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la oscuridad (cubre toda la ciudad)

Summary:

manuel está enojado con lautaro después de que lo haya abandonado por su chica.
todo cambia cuando, en medio de la madrugada, el rubio golpea la puerta de su cuarto, pidiéndole que lo deje pasar con esa voz suave que lo caracteriza.
manuel cede, y lautaro se entrega.

Notes:

escribi esto inspirandome en la noche donde mernuel stremeó por yt, espero q no tenga tantos errores lo corregí así nomás!! ojala les guste

Work Text:

Manuel estaba enojado.

Esta noche había tomado la decisión de prender stream aunque, con los chicos, tenía pactado lo contrario. 

Cuando cortó la transmisión casi a las 4 a.m, levantó toda la basura que quedó sobre el set up: el pote de Franui, la botella de Coca Cola, la caja de alfajores Havanna. Mientras sus manos rebalsaban por la cantidad de cosas que llevaba en ellas, vio de refilón algo rojo asomarse detrás de uno de los monitores.

Había una pulsera roja. Su pulsera roja.

Se apresuró a dejar todo en la cocina para regresar a buscarla rápidamente. Se la puso, ajustándola en su muñeca para asegurarse de que no se le cayera de ninguna manera, y de pronto sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Fue así como volvió el recuerdo de Lautaro horas atrás.

—Me dijiste que esta noche no íbamos a prender. Santiago no está, y yo ya hice planes—le dijo, mirándolo fijamente a los ojos. Su tono era frío, quizá distante. Eso volvía loco a Manuel.

Desde hace un mes y medio que Lautaro no hacía más que distanciarse de él.

—Bueno, bueno, dale—respondió Manuel, mientras asentía con la cabeza y sus labios se torcían. Era un reclamo, aunque no tenía nada que reclamarle. Lautaro había hecho planes en una noche libre, y ese debería ser el fin de la cuestión. Sin intenciones de escalar la discusión, Manuel se atrevió a preguntarle algo que siempre quería saber, pero nunca se animaba a cuestionar—. ¿Y no me vas a contar qué planes tenés?

Lautaro suavizó su postura. Siempre tenía la armadura puesta pero, a veces, recordaba que Manuel era su mejor amigo. Sabía que no tenía por qué hacerle lo que le estaba haciendo.

—Voy a…—respiró un segundo antes de terminar la oración, y lo hizo porque sabía que lo que estaba a punto de decir iba a hacer enojar a Manuel —. Voy a hacer llamada con ella. Queríamos ir a cenar pero no puede salir de la casa, está ocupada con el laburo.

La intuición que Lautaro tuvo en un principio era correcta, porque de pronto Manuel sintió las ganas de echarlo del departamento. Si aprovechaba el impulso, quizá terminaba tirándole la ropa por el balcón.

Dejó pasar unos segundos antes de hablar. La mirada de Lautaro cambiaba de significado con la misma rapidez con la que Manuel reflexionaba qué iba a decirle frente a ese comentario.

—Mirá vos— le respondió, cruzándose de brazos—. ¿Y por eso no podés venir ni aunque sea media hora a streamear conmigo? ¿Vas a estar hablando por llamada por cuatro horas ininterrumpidamente?

Lautaro tensó su mandíbula. Manuel tenía esa pasivo-agresividad que lo hacía retorcerse por dentro, y el rubio sabía que lo estaba provocando. 

Lo cierto es que todo este tiempo estuvo tratando de enterrar muy en el fondo de su mente lo que Manuel le causaba. Desde el día uno a su lado supo que eso sería un grave problema. Cuando volvió de Dubái, lo hizo dispuesto a aprender a sobrellevar sus pasiones, sus deseos más incontrolables. Lo hizo dispuesto a encontrar el amor, pero el correcto. 

Pero su pequeño cuerpo inexperto ya lo había encontrado. Lautaro ya había aprendido lo que es amar, y por algún motivo, lo estaba reprimiendo. 

Cuando su lado racional reaccionó, ya era tarde, porque Manuel ya se estaba dando vuelta para irse.

—No seas pelotudo, Manu—le dijo, alzando un poco la voz. 

—Mirá, Lautaro. Tengo a muchas personas esperándome. Las mismas que te están esperando a vos. No tengo tiempo para esto— respondió, apuntándole con el dedo—. Andá a hacer tu llamada, reíte, mostrale la pija, no sé. Pero por lo menos quedate adentro de tu pieza calladito, que yo tengo que laburar.

Y tras decir eso, le dio un portazo a la puerta del pasillo, dejando a Lautaro detrás.

En un suspiro fuerte Manuel trató de dejar ir el enojo que le había causado esa memoria, pero realmente no podía dejar de pensar en eso.

Cada vez que por su mente se cruzaba la cara de Lautaro, no podía contener las ganas de decirle todo a la cara. Decirle que desde que volvió, nada es igual. Que extrañaba al chico rubio que vino de España con ganas de comerse al mundo, dispuesto a pasar horas a su lado con tal de cumplir un sueño juntos. Que odiaba no poder verlo en las tardes, que se escape los fines de semana.

Chistando al aire, terminó de apagar todo en la sala. La oscuridad era absoluta en aquel piso 18. Por un segundo, Manuel se quedó observando algo que le fascinaba y que, a la vez, le perturbaba: cómo la oscuridad se fundía con el agua del río durante la noche.

Aunque haya cientos de estrellas, aunque la luna esté llena, ninguna luz parecía poder penetrar esa penumbra tan extraña. 

Sin embargo, en el fondo, Manuel sabía que esas aguas eran navegables, que podía ir y caminar por su orilla.

——————

El reloj rozaba las 4 a.m cuando se recostó sobre su almohada. Se tomó un segundo para largar un suspiro profundo y, aunque sabía que lo mejor era no agarrar el celular, lo hizo de todas formas, una necesidad imposible de ignorar.

Renegó con la cantidad de tuits preguntando por Moski y, de pronto, recordó que durante el stream había estallado varias veces por el mismo motivo.

Si quieren ver a Moski, pídanle que aparezca, a mí no me jodan.

Entre tanto bullicio, entre tanta gente, Manuel nunca tuvo un momento para poder hablar con él. Nada. Ni una sola palabra. Era difícil con alguien como Lautaro, quien creía que sus motivos se sobreentendían, y que, aunque siempre haya sido un fiel defensor de que las cosas tienen que hablarse, no podía ni siquiera mantenerle la mirada a su mejor amigo.

El vacío que el pelinegro sintió desde el primer momento en que el rubio se fue a vivir a la otra punta del mundo, todavía no se había ido. Todavía seguía instalado en el medio de su alma.

Pero más allá de la tristeza, el enojo predominaba en todo su cuerpo. 

Sin darse cuenta, estaba apretando su teléfono con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Decidió soltarlo, y cuando lo revoleó contra el colchón, el sonido de unos golpes en su puerta se sincronizó con la caída del celular.

—Manu, ¿me dejás pasar?

La voz de Lautaro era suave, y Manuel sintió que con una sola palabra más en ese tono podría llegar a caerse de rodillas.

No respondió. En su lugar, se levantó y le abrió la puerta él mismo. 

—Pasá— le dijo, y ambos terminaron sentados en la cama. Manuel tenía el pecho al descubierto y Lautaro estaba cubierto con su bata oscura, clásica de siempre —. ¿Ya terminó tu cita romántica?

—Pará, boludo— respondió Lautaro, largando una risa incómoda. La habitación, parcialmente a oscuras, estaba fría e iluminada solo por las luces de los edificios que entraban a través de la ventana.

Se quedaron en silencio unos segundos. Manuel, expectante; Lautaro, perdido. 

Ninguno de los dos sabía bien qué decir.

—¿No vas a hablar?—lo apuró Manuel.

—¿Vas a dejar de hacerme preguntas?—respondió Lautaro—. Y sí, mi cita terminó hace varias horas, pero me dijiste que me quedara callado en mi pieza.

Manuel tenía la mirada clavada en cualquier lugar menos en su amigo, pero no pudo con su genio. Ancló sus ojos en los de Lautaro y, sin pensarlo siquiera, recorrió su rostro por completo.

—No sabía que te gustaba tanto obedecerme—y ahí estaba el problema, porque los dos sintieron un tirón en sus entrepiernas.

Era la primera vez que se quedaban totalmente solos desde que Lautaro había vuelto. La primera vez que se encontraban en un ambiente perfecto para decir lo que sentían.

Entonces, Manuel escupió—. Cómo cagaste hoy, eh. No pudiste escaparte como una laucha. 

Lautaro se sorprendió ante el comentario.

—¿Qué decís?— ofendido, dejó salir la pregunta en un tono agudo.

Manuel se rió irónicamente, llenando la habitación con el ruido de la respiración residual de su sonrisa.

—Siempre te escapas. Jamás, desde que volviste, te animaste a quedarte solo conmigo. Como si pudieras darte el lujo de evitarme, después de todo. 

Lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo.

Y, para su sorpresa, Lautaro mantuvo la calma.

—Tenés razón—respondió.

Esta vez, Manuel abrió los ojos, sin esperarse esa respuesta.

—No me alcanza con eso, Lauti—le dijo en un tono bajito, quizá con la guardia más baja.

—Me lo decís como si no te conociera, Manu— respondió Lautaro y, esta vez, no dejó que Manuel metiera bocado —. Te evito porque no entiendo lo que me pasa, porque es inevitable que me pase—hizo énfasis.

Manuel estaba totalmente dispuesto, mirándolo casi con devoción. El enojo, palpable hasta hacía minutos en cada fibra de su cuerpo, se fue disipando conforme pasaba el tiempo junto a Lautaro.

—No sabes las horas que estuve pensando en cómo decirte esto— continuó—. Ya no sé qué más hacer. Vos sabés cómo soy yo, yo sé cómo sos vos, y me siento muy pelotudo diciéndote esto, pero creo que es posible que algo pase entre los dos, por eso estoy acá.

El corazón de Lautaro estaba acelerado. Manuel podía ver, incluso en la oscuridad, cómo el pecho del rubio subía y bajaba. Pero él no era nadie para juzgar, porque su cuerpo había perdido todo rastro de quietud. 

Ambos temblaban, sutilmente, pero lo hacían.

El pelinegro decidió quedarse callado, esperando a que Lautaro siga hablando. Pero los segundos pasaban y el rubio seguía sin decir una palabra. 

Por un momento Manuel leyó la situación detenidamente, aprovechando el silencio. Lautaro, sentado frente a él, con una bata aunque afuera haga treinta grados en plena madrugada. Nervioso, con la mente en blanco, sin poder largar una palabra más. El pelo revuelto, señal de que había estado revolcándose sobre su almohada por horas, quizá ensayando sus palabras.

Decidió, entonces, acercarse más a él. Fue en un movimiento breve que logró unir su pierna con la de Lautaro, en plena oscuridad, donde lo único que brillaban eran sus ojos.

Quizá fue por los nervios que la boca del rubio se abrió en un suspiro que, desesperadamente, buscaba el valor para seguir.

—Hablame, Lauti.

La mano de Manuel fue directamente al mentón de Lautaro, y al apenas rozarlo, sintió cómo sus dedos ardían. Llegó a su mente un pensamiento breve sobre cómo sería entonces tocar otros rincones de su cuerpo.

Definitivamente su piel se incendiaría.

—Me da vergüenza—respondió, agachando su cabeza—. No sé cómo decir las cosas.

Y esta vez, la mano de Manuel en la pierna de Lautaro no fue motivo de timidez, sino que hizo que ambos sientan la seguridad de avanzar, aunque sea solo un poco.

Aunque simplemente sea Lautaro acercándose un poco más hacia Manuel.

Aunque solo sea la cabeza del rubio asintiendo, como dando permiso para tal cercanía.

Aunque solo sean sus respiraciones ahogadas tras rozar sus narices de a poco.

—Manu—suspiró Lautaro. 

Fue el pelinegro quien unió sus labios en un beso dulce, suave. Las manos de Lautaro, tímidas hasta hacía unos segundos, fueron directo al pelo azabache de su amigo, para dejar caricias en su nuca de a poco.

El rubio sintió un sobresalto en su cuerpo cuando Manuel rozó su lengua con la suya, en aras de profundizar el beso. Sus cuerpos se unieron, naturalmente, pegando sus pechos. 

Manuel atrapó el cuerpo de Lautaro en un abrazo mientras hacía maravillas con su lengua en su boca.

—Mhm—gimió suavemente Lautaro en el beso. Manuel se separó de él y lo vio totalmente ruborizado, avergonzado. Eso solo despertó una excitación oscura en él.

—Sos perfecto, bebé. 

Manuel sintió cómo todo el nerviosismo de su amigo se esfumaba de su cuerpo, cómo todos sus músculos se relajaban al estar contenido entre sus brazos. 

Y también, el vértigo atacó su estómago, porque ese beso le estaba gustando más de lo normal. Lo estaba calentando más de la cuenta. 

La idea de separar sus labios comenzó a darle miedo, así que en un reflejo voraz, atrapó el labio inferior de Lautaro en una mordida suave.

—Manu…—dijo, entre besos—Me gustas.

Por supuesto que esa declaración hizo que el agarre de Manuel se hiciera mucho más fuerte, atrayéndolo a él como si fuese posible fusionar sus cuerpos. Pero con el deseo que ambos sentían, eso tampoco alcanzaría.

Se despojó de la bata del rubio y, con las manos ya tibias por el contacto, navegó por su espalda metiendo sus manos por debajo de la remera de Lautaro.

Mientras dejaba caricias con sus yemas, sentía el cosquilleo de los besos de Lautaro por toda la cara.

—Mucho, mucho—repetía, borracho de su aroma, mientras bajaba los besos a su cuello—. Me gustas mucho.

Lautaro podía sentir tanto la piel, como los vellos de sus brazos, como las tiras de la pulsera roja de Manuel rozándole la espalda. Todos sus sentidos estaban alerta, pero esta vez, sin esperar algo malo. Simplemente deseaba saber cuál iba a ser el próximo movimiento del pelinegro. 

Con la delicadeza propia de quien ama en secreto, Manuel aprovechó el agarre de la cintura de Lautaro para recostarlo sobre la cama. Se sostuvo con sus codos, ubicándolos a los costados del cuerpo del contrario, para poder suspender su cara frente a la de él. Sus narices volvieron a rozarse, esta vez con sus ojos conectados, permitiendo que se encuentren de cerca sus pupilas dilatadas.

—Manu—dijo Lautaro, con una voz provocadora y suave, sabiendo lo que iba a provocar en su amigo—. Necesito que me toques.

Eso bastó para que el pelinegro salga de encima de él para poder sacarle la ropa con más facilidad. Manuel sentía desesperación por el cuerpo desnudo de Lautaro.

Muchas veces había fantaseado con eso. Lo había visto en cuero en la pileta del edificio, en la playa, o incluso después de bañarse. Lo había visto en ropa interior cuando vivían en la casa de su madre y las noches de calor en el departamento, donde el rubio se paseaba en remera y en bóxer sin vergüenza alguna. Pero esto era otra cosa.

Ahora estaba debajo suyo, entregado a él, pidiéndole que lo toque, rogándole con la mirada que le quite la ropa.

Y Manuel estaba a punto de volverse loco.

—Decime qué te gusta—le dijo, mientras terminaba de despojarse de su propia ropa, quedando los dos totalmente desnudos. Manuel, en la espera de una respuesta, comenzó a besarle el cuello.

Lautaro estaba muy mareado como para contestar algo coherente.

—¿Qué querés que te haga, mi amor?—inquirió Manuel, dejando caricias en su abdomen. Su voz era suave pero ronca, un tono bajo que penetraba cada célula del cuerpo de Lautaro.

—Haceme lo que quieras—respondió en un gemido agudo cuando sintió su miembro rozar con el de Manuel—. Por favor, por favor.

Lautaro le mordió el hombro al sentir el tirón que dio Manuel en su miembro. Sus manos ávidas se entretenían jugando con todos los puntos sensibles del rubio. Con su pulgar apretó el glande, mientras que con la otra mano apretaba un poco su cuello, manteniéndolo firme frente a él.

Poco a poco, el rubio se fue transformando en un desastre de gemidos. 

Pero todavía no había llegado su turno de tocar a su amigo.

Con un impulso puso una mano en el pecho de Manuel para poder alejarlo y guiarlo a que se acueste en la cama. Sus ojos estaban anclados en los del otro, y la oscuridad de la mirada de Manuel, lejos de intimidarlo, lo excitó de más.

Le dejó un beso obsceno en los labios antes de empezar un recorrido de besos desde su cuello, pasando por sus clavículas —donde las marcas violáceas no tardaron en aparecer—, sus hombros, sus brazos. La piel de Manuel se erizó al sentir la suavidad de sus labios y la extraña familiaridad que Lautaro tenía para moverse sobre su cuerpo. 

Quizá el rubio también había soñado con él.

Los besos continuaron por su abdomen, su pelvis. Rodeó su zona más íntima con besos delicados, haciéndolo temblar. Terminó dejando caricias con sus labios en las caras internas de sus muslos, con la idea de prolongar más la espera.

Hasta que Manuel habló.

—Dale, bebé—dijo, con la voz ronca. Sentía que estaba a punto de acabar. 

Coló una mano por su pelo, tironeando un poco de esos mechones rubios. Despegó la cara de Lautaro de su entrepierna de un tirón, obligándolo a mirarlo a la cara.

—No me hagas esperar más.

Y con una mano todavía en la nuca del rubio, lo llevó hacia su miembro. 

Las cosas que Lautaro sabía hacer con la boca eran inexplicables. Manuel podría jurar que nunca nadie en su vida se la chupó tan bien como su mejor amigo.

El rubio decidió no aumentar mucho la velocidad de su boca. Quería dejar a Manuel listo para correrse dentro suyo.

Cuando el pelinegro sintió que estaba al límite, cuando sintió que podía acabar dentro de su boca, Lautaro se alejó de golpe.

Una corriente fría le recorrió el cuerpo al sentir la ausencia de la tibieza de los labios de Lautaro en su miembro. El rubio trepó sobre él, hasta llegar a su oído. Enganchó sus dientes en el lóbulo de su oreja izquierda y, después de jalonear y lamer su cuello…

—Necesito que estés adentro mío—susurró—. Ahora.

Manuel puso una mano en su nuca y unió sus labios de una forma inédita. Jamás había besado a nadie de esa manera. Su lengua exploró cada parte de la boca de Lautaro, con una profundidad que lo sorprendió hasta a él mismo. Las manos de Lautaro, naturalmente pequeñas, tomaban con fuerza el rostro de Manuel, tratando de evitar que rompa el beso.

Igualmente, al momento de hacerlo, fue por una buena causa.

—Chupa, amor—le dijo Manuel, acercándole dos dedos a la boca.

Lo estimuló lo suficiente para deslizarse dentro de él sin problemas, sintiéndolo por completo.

Los gemidos repetidos no tardaron en salir de la boca de Lautaro, hinchada y teñida de un rosa intenso por tantos besos.

Cuando el rubio le indicó, Manuel arrancó con las embestidas, que comenzaron suaves, pero terminaron siendo rudas. Los dedos de Lautaro se clavaron en su espalda, tratando de pegar el cuerpo de Manuel lo más posible a él. 

La mente del rubio estaba totalmente nublada. Ningún pensamiento duraba más de medio segundo retenido en su cerebro, porque cada golpe de Manuel contra su punto reiniciaba todo su sistema nervioso. Era algo mental, álmico. Cuando sintió que estaba por acabar, decidió no decir nada y que Manuel siga dentro suyo hasta llenarlo por completo.

Manuel sintió el calor en su abdomen, ese ardor placentero que tanto disfrutaba. Esta vez, al acabar, supo que ningún orgasmo se compararía con este.

Ya no había vuelta atrás. No después de haber probado a Lautaro, no después de haber recorrido su cuerpo. 

 

Con un suspiro nacido de un gruñido ahogado, Manuel se desplomó sobre su amigo. Sus cuerpos estaban pegajosos, pero la relajación era incomparable. No tardaron en acomodarse desnudos y bajo las sábanas, mientras el pelinegro dejaba caricias en los brazos y el abdomen de Lautaro, y él jugaba con las tiras de su pulsera roja.

—La dejé por vos, ¿sabías?—dijo el rubio.

—¿Eh?— respondió Manuel, girando su cabeza para mirarlo a los ojos.

—Mi cita de hoy duró quince minutos. Cortamos todo apenas me atendió.

Las palabras de Lautaro salían mezcladas con la agitación por su reciente orgasmo.

Manuel soltó una risa.

—¿Por qué lo hiciste?—preguntó—Igual me emocionaba la idea de que estés conmigo en secreto.

—Ves que sos un gato—respondió Lautaro, escondiendo la cabeza en su hombro.

—No me contestaste la pregunta, amor—presionó Manuel, deslizando el apodo por sus labios con total normalidad. 

El eco de sus palabras en el corazón de Lautaro fue distinto. Podría acostumbrarse a escuchar su voz de tan cerca, con tanta intimidad.

—Y…—comenzó—Un poco me calentó verte enojado. Además, mal no terminamos. Yo me arriesgué y gané.

——————

Cuando el amanecer se vio por la ventana, Manuel tenía a Lautaro durmiendo sobre su pecho. La claridad del cielo veraniego le dejaba ver a la perfección toda la extensión del río. Incluso, creyó sentir que el sol brillaba más que nunca.