido un par de veces mirándome. Anoche nos quedamos trabajando hasta tarde, nos bebimos una botella de vino y una cosa llevó a otra.
A lo mejor todo aquello era sólo un gran error que Santiago exageraba debido a la culpabilidad. Después de todo, tenía tendencia al melodrama y Manuel sabía muy bien que los remordimientos pueden distorsionar hasta la imagen más clara.
–¿Bebieron mucho? ¿Estaban borrachos? – preguntó. Santiago negó con la cabeza.
–No. Eso sería una excusa fácil. No estaba borracho, sentía curiosidad. Pensé que lo probaría y así lo sabría de cierto –se pasó una mano por la frente–. Me gustó. Siento algo por Ian.
Manuel reprimió una mueca de disgusto. Aquello no tenía por qué ser distinto a oír a Santiago hablar de un omega. Pero lo era. Muy diferente. Levantó una mano.
–No necesito detalles.
–No pensaba dártelos. Sólo quería aclarar ese punto –repuso Santiago–. Tengo que decírselo a Lautaro. Merece saberlo.
–Por supuesto que sí –de pronto pensó en los riesgos asociados con la homosexualidad–. Espero que hayan usado preservativo.
–Claro que sí –Santiago se dejó caer en una silla y apoyó la cabeza en el respaldo–. Pero necesito decírselo. Si seguimos juntos, tiene que estar informado antes de tomar una decisión.
–¿Te gusta el sexo con Ian pero te vas a acostar con Lautaro? –preguntó Manuel.
Santiago arrugó una hoja de papel entre los dedos.
–Lo quiero. ¿Cómo no voy a quererlo? Es sexy, listo, cariñoso y generoso. Pero no se puede decir que encendamos fuegos artificiales en la cama. Él me atrae, pero con él no es tan excitante como con Ian.
Manuel no quería oír tantos detalles y el modo en que jugaba Santiago con la hoja de papel empezaba a ponerlo nervioso.
– ¿Querés hacer el favor de dejar el papelito? –Santiago le lanzó una mirada, pero dejó el papel en la mesa–. ¿Entonces no querés romper el compromiso? –preguntó.
–No lo sé. Es un omega maravilloso. Necesito tiempo para pensar. Supongo que lo de romper el compromiso o no dependerá de él –Santiago se pasó una mano por la parte de atrás del cuello–. Va a ser una conversación muy difícil. Vení conmigo a decírselo.
–No.
Aquello era algo entre su amigo y Lautaro. Manuel lo deseaba, pero no quería conquistarlo porque tuviera el corazón roto o se sintiera despreciado. Sin embargo, si todo iba como él imaginaba, el omega quedaría libre.
Santiago apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia él.
–Por favor. Necesito tu apoyo moral. Esto va a ser una de las cosas más difíciles que he hecho nunca.
Santiago odiaba afrontar solo tareas desagradables. Desde que se conocían y se habían hecho amigos, se había llevado a Manuel para enfrentarse con profesores o con sus padres. Siempre había mantenido que su amigo era más fuerte que él. Pero esa vez Manuel no pensaba dejarse arrastrar. Esa vez Santiago tendría que hacerlo solo.
Negó con la cabeza.
–Es algo privado, Santiago.
–Vos estabas presente cuando le propuse matrimonio –argumentó su amigo. Manuel se cruzó de brazos.
–Y de haber sabido que lo ibas a hacer, no habría estado.
Santiago, siempre ansioso de público, había elegido una cita doble para declararse. Manuel recordaba bien la agonía que se había apoderado de él cuando Santiago le entregó a Lautaro el anillo de compromiso durante el postre. A Lenora, su cita de esa noche, le había parecido bastante romántico.
–Esto es un desastre, necesito que estés ahí cuando se lo diga. Lo llamé y le dije que iría esta noche cuando cerrara la galería –dejó de andar y miró a Manuel–. Le dije que vos también vendrías.
Manuel reprimió el impulso adolescente de preguntarle qué había contestado Lautaro a eso. Santiago y él siempre se habían apoyado mutuamente. Siempre se habían protegido. Pero no sabía si podría ver el dolor y la decepción que expresarían los ojos de Lautaro. Y no tenía derecho a ser testigo de eso.
–No debiste hacer eso.
–Por favor, Manuel.
Pero no se podía decir que pensara en su amigo todas las noches que yacía despierto en su cama y hacía el amor con Lautaro en su cabeza. Su conciencia lo abrumaba. Sabía que no debía ir. No quería ir. Pero se lo debía a Santiago, aunque éste no lo supiera, por todos los pensamientos licenciosos que había tenido sobre Lautaro. Por todas las veces y todas las maneras en las que lo había tomado en su mente.
Los remordimientos tienen efectos muy raros sobre la gente, llevan a hacer cosas que no harían de otro modo.
–De acuerdo, voy a ir. Pero tendré que reunirme con vos ahí –dijo. Agarró la bolsa con la cámara y Santiago se dejó caer en su silla con un alivio evidente.
–A las nueve en su casa. ¿Recordás dónde es?
Manuel los había dejado allí en una ocasión.
–Sí –se echó la bolsa al hombro y se volvió a la puerta.
–Manuel...
Éste miró a Santiago.
–Sos un buen amigo.
Sí. Era un buen amigo que estaba obsesiva y compulsivamente enamorado del omega de su mejor amigo.
