Chapter Text
Sus caderas chocaban con fuerza contra la piel sudada, la luz que la cortina rota dejaba pasar por la ventana iluminaba las expresiones de sus rostros, pero Lautaro no veía. Tenía los párpados cerrados con fuerza, y la cabeza hundida en el hueco de su hombro delgado, tratando de mantener su cabeza en blanco y que ninguna imagen indebida pasara fugaz detrás de sus ojos.
Sus dedos se enterraban en la carne con suavidad, las estocadas de su cuerpo lentas, casi frágiles. En la habitación solo se escuchaban los gemidos que salían de su boca perfecta, mientras le acariciaba la espalda, sin clavarle las uñas; se deslizaban por sus omoplatos en una caricia casi imperceptible, de vez en cuando hundiendo las yemas de sus dedos en su cabello rubio.
Aunque lo intentara, Lautaro no podía concentrarse. Miles de escenarios pasaban por su mente, principalmente la vergüenza que lo mortificaba al saber que sus dos compañeros de piso estaban solo a metros de distancia. Sabía que no se escuchaba, sabía que eran las seis de la mañana y que ambos estaban profundamente dormidos, sabía que él también tenía el derecho. Pero se sentía mal, erróneo. Con cada penetración trataba de ir más profundo, de provocar más, de sentir más placer, pero de ninguna forma parecía lograrlo.
No era raro en él, Giuliana estaba acostumbrada a que el rubio no pudiese acabar. Entrar y salir de ella dejaba un rastro de dolor por su cuerpo que le generaba malestar y frustración; se lo había explicado, ella había entendido. Usualmente lo ayudaba después, pero Lautaro se preguntaba por qué su novia no indagaba más en el tema; a veces se sentía aliviado de que la rubia no hiciera muchas preguntas, porque no sabría qué responder.
Se separó un poco para observarle la cara, y sus manos se deslizaron por sus mejillas, uniendo sus frentes. Jadeos bonitos salían de su boca brillosa con tranquilidad, y en su expresión podía ver que estaba cerca de llegar al clímax, aunque Lautaro no estuviese ni cerca; siguió embistiendo, más rápido, más profundo, sujetando a penas con un poco más de fuerza la piel bronceada bajo su cuerpo aunque cada vez la fricción fuese más dolorosa. Temía que la chica pudiera ver la leve arruga en su entrecejo cuando algo le dolía, porque aunque ella estuviera al tanto, Lautaro no quería que pensara que la pasaba mal.
No lo hacía, se decía a sí mismo, ya sin siquiera saber diferenciar las mentiras de la realidad.
Fue un error gravísimo ver sus ojos justo cuando la rubia llegaba a un orgasmo ordinario, mientras sus manos lo tomaban de los brazos, y suspiros descontrolados salían de su boca. Eran verdes, hermosos, con más tonalidades de los colores de la naturaleza en el centro. Todo ella era hermosa, si tenía que ser sincero —nunca había tenido mal gusto. El cabello rubio esparcido por la almohada, las pestañas que casi no se notaban gracias al color, la cara rojiza por el calor, los labios ligeramente finos y la nariz recta. Y esos ojos verdes en el centro, que habían sido lo primero que le llamó la atención en ella.
No se atrevió a preguntarse por qué.
Se habían conocido como la mayoría de las parejas modernas, lo cual iba en contra de los escenarios ficticios que solía imaginar de cómo conocería al amor de su vida, donde se encontraba con alguna muchacha de forma especial, incluso mágica; pero lo había aceptado por ella. Porque la amaba.
Esa noche no hacía calor como ahora, y en el boliche lleno de gente, la divisó gracias a su altura y esbelta figura. Se acuerda de haber pensado, ¿por qué no? Si ya estaba solo, incluso cuando sus amigos habían prometido que esa noche sería un mano a mano entre los tres. Si ellos estaban con chicas, tal vez él también debería encontrar un cuerpo hermoso en el que enterrarse y desaparecer. Se la llevó al departamento y la cogió por primera vez sobre sábanas limpias, sin recuerdos, y aunque no era lo más romántico, sintió que algo se movió dentro suyo al escuchar su risa cuando simplemente estaban tirados en la cama después.
No sabía bien que era, así que asumió que era amor. O algo así. Recordaba lo mucho que se había fijado en sus ojos, observándolos hasta el más mínimo detalle, memorizando el patrón de su iris como si fuera un juego de memoria. Cuando se fue, los recordaba mientras estaba en su antiguo cuarto, tratando de resaltar cada parte de su cara. Ella fue la primera en saber, la primera en preguntar por qué se iba.
No fue la primera que te dijo que te extrañaba, pensó. Se volvió a concentrar en su novia, que ahora se ponía la ropa interior, todavía sentada en la cama.
Nunca dejaron realmente de hablar, Lautaro se había acostumbrado tanto a escribir los buenos días por las mañanas, que aunque ya no compartieran el mismo horario, lo hacía de igual forma, ella nunca dejó de contestar, y él se dejó llevar.
Por un buen tiempo, fue la única persona en Argentina con la que mantuvo contacto; todo el día intercambiando mensajes, sin importar las horas. Le mostró una foto a su mamá, y ella contestó que era linda y que tenía cara de buena, que estaba contenta por él, pero algo en su expresión hizo que se formara una duda en la cabeza de Lautaro, la cual decidió que no tenía fuerzas para indagar el motivo.
Y cuando le preguntaron por qué volvía, les dijo que era por ella. Por las mejillas que ahora acariciaba rosadas, los labios finos que besaba y sus manos suaves que envolvían las suyas, que no terminaban de encajar del todo, pero no importaba. Con ella nada importaba, ni siquiera el hecho de que ahora tendría que ir al baño a bajar su erección, porque dentro de ella no podía. Ni siquiera todas las mentiras que salían de su boca tan fácilmente que se sorprendía de sí mismo.
La besó con suavidad, mientras lo abrazaba de los hombros y él la envolvía en sus brazos. Le susurró un “te amo” bajito en el oído, y él dijo “yo también”. Porque podía mentir, a otros y a él mismo, podía fingir que su corazón se acelera al verla, podía fingir que los ojos verdes que estaba buscando esa noche que se conocieron eran los de ella, aunque nunca lo serían. Podía fingir que se volvía loco bajo su tacto, que le erizaba la piel, que le dejaba la cabeza nublada, pero había cosas que simplemente su boca se negaba a emitir.
Su cuerpo se negaba a cooperar con la mentira. Porque él podría pretender, podía tratar de engañar a su cerebro, pero siempre, en algo, aunque sea mínimo, fallaba. La suave huella que tenía su colchón de una silueta que no era la femenina de su novia, el olor que juraba que todavía se sentía en su almohada, las prendas de ropa en el fondo de su ropero, incluso la ropa interior que llevaba en ese momento. Todo en su cuarto, en su cuerpo, en su corazón, tenía el eco de una persona que ya no estaba.
O eso quería pretender, poder lograr dejar de estar tan consciente de la mucha presencia que tenía en él. Estaba agotado, y sabía que tarde o temprano sucumbiría, pero mientras tanto, quería disfrutar de la bella joven que descansaba a su lado ya con la respiración calmada. Se negaba a que su orgullo flanqueara.
Se dirigió al baño con cuidado de no despertarla una vez que su respiración se profundizó, cerrando la puerta tratando de no interrumpir el silencio del cuarto. Cuando estuvo solo, el suspiro que salió fue involuntario. Se observó en el espejo, asqueado por la imagen. Cabello dorado despeinado, los pantalones de pijama colgando holgados de su cadera —porque, con ella, nunca dormía desnudo.
La cruz de oro brillando en su pecho, la cadena alrededor de su cuello como un grillete.
La tocó con la punta de los dedos. Había un tiempo que, sintiéndose valiente, se la había quitado y dejado en el fondo del cajón de su mesa de luz. En ese tiempo, llegó a pensar que las cosas habían mejorado, que no tenía que tener miedo, que lo tenía a él.
Que equivocado estaba.
Ahora, colgaba de su cuello con significados que no lograba entender del todo, opacándolo, de alguna forma haciéndolo más chiquito. No quiso mirar las ojeras prominentes debajo de sus ojos, ni su piel maltratada, y también ignoró el dolor que se esparcía una vez más por su cabeza y su estómago. Ya había intentado de todas las formas posibles dejar de sentirse enfermo, comiendo comidas únicamente naturales, dejando el mate, y tratando de no salir ni tomar alcohol. Temía que estaba tratando con todas sus fuerzas de ignorar que la enfermedad que lo carcomía no tenía nada que ver con lo físico.
Se negaba a ir al médico, porque no tenía ningún sentido buscar ayuda a un problema en su cuerpo que no existía. Su enfermedad era mental; lo consumía en alma y cuerpo, y cada vez era más difícil de afrontar. Sus amigos insistían e insistían, pero él no dejaba de negar todo, convencido que él mismo podía solucionarlo. Santiago amenazó con llamar a su mamá, pero no lo decía en serio, o al menos eso esperaba.
Se mojó el cabello con el agua caliente y dejó que le sacara la tensión de sus hombros. Su erección hacía rato había desaparecido, lo que un poco le alegraba, porque eso significaba que no tenía que hacerse cargo de eso; hacerse una paja en este momento simplemente se sentía mal. Aparte, sabía que su mente empezaría a divagar en el momento en el que una de sus manos roce la piel sensible de su pene, se desplazaba sin permiso en sus memorias más íntimas, que no tenía intenciones de recordar.
Se lavó el pelo con shampoo, porque se había cansado de tener que separar yemas de claras y de oler a vinagre. Se enjabonó el cuerpo con el mismo jabón que compraba para sus compañeros de departamento y vida, y se estremeció al oler la fragancia que ya tan conocida era para su nariz, no precisamente de olerla en su propia piel.
Estaba harto. No había forma de borrar esas huellas invisibles que parecía llevar por toda su piel, que en algún momento fueron besos, y ahora se parecían más a cicatrices. Cerró el agua de la ducha y apoyó la frente en el azulejo, tratando de no abrir los labios, porque sabía que si lo hacía, un grito desesperado capaz se le escapaba.
Hoy fue un día difícil, se dijo a sí mismo. El internet se cortaba, lo que hacía que el stream no funcionara correctamente, por lo que sus amigos y él mismo estaban con tensión de más; como si necesitaran más de la que ya tenían. Tenía permitido sentirse un poco mal hoy, porque había sido un día difícil.
Aunque últimamente, todos los días eran más difíciles que el anterior.
La realidad era que Lautaro estaba cansado. No dormía, o por lo menos no lo suficiente. Giuliana era una gran compañera, tranquila mientras dormía, no lo abrazaba, siempre dejaba que el rubio se quedase dormido en el extremo de la cama.
Entonces, Lautaro no entendía porque cada vez que se acostaba a su lado, lo único que querían sus pies era correr del otro lado del pasillo, donde sabía que había una cama que siempre lo esperaba y unos brazos que lo apretujaban tanto que no lo dejaban respirar, pero aún así siempre dormía mejor entre ellos.
Sabía internamente que sus dudas tenían nombre y apellido. Pero no quería aceptarlo, no quería dejar su fantasía de la vida perfecta. Se negaba.
Se puso ropa interior limpia y dejó el pantalón en el cesto de la ropa sucia, sin parar por la cama cuando salió, dirigiéndose a la cocina. Las gotas todavía caían de su cabello empapado, mojándole la espalda bronceada. Ignoró que la puerta de balcón estaba abierta y que la computadora seguía prendida, y trató de suavizar sus pisadas.
Sabía que era un vano, Manuel conocería sus pies descalzos sobre el suelo aunque estuviera en un estadio lleno de gente con la música al palo. No se acercó de inmediato, estuvo un rato tomando agua con el culo apoyado en la mesada hasta que él mismo escuchó al morocho caminar hacia él.
Odiaba admitirlo, pero había escuchado esos pasos tantas veces escabullirse dentro de su cuarto, que podría recitar la sinfonía de memoria. No era la primera vez que se veían a esas horas ni en esas condiciones; el morocho se posicionó a su lado, peligrosamente cerca.
No dijeron nada, ninguno de los dos. Lautaro sentía el calor del departamento colarse dentro de su piel, casi haciéndolo sudar; no sabía si era eso o la tinta que pintaba el pecho desnudo de su amigo. Respiró profundo, tratando con todas sus fuerzas no pensar en que, si quería, podía cerrar sus ojos y pasar su dedo por ellos sin equivocarse, el patrón grabado con fuego en su cerebro.
Manuel lo miraba con una intensidad que se notaba a kilómetros de distancia. Lo ignoró, como siempre hacía y dejó que sus pestañas acariciaran sus mejillas, entreabriendo los labios ligeramente, casi sintiendo las manos del morocho sobre la suya. Tan cerca y a la vez tan lejos.
Lo detestaba cuando se podía así, sabía que el rubio era feliz, que estaba tranquilo, que no necesitaba la cercanía, que no quería recordar cada vez que lo veía como se sentían sus labios contra los suyos. Manuel se encargaba de que Lautaro nunca olvidase, como si eso fuera posible.
En un movimiento rápido, tomó la botella de agua de sus manos, sus pieles tocándose en una descarga eléctrica que podría iluminar toda una ciudad. Llevó el vidrio helado a su boca, en el sitio exacto de donde los labios del rubio habían estado hacía un segundo.
Lautaro sabía lo que estaba haciendo. Era una cosa tonta que solían hacer antes de que todo se vaya a la mierda, cuando el rubio pensaba que por fin había tocado la felicidad con las manos; cuando estaban en público, y Manuel no podía estampar sus bocas juntas cada dos segundos como el necesitado que solía ser, tomaba su vaso y tomaba exactamente en el mismo lugar que Lautaro, en un beso silencioso, íntimo.
El rubio solía tener el estómago lleno de mariposas, y aunque a veces pensaba que había logrado eliminarlas a todas, en estos momentos, temía que sentía las alas revoloteando por todo su cuerpo.
Tomó el líquido con lentitud, y a su vez demasiado rápido, tanto que se deslizó por la comisura de su boca, una gota rápida bajando por su barbilla, viajando por su garganta. Lautaro tragó.
Se obligó a correr la mirada de la gota que ahora bajaba por el pecho de Manuel, tratando de no imaginárselo a la perfección en su cabeza, tratando de acordarse de los ojos de la rubia perfecta que dormía en su cama. Escuchó como apoyó la botella sobre la mesada, acercándose apenas un poco, sus dedos meñiques casi rozándose. El rubio no lo miraba, se sentía que estaba cometiendo un pecado, haciendo un pacto con el diablo que vivía dentro de él.
Lo odiaba, lo odiaba tanto, porque cada vez que se acercaba a él, se acordaba que esos ojos que se sabía de memoria eran los de Manuel, y no los de su novia. Y el tacto que deseaba no era el de ella, sino los dedos largos del morocho sobre su piel, sus labios carnosos sobre los suyos, sus manos que juntas encajaban tan perfectamente que parecía un chiste de mal gusto.
Ninguno de los dos se movió por un rato, Lautaro se cruzó de brazos, pensando que tal vez así la cruz que colgaba de su cuello podía evitar que cometiera un crimen imperdonable, pero no se movió. No se alejó. Sus hombros casi rozándose.
—¿No podías dormir?
Tardó un segundo en contestar, pensando en que si mentía, su rostro lo delataría.
—No.
La risa que salió bajita de sus labios le dió ganas de romperle la cara de una piña. Lo empujó con el hombro, haciéndolo reír más. No pudo evitar sonreír un poco, hace cuanto no escuchaba ese sonido que tanto amaba en la soledad de su compañía.
—¿Qué pasa?¿Ronca?—dijo, todavía riendo, tapándose la boca. El ambiente menos tenso gracias a sus risas resonando juntas, justo como debían.
—Manuel.
—Perdón, gordo.
Todavía sonreía suavemente, y fue un error verlo a los ojos, porque en la noche tranquila en la que estaban, brillaban tanto que parecían repletos de estrellas.
—No ronca. Aparte, no sé de qué te reís, escucho tus ronquidos desde el otro lado del departamento.
Manuel volvió a reír suavemente, apoyando su frente en el hombro del rubio; un acto tan cotidiano entre ellos que Lautaro fingió que no le tomó por sorpresa el calor de su aliento sobre su piel.
—Sí, pero los míos te gustan.
—¿Ah, sí? No estés tan seguro.
Manuel sabía que Lautaro mentía y Lautaro también. No le molestaba en lo más mínimo, se había acostumbrado tanto a escuchar los suaves sonidos que producía su boca cuando dormía en su oreja que a este punto ya le funcionaban como una canción de cuna. Lo miró y le sonrió, esa sonrisa que hacía que las pibas se bajen las bombachas y que todos quedaran encantados con él, la malicia en sus ojos como un juego. Era el diablo encapuchado de su mejor amigo, tratando de que caiga y cometa el pecado. Lautaro no podía caer en ese juego.
—Conmigo dormís mejor.
No pudo acotar nada más, porque estaría mintiendo, y él no mentía, o eso solía decir. Era estúpido mentirle a Manuel, la única persona que lo conocía tan profundo, que temía que supiera más cosas sobre él que el mismo. Se sobresaltó cuando el morocho le acarició el labio con el pulgar, apretándolo un poco, tan cerca que casi estaba entre sus piernas.
Tan acostumbrado al contacto que sin pensarlo se lamió los labios, mojando el pulgar de su amigo con saliva, conectando sus ojos. No estaba pensando, su cerebro se había apagado y lo único que sentía era una de las manos de su amigo envolviéndolo de la cintura, sus pechos casi pegados. Se le escapó un suspiro.
Manuel se acercó a su oído sin soltarlo, bajando su mano a su garganta, apretándola con la cruz entre sus dedos.
—También te cojo mejor.
Dejó un suave beso sobre su mandíbula, un toque de labios tan breve y delicado que le erizó todos los pelos del cuerpo; cerró los ojos, viajando a miles de recuerdos donde habían estado en esa misma situación, incluso en ese mismo lugar. Le apretó el cuello un poco más, haciendo que suelte un jadeo tan bajito que nadie lo escucharía pero él. Manuel sabía a la perfección que todos los gemidos que salían de la boca de Lautaro tenían su nombre en letra grande estampados.
El rubio sentía como su pulgar acariciaba con cizaña su garganta, despegándose de su oreja para acercarse a su boca. Podía sentir el aire que respiraba sobre su mejilla, sus labios tocando su piel acalorada, tan lento que hasta se imaginaba volteando la cara para unir sus bocas más rápido, desesperado por un tacto que extrañaba tanto que hacía sus extremidades temblar. No sabía como había hecho para terminar otra vez así, pero si tenía claro que no quería que terminase nunca.
Los ojos de Manuel estaban tan profundos podía perderse en ellos y no volver a la superficie nunca más, las puntas de sus narices rozándose y sus bocas casi en esa conexión que ya sabía de memoria que tenían. Encajando de formas que no lo hacía con nadie.
Si empezaba a recordar bien cómo sucedía la secuencia, era una película que había visto miles de veces y nunca se cansaba. El morocho tomaría su cabello entre sus dedos, jalando con fuerza, robándole gemidos mientras dejaba marcas por todo su cuello, mordiendo su piel, chupando hasta que su territorio estuviese marcado. Lautaro lo tomaría de los hombros y le arañaría la espalda, metiendo sus dedos en sus pantalones, Manuel se reiría y le diría “hijo de puta, tenés las manos heladas” pero siguiría besándolo, agarrándole el culo con tanta fuerza, palmeando y sujetando a su gusto, porque, después de todo, en ese momento, y capaz ahora también, Lautaro era suyo, y Manuel era de Lautaro.
Pero eso había pasado hace mucho y ahora, las cosas no eran tan sencillas como un beso en la cocina. El morocho dejó un beso en la comisura de su boca, y se alejó, para el bien de ambos. Lautaro todavía tenía los ojos cerrados, tratando de recordar que tenía, probablemente, —porque no podría encontrar a ninguna otra persona adecuada— a la madre de sus hijos en el cuarto, todavía casi desnuda, dormitando entre sus sábanas.
Sintió como el mayor se iba de la cocina, no sin antes dejar un beso en su mejilla y desearle las buenas noches, porque ante todo, Manuel Merlo era su primer fan y su concientizador nato, y no había novias que pudieran cambiar eso.
El rubio se quedó un rato más, siguió tomando agua y después, para no darle el gusto al diablo de cometer el acto que él mismo se había prohibido de ir a su habitación, se dirigió a su propio cuarto y volvió a cogerse a su novia, acabando todavía en su interior ahora que sabía que su amigo estaba escuchando sus gemidos a través de la pared, sabiendo que eran solo por él.
