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La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Kim como miles de balas pequeñas, insistentes, queriendo entrar.
Hongjoong estaba de pie frente al retrato de su padre, copa de whisky temblando apenas en su mano derecha. Veinticinco años y ya era el rey de un imperio construido sobre sangre, silencio y lealtad comprada.
Hace tres semanas, el viejo Kim había salido de una cena en el centro de Seúl. Sonreía, como siempre, con esa sonrisa que decía “nadie me toca”. Dos segundos después, tres disparos precisos en el pecho. El clan Park había firmado su sentencia con plomo.
Hongjoong no había llorado en el funeral. Ni una lágrima, solo había apretado los dientes hasta sentir que se rompían mientras veía bajar el ataúd.
Ahora, en la penumbra del salón principal, las velas titilaban sobre la mesa larga como si también tuvieran miedo. El aire olía a cuero caro, humo de cigarro apagado y algo más… algo metálico que nunca se iba del todo.
No estaba solo. Nunca lo estaba.
Unos pasos casi inaudibles cruzaron el umbral. Mingi entró sin anunciar, como siempre. Alto, ancho, envuelto en ese abrigo de piel oscura que lo hacía parecer un depredador que acababa de salir de la noche. Se detuvo a dos metros detrás de Hongjoong, en silencio, esperando.
Hongjoong no se giró. No necesitaba hacerlo para sentirlo: el calor de su cuerpo, el peso de su mirada, la promesa muda que llevaba cargando desde que eran adolescentes.
—Los Park creen que me han dejado huérfano y débil —dijo Hongjoong al fin, voz baja, afilada como un cuchillo recién sacado del hielo. —Se equivocan.
Mingi no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz fue un murmullo grave que rozó la nuca de Hongjoong como una caricia peligrosa.
—No estás solo.
Hongjoong cerró los ojos un segundo. El whisky quemó su garganta cuando dio el último trago.
—No dejaré que nos destruyan —susurró, más para sí mismo que para nadie.
Mingi dio un paso más cerca. Su mano, grande y cálida, se posó apenas un instante sobre el hombro de Hongjoong. Solo un toque. Suficiente para que el mundo entero se detuviera.
—Nunca —respondió Mingi. —Mientras yo respire, nadie te tocará.
La lluvia siguió cayendo.
Y en la mansión Kim, entre sombras y velas, dos hombres que habían crecido juntos entre armas y secretos acababan de hacer una promesa que iba a costarles sangre, sudor… y tal vez algo más.
