Work Text:
En medio del callejón de alguna calle de Seúl, se escuchaban los quejidos de un hombre, que después de un tiempo, había perdido la cuenta de cuantos golpes había recibido.
—Mírame, mírame... —El hombre lleno de sangre que brotaba de su nariz, alzó la mirada.
Otro golpe cayó en su mejilla.
—Gi-hun... ¿Cuando vas a aprender? —El hombre robusto se puso de pie, al fondo uno de sus ayudantes le entregó un pañuelo.
—Prometo que les voy a pagar... Ya casi junto todo el dinero —Tartamudeó su respuesta, mientras intentaba incorporarse en el suelo y recargar su espalda en la pared.
—¿Ah si?, ¿Y cuánto tienes? —
El hombre se puso a la altura del rostro de Gi-hun, mientras limpiaba su puño ensangrentado con el pañuelo.
Gi-hun se quedó en silencio, apretando sus labios y mirando hacia otro lado.
De nuevo sintió el puño golpeando su nariz.
—¿Por qué eres tan mentiroso Gi-hun..? —El hombre tomó la barbilla de Gi-hun— Ya te esperé mucho... —
Gi-hun respiraba con dificultad, asustado de lo que aquel hombre pudiera hacerle.
—Voy a pagarte, lo prometo... —.
El hombre suspiró y soltó su agarre con violencia.
—Estoy cansado de tus promesas Gi-hun... Te voy a dar una semana —.
El hombre se levantó y le dió la espalda.
El corazon de Gi-hun se aceleró e intentó ponerse de pie, apoyándose en sus manos, fallando en la ejecución, caminó de rodillas hasta tomar las piernas del hombre.
—Por favor, ¡Una semana es muy poco tiempo! —
El hombre chasqueó su lengua y se giró, viendo hacia abajo a aquel patético hombre.
Inhaló tomando fuerzas y lo pateó, haciendo que cayera sobre su espalda.
—Una semana... —
Gi-hun miró a los tres hombres caminar fuera del callejón.
Su estómago se apretó por el dolor, sus mejillas adoloridas y enrojecidas se empaparon por las lágrimas.
Sintió su piel fría, para luego darse cuenta que había caído en un charco de agua.
Su expresión cambió a una de asco y se levantó rápidamente del suelo, aún con su cuerpo adolorido por los golpes.
Salió del callejón, ganando las miradas con asco de otros transeúntes, limpió sus lágrimas y bajó su gorra ocultando su rostro, se quitó la americana gris y la amarró a su cintura, ocultando parte de la mancha en sus pantalones y espalda.
Se echó a andar, mientras pensaba en como conseguiría todo ese dinero en una semana, siguió y siguió pensando hasta que llegó a su hogar.
Entró y dejó sus zapatos en la entrada, para luego desplomarse en el piso.
¿Qué otra opción tenía? Además de morir a manos de su prestamista.
Una semana no era suficiente para conseguir el dinero de su deuda, su única opción era vender alguno de sus órganos.
Pero era tan viejo y tan adicto que dudaba que alguno de ellos todavía sirviera.
Se levantó del suelo y se sentó, viendo a su alrededor, estaba cansado de ser tan patético.
Se incorporó y comenzó a desnudarse a medida que se acercaba al baño, dejando un rastro de ropa sucia en el suelo.
Mientras entraba en la ducha, reflexionó acerca de lo que le orilló a esta situación y como se arrepentía de cada una de sus acciones.
Sabía que si seguía pensando, el mismo se entregaría a su prestamista para que lo matara.
Pero no debía pensar así, menos en su situación.
Se concentró en quedar limpio, en el agua que escurría por su espalda, en el aroma del jabón, en el ruido que emitía la tubería vieja, en cualquier cosa que apagara sus pensamientos por un rato.
Salió de la ducha y entró a su habitación con una toalla en su cintura y otra en su cabello.
Revolvió la ropa de su cajón y sacó una playera vieja y un pantalón de mezclilla desgastado.
Miró su reloj y jadeó asustado.
—¡Ga-yeong!—
Gritó mientras volvía a salir de su pequeño hogar, de nuevo a correr una carrera sobre el tiempo.
Mientras en la escuela, una pequeña niña sostenía su mochila con sus puños, aferrándose a ella.
—¿Otra vez tu padre no ha llegado? —preguntó la docente detrás de la niña.
Ga-yeong suspiró y siguió viendo a todos lados de la calle, hasta que miró a su padre correr hacia ella.
Su rostro se iluminó hasta que miró sus golpes.
—Ga-yeong... Ya... —Respiró hondo mientras sostenía su pecho—. Ya estoy aquí —Terminó de decir.
Gi-hun miró a su hija, después a la mujer y detrás de ella el patio vacío de la escuela.
—Señor Seong, ¿Puedo hablar con usted un minuto? — preguntó la docente.
Gi-hun asintió y miró a su hija, haciéndole una pequeña seña de que lo esperara un momento.
La mujer caminó de regreso al portón de la escuela, con una distancia óptima para que Ga-yeong no escuchara.
—¿Qué sucede, señorita Kim? —La mujer suspiró y rascó su ceja, mientras su semblante se transformaba en preocupación.
—Esta es la quinta vez que llega después de que todos los niños se van, señor Seong... —Gi-hun asintió, sintiendo el peso de su irresponsabilidad caer en su espalda.
—Se que no es fácil, pero Ga-yeong solo lo tiene a usted... Debería pensar más en ella —La mujer apretó sus labios y se dió media vuelta después de cerrar el portón.
Gi-hun miró a la mujer entrar de nuevo al edificio, se dió media vuelta y caminó de vuelta hacia Ga-yeong.
—Dame tu mochila, cielo —.
Ga-yeong hizo caso y le entrego la mochila a Gi-hun.
—¿Volviste a pelear? —.
Gi-hun apretó la correa de la mochila cuando vió los grandes ojos de Ga-yeong mirarlo con desaprobación.
—No te preocupes por eso, Ga-yeong... —
Caminó a un lado de su hija hasta su hogar, ella era lo único bueno que tenía, pero aún así no era capaz de volver a enderezar su vida después de ser despedido de la fábrica.
Después de eso, no pudo encontrar otro empleo igual, a pesar de su experiencia, tuvo que conformarse con trabajos de medio tiempo, donde el sueldo apenas alcanzaba para la renta.
Y ahora estaba al borde del precipicio, con una deuda millonaria con un prestamista.
Una semana no sería suficiente.
Entraron al pequeño cuarto, Ga-yeong se quitó sus zapatos y caminó desanimada a la habitación que compartían.
Gi-hun dejó apoyada la mochila en el suelo, a un lado de la puerta y entró a la habitación detrás de Ga-yeong.
—¿Cielo? —
Preguntó con miedo, lo que más le dolía de todo esto, era saber que Ga-yeong resentía todas sus preocupaciones.
—¿Por qué peleaste de nuevo? —
Preguntó, dándole la espalda mientras se apoyaba en el pequeño escritorio al nivel del suelo.
—Ya te dije que no te preocupes por eso. —
Ga-yeong volteó su rostro, con sus pequeños ojos brillosos por las lágrimas.
—¿Fue por dinero? —
Gi-hun apretó el ceño al escuchar esas palabras salir de la boca de Ga-yeong, se acercó, arrastrando sus rodillas.
Estaba fallando como padre, dejar que su hija pensara en sus problemas era egoísta y negligente.
—No, cielo, ¿Cómo puedes pensar eso? te prometo que no volveré a pelear —Habló con una sonrisa, mientras alzaba el meñique y lo ponía frente a su hija.
Ga-yeong miró el gesto de su padre y trató de sonreír igual. Ga-yeong alzó su meñique y lo entrelazó con el de Gi-hun.
Gi-hun suspiró aliviado y atrajo a su hija, rodeando su cuerpo en un abrazo amoroso.
Más tarde esa noche, dejó dormida a Ga-yeong mientras el fumaba afuera frente al portón, vio a su amigo acercarse, su semblante era serio y algo incómodo.
—¿Para que querías verme, Gi-hun? —preguntó su amigo. Gi-hun se deshizo del cigarro y lo apagó con la punta de su zapato.
—Sabes que no te pediría esto si no fuera urgente... Necesito solo un poco de dinero —Jung-bae suspiró y llevó su mano a su frente.
—Ah, mi esposa tenía razón... Sabes que entre amigos no deberíamos hablar de dinero... —
Jung-bae recargó su espalda en la pared, le hizo una seña a Gi-hun pidiéndole un cigarro.
—Sabes que yo ya no puedo prestarte dinero, mi esposa sigue preguntando por ese monto que te preste. —
Habló mientras Gi-hun encendia su cigarro.
—Y prometo que te lo voy a pagar, solo necesito ayuda una última vez... —Su voz se quebró, Gi-hun juntó sus manos y se acercó a Jung-bae.
—Gi-hun, de verdad no puedo ayudarte... —Habló con lastima, sintiendo la desesperación de su amigo.
Gi-hun cerró sus ojos y jadeó, apartó su vista de Jung-bae y le dio la espalda. Apretó sus labios y miró hacia arriba mientras sus músculos se contraían.
—Oye, Gi-hun. Vamos no te pongas así —.
Gi-hun se dió la vuelta viendo a su amigo.
—No lo entiendes Jung-bae. Si no les pago... Seguro van a matarme —Gi-hun llevó sus manos a su rostro, tal vez si se hubiera esforzado más no habría caido en las garras de los prestamistas.
—Gi-hun, ven conmigo mañana a las carreras de caballos, recuerdas cuando te conté que gané un millón de wones, y eso solo porque aposté cuatrocientos mil. — Gi-hun destapó sus ojos y lo miró con duda—Imagina si hubiera apostado un millon —parloteó.
La mirada alegre de Jung-bae contrastaba con la mirada preocupada de Gi-hun.
—¿Tu crees que me sobran cuatrocientos mil wones? —preguntó serio, con algo de molestia en su voz.
—De ser así, los usaría para Ga-yeong... No para —Se detuvo, mirando de arriba a abajo a Jung-bae. —tontas carreras de caballos.
Jung-bae bajó la mirada, sintiéndose regañado, suspiró y colocó su mano en el hombro de Gi-hun.
—Piénsalo, en tu situación... Tal vez tengas un poco de suerte.
Jung-bae palmeó la espalda de Gi-hun.
Le entregó una mirada de apoyo, aunque solo pudiera ser emocional.
Gi-hun vio como Jung-bae se iba, de nuevo estaba solo bajo la luz cálida de la farola.
Cerró sus ojos y exhaló todas sus emociones. Había una pequeña voz en su interior que le decía que Jung-bae tenía razón, que ahora mismo no tenía nada más que perder.
Gi-hun caminó de regresó, cruzando el angosto pasillo hasta su hogar.
Abrió la puerta, entrando a la oscuridad de las cuatro paredes.
Se asomó por el marco de la puerta, viendo a su pequeña hija dormir con un semblante tranquilo.
Gi-hun caminó con cuidado, entrando a la habitación para tomar la manta acolchada sobre la que dormía y una almohada.
Apartó la mesa con sus pies y la extendió en el comedor, se sentó sobre ella y se deshizo de sus calcetines, los aventó con dirección a sus zapatos y se dejó caer en la manta.
Ya en ella, siguió reflexionando sobre lo que Jung-bae le dijo.
"En tu situación, tal vez tengas algo de suerte"
Gi-hun cerró los ojos y se acomodó, aún incómodo con su mente, provocando que diera mil vueltas sobre el hasta que pudiera conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, fue despertado por gritos desesperados acompañados con el sonido de la alarma en su teléfono.
—¡Papá, papá! —
Gritaba Ga-yeong mientras sacudía el cuerpo de su padre de un lado a otro, aún en pijama y con el cabello revuelto.
—¡Otra vez se nos hizo tarde, papá! —
Gi-hun se levantó rápido de la cama, causando que su cuerpo con una ligera desnutrición se mareara.
—Ah... Ve a ducharte, ahora preparo el desayuno... —
Habló intentando mantener la calma mientras bostezaba y se estiraba. Ga-yeong hizo un puchero y le entregó su celular para que viera la hora.
—No hay tiempo para el desayuno —
Gi-hun tomó el celular y miró la hora en el, en la pantalla con el brillo bajo se vio a si mismo, el reflejo de su mala paternidad.
Gi-hun mordió sus labios y dejó su teléfono en el bolsillo derecho de su pantalón, Gi-hun se agachó y tomó los hombros de su hija con determinación.
—Cielo... ¿Recuerdas cuando te dije que siempre hay que priorizar lo más importante? —
Preguntó. Ga-yeong apretó sus labios y asintió con pena.
En un parpadeo, Ga-yeong ya estaba desayunando, Gi-hun cepillaba su cabello con cuidado, dando pequeños tirones haciendo que la cabeza de Ga-yeong se alejara de vez en cuando de los palillos.
Con cuidado amarró el cabello con la liga que rodeaba su muñeca y le dió unos últimos detalles con gel.
—Ya estás lista, cielo —anunció con una sonrisa.
Ga-yeong asintió, viendo cómo su padre se sentaba frente a una superficie vacía.
—¿Tu no vas a desayunar? —preguntó.
Gi-hun relamió sus labios y negó, respondiendo que no tenía hambre, bajó la mano a su estómago, rogando que no hiciera ningún ruido.
Después de que Ga-yeong terminara de desayunar y ponerse sus zapatos, ambos salieron de su hogar, acelerando el paso hasta terminar corriendo cuando estaban frente a la primaria.
El portón estaba apunto de cerrarse, algunos niños también corrían hacia adentro. Gi-hun soltó la mano de Ga-yeong y dejó que ella siguiera corriendo.
Antes de entrar se dió la vuelta para despedirse, Gi-hun la apresuró mientras sonreía.
Otros padres lo miraban desde sus autos preguntándose como un padre así podría tener a su hija.
Gi-hun se quedó afuera, viendo cómo poco a poco el movimiento de personas se dispersaba.
Suspiró y miró su vacío alrededor, caminó con desgano hasta la agencia de transporte, dónde trabajaba de chófer.
Después de algunos viajes, y separar su parte, se dió cuenta que no era gran cosa, apenas unos treinta y tres mil novecientos wones.
Suspiró y entregó las llaves del auto al siguiente chófer de turno. Miró la hora dándose cuenta que faltaba poco más de dos horas para ir por Ga-yeong a la escuela.
Esa sensación de no tener nada que hacer y nadie con quién relacionarse le dió paso a la voz de su mente, dejando una de esas conversaciones de las que no sale ninguna idea buena.
Acarició su cuello mientras tragaba saliva, pronto su ritmo cardíaco se aceleró, sabía que era mala idea, entonces ¿Por qué sus piernas se movían solas?
Cuando se dió cuenta ya estaba frente a la casa de apuestas.
Soltó un largo suspiró con forma de quejido y se acercó dando pasos lentos.
Entró y escuchó el ruido de los hombres gritando hacia las pantallas, mientras agitaban de un lado a otro sus casillas, animando desde ahí a su caballo.
Llegó a la larga fila de personas que entregaban sus apuestas para la siguiente carrera.
Se posicionó detrás de un hombre, viendo de vez en cuando hacia los lados, buscando tal vez a Jung-bae o algún otro conocido.
"Debería darme vergüenza"
Pensó. Llegó su turno en la ventanilla, miró a la joven de uniforme y le sonrió amablemente.
—Buenos días... —
La mujer le entregó una plantilla donde llenaría las casillas de los caballos.
Gi-hun la miró revolviendo sus pensamientos.
—¡Oye apúrate! —
Gritó un hombre detrás de él.
Gi-hun volteó a ver hacia atrás con timidez, regresó su vista rápido a la plantilla y luego a la cajera.
—Disculpe... ¿Cómo se supone que debo llenarlo? —
La mujer suspiró y le sonrió.
—Solo debe rellenar el número del caballo en todas las vueltas, la más importante es la última —Explicó.
Gi-hun apretó sus labios y se concentró en las casillas donde venían los números.
Con determinación relleno cada una de las casillas.
—¿Cuánto desea apostar?—
Preguntó la joven. Gi-hun rápido buscó en sus bolsillos y miró todo el dinero que tenía, contó ocho mil wones y se los entregó a la chica.
Se dió media vuelta y esperó a que la primera carrera terminara, viendo el resultado de las apuestas perdedoras de algunos sujetos, provocando gritos, solo unos pocos de victoria.
La gente se dispersó y Gi-hun se acercó a una distancia considerable de las pantallas.
Miró a las demás personas acercarse y frotar sus manos esperando a que sonara el disparo.
El sonido del cañón disparando la bala se combinó con el sonido de las puertas de los caballos abriéndose y sus pezuñas raspando el suelo comenzando la carrera.
Todos empezaron a gritar emocionados, Gi-hun se asustó por el ruido repentino, miró las casillas que había rellenado y después buscó a su caballo, el número 67 iba corriendo detrás de todos ellos.
Gi-hun cerró sus ojos y suspiró ya rendido, ahí se fueron ocho mil wones.
Jadeó y golpeó la casilla en su muslo con rabia, hasta que...
El número 67 rebasa con facilidad al 101
Gi-hun jadeó emocionado y en su mente comenzó a repasar sus ánimos, hasta que empezó a balbucear.
¡Esto es increíble, el número 67 deja atrás al número 84!
—Vamos... Vamos... —
Animó más alto, mientras su respiración se aceleraba y sus pupilas repasaban a cada uno de los caballos.
Y el número 67 gana la primera vuelta ... Veamos cómo le va en las siguientes vueltas
Gi-hun respiró inflando sus mejillas, el número 67 habia tomado la delantera, esto era increíble, pensó.
Sus animos comenzaron a hacerse gritos y sin que se diera cuenta ya estaba gritando tanto como los hombres que le asustaron al principio.
Está es la última vuelta, ánimo número 67
—¡Tu puedes, vamos vamos..!— Gritó.
Gi-hun miró al caballo de reluciente cabello negro, la vida se puso en cámara lenta, mientras animaba y movía sus brazos con violencia.
El caballo negro galopeó rápidamente, sacando el polvo de la pista, mientras su jinete lo sostenía de la cuerda manteniendo su cuerpo erguido hacia enfrente.
Gi-hun detuvo sus gritos y miró la pantalla, perplejo, mientras respiraba agitado por la boca.
¡Y el caballo 67 gana la carrera!
Gi-hun grito alzando sus brazos, la vida volvió a verse veloz, algunos gritaban con frustración mientras Gi-hun sonreía y sentía el sabor de la victoria.
La gente volvió a dispersarse y Gi-hun caminó emocionado hasta la ventanilla viendo a la joven con una gran sonrisa.
Le entregó la hoja con las casillas y la mujer la examinó, le sonrió de vuelta y se giró haciendo los cálculos en su computadora, Gi-hun desvió su mirada hacia el aparato que arrojaba su dinero.
—Tome, señor... Su apuesta de ocho mil wones y su ganancia de doce mil wones, dando un total de veintiun mil wones. —
La mujer le entregó el dinero, Gi-hun lo tomó con cuidado, se inclinó hacia la joven y salió de la fila.
Su dinero...
Había aumentado más del doble, Gi-hun sacó su cartera y se disponía a guardar su dinero, pero un pequeño sentimiento de incomodidad lo inundó, Gi-hun miró el dinero con sus ojos grandes de color marrón, apretó sus labios y exhaló por su nariz.
La joven acomodaba su escritorio después de una ronda de entrega de premios, volvió a abrir la ventanilla y miró al hombre frente a ella.
—¿Puede darme otra plantilla?—
La mujer lo miró con una mezcla de lastima y sorpresa, sabía cómo terminaba la historia, lo había visto miles de veces
La mujer le entregó la plantilla con una pequeña sonrisa.
Gi-hun la tomó y suspiró viendo los números, debía ser mas inteligente está vez.
Escogió el número del siguiente caballo.
—¿Cuánto desea apostar?—preguntó la joven. Gi-hun no habló, solo entregó los veintiun mil wones.
La mujer parpadeó y lo miró de vuelta, no podía objetar ni cuestionar, tomó el dinero y lo guardó en la caja.
Gi-hun salió de la fila y miró la plantilla, el sudor recorría su rostro y su corazón palpitaba en su garganta.
Fijó su vista en su caballo, el número 222.
Las puertas de los caballos se abrieron de golpe dando inicio a la carrera, Gi-hun se ensordeció, ignorando el ruido alrededor de él, con su mirada fija en el caballo.
El estómago se le revolvió cuando vio que iba demasiado atrás, como si se le complicara correr más rápido.
—Por favor, por favor... —Repitió.
El número 222 tiene dificultades para seguir el ritmo de los demás. Espero que nadie haya apostado por él
Bromeó el comentarista, Gi-hun apretó sus puños y la ira le recorrió toda su espalda, pero no iba a darse por vencido, ese caballo tenía que ganar si o si.
Y la primera vuelta la gana el número 456
Gi-hun esperó aún enfocado en su caballo, esperando un milagro que lo hiciera ganar.
¿Qué es lo que estoy viendo? El número 222 está moviéndose entre ellos.
Gi-hun movió sus manos animándolo a seguir, como si pudiera guiarle.
Parece que solo estaba guardando fuerzas, el número 222 gana la segunda vuelta.
Gi-hun llevó su manos a su frente sudorosa, limpió las gotas que resbalaban por sus mejillas y aclaró su garganta, ahora más tranquilo.
—Tu puedes, vamos... Sigue, sigue —
Balbuceó jadeando.
Los gritos se hicieron más fuertes a medida que la última vuelta llegaba, el caballo seguía al frente pero a la par de otros caballos.
Apenas se podía ver por el polvo que levantaban sus pezuñas.
El número 222 está peleando por el primer lugar
Gi-hun llevó sus manos a su ojos, temeroso del resultado, rogando a lo que sea que lo estuviera escuchando.
—Por favor, por favor... —
La bocina sonó y todos los gritos cesaron por un segundo.
Y el número 222 gana la carrera
Gi-hun apartó las manos de sus ojos y gritó alzando sus manos al cielo con una gran sonrisa. Festejó con algún hombre a un lado de él que también apostó por el mismo caballo.
De nuevo, con una gran sonrisa, se dirigió a la fila frente a la ventanilla.
La cajera dentro de la cabina le miró formarse, aliviada, abrió la caja para comenzar a repartir los premios.
Cuando fue el turno de Gi-hun, este le sonrió y le entregó la plantilla con las casillas llenas.
La joven la examinó y cálculo el premio.
—Su apuesta fue de veintiun mil wones — Explicó mientras sacaba el dinero de la máquina —, la ganancia fue de treinta y un mil quinientos wones, dando un resultado de cincuenta y dos mil quinientos wones.
Gi-hun tomó el dinero con manos temblorosas, agradeció a la mujer y salió de la fila.
Desde hace tiempo que no tenía tanto dinero en sus manos. Fue un golpe de suerte, pensó. Jung-bae tenía razón, la vida le dió una dosis de tranquilidad.
Pero aún así, no era suficiente.
Ni siquiera había duplicado su sueldo del día, Gi-hun miró el dinero, ahora más confiado, en un movimiento rápido hizo el cálculo en su celular y su mirada se iluminó.
Más de ciento treinta mil wones.
Pensó, si le seguía yendo así de bien durante los próximos días, podría incluso pagar su deuda con el prestamista.
Volvió a hacer el cálculo en su celular; tenia que ganar 10 veces más.
—¿Tendré tanta suerte?—pensó en voz alta.
Regresó a la fila, con miedo, pero aún con una pequeña esperanza.
La joven detrás del vidrio lo miró, supo ver su decepción, casi la misma mirada que tenía su hija hacia él.
Estuvo apunto de arrepentirse, pero alguien detrás de él gritó:
—¡No tenemos todo el día, apuesta de una vez! —
Gi-hun tomó la plantilla y llenó cada una de las casillas.
—¿Cuánto desea apostar, señor? —
Preguntó.
Gi-hun deslizó la pila de billetes, desprendiéndose de aquella cantidad.
Salió de la fila después de seguir el protocolo, ahí estaba una tercera vez, con un peso en su espalda que lo hacia encorvarse.
¿Era la culpa? Debió detenerse en la segunda apuesta, era una locura creer que podía ganar de nuevo.
¡Y el caballo número 218 arrasa con la primera vuelta!
Gi-hun alzó la mirada a la pantalla, miró de nuevo su plantilla, asegurándose de que hubiera llenado el número correcto.
Soltó un suspiro de alivio y volvió a mirar a la pantalla.
El caballo iba más adelante que el resto, corriendo con fuerza.
Gi-hun sonrió ya sintiendo el sabor de la victoria, había escogido bien a su caballo.
El 218 ha ganado todas las vueltas, pero aún le falta atravesar la más importante
Gi-hun ya cansado de animar al caballo, con su rostro lleno de sudor y ansioso por qué el caballo cruzará la meta de una vez, animó una última vez, antes de cerrar sus ojos.
Escuchó a su izquierda como un hombre gritaba hacia el caballo, sonrió, aún tranquilo al saber que la carrera estaba ganada.
¡¿Qué es esto?! El número 456 empieza a alcanzar al 218
Gi-hun abrió sus ojos de golpe, negó varias veces con la cabeza, antes de ver cómo el otro caballo estaba a la par del 218.
—No, no... —Repitió.
Gi-hun miró a la pantalla, su pecho se contrajo y sus manos temblaron.
¡Y el 456 gana la carrera!
Gi-hun suspiró y dejó caer su cabeza, así como su espíritu.
—No puede ser... —
Se quejó, arrugó el papel en sus manos y después lo rompió en pedazos.
—Oye, tranquilo, amigo —Se burló aquel hombre a su izquierda.
—Te mire hace un rato, no apostaste mucho de todas formas —Gi-hun miró la mirada del hombre, su semblante y sus ropas.
Gi-hun se dió cuenta de que él no sabía cuánto significaba haber perdido ese dinero.
El hombre le sonrió y eso fue lo único que necesitaba Gi-hun. Alzó el brazo y le dió un golpe en la mejilla, haciendo que el hombre cayera al suelo.
Las personas a su alrededor se apartaron con miedo, Gi-hun miró al hombre en el suelo quejarse, sacudió su mano, aliviando el dolor que golpearlo había provocado.
Se apartó de la multitud, despejando su mente.
Había perdido todo, se repitió a si mismo.
Abrió su cartera y miró el resto de su dinero, el que había ganado limpiamente.
Un nuevo impulso llegó a su mente.
Se regañó por siquiera considerarlo, pero, solo había tenido mala suerte. Tal vez si lo volvía a intentar.
Gi-hun jadeó y cubrió su rostro, haciendo presión. Se odiaba.
La joven abrió la casilla, feliz al saber que está era la última carrera antes de que finalizara su turno.
Atendió a los demás apostadores, hasta que regresó el hombre que hace apenas unas horas se encontraba perdido.
—¿Apostará de nuevo? —Preguntó, sabiendo que no estaba permitido hacer preguntas que los hicieran reflexionar.
—Si... —Respondió Gi-hun.
La joven suspiró y le entregó la plantilla.
Miró como el hombre la llenaba con paciencia, probablemente rogando escoger el caballo ganador.
—¿Cuánto desea apostar?—Preguntó con voz suave.
Gi-hun le entregó el resto de su sueldo. Veinticinco mil novecientos wones.
La joven tomó el dinero, de manera lenta, como si le estuviera dando la oportunidad de retractarse.
Ingreso la apuesta en la computadora, antes de que él hombre saliera de la fila, ella alcanzó a tomar su mano.
—Suerte —.
Gi-hun miró a la joven y frunció las cejas con tristeza.
Incluso ella podía apiadarse de un pobre diablo como Gi-hun.
Caminó desanimado de regreso a la multitud.
Apenas estuvo frente a las pantallas, el disparo dió inicio a la carrera.
Estaba cansado de esto, este lugar le absorbía la energía.
Miró a su caballo, iba a una buena velocidad, aún a la par de algunos caballos. Juntó sus manos y animó en silencio, ya harto del ruido incluso de si mismo.
El número 132 arrasa con la primera vuelta
Gritó el comentarista.
Gi-hun ya no quería hacerse esperanzas, debido a su anterior experiencia, pero algo en el quería creer que ese caballo le daría otra victoria.
La última vuelta había comenzado, Gi-hun sentía el sudor correr por todo su cuerpo, sus manos temblaban y tenía dificultades para respirar, sus pupilas se movían rápido, siguiendo cada movimiento de su caballo y el de los demás.
Esto está muy reñido, ¡el 132 está rodeado!
Gi-hun se sentía cada vez más débil, está podría ser la peor de las adicciones, ¿Por qué alguien querría pasar por esto?
El caballo 132 galopeó con fuerza, aún rodeado por otros 5 caballos.
El jinete se sostuvo con fuerza y pensando que nadie lo vería, golpeó repetidamente al caballo haciendo que esté corriera más rápido.
¿Eso está permitido?
Preguntó uno de los comentaristas.
Yo conté 4 golpes, entra en lo permitido
Los comentaristas rieron.
Lo que sea que lo haga ganar
El caballo poco a poco comenzó a rebasar a los otros 5 caballos, todos gritaban ansiosos, haciendo que el ambiente se sintiera pesado.
Gi-hun jamás volvería a este lugar.
¡El 132 es el ganador!
Gi-hun suspiró lleno de alivio, oculto su rostro y por alguna razón sus ojos se llenaron de lágrimas.
El 132 acabó con esos 5...
Gi-hun caminó de regreso a la ventanilla, dónde la joven lo miró preocupada al notar sus lágrimas.
La joven recibió la plantilla y sonrió, contó el dinero en la máquina y comenzó a salir.
Gi-hun miraba todo sin emoción, sin saber cómo tomar toda esta experiencia.
—Aqui tiene, su ganancia de treinta y ocho mil ochocientos cincuenta wones, más su apuesta, son sesenta y cuatro mil setecientos cincuenta wones. —
La joven le entregó el dinero.
Gi-hun tomó el dinero, viendo que no logró ni siquiera duplicar su sueldo.
—Gracias... — Se limitó a decir.
Salió de la casa de apuestas, guardo el dinero en su cartera y miró con tristeza el cielo nublado. Bajó su vista a su reloj y vio que solo faltaban algunos minutos para la salida de Ga-yeong de la primaria.
De nuevo, Gi-hun corrió contra el tiempo, está vez esperando llegar temprano por ella.
Ga-yeong se despedía de sus compañeros, viendo cómo la mayoría eran madres, que acariciaban el cabello de sus hijos mientras les preguntaban como habia sido el día.
Se recargó en la superficie del portón viendo cómo poco a poco sus compañeros se iban. Estaba comenzando a perder la esperanza hasta que vio a su padre doblar la esquina mientras corría.
Ga-yeong sonrió, Gi-hun se acercó a ella y le sonrió de vuelta aun cansado.
—Hola, cielo... ¿Cómo te fue hoy? —preguntó con la voz ronca por correr. Ga-yeong alzó los hombros con una sonrisa.
—Me fue bien —. Ga-yeong estaba satisfecha, su padre era todo lo que ella necesitaba.
Ga-yeong se despidió de su maestra y caminaron de regreso a casa, Ga-yeong fue la primera en llegar, ya que corrió apenas estuvo cerca del portón.
Gi-hun cerró la puerta detrás de ella y se quitó sus zapatos.
—¿Ya tienes hambre, cielo?— preguntó.
Ga-yeong asintió mientras entraba a la habitación y buscaba en sus cajones.
Gi-hun encendió las luces, al ser un día nublado no entraba mucha luz por las ventanas.
Vio a su hija entrar al baño con una muda de ropa, entonces se dispuso a preparar la comida con paciencia.
Cocio el arroz y recalentó el kimchi de la cena de ayer, además puso a asar algunas verduras.
Sacó del refrigerador algunos recipientes con comida que habia sobrado de días anteriores y también los calentó.
Escuchó la puerta del baño abrirse y el pequeño suspiro de alivio de su hija.
Volteó a ver y Ga-yeong ya estaba sentada en el suelo frente a la mesa.
Gi-hun sonrió y tomó los platos de la alacena.
Después de servir la comida para Ga-yeong y él, se sentó en el suelo y ambos empezaron a comer.
Gi-hun observaba como su hija degustaba su comida, ella nunca se quejaba de lo que le daba de comer.
Tomó un gran bocado de la comida y cerró sus ojos sintiendo el sabor agrio de alguna de las cosas que recalentó.
Miró de nuevo a su hija, como comía despacio, dándose cuenta de lo mismo que él. Ambos conectaron miradas, pero Ga-yeong solo le sonrió.
Gi-hun exhaló por la nariz, tomó uno por uno los recipientes y los olfateo para saber cuál era el que estaba agrio, al detectar cual de todos era, se levantó del suelo y lo tiró a la basura, llevó el traste al fregadero, donde se quedó unos segundos ahí.
—Cielo — Habló suave. Ga-yeong alzó la mirada de su comida—, Hoy te vas a quedar con la señora Cho, me fue mal en el trabajo, entonces quisiera doblar turno —.
Ga-yeong bajó la mirada y asintió, ella quería mucho a la señora Cho, pero aún así, le gustaba más pasar el día con su padre.
—Esta bien, papá —.
Ga-yeong siguió comiendo, mientras Gi-hun se castigaba mentalmente.
Le habría gustado ser mejor padre para Ga-yeong.
Fuera de ahí, trabajaba una mujer algo mayor, con un pequeño puesto en la calle.
Gi-hun caminó de la mano con Ga-yeong, en su espalda llevaba su mochila con su tarea y algunos juguetes.
A medida que se fueron acercando la mujer los reconoció y les sonrió.
—Gi-hun —Saludó —, Hola Ga-yeong —La mujer se quitó los guantes y los guardo en su mandil.
—Hola señora Cho —Saludó Ga-yeong.
Gi-hun le sonrió y le soltó la mano a Ga-yeong, una hora antes mientras Ga-yeong alistaba sus cosas, Gi-hun le llamo a la mujer para preguntar si podía cuidar a Ga-yeong, afortunadamente ella dijo que si.
—Lamento haberle pedido esto —se disculpó Gi-hun.
La mujer negó con una sonrisa.
—No te preocupes, Gi-hun, siempre me alegra cuidar a Ga-yeong, además... aprecio la compañía — Explicó con una sonrisa triste.
Gi-hun notó como sus ojos se desviaban a la parte de atrás del puesto, dónde estaba la pequeña foto de ella y su hijo, Sang-woo.
Sang-woo había desaparecido hace un año, después de hacer un fraude en su empresa, además de dejar la casa y el puesto de su madre como garantía.
Gi-hun estaba un poco enojado con su amigo de la infancia, razón por la que ahora la señora Cho trabajaba en un pequeño puesto a la orilla de la calle lejos de sus clientes habituales.
Aún así, esperaba que Sang-woo estuviera bien, donde quiera que esté.
Gi-hun dejó a su hija y se despidió, lamentando un poco dejarla ahí, sabía que la señora Cho la cuidaría bien, incluso cenaría mejor que estando con él, pero aún así no podía evitar sentirse mal, como si la abandonara.
Cosa que se haría realidad si no lograba juntar el dinero.
Gi-hun fue de nuevo a la agencia, dónde de nuevo impartió el servicio de chófer. Está vez se esforzó el doble, haciendo viajes uno tras otro, aceptando viajes aunque fueran cortos, ignorando el rugir de su estómago y el cansancio.
Al final, cuando ya era de noche regresó a la agencia.
Gi-hun juntó todo el dinero, contó lo que sería su parte de todo el dinero que ganó.
Miró con desánimo la cantidad hasta que el sonido de los toques en la ventanilla lo despistaron de su autocompasión.
—Gi-hun, ¿Ya tienes tu parte? —preguntó cuando Gi-hun terminó de bajar la ventanilla.
—Si, si... —
Gi-hun miró el dinero que le correspondía, miró de nuevo al hombre para darse cuenta de que le dió la espalda para ir de nuevo a las oficinas.
Gi-hun tanteo su moral, así como lo habia hecho todo el día de hoy. La diferencia no era mucha, al haber trabajado tanto, pero, si actuaba extraño o sospechaba, podría darse cuenta fácilmente por el kilometraje.
Aún así, Gi-hun nunca había robado dinero, su jefe no tendría porque sospechar pero si se daba cuenta podría perder su trabajo, entonces estaría en más problemas.
El hombre en la oficina terminó de atender a uno de los choferes que le dió las ganancias para la agencia, cuando de la puerta entró Gi-hun.
—¿Por qué tardaste tanto, Gi-hun? —preguntó sonriente. Gi-hun le entregó el dinero.
El hombre mojó su dedo con saliva y contó los billetes uno por uno.
—Setenta mil wones, no está mal para todo lo que hiciste hoy, buen trabajo, ¿Quieres que te anote para el turno de la tarde de mañana? —
Preguntó. Gi-hun asintió con torpeza.m
El jefe le sonrió y le dió las buenas noches, Gi-hun salió de la oficina y caminó fuera de la agencia.
En sus bolsillos había la cantidad justa que había ganado, ni una sola moneda más.
Su madre no había criado a un ladrón.
Caminó de regreso a la calle donde estaba el puesto de la señora Cho.
Ahí miró a Ga-yeong, a la luz de las luces calidas.
A medida que se acercaba escuchaba más la risa de su pequeña hija.
Su corazón se llenó de alegría, al punto de casi hacerlo llorar.
—¡Gi-hun, ya volviste! —Exclamó la mujer con alegría.
Ga-yeong se dió la vuelta en el pequeño taburete y sonrió, se levantó y corrió a los brazos de su padre.
—¡Papá! —Gritó con emoción.
Ambos se abrazaron, Gi-hun tomó un poco de impulso y levantó a Ga-yeong en brazos.
La mujer sonrió enternecida con la escena, aún había una gran tristeza en ella, pero encargarse de ellos dos le hacia sentir mejor y con propósito.
—Toma Gi-hun — La mujer le entregó una bolsa con pescado frito.
Gi-hun bajó a Ga-yeong de brazos y tomó la bolsa, buscó en sus pantalones el dinero para pagarle pero de inmediato la mujer lo detuvo.
—No, Gi-hun, déjalo así — Gi-hun sonrió apenado.
—Muchas gracias — Se inclinó, Ga-yeong le imitó.
Gi-hun y Ga-yeong caminaron de regreso a casa, ambos bostezando. Gi-hun sintió el pequeño tirón, giró su vista y miró a su hija frotando sus ojos con cansancio.
—Espera, cielo — Habló con suavidad.
Ga-yeong se detuvo y Gi-hun dió unos pasos hacia el frente, se agachó de espaldas a su hija quedando a la altura para que ella pudiera subirse. La niña sonrió y se subió en la espalda de su padre, sosteniéndose de los hombros.
Gi-hun se levantó del suelo y continuaron caminando, solo unos minutos después escuchó los ligeros ronquidos de su pequeña hija.
No quería dejar a su hija sola, no sabía que sería de ella si el muere a manos de su prestamista.
Los días siguientes Gi-hun trabajó lo más que pudo, doblando turnos, lavando los autos de la agencia a cambio de algunas monedas extra, empeñó su teléfono, el microondas y la televisión.
Pidió prestado una última vez, a su mejor amigo y este a escondidas de su esposa le dió parte de las ganancias del mes.
Gi-hun hizo hasta lo imposible por conseguir el dinero.
Y aun así no lo consiguió.
Era el último día del plazo que le dió el prestamista Kim.
Ya era de noche, Ga-yeong dormía en la habitación, mientras Gi-hun contaba el dinero puesto en la mesa.
—Mil... Dos mil... — Gi-hun contaba desesperado, como si al contar el dinero este se duplicara.
Escuchó los toques en la puerta, puerta que solo se podía llegar por el portón, portón que estaba cerrado con llave solo para los habitantes del pequeño edificio.
Gi-hun nunca había hablado con sus vecinos.
La puerta se abrió de golpe haciendo un ruido ensordecedor.
Gi-hun se dió la vuelta asustado cubriendo su cuerpo como un reflejo, despejó su rostro y lo miró ahí, a la pesadilla que lo estuvo persiguiendo en sus pensamientos toda la semana.
Ga-yeong se levantó aún adormilada.
—¿Papá? —
Gi-hun se arrastró hasta que se levantó del suelo y entrecerró la puerta solo dejando ver su rostro.
—Esta todo bien Ga-yeong, vuelve a dormir... —Tartamudeo sus palabras.
Ga-yeong asintió aún con sus ojos cerrados y volvió a acostarse.
Gi-hun suspiró y cerró la puerta.
Se giró y miró a los matones que acompañaban al señor Kim, se recargó en la puerta y se dejó caer, resbalando hasta llegar al suelo.
—Mi hija está aquí... Por favor — Suplicó.
El hombre sonrió y miró la mesa con el dinero.
—Tómalo —Ordenó a uno de sus hombres.
Un hombre grande abrió una pequeña bolsa y metió todo el dinero en ella. El señor Kim miró a Gi-hun con lastima, alzó la mirada y vio la decoración de la puerta, hecha por la niña.
—Tráelo, Gi-hun nos va a acompañar a un lugar más privado —
Sonrió y salió por la puerta destrozada.
Gi-hun negó y trató de liberarse de aquellos hombres que lo tomaban de los brazos pero era inútil. Gimoteó viendo cómo salía de su casa dejando a su pequeña hija sola.
Volvió la mirada hacia enfrente y vio el portón abierto, con el candado roto.
—¡Esperen! —
Volvió a removerse desesperado al ver que planeaban dejar la entrada abierta.
El señor Kim volteó, ya harto de los quejidos de Gi-hun.
—¿Qué ocurre ahora?
—Mi hija está sola... No pueden dejar el portón así —Habló con dificultad por las lágrimas.
El hombre con la cadena dorada suspiró y volteo a ver uno de los matones que estaban libres.
—Tú —Apuntó.
—Quédate a reparar ese candado. —
El otro hombre se apuntó a si mismo con duda.
—Si, tú, fue tu idea romperlo en primer lugar —Regañó.
—Pero, señor... —El señor Kim lo calló.
—Ya escuchaste al hombre, su hija está sola —
El hombre le dió la espalda y los dos hombres que tomaban a Gi-hun lo siguieron.
Gi-hun volvió a mirar hacia atrás, viendo cómo aquel hombre corpulento cerraba el portón e intentaba volver a poner el candado.
Estaba más tranquilo, si moría... al menos habría hecho lo último para proteger a su hija.
Llegaron a un callejón, los hombres aventaron a Gi-hun al suelo, haciendo que esté jadeara.
—Veamos cuánto dinero lograste juntar, Gi-hun...
El hombre tronó los dedos y de inmediato le pasaron aquella bolsa con su dinero.
Sonrió viendo la poca cantidad de billetes, los ordenó y con burla los contó en voz alta.
—Uno, dos... Tres... Cuatro... —El señor Kim se reía mientras contaba.
Se agachó hasta quedar a la altura del rostro de Gi-hun.
—Un millón... Vaya Gi-hun, si que te superaste... —El hombre palmeó el rostro con el fajo de billetes.
—Lastima que... Te faltan ciento cincuenta y nueve millones... — Sonrió antes de golpearlo en la mejilla.
Se levantó y lanzo los billetes al rostro de Gi-hun.
—Esto no es nada Gi-hun
Gi-hun cerró sus ojos y jadeó tratando de controlar sus lágrimas.
—Por favor, era muy poco tiempo
El hombre volvió a agacharse y tomó el cuello de la camisa de Gi-hun.
—Aunque te hubiera dado un mes, un año, toda tu maldita y patética vida, nunca me habrías pagado. — Murmuró molesto.
El señor Kim lo soltó con rabia hacia la pared, miró a sus hombres y les dió la orden con la mirada.
—Gi-hun... Valdrás más muerto, no te preocupes por tu hija, le haré llegar una parte de lo que obtenga por ti. —
Bromeó con una sonrisa escalofriante.
Gi-hun vio con terror como los hombres se acercaban a él.
Primero sintió el golpe de la rodilla de uno de los hombres en su rostro, haciéndolo caer al suelo húmedo.
Después, una avalancha de golpes se repartieron en su torso y piernas.
Gi-hun cubrió su rostro, ahogando sus gritos de dolor.
Ahora mismo, solo un milagro podría salvarlo.
—¡Oigan!
