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El aprendiz del fantasma

Summary:

"Al principio fue un gesto de ausencia, un roce en el vacío de mi bolsillo. Ahora, cada calada es un diálogo con el fantasma que habita en mi garganta. No fumo por el vicio, sino para que su humo, por un instante, vuelva a tener forma."

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Una vez más, se en tragaba de nuevo, con devoción casi sacrílega, a aquel rito que había jurado realizar una única vez en la vida.

No era un experto —todo lo contrario—; probablemente, si él aún estuviera entre los vivos, se mofaría de la forma en que  sujetaba el cigarrillo, torpe y temblorosa, de cómo inhalaba y exhalaba el humo con pura inseguridad, o de esa máscara de falsa rudeza que pretendía vestir. Pero ya no estaba. No estaba para burlarse y, acto seguido, arrebatárselo con gesto entre burlón y tierno, fumándolo él mismo bajo el pretexto de ridiculizar su torpeza, todo para ocultar aquella preocupación muda que le carcomía las entrañas: el pánico a que dañara sus pulmones, a que aquel vicio se arraigara en su sangre para siempre.

Tonterías. Todas tonterías.

Le ofendía en lo más hondo de su ser que Gallagher hubiese creído que aquellas escasas ocasiones en que fumaba en su presencia respondían a un gusto genuino por la nicotina. Él siempre supo —o debería haberlo sabido— que su paladar anhelaba lo dulce sobre lo amargo, sobre cualquier sabor áspero, intenso y ajeno. Gallagher fue un necio al pensar que lo que anhelaba era el tabaco, y no el contacto ardiente de sus labios, el roce que prometía un beso.

Sunday cerró los ojos durante largos segundos, permitiendo que el sabor del cigarro y el leve fuego de la primera calada le recorrieran la garganta, una sensación cálida y extraña que antes le revolvía el estómago. Abrió los ojos al retener el humo en su interior, recordando con precisión enfermiza el momento en que los labios de aquel hombre se posaron sobre los suyos, compartiendo el sabor de la nicotina sin aquel ardor innecesario que ahora le escocía. Exhaló con lentitud, sintiendo de nuevo esa quemazón ligera que, a pesar de todo, no le desagradaba. Era un castigo mínimo, un dolor simbólico: fumar no solo era un recordatorio de los besos de su amado, sino también una penitencia autoimpuesta por haberlo perdido.

En los breves instantes tras exhalar, saboreó la sensación que quedaba flotando en su boca: chocolate negro puro, con un toque ligero de granos de café tostado y un matiz extrañamente dulce —quizás nueces—, rematado por una combinación de canela y pimienta negra que le dejaba un regusto picante y persistente. Algo fuerte, inconfundible, como un golpe contundente con esa suavidad oculta que caracterizaba a Gallagher.

Aún recordaba, con una nitidez que le desgarraba el alma, la vez que le robó a Gallagher uno de sus cigarros. Al principio, Gallagher se había negado con firmeza, pero tras unos días, le regaló una cajetilla completa. No era ni de lejos,el mismo sabor que Gallagher solía elegir, además, era una marca considerablemente más costosa. De nuevo, aquello fue un insulto: ¿cómo se atrevía a ofrecerle un sabor distinto al suyo, a crear una distancia en el mismo acto de dar? Aunque se resistió a probarlo, finalmente lo hizo desde los labios de Gallagher, quien le transmitió el humo directamente, boca a boca, en un beso que era más aliento que caricia. Era de una dulzura sorprendente para tratarse de nicotina, suave, apenas perceptible en la garganta, tan distinto a la intensidad abrasiva del que fumaba Gallagher. Tan delicado y reconfortante que, desde entonces, nunca volvió a tomar uno de aquella caja si no era desde los labios de él. Aun así, guardó aquellos cigarrillos como una reliquia sagrada, llevándolos siempre consigo, cerca del corazón.

Perderse en sus vívidos recuerdos le hizo olvidar la moción del tiempo, que fue restaurada por dos golpecitos en su puerta, acompañados de la suave voz de Himeko.

—¿Puedo pasar? He traído café para acompañarte mientras te cuento sobre los anónimos que quedaron en la colonipenal —comentó la mujer al otro lado, cruzando la puerta con una sonrisa ligera en los labios ante el permiso silencioso de Sunday.

Alejó el cigarro entre sus dedos para apagarlo contra el cenicero con lentitud ritual, dejándolo allí mientras recordaba, por unos breves y sombríos segundos, aquellos días en los que solía extinguir las brasas contra su propia carne sensible como costumbre de los castigos autoimpuestos ante sus pecados, donde ahora solo perviven cicatrices grisáceas y amarillas y el amargo regusto de la memoria. Soltó un suspiro leve, cargado de fantasmas, antes de sentarse junto a Himeko en el sofá, listo para escuchar más sobre los anónimos, y secretamente esperando, en lo más profundo de su pecho herido, que entre las palabras surgiera, aunque fuera de refilón, el nombre que siempre quemaba su silencio: Gallagher.

Notes:

Si yo sufro Sunday también sufrirá (˵•̀ᴗ - ˵ )