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El Dios en la Jaula. (SatoSugu)

Summary:

En un presente oscuro, donde la hechicería y las maldiciones amenazan con quebrar la frágil cotidianidad del mundo, existe una leyenda que nadie menciona en voz alta: el "Sujeto Cero". Un híbrido nacido de una mujer del clan Gojo y una maldición de categoría especial: Gojo Satoru. Un híbrido imposible. Un arma viviente. Un error que jamás debió existir. Durante siglos, ha vivido confinado en instalaciones ocultas. Sometido a experimentos, sellos y torturas en nombre del equilibrio del mundo.

Todo cambia cuando su existencia es descubierta por Geto Suguru, un estudiante de la Escuela de Hechicería de Tokio. Movido por la culpa, la compasión y un afecto que no sabe nombrar, él comienza a visitarlo en secreto. Y antes de darse cuenta, ambos empiezan a crear un vínculo silencioso que no debería existir. Un amor imposible que el mundo de la hechicería jamás perdonaría.

Chapter 1

Notes:

HOLAAAA, mi vida, te doy la bienvenida a mi fanfic. Esta historia será prácticamente un "What If" del canon de JJK, pero sin el Gojo Satoru que todos conocemos. Habrá drama, tragedia, escenas de acción, un romance complicado y algunas escenitas lemon para más placer. Mi inspiración nació de los personajes Subaru Mitejima y Gaja del manga "Sousei no Onmyouji", así que, quienes los conozcan, ya se harán una idea de lo que verán en este fic. No me hago responsable si se rompen algunos corazones. 🥺✨

Si te gusta mi historia, por favor deja tus comentarios y regálame algún kudo. Sin más que decir, empecemos. LET'S GO!!!

Chapter Text

El 7 de diciembre del año 1694 nació una anomalía dentro del mundo de la hechicería.

Un suceso que quebró pactos antiguos, alteró augurios y sembró un temor que ni siquiera los clanes más poderosos supieron nombrar con claridad. Aquel nacimiento sería recordado como el mayor error jamás cometido.

Bajo una unión prohibida, una heredera de la sangre Gojo y una maldición de categoría especial engendraron a Gojo Satoru. No fue recibido con llanto ni con brazos abiertos, sino con sellos, barreras y miradas cargadas de horror. Mitad humano, mitad maldición, portador de los legendarios Seis Ojos y de un poder maldito que ningún registro antiguo lograba describir con exactitud, su mera existencia era un desequilibrio. Una afrenta contra el orden que los hechiceros juraban proteger.

Desde el instante en que abrió los ojos, fue considerado una amenaza. Un presagio de ruina que debía ser erradicado antes de crecer. Sin embargo, la decisión no fue inmediata. Bajo la influencia de Tengen, se convocó un juicio. Los tres clanes, junto con los altos mandos de la hechicería, se reunieron durante 7 días para deliberar el destino del recién nacido. No se habló de misericordia ni de redención, sino de cuánto podía extraerse de aquella criatura impura antes de destruirla.

El veredicto fue tan cruel como calculado: se le permitiría vivir. No como persona, sino como herramienta. Como un arma destinada a servir a la hechicería hasta que su existencia dejara de ser conveniente.

Sus progenitores no corrieron la misma suerte:

La madre fue ejecutada en la hoguera, su nombre borrado de los registros del clan Gojo. La maldición que había sido su padre fue exorcizada mediante un ritual conjunto, llevado a cabo por los guerreros más poderosos de la época.

Gojo Satoru fue confinado en una prisión oculta, lejos de cualquier asentamiento humano, protegida por barreras que se reforzaban día y noche. Apenas unos días después de haber nacido, comenzaron los experimentos. Sellos tallados sobre su piel aún frágil, pruebas de resistencia, rituales invasivos, aislamiento absoluto. No conoció el calor de unos brazos ni el sonido de una voz amable. Creció rodeado de piedra, metal y miedo. Fue deshumanizado, reducido a un objeto cuyo valor residía únicamente en su poder.

De esa forma, el tiempo siguió su curso.

Gracias a los experimentos realizados, se perfeccionaron rituales ancestrales, se desarrollaron nuevas técnicas de contención y se forjaron armas malditas capaces de alterar el rumbo de innumerables conflictos. Su sufrimiento se convirtió en progreso. Su existencia, en un secreto de Estado.

Las generaciones posteriores apenas escucharon rumores, susurros fragmentados sobre el llamado "Sujeto Cero". Muy pocos tenían permitido acercarse a la prisión donde era mantenido. Para la mayoría, no era más que una leyenda incómoda, transmitida de boca en boca y envuelta en advertencias.

Hasta que, un día, esa leyenda dejó de ser solo palabras.

Hasta que se convirtió en una realidad para un joven destinado a mirar el mundo por sus verdaderos colores.

312 años en el futuro... Siglo XXI.

Japón atraviesa una era oscura de la que muy pocos son conscientes. Las maldiciones se multiplican en las sombras, alimentadas por las emociones negativas de los humanos. Los hechiceros malvados, libres de toda ética, representan una amenaza aún más impredecible.

Para la población común, la vida transcurre con aparente normalidad, sin saber que la paz que disfrutan pende de un hilo tan frágil como invisible.

El gobierno conoce la verdad y teme que el momento de hacer pública la existencia de las maldiciones esté cada vez más cerca. Un suceso sin precedentes que podría romper el equilibrio social del país.

Para evitarlo, los hechiceros luchan en silencio. Arriesgan sus vidas en cada misión, en cada exorcismo, en cada enfrentamiento. Desde los adultos más veteranos hasta los más jóvenes estudiantes de las dos escuelas establecidas en Tokio y Kioto. Todos son piezas de un sistema que no permite errores.

Entre esos estudiantes existe uno en particular. Uno que ahora, en los pasillos de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio, su nombre comienza a resonar con fuerza:

Geto Suguru. Dieciséis años. Poseedor de un talento excepcional y portador de la técnica de Manipulación de Maldiciones.

Para muchos, es ya el "hechicero más fuerte" de su escuela.

Para el mundo... aún no es consciente de que está a punto de descubrir el pecado mejor guardado de la hechicería.

✨🖤✨🤍✨

14 de febrero de 2006.

Un día frío de invierno está presente, acompañado por un cielo soleado y despejado, con la nieve decorando de blanco el paisaje urbano. Es San Valentín, una fecha relativamente tranquila para los enamorados... pero que los hechiceros no pueden permitirse apreciar. No cuando el deber llama.

En un antiguo santuario a las afueras de la ciudad, oculto entre una densa zona boscosa, un combate está en pleno desarrollo.

El suelo del santuario tiembla con violencia, las columnas de madera crujen bajo el impacto de explosiones de energía maldita y los talismanes clavados en las paredes se desintegran uno tras otro. El aire está cargado de polvo, pólvora y un hedor espeso a sangre y resentimiento.

De pronto, dos ventanales estallan casi al mismo tiempo. Los fragmentos de vidrio salen disparados hacia el exterior como lluvia mortal, y de entre el humo emergen dos figuras a toda velocidad.

Son Geto Suguru e Ieiri Shoko, montados sobre el lomo de una enorme maldición con una forma parecida a la de un tigre. El impacto de sus garras contra el suelo hace vibrar la tierra. Tiene cuernos y ojos que brillan con una ferocidad antinatural mientras corre a través del jardín de piedra del santuario, levantando nieve a su paso.

Suguru va al frente, inclinado hacia adelante para mantener el equilibrio, el uniforme rasgado y manchado de sangre, que no toda es suya. Respira con dificultad, los músculos tensos, su cabello moviéndose con el viento, pero su mirada permanece enfocada, calculadora. Detrás de él, Shoko se aferra a su espalda con un brazo, mientras que con el otro mantiene activa su técnica de Inversión Maldita. Una luz tenue recorre sus dedos y se extiende hacia el cuerpo de su compañero, cerrando heridas abiertas, mitigando el dolor lo justo para que pueda seguir luchando.

A unos metros a la derecha, un hechicero maligno los persigue sobre un shikigami con la forma de un ave. El hombre recarga su pistola con movimientos rápidos y precisos, su rostro deformado por una sonrisa cargada de intención asesina. Apunta y dispara.

Suguru chasquea la lengua, invocando de inmediato a un espíritu deforme que actúa de muro, protegiéndolos de los tiros. Shoko agacha la cabeza, aferrándose con más fuerza y esforzándose por no romper la sanación de su técnica.

—Dos pueden jugar el mismo juego —murmura el joven, frunciendo el ceño y concentrando poder en su mano—. No me sueltes, Shoko.

—Quiero vivir, así que no lo haré —responde ella, sonriendo ligeramente a pesar del peligro.

Desde los ventanales destrozados del santuario comienzan a surgir más figuras. Hechiceros enemigos montados sobre distintos shikigamis, todos armados y listos para disparar. Geto mira por encima del hombro apenas un segundo y una grieta negra se abre en el aire a sus espaldas, como si el espacio mismo se desgarrara. De ella emergen decenas de maldiciones, algunas amorfas, otras con demasiados ojos, bocas o extremidades. Gritan, se arrastran, vuelan. Un ejército liberado con una sola orden silenciosa.

Las maldiciones se lanzan contra los perseguidores sin piedad. El sonido de los disparos se mezcla con gritos inhumanos, con cuerpos cayendo desde el cielo y shikigamis desintegrándose rápidamente. El caos es absoluto.

A su derecha, el hombre deja de disparar y mira hacia atrás por un segundo, frustrándose al ver a tantos de sus colegas caer. Sin embargo, este descuido le cuesta todo. Suguru deshace el escudo, le apunta con su mano como si fuera una pistola y dispara energía maldita que atraviesa el aire.

El enemigo apenas alcanza a voltear antes de recibir un impacto directo a la frente que le deja un agujero del tamaño de una moneda. Su cuerpo cae sobre la nieve de inmediato, manchándola de sangre, y el shikigami se desvanece.

Tras eso, el tigre maldito sigue avanzando, pero el peligro inmediato disminuye lo suficiente como para permitirles respirar.

Terminando de curar sus heridas, Shoko voltea hacia atrás y comenta con seriedad:

—Todavía hay refuerzos enemigos rodeando el santuario. Tenemos que apresurarnos.

—Esperemos que Lily-chan haya conseguido el artefacto maldito —responde él, sacando su celular plegable del bolsillo.

—Espera... —musita de golpe, intrigada—. ¿Por qué siempre la nombras con un "chan"?

—¿Eh? —Suguru espabila, confundido.

—A mí nunca me has llamado con ese honorífico —inquiere ella, un poquito molesta.

—Jajaja... —ríe por lo bajo, divertido, antes de admitir sin vergüenza alguna—: No te ofendas, Shoko, pero el "chan" le queda mejor a las chicas lindas.

Ante esas palabras, la chica frunce el ceño de inmediato. Sin pensarlo, le pellizca el abdomen con fuerza.

—¡Auch! Jajaja —se queja él, riendo entre dientes, encogiéndose mientras el tigre sigue corriendo—. Oye, ¡no me pellizques!

—Aprende a tratarme mejor, idiota —replica, claramente ofendida.

De pronto, una llamada llega al celular de Suguru.

—Hablando de la reina de Roma —murmura antes de contestar—. ¿Lo lograste, Lily-chan?

En una recámara prohibida dentro del santuario, la estudiante Kashiwagi Lily se encuentra de pie frente a un altar antiguo. La luz del sol se filtra por una ventana en el techo, iluminando el artefacto maldito en su centro: un arco de la Era Heian, cubierto de inscripciones desgastadas y una energía densa que hace vibrar el aire.

(Nota: Ella es un personaje original de este fanfic).

La joven observa dicho altar; el celular en su oreja y sonríe con auténtica emoción.

—¡Sí, Geto-senpai! —responde alegremente—. Pude atravesar todos los sellos con mi ritual. El artefacto ya es nuestro. ¡Misión cumplida!

—Eso quería escuchar —dice él, dejando escapar un suspiro de alivio—. Ya vamos para allá. Mantente alerta.

—¡A la orden! —exclama antes de colgar.

Lily toma el arco con cuidado, sintiendo el peso de siglos de historia entre sus manos, y sale corriendo del lugar.

Afuera de la recámara prohibida, justo frente a las escaleras que descienden al sótano donde yace el artefacto, dos hechiceras concentran toda su atención en la barrera que protege el lugar. El aire vibra a su alrededor, sus manos tiemblan mientras canalizan energía maldita, los labios moviéndose en rezos veloces, desesperados.

Entonces, el suelo cruje. A sus espaldas, los pasos del tigre maldito resuenan como golpes de tambor.

Las dos hechiceras pierden la concentración al mismo tiempo. La barrera parpadea, todavía intacta. Ambas se giran con brusquedad, frustradas, levantando sus pistolas con manos crispadas. Pero Suguru les dispara primero.

Sus balas de energía maldita surcan el aire y golpean con precisión quirúrgica las manos de ambas mujeres. Las pistolas caen sobre la nieve con sangre por medio. Los gritos atraviesan el claro, agudos, quebrados por el dolor.

Acto seguido, una grieta oscura se abre otra vez y de ella emergen dos serpientes gigantescas, escamas negras brillando bajo el sol. Se mueven con una velocidad brutal, enrollándose alrededor de los cuerpos de las hechiceras, apretando con una fuerza que les roba el aliento.

Ellas forcejean. Patalean. Suplican entre lágrimas. Geto desciende del lomo del tigre con calma, se acerca hacia ellas y las observa con una expresión demasiado seria.

—Sin resentimientos —dice, con una voz tan fría como el aire invernal.

Pronto, las dos mueren asfixiadas y las serpientes desaparecen tan rápido como vinieron.

Shoko se acerca a su lado y, apenas al segundo siguiente, su compañera Lily sale de la recámara prohibida.

Su largo cabello negro cae sobre su espalda, sus ojos oscuros brillan con una emoción casi infantil. Entre sus manos sostiene el arco antiguo, el cual emana una energía poderosa a simple vista. El ritual de la chica es Destrucción de Barreras y le permite cruzar sin resistencia, como si no fuera más que humo.

—¡Otra victoria más para los hechiceros buenos! —proclama con orgullo, alzando el arma.

—Buen trabajo —pronuncia Suguru, suave y directo—. Sabía que lo lograrías.

—De verdad hiciste un milagro —añade Shoko, permitiéndose una sonrisa leve.

Lily se sonroja un poquito, conmovida por los halagos.
—Gracias, amigos.

De repente, más enemigos se hacen presentes. El cielo se oscurece con sombras en movimiento. Shikigamis voladores emergen desde el bosque, uno tras otro, cargando hechiceros armados. Son muchos. Demasiados. El aire se llena de siluetas hostiles y energía maldita condensada.

A pesar de estar superados en número, el trío no tiene miedo.

—Haznos los honores, Lily-chan —dice Suguru, tocando ligeramente su hombro.

—Veamos si de verdad valía la pena arriesgar tanto por ese cacharro —murmura Shoko, cruzándose de brazos, expectante.

Lily asiente sin dudar y da dos pasos al frente. Cual protagonista de anime, levanta el arco, concentra toda su energía maldita en el arma y jala la cuerda. Un destello dorado estalla entre sus manos. La flecha se manifiesta como una lanza de luz pura; su aura aplastante hace vibrar el aire. La nieve se levanta en espirales, el santuario tiembla y los enemigos se detienen con incredulidad.

Con sus latidos acelerados y como la fanática de los animes del género Magical Girl que es, Lily recita con una emoción que le nace del alma:

—¡Golden Moon Crystal Power! ¡Stars Arrows! ✨

La flecha es disparada, surca el cielo como una estrella fugaz y, en pleno vuelo, se fragmenta en cientos de proyectiles luminosos. La lluvia de flechas cae sin piedad. Los enemigos no tienen tiempo de escapar: los impactos los destrozan junto a sus shikigamis en una cadena brutal de explosiones que iluminan el santuario. Los restos de los enemigos caen como una lluvia grotesca de cenizas.

Tras eso, el silencio se hace completamente en toda la zona. El combate termina.

Kashiwagi baja el arco, respirando pesadamente. Ieiri permanece inmóvil, boquiabierta. Geto sonríe, satisfecho, como quien acaba de presenciar un espectáculo irrepetible.

Volteándose hacia sus compañeros, Lily los mira con un brillo infantil en sus ojos y las mejillas rojas.

—Fue increíble, jajaja —pronuncia entre risas, antes de colapsar por el cansancio.

Suguru la atrapa antes de que toque el suelo, sosteniéndola con cuidado. Misión cumplida.

Horas más tarde...

Tras regresar a la escuela, Shoko se encarga de llevar a una moribunda Lily a recibir tratamiento médico como resultado de haber usado imprudentemente el artefacto maldito. No morirá, pero sin duda recibirá un regaño del profesor Yaga.

Suguru, exhausto, con el uniforme roto y el cuerpo aún resentido, recibe una última orden: llevar el arco a un lugar seguro. No a la bodega habitual. Esta vez, es un lugar distinto.

Desciende en un elevador antiguo, el zumbido del mecanismo que rompe el silencio. Luego camina por túneles subterráneos, acompañado por un adulto de semblante cansado.

—Sensei... —murmura Geto, reprimiendo un bostezo—. ¿No podría encargarse usted de esto? Estoy realmente agotado.

—De ninguna manera tocaré esa cosa con mis manos —responde inmediato Kusakabe, sin inmutarse—. No quiero arriesgarme con un arma tan antigua.

—Para ser un hechicero de primera clase, es bastante miedoso.

—Mocoso, no te respondo como debería solo porque eres de clase especial.

Avanzan durante largos minutos hasta llegar a una zona prohibida. Muy pocos hechiceros conocen su existencia.

La instalación subterránea se extiende ante ellos como una prisión olvidada por el tiempo. Antorchas encendidas con energía maldita proyectan sombras irregulares sobre paredes de piedra. Las celdas están alineadas una tras otra, vacías, cubiertas de polvo. Los barrotes oxidados crujen con el eco de sus pasos.

El silencio es denso, opresivo. No parece haber nadie.

Y, sin embargo, Geto siente una extraña incomodidad. Como si algo lo observase desde la oscuridad.

—¿Qué es este lugar...? —murmura, extrañado y cauteloso.

—No necesitas saber eso, Geto-kun —responde el profesor, encendiendo un cigarrillo como si nada—. Te espero aquí. Ve y deja esa cosa en una de las habitaciones del pasillo del fondo; están diseñadas para contener cualquier cosa con un poder maldito fuerte.

El joven mira al adulto un instante, entre la frustración por lo vago que es y las ganas de hacer más preguntas. Suspira, adentrándose en la prisión desolada, mientras Kusakabe se queda en el elevador, dando caladas profundas al cigarro.

Con pasos tranquilos, cuidadosos, Suguru se mantiene atento al entorno que lo envuelve. No percibe a nadie más en la penumbra, pero su instinto le grita que no está solo.

Llega al pasillo mencionado, un espacio repleto de puertas metálicas. Todas cubiertas de talismanes, inscripciones y símbolos de contención superpuestos unos sobre otros. Prisiones aisladas, con pequeñas ventanillas metálicas que permiten mirar al interior.

Se asoma a varias, apreciando que algunas están completamente vacías. Otras contienen objetos malditos flotando en el centro: armas oxidadas, máscaras agrietadas, fragmentos de hueso que laten como corazones.

Nada realmente extraño para un hechicero.

Sin ánimos de prolongar esto, elige una celda desocupada, abre la puerta y coloca el arco en el interior.

En cuanto lo suelta, los sellos reaccionan. Brillan con una luz tenue y rojiza. La energía del recinto envuelve el arma y la atrae suavemente hacia el centro, suspendiéndola en el aire. Contención perfecta.

Tras eso, cierra la puerta y se gira para marcharse.

Pero entonces siente algo extraño. Una presión imponente que no viene de las celdas cercanas. Viene del fondo. De la última puerta.

Sus ojos avellana se clavan en ella sin que pueda evitarlo. Allí... hay algo distinto. No es solo energía maldita, es un peso desconocido. Una presencia tan profunda que parece deformar el espacio a su alrededor.

La piel se le eriza. El aire se siente más frío.

—¿Qué hay ahí...? —susurra, tragando saliva.

Se extraña de sí mismo. ¿Por qué se siente nervioso? Es un hechicero de clase especial. El más fuerte de la escuela de Tokio. Alguien que ha mirado a la muerte a los ojos decenas de veces... y, sin embargo, aquella habitación lo intimida.

Respirando profundo y apretando los puños, decide echar un pequeño vistazo.

Con cada paso que da, la oscuridad parece espesarse. La luz de las antorchas se debilita, el pasillo se vuelve más estrecho y el silencio adquiere más peso. Su corazón late con fuerza.

Llega frente a la puerta, la cual es más vieja que las demás. Más gastada, más marcada. Hay palabras grabadas en el metal que dicen:

"La impureza nacida de la sangre traicionera".

Un escalofrío le recorre la espalda. Levanta la mano lentamente, sus dedos temblorosos, toma la rendija metálica y la desliza lo suficiente para mirar con un ojo.

Dentro... no hay luz. No hay forma definida, solo oscuridad. Una oscuridad tan profunda que parece absorber la mirada.

El silencio se vuelve insoportable. Y entonces... algo se mueve.

Un ojo se abre en el fondo. Un solo ojo azulado. De un celeste imposible, casi luminoso, como un fragmento de cielo atrapado en la noche. Ese ojo lo observa directamente, sin parpadear, sin vacilar. Como si lo hubiera estado esperando.

Geto se queda inmóvil. El mundo parece desaparecer a su alrededor. No escucha su respiración, no siente su cuerpo, no recuerda dónde está. Solo existe esa mirada tan hermosa, terrible e infinita.

—¿Quién eres...? —murmura el joven, genuinamente curioso.

Durante un segundo, no ocurre nada.

Luego, una voz surge desde la oscuridad. Grave, baja, rasposa, cargada de siglos que escapan de la comprensión del estudiante.

—Vete de aquí...

Al mismo tiempo, la presión se multiplica. La energía maldita estalla dentro de la celda como una marea contenida demasiado tiempo.

El joven siente que le falta el aire. Que algo lo está aplastando. Que su alma es observada, medida, juzgada.

El miedo lo atraviesa de golpe, crudo, primario e instintivo. Cierra la rendija de golpe, retrocede, da media vuelta y comienza a correr sin mirar atrás. Se aleja con el corazón demasiado acelerado.

Corre sin saber que acaba de cruzar su destino con el del ser más prohibido de la hechicería: Gojo Satoru.

FIN DEL CAPÍTULO 1.