Chapter Text
La cena en el cuartel del 12 era una masa amorfa que, según juraban, era comestible. A Sejanus eso no le importaba. Cada bocado le sabía la libertad.
Enlistarse como agente de la paz había sido la mejor decisión que había tomado en su vida. Hasta ahora solo le había traído beneficios. Lo único que le dolía era su madre: sabía que se le había roto el corazón cuando él se fue. Las cartas y las videollamadas la ayudaban a seguir, pero no borraban la distancia.
Su relación con su padre, para su sorpresa, también había mejorado. Al menos en apariencia. Pa Plinth ya no veía su enlistamiento como una rebeldía, sino como "inversión de futuro" para el negocio familiar.
Incluso su relación con sus compañeros de cuartel era buena, por eso mismo le sorprendió cuando el oficial Marshall lo despertó a mitad de la noche, su rostro endurecido como una roca no dejaba ver nada de lo que pasaba por su cabeza.
—Arriba Plint, tienes visita —susurró.
Sejanus se talló los ojos, intentando recomponerse aunque sabía que no podía ser muy tarde, afuera todavía la luna brillaba en lo alto. Y en la habitación un reloj marcaba las tres de la mañana.
—¿Qué? ¿Quién? —No pudo evitar preguntar.
Un destello de disgusto brilló en los ojos del oficial Marshall, pero rápidamente fue sofocado con una máscara de indiferencia.
—No soy tu secretaria, solo me dijeron que te llevara y rápido. Cámbiate.
Marshall salió de la habitación, pero no cerró la puerta, podía verlo parado del otro lado. Sea lo que fuera que pasaba, debía ser algo grave para que lo tuvieran así de vigilado.
Sejanus se apresuró a cambiarse, tomó poco tiempo, puesto que la ropa de dormir que usaba era solamente una camiseta interior y unos briefs que se le pegaban a las piernas, no sabia a quien vería, pero por si acaso, prefería estar sobrevestido antes que mal vestido, así que se puso todo el uniforme, incluso esas horribles hombreras que nadie usaba porque eran terriblemente incómodas.
Marshall lo llevó a través del recinto, incluso pasando a esa parte más bonita donde se alojaban los oficiales de alto rango.Sejanus tragó saliva, las palmas de sus manos sudaban y trató de limpiarlas discretamente en sus pantalones.
Una parte recóndita de su cerebro se preguntaba si acaso habían descubierto lo que había pasado en el quemador. O peor aún, que planeaba ayudar a los rebeldes a escapar. Trató de tranquilizarse, diciéndose que si lo hubieran descubierto, él no estaría caminando por unos pasillos tan limpios, estaría siendo arrastrado por el lodo hacia una celda.
Durante una respiración se preguntó si de verdad estaba caminando como un cerdo al matadero, hacia su final, rezó para que, si Dios lo escuchaba, protegiera a Lil, esa pobre chica, pero tenía que confiar en que estaría bien, incluso si algo le pasaba, Coryo la cuidaría.
—Llegamos —Marshall se detuvo junto a una puerta alta, y con un gesto de cabeza le indico que entrara.
Sejanus se alisó las solapas del uniforme y entró. La habitación era amplia, pero con muebles sencillos que se veían mejor cuidados que todo el complejo de agentes de la paz.
Se detuvo en medio de la habitación; Separó las piernas a la altura de los hombros. Con movimiento suave, entrelazo las manos a la espalda, la derecha sujetando su muñeca izquierda. Su espalda rígida.
Los minutos pasaron, pero Sejanus no se movió. Nadie más había entrado a la habitación, pero Marshall tampoco le había dicho nada o se había movido de su lugar fuera de la habitación.
Sejanus reconoció esto por lo que era, una forma de intimidar. Le había pasado más que una cuantas veces cuando estaba en la academia, profesores que lo hacían esperar en aulas vacías justo después de haberlo citado. Esperando que, para cuando llegaran, Sejanus estuviera demasiado nervioso como para pensar bien.
Aun así, no se movió de su lugar, sabiendo que, si su superior entraba y lo veía informal, se llevaría una reprimenda.
De repente, el caminar de unos tacones se escuchó a sus espaldas. Era un paso decidido, firme pero no apresurado.
Apenas pudo evitar que un jadeo de sorpresa se le escapara de los labios cuando una mano enguantada se posó en su hombro.
—Relájese, soldado —dijo la voz sardónica de la doctora Gaul.
Boqueó, como un pez fuera del agua. La sorpresa pintada por todo su rostro.
La Doctora Gaul se deslizó por la habitación, como si fuera su oficina personal en el Capitolio. Se sentó en la única silla decente de la habitación, ocupando su lugar detrás del escritorio.
—Sé que debe de ser una sorpresa para usted verme aquí, pero aunque no lo crea, tenemos mucho de qué hablar.
Sejanus dudaba que eso fuera cierto. Pero tampoco le iba a decir a la vieja bruja que se largara y lo dejara en paz.
—Hay algo que recientemente ha llegado a mi poder, señor Plint.
Y listo, eso era todo, el fin de su vida había comenzado. Ella lo sabía, literalmente la peor persona para enterarse lo sabía. Cerró los ojos con resignación, deseó haber podido despedirse de Coryo, ver su rostro una última vez.
—Pero no tiene nada de qué preocuparse, este será un secreto que se quedará entre usted y yo… bueno, claramente su padre también lo sabe y recuerde agradecerle de mi parte por la generosa donación que hizo a mi laboratorio.
Abrió los ojos con sorpresa. Claro. Por eso su padre había dejado de quejarse. "Inversión de futuro", decía. Como si Sejanus fuera a heredar las armerías y ponerse a vender fusiles. No le había contado nunca que prefería cortarse la mano antes que eso.
Separó los labios para hablar, pero una mano enguantada se levantó para detenerlo. Ella todavía no había acabado y Sejanus tenía que escucharla hasta el final.
—A cambio de mi generosa indulgencia al dejar esto fuera de los oídos de las autoridades, usted hará algo a cambio por mi. En su expediente dice que se ha interesado por el funcionamiento del cuerpo humano.
Lo miro fijamente, y aunque no había preguntado nada, Sejanus sabía que ahora quería una respuesta.
—Quiero ser médico militar, doctora —del shock, su voz ni siquiera tembló.
—Sí, eso ya no va a suceder. Pasará a ser mi aprendiz, señor Plint.
No pudo evitar que una mueca de disgusto le llenara el rostro y eso hizo que la doctora Gaul soltara una carcajada.
—No me vea así, pronto se acostumbrara. Pero si de verdad no quiere hacerlo, una ejecución pública es su otra opción.
La dureza en sus palabras le hizo saber que hablaba con la pura verdad. Las dos opciones habían sido puestas en la mesa: o trabajaba con y para Gaul o moría.
No pudo evitar pensar en Ma, en lo destrozada que ella estaría si su único hijo muriera, la única razón por la que el mismo no lo había hecho en todos estos años. También pensó en lo aun mas dificil que serian sus vidas (la de ella y la de su padre) si lo ejecutaban por alta traición.
Los ojos de Gaul penetraban en su alma, su sonrisa no había temblado ni un poco. Estaba segura de lo que Sejanus respondería incluso antes de que abriera la boca.
—Lo haré, doctora.
Gaul dio un aplauso fuerte, irradiando una felicidad satisfecha.
—No podrá arrepentirse —su sonrisa se volvió incluso más grande.
—¿No querrá decir “no se arrepentirá”?
—Quise decir lo que dije. Empaque sus cosas, nos vamos al capitolio cuanto antes.
Al pasar por su lado le dio un apretón en el hombro.
—Vamos a divertirnos mucho, señor Plint.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y aunque no había comido nada todavía, se le revolvió el estómago.
—¿Qué pasará con Coriolanus? —no pudo evitar preguntar. Tal vez él también podría volver al capitolio, era lo que había querido desde que llegó y al menos así no estaría solo.
—Créame, no debe de preocuparse por él.
De repente, un pensamiento invadió su mente.
—¿Qué pasará con Lil?
—¿Quién?
—La chica, la que está en la celda —no le importó delatarse más, ya estaba hundido hasta el cuello en esta mierda.
—Oh… ella, si podrían venderla como sirvienta, pero dudo que alguien la compre, así que lo más probable es que la ejecuten después de que nos vayamos.
Un intenso frío le recorrió el cuerpo, no podía ver a Gaul ahora, ella estaba atrás de él, pero por su voz, sabía que no había nada que le diera más igual en este momento.
—Yo lo haré, quiero comprarla.
Una risita burlona salió de la garganta de Gaul.
—Oh querido…
Sejanus se giró para encararla.
—Soy un ciudadano del capitolio, ¿no? Es mi derecho hacerlo.
Durante medio segundo, tan corto que creyó haberlo imaginado, la sorpresa inundó el rostro de la cruel doctora. Pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazado con una mueca de satisfacción.
—Escúchese nada más, ya suena como todo un niño rico. Pero está bien, pude conservar su juguete. Considéralo un regalo de mi parte. Por su nuevo puesto.
Y así nada más, Gaul salió de la habitación, el sonido de sus tacones resonando por el pasillo hasta perderse en la distancia.
…
Sejanus caminó por los pasillos de cemento frío, cuando salió de la habitación Marshall ya no estaba detrás de la puerta, ni siquiera había escuchado cuando el soldado se había ido. Cada paso le pesaba. Su mente era un torbellino de rostros y sospechas.
“Fue Spruce” pensó, con una amargura que le quemaba la garganta. “Tiene que ser él. Lo atraparon y en cuanto las cosas se pusieron feas, decidió salvar su propio pellejo. Me culpó para salir librado de esto”. Se sintió estupido. Coriolanus le había advertido mil veces: para ellos, el solo era un medio para un fin, un billete de salida o una fuente de suministros. Nunca un aliado, menos un amigo. Demasiado distrito para ser capitolio, demasiado capitolio para ser distrito.
“Coryo tenía razón” admitió en silencio con una punzada de arrepentimiento. “Me utilizaron y, en cuanto deje de ser útil, me lanzaron a los lobos”.
Entró en su habitación compartida. El único otro despierto era Coriolanus, probablemente se había despertado cuando lo sacaron de la cama ¿Hace cuanto? ¿Una hora? ¿dos? ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado.
Coriolanus estaba sentado en su litera. Con los codos sobre sus rodillas y los dedos de las manos entrelazados. Cuando levanto la vista, por un segundo, Sejanus creyó ver una chispa de… ¿expectativa? ¿triunfo? Pero desapareció tan rápido que lo atribuyó a su propio cansancio.
—¿Sejanus? —la voz de Coriolanus era tersa, totalmente controlada—. ¿Qué pasó? ¿Te citaron?
Sejanus se dejó caer al suelo, aterrizó con un golpe sordo, el cansancio de repente invadió todos sus sentidos.
—Me voy, Coryo. La doctora Gaul… ella está aquí.
Coriolanus se tenso. Sus dedos, que antes jugueteaban un hilo en su uniforme, se cerraron en un puño. Sejanus no lo notó, estaba demasiado ocupado mirando el suelo.
—¿Aquí? —preguntó Snow, y esta vez su voz sonó más aguda—. ¿Te llevan a una celda en el capitolio?
Claro que Coryo sabía lo que estaba pasando, siempre viendo al futuro, listo para formar un plan que salvará a Sejanus de nuevo.
—No —Sejanus levantó la vista, y sus ojos estaban llenos de una culpa insoportable—. Me lleva como su aprendiz. Mi padre hizo una donación y ella decidió que mi interés por la medicina le será útil en sus experimentos. —Aunque no estaba seguro de que ese hubiera sido el orden de las cosas.
“Claro que Strabo Plinth rescataría a su hijo. No hay nada que no pueda solucionar tirando dinero al problema” pensó Coriolanus. Después de todo ese era el orden natural de las cosas, por eso había enviado ese Charlajo, seguro de que papi Plinth sacaría a su hijito del fuego.
—Trabajaras para la Doctora Gaul…
—Si, en realidad, volveremos al Capitolio ahora mismo. Vine a recoger mis cosas y despedirme. —le dio una sonrisa triste. Las lágrimas le picaban en la comisura de los ojos.
—¿Serás su aprendiz? —repitió Coriolanus. La palabra le sabía a ceniza.
—Lo siento tanto, Coryo —dijo Sejanus, poniendo una mano en el hombro de su amigo—. Es injusto. Tu eres el que debería de volver allí. Alguien me delató. Creo que Spruce, o quizá Lil bajo presión y ahora estoy atrapado con esa mujer. Me siento como un traidor al dejarte aquí, tenías razón sobre ellos.
Coriolanus sintió una náusea violenta y ni siquiera sabía por qué. Esto era lo que había querido al enviar al Charlajo, que Strabo se llevará a Sejanus muy lejos de aquí. Que Sejanus lo estuviera consolando por eso era como si le escupiera en la cara. Tomó una respiración. Tenía que controlarse. Tenía que mantener la máscara o iba a perderlo todo. Sejanus todavía podía sacarlo de aquí en un futuro si jugaba bien sus cartas. O como agente de la paz en el dos.
—No digas eso —dijo Snow, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Es… una oportunidad, Sejanus. Si la doctora Gaul te eligió es porque vio algo en ti.
Y tal vez eso era lo que más asustaba a Sejanus.
—Me eligió porque soy un nuevo juguete para ella —escupió Sejanus con asco—. Pero te prometo algo; no me voy a olvidar de ti. Hablaré con mi padre, que mueva sus influencias. Te sacaré de aquí. Te lo debo, eres mi mejor amigo.
Coriolanus sintió un escalofrío. La ironía era tan grande que casi le daban ganas de reír histéricamente. Sejanus lo abrazó con fuerza, una despedida de hermanos, una promesa de más. Y Coriolanus solo pudo quedarse ahí, rígido, sintiendo como su oportunidad de éxito se le escapaba de las manos aunque, técnicamente, todavía era el héroe de Sejanus.
