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Antes de la caída

Summary:

El peso del silencio reina en las calles: el peso de la destrucción, el peso de la pérdida.

Cuando el mundo es invadido por un virus que se alimenta de la vida, nada vuelve a ser lo mismo. Pero el virus es el menor de los problemas, porque algo muerto puede arrebatarte la vida… y algo vivo puede hacer que desees estar muerto.

Mingi se enfrenta al peso de la pérdida y a una tristeza profunda en un mundo postapocalíptico.

Notes:

Holaa. Soy tan mala con los resúmenes, perdón, ya no me queda más cerebro.

Esta historia nace cuando me estaba calentando la cabeza estudiando para mi examen de Álgebra. Tenía que estar concentrada en las funciones, pero mi cerebro —para nada concentrado en lo que tenía que hacer— me decía: “¿Y si escribimos una historia sobre el apocalipsis?”, mientras yo lo miraba con el ojo tiritando de tanto número.
Anoté la idea y, el día que salí de vacaciones, dije: “¿Tan desesperada estoy por fanfics de Jeong Yunho y Song Mingi?” mientras actualizaba AO3 y no había nada nuevo. Fue un rotundo SÍ.

Así que de esa forma nació esta historia: de la pura desesperación y una joven cansada.

Es mi primer fic largo, así que sean amables conmigo. Hice lo mejor que pude para que sea algo agradable de leer.
Si notan algún error, háganmelo saber.

Espero que disfruten esta montaña rusa de emociones y asegúrense de leer las etiquetas, las iré actualizando.

 

tiempo de actualización: incierto, pero seguro(?

Chapter Text

Después de la caída, el mundo se silenció. Ya no había ruido en las calles, el sonido de los autos, el sonido de la música, el sonido de las voces, el sonido de la vida. El mundo estaba bajo un profundo y doloroso silencio.

Cuando se tuvo conocimiento sobre el virus, todos pensábamos que se podría superar como ya se habían superado otros. Existen protocolos, se tiene registro sobre lo que puede pasar. Ya se había cometido una vez este error; se tiene la experiencia de otras grandes pandemias, lo cual nos permite estar preparados. Hay cierta seguridad y control sobre el futuro que se obtiene conociendo el pasado, pero aun así no fue suficiente.

Este virus era diferente. No tenía control alguno. Había algo errático y salvaje en su actuar. Nunca se reconoció el patrón de contagio, hasta que fue demasiado tarde para poder prevenir su propagación.

El virus ya se había esparcido y no había vuelta atrás.

El virus reactivo, o virus R, llamado así de manera corta, surge a partir de cómo el Estado nombró a los sujetos contagiados: “unidades biológicas reactivas” (UBR). Cuando entra a tu sistema, tienes doce horas antes del cambio. Los síntomas empiezan como un resfriado: fiebre, tos, debilidad en el cuerpo, desorientación, hasta la pérdida de la conciencia.

El virus R ataca e invade el sistema de manera indiscriminada. Te consume por dentro, atacando tus órganos vitales, y te mata en vida. La única forma de contagio que se sabe con seguridad es mediante una herida directa: un corte, una mordida o el contacto con sangre contagiada. Aunque esta no es la única forma de contagio, ya que hay casos donde hubo contacto cero y aun así fueron contagiados. No se sabe si también es por medio del aire, por lo que su seguimiento fue un total fracaso y la certeza de contagio es incierta.

Lo más difícil es saber que pronto te convertirás en un ser preso de un virus que controla tu cuerpo muerto. Te sigues moviendo, pero solo por una cosa: comer. No importa el qué, ni el cuándo, ni el cómo. Es el ansia de devorar lo que haya delante tuyo, que le palpite el corazón. Alimentarte de la vida de otros es lo que te hace seguir caminando. La vida de otro te permite seguir vagando, siendo esclavo del hambre.

Aunque fue el virus lo que lo comenzó todo, fue el miedo, el pánico y la desesperación lo que nos llevó a la verdadera condena: la verdadera naturaleza del virus.

En el momento en que la humanidad se dio cuenta de que el mundo ya nunca iba a ser como lo conocía, se le llamó la caída. Tal como Dios condenó a Lucifer a caer del cielo al infierno, la Tierra poco a poco se convirtió en el infierno de Lucifer. El virus fue el primer paso antes de arrojar del cielo a la humanidad, y a los infectados se les llamó popularmente: los Caídos.

 

 

Presente 2030

 

Llevamos días caminando, pasando de una casa a un supermercado, y seguimos caminando. Hacemos lo mismo siempre: hay que apegarse al sistema. Nos mantiene seguros, dice Hongjoong. Nos mantiene cuerdos.

En cuanto llegamos a un lugar, lo mejor siempre es no encontrarnos con nada, ni vivo ni muerto. Cuando las casas están vacías y con provisiones, es un buen día. Tapamos ventanas y bloqueamos puertas.

Hay días buenos, hay días malos. Los días buenos nos mantienen tranquilos, nos mantienen seguros, nos apegamos al plan. Los días malos siempre están a punto de romper el delicado equilibrio del grupo.

Pero Hongjoong nos recuerda que hay que seguir el plan.

La rutina, lo conocido, nos mantiene a salvo, incluso cuando el cerebro nos juega una mala pasada.

Y seguimos caminando.

Hemos caminado por dos años, desde que los perdimos.

Dos años en los que lo único que nos motiva es encontrarlos. Aun cuando la búsqueda sea en vano, los días malos nos recuerdan que puede que estemos en búsqueda de un fantasma, de un recuerdo o incluso de un sueño. Porque los días malos nos hacen pensar que siempre hemos sido tres, y que los demás son producto de nuestra mente en estado de alerta constante: para mantenernos con vida, para mantenernos con un propósito, aunque eso también puede ser algo que hayamos inventado.

Hongjoong tiene un mapa. Un mapa que cambia de dirección como cambia el viento, que nos lleva de pueblo en pueblo en búsqueda de la más mínima pista de los fantasmas.

Cuando nos encontramos con un Caído, nos trae de vuelta a la realidad del mundo. Porque a veces el silencio es tan grande que olvidamos que estamos vivos y que esto no es un sueño. Al matar a un infectado ya no dudamos como antes; se volvió algo automático. Aunque a veces veo a San con los ojos tristes al matar. En sus ojos está la duda y la culpa: Este es el ser querido de alguien, pudo haber sido un amigo, tuvo una vida. Lo siento, no quiero hacer esto, antes de perforar su cerebro.

Todos tienen su rol al momento de enfrentarse a un infectado, y también cuando hay que vigilar, buscar comida o cosas que nos sirvan en el viaje.

Preocuparnos de no dejar ningún rastro y, al mismo tiempo, hacer el menor ruido posible. Tal como fantasmas.

A veces pienso: si los fantasmas que perseguimos no dejan huellas y nosotros tampoco dejamos huellas, entonces ¿y si alguien nos busca a nosotros? ¿Qué pistas van a seguir?

Ya era de noche y nos refugiamos en una casa. Considero que es el lugar menos óptimo, pero el más cómodo para descansar. Con los chicos bajamos un poco la guardia, solo por lo acogedor que se vuelve.

Estamos acomodados en el segundo piso de la casa, en una de las habitaciones. Pasaremos la noche.

—Seguiremos caminando hasta la otra ciudad. El problema es que no hay pueblos de aquí en varios kilómetros —dijo Hongjoong.

—¿Cuántos kilómetros? —le pregunto, mirando su mapa.

Se queda en silencio unos segundos antes de responderme:

—Varios.

Me mira fijamente con esos profundos ojos de cansancio. Se dio cuenta de algo que ni yo mismo quiero aceptar. Tal vez me hubiera quedado callado. Intento no cagarla más.

—Entonces necesitamos un auto —mencionó.

—Pero perdemos seguridad —interrumpe San—. Hacen demasiado ruido y, si es muy grande, seremos muy visibles.

—Sí, pero es eso o que suframos un colapso en el camino. Si sufrimos una emboscada, al menos podremos huir rápido —dice Hongjoong.

A la mañana siguiente nos comenzamos a preparar para el viaje. San, preocupado por la comida; Hongjoong, por las armas, que estén cargadas. Además de su mapa, que me da la sensación de que solo es una forma de mostrar que seguimos un camino fijo, aunque nuestro mapa se basa en otra cosa. Me reservo mis comentarios y me concentro en buscar el auto.

Me alejo de la casa en busca de alguno que funcione. Llevan tanto tiempo abandonados que los mecanismos ya no se activan, así que me tomo mi tiempo buscando el que sirve. La gasolina es otra cosa: con una bomba voy sacando gasolina de otros autos hasta llenarlo y poder tener otro bidón de emergencia.

Hay una ligera molestia que se ha ido acumulando en mi cuerpo al pasar de los días. No sé de dónde viene, pero es como una picazón que, por más que me rasque, no encuentro el lugar. A veces pienso que algo me está picando desde adentro, pero no sé si eso es siquiera posible. Hasta hace unos años pensé que los muertos no eran más que eso: algo muerto. Pero las cosas cambian.

Intento no concentrarme en ese malestar y seguir el plan. Lo que funciona: San con la comida y Hongjoong con su mapa.

Cuando todos estuvimos listos, partimos lo más pronto posible. El sol ya se estaba escondiendo.

Ya en el auto, San va de copiloto, Hongjoong maneja y yo voy atrás. Cuando el auto parte, nos ponemos tensos por el ruido del motor. Como el silencio reina en este mundo, cualquier ruido es una alerta para el cuerpo. Estamos listos para el próximo destino, donde quiero, Dios, que sea eso.

San se pone a apretar botones del auto hasta que se enciende la radio.

—¿Min elegiste este auto por la radio?

—No. Lo elegí por el tamaño de Hongjoong, un clásico Chevrolet Spark —digo con orgullo.

—Claro, solo por eso. No será por otra cosa —dice Hongjoong, mirándome por el espejo retrovisor con una sonrisa.

—¿De qué te ríes? Mira, hasta puedo estirar las piernas.

No es cierto. No puedo estirar las piernas. Será un viaje largo. Lo bueno es que nos turnamos.

San detiene la radio en una canción que detiene cualquier tipo de conversación. La Foule, de Edith Piaf. Cómo una simple canción contiene tantos recuerdos. Recuerdos de un pasado donde el mundo tenía ruido y el ruido no era un peligro.

—La voy a cambiar —dice San, con tristeza en su voz.

—No, San. Déjala —dice Hongjoong, de forma seria.

San mira a Hongjoong. Hay rastros de tristeza, pero también de una ira contenida. Me quedo callado, intentando acomodarme lo mejor que puedo en el asiento. Pero la incomodidad no solo viene de lo pequeño que es el auto. La picazón parece querer molestar con más fuerza.

Dejó que la canción me lleve a ese momento en el que vivíamos libres, donde no había que callar la tristeza, porque esta podía ser muy ruidosa.

A ese momento en que Edith Piaf pierde a su amor, donde aún no te perdía entre la gente, donde aún no te arrebataban de mis brazos.

 

 

 

Antes de la caída 2025

 

El calor de la ciudad era sofocante. Sentía la camisa pegada a mi espalda por el sudor. El ventilador de pie en una esquina parecía hacernos burla con lo poco que refrescaba la estancia y con lo poco que aclaraba nuestras mentes.

De todas formas, tener a cinco hombres adultos en un departamento que solo era para dos no ayudaba mucho a que el aire cambiará. Súmale cinco hombres estresados, cada uno por una razón diferente.

Además, la espléndida Edith Piaf cantando cómo perdió a su amor en la multitud desde el parlante de la cocina, porque según Wooyoung así aprende francés más rápido y se siente más inspirado para cocinar.

Fue idea de Seonghwa que usáramos su departamento para poder estudiar o dormir, ya que este lugar era el más cercano al campus, y estamos muy agradecidos por su consideración. Solo que sobreestimamos el tamaño del lugar.

Seonghwa ya había terminado sus estudios y ahora mismo se encontraba trabajando en el café del primer piso del edificio, aún esperando que le aceptaran su solicitud de práctica como modelo.

No le gustaba que su casa quedara sola; además, así cuidamos a su gato, “Mandarina”. Ya pueden suponer de qué color es el gato y por qué hay que cuidarlo. Algo que Seonghwa no mencionó de su gato y que aprendimos a la mala es que no solo es naranjo y un poco obeso, sino que además es suicida.

El único menos contento con todo esto era Hongjoong, que llegaba del estudio con ganas de silencio absoluto y de caer en brazos de su pareja, para en vez de eso encontrarse a Mandarina intentando tirarse por la ventana por décima vez en el día y a tres hombres adultos haciendo su mejor esfuerzo por rescatarlo, mientras el cuarto estaba demasiado ocupado riéndose en la cocina.

—Uno espera llegar a su casa, a su templo de paz, silencio y desconexión, pero me encuentro con ustedes intentando salvar al gato suicida —expresa Hongjoong, sentándose en la barra de la cocina y dejando sus pertenencias en el suelo.

—Pero al menos tengo comida casera.

—Gracias, Wooyoung. Nunca dudé de ti.

Wooyoung le regala una de sus sonrisas coquetas, contento con su trabajo.

—Para que sepas, si este gato muere es el equivalente a tu muerto, Hongjoong —dice Jongho, uniéndose a la conversación mientras toma al gato en brazos para alejarlo de la ventana.

—¿Le estás diciendo naranja y obeso a Hongjoong? —dice Yeosang, cerrando la ventana para que el gato no vuelva a salir.

Nos reímos de la elocuencia de Yeosang.

—Hongjoong, ¿viste lo que dijo Jongho? Y se supone que es tu niño favorito —agregó, uniéndome a la conversación.

—¿Cómo que Jongho es el favorito? Claramente yo soy el favorito —dice Wooyoung, secándose las manos con un paño—. Le cocino cuando llega y ustedes no pueden contra un gato naranja que no está tan obeso, así que no tienes de qué preocuparte, Hongjoong.

Todos nos reímos. Aunque Wooyoung es el salvador de muchos en el grupo: sin él, comeríamos fideos todos los días.

Hasta que la televisión, olvidada bajo el cómodo ambiente creado, nos llama la atención.

Hablan acerca de un nuevo virus que se está esparciendo. No se sabe el origen aún, pero se estipula que podría venir de un animal de los barrios bajos de la ciudad.

Un reportero aparece dando más detalles.

—Noticia acerca del virus. Los especialistas hablan de un virus de origen desconocido. Síntomas similares a un resfriado. No hay que alarmarse —dice—. Le preguntamos a las personas qué opinan de esto.

Entrevistado A:
—Bueno, yo creo que vamos a estar bien. Si esto ya pasó antes, habrá que volver a encerrarse.

Entrevistado B :
—¿Otra vez? Yo creo que esto lo hacen para asustar a la gente, para darle más color a la tele.

Entrevistado C:
—Tal vez sería buena otra pandemia. Hace falta eliminar a un par de sujetos que no aportan. Además, si como dice usted vienen de los barrios bajos… esto nunca pasaría en mi barrio.

Todos nos quedamos en silencio para escuchar la noticia. Por supuesto que iban a culpar a los barrios bajos.

El silencio fue interrumpido por la voz de Yeosang.

—Wooyoung, ¿no fue San el que nos dijo que su mamá se enteró de que la prima de su vecina es de esa zona?

—Sí. Aunque no recuerdo todo lo que dijo con detalle —responde, acercándose a Mandarina para acariciarlo—. Solo que un día un vecino apareció muerto y las autoridades lo fueron a buscar. No fue un gran revuelo, pero sí que el ambiente estaba más extraño, como que nadie hacía ruido.

Mi celular comienza a vibrar en el sofá. Algo que nos asusta después de tan espeluznante relato, y tenerlo tan cerca lo hace más real.

—Dios mío, no pueden dejarte tranquilo cinco minutos. Si pudiera llevarte de llavero al trabajo, lo haría —dice Jongho, tomando su laptop y sentándose en el sofá.

Ignoro sus palabras para ir a contestar al mini balcón, que en realidad es la escalera de emergencia, pero para Seonghwa insiste en que es su balcón.

—¿Yunho? —digo mientras me apoyó al costado de la ventana, mirando a la calle.

—Hola, princesa. ¿Cómo estás? —siento en su voz el cansancio que cargan las horas de trabajo.

—Bien. ¿Cómo estás tú? ¿Hoy también saldrás tarde?

—Creo que sí. Esto del virus tiene vueltos locos a los directores del hospital, y el solo hecho de mencionar la palabra virus pone a todos en alerta. Pero no hablemos de esto. Quiero escucharte a ti, quiero algo bueno en mi día. ¿Estás donde Seonghwa?

—Sí, estoy acá con los demás. Y tranquilo, Yunho, todo estará bien… aunque sí te extraño.

—Yo también, princesa. No sabes cuánto quiero salir de aquí para verte.

Dudo antes de decirle lo que quiero, mirando las flores del balcón, tan tranquilas, mientras reciben los últimos rayos de sol.

—Pero, Yunho… sabes que… bueno, tú sabes… yo podría visitarte.

—No, Min, mi amor. Sabes que no me lo perdonaría si te pasa algo. No quiero poner tu vida en riesgo.

—¿Riesgo? Sabes que yo puedo ir para allá —digo, intentando sonar lo más firme posible.

—No es eso, princesa. No es que no crea que no sepas cuidarte. Aunque sí me gustaría tenerte protegida en mi casa… pero las cosas no andan bien.

Notó el ligero cambio de voz: de uno amoroso y protector, a uno cargado de duda.

—¿A qué te refieres?

—No… no andes solo, Min. Hablo en serio. Quédate con los chicos todo lo que puedas. Si debes quedarte más tiempo con Seonghwa, hazlo. Te daré todo lo que necesites para estar ahí, pero las cosas no andan bien.

—¿Te refieres al virus?

El sol ya dejó de llegar a las plantas.

—Sí y no sé… El virus es una cosa, pero el ambiente es extraño. Está más…

—Silencioso.

—Sí. Eso. Algo está pasando. Puede que sea por el virus, aunque a este hospital aún no le ha llegado nada. Así que no podría decirte algo con seguridad.

La voz de Yunho se siente pesada después de oír eso, aunque espero que al hablarlo despeje su mente.

—Está bien. Voy a estar bien, Yunho. Tú también cuídate. Vuelve pronto a casa.

—No me digas eso, que me haces cometer locuras. Te amo, princesa.

—Yo también te amo, Yunho. Nos vemos.

—Nos vemos, princesa. Espera por mí.

Es lo último que escuchó antes de cortar.

Me quedo un rato pensando en lo que dijo Yunho y en el “silencio” que se ha repetido. Miro la calle debajo de mí; puedo sentir el calor, la humedad y el café de Seonghwa. Aún veo personas paseando y autos circulando.

Miro al cielo. Veo nubes negras venir desde el sur, cargadas de agua. Seguro lloverá, tal vez tormenta. Espero que ayude con el calor.

Dentro del departamento veo que todos ya están comiendo.

—Vamos, Min. Se va a enfriar —me dice Wooyoung, mientras me acerco a la mesa.

—¿Cómo está Yunho? ¿Va a volver? —pregunta Hongjoong, sacando su laptop y sus audífonos. Este hombre no deja de trabajar nunca.

—No, aún no —respondo con pocas ganas—. Hay mucho ajetreo en el hospital por el tema del virus. Creo que se están preparando.

—Ya. Sabes que no tengo problemas con que te quedes aquí, Min, y no creo que Seonghwa tampoco. Así le cuidas al gato suicida —dice Hongjoong, mirando fijamente a Mandarina, que está acostado en el sofá con la panza hacia arriba.

—Gracias, Hongjoong —digo, concentrándome en la comida. Wooyoung realmente es una bendición para el grupo.

Aunque no me gusta ser una carga para Hongjoong y Seonghwa, con el tiempo que corre ahora no quiero volver a mi casa. Y, como dice Yunho, no debería andar solo. Aunque nunca le hago caso, esta vez no sonó como otras veces, donde solo quiere mantenerme protegido porque sí. Hay algo más, algo más profundo gestándose.

Miro por la ventana. Ya no hay sol iluminando la ciudad. Un viento ligero sacude las plantas, y yo no quiero ir al centro de una tormenta.

 

 

 

Presente 2030

 

Siento el calor del sol pegándome directamente en la cara. Estoy sudado y me duele la espalda. No sé qué hora es, si el sol es el de la mañana o el de la tarde, pero no quiero hacer ningún movimiento que indique que estoy despierto. Tal vez, si me quedo así, puedo volver a dormir. Moverse significa que acepto la realidad en la que desperté.

Muy suave levanto mi mano derecha para contarme los dedos y no veo un dedo faltante o uno de sobra. Veo exactamente cinco dedos.

En algún momento del viaje, Hongjong cambió con San para conducir el auto, pero esta vez la radio ya no emite ningún sonido. Lo único que siento es la vibración del motor y el calor dentro del auto.

Paso mi mano por el asiento delantero, tocando la tela con cuidado. Hago círculos con mis dedos.
¿Cuándo se acabará el día? ¿Cuándo dejará de salir el sol?

—Min, ¿estás despierto? —me dice San, que puede que me haya escuchado moverme.

—Tengo calor —le digo, sentándome recto en el asiento.

—Es horrible. Ya va a bajar el sol, pero aún hace calor. ¿Cómo dormiste? Te intentamos despertar con Hong, pero no reaccionabas.

Me fijo en su mirada en el espejo retrovisor. San tiene los ojos más lindos que he visto, pero su lindura se ve opacada por un ceño fruncido involuntario por el estrés.

—¿Y no intentaron despertarme más?

—Hong dijo que te dejara dormir —me dice, como si todo lo que dice Hongjoong se tuviera que hacer sin cuestionar.

La picazón vuelve. Me duele la espalda y tengo calor.

Me tiro hacia atrás en el asiento, abro la ventana para que entre más aire y me refresque. Pero todo está mal en este mundo; ni siquiera el aire se salva de ser invadido por la maldad. El calor se filtra en la brisa y me pega en la cara. Todavía no empieza mi día y ya quiero que termine. Ni siquiera una siesta lo hace más corto. En algún momento tengo que despertar, pero no quiero.

Cada vez más irritado, muevo mi pierna de arriba abajo con rapidez.

—Parece que alguien se levantó con el pie izquierdo —dice Hongjoong mientras bosteza. Él también acaba de despertar de una siesta—. ¿Todo bien?

—Sí, excelente.

Mover la pierna no es suficiente. Me acomodo en el asiento, pero no logro encontrar una posición. Me rasco las piernas, me rasco los brazos, doy golpecitos en el asiento con las manos.

—San, ¿puedes parar? Voy a manejar —digo con la mejor voz que puedo. No quiero gritarle a San.

—Pero aún me queda una hora. Puedes comer algo mientras —me dice con un tinte de voz algo nervioso. No me gusta hacia dónde va esto. Le dirige una mirada a Hongjoong.

—Ya. Manejo una hora más.

San mira de nuevo a Hongjoong. Hongjoong me mira a mí por el espejo retrovisor. Si tiene que decirme algo, tiene boca para hablar. Yo solo quiero manejar.

—Está bien, San. Descansa. Min tiene mucha energía después de dormir —dice Hongjoong, rompiendo la tensión del ambiente.

San detiene el auto despacio para hacer el cambio rápido. Cuando tengo las manos finalmente en el volante, siento que tengo el control de algo. Mi mente no se concentra tanto en la picazón que tengo. Se me relajan los hombros y la mandíbula. El calor ya no se vuelve el protagonista. Cuando se conduce un auto, muchas cosas quedan en segundo plano. Creo incluso que el aire ahora se siente más fresco.

Enciendo la radio, pero solo se escucha estática. Cambio la transmisión, pero en todas las señales se escucha mal. La voz sale cortada, no se entiende lo que dice. Hay una donde creo que suena una canción, pero no logro distinguir cuál.

—Esa zona es boscosa. La señal es mala —me dice Hongjoong, mientras saca su mapa de la chaqueta.

Lleva usando el mapa tanto tiempo que ya está desgastado en los dobleces. Lo tiene pegado con cinta adhesiva y, en ciertas partes, no hay camino porque faltan pedazos del mapa.

No le respondo nada por la señal. Solo apago la radio. Fue una estupidez encenderla en primer lugar. Ahora en mi cabeza se quedaron las voces cortadas.

 

Tres días despues 

 

Comer, conducir, dormir.
Comer, conducir, dormir.
Comer, conducir, dormir.
Comer, conducir, dormir.

En eso se han resumido los días de viaje. Ya me siento mareado por el movimiento del auto. Siento que hemos pasado por la misma curva unas diez veces. Se me ha hecho infinito el camino.

Los últimos días han sido todos iguales. No ha habido ningún cambio. Sigue el mismo calor, la misma carretera, los mismos árboles.

Siento que vamos en círculo.
Me siento atrapado.

Hongjoong dice que vamos en la dirección correcta, que aún falta. San dice que aún nos queda comida, pero pronto se va a acabar. Hay que racionar si no hay alguna parada donde podamos abastecernos.

Yo ya no les respondo nada. No tengo ganas de hablar.

No quiero pensar en el día en que nos quedemos sin nada. Hemos pasado días sin comer, pero nunca en medio de la nada.

La picazón persiste, pero está siendo reemplazada por el dolor de cabeza. Mi vista a veces se nubla. Siento los ojos llorosos, pero no quiero llorar.

Estoy en el asiento del copiloto. Hongjoong maneja.

Intento concentrarme en el bosque infinito a nuestro alrededor, algo que me permite desconectarme un rato. Siento muy de lejos la conversación que están teniendo Hongjong y San, pero el calor es horrible. Me duele mucho la cabeza y no puedo dejar de mover la pierna. Las voces están sonando demasiado fuerte y veo ligeramente asomando el mapa de Hongjoong por su chaqueta.

—He visto ese mismo árbol unas veinte veces —digo, interrumpiendo su conversación. Son las primeras palabras que digo en días.

—Cualquier árbol se ve igual —dice San, asomando su cabeza por la ventana para ver los árboles que menciono.

—Pero es el mismo árbol. No sé cómo no te das cuenta.

Mi voz sale con un tono irritado que no puedo controlar. No entiendo cómo San no se fija que estamos dando vueltas.

—Ya, no vamos a ponernos a comparar árboles —interrumpe Hongjoong con un tono firme.

—Aquí nadie está discutiendo, ¿cierto, San? —lo miro por el espejo retrovisor, pero San no sabe qué decir. Su mirada va entre mí y Hongjoong—. Solo digo que cómo es que no se da cuenta de que es el mismo árbol.

—Porque todos los árboles son iguales —dice Hongjoong.

—Ahora tú también. Tú crees que soy tonto y no me doy cuenta de lo que haces. Podrás engañar a San porque te sigue como el perro estúpido que es, pero a mí no me engañas.

Quiero que duela. Quiero que lastime. Puede que así se den cuenta de lo que digo.

—¿Engañarte en qué? Tú eres el único que está haciendo las cosas más difíciles —dice Hongjoong, apretando el manubrio con fuerza, sin mirarme.

—Oigan, no se digan esas cosas —dice San. Apenas lo puedo escuchar.

—Eres un maldito mentiroso, Hong —digo, mirando hacia la misma maldita curva y el mismo maldito árbol—. No te molesto en nada y dices que hago las cosas más difíciles. Si tú no nos mintieras tanto, podríamos dudar menos. Tu estúpido mapa no sirve. Lo tienes de adorno.

Se forma un silencio en el auto que no soporto. Hongjoong sigue mirando hacia adelante. San ya no dice nada.

Intento encender la radio, pero no funciona. Solo suena la estática. Comienzo a golpearla.

—Ya basta, Mingi. Déjala —me dice Hongjoong, intentando sacar mis manos de la radio. Su vista va de arriba abajo.

—¡No me toques! —le empujó las manos.

Hongjoong, por un momento, pierde el control del auto. Íbamos a estrellarnos contra un árbol, pero logra doblar a tiempo y frena. Suenan las llantas arrastrándose por el pavimento y, por la fuerza del movimiento, nuestros cuerpos se lanzan hacia adelante.

Nadie dijo nada. Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas.

Esto es mi culpa.

—Lo siento —digo, mirando a Hongjoong. Ya no le grito. Mi voz casi sale en un susurro.

Hongjoong no me responde de inmediato. Tiene los brazos apoyados en el manubrio y la cabeza entre ellos.

—Mingi, atrás.

Lo dice conteniendo la voz. Hongjoong está enojado.

Lo sigo mirando antes de levantarme y cambiar de asiento con San. San me mira con esos ojos tristes que no soporto. No lo quiero ver.

Retomamos el camino. La culpa me pesa en el pecho y la garganta. Casi nos mata por mi estupidez. Veo a los árboles y se ven todos iguales. No me queda nada más que hacer que aguantar el silencio de San y el enojo de Hongjoong.

Ojalá pudiera llorar de la misma manera que digo estupideces.
Ojalá el silencio se apiade de mí
y mi tristeza no haga ruido.

Me acomodo en el asiento.

Ya no habrá música en el camino.

Y me vuelvo a dormir.

 

 

 

Antes de la caída

 

Poco a poco voy despertando con los rayos del sol dándome en la cara. Las cortinas no están cerradas; esto es culpa de Yunho.

Me incorporo suavemente, sintiendo lo suaves y ligeras que son las sábanas. No sé de cuántos hilos serán, porque por alguna razón a Yunho le gusta invertir en ropa de cama muy cara. Yo le digo que, mientras esté él ahí conmigo, no necesitamos sábanas de cuatrocientos o más hilos para dormir bien, pero él insiste en que lo mejor es para su princesa. Y quién soy yo, si no su princesa y él mi caballero, para negarme.

Veo en mi cuerpo rastros de la noche anterior. Bueno, “rastros” se queda corto. Por fin Yunho tiene un fin de semana libre, así que lo pasamos de la mejor manera: con su novio todo el día en la cama, sin hacer nada. Comimos la comida casera de Wooyoung, que nos duró un día para después pedir para llevar, ya que ninguno de los dos quería cocinar, aunque a Yunho le gusta preparar el desayuno.

¿Y dónde está Yunho?

Miro a mi alrededor. Las cortinas las abrió él. Tocó su lado de la cama: ya está frío, así que ha pasado un rato. Veo mi ropa tirada en algún tipo de orden junto con la ropa de Yunho, en una silla de la esquina. Si no está tirada en el piso, entonces está ordenada. Y veo, en la cómoda a un costado de la cama, las flores que me regaló anoche junto con la tarjeta que dice: “Feliz nueve años de aniversario”.

Nuestro aniversario ya pasó, pero ha tenido tan poco tiempo con su trabajo en el hospital que ya nos acostumbramos a posponer los eventos especiales.

No sé cómo ha pasado el tiempo tan rápido. Era ayer cuando Yunho me compraba una flor y la dejaba en mi escritorio en la escuela. Fue ayer cuando confesé mis sentimientos a Yunho y arruiné su sorpresa, porque él me lo quería decir primero. Fue ayer cuando lo besé fuera de la casa de sus padres, cuando se lo querían llevar al extranjero a estudiar. Fue ayer cuando él me tomó en sus brazos; había preparado todo para tener una noche especial. Estábamos nerviosos, pero el deseo era más grande. Esa noche Yunho me hizo el amor por primera vez.

Siento el aroma de la miel acercándose por la puerta. Yunho hizo hot cakes.

—¿Ya despertaste? ¿Cómo dormiste? —dice Yunho, con esa sonrisa de perrito, acercando una silla al lado de la cama con el plato de hot cakes.

—¿Y tienes el descaro de preguntar cómo dormí? ¿Cómo te atreves? —digo con fingida indignación, con una sonrisa de oreja a oreja, acomodando las almohadas detrás de mí.

Yunho se ríe mientras corta los hot cakes y los unta con más miel para ofrecérmelos. Los pruebo y, como es de esperar, están deliciosos. Se derriten en mi boca. No podría pedir nada más de lo que tengo ahora.

—Mmm… ricos. Mis felicitaciones al chef —digo, pasando la lengua por mis labios.

Yunho me mira mientras él también come hot cakes, manchando su labio con miel.

—Eres un peligro, Song Mingi. Creo que no te quedó muy claro qué pasa con las princesas traviesas —dice Yunho, acercando otro pedacito de hot cakes a mi boca.

Me río mientras intento masticar. Tomó una de las servilletas de la mesa para limpiarle la boca. Me acerco con la mano; Yunho se inclina para ayudarme a alcanzarlo, pero noto algo extraño.

Veo mis dedos y los cuento. Tengo seis dedos.

—¿Eh? Yunho, tengo seis dedos.

Lo miro y los bordes de mi visión comienzan a volverse borrosos. Siento un ligero miedo al no entender qué está pasando.

—¿Cómo que tienes seis dedos? Yo te veo cinco —dice Yunho, confundido, tomando mi mano para contarlos.

Pero lo que logra es que su mano se fusione con la mía de una manera extraña, formando una masa amorfa de dedos.

Intentó separar su mano de la mía, pero es imposible. Ya están completamente unidas. Me arde la mano completa de lo fuerte que estoy tirando.

—Mingi, calma. Estoy aquí, estoy contigo. Te vas a hacer daño —me dice con preocupación, intentando calmar mi desesperación—. Respira. Tranquilo. Lento. Aquí estoy.

Hago lo que él dice. Respiro lento y cierro los ojos.

Pero me lleva a un lugar que no puedo olvidar.

Tengo la muñeca quebrada, además del dolor de la fuerza con la que tiró de los hombres que me sujetan para poder liberarme.

Aún siento la lluvia. Aún siento la desesperación. Aún siento el miedo y la impotencia.

Veo a Wooyoung, a Jongho y a Yunho frente a mí, arrodillados, mientras les sujetan los brazos y las cabezas.

—¿Quién es el médico?

Recuerdo la mirada de Yunho, llena de ira.

—¿Nada? Entonces voy a preguntar acá.

La voz se acerca hacia donde me encuentro yo.

Todo pasa tan rápido. Escucho el grito de Yunho. No logro distinguir la diferencia entre mis lágrimas y la lluvia. Solo los gritos. Tantos gritos.

Entonces escuchó el disparo.

Un pitido suena en mis oídos. Cierro los ojos y, cuando los abro, Yunho está en el piso.

Grito lo más fuerte que puedo. Grito su nombre. Intento soltarme de donde me tienen agarrado, pero es inútil. Sigo golpeando y gritando.

Yunho.

 

 

 

Presente 2030

 

El grito me despierta de golpe.

El dolor aún persiste en mi cuerpo. Aún me siento atrapado. Grito el nombre de Yunho.

Las lágrimas caen sin control. Los gritos no tienen sentido. Solo grito por todo el dolor que siento.

Golpeo a mi alrededor, doy patadas para liberarme del espacio en el que estoy. Intento moverme, pero es difícil: mis extremidades están atrapadas.

Siento voces muy lejanas. No sé qué dicen.

Ojalá me pudieran ayudar a sentir menos, a recordar menos, a amar menos.

Abro los ojos y veo que sigo en el auto. Me incorporo, como si mi cuerpo estuviera pegado al asiento, pegado a no despertar. Utilizo todas mis fuerzas, tirando mi cuerpo hacia una de las puertas.

Sigo gritando y llorando. Empujo la puerta con fuerza, pero no abre. Me vuelvo a impulsar para salir.

—¡Hongjoong, detén el auto!

El auto se detiene de forma brusca. Busco la manilla de la puerta para abrirla.

Una vez fuera, corro hacia el bosque. Corro y corro.

Siento las voces llamándome, pero sigo corriendo. Cuando me canso de correr, miro el cielo, tomó aire y gritó.

Grito por todo lo que pesa en mi pecho, en mi alma y en mi corazón.

El grito desgarra mi garganta. Ojalá pudiera terminar con todo.

Cuando vuelvo a gritar, pongo mi brazo en mi boca y gritó, mordiéndolo.

Caigo de rodillas. Mi respiración es irregular. Aún siento las lágrimas caer. Siento que mi cuerpo se va a desplomar.

—¡Mingi! —siento un grito a lo lejos. No reconozco quién es.

Miro a mi alrededor, consciente de mi entorno. Ya es de noche. Siento el fuerte olor de la tierra.

—¡Mingi!—

Ah, ese es San. Lo escucho correr. San siempre ha sido rápido; siempre me pillaba en los juegos.

Me doy vuelta despacio para poder decirle que aquí estoy, pero San, tan veloz, ya se está lanzando encima de mí para que ambos caigamos en la tierra de un golpe.

El agarre de San es fuerte. Me abraza contra el suelo. Nunca quise ser malo con él.

—Maldita sea, Mingi. No corras así, por favor. No vuelvas a hacer eso —dice San. Puedo escuchar el llanto en su voz.

Lo abrazó de vuelta, ocultando mi rostro en su pecho.

—Lo siento. No llores —le digo despacito.

—¿Cómo quieres que no llore? Estúpido Mingi, estúpido Hongjoong, estúpidos todos —San llora con más fuerza mientras refriega su cara contra mi cabeza.

San, con su corazón tan grande y lleno de bondad. Siento todo su amor en el abrazo.

—Yo también… —comienza San, con la voz cortada—. Yo también estuve ahí, Mingi. Yo también los vi.

Se me encoge el corazón al escuchar su voz. No suelto el abrazo.

—Los perdí igual que tú —dice San. Él es más valiente que yo; puede poner sus sentimientos en el mundo—. Wooyoung.

Lloramos como nunca. No necesitamos decir nada más para entender lo que pasa.

—Deja de ocultar tu dolor. Tienes que compartirlo. No tienes que sufrir solo —me dice San. No lo puedo ver, pero imagino sus ojos más pequeños por el llanto.

Sentimos unas pisadas acercándose. Si fuese un Caído, ya estaríamos muertos. Esto pasa cuando uno es vulnerable: estás más expuesto a los peligros del mundo.

Pero las pisadas no son más que las de Hongjoong, con la respiración agitada por alcanzarnos.

Nos ve tirados en el suelo. Se acerca lentamente para poder abrazarnos. Siento el calor aumentar a mi alrededor, pero es un calor bueno, uno que me protege y no me sofoca.

La noche está tranquila. Las estrellas brillan en el cielo y yo siento, en mucho tiempo, la paz que se nos arrebató. Siento la paz de los chicos y la paz del mundo.

—Perdí a los demás y es un dolor que nunca voy a quitar de mí. No me hagan perderlos a ustedes. Son lo único que me queda —dice Hongjoong, con una voz débil.

Hongjoong no es de llorar ni de mostrar su debilidad, pero todos sabemos que es porque no quiere que pensemos que las cosas están mal.

Seguimos abrazados y respirando hasta que sentimos que la respiración de Hongjoong se regula.

—Vamos a acampar aquí —dice Hongjoong, con la voz más calmada—. Necesitamos un descanso de verdad.

Nos incorporamos despacio del suelo. Estamos llenos de tierra, pero eso nos hace felices, nos hace sentir conectados.

Volvemos a la carretera, donde quedó el auto, y Hongjoong lo lleva bosque adentro para estar más seguros. Hacemos una fogata en el suelo, acomodamos el maletero del auto con mantas para hacer un asiento improvisado y San saca un paquete de galletas.

Ahora que hemos vuelto a la realidad con la mente más clara, comenzamos a conversar del plan: qué nos queda de ahora en adelante.

Hongjoong nos dice que, en realidad, el mapa más que decirnos dónde ir, nos dice dónde no ir. Evitamos las grandes ciudades, ya que en esas es más probable que haya una gran cantidad de Caídos y cuarteles de vigilancia.

Además, es lo que él cree que puede ser el camino que siguieron los otros. Antes teníamos un sistema; pasamos tres años con la misma lógica, la cual fue nuestra perdición, pero también una forma de estar conectados. Hongjoong cree que los otros también lo saben, por eso a veces toma el camino más largo y otras el más corto. Intenta que nuestros pasos sean impredecibles.

Aunque le gustaría tener alguna pista que demuestre que no sigue fantasmas. Algo que demuestre que no está buscando algo que no existe, porque mientras más pasa el tiempo, más fácil es perder la cordura y el rumbo del viaje.

Utilizo el momento para pedirle disculpas a San por tratarlo mal y a Hongjoong por decir que su mapa no sirve.

San me dice que no me preocupe, que había hablado con Hongjoong antes sobre cómo me estaba comportando, así que sabe que son cosas difíciles de controlar y que no quería decir cosas malas. Hongjoong me dice que siempre he sido muy astuto y que tenía razón sobre el mapa, pero que el mapa sirve para darnos seguridad: necesitamos un objeto en el que podamos confiar, que nos dé esperanza.

Me levanto de la comodidad del maletero para ir a hacer mis necesidades a un lugar alejado y tener algo de privacidad.

Caminó unos metros, desde donde aún puedo ver claramente el auto, el fuego, a San y a Hongjoong.

Hago mis necesidades, mirando a mi alrededor. Cuando termino, pienso en cuánto quiero ducharme, en cuánto quiero tener ropa limpia con olor a suavizante de bebé, pasar una toalla esponjosa por mi cuerpo y sentir sábanas suaves en mi piel.

Me distraigo con mis pensamientos mientras comienzo a caminar por el bosque. Aún no quiero romper con el recuerdo de esas sensaciones, así que me dejo llevar antes de volver con los chicos.

Pienso en la bañera que compró Yunho para el departamento, para que ambos pudiéramos entrar; en las velas de vainilla y las burbujas del jabón. Quién me hubiera dicho a mí que nada estaba realmente asegurado.

Tan perdido estaba en mis pensamientos que no me fijé en la vegetación del suelo, tan densa que no dejaba ver lo que había debajo: lo que pretendía ocultar, lo que no pertenecía a la naturaleza.

Hasta que sentí el sonido de algo metálico haciendo clic y luego el intenso dolor en mi pie, por los dientes afilados clavándose en mi piel: la trampa de osos que pisé.