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con cualquiera me puedo acostar (pero no con cualquiera quiero despertar)

Summary:

Lautaro no puede dormir, por lo que se va a la única habitación amueblada de la casa, sin saber que su amigo ya le había ganado de mano.

Notes:

hola chicas les quiero decir que confirmé que la ao3 curse es real porque mientras escribía esto se murió mi perra 😀

anyways! las quiero mucho, ojalá lo disfruten <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Lautaro no paraba de dar vueltas en la cama. Hacía horas que el stream había terminado y que trataba de conciliar el sueño, sin éxito. Trataba de acostarse temprano, de no distraerse mucho después de apagar el directo, porque últimamente no había estado durmiendo bien. 

Le costaba horrores cerrar los ojos y no empezar a maquinar, no podía acostarse y simplemente dormir como una persona normal. Era incluso peor cuando se iba a la cama acompañado, cuando Pilar se movía sin darse cuenta en su sueño en la mitad de la noche para abrazarlo y él tenía que quedarse muy quieto para no despertarla. 

No era que no la amase, simplemente no podía dormir con ella abrazándolo. Se concentraba demasiado en su respiración, o en cómo movía el pecho, le comenzaba a picar el cuerpo sin control y sentía que si no se rascaba, se moría. El constante pensamiento de que no debía moverse lo hacía querer levantarse e irse. 

Gracias a que estaban recién mudados, la muchacha había querido no molestarlo por unos días, dejar que se adapte a su nuevo cuarto, a su nueva vida, la de una persona que tiene patio y mucho espacio para movilizarse. Era el segundo día en su nuevo hogar, y aunque Lautaro estaba contento, había disfrutado de la pileta y el sol, de presentar el nuevo set up y de poder gritar todo lo que quisiese sin que nadie diga nada, la realidad era que la casa era terriblemente grande. 

Si no quería ver a sus compañeros, tranquilamente podría evitarlos por un mes en aquel lugar. Su cuarto era grande, aunque no tanto como el de Santiago, que parecía directamente un palacio, y por más de haber puesto ya todos sus muebles en él, se sentía extremadamente vacío. 

No es que el resto de la casa estuviese mucho mejor, ni siquiera tenían una mesa donde comer; las últimas tres comidas las había hecho sentado en el suelo del patio. 

Observó con desgano su ventana sin cortina, y como la luna se reflejaba en el pasto verde. Instintivamente pensó en Manuel, y si estaría durmiendo allí, solo a metros de distancias, sus cuartos separados por una pared. Lo alejó de sus pensamientos y volvió a apoyar la cabeza en la almohada, refunfuñando. 

Lautaro, al haber vivido toda su vida en casas, todas con espacio donde crecer y patios donde jugar, estaba extasiado con su nuevo hogar. Le encantaba todo de aquella casa, y aunque solo había vivido unos días en ella, ya estaba disfrutándola al máximo; hoy, había cocinado para él y Santiago, y después de comer y reírse juntos mirando un partido en el iPad del mayor, simplemente gozaron del sol y de los días de calor que todavía les quedaban. 

Pero en ese momento, en el silencio absoluto, sin poder dormirse y sabiendo que probablemente sus amigos ni siquiera estaban ahí, lo hizo desarrollar una soledad profunda. Con tantas horas en el día y con tanto espacio, temía empezar a perder a sus compañeros de casa, y como en otras ocasiones había pasado, solo verlos en el stream. 

Trató de borrar esos pensamientos de su cabeza, caminó por su cuarto con una pelota entro los pies, se volvió a descargar Tik Tok y miró clips viejos, se fijó que decía la gente en Twitter. Nada pudo sacarle el nudo que se había formado en la boca del estómago. 

Decidió que lo mejor era estar en compañía y no hacerse la cabeza. Consideró escribirle a Pilar para ir a su casa, pero al ver la hora lo descartó. Sabía que a Santiago lo habían pasado a buscar poco después de cortar, por lo que su única opción era Manuel. 

Ni siquiera sabía si se había ido o si se lo encontraría durmiendo en su cama. 

No tardó más de 12 segundos en llegar a su cuarto, justo al lado del suyo. Le sudaron las palmas al apoyar su mano en el picaporte, y pensó por un segundo antes de abrir la puerta. ¿Sería lo indicado? ¿Manuel lo querría allí en su cuarto? 

Sí, siempre, se contestó mentalmente. Manuel siempre lo quería cerca, era una de las razones por las que los problemas nacían en su vientre como un virus, esparciéndose por su cuerpo con tanta rapidez que a Lautaro le asustaba. 

Abrió la puerta sin pensar demasiado, sin una excusa, sin saber qué decir, cómo explicar su presencia, no que Manuel alguna vez lo cuestionase. Siempre lo recibía con los brazos abiertos, encantado con su mera compañía, lo manoseaba y le rogaba que duerma con él, aunque Lautaro siempre negaba. 

Al principio, cuando recién se conocían, el rubio pensó que todo eso pararía cuando Manuel conociera a alguien, que lentamente se olvidaría de él, que tendría otra persona en la que concentrarse. Pero eso nunca había pasado, miles de veces había tenido chicas que aunque no eran sus novias, las venía con frecuencia o incluso en ese momento, Lautaro sabía que hacía unos meses estaba viéndose con alguien, pero la intensidad de su relación parecía solamente aumentar. 

Todo lo relacionado le causaba escalofríos. Cerró los ojos, todavía con la mano en el picaporte, la puerta entreabierta, recordando la última vez que había hecho esto y como había terminado. Nadie nunca podría saberlo, pero él lo hacía, lo recordaba a la perfección. Recordaba los dedos largos y curiosos recorriendo su piel ardiente, recordaba el calor que tenía, recordaba el tacto del pelo húmedo de su amigo entre sus dedos. Todavía tenía las marcas en su cuerpo, el morocho siempre se encargaba de dejarlas a lo largo de su piel, marcando territorio, la prueba de que sus labios habían estado ahí. Quería que todos supiesen que, muy en el fondo, era suyo. 

A veces, el rubio fantaseaba con que alguien los encontrara y preguntara de dónde habían salido y él responder sinceramente. Se sentía sucio. 

Lautaro llevaba los chupones que tenía en la cadera como un trofeo, aunque tuviese que ocultarlos, ambos sabían que estaban ahí; Manuel no dejaba que lo olvide, cada vez que pasaba por su lado, de alguna forma lograba meter alguna excusa para pasar sus manos levemente por ese mismo punto, guiñandole un ojo. Los cachetes del rubio color carmesí.

Había jurado que sería la primera y última vez, pero para Manuel sus palabras no tenían valor, porque había vuelto a pasar. Tantas veces que a Lautaro ya empezaba a avergonzarle. No podía permitirse abrir la puerta y caer otra vez entre sus garras y palabras bonitas. 

Aunque el rubio sabía. Sabía que la situación ya no daba para más, que las ganas de escabullirse en el medio de la noche a su cuarto lo consumían. De alguna forma, siempre terminaban en los brazos del otro, y cada vez era más difícil de ocultar. 

Todo había empezado una vez que habían peleado, Manuel se había enojado por alguna razón, y Lautaro se la había seguido hasta el cansancio. Santiago en algún momento los había dejado solos, y la tensión de su cuerpo era tan grande que ya no podía controlar las palabras que salían de su boca, y cuando quiso darse cuenta, el morocho lo estaba besando y él estaba enredando sus piernas en su cintura. 

Eso había pasado hacía más de dos meses, y no habían parado en ningún momento, incluso cuando Lautaro decía todas las veces que esta sería la última. Manuel solo asentía y lo volvía a besar. No tenían control.

Metió la cabeza dentro del cuarto, dirigiendo su mirada hacia donde sabía que estaba la cama. Su ausencia le cayó como un balde de agua fría, y de repente le dieron muchas ganas de acurrucarse en las frazadas de su amigo y llorar hasta quedarse dormido. 

Se alejó del cuarto, encaminándose hacia el tercer piso, con un sentimiento que no sabía explicar en la panza; era el único lugar amueblado de la casa, donde podía sentirse en casa y no completamente solo. Se pondría a jugar a los juegos si era necesario, con tal de dejar de pensar por unas horas. 

No sabía porqué estaba tan triste sin ninguna razón lógica. Lautaro tenía bien en claro que Manuel se veía con alguien y que pocas noches dormía en su cuarto, pero también estaba acostumbrado a que siempre estaba ahí para él, y ahora Lautaro estaba triste y solo. 

La angustia que se formaba en su pecho solo creció mientras subía las escaleras, pensando como su amigo seguramente estaba con ella, y no con él. Era lo normal, ellos no eran pareja ¿Por qué él no deseaba estar con Pilar o con cualquier mujer en ese momento? ¿Por qué ansiaba solamente la compañía de su amigo? 

¿Por qué se enojaba si no era la prioridad de Manuel? ¿Si no le cumplía todos los caprichos? Muchas preguntas a las que Lautaro sabía perfectamente la respuesta, pero no podía contestar. 

Cuando llegó, lo que menos esperaba encontrarse era justamente al dueño de sus tormentos y sus sueños acostado sobre el sillón. Bufó, una pequeña sonrisa en sus labios casi imperceptible. 

Era como si el destino le estuviera haciendo un chiste malo. Y Lautaro quería reírse. 

El alivio que sintió casi lo repulsó; instantáneamente el nudo en su vientre se deshizo y un sentimiento suave se instaló en reemplazo. 

Las luces estaban prendidas en tonalidades azules, y Manuel descansaba con los ojos cerrados, los auriculares puestos y el celular en la mano, a punto de deslizarse de sus dedos. Llevaba simplemente un short de fútbol y el torso desnudo, las piernas cruzadas y el pecho bajando y subiendo despacio. El rubio se sentó a su lado, cerrando la puerta detrás de él. 

Las preguntas todavía estaban presentes, pero al menos no tenía que hacerse cargo ahora mismo. Podía simplemente recostarse junto a él, en ese sillón diminuto y cerrar los ojos para al fin conciliar el sueño. 

Pocas veces Lautaro descansaba tan bien como cuando lo hacía junto a Manuel, y creía que esa era la única respuesta que necesitaba. No le molestaba que se pegara a él toda la noche, que le pidiera mimos, que lo acaricie y se acueste en su pecho. No le molestaba en lo más mínimo, le agradaba con cierta culpa. 

Dudó por un segundo, viéndolo dormir. Tragó saliva cuando dirigió sus ojos a su pecho, la tinta negra esparcida de formas que Lautaro se sabía de memoria, el cabello negro esparcido por la tela del sillón donde reposaba, los labios ligeramente entreabiertos. Respiró hondo. 

Admitía que toda la situación se había salido un poco de control.

Tomó el celular de sus manos relajadas y lo apoyó sobre la mesa ratona, le sacó el único auricular que tenía en la oreja y juntó el que estaba en el piso, para después recostarse a su lado, sin atreverse a pensar dos veces si era correcto, usando su brazo de almohada. Hundió su cabeza en su buzo, que ni siquiera le pertenecía, y cerró los ojos, sin considerar que haría cuando se levantaran ambos contracturados. 

No pasó ni medio segundo cuando sintió el brazo de Manuel rodearlo por la cadera, sus dedos entrometidos debajo de la tela de su abrigo, tocando la piel tersa de su estómago. Lo acercó a él, pegándolo a su pecho, su culo directo con su entrepierna. 

Confirmó que estaba despierto cuando subió su mano por su pecho, pasando lentamente sus dedos por su ombligo, sus uñas cortas cortándole la respiración.

—Manuel—dijo, mientras el morocho lo tomaba del cuello suavemente, enroscando su cruz entre los dedos; su tacto quemándole como un metal caliente—Pensé que dormías. 

—Mmmh…—ronroneó. Apoyó los labios en su nuca, dándole un beso tan leve que apenas sintió el contacto, descargas eléctricas viajando hasta la punta de sus dedos—Estaba, hasta que me despertaste, bebote. 

Lo giró despacio, dejando que apoye la espalda contra el sillón, y entrelazó sus piernas, mientras le apretaba la piel sensible de la cintura. Lautaro observó sus ojos, adormilados; sin poder resistirse, le pasó un dedo por el labio inferior, donde tenía un tajo que él mismo le había hecho noches atrás.

—No hice ruido. Imposible que te hayas despertado, si dormís como un oso en hibernación.— El comentario le robó una sonrisa y rápidamente las manos del morocho se movieron a sus costillas, provocando que se mueva frenéticamente, tratando de evitar las cosquillas. —¡Manu, Manu, basta! 

Manuel terminó besándole la cara, las mejillas rojas y la punta de la nariz; eventualmente las cosquillas se convirtieron en una caricia. Enterró la cabeza en su cuello, aspirando el olor a vainilla que desprendía el rubio, disfrutando de ser abrazado y de los mimos que dejaban aquellas manos que adoraba en su espalda desnuda. 

—¿Qué haces acá?¿No podías dormir?—preguntó el morocho, con los labios sobre su piel. Sentía su aliento mentolado y los cabellos erizados. Tardó un rato en contestar, hasta que Manuel salió de su escondite para mirarlo—Lauti, ¿qué pasa? 

Revoleó los ojos, y le dió una palmada a la mano que su amigo deslizaba peligrosamente por su lumbar; en respuesta el morocho le mordió suavemente la oreja y lo sostuvo quieto con las manos entrelazadas en su espalda, envolviéndolo por completo. 

—Te fui a buscar a tu cuarto, pero no estabas— rogó que no se le notara la tristeza en la voz, que sus ojos no se aguaran—Así que me vine a acostar en el único mueble de la casa, pero estaba ocupado por un gordo toquetón. 

No pudo esconder sus verdaderos sentimientos detrás del chiste, Manuel lo leía como si fuera un libro abierto. A veces sentía que el morocho lo conocía tan bien que llegaba a preguntarse si él mismo se conocía. 

El puchero falso que esbozó el mayor consiguió exactamente lo que buscaba, el rubio no pudo contener la sonrisa, soltándose de su agarre y alejando su rostro con una mano, que otra vez intentaba besarle las mejillas. 

—¡Salí, salí, pajero! Tipo grande ya. 

—¿Qué pasa, gordito?¿Me extrañabas?— lo sujetó con las manos contra el colchón y le besó la nuez de Adán. Lautaro se preguntó si era así con todas sus conquistas, o solo con él; más que una pregunta fue como una daga al corazón. —¿No llamas a tu noviecita para que te consuele? 

Dudó por un segundo, pensando en que contestar. Estaba cansado. 

—No la quiero a ella—dijo, en un arranque. Manuel lo soltó, sorprendido, y dejó que lo abrace por el cuello—Te quiero a vos. 

Enterró las manos en su pelo y frotó con los dedos, exactamente como sabía que le gustaba y lo miró a los ojos. Lautaro sabía perfectamente que Manuel se había buscado una chica para olvidarse de él, no había sido coincidencia que haya empezado a verse con ella una semana después de que él conociera a Pilar. 

Ambos ignoraban lo que pasaba entre ellos hasta aquel momento; cuando Lautaro había vuelto no habían hablado del tema y se había buscado una distracción que lo mantuviera ocupado para no tener que pensar en esos ojos verdes todo el día, no pensar en que esos mismos ojos le pertenecían a una persona que había dicho que estaba enamorado de él frente a toda una nación. 

Lautaro lo había ignorado, y Manuel se había vuelto loco, tratando de sacarlo de quicio. Se había buscado una chica a la cual coger y asegurarse que el rubio escuchara sus gemidos a través de la puerta, la llevaba a la casa y la besaba enfrente de él, mirándolo a los ojos. 

Todo, hasta que había explotado en sus caras en aquella pelea. Ahora, Lautaro esperaba que aquellas palabras que Manuel decía con tanta ligereza frente a miles de personas, se las diga a él, en privado, al oído.

El morocho estaba cada vez más cerca, Lautaro podía ver como las palabras se le atoraban en la garganta cada vez que lo besaba. Sonrió, sabiendo que lo tenía en la palma de su mano, sabiendo que era suyo para hacer lo que le plazca. 

Manuel se aseguraba de hacerle saber que él también le pertenecía, haciéndole sentir lo que nadie podía. La aceleraba el corazón cuando lo miraba fijo, cuando pasaba a su lado y le besaba el cachete, asegurándose que nadie lo viera, cuando le sonreía grande, esa sonrisa que Lautaro sabía que era solo para él. 

Jaló un poco del cabello con ambas manos, pasándole la lengua por los labios en un acto travieso. Manuel lo apretó más fuerte, enterrando sus dedos en su carne con una brutalidad que solamente él podía aplicar de la forma correcta. 

—Sos malo. 

—Sí. 

Lo tomó de ambas mejillas y estampó sus bocas juntas, saboreandolo entero. El morocho lo besó con ganas acumuladas, aunque esa misma mañana le había robado un beso y algo más en la cocina, asegurándose de resguardar su secreto. Acarició con el pulgar el moretón que había dejado hacía unos días justo encima del hueso de su cadera.

Introdujo su lengua dentro de su boca sin pedir permiso, arrastrando sus manos hacia arriba, llevándose el buzo del rubio con ellas hasta su axila. Le acarició los pezones de forma desprevenida, robándole un jadeo contra sus labios. Bajó su tacto por todo su contorno, llegando a los muslos, tomándolos con una fuerza que hacía que Lautaro pierda el aliento. 

No era así con otros, ni con otras. El rubio dudaba cada vez que estaban juntos, que en algún momento encontrara a otra persona que lo hiciera sentir igual que Manuel. El destino les había jugado una mala pasada, uniéndolos en todos los sentidos, formando aquella conexión única que compartían solo ellos. Lautaro se había negado, lo había reprimido, había ejercido un autocontrol digno de un cura, pero nada había funcionado, pues los lazos que unían sus corazones eran más fuertes. 

Le separó las piernas y se acomodó entre ellas, despegándose por un segundo para dejarlo respirar, moviendo sus muñecas por encima de la cabeza y sosteniéndolas ahí, tirando de la prenda de ropa para sacarla. El pecho de Lautaro quedó expuesto, y mientras todavía sostenía sus manos juntas, empezó a hacer lo que más le gustaba; besando su cuello de forma desesperada, empezó a succionar la piel con fuerza, controlando de no hacerle un chupón.

Según Manuel, Lautaro no podía tener marcas visibles. El rubio quiso reír, impaciente. 

Le besó las clavículas prominentes, pasando su lengua por el hueso, y le soltó las manos, solamente para poder concentrarse en sus pezones. Lautaro le acarició el cabello, jalando de él, leves suspiros saliendo de su boca sin permiso.  

Tiró de sus pezones con los dientes suavemente, humedeciéndolos con la lengua en un movimiento que hacía que al rubio se le fueran los ojos detrás de la cabeza. Los estimuló con las manos, mientras su boca bajaba por su estómago, chupando con más fuerza, dejando marcas rojas debajo de su ombligo. 

Respiró cerca del contorno de su erección y lo miró a los ojos. Lautaro era precioso, y en ese momento, con la boca abierta y jadeos que tenían sus nombre saliendo de ella, el pelo despeinado, el cuello rojo y húmedo por su saliva, era de las cosas más hermosas que había visto en su vida. Sus ojitos miel llenos de deseo, de amor. No había otro lugar al que Manuel pertenezca más que ese. 

Sus manos acariciaban su cintura con ternura, mientras su boca se abría sobre su pene, todavía con el pantalón de pijama puesto. Llevaba un shortcito de Independiente que le hacía agua la boca cada vez que se lo veía puesto. 

Volvió a la altura de su cabeza, y atinó a darle un beso, pero rápidamente el rubio corrió la cara, haciendo que su cara se estampe con su hoyuelo derecho. Lo besó de igual forma. 

—Lautaro. 

—¿Qué?—dijo, con la voz cargada de inocencia. 

—Dame un beso. 

—¿Yo? No, yo no hago esas cosas. 

Manuel revoleó los ojos, con una sonrisa chiquita en los labios. A Lautaro le gustaba jugar, y él siempre le seguía la corriente, fingiendo que no le encantaba que le negara sus labios. Le tomó la cara con una mano girándola a la fuerza, el rubio sonreía con malicia, mientras la otra se deslizaba dentro de su pantalones, llevándose una sorpresa. 

Le apretó la erección entre sus dedos, lentamente bajando y subiendo, consiguiendo que cierre los ojos y poder ver sus bonitas pestañas contra sus mejillas.

—¿Así andas por la casa?—le susurró al oído, jalando su lóbulo con los dientes. 

Lautaro sonrió. Le borró la sonrisa con otro apretón. 

—Es que…—dijo, entre suspiros, el morocho besando la curva de su cuello—No encontré…mis boxers…los perdí, en la mudanza. 

Lo soltó y vió cómo tomaba una bocanada de aire y abría los ojos. Su mano se movió sola hacia atrás, girándolo levemente para que sus dedos pudieran hundirse en la piel de su culo. Lo pegó más a él, ambos gimiendo cuando sus erecciones se chocaron. 

—Sos un provocador, Lautaro—dijo el morocho, susurrando sobre su boca—Ahora vas a tener que pagarlo caro, muy caro. 

—Yo puedo hacer lo que quiera, Manuel. 

Su nombre saliendo de sus labios en un suspiro se sentía como un palazo en la cabeza, lo dejó aturdido y enamorado. Volvió a tomarle los cachetes con la mano. 

—No. Sos mío—le besó la punta de la nariz. —Dame un beso. 

—No. 

Manuel sonrió, apretando más la carne entre sus dedos hasta robarle un gemido. Empezó a frotar sus cuerpos juntos, un vaivén que le sacó jadeos a ambos, sus erecciones causando una fricción que podría hacerlo acabar ahí mismo. 

—Te encanta ser mío, Lautaro—dijo, mordiendo su garganta, mientras el rubio enterraba sus uñas en sus omoplatos—Te encanta que te deje chupones por todos lados así todos ven que me perteneces. 

—N-no. 

Manuel paró sus movimientos bruscamente, haciendo que abra los ojos de golpe. Lautaro gimió en desagrado, apretando su hombro, las uñas dejando marcas en su piel. 

—Admitilo o me voy a mi cuarto, y te dejo acá solo—amenazó, aunque ambos sabían que era mentira. Manuel jamás lo dejaría solo, le era físicamente imposible. Lautaro sonrió contra su boca, todavía sin besarlo.—Mi amor—susurró, besándole la comisura del labio. 

—Soy tuyo—susurró, muy bajito, mirándolo a los ojos. Manuel tragó. 

—Muy bien, bebé. Ahora pórtate bien y dame un beso. 

Lautaro unió sus bocas con desesperación, implorándole que siguiera, que nunca parara. Le volvía loco que el morocho le rogara, que se retuerza por un beso suyo, que no pudiese aguantar más de dos días sin estar dentro de él. 

Manuel lo envolvió por la cintura, sus manos bajando por su espalda baja, metiéndose dentro del short para apretar sus glúteos. Los agarró y palmeó a su gusto, sintiendo como el rubio se estremecía bajo su tacto. 

Le dejó otra vez sobre su espalda, y bajó lentamente por su abdomen, dejando besos húmedos sobre la piel caliente. Le palmeó los costados cuando tuvo su cara frente a su erección, indicandole que levantara la cadera para poder bajar su pijama por sus piernas. Lautaro buscó algo de lo que sostenerse desesperadamente cuando Manuel se metió de un saque su miembro en la boca, siendo la única cosa que encontró su cabello. 

Jaló con fuerza, y el morocho chupó con más vigor. Delineó las venas con la lengua, y saboreó el sabor salado del líquido preseminal, bajando y subiendo con lentitud. 

No pudo disfrutar mucho del gusto, sabía que el rubio empezaba a impacientarse. 

—Manu…—gimió, y el mayor paró, pasándole la lengua por la punta, robándole un escalofrío. Se acomodó mejor, mordiendo sus muslos internos y sosteniendo sus piernas con fuerza en su lugar. 

Pasó la lengua descaradamente por su entrada; Lautaro era un desastre de gemidos y suspiros imparables. Se alegraba de que en su nueva casa no tuviera que retenerse como en el departamento, sabiendo que Santiago podía escucharlos en cualquier momento, porque los sonidos que salían de aquella boca roja eran sus favoritos en el mundo. 

Siguió chupando lentamente su agujero, humedeciendo sus dedos con su propia saliva, introduciendo uno con cuidado, sin dejar de lamerlo. El rubio no necesitaba tanto cuidado, porque esa misma mañana habían estado en esa situación, mientras todos estaban en el patio; Manuel se aseguró de que robarlo por unos minutos, ambos excitados por el temor de ser encontrados. 

Lautaro gimió cuando tocó aquel nudo de nervios, y rápidamente se apresuró a meter otro dedo, todavía besando sus piernas, sin dejarlo descansar. El menor estaba al límite del orgasmo, Manuel rozando apenas su próstata, negándole el clímax. Aumentó la velocidad, y supo que estaba listo cuando empezó a llamar su nombre. El rubio lo tomó por los hombros, acercándolo a su boca y besándolo con necesidad. Bajo las luces azules, se veía más angelado de lo normal. 

—¿Forro? 

El rubio negó, como las últimas dos veces:—Quiero sentirte. 

Manuel asintió. Para él era un halago, siendo que nunca cogía sin protección con nadie; su amigo parecía tener toda la confianza del mundo en él, y el morocho le hubiese confiado su vida entera. Solo lo haría con una persona en el mundo, y ese alguien era Lautaro. 

Se despegó para bajarse sus propios pantalones y el boxer, observándolo recostado en el sillón. Se mordió el labio, no sabía quién lo había bendecido para tener semejantes vistas. 

Lo amaba, eso era lo peor. Amaba cada centímetro de piel, cada atisbo de personalidad, incluso cuando era caprichoso y mimado. Manuel había nacido para complacerlo. 

Todavía con las palabras atragantadas, se acercó a besarlo. Despacio, suave, con el amor desbordando de cada extremidad. Lautaro lo correspondió con el mismo sentimiento en el pecho. Se alineó con su entrada húmeda y agarrándolo del muslo, se introdujo despacio, hasta el fondo, gruñendo en su cuello como un perro desesperado. Tomó la carne con fuerza, acostumbrándose al calor. El rubio suspiraba en su oído, volviéndolo loco. 

Dejó un momento para que Lautaro se acostumbre a la plenitud, jadeando sin control sobre su cuello, acariciando toda la piel que podía. 

Comenzó a moverse lo más profundo que podía cuando el rubio se lo pidió, uniendo su cuerpo al de Lautaro lo más que podía, mientras éste envolvía sus piernas en su espalda baja, sus bocas juntas jadeando, besándose de forma desordenada, sin poder seguir un ritmo concreto. 

Golpeó ese punto dulce casi de inmediato, conociéndolo tan bien que juraba poder recitarlo de memoria. Conocía el cuerpo del rubio como si fuera el suyo, tenía la ubicación exacta de sus lunares y las pecas de su espalda contadas a la perfección. 

Lautaro gemía en su oído y él enterraba su cara en su cuello, mordiendo tan fuerte que temió sacarle sangre. Las uñas de su amigo se enterraban en su brazo con fuerza, marcando la piel con arañazos rojos que lo llevaban al límite. 

Lautaro había estado al borde ya una vez esa noche y por como sonaba, no faltaba mucho para que el rubio se viniera, por lo que aceleró el ritmo, sujetando su cuello con su mano, sus bocas pegadas en jadeos. Estar dentro de él de aquella forma era sagrado, mágico incluso. Ambos estaban sudando por el calor, y Manuel ya no veía, el placer tomándolo por completo, todavía sin liberarse. 

Ni siquiera lo pensó cuando lo dijo, las palabras solo escaparon de su boca de forma inesperada, sintiéndolas en lo más profundo de su alma. 

—Por dios, Lautaro—su cerebro nublado—Te amo. 

El rubio no dijo nada y Manuel tampoco lo notó, porque éste lo tomó de las mejillas y lo besó; el morocho lo agarró más fuerte de la cadera, justo donde sabía que a su amigo lo volvía loco, cada estocada más rápido, presionando el hueso con sus dedos. Con un gemido agudo y retorciéndose bajo su cuerpo, Lautaro se vino sobre su estómago, con los dientes enterrados en su hombro. Con eso, el morocho llegó al orgasmo con un gruñido, llenándolo por completo. 

Manuel cayó sobre su cuerpo, destruido, todavía en su interior. No le gustaba separarse instantáneamente, deseaba quedarse en aquel lugar divino, sintiendo su calor, con la excusa de que no quería manchar el sillón. Se recostó sobre el pecho del rubio, descansando agotado. 

Ambas respiraciones agitadas, sus pechos subiendo y bajando con rapidez. Lautaro no tardó en volver a acariciar su cuero cabelludo, mimándolo y masajeando. Ninguno dijo nada por un rato. Se acercó más, rozando la punta de su nariz con su cuello, absorbiendo el olor a vainilla y sexo, abrazándolo por completo, sus cuerpos todavía unidos.

—Manu…—dijo, después de un momento.

De pronto, las mejillas de Manuel se sonrojaron, recordando las palabras que habían salido de su boca. 

—Ya sé—susurró, sin soltarlo, enterrando la cabeza más en la curva de su hombro—Me dejé llevar, perdón. 

Lautaro no dijo nada, acariciando su espalda. 

—No me molesta—se tiró para atrás, asegurándose que lo pudiera mirar a los ojos. El morocho se apoyó sobre sus codos, encontrando su mirada—¿Se te escapó o…? 

—¿O qué? 

El rubio dudó, sus labios entreabiertos. El calor había bajado, pero Manuel sentía que se ahogaba. ¿O qué?

—¿O…o lo sentís? 

El mayor casi se atraganta con su propia saliva, no esperaba esa pregunta, no sabía si estaba listo para contestarla. Sí, hacía mucho que había admitido estar enamorado de su amigo, frente a Santiago, frente a miles de invitados, en la comunidad, lo gritaría a los cuatro vientos si fuese necesario; pero mirarlo a los ojos miel más bonitos del mundo y decirle que estaba completamente a sus pies era algo que no había tenido el valor de hacer. 

Lautaro tenía novia, y por lo que él sabía, ninguna intención de dejarla. Aunque él mismo alegara estar conociendo a alguien, cuando había probado al rubio, cortó todo sin pensar, desesperado por estar libre por si algo llegaba a pasar. Pero ese momento nunca había llegado, y él seguía ahí, enamorado de una persona que pasaba casi todas sus noches acompañado. 

Había entrado en un limbo peligroso, sin poder despegarse el uno del otro, donde Manuel lo miraba a los ojos para ver si veía sus sentimientos reflejados en ellos. No sabía si estaba loco, o no, pero a veces, como en ese instante, juraba que el amor desbordaba de ellos como fuentes de agua, y se preguntaba si había una posibilidad. 

Nunca lo sabría si no se confesaba.  

Con una valentía que no sabía si provenía de ver esos hermosos ojos miel que lo observaban o de donde, asintió, despacio. Pudo ver la reacción en la cara de Lautaro, una sonrisa imperceptible formándose en sus labios. Su corazón dió un vuelco. 

No dijo nada, pero apoyó la mano diminuta en su pecho, justo encima de su corazón, y apretó suavemente, sin despegar sus ojos de él. Manuel sentía que se moría. Se lo había cogido miles de veces para este punto, pero esto era diferente; íntimo. Era como descansar a su lado en el sillón un domingo por la tarde mientras acariciaba la piel suave de su tobillo, o un beso lento en la cocina antes de que se despierte Santiago, una mirada cómplice en stream. 

Era como escabullirse a su cuarto en la madrugada cuando tenía miedo después de jugar juegos de terror, o hacer pases de fútbol los tres en casa sin preocupaciones. Mirar Cars por milésima vez, sintiendo su risa vibrar contra su cuerpo, dormir juntos cuando ninguno de los dos sabía en la casa de su mamá, cuando Manuel sospechaba. Llorar por él cuando se fue, extrañarlo con toda la fuerza de su cuerpo, luchar por levantarse de su cama.

Esa llamada donde habían charlado después de mucho tiempo, donde, después de meses, volvía a escuchar su risa a través de una pantalla como si fuera la primera vez; se sentía como ese abrazo que le había dado cuando volvió, volver a sentir su olor. 

Se sentía como la primera vez que hablaron, o la primera vez que lo vió, caminando inseguro en el aeropuerto, con toda su vida metida en una valija, cruzando el mar solo por él. 

Se sentía como todo el amor que le explotaba en el pecho. 

Unió sus labios, apoyando su propia mano sobre la de Lautaro, entrelazando sus dedos ahí sobre su corazón. Un pico suave, casi un contacto efímero; suspiró contra su boca. Manuel salió de él, cuidando que sus fluidos no cayeran a la tela del sillón, y se paró, dirigiéndose al baño. 

No sabía que acababa de pasar, pero disfrutaba del calorcito que se había instalado en su pecho. Lautaro no necesitaba decir nada, Manuel sabía. 

Agarró la toalla y la humedeció bajo el grifo del baño, volviendo al rubio para limpiarle el vientre y los restos de semen que tenía en su entrada. Pasó la tela por la piel todavía caliente, acostándose a su lado, besando suavemente el estómago ahora limpio. 

Tiró la toalla al suelo y volvió a estar entre los brazos del menor, que ansiaba que cubriera su cuerpo con el suyo, sufriendo el frío de la soledad. Notó un puchero en sus labios, y sonrió, acariciando su cachete rojito. 

—¿Qué pasa, mi amor? 

—Tengo hambre, Manu. 

El morocho rió despacio contra su pecho, feliz. 

—Pensé que me ibas a decir algo serio, Lautaro—el rubio emitió un sonido y no pudo contenerse a cumplirle todos los caprichos que salieran de esa cabecita—¿Mc? 

Mientras asentía frenéticamente, los ojos de su amigo brillaron, no sabía si por la mención a la comida o porque amaba que Manuel lo complaciera. 

 

… 

 

No tardaron en darse una ducha caliente en el cuarto del morocho, y abrigarse para salir. Manuel había querido pedir delivery pero para su sorpresa, el rubio quería salir. 

Disfrutaba de sus escapadas a altas horas de la noche, donde generalmente nadie los molestaba y podía disfrutar de ser alguien normal y corriente. Estaba cómodo y calentito en aquella noche lluviosa de verano, con la ropa interior que le había prestado su amigo y un buzo que tenía el perfume que usaba solamente porque sabía que Lautaro lo adoraba. 

En el auto, mientras manejaba, sus dedos apretaban su muslo de vez en cuando, en una caricia entre cambios. El estómago de Lautaro rugía y no podía pensar en hacer nada hasta que tuviera comida en su interior; había olvidado que esa noche se había saltado la cena. 

Cuando Manuel estacionó el auto en el Mcdonald's que estaba 24 horas abierto, ambos se dirigieron adentro, esperando en la cola a que los atendieran. Era tarde, y el local estaba casi vacío, exceptuando por ellos y otros chicos que se notaba que recién salían del boliche. 

Mientras esperaban, el morocho escabulló una de sus manos al bolsillo de su buzo, donde Lautaro trataba de que las suyas no perdieran calor. Entrelazó sus dedos, ahí, dentro de la oscuridad del bolsillo, ambos parados en el local de comida rápida. No estaban tomados de las manos frente a todo el mundo, pero cualquiera que lo viera entendería que eran pareja. 

Al contrario de lo que pensó que pasaría, no se puso tenso; encontró cierta paz al estar a la vista de todos, pero aún así tener su propia burbuja con Manuel. Entrelazó sus dedos con los de él, manteniéndolos así hasta que el morocho tuvo que pagar la comida. 

Se sentaron uno al lado del otro y Lautaro disfrutó de su comida, Manuel viéndolo comer con una sonrisa en sus labios. 

—¿Qué me miras, mogulacho? 

El morocho le corrió un mechón de pelo detrás de la oreja, mientras el menor comía papas fritas grasientas. 

—Pensé que tu novia solo te dejaba comer carne, palta y huevo. 

Lautaro se tensó ante el comentario:—No, lo hago porque quiero, no porque Pilar me obligue. 

Abrió un ketchup con los dientes y el morocho le robó Coca Cola de su vaso, todavía mirándolo con una sonrisa, sobando su espalda. Lautaro se pegó a su costado, su amigo le besó el hombro. Lo miró a los ojos, y suspiró. 

Lautaro tenía un secreto más grande que Manuel, y ya comenzaba a pesarle en el pecho. 

—Manu.—dijo, resignado, sin poder sostener la situación más tiempo—Te tengo que contar algo. 

—¿Estás embarazado?—el comentario lo descolocó—Yo quiero ser un padre presente, ¡¿o es de otro?!

Siguió bromeando, fingiendo alarma, y Lautaro se rió también, pegándole un manotazo en el brazo:—No, pelotudo.  

El morocho le besó la mejilla y lo motivó a seguir hablando:—¿Qué pasa, Lauti? Contame, amor. 

Bajó la mirada a su regazo y juntó toda la valentía que venía acumulando hace semanas. 

—Yo…no estoy con Pilar. No es mi novia. 

La cara de Manuel era un cuadro, pero el rubio se tapó la cara con las manos, todavía pegado a su costado. 

—¿Qué?¿Cómo no es tu novia, Moski?¿Qué decís? ¿Le cortaste?

Tembló ante el apodo:—No, nunca lo fue, en realidad. Es mi amiga.—El morocho no podía creer lo que escuchaba, no sabía si era su sueño húmedo o una broma pesada—Vos nunca me lo preguntaste, simplemente asumiste que era mi novia, y yo te dejé que lo creas. 

—Lautaro, ¡te vi como te la chapaste enfrente mío! ¡¿Qué querías que piense?! 

Manuel no estaba enojado, sino sorprendido; no podía comprender ni cuándo ni cómo ni por qué. ¿Por qué? ¿Qué locura se había desatado en la cabeza del rubio para dejarlo pensar eso? No pudo evitar sentirse un poco aliviado, con un peso menos en los hombros, sabiendo que el único gran obstáculo de estar con Lautaro se había esfumado. 

—Lo intentamos por unos días, y después todo se fue a la mierda y tuve que confesarle todo. Pilar…me ayudó, en cierta forma, a darme cuenta.—paró, por un segundo, a pensar y finalmente lo dijo—Me ayudó a darme cuenta que estaba enamorado de vos. 

Las palabras eran música para sus oídos, estaba anonadado. Santiago no iba a poder creerlo. 

—Admito que empecé a disfrutarlo un poco cuando se te saltó la vena y te empezaron a salir canas verdes por los celos.—dijo, con una sonrisa maliciosa. 

Manuel sonrió. Lautaro estaba loco, y él no podía estar más enamorado. 

—Sos boludo, bebé. ¿Cómo hiciste? Todas las noches se queda a dormir en casa. 

—Boludo sos vos, que te dije que dormíamos cada uno en los bordes de la cama y no sospechaste que había algo raro. 

Ahora que lo pensaba, solo los había visto darse picos inocentes, sacando aquel beso en el boliche la primera vez. Había caído redondito en los juegos de su rubio favorito, muy concentrado en los celos que sentía para mirar realmente. Recordó evitar mirarlos cuando estaban juntos, porque si tan solo se hubiese puesto a observar un segundo, se habría dado cuenta. 

—¿Por qué, Lauti? Sabías que yo estaba enamorado de vos.—pensó mejor, reformulando—Que…que estoy, enamorado. 

El rubio sonrió. 

—No sé, nunca lo escuché dirigido a mi hasta hoy. Y tenes suerte que te lo tomo, porque no debería contar cuando estás enterrado adentro mío a punto del orgasmo.—dijo, otra vez desviando la mirada—Quería…quería que me lo dijeras a mi. Y cuando volví, esperé. Esperé a que pase la pelea porque pensé que capaz eso te estaba haciendo la cabeza, pero nunca me lo dijiste. Creo que en un momento empecé a pensar que capaz no era real y que al final si era todo contenido, y ahí la conocí. Me sacó la ficha al toque igual. Ella supo que te amaba antes que yo. 

Le resultaba surrealista estar teniendo esta conversación sentados en un Mcdonald’s, pero no le importaba. Su chico, el amor de su vida, había estado esperándolo todo ese tiempo, y él nunca había sido capaz de verlo. 

—La gente tenía razón cuando decía que eras maldito.—dijo, con una sonrisa en sus labios, mientras lo miraba fijo; el rubio sonrió también, malicioso.

Salieron del lugar con las manos tomadas, y cuando llegaron a casa, Manuel no lo soltó. Lo dirigió a su cuarto, le sacó toda la ropa con una obscena dedicación y lo acostó en la cama, abrazándolo por detrás, simplemente tapados por las sábanas. 

Cuando sus ojos estaban cerrados y su cabeza adormilada, el rubio habló bajito:—Manu. 

—¿Mmmh?—al ver que no contestaba, bromeó, girándolo entre sus brazos para poder mirarle la cara—¿Tenés algún otro trapito para sacar al sol, Lauchita?  

—No.—dijo, acariciando su cabello entre los dedos; se acercó y le besó la comisura del labio—Perdón. 

Manuel se sorprendió. 

—¿Por qué me pedís perdón, hermoso? 

—Por no ser valiente. Perdón por irme, perdón por fingir. Nos robé tiempo con todo esto, cuando podría haberlo evitado. Tendría que…tendría que habértelo dicho desde un principio. 

El corazón del morocho se achicó un poco escuchando las palabras salir de la boca de Lautaro bajito. Lo observó bien, sus ojos miel casi negros en la oscuridad del cuarto llenos de lágrimas, sus mechones rubios desordenados. Le dió un beso largo, suspirando contra su boca, ya sin ninguna preocupación en el cuerpo. 

—No me pidas perdón, Lauti. Perdón, por no decírtelo cuando lo supe, mucho antes de que te vayas. Perdón por hacerte esperar—susurró, dejando besos suaves por su mejilla, lamiéndole las lágrimas—No estés triste, mi amor, tenemos todo el tiempo del mundo. Ahora que sos mío no te pienso soltar. 

Lautaro rió, abrazándolo del cuello. 

—Siempre fui tuyo. 

—Mejor, porque como viene la cosa, nunca te vas a poder librar de mí. Y agradecé que no te puedo embarazar. 

—Podes intentar.

Ambos rieron, bocas juntas, pechos pegados, piernas entrelazadas. Sus corazones latiendo juntos al mismo ritmo, tan enlazados que solo podía ser obra del destino. 

 

 

Después de un rato, todavía abrazándolo, cuando el sol ya estaba saliendo por el horizonte y llegando a iluminar un poco el cuarto, dijo: 

—Igual un poco me calentaba. 

—Que tipo pajero morboso que sos, Manuel, por Dios. 

Casi pudo escuchar su sonrisa, besando su cuello. 

—Y vos estas re loco, y yo no digo nada. 

—No.—se dió vuelta para besarlo, abrazándolo por la cintura—Así me amas. 

—Sí—dijo Manuel, sonriendo—Así te amo. 

Lautaro lo besó, susurrándole palabras suaves, y después cerró los ojos, preparándose para dormir, al final, después de una noche en la había planeado descansar temprano, en paz. 

Notes:

no se chicas es medio falopa todo ya no se ni lo que escribo termine esto 4 am y estuve todo el día agregándole cosas.

disculpen si es cualquiera, dignándome como siempre lo que piensan !!💗💗💗