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Aunque sea una vez

Summary:

"—Shh, bebé, que te va a escuchar tu novia —rió Manuel—. ¿Qué pasa si te encuentra así?
—Sos un hijo de puta.
Manuel le sonrió.
—Pero te encanta."

Donde Lautaro blanqueó su relación públicamente y a Manuel no le cayó muy bien.

Notes:

Nada mejor para el momento más angst hasta ahora que escribir muchos fics, hermanas. Salió esto en medio de la crisis(?
Vivan, amen y hagan submarino el barco, que para eso estamos acá!!

Siempre mernoski gente, no se olviden.

Work Text:

La noche que todo se fue definitivamente al carajo, Manuel estaba, sorprendentemente, solo. Le había cancelado a la única persona con la que se veía desde hacía meses, porque no estaba de ánimo para salir.

En retrospectiva, quizás hubiera sido más feliz si iba a la casa de ella, como tantas otras noches, y dormía tranquilamente, ajeno a lo que estaba pasando en el departamento.

Pero Manuel siempre había sido un poco masoquista. Era la única explicación que encontraba de por qué había decidido quedarse.

Esa noche Lautaro había confirmado abiertamente su relación, e inmediatamente después de terminar el stream, había llegado ella, con quien estaba en ese momento encerrado en su habitación, riéndose fuerte, vaya uno a saber de qué.

Manuel cerró los ojos con fuerza e intentó ignorar la puntada aguda que sentía en la boca del estómago.

Realmente no había cambiado nada. Pero, de algún modo, escuchar a Lautaro decirlo públicamente lo había hecho más real. Ya no era su secreto para guardar, ya no tenía que protegerlo de las opiniones, ni de las miradas ajenas. Ya no lo necesitaba ni siquiera para que lo ayudara a esconder nada. Era estar un paso más lejos de él, o varios. Porque si ya todos sabían, entonces Manuel ya no tenía ni el más mínimo control de la situación. Se había quedado definitivamente atrás.

Lo más gracioso era que él mismo lo había incentivado a activar con ella. Le había dicho que le haría bien verse con alguien.

Pero nunca creyó que llegaría tan lejos.

Y lo peor era que realmente se alegraba de verlo bien. La imagen de su amigo sonriéndole al celular, tan frecuente últimamente, le inundó la mente.

Era la sensación más contradictoria que había tenido alguna vez en su vida.

La imagen le extendía una calidez agradable por el pecho, a la vez que el corazón le martilleaba dolorosamente contra las costillas, generándole una sensación de vacío casi insoportable.

¿Podía sentirse contento y triste al mismo tiempo, por la misma razón?

Lautaro era feliz. Era feliz con alguien más.

Sonreía de una forma hermosa. A alguien que no era él.

Reía más que antes. Pero la mayoría de las veces, no de algo que hubiera dicho él.

Como en respuesta a sus pensamientos, la risa de Lautaro volvió a escucharse muy claramente a través de la puerta cerrada de su habitación. Y Manuel sonrió. No podía verse a sí mismo, pero imaginó que si alguien lo estuviera observando, no sabría si era la sonrisa más feliz o más triste del mundo.

Era ambas.

Era evidente que no iba a poder dormir. Se levantó de la cama y se metió en la ducha, en un intento de apagar sus pensamientos con el agua fría cayéndole por la nuca y por la espalda.

No funcionó. El rostro de Lautaro no abandonaba su mente. Estaba a solo unos pasos de distancia, pero lo sentía más lejos que cuando, literalmente, los habían separado miles de kilómetros.

Cuando cerró la canilla, se ató la toalla en la cintura y salió de la habitación para buscar agua.

Una parte de él sabía que no correspondía que saliera así habiendo alguien más en la casa. Sabía también que Lautaro se enojaría si lo veía. Pero no le importó. Era su casa, y en ella, podía hacer lo que quisiera. No era él quien estaba invadiendo el espacio de nadie. No era él quien estaba fuera de lugar en esa ecuación.

Se sirvió el vaso de agua en la cocina y lo tomó lentamente. Hacía frío, el aire acondicionado estaba prendido, y él estaba todavía un poco mojado. Pero agradeció la sensación helada contra su piel. Le daba algo en lo que concentrarse que no fueran las imágenes de un Lautaro feliz, con los ojos chinos de alegría, pero no suyo. Nunca suyo.

Se sobresaltó cuando escuchó pasos detrás de él. Se giró tan rápidamente que volcó el agua sobre su cuerpo. Cuando tembló, no supo si fue por el frío o por la persona que lo miraba fijamente a un par de metros de distancia.

—¿Qué hacés así, enfermo? Mirá si viene y te ve, cualquier cosa, flaco, no da.

Lautaro tenía el ceño fruncido, y entre palabra y palabra miraba nerviosamente hacia el pasillo, como esperando que ella apareciera en cualquier momento.
Estaba en cuero, y Manuel creyó ver la marca de un labial en su abdomen, cerca de su ombligo. Se obligó a desviar la mirada.

—Pero viniste vos, no ella, así que… —Se encogió de hombros, fingiendo desinterés—. Al pedo te preocupás.

Lautaro dio un paso hacia él, entrecerrando los ojos.

—No sé qué mierda querés hacer, pero andá a cambiarte o quedate en tu pieza. Una de dos, amigo.

Manuel no respondió. Lo miró fijamente, hasta que su expresión se ablandó y su mirada se volvió casi suplicante.

—Por favor, Manu. No me la hagas más difícil.

—¿Yo te la hago difícil?

Manuel se acercó a él, deteniéndose a apenas unos centímetros de su cara.

El pecho de Lautaro subía y bajaba rápidamente, y Manuel contuvo el impulso de poner su mano ahí, de sentirlo contra sus propios dedos.

—¿Vos vivís encerrado con esta piba, desaparecés todo el día, no querés hacer una mierda con nosotros, pero yo te la hago difícil a vos? —dijo en voz baja, apretando los dientes para intentar controlar el temblor en su voz.

Ni siquiera sabía por qué estaba enojado. Lautaro no había hecho nada mal. Y Manuel estaba feliz por él. De verdad.
Pero el impulso irracional de gritarle en la cara que estaba harto de ella era cada vez más difícil de ignorar.

Lautaro negó con la cabeza, con los ojos muy abiertos, como si estuviera a punto de huir.

—Vos también desaparecés —dijo en un susurro tan bajo que apenas lo escuchó—. Te vas con la mina esa... ¿Hoy no tenías que verla? ¿O va a venir ella, así podés coger tranquilito sin mover un dedo?

La mina esa. Manuel conocía ese tono de voz. Neutro, pero levemente más agudo y elevado; las palabras pegadas una a la otra, casi como si las estuviera escupiendo de la boca.

No pudo evitar sonreír.

—Valentina se llama. ¿Te molesta?

Lautaro apretó la mandíbula y desvió los ojos, fijando la mirada en el piso.

—No.

—A mí me pareció que sí, che —dijo en tono de burla, solo para provocarlo.

—Qué me va a importar, me chupa un huevo a mí con quién estás.

Demasiado agudo. Demasiado falso.

Manuel sintió un calor expandirse por su pecho rápidamente. Lo invadió una euforia irracional que le recorrió el cuerpo entero, erizándole la piel. El corazón le latía rápidamente, pero ya no era doloroso. Latía con algo que Manuel solo podía identificar como orgullo.

Ya ni siquiera sabía por qué se había enojado al principio. No le importaba.

Lautaro seguía mirando hacia abajo, y movía los dedos de sus manos nerviosamente contra la tela de su pantalón.

Tenía las manos tan chiquitas.

Manuel dio un paso más hacia adelante, y sus pies chocaron con los de Lautaro. Suavemente colocó una mano en su mentón y presionó hacia arriba, levantándole la cabeza hasta que sus ojos se encontraron.

Todo el rostro de Lautaro estaba rojo, y su piel ardía. El calor se extendió aún más por todo el cuerpo de Manuel en respuesta.

Era la persona más hermosa que había visto en su vida.

Recorrió con su mano la mandíbula, deslizando los dedos por sus labios. Lautaro exhaló bruscamente ante el contacto. Manuel sentía su aliento rápido contra su piel, cada vez más errático. Sonrió aún más.

Era tan malo para regularse, perdía tan fácilmente el control.

Y a Manuel le encantaba ser el responsable de eso.

—Manu… tengo que volver a la pieza. Está…

Manuel apretó los dedos contra sus mejillas, a los costados de su boca, y Lautaro se calló.

—Ya sé. Está tu novia.

Lautaro asintió lentamente.

—¿A ella también le hacés escenas de celos así?

Esta vez sintió directamente el calor subir por el cuello de Lautaro, que se retorció bajo su mano. Su cuerpo se inclinó hacia Manuel como si fuera un reflejo, pero rápidamente volvió a apartarse, como recordando dónde estaba, y con quién.

Luego negó con la cabeza. Un gesto mínimo. Sutil. Podría haber pasado desapercibido, si Manuel no estuviera desesperadamente buscando una señal, cualquiera, que le dijera que no estaba todo perdido. Que aún tenía poder sobre Lautaro. Que todavía podía ponerlo nervioso. Que su risa más auténtica y su sonrisa más tierna todavía podían ser por él, y para él.

Porque Lautaro podía ser oficialmente de alguien más. Pero en lo más profundo de su piel, Manuel sabía que era suyo.

Siempre lo había sido.

El pelo le caía desordenado por la frente, y sus ojos lo miraban con una mezcla de temor y necesidad que nunca había visto en él.

Y Manuel no supo cómo había soportado tanto tiempo sin darle un beso.

Cómo no se había dado cuenta, hasta ese momento, de lo mucho que lo necesitaba. De lo que le faltaba. La única pieza del rompecabezas que todavía le quedaba por completar.

Lo tomó de la cintura y lo empujó hasta la pared de la cocina, presionándolo con su cuerpo.

—¿Ella te puede agarrar así? —preguntó en un susurro directamente contra su oído. Lautaro soltó un gemido ahogado que Manuel silenció llevando una mano contra su boca. Con la otra mano, presionó aún más contra su cintura, empujándolo contra la pared.

—Manuel —la voz de Lautaro no era más que una respiración ahogada, apenas comprensible. Todo su cuerpo temblaba, y el corazón le latía tan fuerte que Manuel podía sentirlo contra su propio pecho.

—¿Puede? —insistió—. Contestame, mi amor.

—No.

Manuel no podía pensar. Sacó su mano de la boca de Lautaro y la llevó a su nuca. Luego colocó sus labios contra la oreja de Lautaro y lo mordió. Fuerte. Tanto que Lautaro soltó un grito, llevando las manos a su cuello y clavándole las uñas.

—Shh, bebé, que te va a escuchar tu novia —rió Manuel—. ¿Qué pasa si te encuentra así?

Bajó su boca un centímetro y dejó un beso en el cuello de Lautaro. La cabeza le daba vueltas. No podía pensar en nada que no fuera el calor de su piel contra él, los sonidos ahogados que soltaba, y la forma en que se movía bajo su contacto.

—Sos un hijo de puta.

Manuel le sonrió.

—Pero te encanta.

Lautaro se separó de él un centímetro y lo miró a los ojos. Manuel vio la duda cruzar su mirada un instante, y automáticamente aflojó el agarre de su mano.

—Si querés que me vaya, me voy.

Pero Lautaro no se movió. No lo empujó, ni lo soltó.

—Decime qué querés. Qué necesitás. Por favor, Lauti.

Lautaro cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, no quedaba rastro de la duda que había un momento atrás.

—Tengo que volver con ella —dijo firmemente—. Pero antes…

Se inclinó hacia adelante, apoyándose en las puntas de sus pies, y pasó los brazos alrededor de su espalda. Luego lo presionó hacia atrás, y Manuel retrocedió un paso. Lautaro aprovechó el movimiento para girarlo y ponerlo contra la pared, esta vez siendo él quien lo sujetaba. Puso una mano sobre su abdomen y la otra en su nuca, moviéndose para cerrar la mínima distancia que aún los separaba.

Manuel se dejó llevar. Su cuerpo obedecía al contacto de Lautaro como si lo hubiese tocado miles de veces. Como si lo conociera de memoria. Y lo hacía, en parte. Pero no de esa manera.

Habían esperado demasiado tiempo para esto.

Los labios de Lautaro se movían tímidamente contra los suyos, apenas tanteando, recorriéndolo con la lengua tan despacio que era casi tortuoso. Lautaro soltó un suspiro suave y se separó un milímetro, antes de volver contra él.

Y Manuel esperó, pacientemente, siguiendo su ritmo, hasta que no aguantó más.

Abrió su boca contra la de Lautaro y envolvió sus labios con los suyos, presionando con su lengua hasta que Lautaro respondió, encontrándose con él en un movimiento brusco, torpe, cargado de tanta necesidad que ambos se tambalearon, aferrándose al otro para mantenerse en pie.

Manuel nunca había besado a nadie tan desesperadamente, tan fuera de control. No había nada de seductor en la forma que sus labios se movían contra los de Lautaro, ni en la forma en que sus manos recorrían sus brazos y su pecho como si, además de la primera, fuera la última vez en su vida que podría tocarlo así.

Probablemente lo era.

Lautaro soltó un jadeo y se separó de su boca. Manuel estaba a punto de volver a atraerlo contra sí, cuando Lautaro cayó sobre sus rodillas, tomándolo de la cintura y escondiendo su rostro contra su abdomen, apenas por encima del borde de la toalla.

A Manuel se le cortó la respiración. Su corazón latía tan fuerte que dolía, y las piernas le temblaban. Bajó la vista, y se encontró con la imagen más increíble que había visto alguna vez.

Con el pelo pegado a la frente por el sudor y los ojos brillosos, Lautaro comenzó a repartir besos a lo largo de su piel, primero por arriba, bajando cada vez más, hasta hundir la cara contra la toalla, presionando con sus labios suavemente contra él.

Respiraba tan agitadamente que el calor de su aliento atravesó la tela, y Manuel sintió un tirón en la entrepierna, en el punto exacto donde lo estaba tocando.

Lautaro estaba ahí. Ni en mil vidas hubiera podido imaginar que alguna vez lo tendría así.

Y sin embargo ahí estaba.

Lautaro dejó un beso ahí, corto, pero Manuel lo sintió como una descarga eléctrica que lo atravesó completo. Si hubiera estado un poco más lúcido, se habría avergonzado de la velocidad en que su cuerpo respondió solamente por eso, cuando normalmente necesitaba mucho más.

Lautaro se incorporó y lo miró de frente, mientras con una mano acariciaba el pelo de su nuca.

—Aunque sea una vez tenía que hacer eso —murmuró—. Sos hermoso, Manu.

Manuel abrió la boca para contestar, pero no le salió nada. Sentía los labios hinchados, la piel ardiendo, y la presión en su entrepierna era insoportable.

Lautaro se inclinó para darle un pico rápido, y luego deslizó la boca hasta su oído.

—Gracias por quererme. Gracias por darme esto.

Y Manuel solo pudo asentir, con la garganta cerrada. Era una despedida, lo sabía. Podía tener a Lautaro cerca el resto de su vida, pero nunca de esta forma otra vez. Cerró los ojos para guardar el recuerdo en su mente, sabiendo que volvería a él muchas veces.

Cuando los volvió a abrir, estaban ardiendo.

—Si vos sos feliz yo soy feliz, Lauti. Siempre.

Lautaro asintió. Manuel podía ver las lágrimas en sus ojos, pero no intentó limpiárselas, como hubiera hecho en otro momento. El dolor de Lautaro era producto de una decisión, y Manuel iba a respetarla. Aunque le partiese el corazón a la mitad.

Lautaro le acarició el pelo una vez más, apoyó su frente contra la de él por un segundo, y luego se separó completamente de su cuerpo.

—Buenas noches, Manu.

—Buenas noches bebé.

Lautaro sonrió apenas, y luego se dio vuelta. Volvió sobre sus pasos, y Manuel se quedó quieto, aún con la espalda contra la pared, hasta que escuchó la puerta de su habitación cerrarse.

Solo entonces dejó de contener las lágrimas, y dejó que cayeran libremente por su rostro, como una prueba física de lo mucho que todo se había ido a la mierda.

Unos minutos atrás, había creído que lo más doloroso era saber que Lautaro era feliz, pero perteneciendo a alguien más. Ahora sabía que había algo peor. Y era saber que Lautaro era suyo, pero la había elegido a ella.

Se acercó a la mesada nuevamente y tanteó con la mano, buscando su celular. Todo su cuerpo seguía caliente, y la presión en su pecho era cada vez más asfixiante.

Al día siguiente volvería a doler, lo sabía. Pero esa noche, lo arreglaría de la única forma que conocía. Abrió el chat con Valentina, y escribió casi sin pensar.

“Al final sí puedo esta noche. ¿Venís vos o voy yo para allá?”

Volvería a entregarse a ella, como lo hacía tantas veces, hacía tanto tiempo.

Aun sabiendo que ni de esa forma podría superar nunca el recuerdo de la única vez que lo había tenido a él.