Chapter Text
Estaba en graves problemas; si tan solo lo hubiera pensado más, no se encontraría llorando de rodillas en la sala del rey, frente a él.
Se suponía que solamente sacaría ventaja de su inocente cara para conseguir unas cuantas monedas. Su familia estaba totalmente endeudada: no alcanzaba con lo que ganaba su madre haciendo vestidos ni con lo que ganaba él siendo campesino.
Sus hermanas necesitaban comer, su madre necesitaba dormir sin preocupaciones y su mejor amigo canino, llamado Manchitas, necesitaba algo más que sobras.
Sabía que todo era muy arriesgado. Vestirse de sirviente para poder robar unas cuantas joyas a los nobles no era algo inteligente. Jamás en su vida había robado y se sentía orgulloso de ello, pero existen momentos en los que no tienes otra opción más que convertirte en ladrón.
Si tan solo hubiera sido más rápido y menos torpe con sus pequeñas manos, todo habría salido como lo planeó.
Lo peor no sería recibir unos cuantos latigazos por sus deshonrosos actos, sino el riesgo de ser descubierto. No sabía qué castigo recibiría si el rey llegaba a enterarse de su rara condición.
Era un chico con vagina. Cuando nació, sus padres creyeron que era una niña, una muy sana y hermosa. Pero conforme fue creciendo, adquirió rasgos más característicos de un hombre. Puede que, por su condición, tuviera un cuerpo algo delicado y con curvas como las de una mujer, pero eso no quitaba que sus facciones eran las de un varón.
Durante gran parte de su niñez fue la burla de los niños de su alrededor por su apariencia delicada y algo femenina. Recibió fuertes palizas por tener la cara y el cuerpo de un “marica” y fue acusado en varias ocasiones de ser homosexual simplemente porque no era como los demás.
Para evitar ese tipo de problemas, optó por trabajar en la cosecha para ganar algo de músculo y se consiguió una novia.
Obviamente, nada salió como esperaba. Su cuerpo seguía siendo el mismo, a excepción de los callos en sus manos, y su novia lo había dejado por no haber pasado de unos cuantos besos.
Pero era claro que no iban a pasar de besos torpes. ¿Qué pensaría ella si, al bajar su mano más allá de su abdomen y en lugar de encontrar una polla dura, encontrara una vagina totalmente húmeda?
Así que ahora, a sus diecinueve años, lo único que hacía para evitar problemas era vestirse con ropa ancha y verse desaliñado para pasar desapercibido.
Y, aun así, logró arruinar todos esos años de paz metiéndose en el gran problema en el que estaba ahora.
Seguía vestido con aquel traje de sirviente. Su cuerpo temblaba de miedo y, frente a él, se encontraban las joyas que había intentado robar.
El rey mantenía el mismo semblante que todos conocían: serio. No había emoción alguna en su bello rostro y su postura en el gran trono seguía siendo rígida y dominante.
No había dicho una sola palabra desde que los guardias lo arrojaron como un saco de papas en aquel espacioso lugar.
Sus rodillas y espalda dolían por estar en la misma posición. Estaba a punto de moverse para aliviar la tensión en su cuello y hombros cuando escuchó la imponente voz del rey.
—Desnúdate.
Era una orden clara.
Si antes lloraba en silencio para no fastidiar al rey, ahora sollozaba como un bebé. Grandes hipidos salían de sus labios y, con manos temblorosas, trataba de quitarse la blusa que cubría su torso. Con miedo de que el rey viera sus pequeños senos, se cubrió con la tela.
Y esperó el escozor del cuero contra su piel.
—Quítate toda la ropa, ladrón.
Su mundo se vino abajo. Sabía que ese sería su fin. Probablemente sería apedreado cuando el rey viera su extraña condición.
Quería negarse, gritar, pedir perdón. Quería huir.
Y lo intentó, pero, tan rápido como se puso de pie, varios guardias lo forzaron a caer de rodillas nuevamente.
—Demasiado estúpido. Inténtalo una vez más y no habrá castigo suficiente para ti.
Alzó su mirada acuosa hacia el rey, suplicando piedad. Todos sabían que el rey Joong no perdonaba: era despiadado, cruel e injusto.
Pero le había dado una advertencia, no un castigo inmediato. Tentando su suerte, decidió hablar.
—Perdóneme, mi señor. Le prometo que jamás volveré a robar. Yo ni siquiera había cometido un delito antes. Lo hice solo para poder darle de comer a mi fam—
No pudo terminar. Un fuerte golpe en el rostro interrumpió su discurso. Sintió más lágrimas bajar por sus mejillas y una mano firme sujetar su cara.
Escuchó nuevamente.
—Largo.
Aunque la mirada del rey estaba puesta en él, la orden era para los guardias. Rápidamente, todos salieron de la sala.
—Desnúdate.
Dunk le dio una mirada sorprendida. No sabía que el rey Archen era de esos a quienes les gustaban los chicos. Se llevaría una decepción.
Sin nada más que ocultar, dejó caer la tela que cubría su pecho y comenzó a bajarse los pantalones lentamente. Con la cabeza en alto, se levantó del frío piso y mostró su cuerpo desnudo.
Esperaba un grito, más golpes, quizá un interrogatorio, pero nunca un beso.
Casi se cae por el impacto, de no ser por unas manos grandes que lo sujetaron con fuerza. La lengua del rey se metió en su boca sin permiso, mientras una de sus manos descendía lentamente hasta su trasero.
Se dejó besar; aquello era, sin duda, mejor que cincuenta latigazos.
Sintió cómo lo llevaba hasta el trono y lo sentaba a horcajadas sobre el regazo vestido del rey Archen.
—Por fin eres mío, Dunk.
[...]
Él no era estúpido; tenía ojos y oídos por todas partes.
Sabía que su gente hablaba mal de él por no tener una reina a su lado, pero por obvias razones no podía mandar a decapitar a medio pueblo solo por tener la lengua suelta.
Quería una reina, sí, pero ninguna de las princesas ofrecidas por reinos vecinos lo convencía. A las mujeres de su propio reino tampoco les veía potencial.
Llevaba años buscando, y, lamentablemente, sus ojos y su corazón se habían fijado en un simple campesino: un hombre, un muchacho. Un jovencito de piel pálida, ojos cafés y lo suficientemente pequeño como para encajar perfectamente entre sus brazos.
La primera vez que lo vio estaba realizando su visita mensual a las comunidades más alejadas del centro. Quedó encantado cuando lo encontró tendiendo ropa al aire libre; el sol caía directamente sobre su rostro, haciéndolo ver aún más etéreo.
El ensueño terminó cuando cayó en cuenta de que era un hombre, alguien que lógicamente no podía darle herederos y a quien su pueblo jamás aceptaría. Si lo tomaba como reina, sería la burla de otros reinos. Su gente no lo aprobaría y el caos sería inevitable. Así que lo dejó pasar. Se convenció de que era un enamoramiento tonto al que no debía dar importancia; además, él no era homosexual.
Pero sí importaba. Durante semanas, ojitos lindos aparecieron en sus sueños, donde lo imaginaba como su reina, su esposa. Se frustró al no poder hacer nada: era patético que la única persona que le interesó estuviera fuera de su alcance.
Eso fue antes de enterarse de los rumores que rodeaban a la numerosa familia Boonprasert.
Por casualidad escuchó a sus cocineras hablar de la madre agotada, de la pobreza en la que vivían y de la supuesta maldición familiar. Supo de la muerte del herrero Boonprasert y de cómo aquello dejó sola a su esposa con cuatro hijos y una casa que mantener.
Y también escuchó que todo giraba alrededor del hijo mayor: Dunk.
El chico señalado varias veces por “raro”, acusado de homosexual, el que trabajaba sin descanso y aun así no lograba ayudar lo suficiente en casa. El mismo del que la hija del carpintero decía que parecía una mujer vestida de hombre. Comentaban cómo siempre cubría su cuerpo, incluso en las estaciones más calurosas, y lo delicado que lucía pese a ser varón.
Todo aquello le dio una pequeña esperanza: quizá podría hacerlo suyo.
Pasó meses ideando un plan para que, al final, el muchacho se entregara en bandeja de plata. Un torpe intento de robo a una duquesa fue la excusa perfecta. Aunque no era su deber encargarse de esos castigos, en cuanto supo quién era el ladrón, tomó el asunto personalmente.
Siguió besándolo mientras lo tenía sobre él. Sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo delgado y pálido, memorizándolo al tacto, tocando zonas que no eran propias de tocar.
Intentaba distraerlo con el beso, su lengua envolviendo el músculo tímido y torpe de Dunk, chupando y mordiendo sus labios mientras sorbía el desastre de saliva de entre sus bocas. Preparando el siguiente movimiento.
Había investigado un poco sobre las relaciones entre hombres. Y, aunque al principio le pareció algo asqueroso el hecho de que su miembro tenía que atravesar aquel lugar sucio, ese pensamiento se desvaneció al imaginar a Dunk sometido de esa forma. Con su polla atravesando su culo, cogiendolo como si fuera una sucia perra.
Con cuidado, deslizó su mano hacia atrás, tanteando entre sus glúteos el pequeño agujero apretado. Sintió cómo Dunk se tensaba y se separaba del beso.
—¿Su Alteza quiere hacerlo de esa forma? —murmuró, sin aliento.
Joong lo miró confundido.
—¿De qué otra manera habría de hacerlo? No quiero tu boca, necesito más que eso.
Dunk dudó. Nunca había experimentado el sexo, pero había escuchado que para muchas mujeres no era placentero. Si no lo era en un órgano destinado para ello, ¿cómo sería en uno que fue creado para otros propósitos no carnales?
Probablemente sólo sería doloroso. No quería que su primera vez fuera mala, quería disfrutar.
—Su Majestad puede usar mi coño. Es igual que el de una mujer.
Joong lo miró sin entender.
—¿Tu coño?
Dunk asintió, alejándose un poco del cuerpo de Joong para poder crear un espacio entre ellos. Solo en ese instante, el rey se percató de la existencia de aquellos dos pequeños senos. El chico tomó la mano contraria y lentamente la llevó hacia el frente, sosteniendo los grandes dedos del rey, guiándolos hacia abajo, pasando por su vello púbico y presionando los falanges ajenos.
Joong abrió los ojos con incredulidad; entre la yema de sus dedos, lo único que podía sentir eran los pliegues húmedos e hinchados de una vagina. Se quedó completamente sin palabras, cayendo en cuenta de que los rumores que rodeaban a Dunk no estaban tan lejos de la realidad.
Curioso por la condición de su futura reina, adentró más sus dígitos en aquella zona, comenzando con pequeños movimientos circulares en el clítoris.
—Oh… —gimió Dunk, separando más las piernas.
Joong comenzó lento, pero el roce suave hacía que su cuerpo temblara y que su agujero goteara, manchando su regazo. Por su parte, Dunk ya había experimentado este tipo de placer antes.
Fue el día que terminó con su novia. Habían estado besándose en el granero, ambos muy entusiasmados, el calor del momento pidiendo por más. Recuerda perfectamente cómo Emma le había pedido que la tocara por debajo de su vestido.
Dunk, inseguro, accedió, metiendo su mano y rozando con sus dedos la raja mojada. Ella se encargó de todo, guiando sus movimientos, indicándole dónde tocar. Antes de terminar, Emma había querido tocarlo también; su mano queriendo posarse por encima de sus pantalones, pero siendo detenida por un muy asustado Dunk.
Después, todo fue un borrón de reproches por parte de ella, diciendo que no la amaba lo suficiente y que nunca quería que lo tocara. Se fue muy enojada, terminando con su relación y dejándolo solo.
Dunk no había podido tan siquiera digerir que su relación había terminado, su mente ocupada únicamente en las expresiones extasiadas de su novia cuando la estaba tocando.
Con la mente aún nublada por la lujuria, se bajó los pantalones y abrió de piernas, dejando su coño expuesto al aire libre. El viento frío enviándole escalofríos, golpeando directamente sobre su intimidad. Dudoso, posó sus dedos en donde anteriormente los había puesto en la vagina de Emma, replicando los movimientos.
Se tocó hasta que sintió cómo su coño palpitaba y comenzaba a soltar chorros de grasa de su canal.
Dunk todavía lo recuerda muy bien: el placer que sintió, cómo su vientre se tensó y lo rico que fue sentir su vagina pulsar y contraerse, con el líquido salpicando y creando un charco sobre la tierra.
Después de ello, se levantó rápidamente, limpiando su desastre y huyendo hacia su casa, bastante avergonzado. A pesar de la buena sensación que le ocasionó tocarse, no lo había vuelto a hacer; su mente sintiéndose demasiado culpable e inmoral.
Pero ahora, en estos instantes, mientras el rey movía sus dedos con destreza sobre su punto sensible, no podía hacer nada más que gemir y rogar por más.
—Maldición, Dunk, eres simplemente impresionante.
El rey se detuvo, moviendo su mano a su cintura y, con ambas manos, lo alzó de su regazo. Sin previo aviso, lo cargó tomándolo de su trasero, obligando a Dunk a envolver su cuerpo con sus piernas y a abrazar su cuello con sus brazos.
Rápidamente salieron de la sala, el rey ignorando a sus sirvientes, que, al verlo pasar, solo bajaban la cabeza en forma de respeto y aceleraban su paso.
Absolutamente nadie quería atravesarse en su camino, no cuando se mostraba como un hombre consumido por la lujuria y la desesperación de profanar al delicado chico que cargaba.
Joong, por su parte, no le importaba que sus empleados lo vieran de esta forma: llevándose en brazos a un chico desnudo hacia sus aposentos.
Pronto los rumores se esparcirían, eso lo tenía claro, pero no le interesaba, porque al final del día él era el rey, y el chico entre sus brazos, la futura reina que cargaría con su descendencia.
...
Sus piernas estaban abiertas de par en par, sus muslos temblando por el placer que recorría su cuerpo en ese momento. Sus manos se aferraban con fuerza a las sábanas de seda bajo él, temeroso de tocar al rey y provocar su molestia. Con su boca entreabierta, dejaba escapar suspiros y gemidos bajos y entrecortados.
No quería ser ruidoso, pero los movimientos del hombre entre sus piernas hacían que le resultara imposible contenerse.
La lengua suave y habilidosa recorría toda su intimidad, lamiendo sus pliegues y arremolinándose en aquel punto que hacía que sus dedos se curvaran y que su agujero se contrajera de placer, poniendo su coño sucio y descuidado, babeando sobre la boca abierta del rey.
En la habitación solo se escuchaban los sonidos húmedos y obscenos de sus jugos y de cómo Joong los bebía, succionando su vagina y dejando pequeños besos.
—Qué coño tan lindo tienes, Dunk. ¿Lo has usado?
Dunk lo miró confundido. Joong había dejado de lamerlo, sus dedos ocupando el lugar donde antes estaba su lengua.
Sin comprender del todo la pregunta, negó.
—¿No? Pero tu coño es una puta. Mira cómo se moja. Estoy seguro de que varios hombres han estado aquí.— Metió sus dedos entre la carne, separando sin cuidado los labios hinchados, dejando al descubierto su hoyo tembloroso y chorreante.
Asustado, Dunk negó rápidamente.
—No, su majestad. Yo-yo no sé por qué se moja así. Ningún hombre o mujer me ha tocado de esa forma.
Los ojos oscuros de Joong brillaron. Lo sabía. Dunk Boonprasert era un chico virgen.
—Dejarás que yo, tu rey, entre aquí —sentenció, mientras uno de sus dedos se deslizaba dentro.
Dunk abrió los ojos desmesuradamente, la intromisión repentina sintiéndose dolorosa.
Joong volvió a bajar, chupando nuevamente mientras añadía otro dedo a su agujero. Sus dígitos doblándose y raspando con las yemas las paredes calientes.
—Tan apretado...
Pronto, la intromisión dejó de sentirse incómoda, su interior moldeándose a los falanges que entraban y salían cada vez más rápido, ocasionando que el líquido comenzara a escurrir de su coño hasta llegar al antebrazo de Joong.
—¡Ah! Su majestad, yo...
Su vientre se tensó; el placer que se había estado construyendo explotó, recorriendo todo su cuerpo, gemidos roncos y quebrados escapándose de su garganta.
Sus ojos se pusieron en blanco, su cuerpo sufriendo varias convulsiones mientras los dedos dentro de él seguían trabajando, la lengua de Joong lamiendo a su alrededor, liquido caliente y acuoso salpicando su rostro.
Cuando dejó de temblar, Joong sacó sus dedos y se separó de él. Se limpio con las sabanas, una sonrisa satisfecha plasmada en su cara.
El rey lo observó desde arriba.
Dunk se encontraba con las piernas abiertas y flojas, su carita sonrojada por el calor y sus labios hinchados de tanto morderlos. Su pecho subía y bajaba con la respiración acelerada, y su coño... su coño estaba rojo, babeando todavía sobre la cama, con sus pliegues gordos mojados,su agujero abriéndose y cerrándose, rogando por más. Rogando por una verga. Su verga.
Se desvistió rápidamente, dejando caer las costosas prendas. Se subió a la cama, acomodándose entre las piernas de Dunk. Sostuvo su polla dura con una de sus manos y la guió hacia el agujero que boqueaba. La cabeza bulbosa forzó su entrada.
De repente, Dunk despertó de aquella nube de relajación, sus ojos brillosos mirándolo directamente.
—Eres mío, Dunk. Mi reina.
No esperó una respuesta y se hundió por completo de una fuerte estocada.
Dunk soltó un gemido, el dolor y el placer mezclándose en una deliciosa sensación que recorría su cuerpo. Instintivamente, cerró sus piernas.
Joong sintió cómo las paredes apretadas envolvían su polla, sofocándola de una manera casi dolorosa.
—Maldición, estás demasiado apretado —dijo entre dientes, sus manos agarrando las rodillas de Dunk para abrir más sus piernas.
Dunk era incapaz de responder, la sensación de estar lleno demasiado abrumadora.
Sin esperar, Joong comenzó a moverse, su gorda polla adentrándose profundamente. Sus bolas golpeando su trasero, creando un sonido de chapoteo.
—¡Ah! Mmm... nrgh... —gimió Dunk, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza de sus propios sonidos y la excitación, mientras gotas de lubricante rezumaban de su coño, cubriendo la polla de Joong y escurriendo hasta su culo.
—Eres tan perfecto, Dunk —jadeó Joong—. Mío... Oh, mierda. —Rió levemente mientras su polla salía del coño de Dunk—. Estás tan mojado y sucio que mi polla ni siquiera puede quedarse dentro —bromeó antes de presionarse de nuevo contra el agujero de Dunk.
Continuó con embestidas fuertes, jugueteando con el clítoris de Dunk todo el tiempo, hasta que el chico debajo de él se perdió en un orgasmo.
—¡Joong! —gimió Dunk, sus delgadas manos sosteniéndose con fuerza de las sábanas, su espalda arqueándose por el placer y su vagina bañando la polla de su rey con sus jugos.
Al escucharlo, Joong se vino con una última embestida, adentrándose lo más profundo que podía, con la intención de que su semen llegara hasta el fondo del chico.
Se dejó caer encima del delgado cuerpo tembloroso, su cuerpo grande y pesado cubriéndolo por completo. Ladeando su cabeza, Dunk le permitió descansar en la curvatura de su cuello y hombro. Joong aspiró con fuerza el olor natural, fresco y dulce de su piel. Dejó un pequeño beso en el área.
Dunk, necesitado de cariño después de sensaciones tan abrumadoras, lo abrazó con sus delgados brazos, sus piernas enredándose con las contrarias. Sintiendo calor y seguridad, se permitió cerrar los ojos, su mente y cuerpo agotados pero totalmente satisfechos.
Sin poder evitarlo, el sueño lo venció, su cuerpo todavía siendo aplastado por el contrario.
Sonriendo, Joong le dio otro beso, esta vez en una de sus mejillas sonrojadas.
—Duerme, mi reina.
...
Dunk despertó con el canto de los pájaros y la luz del sol iluminando su rostro. Se removió algo incómodo y abrió los ojos con pesadez, encontrándose en una hermosa habitación.
De repente, todos los sucesos del día anterior se le vinieron encima: su intento de robo fallido, los guardias reales llevándolo ante el despiadado rey, él esperando un castigo, el beso, su majestad descubriendo su secreto, él siendo llevado hasta la habitación real...
No sabía qué significaba todo esto.
Había perdido su virginidad con el rey, el hombre más despiadado y poderoso de todos los reinos. ¿Eso significaba que ahora era su esclavo? O, si lo miraba desde una perspectiva más positiva, ¿ahora era el concubino del rey?
Sus dudas aumentaron, al igual que su nerviosismo, al sentir el pesado brazo de Joong apretarse alrededor de su cintura y un cálido aliento soplar en su nuca.
—Buenos días, lindo.
La voz ronca murmurada en su espalda le envió escalofríos por todo el cuerpo. Se removió nervioso, causando un ligero jadeo en el rey. Ahora sabía de dónde provenía aquella ligera molestia: la polla gorda de Joong seguía adentro de su coño. No la había sacado en toda la noche.
Riéndose, Joong murmuró:
—Mis disculpas, me quedé dormido.
Dunk sintió cómo la polla salía lentamente, dejando libres sus paredes. Inmediatamente, sintió un líquido espeso chorrear entre sus piernas. Un escalofrío recorrió su espalda cuando un dedo pasó entre su abertura.
—Qué gran vista. —Empujó su corrida nuevamente en su agujero suelto.— Definitivamente quedarás embarazado.
Dunk abrió los ojos con sorpresa. ¿Embarazado? ¿Su cuerpo era capaz de ello?
Temeroso, Dunk habló por primera vez en el día:
—Su-su majestad, yo no…
Fue interrumpido.
—Llámame Joong.
Dunk abrió los ojos escandalizado. ¿Cómo podría atreverse a hacer eso? ¡De ninguna manera!
—No puedo. Su majestad es el rey y yo soy un simple campesino. No me puedo tomar tal atrevimiento.
Divertido, Joong volteó el cuerpo blanquecino, quedando cara a cara. Desde esta posición, podía apreciar mejor los rasgos del chico. Sus ojitos cafés, con grandes pestañas, lo miraban expectantes; sus cachetes sonrojados lo hacían ver tierno y, por el amor de Dios, sus labios… Rosas y abultados, suaves al tacto. Él lo confirmaba.
—No pensabas en eso cuando gemías mi nombre anoche.
El rostro de Dunk se sonrojó por aquellas palabras, totalmente avergonzado.
—Mis disculpas, mi rey.
Gruñendo, Joong corrigió:
—Joong. Y no pidas disculpas. Me encantó. Suenas mucho mejor que cualquier bella canción o armonioso instrumento.
Dunk se sonrojó aún más. Estaba confundido y halagado. ¿Por qué el rey le decía estas cosas tan románticas? ¿No se suponía que eso lo hacían las parejas?
De repente, recordó a su familia.
—¡Mi madre! Debe de estar preocupada.
Quiso levantarse, pero fue impedido por un agarre firme en su brazo.
—Su majes… —se interrumpió al ver la mirada molesta del hombre mayor—. Joong, necesito irme. Mi madre debe de estar preocupada. Además, tengo que…
—No. Eres mío y, como mi reina, tienes que quedarte en el palacio.
Sin esperar réplicas, Joong lo jaló hacia su cuerpo, callando con un beso cualquier respuesta que Dunk tuviera en mente.
Dunk se resistió por unos segundos antes de caer rendido, su cuerpo relajándose y su boca abriéndose para recibir la lengua de Joong.
[...]
Se encontraba sentado a un lado del trono del rey, en el lugar donde se suponía que debía estar una reina, no él.
Frente a ambos, estaba reunido el consejo. Los hombres los miraban con desaprobación, aunque temían hablar y provocar la ira del rey.
—Ya he escogido a mi reina. Dunk Natachai tomará su lugar en el trono, a mi lado.
Cientos de susurros y reproches se escucharon alrededor de la sala.
Uno de ellos, el más joven, se atrevió a hablar.
—Su Majestad... pero él es un varón. Un simple campesino. Si desea tomarlo como concubino...
—No.
—Pero, Su Majestad —insistió con desesperación—, es un varón. No puede darle herederos. Nos quedaríamos sin un príncipe...
Con una sonrisa ladeada, Joong palmeó sus propios muslos. Dunk entendió perfectamente la indicación.
Se levantó del trono y, con timidez, se sentó sobre las piernas de su rey y ahora amado.
Sintió el aliento de Joong en su oído; una corriente de placer bajó por su espina dorsal.
—Muéstrales, querido.
Con las mejillas encendidas, separó las piernas. El vestido ligero de seda que llevaba cayó con suavidad, revelando el espacio entre ellas. Con manos temblorosas, levantó la tela.
Se escucharon jadeos sorprendidos y varias exclamaciones.
Desvió la mirada, avergonzado. Intentó bajar el vestido, pero una mano grande lo detuvo, sujetándole la muñeca con firmeza.
—Déjalos ver.
Dunk negó con la cabeza, lágrimas formándose en sus ojos.
Quiso cerrar las piernas, ocultar su intimidad, pero la rodilla del rey se interpuso, obligándolo a abrirlas aún más. Como si eso no fuera suficiente, la mano libre de Joong descendió, acariciando sus muslos hasta llegar a su coño. Con dos dedos, separó los labios, exponiendo su entrada húmeda.
Dunk soltó un sollozo cuando sintió una gota de lubricante resbalar de su agujero.
No entendía lo que le pasaba. Desde aquel día en que había perdido su virginidad con el rey, y tras haber pasado toda una semana encerrados en la habitación real, se había vuelto adicto a Joong y había descubierto cosas que lo excitaban más de lo que jamás imaginó.
Como esto. No sabía que ser exhibido ante decenas de hombres podía humedecer su coño hasta hacerlo palpitar. Le daba vergüenza disfrutarlo tanto.
Tal vez no eran las miradas de aquellos hombres lo que lo excitaba, sino el hecho de que, aunque miraran, ninguno podría tocarlo. Porque él pertenecía al rey. Era su reina. El amante de Su Majestad.
—Como pueden observar, Dunk puede darle herederos al reino. Ha sido bendecido con el don de traer vida a este mundo.
Joong bajó el vestido, permitiéndole cerrar las piernas. Dunk se acurrucó en su regazo, ocultando su rostro ardiente en el cuello del rey.
Después de unos minutos de silencio, el mismo hombre se atrevió a hablar nuevamente.
—Su Majestad... esto es, sin duda, maravilloso, impresionante, pero... ¿está seguro de que puede concebir? ¿Ha sido revisado por el médico real?
—Completamente seguro. El médico lo ha revisado y ha confirmado que es funcional, igual que una mujer. Para asegurar un embarazo lo antes posible, me tomaré una semana más.
—Por supuesto, Su Majestad.
—Si ya no hay más objeciones, se pueden retirar.
Uno a uno, los miembros del consejo comenzaron a salir, algunos todavía murmurando entre dientes. Cuando la puerta se cerró finalmente, Dunk salió de su escondite.
Alzó la vista, sus ojos brillosos buscando los de Joong, que lo observaba ahora con una expresión mucho más suave.
Una mano grande se posó sobre su rostro, acariciándolo con delicadeza.
—¿Te gustó? —preguntó el rey, su voz apenas un murmullo.
Dunk parpadeó, confundido por la pregunta, soltando un leve «¿huh?».
El agarre en su rostro dejó de ser dulce; los dedos grandes ahora sujetando su barbilla con fuerza.
—Que si a tu coño de puta le gustó ser observado por las miradas sucias de aquellos hombres —dijo con voz grave, cargada de autoridad.
Dunk negó rápidamente, alarmado.
—¿No? Pero si tu coño estaba húmedo, manchaste mi regazo de lo mojado que estabas.
Dunk apretó los labios, avergonzado, bajó la mirada.
—Yo-yo, no es eso. Al único al que deseo es a ti —habló con dificultad debido a la presión de los dedos que hacía en sus mejillas.
—Tal vez es porque no he llenado este coño lo suficiente. La mano que se encontraba sujetándolo por la cintura abandonó su lugar para posarse entre sus piernas, por debajo de su vestido.
Tembló cuando uno de los dedos se pasó por su raja.
—No era por ellos —susurró—. Era porque sabían que soy tuyo. Porque miraban, pero no podían tocar. Porque... pertenezco a ti.
Joong gruñó con aprobación y, en un movimiento rápido, lo alzó entre sus brazos, llevándolo de nuevo al trono.
Dunk abrió las piernas inmediatamente cuando el rey comenzó a bajar sus pantalones.
Su vestido nuevamente fue alzado. Dunk levantó las caderas para que este estuviera arremangado hasta su cintura.
Sentía cómo su coño se contraía, ansioso, su agujero abriéndose y cerrándose, desesperado por la polla gruesa.
Joong separó ambos labios gorditos y posó su verga entre ellos, humedeciendo su longitud. De vez en cuando, la cabeza roma atorándose en su abertura.
Dunk gimoteó desesperado.
—Por favor, por favor...
Sonriendo, Joong dejó su humedad. Quitando su polla de su coño para, en su lugar, llevarla más abajo. Sus manos grandes separaron sus nalgas.
—No lo mereces. Tu coño de zorra tendrá que esperar. Como castigo, recibirás mi verga en tu culo.
Un chorrito de lubricante salió de su vagina.
Gimiendo, separó aún más sus piernas.
Durante la semana que estuvo en la habitación del rey, todos sus agujeros habían sido usados hasta el cansancio. La sensación de tener su culo lleno era indescriptible, viniéndose rápido cuando era jodido de aquella forma.
Sintió cómo la cabeza gorda atravesaba su esfínter, abriéndose paso poco a poco en su cavidad apretada. La humedad que había dejado en la polla de Joong como único lubricante.
Sus ojos se cerraron con fuerza; el dolor y ardor que estaba sintiendo solo provocaban que su coño chorreara, con gotas viscosas y transparentes deslizándose hasta su ano.
—Tan apretado... ya no eres virgen y aún así me aprietas tan bien.
Dunk gimió, moviendo sus caderas en señal de que podía continuar. Lo necesitaba más profundo, más duro.
Joong se hundió por completo, sus testículos chocando con la suave carne del culo de Dunk en un ruido seco.
Comenzó con embestidas duras, yendo tan profundo como podía, sintiendo las paredes calientes y apretadas de Dunk.
La falta del aceite que había usado la primera vez que lo folló por el culo dificultaba un poco la penetración. Tanto, que a veces le costaba sacar y meter su polla sin trabarse.
Con los gemidos lascivos de Dunk como fondo, Joong retiró su polla por completo, arrancando una queja por parte de su reina.
Antes de que Dunk pudiera preguntar por qué se detenía, Joong gruñó, irritado.
—Maldición... tengo que usar tu coño de puta para mojar mi polla.
Una mano grande descendió de golpe sobre su coño en una sonora palmada. El ruido del golpe y de los jugos fusionándose creó un sonido obsceno que se extendió por la sala vacía.
El chico, debajo del rey, se estremeció, gimiendo entre dolor y placer. Sus piernas se cerraron por instinto, pero enseguida se abrieron de nuevo, alzando las caderas, rogando por más.
—Otra... otra vez, por favor...
Joong lo hizo de nuevo, una y otra vez, sus gruesos dedos golpeando la carne húmeda y sensible, dejándola aún más enrojecida y temblorosa.
—¡Sí! Más... necesito tu polla... ¡por favor!
Dando una última palmada, metió su polla en el coño pegajoso, enterrándose de una sola estocada.
—¡Agh! ¡Mi rey! —gimió Dunk, cerrando los ojos mientras sus delicadas manos se alzaban hacia su pecho.
Las caderas de Joong arremetían con fuerza contra el pobre chico, mientras su oscura mirada se posaba en cómo Dunk apartaba la fina tela de su vestido, dejando al descubierto sus senos.
La boca de Joong salivó al ver los dedos sonrojados de Dunk apretando sus pequeños montículos, amasando sus pechos sin pudor.
Su reina se había vuelto bastante atrevida. El chico tímido al que había usado hasta el cansancio la semana anterior había quedado atrás. Ahora, ante sus ojos, solo veía a una puta en celo, con un coño hambriento y suplicante.
Joong se despojó de su chaqueta, quedando solo en una camisa de seda blanca que se pegaba a su piel por el calor de la sala. Sin detener sus caderas, se inclinó para morder y chupar el pecho blanquecino de Dunk.
Sintió cuando las paredes internas de su reina comenzaron a apretarlo; las piernas largas y tersas que lo rodeaban temblando contra sus costados. Antes de que Dunk pudiera correrse, Joong se retiró de golpe, provocándole un gemido alto... pero fue en vano.
El cuerpo de Dunk no pudo soportarlo más. La brusquedad desató un orgasmo abrasador que recorrió todo su cuerpo, haciendo que su hoyo se abriera como una cascada, mojando el torso vestido de su rey. Pequeñas gotas alcanzando su rostro sudoroso.
—¡Ah! ¡Sí, Joong! —gritó Dunk, su orgasmo tan intenso que sus ojos se llenaron de lágrimas, su cuerpo temblando sin control.
Joong no le permitió recuperarse. Aprovechó el líquido que seguía saliendo a borbotones y lo usó como lubricante, untándolo en su dura y venosa polla.
Sin piedad, guió su miembro al agujero trasero, deslizándose con facilidad gracias a la humedad. Embistió con fuerza, sus movimientos rápidos y rudos haciendo que el pesado trono se estremeciera bajo ellos.
Los sollozos y gemidos de Dunk por la sobreestimulación solo lo incitaban a ir más rápido, más profundo, su respiración pesada mezclándose con los sonidos sucios que llenaban el salón.
—Espera... mi-mi rey, es... ¡ah! ¡Es demasiado! —lloriqueó Dunk, llevando sus manos contra las caderas ajenas, tratando de detener los fuertes embistes de su rey.
—Casi termino, solo un poco más... —gruñó Joong, inclinándose contra el cuerpo tembloroso para besar su rostro, repartiendo besos dulces en sus mejillas, nariz, párpados y boca, que no concordaban con la rudeza con la que lo follaba.
Dunk, sintiéndose querido y cálido, relajó su cuerpo, permitiendo que Joong siguiera usándolo.
La polla de Joong siguió trabajando en su culo, en ningún momento bajando de velocidad, solo embistiendo profundamente.
No mucho después, Dunk se volvió a correr, su coño volviendo a tirar de sus jugos y su trasero apretándose fuertemente.
Con una última embestida, Joong se vino dentro de su reina, su verga pulsando y vaciando su semilla. Enterró su rostro en el cuello sudoroso de Dunk, mordiendo la suave piel mientras soltaba gemidos roncos.
Moviéndose de su lugar, Joong observó el rostro de su amado: las mejillas sonrojadas con manchas de lágrimas, sus ojos entrecerrados y su boca abierta que soltaba quejidos y suspiros.
Se acercó con la intención de besar aquellos labios suaves e hinchados. Metió su lengua en la boca entreabierta, explorando perezosamente la cavidad. Dunk, lentamente, correspondió los movimientos con su propia lengua. Joong fue el primero en separarse, un hilo de saliva uniéndolos.
—Saca la lengua, Dunk —ordenó, su mano subiendo para acariciar las mejillas de su reina.
Dunk obedeció, todavía en su nube postorgásmica; sacó su lengua rosada.
Joong se inclinó, sacando la suya para comenzar a lamer el músculo ajeno, dejando un desastre de saliva en la barbilla de Dunk.
Succionó y sorbió una última vez antes de alejarse. Se levantó y sacó su polla del culo de Dunk, observando cómo el agujero se mantenía abierto con la forma de su verga, con los bordes hinchados y su semen espeso saliendo a chorros.
Sus dedos se acercaron a la zona, esparciendo su semilla en las nalgas suaves de Dunk para después subir y hacer lo mismo con su coño, dejándolo aún más sucio que antes.
Orgulloso de su obra de arte, se inclinó nuevamente, esta vez para llevar sus dedos manchados de semen y lubricante hacia los labios de Dunk. Este los recibió gustoso, sus ojos cerrados con cansancio, pero obedeciendo y complaciendo a su rey.
—Eres mío, Dunk, mi reina, solo mía.
