Actions

Work Header

Un destello de luz.

Summary:

Esto es básicamente un fanfic alternativo del Capitulo 1 de la temporada 2 de HB.

(Stolitz Hetero, LOL.)

Cuando un pétalo cae, la flor esta llorando.
Véanme, por favor. Ayúdenme.
Era hermosa. Era bella... pero se veía tan...

Soledad, fría soledad, despertar sin alguien que anhele verte al abrir los ojos era tan doloroso, pero a la vez tan monótono para ella. Solo pedia vivir un día.

Un algo.

Notes:

Necesitaba sacar esta puta idea de mi cabeza o iba a explotar y mis órganos no iban a funcionar para nada más.

Pueden encontrar el diseño de Stolas en mi twitter (x): AQUÍ ESTA STOLAS CHICOS
Ademas de que este fanfic cuenta con ilustraciones mías <3 . La verdad no encuentro muchos fanfics Stolitz de esta Indole así que como rastreador de marginados que soy,,, decidí darle una oportunidad.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Deseos de una flor marchita.

Chapter Text

Cuando los pétalos caen…


La flor nos dice estoy muriendo, estoy triste, intentando llamar la atención de quien sea con tal de seguir viviendo. Se marchita, se quema, se apaga y termina pudriéndose en su propia tierra. Los colores se extinguen, los tallos ceden; aquellos pétalos vigorosos y despampanantes se vuelven fragmentos apagados que se rompen apenas con la caricia del viento. Con una mirada, con un suspiro, ya no puede seguir. Ya no aguanta.

Véanme, por favor. Ayúdenme, suplica.
Nadie puede escucharla.

Nadie las escucha: solo observan, solo juzgan, solo ríen. Murmuran, se voltean, ignoran. Sufrir en silencio es lo que mejor saben hacer. Verse bien es lo único que deben hacer.

Un pétalo cae, pero es cristalino, acuoso y delicado. Resbala por las mejillas hasta romperse en lo que queda de aquel deseo por el que más se suplica en esas noches desoladas y dolorosas. Duele tanto en el núcleo de la ilusión saber que, por más que se caigan, nadie vendrá a cuidarla. El corazón se quiebra ante la añoranza de poseer siquiera un fragmento de aquello que…

Se apodera de las criaturas más hermosas.

El arte de destruirte a ti mismo.

Nadie cuidaría de una flor marchita.

 

La belleza del silencio…

 

 

 

Se escuchó un suspiro. Stolas Suspiró al reconocer su reflejo en el espejo; no sabía qué le impresionaba más, comprender lo que veía o descubrir que ya no le dolía saberlo. Bostezó y cerró los ojos un momento, cansada de verse a sí misma, sin saber qué más hacer. Llevó ambas manos a su rostro fatigado, acariciando plumas y párpados con desgano. Al separarlas, volvió a mirarse, seguía viéndose igual.

Era hermosa. Era bella… pero se veía tan…

Bufó, negando con la cabeza, y sacó un frasco de pastillas. Ingirió dos. Luego acomodó las plumas de su cabeza, algo despeinadas —una de las razones por las que le irritaba tenerlas largas—. Cuando quedó satisfecha, salió del baño directo al armario. Eligió un vestido sencillo y suelto, azul oscuro, con un patrón de rombos blancos al filo de la falda. El escote era poco pronunciado; pequeños holanes asomaban en las mangas sueltas hasta los codos, y un lazo discreto blanco decoraba el pecho.

Exhaló al verse en el espejo de cuerpo completo. No era lo mejor, claro que no. Podría intentarlo con más fuerza, maquillarse, escoger algo más impresionante, verse mejor. 

Pero pensarlo y hacerlo, se agotaba de imaginarlo.

Cerró los ojos un instante. Para un desayuno familiar antes de cumplir con sus deberes, aquello era suficiente… ¿verdad?, Inhalo, contuvo el aire entre las espinas de su corazón. Y salió.

Camino entre los pasillos congelados e indiferentes de una calidez amigable que se supone debería reflejarse, debería estar allí y no solo en las fotografías colgadas en las paredes blancas con decoraciones cristalinas, el sol pasaba por las ventanas reflejando su luz en los jarrones decorativos que contenían aquellas plantas carnívoras que iluminaban sus mañanas. Soledad, fría soledad, despertar sin alguien que anhele verte al abrir los ojos era tan doloroso, pero a la vez tan monótono para ella. Aun con la ausencia no sabría distinguir. Era tanto el distanciamiento entre ambos, con su esposo, que… No había diferencia.

Al llegar a la mesa, dio los buenos días a los sirvientes con una sonrisa impecable. Uno de los mayordomos le ofreció asiento, como de costumbre. Stolas dejó vagar la mirada por los cubiertos pulidos que relucían sobre la mesa, aguardando la llegada de sus hijos y de su esposo. Cuando el gesto comenzó a pesarle en el rostro, escuchó voces familiares a su espalda. Sin moverse, recompuso la postura y esperó con calma a los dueños de aquella conversación.

“Ay, por favor, no quiero ir a tu tienda de animales muertos”.

Stolas reconoció la voz de su hijo menor y no pudo evitar sonreír al escuchar, una vez más, a sus dos pichones discutiendo sobre cuál de sus tiendas favoritas era mejor.

“Son animales disecados, idiota”, respondió a su hermano, sin malicia alguna tras el insulto, rodando los ojos. “Y se llama Stylish Occult”.

Su hija mayor tomó asiento frente a ella cuando uno de los sirvientes le acercó la silla.

“Octavia, ¿qué te he dicho de insultar a tu hermano?” reprendió Stolas con suavidad. Vio cómo su hija rodo los ojos.

“Hola, mamá”, dijo su hijo, esbozando una sonrisa. “Como sea, no iré a tu tienda de raros”. Se sentó junto a su hermana.

“Y tu tienda de máquinas de tortura es mejor, ¿no?”, replicó Octavia, jugando distraídamente con un tenedor entre los dedos.

“Oye tiene calidad y buen gusto, no animales pudriéndose en los estantes” respondió el búho de ojos azules, con una sonrisa arrogante en el pico.

“Niños, por favor”, intervino Stolas con dulzura. “Nada de discusiones en la mesa”.

Ambos bajaron la mirada, avergonzados. Ella dirigió entonces su atención al más pequeño.

“Alistair, ¿cómo fueron tus prácticas ayer?”.

“¡Increíbles!” exclamó. Por fin comencé con el dominio de la mente y el estudio de la psique en criaturas infernales. Aunque es un poco irónico que deba investigar en humanos; son tan sencillos”. Alzó una mano, envolviéndola en una magia azul que destellaba en tonos lilas. Un libro apareció con un resplandor violáceo y cayó con suavidad sobre su palma. “Ojalá contáramos con libros angelicales”, continuó. “Podríamos estudiarlos desde su creación y no solo desde su existencia terrenal”.

Abrió el volumen por una página marcada y la acercó a Stolas.

“Aún me impresiona su mente. Siento que no hemos estudiado lo suficiente la mente mortal actual… ni su desesperación”. Empezaba a divagar.

Una risa breve escapó de su pico al escucharlo. Stolas no podía dejar de sonreír. La energía y el hambre de conocimiento de su hijo iluminaban la mesa; sus ojos brillaban con ese deseo insaciable de saber más, de explorar, de comprender. Se sintió feliz. Orgullosa de su bebé.

Le recordaba a sí misma cuando era pequeña, cuando ese mismo fulgor ardía en su mirada.

“Es muy enriquecedor saber que tienes planes a futuro para tus estudios y que quieras aportar al conocimiento de la familia, cariño”, sonrió cálidamente, “pero ¿qué dije sobre los libros en la mesa? Sabes lo que piensa tu padre”.

“Oh, je… perdón”.

Con una sonrisa avergonzada hizo desaparecer el libro en el aire, reducido a un montón de partículas iridiscentes.

“¿Octavia?”, entonó hacia su hija mayor, viéndola mover la cabeza al ritmo de la música que escapaba de sus audífonos. Aclaró su garganta. “Octavia”.

La adolescente abrió uno de sus ojos y resopló al quitarse uno de los audífonos.

“¿Qué?”.

“No me has contado cómo han ido tus estudios, pichoncita”.

“Pues… lo de siempre… libros, y más libros, portales, escribir…” Los sirvientes comenzaron a traer la loza; ella observó uno de los vasos como si fuera lo más interesante del mundo.

“Ya veo…” dudó un instante. “¿Qué escuchas?”, preguntó con voz vacilante.

"Ya sabes, música”. Pausó la canción en su teléfono. “¿Y papá? Pensé que desayunaría con nosotros”.

Antes de que su madre respondiera, añadió: “Debe estar agotado por la discusión de anoche”.

“Via…”

Stolas miró su reflejo en el cristal de su vaso. Sabía que no valían nada esas palabras, esas disculpas. ¿De qué servían si volvería a ocurrir? Lo sabía —maldición, lo sabía perfectamente—, pero elegía creer que, al menos así, podría demostrarles a sus hijos que no deseaba ponerlos en esa situación… una pequeña salida. Una disculpa falsa con intenciones honestas, o más bien, deseos desesperados. Miró a su hijo, quien le devolvió una sonrisa cargada de empatía.

Octavia suspiró.

“…Aún me debes una salida este fin de semana para ver las constelaciones cercanas. Solo… quisiera que papá también venga”. Miró a Stolas con una pequeña ilusión.

“Claro”, volvió a sonreír. “Lo convenceré, querida”:

Observó esa sonrisa —aunque pequeña— y recordó los años en los que siempre la traía consigo. ¿Qué cambió? ¿Qué ocurrió? ¿Cuál fue el error que cometió para que su princesa adoptara esa distancia? Fuera cual fuese la respuesta, por ella —por ellos—, por sus hijos, mantendría la unión de esa familia.

Por verlos felices.

“Perdón, mamá… es solo que… ustedes hace mucho, mucho tiempo no peleaban. Pensé que habían arreglado sus diferencias, que estaban bien otra vez… ¿pasó algo?”. Octavia se mostraba inocente, con esos ojos llenos de angustia, amor y preocupación. 

“Oh, cariño, no, no es nada de lo que debas preocuparte. Son temas que tu padre y yo debemos discutir. Lamento que hayan tenido que escucharlo. Ambos”.

“Tranquila, mamá, solo nos sorprendió, pero vi a papá de buen humor esta mañana; no debió ser algo tan malo”. Alistair volteó a ver a su hermana, manteniendo su pico en una sonrisa alentadora.

Ella tan solo asintió, viendo a Stolas con unos ojos cargados de culpa, —y algo más— los cuales fueron respondidos con una sonrisa honesta y cálida: disculpas silenciosas en los ojos de una madre avergonzada.

Al poco tiempo se escucharon los pasos de alguien más. Stolas evitó de forma magistral el ceño fruncido que estuvo a segundos de mostrar en su rostro; aún se encontraba algo irritada y acalorada por la conversación de anoche. Solo dio una sonrisa tonta, una máscara, un antifaz.

“Buenos días, Andrealphus”, hablo cordial, actuó como se debe.

“Padre, buenos días”, saludó el menor, observando la figura del pavo real.

Andrealphus tomó asiento en silencio, posicionándose en la cabecera de la mesa. Mostró una sonrisa perezosa a sus hijos y se inclinó hacia Stolas, dándole un beso en la mejilla.

Una ola amarga atravesó sus plumas.

“Buenos días, chicos”.

El silencio se esparció. El espacio de lo que fue el intento de una conversación desapareció en tan solo una milésima de segundo. El frío cobró vida junto con la presencia del pavo real; el gélido aire cosquilleaba las plumas de su familia como el pequeño aviso mudo de su llegada, acariciando y ondeando con libertad sobre ellos. Todo era blanco, como la nieve, como aquello que más odia. La única salvación de la afonía del lugar fueron los tintineos sutiles de los platillos que los sirvientes iban y traían, colocando el desayuno rico en nutrientes y abastecedor. Cuando la comida en el plato de Alistair apenas fue colocada, Andrealphus habló.

“Espero no tomarlos de imprevisto, pero mi hermana organizó para el día de hoy una pequeña fiesta”, comentó, tomando un sorbo del té recién servido.

“¿Stella?” Stolas miró a su marido. Suspiró; no estaba preparada para recibir un montón de demonios parlanchines, pero lo soportaría. “¿Cuál es la ocasión especial?”

“Querida, ¿lo olvidaste?”. Presionó su propio pecho con cierto dramatismo. “Es nuestro aniversario”. Entrecerró los ojos. “Qué triste que lo hayas olvidado”.

No.

“Lo siento mucho, querido, el trabajo me ha mantenido algo ocupada… confundí la fecha”. Observó cómo colocaban un plato frente a ella. “A todo esto, dime por favor que será en su palacio”.

El silencio de Andrealphus fue respuesta suficiente.


“¿Andrealphus?… ¿Es en serio? ¿Otra fiesta en nuestro hogar?”

“Ya sabes que ella ama las fiestas, y no puedo negarme cuando solo le está pidiendo un pequeño favor a su hermano”.

“Aun así debiste consultarme. Las fiestas de tu hermana rara vez son pequeñas”.

“Tranquila, no es para tanto. Por favor, guarda la compostura.”

“¿Cómo? No sé quiénes ni qué demonios estarán en mi palacio. Me molestan estas cosas, permitir la entrada a cualquiera sin previo aviso”. Stolas bebió té. Debía relajarse; aún estaba mareada.

“¿Stella es cualquiera? Solo celebra y ofrece sus felicitaciones por nuestro matrimonio a su manera: organizándonos una fiesta en nuestro palacio, con invitados decentes y conmemorados”.  Su mirada se volvió punzante, fina como agujas. “Deberías mostrar algo de gratitud; se tomó el tiempo de hacer algo que tú misma pudiste planear con antelación… pero el trabajo te absorbe. ¿No es esto una especie de salvavidas?”

Una cuchilla atravesó el pecho de Stolas. Ácida. Amarga. Le quemó el corazón y el abdomen, mientras un escalofrío recorría sus garras y dedos negros, erizando sus plumas. El golpe fue apenas una advertencia. Abrió el pico para responder —claro que lo haría—; hablaban de Stella.

“¿Podrían dejar discutir en la mesa?”. 

La voz de Octavia irrumpió arrastrada, con un gruñido teñido de irritación.

Eso bastó. Stolas se detuvo y regresó a su postura inicial, lanzando una mirada sutil al pavo real, que bebía de su taza con calma victoriosa.

“Yo… creo que la tía Stella hace buenas fiestas”, comentó Alistair con optimismo.

Un desayuno familiar.

 

 

Las luces cálidas se plasmaban sobre las superficies pulcras, la decoración y los aperitivos, brindando una atmósfera cómoda y relajada a los invitados, quienes alegremente disfrutaban del licor, la comida y las atenciones. El vino y el lujo se manifestaban en una simple tabla con distintos cortes de carne que podrían alimentar a una familia durante cinco años; charolas con bebidas imposibles de imaginar en manos de la mayoría; los imponentes y enormes pilares junto a paredes de minerales escasos; techos decorados con cristales preciosos que cualquiera solo vería en películas. Los candelabros brillaban divinamente, indiferentes a su valor estratosférico. Cortinas pesadas, telas que ondeaban por las ventanas presumiendo un azul llamativo, con brillos microscópicos y sutiles que ofrecían una imagen dura, hermosamente profunda como los océanos, sujetas con lazos plateados. Pisos reflejantes, el espejo perfecto destinado únicamente a tacones caros o botas difíciles de creer.

Era tanto, tanto… que ya ni se sentía.

Risas practicadas envolvían el ambiente metódico, con hilos de tensión dispersos entre las apariencias, cada uno tensado con sumo cuidado en la elección de palabras adecuada. La precisión de cada expresión, apenas un movimiento sutil en las comisuras de los labios podía significar una ola expansiva de ofensa o gratitud. Las conversaciones eran ambiguas y mundanas —propiedad, legiones, objetos, tesoros, palacios, riqueza— lo que tienes, no lo que eres; cómo te ves, no cómo te encuentras.

El comentario más personal que Stolas obtuvo fue sobre su vestido.

No podía esperar mucho de estos demonios.

La princesa se encontraba rodeada de otros Goetia mientras posaba su mano sobre el brazo de su esposo, un agarre sutil, un contacto lo suficientemente superficial para engañar a cualquiera que los mirara.

Escenario 1

 

El hecho de que Andrealphus, en ocasiones, pareciera jugar y acariciar delicadamente sus dedos resultaba de gran ayuda.

“¿Cómo se encuentran los príncipes?”.

Oh, eso era nuevo.

La sonrisa en el pico de Stolas se suavizó con amabilidad hacia la Goetia frente a ella; pero, antes de poder responder con la alegría burbujeante que comenzaba a desplegarse en su estómago, su esposo tomó la palabra.

“Se encuentran de maravilla”, derrochó con altanería. “Avanzan en sus estudios; el pequeño parece ir más adelantado que la mayoría para su edad. Apuesto a que, en poco tiempo, podría dominar los hechizos más difíciles del grimorio”.

Las alarmas resonaron en la mente de Stolas.

“Pero esa no es su tarea”, intervino con calma firme. “Octavia ha demostrado ser capaz de manejar los ritos y hechizos del grimorio; progresa con una rapidez y un entendimiento excelentes”.

No era tonta, ni mucho menos ciega. Andrealphus siempre había mostrado sus preferencias sin pudor ante los ojos de su hija. No la trataba con desprecio —jamás le alzó la voz ni levantó la mano, tampoco era abiertamente ofensivo—, pero la evidencia se acumulaba en los detalles, la forma de hablarle, las miradas, la atención, el tiempo. Todo se inclinaba hacia su hijo. Si Octavia debía pedirle a su padre un momento juntos, Andrealphus ya tenía horas reservadas para Alistair.

El intento persistente de colocar a su hijo al frente del grimorio —más allá de lo necesario— no era ninguna novedad. Cada ocasión para susurrarle promesas tentadoras había sido rechazada por ella. Jamás permitiría que arrebataran a su hija lo que le correspondía, ni que su propio hijo participara en juegos de poder a sus espaldas. Los deberes de cada uno habían quedado sellados desde que Paimon los maldijo años atrás. Todo aquello no era más que un insulto torpe a las responsabilidades de su linaje.

Stolas resopló con sutileza y bebió de su copa de vino. Giró la cabeza con firmeza, con rabia contenida y cerró los ojos un instante. No deseaba mirar a su esposo. No por tres segundos.

“Bueno… a menos que tengan otro muchacho”, comentó una Goetia de plumas negras que caían hasta los hombros, veteadas de blanco; sus ojos amarillos brillaban como oro bajo un vestido níveo, “creo que Octavia será la única indicada para manipular el grimorio”.

La garganta de Stolas se cerró antes de que el líquido rojizo descendiera. Sus ojos rubí se abrieron de par en par, las pupilas reducidas a finas líneas por un instante, y un graznido breve escapó de su pico. Terminó cubriéndose con la mano mientras sofocaba la tos, derramando el resto del vino sobre el suelo pulido.

El silencio de Andrealphus le reveló que aquellas palabras lo habían tomado desprevenido de igual forma. Al mirarlo de reojo, encontró en su rostro algo inusual, una expresión que apenas podía nombrar, ausente, distante. Rara vez se dejaba entrever algo tan genuino en él.

Y estaba jugando con sus dedos otra vez…

“No digan… Oh, por Lucifer”. La Goetia se cubrió el pico, expectante. “¿Están esperando un huevo?”.

Stolas tomó una de las copas llenas que descansaban en las charolas de plata que los sirvientes paseaban entre los nobles, dándole un gran trago. No iba a dignarse a responder; dejaría que Andrealphus, su esposo y ahora príncipe, lo manejara. Al final, a él le encantaba ser el centro de atención.

Después de unos segundos de silencio, el pavo real por fin pareció regresar en sí. Brindó una risa ligera que parecía prolongar el tiempo mientras planificaba una respuesta.

“No es algo que tengamos planeado en estos momentos”.

Fue suficientemente satisfactoria: libre de promesas y con el alivio de dejar abiertas las posibilidades para los demás.

“Pero ¿lo han pensado?”, preguntó interesada. “Tienen dos hermosos e inteligentes hijos; un tercero formaría un equipo completamente indestructible. Además, mientras más, mejor ¿no? De esa forma la familia podría tener más genios, descendencia directa de Paimon”.

De eso se trataba todo esto.

El agarre de su mano se endureció sobre el brazo de Andrealphus. Iba a responder —tenía que responder—. No podían hacer suposiciones sobre su cuerpo y mucho menos sobre su familia.

“Por ahora, con dos pequeños estamos bien. No creo que a Stolas le agrade; ambos cargamos con responsabilidades pesadas. Un nuevo huevo se llevaría el poco tiempo que tenemos para los príncipes”.

Era… la respuesta más empática que él había dado hasta ahora.

Cuando la conversación derivó hacia otros temas, Stolas pensó que por fin el asunto había muerto. Pero mientras se concentraba en las palabras que Andrealphus intercambiaba con otro demonio frente a ellos, la misma Goetia de ojos amarillos se acercó y habló con una voz lo suficientemente baja para que solo Stolas la escuchara.

“Por favor, princesa… no me diga que usted puede resistirse al bombón de su marido”.

No podía más.

Llevó el pico a su copa, apenas logrando beber un sorbo. Estaba vacía.

“Si me disculpan”.

Tenia que alejarse con lentitud modesta del grupo de demonios que los había envuelto a ella y a Andrealphus desde casi el inicio de esa maldita fiesta. Soltó su brazo y, antes de darse la vuelta, alcanzó a notar la mirada extrañada de él.

Sus pasos la guiaron hasta la mesa de aperitivos. Tomó entre sus finos dedos una brocheta de rata y la devoró con pesadez, sin pensar.

Toda esta trivialidad curiosa y bromista no era más que veneno y juicio; siempre se buscaba más.

Le hizo recordar la discusión de la noche anterior. Hacía tiempo que no peleaban —no de esa forma, no con tal intensidad—. El favoritismo de Andrealphus le nublaba el juicio. Habría esperado un comentario sutil sobre enseñarle a Alistair algunos deberes de Octavia; ya lo habían hablado antes, y la conclusión había sido simple: Octavia también aprendería algo de su hermano. Algo recíproco. Ligero. Hechizos y enseñanzas pequeñas.

Pero… ¿querer que su hijo se apropiara de los deberes de Octavia? 

No. Eso nunca. Jamás.

La línea era clara. La escala también. Octavia era su sucesora predilecta; Octavia era la encargada de los deberes que ahora reposaban en sus manos. Había normas y títulos que respetar. Andrealphus era un marqués… pero aquello no le otorgaba derecho alguno de posicionarse sobre lo que no le correspondía.

Dejó la copa vacía a un lado, tentada a pedir algo más fuerte. Solo un sorbo no haría daño. Solicitó absenta —sabía que tenían— a uno de los sirvientes, algo irritada, y devoró otra de las ratas con prisa. Un imp llegó con la botella verde brillante y sirvió un poco en un vaso pequeño. Stolas lo sostuvo entre sus manos, conteniéndose… y bebió hasta la última gota. Vacío. No era suficiente.

De haber sabido que querías más, hubiera pedido incluso cerveza”, chillo una voz… “Digo, cualquier cosa que contenga alcohol la chupas; no me sorprende. Algunas simplemente no tienen estándares”.

Stella.

Stolas debió suponerlo. ¿Quién más estaría tan pendiente de cualquier cosa que hiciera? La expresión en el rostro de la búho se volvió aburrida. Giró el rostro hacia el gran anuncio de letras llamativas y elegantes colgado en medio del salón:

NO DIVORCIADOS.

… Fascinante.

“¿Idea tuya?”, preguntó con fatiga, regresando la mirada hacia la marquesa.

“¿No es obvio?”. Stella elevó una mano al pecho, altiva. “Estamos celebrando un año más en el que mi hermano ha tenido que soportarte. Tal vez no sea algo por lo que aplaudir… pero tampoco creo que sea fácil estar casado con alguien tan aburrida como tú”. La señaló con sus garras.

Escenario 2

 

Stolas decidió no responder. No caería en uno de sus juegos infantiles.

“Y dime”, añadió Stella con mordacidad, “¿es verdad? ¿Tendré otro sobrino?

Las plumas del cuello de Stolas se erizaron ante la pregunta. Esta cisne imbécil no iba a sacarla de sus casillas. Se tranquilizó, suspiró y tomó una nueva copa de vino, haciéndola girar entre sus dedos mientras observaba el líquido tentador ondular con el movimiento.

“No traeré mi vida sexual como tema de conversación; abstente de tus comentarios, por favor”. Llevó el filo de la copa a su pico y bebió con parsimonia.

“Qué manera tan curiosa de admitir que eres mediocre en la cama”. La risa de Stella estalló, sonora y teatral; soltó la copa que sostenía para apoyarse el estómago. El cristal se quebró contra el suelo, derramando un vino que apenas había probado.

Stolas emitió un leve graznido, seco, y tomó otro sorbo. Sus empleados tendrían que limpiar aquel numerito pueril. Una sonrisa fina se dibujó en su rostro; sus ojos brillaron apenas un instante.

“Puedes creer eso si te consuela”, dijo con suavidad cortante. “Pero no es conjetura de nadie que sigues siendo de las pocas que aún no consigue esposo”. Saboreó cada sílaba.

Las plumas de Stella se tensaron como cuerdas; sus ojos ardieron con ira contenida. El pico tembló mientras cerraba los puños, sosteniendo una compostura que apenas contenía la grieta.

“Pícate el culo”, escupió finalmente, la voz cargada de veneno. Alzó la mano y le dedicó el gesto obsceno con el dedo medio.

Stolas arqueó una ceja, ofreciendo una expresión de repulsión casi académica, como si analizara una criatura curiosa. En ese momento uno de sus guardias se acercó con cautela, y ella aprovechó la interrupción para apartarse antes de que la escena descendiera aún más.

Alcanzó a ver a otro sabueso murmurarle algo a Andrealphus; el pavo real dirigió una mirada fugaz hacia ella.

“Alteza, debo notificarle algo”.

“¿Qué sucede?”. Terminó el vino, dejó la copa y se aproximó con pasos medidos.

“Un imp intentó irrumpir en el palacio. Lo encontramos cerca de su habitación”.

“¿Un imp?”. Miró al guardia, sorprendida. ¿Qué demonio sería tan necio como para intentarlo?

“Encárguense de él”, ordenó Andrealphus con desinterés.

“Preferiría atender esto personalmente”, intervino Stolas.

“¿Y perder tu tiempo en algo así?”. Él frunció apenas el gesto.

“Conviene reprender los que invaden nuestro propio hogar”, respondió con serenidad. “Después de todo, se trata de nuestra habitación. Con permiso, Alteza”.

Se inclinó con elegancia y siguió al guardia. Antes de abandonar el salón tomó otra copa al vuelo. Caminó por los pasillos bebiendo, considerando qué castigo sería apropiado para aquel intruso…

¿A quién engañaba?

El incidente era un alivio. Una salida legítima de aquel aire viciado de sonrisas falsas y conversaciones huecas que le dejaban un regusto ácido en la garganta.

Tal vez debería recompensarlo por haberla liberado de allí.

Miraba las fotografías familiares que colgaban de las paredes. Andrealphus con Stella, ella cuando aún era pequeña, el huevo de Alistair, la sonrisa de Octavia… tan diminuta, irradiando una felicidad que parecía llenar cada rincón. La imagen de sus dos hijos intentando sostener un gesto serio le arrancó una risa dulce, apenas audible, cargada de ternura y de una nostalgia que le apretó suavemente el pecho. Tarareó con melancolía mientras daba un sorbo de vino, dejando que el recuerdo se deslizara con el sabor, y avanzó hacia la entrada del palacio, acompañada por ese eco tibio del pasado.

Entonces se detuvo.

Dos sabuesos inmovilizaban a un pobre imp.

Su respiración se quebró. El vino se quedó suspendido en su pico antes de que lo tragara con rapidez, llevando una mano al pecho como si necesitara sostener algo que acababa de desprenderse dentro de él.

“Este es el imp, mi señora".

¿Podría ser?

No. Había pasado más de una década.

“Como le dije, lo encontramos cerca de su habitación”, continuó el guardia.

Fue hace mucho. Imposible. Alguna broma cruel. Su mente jugando con recuerdos que ya no le pertenecían.

Hasta que esos ojos se encontraron con los suyos.

"Voy a tener mi propio circo y seré el imp más famoso del infierno".

Aquella voz —o el eco de ella— resonó en su memoria.

La hiperactividad, la energía desbordante, la risa capaz de llenar cualquier espacio… ahora reducida a un cuerpo suspendido entre las garras de dos sabuesos. Sus pies ni siquiera tocaban el suelo. El traje, antes vistoso, estaba cubierto de tierra y hojas secas. Sucio. Desgastado.

Allí estaba.

El niño que alguna vez…
La hizo reír.
La hizo feliz.

“¿Mi señora?… ¿Alteza?”.

La epifanía estalló en su interior. Parpadeó varias veces, regresando a la realidad con un tirón abrupto. El imp no apartaba la mirada, aunque su rostro mostraba una confusión que dolía más que cualquier certeza.

“Oh… sí. Una disculpa”, dijo Stolas, sin apartar la vista del sabueso.

“¿Qué debemos hacer con él? Este asqueroso imp no puede salir impune”.

Cuando la princesa volvió a mirarlo, él sonrió.

Una sonrisa nerviosa. Torpe. Familiar.

Algo en su pecho se tensó peligrosamente.

Antes de que su corazón se acelerara demasiado, suspiró y tomó otro sorbo de vino, como si el líquido pudiera ahogar lo que comenzaba a emerger.

“Suéltenlo”.

Los sabuesos la miraron sobresaltados.

“Me encargare de él”.

“Pero… Alteza”. Intento razonar.

“Dije que me haré cargo. Pueden regresar a sus puestos”.

Revoloteó la mano con aparente despreocupación. Pero en cuanto lo soltaron, el peso que cayó no fue el del imp contra el suelo.

Fue el de los años.

El de la memoria.

El de algo que jamás dejó de doler y que ahora respiraba, de pie, frente a ella.

Los sabuesos obedecieron. Dejaron caer al imp al suelo como si fuera un saco y regresaron a sus posiciones iniciales, como si el incidente nunca hubiera ocurrido. El pobre se acarició la espalda baja tras el golpe; cuando una sombra se proyectó sobre él, alzó la vista y encontró cuatro ojos rojos observándolo fijamente: una mirada impenetrable, directa a su objetivo.

Tan pequeño.

“Sígueme, imp”, ordenó Stolas, echándose a andar por los pasillos mientras escuchaba detrás de ella los pasos menudos.

La capa de Stolas ondeaba al caminar, y sus plumas parecían bailar en el escaso aire que se manifestaba. El silencio era casi paz, mientras las pisadas de ambos demonios hacían clic sobre los pisos brillantes. Los cuadros familiares reaparecieron en las paredes; las plantas decorativas entre pilares y ventanas destacaban en la penumbra. Stolas dio otro trago.

Su mente evocaba escenarios viejos y nostálgicos, recreándolos mientras hacía girar suavemente la copa.

“Amm… escucha… eh, ¿señoría?”, habló el imp por primera vez. “No quise interrumpir tu fiesta, o lo que sea. Solo estaba—“.

“No pierdas el tiempo inventando excusas”, respondió ella, ocultando la emoción lo mejor que podía. Esa voz había cambiado; era distinta… y no para mal. “Sé por qué estás aquí”.

“¿En serio?”.

Stolas se detuvo al llegar a las puertas de su habitación. Las abrió y dejó que el invitado inesperado pasara primero. Él la miró curioso y dudoso, moviendo rítmicamente la punta de su cola; cuando por fin entró, ella cerró la puerta tras de sí.

El aire quedó mudo, denso, casi inmóvil. Los ojos de la princesa no se apartaban de él; tras asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada, comenzó a dirigirse hacia el imp. Cada paso resonaba en el silencio con una calma inquietante. Él permanecía nervioso, callado y atento, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en su pecho mientras la observaba avanzar lentamente. Sus ojos rojos brillaban… no solo intensos, sino cargados de algo difícil de nombrar.

“No puedo creerlo”, chasqueó los dedos, encendiendo las luces y revelando la gran sonrisa que se dibujaba en su rostro. “Ha pasado tanto tiempo… no sé qué hacer. ¿Cómo se supone que debo reaccionar?”, se llevó una mano a la mejilla, mirando al vacío. “¿Acaso debo darte un recorrido? ¿O tal vez presentarte a mis hijos…? No, eso es muy pronto”, llevó la mano al mentón, pensativa. “Ni siquiera sabes de ellos, a menos que hayas leído las noticias… aunque casi nadie lo hace ya. ¿Lees las noticias?”.

Su tono se agudizaba conforme acortaba la distancia con el imp.

Él retrocedía cada dos pasos, con los ojos abiertos por la sorpresa. Ella continuó:

“Creo que no; pareces un hombre ocupado”. inhaló. “Ay, no, eso fue muy descortés de mi parte. Perdóname, nuestro primer encuentro y ya estoy siendo grosera. Puedes hacer lo que quieras con tu tiempo”, sus ojos se achicaron por la sonrisa. “No te juzgaré, créeme; no me gusta hacerlo”, negó con ligereza. "Has crecido…”, lo miró de arriba abajo. “Algo”.

¿Qué?”.

“Oh, perdona el desorden”, rió suavemente. “Solo quise estudiar un poco antes de la fiesta. De haber sabido que tendría visitas, habría ordenado que limpiaran”.

Extendió su mano libre y dejó fluir la magia entre sus dedos. Como si nada, hizo levitar hojas y libros, acomodándolos en el aire con elegancia despreocupada.

“Espero que no te moleste”.

Los ojos del imp recorrieron la habitación, impresionados. La magia la envolvía con naturalidad, libros flotando como peces en agua tranquila, obedientes, dóciles. La Princesa le sonreía mientras manipulaba todo con facilidad absoluta. Ese nivel de control… para ella era cotidiano. Instintivo.

“A todo esto”, continuó, con tono melódico, “¿por qué no me escribiste? Una carta habría bastado. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero tengo buena memoria”.

“Ahm… sí, bueno…”.

Su voz se dispersó, arrastrada por algo que capturó su atención.

Ahí estaba.

Un libro azul, profundo, adornado con detalles dorados que formaban con gracia el sello de su portadora y única dueña. La gema incrustada en el lomo brillaba con una luz hipnótica.

Escenario 3

 

Tan cerca. Condenadamente cerca.

No se había dado cuenta de que el libro estaba lejos de él hasta que notó cómo se posaba con gracia en la repisa más alta del estante. Bajó la mirada y encontró el rostro feliz y expectante de la Princesa.

Bien. La parte difícil ya estaba hecha.

“Quería sorprenderte”, dijo. “Ya sabes, eres una princesa y… todo eso. Así que qué mejor idea que entrar escalando tu castillo”.

Sonriendo con confianza, y con pasos despreocupados, se acercó a Stolas hasta apoyar uno de sus codos en el estante y recargar una de sus manos en la cadera.

“O lo fue hasta que llegaron tus putos guardias”, añadió con un gruñido.

“La verdad”, respondió ella entre pequeñas risas, “cualquiera pensaría que escondes intenciones perversas, viendo cómo te escabulliste bajo el manto de la noche".

“Siempre es más divertido penetrar con estilo”, le guiñó.

Stolas sintió que el rostro se le calentaba por unos segundos. Volvió a reír, dispersando el rubor que se instalaba en sus mejillas.

“Sí… recuerdo tu gusto por el dramatismo”, entonó con una exhalación nostálgica. “Siempre tan creativo”.

La neblina de sus palabras se arrastro al atender cómo su viejo amigo se sacudía la tierra y los restos de hojas de la ropa.

“Oh, permíteme…”.

Soltó la copa, dejándola suspendida en el aire con su magia. Se inclinó cuanto pudo y llevó las manos a los cuernos rayados, retirando con cuidado la tierra de la superficie lisa, desprendiendo hojas secas con gestos gentiles.

Los movimientos del imp se detuvieron. El contacto cuidadoso y la cercanía de la princesa lo obligaron a mirarla.

“Creo que no has perdido ese toque”.

“¿Eh?”. Apenas saliendo de la confusión.

“Bueno, a ningún demonio de esta fiesta se le ocurrió una forma distintiva de entrar. La verdad, me pregunto si su cerebro da para tanto”, resopló sonriente. “Recuerdo perfectamente que siempre llamabas la atención, sin importar dónde estuvieras”.

Dejó que sus manos descendieran hasta los hombros, retirando la poca suciedad restante.

“Nunca te gustó lo común”. Ella mostró una sonrisa… tierna.

El contacto era suave, cuidadoso, casi cariñoso. Los dedos de Stolas sobre sus cuernos eran delicados; sus movimientos, sutiles.

Entonces Stolas notó cómo los ojos del imp descendían un instante hacia… su pecho.

Se detuvo en seco. Le dio una palmada ligera en los hombros y recuperó su postura erguida, retomando la copa que flotaba olvidada en el aire. El ardor en sus mejillas regresó; bebió un trago y carraspeó.

“Y—… bueno. Ha pasado tiempo. ¿Sigues en el mundo del espectáculo?”-

Su voz tembló apenas.

“Espectáculo: no”, mostró los colmillos en una sonrisa arrogante mientras metía la mano en el saco del traje. "Pero espectacular: sí”.

Le extendió un papel colorido.

La princesa la recibió con gusto, observando lo que era: una pequeña tarjeta de presentación. Parecía recortada con tijeras, con imperfecciones visibles en los bordes. La letra, hecha a mano, comenzaba recta, pero se inclinaba y distorsionaba conforme avanzaba. Lo más destacable, sin embargo, era el logo: I.M.P.

Soltó una risa suave, acompañada de un pequeño chasquido de su pico.

“Esto es encantador… eres muy dedicado. Entonces ya no es un circo”.

“No”, respondió él, sin emoción, devolviendo la mirada al grimorio. “Ahora mato por encargo”.

“Oh…”.

Parpadeó dos veces. No supo qué decir.

“Eh… ¿significa que debería preocuparme por lo que hagas en mi palacio?”.

Intentó bromear, pero la tensión le endurecía el pecho. Bajó la mirada hacia la tarjeta para evitar la suya.

“Yo… bueno…”. Los ojos del imp se desviaron hacia un estante particularmente revelador: tonos rosados, vino, encuadernaciones con corazones. Demasiado romance para ocultarlo del todo. Sonrió con intención. “No lo sé… depende. ¿Quieres que hagamos algo?”.

Stolas tardó un instante en reaccionar.

“¿Eh?”.

Bajó la tarjeta y lo miró. Su atención la atravesó como una presión física —lenta, deliberada— y un hormigueo frío le recorrió la espalda.

“Eres muy dulce conmigo… aunque soy casi un extraño”, dijo él, recorriéndola con la mirada. “No creo que, con esa apariencia, sea buena idea confiar tanto”.

"¿Por— por qué dices eso? Además… eres mi amigo”. El rubor oscuro ya teñía las plumas de su rostro. 

“Porque…“.

Se movió de golpe.

El impacto contra el librero la dejó atrapada entre sus brazos, la madera vibrando detrás de su espalda. El aire pareció comprimirse entre ambos. Blitz echó un vistazo rápido al grimorio deslizándose… pero no midió la cercanía, su rostro quedó a la altura del vientre de la Princesa.

“Cualquiera podría aprovecharse de eso, princesita”. No abandonó la sonrisa ni la confianza.

“¿Qué… qué se supone que haces? Aún no recuerdo bien tu nombre—“.

La risa nerviosa murió en un chillido cuando el librero retumbó contra su columna otra vez por un golpe.

El grimorio cayó.

Blitz reaccionó antes de pensarlo, sus manos rodearon la cintura de Stolas, apretando la tela del corsé; el contacto fue firme, cálido, demasiado real. Se inclinó más, apoyando la barbilla contra su vientre con descaro.

El libro golpeó el suelo lejos de ella.

El sonido llegó tarde a sus oídos.

Antes de que pudiera reaccionar, él ya se había apartado, tomó las escaleras cercanas, las deslizó con brusquedad y subió de un salto. Desde arriba volvió a invadir su espacio, inclinándose sobre ella hasta forzarla a arquear ligeramente la espalda bajo su presencia.

La copa escapó de sus dedos. El cristal se rompió contra la alfombra, el vino extendiéndose como una mancha lenta.

“Es Blitz”, ronroneó.

Blitz…”. El nombre se le quedó atorado en la garganta. “Ve-veo que la estatura no es impedimento para ti…”. Intentó reír. Solo salió aire.

Él sonrió más.

“Si lo quieres… trabaja por ello”.

Y no se apartó.

Los ojos de Stolas se agrandaban cada vez más, igual que el rubor que teñía sus plumas.

“Ah… yo… no”, tragó saliva cuando la mano en su espalda ascendió, trazando círculos.  “¿N-no tenía una “o” al final? Como de— ¡Hm!”. 

Los ojos de Blitz se abrieron de golpe, casi perdiendo su aura seductora. Acercó el rostro al cuello de Stolas, casi susurrando:

“La “o” ahora es muda”.

Sus labios rozaron las plumas.

“Solo llámame Blitz”.

El aliento caliente contra su plumaje la hizo temblar; un escalofrío recorrió su cuerpo entero, y pudo sentir la sonrisa del imp contra sus plumas. Stolas se movió apenas, apoyando las manos sobre el pecho de Blitz sin apartarlo. Intentaba razonar. Exhaló cuando la respiración de él la alcanzó de lleno.

Dejó caer la cabeza hacia un lado, permitiéndole un poco más. Solo un poco.

Tenía que detener esto. Debía hacerlo. Estaban en su palacio —su esposo, sus hijos—, y no podía permitir que una seducción tan atrevida y divertida la apartara de la realidad. Estaba dejando que su amigo le hiciera esto.

Su amigo.
Su único amigo.

“Hm…”

Ella fijó la vista en un punto vacío del librero, dudando un poco sobre ello.

Blitz necesitaba distraerla. No podía permitir que alzara la vista. Subió la mano desde su cintura hasta el cuello emplumado, y escuchó el suspiro cálido que dejó atrás. Sus dedos presionaron con suavidad, guiándola a enderezarse lo suficiente para cruzar miradas.

Atrapó su figura delgada en un contacto mínimo, eléctrico.

Y entonces la habitación pareció encogerse. El aire se volvió escaso, las respiraciones se entrelazaron en una tensión densa y desconocida. El pulso golpeaba en cada punto de contacto, cargado de curiosidad, de algo más peligroso. Silencio impregnado de miedo y adrenalina, creciendo con cada latido que empujaba contra la tentación.

Era peligroso.
Y encantador.

Stolas debía protegerse. Frenar ese impulso vergonzoso que le agitaba el corazón y debilitaba sus piernas. Era como si una fuerza invisible la hundiera.

Pero…

Él la besó.

La besó.

La estaba besando.

Las pupilas brillantes aparecieron en sus ojos; su corazón pareció detenerse y su cuerpo dejó de moverse.

¿De verdad estaba pasando?

Los labios se movían con pereza sobre el pico, aprendiendo sobre la marcha cómo acomodarse el uno al otro. Sus mandíbulas se desplazaban con una lentitud casi tortuosa. Stolas cerró poco a poco los párpados cuando su cuerpo terminó por relajarse, correspondiendo al contacto cálido.

Para ella era tan experimental como satisfactorio sentir los labios de alguien durante más de unos segundos. Apretó el saco de Blitz con una mano, como si aquello pudiera sostener el latido enloquecido de su corazón. El juego entre sus lenguas comenzó —torpe, lento— como saborear un platillo nuevo; le encantaba el sabor.

Mientras la dulce princesa permanecía encerrada en su burbuja fantasiosa, Blitz alzó apenas un párpado para ubicar el grimorio olvidado en el suelo. Guiando la cola con destreza, la deslizó hacia el libro, envolviéndolo con fuerza para levantarlo unos centímetros. Tarareó en silencio, victorioso… hasta que sintió el tirón en la nuca y en el saco.

El beso se intensificó sin que notara en qué momento.

Abrió ambos ojos, sorprendido al sentir cómo lo reclamaban con mayor ímpetu.
La princesita tiene fuerza.

Intentó separarla con empujones leves, hasta que terminó sujetándola por las plumas largas —cabello— y tiró con cuidado. Al fin se apartaron; Stolas quedó jadeando, el pico entreabierto.

La respiración de Blitz era pesada mientras recuperaba el aire… recuperación que duró poco cuando el pico de Stolas volvió a fundirse contra sus labios. Los brazos de la princesa rodearon sus hombros, acercándolo con una intensidad casi asfixiante; el calor le recorría las venas, y la falta de aire hizo que la cola aflojara el agarre del libro, perdiendo coordinación.

Stolas se separó al fin, expulsando aire caliente que humedecía el espacio entre ambos.
Los ojos de Blitz no sabían dónde posarse; ella se veía perdida.

“Nunca me habían besado así”, susurró Stolas.

Sus manos vagaron por los hombros del imp, subiendo hasta sus mejillas para sostenerlas con suavidad.

“Ni tocado…”. Las acarició despacio. Depositó un beso breve entre sus ojos, otro en la mejilla derecha, otro en la izquierda, cerca de sus labios, y finalmente uno sobre la peculiar marca de su cabeza. “Eres tan…”.

Lo atrajo de nuevo con firmeza para besarlo durante unos segundos más, dejando a Blitz completamente en blanco.

El diablillo, sorprendido, sacudió la cabeza mientras sentía sus mejillas apresadas, sin saber muy bien qué hacer. Aquella dulzura tan extrema se sentía irreal, y tampoco podía arriesgarse a detenerla cuando estaba tan cerca de cumplir su objetivo.

Una parte de los sentidos de Blitz se adormeció cuando el pico de Stolas dejó pequeños mordiscos en la base de sus cuernos, derramando cosquilleos con cada roce juguetón. Lo hicieron temblar y provocaron que sus pupilas se dilataran, reacción que ocultó rápidamente al cerrar los ojos.

Con gran fuerza de voluntad intentó evitar que su cola se retorciera por el placer de aquellas atenciones atrevidas. Comenzaba a temblar bajo una resistencia que pedía a gritos desintegrarse, igual que el ronroneo atrapado en su garganta.

Cuando el filo del pico de Stolas rozó la parte interna con mayor insistencia, no pudo soportarlo más. Un disparo de hormigueo recorrió la base de su cola, soltando el libro para agitarla por fin con libertad.

El sonido fue bajo, pero no tanto como para que Stolas no lo oyera.

Blitz la abrazó con fuerza, pegándola contra él otra vez. Tenía que pensar en algo… otra vez. Apoyó la cabeza entre las plumas de su pecho —maldición, eran absurdamente suaves— y el escote permitía un contacto mínimo que le resultó peligrosamente agradable. Cuando sus suspiros se detuvieron, Blitz entró en pánico. Antes de reaccionar —o pensar demasiado—, clavó los colmillos en el cuello de Stolas.

“¡Ah!”.

El gemido escapó involuntario mientras se aferraba a sus hombros.

No sonó tan mal.

Stolas jadeó; los temblores que la sacudían hacían que la presión de los colmillos se sintiera más intensa, más viva. Cada espasmo le arrancaba respiraciones entrecortadas. Sintió cómo la última cuerda de razón en su mente se tensaba… y finalmente cedía.

Lo alzó hasta dejarlo sobre la cama, depositando varios besos sobre su rostro.

“Eres tan adorable”, dijo entre los besos sazonados con pequeñas risas agudas de diversión, “tan atrevido”. Dio varios besos en esos grandes cuernos, “Me hiciste sentir…”, un arrullo salió de ella. 

El pico de Stolas se concentraba en esparcir mimos y besos sobre la existencia de Blitz. El imp mantenía uno de sus ojos abierto absorto por la personalidad cariñosa que mostraba Stolas. Y ella solo aprecia murmurar cosas sin sentido. El cuerpo de Blitz era empujado cada vez con más fuerza enterrándolo en las sabanas, el entusiasmo de Stolas era feroz, energético y apasionado.

“Oh, Blitz, ¿es por esto que escalaste mi palacio?”, tenia una expresión relajada, y sonrisa complacida, traviesa, “mi pequeño caballero, de haberlo sabido… No tenia idea de que alguien me deseara tanto”, beso de forma rápida los labios de Blitz, “o me viera de esa forma”, dedico un par al mentón y cerca de sus labios. “Eres un pequeño pervertido, después de años vienes por esto”, le lamió desde el cuello a la mejilla, “no tenia idea de que eras tan sucio, te atreves a irrumpir en mi fiesta para sorprenderme en mi habitación, ¿Querías asaltarme y arremeterme? ¿O planeabas algo romántico y dulce?”, dio más besos y mordidas, “Eres un pequeño travieso, hmm”.

De acuerdo.

«Esto fue demasiado lejos». Pensó Blitz

Necesitaba escapar, YA, esto se estaba poniendo como un pésimo intento de un video pornográfico amateur, y no quería formar parte de la premisa, por mas que los encantos de esta princesita fueran dulces y le estaba empezando a gustar el trato mimoso, aun tenia un objetivo por cumplir. No tenia tiempo de escuchar los desvaríos de Stolas y la trama cachonda ficticia que estaba armando. Con la cola colgando fuera de la cama busco el grimorio, gritando internamente victorioso cuando sintió la cubierta del libro, estaba a mitad debajo de la cama, si ponía suficiente fuerza podría sacarlo sin levantar sospecha. 

Pero no ayudaba mucho el que Stolas comenzara a prácticamente saltar sobre él, sacándole todo el aire. 

Detuvo las caderas de Stolas al sostenerlas, enterrando los dedos para aferrarse a ellas y frenar probablemente una de las montas más salvaje que tuvo. 

“Carajo, para”, sus garras parecían romper en pequeños huecos la falda del vestido.

“Oh, ¿te gusta tomar el mando?, ¿estar a cargo?”, sus caderas comenzaron a moverse en círculos suaves, deliberados, midiendo su reacción, sintiendo cada tensión que provocaban.

Mierda…”, no iba a aceptar que eso le estaba afectando. Sujetó los brazos de Stolas, tirando de ella y girando con fuerza para cambiar posiciones, buscando recuperar el control, escapar de esa sensación que lo desordenaba por dentro. Un jadeo escapó entre ambos. La miró: ahora estaba debajo de él, sonrojada, con un rostro donde la timidez se entrelazaba con un deseo vibrante, inquieto, imposible de ocultar.

La corona de Stolas ya no estaba en su lugar. No sabía cuándo se había perdido, pero ya no importaba; en ese instante nada fuera de ese espacio parecía tener peso alguno.

Ella tenía algo —o alguien— en quien depositar un interés real, más allá de quienes la buscaban por títulos o posesiones. Y lo estaba mirando a él.

"Nunca pensé que te acordarías de mí…”, dijo en voz baja, alzando la mano sin prisa, dejándola flotar junto a la mejilla de Blitz antes de rozarla apenas. Había suavidad en el gesto, pero también una curiosidad profunda. ¿Pesar? ¿Empatía? Sus ojos recorrieron la cicatriz: «¿Le dolerá?, ¿qué carga guarda?, ¿cuándo ocurrió?».

“Pasó mucho tiempo…” murmuró finalmente, acariciándolo con ternura, dejando que sus dedos descendieran por el mentón y el cuello con una lentitud casi deliberada. Rozaron la tela que cubría su piel, sintiendo el calor que emanaba de él, avanzando hasta su pecho, explorando sin prisa, como si memorizara cada reacción.

Se hundía.

Maldición… Blitz se estaba hundiendo.

¿Que debió hacer?, ¿Que debía hacer?, ¿Que debería hacer?.  

“No sabes lo mucho que significa para mi… que seas tú… mi primer y único amigo”.  Sonrió… una sonrisa plena, una sonrisa cálida y suave. 

La cola de Blitz se paralizo, no, no podía estar sonriéndole así, no a él, ¿Por que alguien le sonreiría de esa forma?, ¿Por que alguien…?

El corazón de Blitz palpito, era tan asido, amargo, luego otro, después otro y otro. Exhalo exhausto internamente. Esos ojos rojos brillaban cual rubí con sinceridad, emoción y anhelo dirigido a él. Por verlo a él.

Algo se acumulaba en el pecho de Blitz.

Se acerco, uniendo sus labios nuevamente. 

Otro beso.

Los brazos de Stolas se envolvieron alrededor del cuello de él, rozándole tentativamente los hombros con sus manos antes de abrazarlo. Y las manos de Blitz apretaron las sabanas en forma de puños, temblaban.

Se separaron. 

 

Uno…

Dos…

 

Otro beso, cargado de más ansia, más hambre y un deseo que crecía sin encontrar descanso. No era prisa, sino insistencia: la necesidad de permanecer un segundo más, de saborear lo que aún no bastaba, de fundirse en una pasión que no razonaba, voraz, guiada únicamente por el impulso de querer siempre un poco más de lo que se podía sentir.  

Era un sentimiento egoísta, uno que ardía incluso en el roce más leve de pieles ajenas; pieles que no deberían ser deseadas, un contacto que no tendría por qué existir ni siquiera pensarse. Labios que jamás debieron encontrarse, caricias codiciosas que se repetían como si al insistir pudieran justificarse.

Las manos de Blitz recorrieron la silueta bajo su cuerpo con una atención casi contenida, contorneando la cintura, acercándola solo lo suficiente como para sentirla. Las caderas de Stolas recibían apenas la ilusión de su tacto. Cuando los dedos rozaron su pecho, el gesto fue breve, casi accidental, pero bastó para arrancarle suspiros ahogados entre besos que no concedían tregua.

La ropa comenzó a estorbarle. El corsé, rígido, impuesto entre ambos, le negaba la suavidad que buscaba, la respuesta que su cuerpo exigía. Blitz intentó ignorarlo, concentrarse en el peso compartido, en la cercanía, pero la incomodidad persistía, creciendo con cada segundo que pasaba.

Como pudo, levantó a Stolas apenas unos centímetros de las sábanas, provocándole un sonido amortiguado entre labios que no se separaban. Ella arqueó la espalda en respuesta, y Blitz la sostuvo allí, un instante más largo de lo necesario, recorriendo con manos insolentes en busca de un cierre, un botón, cualquier indicio que le permitiera avanzar sin romper el hechizo.

Sus dedos se movieron con paciencia forzada, tanteando la tela, deteniéndose, volviendo a intentar. No había nada. La frustración comenzó a asentarse, lenta, espesa, acumulándose en sus manos que ya no sabían dónde detenerse.

“Vestido de mierda…”, dijo entre colmillos, “¿Como putas madres quitas esto?”, su paciencia iba a explotar.

“Blitz, de-dejame—“.

Blitz no la escuchó; no podía. Dejó de sostener a Stolas y lo hizo rebotar contra el colchón esponjoso. Luego, con ambas manos, tomó el escote del vestido y tiró de él.

Rompió la fina costura por mero capricho, en un berrinche impaciente. Los pechos de Stolas quedaron liberados bajo la tela ahora rota y deshilachada; lazos arrugados y botones reventados quedaban por ahí, y un sostén negro con encajes era lo único que los cubría. El rostro de Stolas se ruborizó ferozmente.

“Bli-Blitz”, pronunció, apenada.

El clic del botón se escuchó y el sostén desapareció en alguna parte de la habitación. Los nudillos de Blitz recorrieron con cuidado las costillas de Stolas, atento a la reacción que se reflejaba en la tensión de sus plumas, memorizando su suavidad. Acarició con cautela, procurando no arrancarlas, y tanteó ligeramente antes de llevar una mano y envolver uno de sus pechos.

Stolas exhaló por el frío contacto, por el cosquilleo que las manos de Blitz provocaban en ella; por nervios, por emoción, por el gusto íntimo que sentía, por la satisfacción —egoísta— de ser deseada. Posó sus garras sobre la mano de Blitz, obligándolo a mirarla. Tomó aire, elevando el pecho en un movimiento lento y deliberado.

El imp pudo sentirlo: aquella respiración temblorosa, ese corazón enloquecido. Dio un ligero apretón, vacilante, influenciado por los ojos que lo observaban con timidez.

Se veía tan delicada. Escuchó un jadeo dulce proveniente de ese pico angelical. La textura era suave, esponjosa gracias a las plumas. Movió apenas un milímetro el pulgar antes de provocar otro suspiro, más sensible. Tenía que ser cuidadoso, no provocar una reacción no deseada, no olvidar en qué cama se encontraba. Cuando decidió la velocidad y el trato que iba a darle, los jadeos lo incitaron a intentar más, a probar un poco más. El filo de su dedo rozó un punto sensible bajo las plumas.

Un jadeo, escapó de su pico.

Eso era todo lo que Blitz necesitaba. Hundió el rostro entre los pechos que minutos antes parecían llamarlo, marcando su presencia con besos insistentes, con mordidas contenidas y un aliento cálido que se perdía entre plumas. Jugó con la calidez, con la cercanía de aquella piel envidiada de todo el círculo, escuchando gemidos entrecortados por la timidez, sintiendo cómo el cuerpo de Stolas se retorcía por él.

Sin detenerse, con la sed ardiéndole en la garganta, fue descendiendo con besos por el resto de su cuerpo. Dejó rastros como despedida sobre el pecho, rozó las plumas calientes con la punta de los colmillos y humedeció con saliva la tela que aún sobrevivía de la falda. Mordió con suavidad la zona del vientre mientras aspiraba aquel aroma dulce que parecía envolverlo.

Estaba caliente, cómodo y ardiente, y aun así absurdamente cubierto. El vestido seguía allí, obstinado, y a esas alturas de la noche ya no había espacio para razonamientos; el calor solo podía crecer, alimentado por el dulzor de lo prohibido. Blitz clavó los colmillos en la tela y despedazó la falda sin reparo alguno. Apenas escuchó una leve protesta de Stolas, una que no le importó en lo más mínimo.

Guió su boca por la curva del abdomen, arrastrando los labios con un deseo apenas disfrazado. Acunó las caderas de Stolas con las manos, atrayéndola más cerca, buscando su aroma hasta tenerlo prácticamente contra el rostro. Fundió su cuerpo con el de ella, descendiendo hasta los muslos internos de plumaje azul, donde hundió los colmillos.

El gemido que siguió los tomó a ambos por sorpresa. El cuerpo de Stolas se tensó primero y luego cedió, como si no supiera si huir o aferrarse a esa sensación que la recorría. Sus plumas erizándose bajo el contacto, traicionando cualquier intento de compostura, y tuvo que cerrar los ojos un instante, abrumada por la mezcla de nervios y placer que le encendía el pecho. No estaba preparada para lo sensible que se sentía, para lo fácil que su cuerpo respondía.

Cuando volvió a mirarlo, lo hizo con una expresión abierta, vulnerable. El rubor se extendía por su rostro y cuello, y aun así no se apartó. Había timidez, sí, pero también una entrega silenciosa que no intentaba esconder.

El cruce de miradas fue breve, intenso. La sonrisa fanfarrona del imp apareció de inmediato, y Stolas respondió con un leve estremecimiento, consciente —quizá demasiado— de que ya no había marcha atrás.

“Te gusta rudo… puedo trabajar con eso” murmuró, trazando con los dedos las marcas que había dejado.

“Yo… yo…” Stolas no logró terminar la frase. Sus mejillas estaban cubiertas por un rubor oscuro que se apoderaba por completo de su imagen; quién diría que una princesa podía verse tan vulnerable.

“Tranquila, princesita. No le diré a nadie” dijo, al mismo tiempo que volvía a hundirse entre sus piernas.

Ella respondió solo con un gemido. Las garras de Blitz parecían ansiosas por marcarle los muslos, mientras su lengua jugaba con la huella de la mordida que aún ardía de forma deliciosa, acercándose poco a poco. Descendió lo suficiente como para encontrarse con la tela oscura que aún se interponía, negándole el acceso directo a aquello que ya ansiaba. Acercó un dedo y lo deslizó con lentitud por la tela; la sensación fue intensa, abrumadora, demasiado para un momento que apenas comenzaba.

“También eres muy sensible” dejó escapar, sin poder evitar una risa baja y sardónica.

Stolas tembló, y una queja suave se le escapó al sentir el aliento de esa risa rozándola, provocándole un nuevo estremecimiento. Abrió un poco más las piernas, deseando que aquel gesto fuera una indirecta lo suficientemente clara para Blitz.

Él captó el mensaje. Se incorporó, apoyándose sobre las rodillas, y maldijo entre dientes; el calor lo invadía. Dejó caer el saco al suelo y se deshizo de los guantes negros con movimientos rápidos y desordenados. Luego se acercó de nuevo, colocando los pulgares bajo la tela con encajes oscuros a la altura de las caderas de Stolas, bajándola lentamente y deslizando por sus piernas. Un delicado hilo de humedad se estiró hasta desaparecer cuando la prenda se alejó lo suficiente, aunque su vista se vio frustrada por la mano tímida que Stolas alzó para cubrirse.

Extrañado, Blitz volvió el rostro hacia ella, enarcando una ceja. Su expresión se suavizó al ver a Stolas apartando la mirada, intentando ocultarse. En su pecho se mezclaban la vergüenza y una expectación temblorosa; no era rechazo lo que sentía, sino el peso de saberse expuesta, de no reconocer del todo la intensidad de sus propias reacciones. Aun así, no quiso retroceder.

Blitz se quitó el suéter rojo, dejando expuesta la parte superior de su cuerpo, y antes de permitir que Stolas lo mirara por completo, se acerco para unirse a ella en un beso lánguido y profundo. Stolas cerró los ojos al corresponderlo, aferrándose a ese gesto familiar como si le diera tiempo para acomodar el torbellino que llevaba dentro.

Cuando los dedos de Blitz buscaron su mano, Stolas dudó apenas un instante. Sentía el corazón golpearle con fuerza, una mezcla de nervios y curiosidad que la hacía respirar con cuidado, como si temiera romper algo frágil. Aun así, dejó que sus dedos se relajaran poco a poco, cediendo sin palabras, confiando más en la sensación que en el pensamiento.

Y cuando los dedos de Blitz se hundieron, el gemido que se le escapó la sorprendió tanto como a él. Todo era nuevo, demasiado intenso, pero también extrañamente reconfortante. Un escalofrío le recorrió la espalda, cálido y persistente, y posó la mano sobre la muñeca de Blitz no para detenerlo, sino para sentirse anclada, presente. Sus piernas temblaron, no de miedo, sino de una emoción que todavía estaba aprendiendo a nombrar.

La mezcla precisa de caricias y besos ante la eminente sensación de sus adentros siendo presionado por tres dedos que jugaban y estimulaban sus paredes calientes, humedeciendo con cada segundo que pasaba, mojándose por vergüenza excitante que le provocaba espasmos entre las piernas. Presiono la muñeca de Blitz al pasar un rayo estimulante entre su intimidad y vientre que le aumento el ritmo cardiaco. Ondas bañadas de hormigueos maravillosos.

La atención no se limito al estimulo húmedo entre sus piernas, pequeños besos se marcaban en las plumas de su vientre, un pequeño camino con retornos hacia el abdomen, la boca de Blitz llegaba hasta donde—su altura—le permitía. Caricias en las caderas calmaban la tensión, cambiándola por satisfacción que aligeraba el surco de emociones y sensaciones explosivas dentro de su pecho. No podía callar la voz que el placer provocaba, saliendo de donde jamas creyó podrían aparecer, ta si quiera crearse, el núcleo de donde creyó nunca encender, estaba derritiéndose ahora mismo.

Una mordida en la cadera fue lo que la llevo a su ultimo aguante, las paredes internas parecían no dejar salir los dedos intrusos cuando unas cosquillas intentas pasaron por allí. Apretando con puños las sabanas debajo, jalando la almohada en donde reposaba su cabeza, aquellas manos que pertenecían a quien alguna vez pensó no volvería a ver por el resto de su existencia, la estaban brindando algo que nunca había experimentado, otra vez, la estaba sacando de un circulo aburrido. Algo nuevo.

Y lo estaba disfrutando.

Blitz saco los dedos cuando sintió el cuerpo de Stolas relajarse, estaban pegajosos, separándolos entre si para ver los pequeños hilos de humedad que se trazaban entre ellos. Sonrió con suficiencia, y los jadeos de la princesa solo le aumentaba el ego. Sin perder tiempo y con la sangre repleta de adrenalina fogosa, sujeto los muslos de Stolas, enmarcando las manos sobre la calidez del plumaje, y escuchando un gemido sorpresivo de ella. Se dirigió directo a la humedad abriendo la boca, comenzando a lamer los pliegues con lentitud, dejando que los sonidos de Stolas sean guía hasta saber donde detenerse.  

Poco a poco se introdujo a la calidez con empujones juguetones y lamidas, brindando un vaivén lánguido que se enredaba entre la viscosidad ardiente de las paredes encendidas por una necesidad lujuriosa, egoísta por pasión latente en las venas. Cada latido podía sentirse, cada temblor corporal era evidente al tener las piernas de la princesa sobre sus hombros. Blitz sentía el poco aire que entraba a sus pulmones, pero no podría importarle menos cuando tenia dos increíbles muslos entre manos, en todo caso, los presiono más, quería sentir esa suavidad entre sus mejillas, la humedad que se esparcía entre las plumas era tan satisfactoria.

Una mano de Stolas se coloco entre los cuernos de Blitz, acariciando con calma, mimándolo por el trabajo excelente que le estaba haciendo, acaricio con cautela el nacimiento de sus cuernos, suave y con curiosidad. Los movimientos dentro de ella se volvieron más erráticos después de eso, más rápidos y duros, ahogando en gemidos su voz normalmente limpia y propia. Los movimientos de sus caderas comenzaron y no tenían orden alguno, solo el impulso eléctrico de que algo se avecinaba, algo que llevaba tiempo formandose en su vientre con vibraciones y dulzor almacenado.

Pero cuando estaba a punto de tocar el filo, de repente sintió una ausencia, un vacío. Con curiosidad se dirigióe a Blitz con la cara completamente perdida y ruborizada, expulsando suspiros calientes de su pico. El imp se había separado con el mismo ritmo de respiración sino es que más pesada después de casi quedar asfixiado. Stolas reflejaba en sus ojos necesidad y deseo, avergonzada de haberlo demostrado y caprichosa por obtenerlo.

“Mmm…”, refunfuño.

Blitz se relamió sus labios, limpiándolos de la mancha húmeda que le adornaba la boca con la que demostró una sonrisa orgullosa y juguetona que a Stolas le estaba empezando a hacer añicos el corazón. 

“Tranquila princesa, no creerás que te llevaras toda la diversión”, dijo Blitz mientras se bajaba los pantalones con cierta prisa entre manos. 

Ella apenas reacciono cuando… Oh por Lucifer. Bien, en definitiva Blitz creció, tal vez demasiado. ¿Esas eran espinas?

Trago saliva, y sus piernas reaccionaron al estimulo visual contrayéndose entre ellas. Siendo nuevamente separadas por Blitz cuando decidió apegarse más, rozando la cabeza de su miembro contra la intimidad de la princesa. Stolas gimió ante la sensación, temblando por la ilusión gratificante que le generaba la presión burlesca contra su entrada. Luego, Blitz se separo por unos momentos para después tallar todo el cuerpo de su miembro sobre los pliegues mojados, lubricandose con facilidad. Podía sentir como la princesa parecía quererlo meter de una vez.

Stolas dejo caer su cabeza hacia un lado, arrugando las almohadas ante la presión de sus manos. Las espinas de Blitz parecían ser flexibles y blandas, solo lograban estimularla haciendo que ese deseo aumentara con cada roce. 

“Blitz”, susurro entre suspiros atrapados por la tela.

Otra vez se detuvo.

Estaba a punto de protestar, pero, las palabras murieron en su pico, cambiando por un gemido que se prolongo junto con la intrusión de Blitz. El miembro del imp se abrió camino entre el calor sofocante del interior, Stolas sentía la presión subir cada vez más, su cuerpo parecía ajustarse con calma, hasta que un empujón duro la hizo gritar. Arqueo la espalda ante el movimiento precipitado y brusco, sintiéndose tan llena de algo tan cálido que era imposible explicar más allá de el enorme placer que su cuerpo estaba encantado con recibir, cerro los ojos, suspirando sonoramente, acaricio su propio vientre por la extrañes que rondaba por su cabeza ante el intruso dentro de ella. Caliente, cómodo, delicioso… Los picos solo aumentaban la casi nula fricción dulce. 

La cabeza de Blitz termino en su abdomen bajo, respirando para mantener la calma, esperando que las cosquillas de las plumas en su piel baje el sobre estimulo que estaba tolerando, era tan cálido sentir como las paredes se retorcían y apretaban, envolviéndolo en una nube absurdamente tersa que lo golpeo da forma abrupta cuando su desesperación le gano.

Ambos estaban en sus peleas internas, el estar así lo era todo, y a la vez no era nada, necesitaban más, mucho más. En el corazón de Stolas invadía mas allá de un deseo carnal que la estaba dominando, este extraño consuelo que ella misma vio entre caricias y besos, un consuelo disfrazado entre gemidos y anhelo, el consuelo encontrado en la cama, entre sabanas manchadas de traición. No, no era su culpa, no lo era, esto solo es un desliz, uno que acabaría pronto, uno que no volvería a ocurrir.

Solo estaba triste, solo quería sentirse bien, no hay nada malo en querer encontrar consuelo con un amigo ¿verdad?. 

Estaba bien, estoy estaba bien, solo por una única vez quería centrarse en ella, quería sentirse  especial, vista. La culpa golpeada con fuerza el escudo que el deseo formaba en su pecho, al igual que latidos espinosos de la realidad asechando sus pensamientos. ¿Por que cuando por fin estaba disfrutando algo, tenia que bañarle la razón? Una razón espantosa repleta de no mas que caprichos y reglas que ella misma se impuso desde que era un huevo, que la familia le impuso incluso antes de tiempo. Todo estaba escrito, todo era como debía ser. Por una vez… al carajo las reglas, que se pudra la realidad. Déjenla tener esto.

Que la culpa devore su conciencia después.

Blitz se movió, ligero, despacio, luego volvió a entrar de golpe. Marco ese ritmo unas cuantas veces más, sintiendo el cambio drástico de temperatura por cada impulso y empujón, sujetando las caderas de Stolas, moviéndolas para igualar el ritmo de las suyas. El sonido pegajoso entre pieles y plumas mojadas era vulgar y bochornoso que hacían a Stolas ruborizar más de lo que ella pensaba podría calentarse.

Sin saber, de un segundo a otro el vaivén del imp se convirtió en uno cada vez más energético, los alaridos placenteros de Stolas inyectaban endorfinas directo a su sangre que le impulsaba a cambiar el ritmo, alentando por ver hasta que limite llegaría la princesa.

Los brazos de Blitz envolvían el torso delgado de Stolas, apretando con vehemencia e instinto, marcando la curva de su cintura, alentandola a arquear la espalda por el hostigamiento delicioso del calor y tacto curioso sobre sus plumas.

Ella se dejo manipular por las manos del imp tan ardientes como el fuego mismo. Sentía derretirse en lo que era ese abrazo impulsado por la necesidad. Como la cera espesa, tan espesa y lenta como las caricias que recibía en su espalda baja, cerca del nacimiento de su cola, haciendo que sus plumas largas temblaran, el acompañamiento de un ululeo bajo que se reproducía en los aires embelesados de un aroma furtivo.

“Nngh… ¡Ah!” las pupilas blancas aparecieron en sus ojos rojos al sentir que en la piel de su cintura se clavaron colmillos filosos y sedientos, no podía resistir a soltar gemidos ruidosos, una la lengua larga se trazaba por el abdomen, manchando las plumas de sangre negra. “Bliii—itz”. La herida se curo al poco tiempo, solo dejando unas liberas marcas que también desaparecerán en algún momento. Otra mordida por su cadera, esto la obligo a abrazar la espalda de Blitz con sus largas piernas, aprisionándolo.

Fundidos en en el frenesí de sus propios cuerpos incapaces de separarse, frotándose con una absurda calentura, las hormonas predominaban sus cerebros y los sentidos solo estaban centrados en aquello tan irresistible para el paladar, para la piel. 

La cola de Blitz se enredo en la cintura de Stolas, apretandola con tanta furia que le hizo sacar un jadeo adolorido desde el núcleo del placer. Otro apretó, con el fin de sacar un poco más de la sangre procurando lamer, besar antes de que la herida se cerrara, tan centrado en el sabor inusual, en el daño particular que podía provocar. Aumento la ferocidad de sus embestidas, sacando el aire del estómago de Stolas por el cambio.

La diferencia de ritmo la tomo por sorpresa e hizo sentir mareada, su cerebro parecía volverse liquido por cada golpe eléctrico que recibía desde adentro, el vórtice que podía comparar miel azucara se estaba drenando las fuerzas de sus extremidades, dejándolas débiles sobre la cama. Pronunciando con necesidad el nombre del demonio que la estaba dominando, queriendo dejarse llevar por él en su totalidad. Stolas trago de la saliva que se acumulaba en su pico, levantando la cabeza adormecida de tantas sensaciones sobre su cuerpo, procesando frente a ella los grandes cuernos de Blitz, elevo una de sus manos, situando los dedos en caricias sobre la queratina, trazando lineas de arriba a abajo sobre la curvatura.

Se escucharon unas leves quejas, Blitz mantenía los ojos cerrados mientras exponía más de sus cuernos. Stolas sonrió entre gemidos, descendiendo tortuosamente hacia la base, masajeando con el pulgar círculos mientras jugaba con la presión del mismo.

Ahh—“. 

Sufrió de un vuelco al corazón al escucharlo, Blitz había soltado un gemido, algo había florecido en su pecho, al igual que en su mente astuta.

Con el pulgar e indice dedico masajes lánguidos a la base de sus cuernos, mezclando diversos movimientos lentamente intercalándolos, deleitándose con los jadeos de Blitz al igual que sus gemidos que con intentos ridículos parecía querer frenar. Estaba feliz de devolverle el favor, verlo disfrutar de esto, el sentimiento mutuo de complacerse. 

“¿Te gusta, cariño?”, pregunto Stolas entre risas.

Él la miro directamente a los ojos.

“Como me—… Carajo”. Gimió al sentir los dedos de Stolas en la parte trasera de sus cuernos. 

Y no iba a permitirlo, tomo con ambas manos los muslos de la princesa, clavando sus garras, arañando y dibujando heridas negras debajo de las plumas, Stolas arqueando la espalda por el rayo de placer que paso por su columna. Sus paredes estaban muy apretadas, ahí estaba, sonrió orgulloso, levantándose un poco, se llevo una de las piernas de Stolas hacia la boca, mordiendo nuevamente hasta derramas sangre que descendía en hilos negros hacia el muslo interno de ella. 

Ya no podía más, el calor la iba a superar. Ella empezó a mover sus caderas contra las del imp, desenfrenada, en círculos, de cualquier forma para aliviar el nudo que se centraba en su vientre y la tensión inusual —pero caliente— en su intimidad. Todo se volvió rápido, la cómoda de la cama parecía golpear contra la pared, no estaba segura, no le importaba nada más que la extraña bruma que rodeaba su cuerpo. La presión desesperada entre ambos, el ritmo acelerado por el apetito. 

Sintiendo por primera vez su mente en blanco, Stolas sintió un latido que le recorrió por todo el cuerpo, siendo abrazada por Blitz —nuevamente— de una forma tan posesiva, ella tomo uno de sus cuernos con fuerza, al mismo tiempo la cola de Blitz se envolvió en una de sus piernas. Termino por correrse, liberando de ella un charco que mojo las sabanas y salpico las caderas del imp, contrayendo las garras de sus patas que se encontraban elevadas por los aires. 

Las embestidas no pararon, estaban ayudaban a sobrellevar su orgasmo, jadeando torpemente. Un frio por la ausencia sobre su cuerpo la hizo mirar nuevamente a Blitz, él se había separado, sacando su miembro del interior de Stolas de golpe, continuo bombeándolo con su mano sobre ella, gimiendo alto cuando expulso su liberación, las gotas de semen decoraron las plumas ya arruinadas de Stolas.

Las respiraciones de ambos amantes estaba descontrolada, mirando la nada misma mientras reconectaban con los alrededores. Blitz no había superado aun su subidón en el momento en que Stolas lo acerco y beso.

El imp correspondio, dejando caer su cuerpo sobre la princesa, dandole atención a las caderas temblorosas de la princesa con sus manos, esparciendo caricias a lo largo de su figura hasta donde sus manos le permitiesen. 

Y unas pequeñas risas se escucharon en el silencio de la habitación, Blitz se separó, viendo el rostro de ella, sonriente, con el agotamiento evidente, pero, feliz, empezó a darle pequeños besos entre su rostro y cuernos, haciendo más largos aquellos que eran dedicados a sus labios. 

La cola de Blitz pasaba por los muslos y piernas de ella, acariciando con el filo de la misma.

Y como el despertar de todo sueño, el sonido de unos pasos esclareció la neblina seductora: disipó alientos prometidos y dejó las caricias reducidas a memoria, enmarcadas en piel y en calor persistente. Las plumas alborotadas de la Princesa se erizaron con un escalofrío que puso en alerta cada fibra de su cuerpo; la advertencia no pasó inadvertida para Blitz.

Ambos alientos se entrecortaron con sorpresa cuando sus ojos se fijaron en la puerta y en el tenue sonido de pies acercándose. Stolas cubrió su pico con una mano, procesando durante unos segundos lo que debía hacer. Con el corazón en la garganta, empujó a Blitz hacia las sábanas, ocultándolo parcialmente entre almohadas, al tiempo que se levantaba de la cama contra reloj y se dirigía al baño.

Tres toques en la puerta.

“Alteza".

Fue entonces cuando la mente de Blitz terminó de anclarse a la realidad. Movió la cola apenas al percatarse; el frío le inundó el cuerpo, paralizando cualquier reacción durante unos segundos antes de saltar de la cama en busca de su ropa. Reunió sus botas y pantalones con torpeza, arrancó su saco enredado entre las sábanas desordenadas y logró cubrirse apenas cuando Stolas regresó del baño, envuelta únicamente en una bata roja.

“Un minuto”, dijo ella.

Se acomodaba las plumas cuando sus ojos encontraron a Blitz.

“¿Princesa? Su Alteza, el príncipe Andrealphus la ha estado buscando por varios minutos”, dijo el sirviente, aguardando respuesta.

“Abajo”, susurró hacia Blitz en el silencio de la habitación, indicándolo con las manos. Las agitó, liberando un rastro de magia sobre las sábanas para ordenarlas lo mejor posible. “S-sí… dile que ya casi…”.

Vio cómo la cola de Blitz se agitaba en el aire antes de desaparecer por completo.

"No puede ser que tardes tanto para una tarea”.

Los dedos de Stolas vacilaron un instante al escuchar la voz de Andrealphus. Con un chasquido hizo desaparecer el vestido destrozado y dejó la corona sobre el tocador. Al no percibir ya señales de Blitz, inhaló profundo y caminó hacia la puerta.

“Alteza”, la voz del sirviente tembló, “perdóneme. La princesa por ahora—“.

“Aquí estoy, Andrealphus”, abrió la puerta con un tono solemne y limpio. “No hay necesidad de armar un pequeño escándalo en los pasillos".

Cerró tras de sí, procurando no despertar sospechas.

“¿A qué se debe tu alteración?”.

“¿A qué más, sino a tu falta de respeto? Ausentarte a mitad de una fiesta en tu propio palacio”, dijo él. Su tono se volvió irritante, acompañado de pequeños copos de nieve que se desprendían de su cuerpo. “Dejas a tu esposo solo por más de media hora en lo que, por cierto, es nuestro aniversario. No puedo permitirme tal humillación frente a todos”.

“Me encontraba un poco agotada. Solo decidí tomar un baño y refrescarme; tampoco puedo permitirme tratar de forma despectiva a mis invitados”, respondió. Su voz permaneció estable, aun cuando el pulso en su garganta insistía en delatarla.

“Oh, ¿en serio? Te vi con Stella. Por amor a Lucifer, espero que no hayan provocado algún escándalo”.

“Ella fue la escandalosa. Desde un inicio te expresé mi inconformidad con esta celebración organizada por su parte; jamás consideraste mi opinión, y mucho menos ella se acercó siquiera a avisarme. Todo esto… es ridículo”.

La madera crujió bajo sus garras. No era rabia desmedida, sino la presión silenciosa de aquello que nunca encontraba salida.

“Tu enfado no es más que un berrinche. Stella fue la única que—“.

El sirviente imp apenas podía mantenerse en pie; el frío era insoportable. El rostro de Stolas, sin embargo, permaneció sereno —una serenidad aprendida, practicada, sostenida por costumbre más que por convicción.

“No olvides de qué va esto”, interrumpió Andrealphus, acercándose con el crujir del cristal congelado bajo sus pasos. “Sabes muy bien que no puedes. No eres más que una ridiculez afortunada, con dones divertidos para Paimon”.

Algo vibró en el pecho de Stolas —no visible, no audible—, apenas un estremecimiento ahogado bajo capas de protocolo y orgullo.

“No vuelvas a humillarme”, añadió él, agrio. "Y… cámbiate”.

No le daría el gusto de verla temerosa, mucho menos sumisa, aun cuando las palabras eran ásperas y mortales como una cuchilla bajo su cuello. Sostuvo la postura, la barbilla en alto, el silencio impecable. La expresión perfecta.

Andrealphus se marchó, llevándose consigo el frío y la tensión que asfixiaban el aire.

El eco de sus tacones se extinguió en el pasillo, y solo entonces la compostura cedió lo suficiente para dejarla respirar. Exhaló lentamente; sus dedos temblaron antes que el resto de su cuerpo, como si la emoción buscara salida por las grietas más pequeñas. Parpadeó un par de veces, recomponiéndose, recordándose su lugar… y el peso que este implicaba.

“Maldito… “, dejó escapar en un suspiro débil.

Tomó una respiración profunda y alisó sus plumas hacia atrás.

Uno…
Dos…
Tres…

Lo dejó salir.

Subió un poco la bata que caía por debajo de su hombro, giró el pomo de la puerta y la abrió de golpe, esperando que la breve disputa no hubiese sido escuchada. Al entrar, sin embargo, no encontró la habitación solitaria ni al imp oculto bajo la cama, sino a Blitz de espaldas, sosteniendo algo entre las manos.

“¿Blitz?”, preguntó con suavidad.

Las espinas de Blitz se erizaron por la sorpresa. Stolas fue paciente; se acercó con pasos lentos, el sonido de sus garras marcando el suelo.

“Blitz”, lo llamó de nuevo.

Él no pudo hacer más que girarse despacio, con una sonrisa nerviosa y una risa torpe que se apagó al darse vuelta por completo. En sus manos estaba el grimorio.

"¿Qué haces con eso?”.

“Ehh… verás, bueno…”, balbuceó “lo que pasó es que, eh… mmm… yo…”, miró a todos lados, sin saber si buscaba una excusa o evitaba mirarla; tal vez ambas. “Lo encontré debajo de la cama… hm”. Sonrió, mostrando todos los colmillos.

"¿Lo encontraste?”, dudó ella.

“¡Sí! Sí… yo… no sé cómo llegó ahí”, se rascó detrás de los cuernos. “Sé que es algo importante para ti y…”.

Stolas atrajo el libro con su magia, acercándolo hasta hacerlo flotar frente a sus ojos. Arqueó una ceja y volvió a mirar a Blitz, quien le devolvió la sonrisa con… ¿miedo?, ¿nervios?

Ella no pudo evitar sonreír también; pero era una sonrisa dulce, indulgente. Pobre… debía pensar que estaba en problemas, o que sería castigado. Ella le creía. Después de todo, ¿por qué un imp tendría interés en algo así?

El silencio que siguió no fue incómodo, pero tampoco sencillo. La habitación aún conservaba el cenizas de un fuego tibio de lo ocurrido, la cercanía latente en cada superficie alterada, en cada respiración que parecía buscar su ritmo otra vez.

“Gracias, Blitz”. Se inclinó con la intención de igualar un poco su altura y mirarlo a los ojos. “Eres muy dulce, querido”.

Tomó su rostro entre las manos con cuidado, acercándolo lo suficiente para depositar un beso suave sobre su cabeza, cálido y lleno de una ternura silenciosa.

 

Escenario 4

 

Al separarse, su sonrisa no desapareció; permaneció ahí, luminosa y tranquila, esa misma sonrisa que Blitz había hecho suya hacía tanto tiempo, como si le perteneciera por derecho del cariño compartido.

“Deberías irte. No sé cuándo Andrealphus podría regresar, y si los guardias vuelven a verte, estarás en problemas con él.

Blitz parpadeó varias veces, observando los ojos rojos de la princesa mientras el calor tibio de sus dedos desaparecía.

“Te abriré un portal”, se incorporó, recuperando su altura. “Será mejor…”, comenzó, deteniéndose antes de terminar la frase, "que te pongas tu ropa”.

El rubor fue apenas perceptible entre sus plumas blancas, pero no inexistente.

Blitz estaba casi prácticamente desnudo, cierto.

Stolas desvió la mirada, recomponiéndose. Decidió concederle algo de privacidad, apartándose hasta el librero. Colocó el grimorio en su lugar correspondiente y respiró con calma. Era uno de los objetos más valiosos de su familia… y él lo había devuelto.

Sonrió.

Significaba que… recordaba aquella vez en que, con un entusiasmo sereno y una confianza casi infantil, le confió el valor y el propósito del libro, cautivada por su honestidad. Él lo recordaba. Él la había guardado en su memoria, y esa certeza se deslizó en su pecho como una emoción suave, tibia, difícil de nombrar.

Su corazón se aceleró; agitó la cabeza, apartando aquellos pensamientos arriesgados.

Pero uno persistió.

La imagen del espacio vacío en el estante volvió a su mente, preguntándose cómo había podido caer. El calor ascendió a sus mejillas al recordar la introducción algo intensa que habían tenido; probablemente alguno de esos movimientos lo había derribado. Blitz era… fuerte.

Intentó controlar el escalofrío que recorrió sus plumas. Controlandose.

“¿Listo?”.

“Sí… supongo”. Blitz limpió el polvo restante de las hombreras, mostrándose sorprendido cuando una luz púrpura y celeste se encendió frente a él. Al voltear, vio el broche rojo que decoraba su cuello suspendido entre remolinos de magia. Lo tomó con rapidez, disipando el hechizo al instante.

“Lo vi entre las sábanas”, dijo ella con una sonrisa. “Supuse que querrías recuperarlo. Es algo lindo, si me lo preguntas”. Hizo una breve pausa. “Bien, querido… ¿dónde te dejo?”.

“Uh…”, se concentró en la pregunta mientras se colocaba el broche. “Solo dos cuadras detrás del palacio”.

Stolas asintió y extendió la mano. La magia rasgó el espacio con suavidad, tejiendo ondas brillantes sobre la nada en tonos celestiales. Un leve golpe en el aire levantó una ráfaga discreta y, en un parpadeo, un portal luminoso —salpicado de estrellas— se abrió en medio de la habitación.

“Bueno… aquí es. Que te vaya bien”, dijo Stolas.

Blitz asintió.

“Sí…”.

Se acercó al portal, a punto de cruzarlo.

“Ten cuidado. Que no te vean… “, añadió ella en voz baja, con una emoción apenas perceptible tensándole el pecho.

Los ojos del imp la miraron por última vez. Permanecieron en silencio.

“Eh, adiós”.

Y se fue.

El portal se cerró.

Blitz se había ido.

Se fue como si nunca hubiese estado allí.

La habitación volvió a quedar en silencio. Un silencio distinto: más amplio, más frío. Stolas permaneció de pie unos instantes, sin moverse, como si esperara que algo regresara con el eco de la magia disipada. Nada lo hizo.

Exhaló lentamente.

Las sábanas aún conservaban el calor, el aire guardaba restos de deseo, y sin embargo el espacio se sentía demasiado grande. Demasiado ordenado. Demasiado vacío.

Se acercó a la cama, alisando una arruga inexistente, solo por ocupar las manos. Luego apartó la mirada, componiendo sus plumas con cuidado mecánico, recuperando la postura que el palacio requería de ella.

El silencio volvió a cubrirlo todo con su belleza impecable.

Y aun así, cuando se quedó completamente sola, sintió el peso de marchitar en silencio. 

Todo estaba en su sitio otra vez.

Todo… como debía estar.

Por un instante breve y silencioso, deseó que no lo estuviera. 

 

Cuando un pétalo cae, la flor esta llorando.

Cuando dos pétalos caen, la flor esta anhelando.

 

 

 

 

Notes:

Algo que quisiera recalcar, Blitz hasta cierto punto se vio un poco "suavizado", quiero recordar que este capitulo esta casi en su totalidad escrito desde el lado de Stolas.

En la siguiente parte veremos el lado de Blitz y como se tomo la situación. Uy.

Pueden seguirme en mi Twitter (x) si les gusto mi arte
(si, me estoy ofreciendo COMO LA PUTA que soy porque no me queda de otra >:C )
cherrdeluxe
o en mi cuenta personal donde suelo decir estupideces al azar cherrcock
Y un enorme agradecimiento a mi mejor amigo porque sin él esto nunca hubiera terminado, gracias por los ánimos Fennre ❤️ Fennre_SassyFox