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El despacho de la oficina del director de la escuela secundaria Westmore Middle School olía a café barato y a una decepción profunda. Sobre su escritorio descansaba un informe de tres páginas donde, en la portada, el título remarcado en negrita parecía gritar: INCIDENTE EN EL FESTIVAL DE TALENTOS.
Rodrick Heffley no estaba escuchando el sermón, en su lugar, estaba pensando nuevas melodías para tocar en su batería una vez que llegara a casa.
—...y lo más grave, Rodrick, no es solo que el sistema de rociadores contra incendios se activará por culpa de tus efectos pirotécnicos caseros —decía el director—. Lo más grave es que el solo de batería de veinte minutos que ejecutaste mientras el gimnasio se inundaba fue... "encantador".
—Se llama "arte", señor —respondió Rodrick—. La banda necesita una entrada triunfal. No es como si Löded Diper tocara en bautizos.
—La banda ya no tocará en ningún sitio de esta escuela, porque estás oficialmente expulsado. Tu madre ya está afuera con tus cosas.
Rodrick se enderezó. Por un segundo, la máscara de "chico malo" se desmoronó, su cara demostró pánico. Sabía lo que eso significaba: Susan Heffley en el auto llorando y un viaje de tres horas hacia una nueva ciudad donde nadie conocía su música, ni su banda, mucho menos su legado.
—¿A dónde vamos? —preguntó Rodrick, intentando recuperar su tono despreocupado.
—A un lugar donde espero que no tengan instrumentos de percusión cerca —respondió su madre.
El viaje transcurrió sin problemas. Rodrick, sorprendentemente, se dedicó todo el camino de ida a crear un plan que lograra que sus nuevos compañeros, o toda la escuela, lo conocieran a él y a su música, aunque eso indicará ser nuevamente un dolor de cabeza.
Rodrick se bajó del auto emocionado, sin saber que en su nueva escuela el "dolor de cabeza" se llamaba Reese y no tenía ningún interés en escuchar su música.
Nadie en la escuela había vuelto a mirar a Reese de la misma forma desde que le rompió el brazo a un chico para burlarse de su almuerzo. Pero eso fue antes de que Rodrick Heffley llegara.
Era un lunes cualquiera cuando, inesperadamente, la puerta se abrió de golpe y Rodrick Heffley entró como si fuera el dueño del lugar. despreocupado y con una sonrisa arrogante, de esas que delatan a quien se cree el mejor del mundo. Reese lo observaba desde el fondo del salón, como si acabaran de soltar a otro animal salvaje en su territorio.
—Bueno, chicos, Rodrick será su nuevo compañero lo que resta del año, así que espero que le den una cálida bienvenida —exclamó el profesor.
«Genial, lo que me faltaba: una estúpida presentación», pensó Rodrick.
Reese lo miraba con atención. Sentía curiosidad por descubrir quién era y de qué era capaz Rodrick Heffley, hasta que miró detenidamente el salón y se dio cuenta de que solo quedaba un puesto vacío... justo al lado de él.
—Mierda —dijo Reese.
Reese, disculpa, ¿podrías levantar la mano? Así Rodrick sabrá dónde ubicarse.
Reese obedeció de mala gana, la idea de compartir sitio con Rodrick no le hacia ninguna gracia.
Rodrick, al ver la mano alzada, se dirigió hacia el fondo del salón sin dudarlo.
«Genial», pensó Rodrick, «no podía tocarme con uno menos raro».
Hey —dijo Rodrick con voz burlona—, yo quiero sentarme junto a la ventana.
—¿Acaso quieres morir? —preguntó Reese.
—Solo quiero el puesto junto a la ventana —respondió Rodrick.
—¿Y realmente piensas que te lo daré?
—Disculpa, parece que pensaste que te lo estaba preguntando —soltó Rodrick.
—¿Y no fue así? —preguntó Reese.
—Obviamente no, idiota. Quiero que me des el maldito puesto junto a la ventana —aclaró Rodrick.
—¿Qué dijiste? —respondió Reese, parándose de su asiento.
Lo que oíste. ¿O acaso quieres que te lo deletree? —preguntó Rodrick, acercándose lentamente a Reese.
—Ja. Realmente quieres morir —respondió
La distancia entre ambos se acortó en un instante: Reese dio un paso al frente, reduciendo el espacio personal entre los dos. Con un movimiento inesperado, sus dedos se enterraron en la camiseta de Rodrick, arrugándola con fuerza.
Rodrick, lejos de asustarse, soltó una risa seca, casi inesperada. Mantuvo los hombros relajados y las manos en los bolsillos, sosteniendo la mirada a Reese con una indiferencia insultante. En sus ojos no había miedo, solo la burla de quien se cree intocable, de quien está convencido de que Reese no es más que un perro que ladra pero no muerde.
—¿De verdad vas a hacer esto aquí? —susurró Rodrick con desprecio—. No tienes el valor, Reese. Suéltame antes de que pases vergüenza.
El silencio que siguió fue asfixiante. Reese sintió el calor subiéndole por el cuello, todo se redujo a la mirada de desprecio que provenía de Rodrick.
Entonces, Reese lo hizo.
Sin previo aviso, soltó la camiseta y cerró el puño en un solo movimiento. El golpe no fue elegante, pero llevaba toda la frustración contenida. El puñetazo resonó en el aire un instante antes de que Rodrick se sacudiera hacia atrás, su expresión despreocupada transformándose, finalmente, en una de puro desconcierto.
No tuvo tiempo de reaccionar para cuando llegó el profesor. Afortunadamente, este los detuvo a tiempo, antes de que la pelea se volviera más violenta.
—¡Ustedes dos, a dirección. ahora!
«Genial, mi primer día de clases no podía ser mejor», pensó Rodrick con sarcasmo.
—Mira, Reese, deberías sentirte culpable. Ahora, por tu culpa, seguramente me den sermones de nuevo —masculló Rodrick.
—¿Sentirme culpable? Tú empezaste esto —refutó Reese.
—¿Yo empezarlo? eres gracioso. Créeme que esto no se quedará así —respondió Rodrick.
Ambos empezaron a caminar por el pasillo que llevaba a la dirección. Ninguno dijo una sola palabra, solo se miraban de reojo, con ganas de detenerse y abalanzarse sobre el contrario para demostrar quién era superior.
Se detuvieron al final del pasillo. Ninguno se atrevió a tocar, se quedaron un buen rato frente a la puerta, sin querer entrar. Sabían que, en cuanto dieran un paso en falso, llegaría el castigo, y ninguno quería eso.
Finalmente, la directora los hizo pasar.
—Bueno... ¿quién de ustedes dos me dirá qué sucedió?
Silencio absoluto.
Ninguno respondió.
Reese miró al suelo: Rodrick, al techo
—Chicos, ¿es en serio? Mira, de ti me lo esperaba, Reese, no es la primera ni la última vez que te veré aquí. ¿Pero tú, Rodrick? Es tu primer día... no esperaba que acabaras metido en problemas tan pronto.
No me quedará otra opción que castigarlos. A partir del lunes, tendrán que quedarse una semana después de clases para limpiar la escuela.
—No puede ser —dijo Reese, alterado.
—Tiene que ser una maldita broma —exclamó Rodrick, molesto.
—No tienen otra opción —contestó la directora con mirada severa.
—Mierda —dijeron ambos al unísono.
