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Summary:

Arkalyon está al borde del colapso: un rey agonizante, una guerra sin fin y un heredero obligado a cargar con una corona que aún no desea.

Izuku Midoriya gobierna desde el deber, sacrificando todo aquello que su corazón le exige, mientras envía al único hombre en quien confía a una guerra que podría no devolverlo.

Katsuki Bakugou lucha por el reino… y por el rey al que ama en silencio.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

El reino de Arkalyon se hallaba sumido en una crisis sin precedentes. Su rey agonizaba, consumido por una enfermedad que ni los mejores sanadores habían logrado contener, mientras que la guerra por los territorios fronterizos ardía con violencia creciente. El tiempo se agotaba.

Izuku Midoriya ya no tenía opciones.

Con su padre postrado en cama y su madre negándose a separarse de él, todas las decisiones habían recaído sobre sus hombros. Demasiado joven, decían algunos. Demasiado blando, murmuraban otros. Pero la presión no le dejaba espacio para dudar; Arkalyon necesitaba un líder, y aunque aún no portara la corona, él era lo único que tenían.

El parlamento fue un desastre desde el primer instante.

—¡Es imposible! —rugió una voz desde el fondo—. ¡Se acordó que sería el sucesor quien dirigiría el ejército!

—Ishiyama, estás siendo irrazonable —intervino Aizawa con voz firme, imponiéndose poco a poco al tumulto—. El muchacho no puede abandonar el reino. Si algo ocurre, deberá estar preparado para ascender al trono. Marcharse ahora nos dejaría vulnerables. Pensemos en otras opciones.

El silencio cayó lentamente, expectante.

Aizawa giró el rostro hacia Izuku.

—Dime, muchacho… ¿tienes algo en mente?

Izuku respiró hondo antes de hablar, apretando los dedos contra la mesa de roble.

—Sí, señor —respondió con determinación—. La estrategia que ya había sido planeada será liderada por el general Katsuki Bakugo.

El murmullo regresó, más áspero esta vez.

—¿Bakugo? —espetó Takagi con desdén—. Ese muchacho es imprudente, no controla su temperamento. No es apto para tomar decisiones en medio de una batalla.

Izuku levantó la voz, sin titubear.

—¡Es nuestra mejor carta!

—¡No! —replicaron—. ¡Tú eres nuestra mejor carta!

—¡Es increíblemente bueno en combate! —insistió Izuku, con el corazón latiéndole con fuerza—. Si alguien puede llevarnos a la victoria… es él.

Aizawa lo observó durante un largo segundo, evaluándolo más allá de las palabras.

—¿Estás seguro, muchacho?

Izuku no dudó.

—Confío completamente en él.

 


—¡¿Qué?! —Katsuki se quedó de piedra ante la noticia—. Su... Alteza ¿está seguro de esto?

—Kacchan, ¿podemos hablar bien? —Izuku se frotó las sienes con los dedos, exhausto—. Tengo el estrés por las nubes y que estés siendo tan formal me está sacando de quicio.

Se encontraban solos en la sala de reuniones. Las altas paredes de piedra devolvían sus voces, y las velas, alineadas a lo largo de la mesa, titilaban con una inquietud que parecía reflejar la suya.

—Habrá demasiadas variables ya en plena guerra, Deku —replicó Katsuki con el ceño fruncido—. No es una misión sencilla.

—¡¿Y qué más puedo hacer?! —estalló Izuku, la desesperación quebrándole la voz—. ¡Ya envié a Ochaco y a Asui lo más lejos posible, buscando a la mejor curandera del continente! ¡Una mujer que no ha sido vista en más de tres años!

—¡Sin una victoria, esa curandera no tendrá un reino al cual regresar! —gruñó Katsuki.

—¡Ya lo sé! —Izuku pasó una mano por su cabello, fuera de sí—. Pero tú puedes hacerlo, Kacchan. No hay… —se detuvo, y con cuidado tomó las manos de Katsuki entre las suyas— no hay nadie mejor que tú para liderarlos. Estoy seguro de que lo lograrás. No tengo ni una sola duda. Mantendremos comunicación en todo momento. Mandalay nos ayudará con su magia.

Katsuki bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas. Las cicatrices de Izuku recorrían su piel como mapas de antiguas batallas, perdiéndose bajo el dobladillo de su traje regio e impecable. Aquello le apretó el pecho.

No era miedo a la guerra lo que lo detenía. Ni falta de estrategia, ni dudas sobre su propia fuerza. Era la certeza de que, lejos del reino, habría enemigos aguardando la mínima oportunidad para atacar… y él no estaría allí para proteger a sus reyes, ni a su príncipe.

Confiaba en Izuku. Sabía que era fuerte, más fuerte que cualquiera. Aun así, la incertidumbre lo carcomía.

—Aún podrías mandar a Kirishima —murmuró.

Izuku frunció el ceño, dispuesto a replicar, pero Katsuki alzó la voz antes de que pudiera hacerlo—

—¡Es en quien más confío! ¡Lo hará bien! ¡Alguien tiene que quedarse aquí contigo!

—¡Puedo protegernos perfectamente bien, Kacchan!

—¡Estarán más seguros si me quedo yo!

—¡No, Kacchan!

—¡Izuku, piénsalo bien! Si Chiz—

No alcanzó a terminar la frase.

Izuku soltó sus manos de golpe.

—¡Es una orden! —su voz resonó firme, autoritaria—. ¡Tu príncipe te ordena que sirvas a tu pueblo!

Katsuki alzó la vista, los ojos muy abiertos por un instante, herido por palabras que pesaban más que cualquier espada. Luego apretó los dientes, bajó la cabeza y realizó una ligera reverencia.

—Sí, Su Alteza.

 

+


Para la mañana siguiente, todo estaba listo.

Izuku tenía la mente hecha un lio. El miedo se le enredaba en las entrañas con cada pensamiento: miedo a que algo saliera mal, miedo a la guerra, miedo—sobre todo—a que Kacchan resultara herido. Siempre se habían cuidado el uno al otro, incluso cuando no sabían cómo hacerlo. Ahora, la distancia que los separaría se sentía suficiente para asfixiarlo. Saber que, si algo le ocurría a Katsuki, él no podría llegar a tiempo… era una idea insoportable.

Con esa pesadez clavada en el corazón, se preparó para enfrentar a la multitud que despedía a sus valientes guerreros, colmándolos de vítores y deseos de victoria.

Izuku avanzó entre ellos hasta detenerse frente a Katsuki. Sin decir una palabra, se desabrochó la espada del cinturón. El metal brilló un instante antes de quedar entre las manos del rubio, entregada con un gesto solemne, casi sagrado.

—Voy a estar esperándote —susurró, lo bastante bajo para que solo Katsuki pudiera oírlo.

Katsuki no respondió. Se limitó a asentir, con la mandíbula tensa y los ojos fijos al frente, como si decir algo más pudiera quebrarlo.

No mucho después, el ejército inició la marcha.

Izuku los observó atravesar las grandes puertas del reino, una fila interminable de estandartes y armaduras perdiéndose en el horizonte. Permaneció allí incluso cuando la multitud comenzó a dispersarse, cuando el ruido se apagó y la realidad cayó sobre él con un peso brutal.

Con un nudo en la garganta, regresó al castillo y se dirigió a los aposentos reales.

El rey Toshinori no se encontraba bien. Permanecía en cama, apenas consciente en sus mejores días y consumido por una fiebre insoportable en los peores. Inko, la reina, se ocupaba de cambiarle los paños fríos de la frente y de asegurarse de que comiera todo lo que su cuerpo le permitiera. Rezaba en silencio a todos los dioses que conocía, suplicando por la recuperación de su esposo.

El cansancio marcaba su rostro. La preocupación parecía envejecerla un poco más con cada amanecer.

—Madre —dijo Izuku en voz baja.

Inko no se dio cuenta de su presencia hasta ese momento.

—Necesitas descansar. Yo me encargaré ahora —continuó—. Puedes ir a dormir.

La reina negó con la cabeza de inmediato.

—Debo estar aquí cuando despierte. Puede necesitarme —respondió, sin la menor intención de moverse.

—Estaré yo —insistió Izuku con suavidad—. El curandero real también se quedará conmigo. Por favor, ve a descansar. Prometo avisarte si despierta.

Inko soltó un sollozo ahogado y las lágrimas le inundaron los ojos.

—Izu… —susurró—. Va a estar bien, ¿verdad?

Izuku le regaló su mejor sonrisa. Una que no alcanzó a tocarle los ojos.

—Por supuesto que sí —respondió—. Van a volver con Shuzenji. Estoy seguro.

Se acercó y la envolvió en un abrazo. Inko alzó los brazos de inmediato, aferrándose a él como si fuera lo único que la mantenía en pie.

—Gracias, Izuku —murmuró—. Y perdóname… por dejar una carga tan pesada sobre tus hombros.

Antes de que Izuku pudiera responder, la reina se apresuró a salir por la puerta.

Y cuando quedó solo, el silencio del cuarto se sintió más pesado que cualquier corona.

 

+

 

Semanas pasaron.

Cada noche, Mandalay se reunía con Izuku en la sala de juntas. A través de su magia, lograba proyectar la imagen de Katsuki como si estuviera allí, de pie frente a la larga mesa de madera. La figura era inestable, apenas borrosa en los bordes, pero suficiente para que el corazón de Izuku latiera con fuerza cada vez.

Noche tras noche discutían el avance de la guerra: territorios ganados y perdidos, el número de heridos, las bajas, los movimientos del enemigo. Izuku sabía que el fuego de Kacchan era devastador, que su sola presencia en el campo de batalla inclinaba la balanza… pero jamás era suficiente preparación para lo que podía perderse al amanecer.

A veces lo veía con un nuevo corte en el rostro o el brazo. Otras, sus hombros parecían más tensos, su postura más pesada, como si el cansancio se le hubiera instalado en los huesos. Había noches en las que Katsuki llevaba heridas que no dejaba ver, ocultas bajo la armadura o el silencio. Izuku quería preguntar, exigir respuestas, saber exactamente cómo estaba… pero Katsuki nunca flaqueaba.

Siempre erguido.

Siempre dispuesto.

No volvería junto a su príncipe sin una victoria.

Los meses pasaron, y la guerra no hizo más que extenderse como una herida que se negaba a cerrar.

Hubo noches en las que Izuku pensó que lo correcto sería marchar. Tomar una espada, ensillar un caballo y luchar por su pueblo, aun si eso significaba entregar su vida. Su corazón ansiaba el fragor de la batalla… y al hombre que se encontraba más allá de la frontera.

Siempre se había sentido atraído por ese rubio indomable, de mirada impenetrable y carácter feroz. Admiraba su fuerza, su coraje, su forma de avanzar sin miedo incluso cuando el mundo parecía desmoronarse. Pero Izuku era un príncipe. Un heredero. Un futuro rey.

Necesitaba herederos.

Necesitaba alianzas.

Necesitaba sacrificar lo que su alma le pedía a gritos.

Jamás podría estar con él, por más que su corazón lo llamara.

Incluso en la distancia, Katsuki ocupaba sus pensamientos. A veces era tan insoportable que Izuku se encontraba ensillando un caballo en la oscuridad, decidido a huir del castillo y alcanzarlo. En más de una ocasión llegó a apretar las riendas con fuerza… solo para desistir en el último momento. Otras veces, alguien lo detenía y lo obligaba a regresar antes de cruzar las puertas.


 

 

Mientras tanto, en aquel territorio devastado por el dolor y el olor a muerte, Katsuki no estaba mucho mejor.

Siempre herido.

Siempre exhausto.

Pero jamás derrotado.

Era feroz, implacable, una fuerza que el enemigo aprendió a temer. No estaba dispuesto a perder. No podía hacerlo. El recuerdo de su príncipe, de esa última mirada antes de partir, seguía ardiendo en su mente.

“Estaré esperándote.

Habían crecido juntos. Antes de que Katsuki supiera que Izuku era el heredero del reino y entendiera por completo lo que significaba, habian compartido juegos, risas, días sencillos que ahora parecían pertenecer a otra vida. Y aunque su príncipe siempre intentaba romper el muro que Katsuki había construido entre ellos, él sabía cuál era su lugar.

Era un súbdito.

Un soldado.

Nada más.

Se mantenía al margen, incluso cuando el mundo ardía a su alrededor.

Pero en las noches, cuando el cansancio lo vencía y el sueño lo arrastraba sin piedad, sus sueños se llenaban de ojos verdes y palabras suaves. De una voz que prometía esperar… y de un hogar al que aún no sabía si podría regresar

 


Así transcurrió el primer año.

Mes tras mes, Izuku recibió cartas de Ochaco y Asui, manteniéndolo al tanto de cada pista, de cada rumor relacionado con la curandera perdida. La mayoría traía avances mínimos, esperanzas frágiles. No fue sino hasta aquel mes de agosto cuando, por primera vez en mucho tiempo, la tinta sobre el papel le devolvió un poco de aliento.

 

Mi príncipe:
Hemos encontrado a una mujer capaz de seguir el rastro de la maga Shuzenji. Su nombre es Jiro, y posee una magia rastreadora sin igual. Gracias a ella, ahora contamos con pistas sólidas para encontrar a la curandera.

Sabe de la benevolencia de nuestro reino y aceptó ayudarnos bajo la condición de que, al regresar, se le conceda un lugar donde vivir.

Espero no ser impertinente y deseo la pronta recuperación de nuestro rey. Hemos emprendido el camino; será largo y peligroso, por lo que quizá el próximo mes no podamos enviar otra carta.

Larga vida al rey.

Ochaco-

 

 

Izuku exhaló con alivio al terminar de leer. No era la solución, pero sí un paso más cerca. Aun así, incluso si lograban encontrar a Shuzenji, el viaje de regreso tomaría meses. Solo podía rezar para que el tiempo no se les agotara antes.

No hubo mucho margen para la esperanza.

El parlamento lo presionó hasta obligarlo a ascender al trono. Aunque Izuku seguía aferrado a la posibilidad de la recuperación de su padre, sabía que era lo correcto. Incluso si el rey sanaba, difícilmente volvería a tener la fortaleza necesaria para gobernar como antes.

La ceremonia de coronación fue solemne, pesada de símbolos y juramentos. Mientras la corona descansaba sobre su cabeza, Izuku no pudo evitar sentir un nudo en la garganta: tristeza, nerviosismo y una soledad que nunca había conocido.

La celebración fue breve. El reino no podía permitirse lujos. El presupuesto debía destinarse a alimentar al pueblo y a mantener armado al ejército. Entre decretos, audiencias interminables y noches en vela discutiendo estrategias con Kacchan a través de la magia de Mandalay, un nuevo problema comenzó a tomar forma.

El parlamento exigía un heredero.

Izuku ahora sabia la razón por la que habían estado tan desesperados porque tomara la corona.

Querían que el joven rey tomara esposa cuanto antes y asegurara la continuidad del reino. El futuro de Arkalyon, decían, no podía quedar en manos de la incertidumbre.

Izuku apenas logró contener la mueca que amenazaba con torcerle el rostro. Respondió que lo pensaría, que era una decisión que requería tiempo, sabiendo perfectamente que solo estaba comprando unos meses más antes de que lo inevitable lo alcanzara.

Porque el trono podía pesar…

pero nada pesaba tanto como el amor que no estaba permitido.

 

 


Esa noche, Izuku le pidió a Mandalay que abandonara la habitación.

Quería hablar con Kacchan a solas.

La proyección apareció frente a él, ligeramente inclinada hacia un lado, respirando con dificultad. Incluso a través de la magia, Izuku podía notar el peso del cansancio sobre su cuerpo. Y aun así… ahí estaba él, firme como siempre.

Izuku tragó saliva.

Kacchan estaba herido. Y ahí estaba él, siendo egoísta.

—Puedes sentarte, Kacchan.

Katsuki resopló, pero esta vez obedeció, dejándose caer con rigidez.

—Gracias, Alte— —carraspeó, corrigiéndose—. Majestad.

Algo se retorcia dentro de Izuku.

Esa distancia siempre había estado allí, pero ahora no era solo física. Nunca había tenido motivos para pensar que Katsuki sintiera algo más que una lealtad inquebrantable, una amistad forjada desde la infancia. Aun así, escuchar ese título en su voz lo hizo arder por dentro.

Katsuki pareció notar su expresión.

—Hay… buenas noticias —dijo, desviando ligeramente la mirada—. Es solo cuestión de tiempo para que el enemigo caiga. Hemos traspasado sus fronteras. Quizá tome un poco más, pero estoy seguro, mi rey.

Era una noticia excelente.

Una verdadera victoria en medio de tanta espera.

—Siempre supe que lo lograrías —respondió Izuku con suavidad.

El silencio que siguió fue pesado, denso.
 
Entonces Izuku habló, casi en un susurro.

—El parlamento quiere que tome una esposa… lo antes posible.

No supo qué lo impulsó a decirlo. Ni qué esperaba obtener al hacerlo. Pero lo que siguió no fue nada de lo que había imaginado.

Katsuki apartó la mirada y asintió, serio, comprensivo.

—Debe hacerlo, Majestad —respondió con firmeza—. Elevaría la moral del pueblo y… el reino estaría asegurado.

Izuku devolvió el gesto con una sonrisa ensayada. Lo sabía. Siempre lo había sabido. Pero aun así, dolía, muchisimo.

¿Qué era lo que esperaba?

¿Qué era lo que quería escuchar?

No tenía opciones reales.

Cuando Katsuki regresara con la victoria, se le concedería cualquier cosa que deseara. Era la recompensa de los héroes. Generalmente querían: tierras, títulos… incluso la oportunidad de elegir esposa. Ser elegida siempre era un honor para las mujeres del reino.

—Tienes razón… —Izuku inhaló profundamente, forzándose a contener todo lo que amenazaba con desbordarse—. Voy a… pensarlo.

Katsuki inclinó la cabeza.

—¿Puedo retirarme, Majestad?

Izuku no respondió.

Se dio la vuelta, abandonando la habitación sin mirar atrás, dejando tras de sí la figura fantasmal del hombre que no podía tener.

Mandalay cortó la comunicación en silencio. Al pasar junto a su rey, alcanzó a ver el brillo traicionero de una lágrima deslizándose por su mejilla.

Y no dijo nada.

 

 

Katsuki estaba furioso.

Frustrado, enojado, con una rabia que le ardía bajo la piel y no encontraba salida. Por supuesto que Izuku necesitaba una esposa. Por supuesto que necesitaba herederos. Un futuro que él jamás podría darle.

Se preguntó, con un amargo retazo de culpa, si las cosas habrían sido distintas de haber nacido mujer. Nunca se había avergonzado de quién era, ni de lo que sentía, pero eso no evitaba el deseo constante por algo que no podía tener. Y mucho menos por su rey.

Izuku y él habitaban mundos demasiado lejanos. Tan distintos que a veces parecía imposible que alguna vez hubieran compartido risas y juegos en la infancia.

Él no era nadie.

Y lo único —lo mínimo— que podía hacer por Izuku era ganar la guerra.

Pero la furia, el enojo… y esa tristeza densa que se le había instalado en el corazón, no entendían de lógica ni de deber. No atendían a razones. Simplemente estaban ahí, quemándolo por dentro, exigiendo salida.

Y la tendrían.

Porque al amanecer arrasaría con ese maldito reino enemigo. Lo reduciría a cenizas, lo fundiría hasta los cimientos. Haría temblar la tierra bajo su fuego y regresaría victorioso, solo para volver a ver el rostro del hombre que le robaba los pensamientos, se colaba en sus sueños y sostenía su corazón entre las manos sin siquiera saberlo.

Eso era todo lo que podía hacer.

Y, aun así, Katsuki lo sabía con absoluta certeza: no importaba cuántas esposas tomara Izuku, ni cuántos hijos procreara para asegurar la corona. Él siempre estaría allí.

A su lado.

En las sombras si era necesario.

Protegiendo un reino… y a un rey que nunca dejaría de amar.

 

+

 

El parlamento le presentó tres propuestas formales para elegir a su consorte.

Tres reinos distintos.

Tres alianzas poderosas.

Cualquiera de ellas garantizaría estabilidad política y apoyo militar.

Izuku tomó los informes y los revisó en privado. Retratos cuidadosamente pintados, descripciones favorables, dotes y linajes impecables. Todas jóvenes. Todas hermosas. Todas… completamente ajenas a su corazón.

Nada de aquello le provocó alegría.

Así que hizo lo único que podía hacer: alargar la decisión.

Evitó cada pregunta directa con excusas bien calculadas. Se mantuvo ocupado hasta el agotamiento, cuidando a su padre, atendiendo audiencias, recorriendo cada rincón del reino para asegurarse de que su gente estuviera a salvo y bien alimentada. Siempre había algo urgente que atender. Siempre un motivo para posponer lo inevitable.

Pero la presión no dejaba de crecer.

Le sabía amargo aceptar que, aun siendo rey, no podía elegir lo que más deseaba. Ni siquiera tenía control absoluto sobre su propia vida. La ironía le quemaba por dentro.

¿No era absurdo?

Era el rey, por los dioses.

Aun así, no se lo pondría fácil al destino. Resistiría cuanto pudiera. Se aferraría a cada segundo antes de rendirse.

Y entonces, una mañana de diciembre, todo cambió.

Ochaco había regresado.

Junto a Asui.

Junto a Jiro.

Y, finalmente, junto a la legendaria Shuzenji.

La alegría estalló en el castillo como un fuego imposible de contener. Los pasillos se llenaron de voces emocionadas, risas y lágrimas de alivio.

La anciana examinó al antiguo rey con paciencia y cuidado. Tras largas horas, anunció que su recuperación sería lenta… pero posible. No era una sentencia, sino una promesa.

Inko rompió en llanto, esta vez de felicidad, y agradeció una y otra vez a las mujeres que habían hecho posible aquel milagro.

La noticia no tardó en recorrer el reino.

Esa noche, el pueblo celebró sin reservas. Se encendieron fogatas en las plazas, hubo bailes, canciones y risas que se elevaron hacia el cielo invernal. Por primera vez en mucho tiempo, Arkalyon respiró esperanza.

 

+

 

Más allá de la frontera, también llegaron las buenas noticias.

Katsuki se encontraba frente a las enormes puertas del reino enemigo. Aquel día, lo sabía con absoluta certeza, todo terminaría. El aire estaba cargado de ceniza y tensión cuando alzó la voz en un grito que resonó como un trueno. El poder estalló en sus manos, fuego puro arrasando con muros y acero, derribando el castillo piedra por piedra.

Avanzó sin detenerse.

Traspasó líneas de soldados, abatió a todo aquel que se interpusiera en su camino. A su espalda marchaban sus guerreros, luchando con fiereza y determinación, empujados por una victoria que por fin se sentía al alcance.

Para cuando cayó la noche, Katsuki estaba exhausto.

Pero el enemigo yacía derrotado.

Con la vida del rey enemigo en sus manos, sellaron el fin de la guerra. El castillo fue tomado por completo, y los pasillos recorridos uno a uno, asegurándose de que no quedaran amenazas ocultas entre las sombras.

Fue entonces cuando la encontró.

En una habitación oscura, casi vacía, agazapada en una esquina como un animal herido. Estaba hecha un ovillo, los cabellos plateados enredados sobre los hombros, los ojos grandes y atentos, llenos de cautela.

Una niña.


x


Después de dejar a un líder provisional al mando del reino caído y de establecer una base sólida para sus soldados, el ejército se preparó para regresar a casa.

Arkalyon llevaba meses enteros aguardando.

Las calles se adornaron con estandartes, se levantaron mesas para los banquetes y se prepararon obsequios para aquellos que habían luchado y vencido. Cada detalle era una promesa de gratitud, un intento de devolver —aunque fuera un poco— todo lo que se había sacrificado en el campo de batalla.

Cuando los soldados cruzaron las puertas del reino, el pueblo estalló en júbilo.

Gritos de alegría llenaron el aire, flores llovieron sobre las armaduras marcadas por la guerra y los buenos augurios se mezclaron con risas y lágrimas. Era un recibimiento digno de héroes.

En el recibidor del palacio, el rey Izuku aguardaba.

A su lado se encontraba su madre, la reina Inko, quien por primera vez en mucho tiempo mostraba un semblante más tranquilo. Saber que el rey Toshinori se recuperaría le había permitido retomar algunos de sus deberes, aunque aún necesitaba descanso y cuidados constantes.

Aquella bienvenida, sin embargo, era irrenunciable.

Era su deber reconocer el valor de sus hombres.

Honrar su sacrificio.

Y recibir, finalmente, al General que había regresado con la victoria.

Izuku respiró hondo, el corazón latiéndole con fuerza.

 


La reina fue la primera en hablar.

Dio un paso al frente, alzando la voz con una serenidad que se impuso sobre el murmullo del pueblo. Agradeció a cada uno de los soldados por su esfuerzo, por su valentía y por el precio que habían pagado para proteger el reino. Prometió recompensas justas no solo para quienes habían regresado con vida, sino también para las familias de aquellos que ya no se encontraban entre ellos.

—Sé que hoy es un día de júbilo para Arkalyon —dijo, con la voz firme, aunque cargada de emoción—, pero no olvidaremos los sacrificios de nuestros guerreros caídos. Honraremos su memoria… y protegeremos a sus familias, ahora y siempre.

Un silencio respetuoso se extendió entre la multitud.

Arkalyon no celebraba solo la victoria, sino, honraba la vida que había sido entregada por ella.

 

—Ahora, para nuestro general y líder de todas nuestras tropas, quien nos ha entregado la victoria —anunció la reina—. Pide a tu rey tu recompensa.

Como dictaba la tradición, aquel era el momento del regalo concedido tras la batalla.

Katsuki avanzó entre los soldados hasta detenerse frente a su rey.

Lo observó con detenimiento. El traje verde bosque realzaba su figura, los bordes adornados con finos detalles dorados que capturaban la luz. La capa roja caía sobre sus hombros con una elegancia imponente. Pero lo que más le impactó fue su sonrisa cálida, el cabello rebelde brillando bajo el sol invernal y esos ojos color esmeralda, vivos, atentos… demasiado cercanos a su corazón.

Tragó saliva.

A su lado, la niña de cabellos plateados quien había traído con él, le sostenía la mano, mirándolo con expectación. Katsuki se inclinó ligeramente hacia ella, soltándola con cuidado, como una promesa silenciosa de que volvería.

Entonces dio el último paso.

Clavó la punta de su espada contra el suelo y, apoyándose en ella, descendió hasta quedar con una rodilla hincada. Inclinó la cabeza frente a su majestad, en un gesto de respeto absoluto.

El murmullo del pueblo se apagó.

Solo quedaban un rey…

y el hombre que había ganado la guerra por él

—Katsuki Bakugo —pronunció Izuku con voz clara—, has traído paz y esperanza a tu pueblo. Arkalyon te debe más de lo que las palabras pueden expresar.

Dio un paso al frente, la capa roja ondeando suavemente a su espalda.

—Estamos profundamente agradecidos —continuó—. Así que ahora, conforme a la ley y a la tradición, te concedo cualquier cosa que desees y que esté en mis manos otorgar. —Su sonrisa era genuina—. Solo tienes que pedirlo.

Observó a su general con una atención expectante, como si buscara desesperadamente una sola mirada suya. Estaba dispuesto a concederle lo que fuera. Katsuki se lo había ganado. Era justo. Era lo correcto.

Por un instante, sin embargo, los ojos de Izuku se desviaron hacia la niña de cabellos plateados que aguardaba a un costado, silenciosa, aferrándose a la expectativa del momento.

Pero ahora no era tiempo de preguntas.


—Mi rey —comenzó Katsuki con voz firme—. He servido fielmente al reino desde que tengo memoria. Y solo ha habido una cosa… una sola cosa que siempre he querido.

Izuku contuvo el aliento.

Todos lo hicieron.

Katsuki alzó la cabeza y, cuando sus miradas se encontraron, Izuku vio el fuego ardiendo en aquellos ojos que conocía desde niño.

Yo quiero tu corazón.

El mundo se detuvo.

Izuku abrió los ojos con sorpresa, y una exclamación colectiva recorrió a la multitud como una ola. A su lado, la reina Inko lo observaba con una expresión que rozaba lo divertido, como si ya supiera algo que los demás aún no.

Izuku pensó—solo un segundo.

Lo había enviado a una guerra que no quería. Había regresado con cicatrices nuevas, una marcándole el rostro —una que Izuku no podía negar que le quedaba bien—, con recuerdos que probablemente nunca lo dejarían dormir en paz. Había visto morir a sus hombres. Había cargado con todo eso… por él.

Por supuesto que eso era lo que quería.

Sin vacilar, dio un paso al frente. Su sonrisa no flaqueó ni un instante. Él había prometido conceder cualquier cosa que estuviera en sus manos. Y cumpliría su palabra.

La multitud contuvo el aliento.

Izuku tomó con cuidado la espada de Katsuki, deslizando sus dedos por la empuñadura, y con una calma absoluta llevó la punta hacia su propio pecho, dispuesto a entregarle lo que había pedido.

—¡Izuku! —Inko se sobresaltó, al igual que todos los presentes.

Katsuki reaccionó al instante. Se incorporó de un salto, arrebatándole la espada y lanzándola al suelo con un golpe seco.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —exclamó, completamente anonadado.

—Y-yo… te doy lo que me pediste, Kacchan —respondió Izuku, genuinamente confundido.

Katsuki se pasó una mano por el rostro, exasperado.

—¡No me refería a eso!

Hubo unos segundos de silencio.

Y entonces Izuku entendió.

Oh.

Inko soltó una risita suave. Los murmullos comenzaron a extenderse entre la multitud.

—¿Hablas en serio? —dijo Katsuki, incrédulo—. ¿De verdad ibas a darme tu corazón así? ¿Ibas a morir si te lo pedía?

Izuku se sonrojó hasta las orejas.

—Y-yo… eh…

—Izuku —intervino Inko con suavidad—, el general te ha pedido algo. Debes responder.

El rey cerró los ojos un instante.

Pensó en las propuestas del parlamento. En el poder militar. En las alianzas. En los herederos.

Y luego pensó en Katsuki.

¿Acaso no era él la fuerza más grande que el reino podía tener? ¿No había demostrado ya que haría cualquier cosa por Arkalyon?

—Pero… los herederos… —susurró Izuku, inseguro.

—Ya lo he pensado —respondió Katsuki.

Dio unos pasos hacia atrás y tomó de la mano a la niña de cabellos plateados.

—Ella es Eri —dijo. La niña sonrió tímidamente—. Es la hija del anterior rey. Antes de que su reino cayera, la mantenían cautiva por su magia… una magia muy especial. Ahora que ambos reinos se han unido… pensé que quizá…

Katsuki tragó saliva. Estaba nervioso. Más nervioso que en cualquier batalla. La armadura le pesaba, la respiración se le hacía difícil.

Sabía que pedía demasiado. Sabía que podía ser imposible.

Pero lo que sentía por Izuku no era lealtad de súbdito.

El lo amaba, lo deseaba como hombre.

Y esta era la única oportunidad que tenia.

Izuku tenía los ojos brillantes, al borde de las lágrimas. La tradición le exigía conceder el deseo. Su corazón… ya estaba entregado desde hacía mucho tiempo.

—Sí, general—dijo al fin—. Tienes mi corazón.

La sonrisa que le dedicó podría haber opacado las estrellas más brillantes del cielo.

Katsuki no lo pensó dos veces.

Cargó a Eri con un brazo y, con pasos largos y decididos, avanzó hasta Izuku para rodearlo en un abrazo fuerte, real, imposible de negar.

 

El parlamento, por supuesto, no estuvo de acuerdo.

Mucho menos con la idea de que Eri —heredera de un reino conquistado— pudiera algún día reclamar el trono de Arkalyon. Las discusiones se alargaron, las voces se elevaron, y las miradas cargadas de ambición no tardaron en aparecer.

Pero Izuku… ya no estaba allí.

El reino estaba a salvo.

Su padre se recuperaba con rapidez.

Y por primera vez desde que la corona había tocado su cabeza, todo parecía… bien.

Tal vez ya era momento de empezar a hacer más por sí mismo.

Esa noche llevó a Katsuki a un lugar privado, lejos de los muros del castillo y de los oídos atentos. Un salón pequeño, iluminado apenas por velas, con ventanas abiertas al jardín nocturno. Dejaron a Eri con su madre, la reina Inko, quien no hizo preguntas —solo sonrió con esa expresión calmada.

Apenas estuvieron solos, Izuku no pudo contenerse.

—¡Kacchan! —lo abrazó con fuerza, más fuerte que antes, más íntimo, como si temiera que desapareciera si lo soltaba—. No lo entiendo… ¿cómo? ¿por qué?

Las orejas de Katsuki se tiñeron de rojo al instante.

—¿De qué estás hablando ahora?

—Yo no sabía que tú… que de verdad… —Izuku levantó la mirada, inseguro—. ¿Es porque soy el rey? ¿Por el reino? ¿Quizá no lo estoy haciendo bien?

—No seas tonto, Izuku —gruñó Katsuki, aunque su voz era suave—. No es nada de eso. ¿Tan difícil es creer que realmente te quiero?

Izuku tragó saliva.

—Pensé que era imposible… por los herederos, por… —hizo un gesto vago—. Somos hombres.

—Sí. —Katsuki desvió la mirada un segundo—. Cuando me dijiste que te estaban obligando a tomar esposa… lo pensé.

—¿Entonces esto es para ayudarme? —preguntó Izuku en un hilo de voz.

Katsuki volvió a mirarlo, directo, intenso.

—Deku —dijo, usando su apodo con una seriedad que le erizó la piel—. Te lo acabo de decir, maldita sea. Me gustas. Te amo. ¿Cuánto más claro tengo que ser?

Izuku sonrió, una sonrisa dulce, temblorosa.

—Kacchan… —susurró—. Siempre has tenido mi corazón. Siempre te he amado.

—Sí, ya lo noté —bufó Katsuki—. Estabas tan loco que casi te lo arrancas de verdad.

—Te daría lo que fuera. Yo te entrego mi vida, Kacchan.

Katsuki resopló y apoyó la frente contra la suya.

—No hagas eso… —murmuró—. Mejor vive. Vive para nosotros.

Entonces lo tomó de la cintura, con una firmeza cuidadosa, como si Izuku fuera algo precioso que temiera romper. Sus labios se encontraron en un beso suave, lento, sorprendentemente gentil. Izuku se quedó quieto un instante, maravillado; nunca habría imaginado que alguien tan rudo pudiera besar así.

Luego se dejó llevar.

Un beso se convirtió en dos.

Luego en tres.

Y después dejaron de contar.

Solo estaban ellos, envueltos en la luz titilante de las velas, susurrándose promesas entre risas bajas y respiraciones compartidas. Palabras de amor, futuros inciertos, esperanzas tercas y deseos de buena fortuna que no necesitaban testigos.

Esa noche, por primera vez, el rey no se sintió solo.

Y el general supo, con absoluta certeza, que no había batalla más importante que quedarse a su lado.

 

 

 

Fin.

Notes:

Esto pudo haber sido muy largo, pero era solo una idea que queria quitarme de la cabeza. Espero les haya gustado <3 <3