Chapter Text
—Lo amo, Profesor. Me enamoré de usted desde la primera vez que lo vi.
Con las mejillas coloreadas de rojo, y unos hermosos ojos azulados que brillaban de amor, pero también de firmeza, el adolescente hacia la mayor hazaña que su valiente corazón le gritaba por hacer.
Tweek Tweak le declaraba su amor a su querido profesor: Craig Tucker.
Con un amor acumulándose desde que entro al instituto, el doncel de dieciséis años ya no podía sostener tan pesada carga. No cuando ese hombre frente a él era tan amable al hablarle, tan dedicado a su trabajo, que uno mismo se apasionaba con lo que explicaba en la pizarra. Pero sobre todo que esos bellos ojos esmeralda impactaran con los suyos por un largo tiempo, haciéndole temblar de la emoción.
Solo era cuestión de tiempo de que el resultado fuera en forma en una inocente confesión. Que floreció de manera tan natural como el viento de la dulce primavera que estaban viviendo en ese momento.
Sin embargo, no todo estaba destinado a ser dulce.
—Lo lamento, Tweek. No puedo aceptarte — con una sonrisa amable, la que siempre le dedicaba, el dueño de su corazón le daba la primera apuñalada. —No solo se trata de algo incorrecto e inapropiado. Soy... bueno, aún tienes una larga vida por delante, te falta por conocer el mundo...
—Sé que soy joven — le interrumpió con toda la velocidad del mundo. No deseaba asimilar este rechazo—. Pero no puedo dejar de quererlo, ni de pensar en usted...
La franqueza se había esfumado, y las primeras lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Vamos, no era un tonto, sabía bien que algo así pasaría.
Es más, ¿qué es lo que esperaba?
Su profesor era un hombre casado de treinta y cinco años, además, por lo que sabía, tenía un hijo con el que Tweek compartía edad. En pocas palabras, un hombre de familia, y una gran brecha de edad que no sería bien vista por la sociedad.
Sin olvidar que su profesor parecía serle fiel a su esposa.
Nunca tuvo oportunidad alguna.
Sabiéndose un perdedor, le dio la espalda y huyo de él, no hacían falta más palabras o despedidas. Se iba con la misma pureza e inexperiencia de un adolescente rechazado. Su corazón ya estaba roto, y su amado profesor no iba a correr tras él a consolarlo.
Con todo el dolor de su alma, ese día Tweek Tweak se vio obligado a cerrar su corazón. Porque nadie nunca en la vida sería igual que su profesor Tucker.
Su primer y único gran amor.
...
—Oye, si terminaste el proyecto. ¿Verdad?
Wendy picó su cabeza repetidas veces.
Tweek abrió sus ojos de golpe, despejando su mente de una de sus tantas pesadillas del pasado. La voz irritada de su amiga no paso desapercibida tan pronto como la escucho a su oído.
Dios, había estado durmiendo tan bien...
Bueno, con recuerdos malos, pero una buena siesta al fin y al cabo.
—Demonios, Wendy. Déjame tranquilo — exclamó el rubio con molestia. No había nada peor que le interrumpieran su sueño a mitad de la hora de descanso.
Aún si incluso fuera un sueño el cual solo recordaba dolor.
—Deberías de agradecerme, idiota. La clase va a empezar unos minutos más temprano — regreso la chica de cabello ónix. Su tono se agrió un poco antes de añadir—. Además, Clyde te está buscando.
Dejo escapar un quejido de hastío, levantándose de su asiento de inmediato. No quería tener que lidiar con ese chico en estos momentos. Era su bendito descanso. No había nadie más que le desesperara tanto como lo era Clyde.
Su novio.
O al menos su novio, casi forzado, desde hace dos semanas.
Con veintidós años de edad, todas sus amistades habían hecho un montón de planes para emparejarlo con cualquier persona. Dado que nunca mostró un interés genuino en estar en alguna relación, los alentó aun más a conseguirle un novio.
Alegando que se "estaba perdiendo su juventud universitaria".
Vamos, eso no podía estar más alejado de la realidad. Disfrutaba de salir a fiestas, de conocer nuevos amigos y de explorar el mundo en sí. Lo único que no estaba es sus planes, era tener una pareja.
Realmente, nadie llamaba su atención. Las pocas veces que salió con alguna persona, no duró más que una semana o un par de días. Con frecuencia, perdía el interés a una velocidad extraordinaria, ni siquiera alcanzaba a conocer del todo a esas personas, dado a su aburrimiento prematuro.
Y lo mismo iba a pasar con Clyde Tucker.
La primera vez que lo conoció, no se molestó siquiera en recordar su nombre. Aunque al tocarles en la misma clase de la facultad, lentamente tuvo que hacerlo, porque el castaño era el "chistoso" de la clase. Lo que le ganó cierta popularidad, a la cual le sacaba aprovecho para acercarse a él.
Incluyéndolo en sus tontos chistes, o en coquetearle a mitad de ellos. Era muy obvio que el hombre estaba interesado en él. Pero en el otro lado de la moneda...el doncel no podía evitar sentirse más que incómodo por sus intentos de acercarse. Lejos de conquistarlo, lo estaba hartando, más nunca se lo hizo ver a sus amigos.
Que como era de esperar, le jugó en contra. Porque al no ver un rechazo implícito por parte de Tweek, sus amigos lo vieron como una señal fidedigna para que interfirieran e hicieran de las suyas.
Dejándolos a ellos dos solos a propósito, cediéndole el único asiento libre de la clase donde a su lado estaría Clyde, y que de manera misteriosa, el chico supiera de sus postres favoritos, al igual que su gran gusto a la lectura romántica y la serie de momento que le gustaba.
Debió prever que un día el castaño aparecía en la clase con un montón de globos, y un gran oso de felpa que abrazaba un corazón rojo. Todo junto a esas palabras que ya bien esperaba en todo este cliché.
¿Quieres ser mi novio?
Aunque le picaba la lengua por decir un fuerte y contundente "No". La verdad, es que se acobardó justo al final, y no porque mágicamente se haya enamorado de él, sino porque mirando de un lado a otro, toda la clase tenía sus ojos puestos en su respuesta. Mientras que sus amigos le gritaban con la mirada "¡Dile que sí!", las demás personas eran un "No rechazaras a nuestro gracioso y querido Clyde, ¿verdad?"
Ante esa presión social abismal, y con todos del lado del chico, no le quedó más que dar una sonrisita nerviosa, asintiendo con resignación.
Los días después de eso no fueron los mejores. Clyde lo acompañaba a todos lados, le mandaba mensajes la mayor parte del tiempo, y en general, era muy pegajoso. Siempre quería estar con él. Tomándolo por sorpresa cada cierto tiempo en que le robaba un beso en el momento menos esperado. O apareciendo justo cuando quería un respiro de todos, y más, de él.
Ciertamente, le parecía lindo que el chico se preocupara por él, como para mandarle un mensaje de que sí había llegado con bien a su casa. Justo cuando sus caminos se separaban al salir de la universidad.
Pero aún así, aunque quisiera encontrar razones para qué le gustará de verdad, no las había. No amaba a Clyde, era hasta gracioso decir que lo único que le gustaba de él, era su apellido, por la nostalgia que le traía. Sin embargo, no sabía cómo terminarlo.
En cierta forma, le pesaba dejarlo. Quizá era la lástima, después de ver los muchos intentos del morocho por ser una buena pareja. Sin contar, que toda el aula estaba al pendiente de su relación, y aún les quedaba poco más de un año de carrera para que fueran libres.
Por lo que no era tan fácil terminarlo, sin echarse a la mayoría de la clase encima.
—¡Tweek!
Un escalofrío le recorrió la espalda al escuchar el llamado emocionado del chico con el que tantas ganas tenía de romper, como si lo hubiera estado invocando sin querer. Así que como algo ya ensayado por Tweek, le devolvió la sonrisa. La misma que podría significar un «yo también te encontré».
Y no en el buen sentido.
—Clyde… —saludó, sin dejar de sonreír pese a sus intensas ganas de salir corriendo.
Con un beso con el que se sintió obligado a corresponder, acompaño a su entusiasta novio al aula.
—Te extrañé mucho...— el castaño rodeo su hombro con su brazo derecho, pegando su nariz casi al cuello del rubio. Un tacto por el que Tweek se vio forzado a aceptar y no alejarlo cuando entraron al recinto—. De verdad que eres lo mejor que me pasó en la vida, Tweek.
Volvió a sonreír con falsa dulzura.
¿Por cuánto tiempo podría aceptar esto?
—Ven hoy a mi casa.
Otro escalofrío le recorrió, y un miedo súbito le subió a la cabeza de inmediato, enterrándose de manera angustiante al captar el sentido de esas palabras. No quería creer que ocurriera tan pronto esa indirecta. O quizá se había sentido tan abrumado los últimos días, estando tan alerta a cada cosa que hiciera Clyde, que ya hasta andaba malpensado, llevándolo a un malentendido de su parte por tomarlo como una insinuación sexual.
Vamos, muy apenas iban a cumplir dos semanas de novios. Ni tampoco es que fuera a entregar su preciada primera vez de esa forma. Sería el peor error de su vida si se atreviera.
—Quiero que conozcas a mi padre. Hará una cena por mi cumpleaños—termino de añadir con alegría.
Soltó una risilla nerviosa, antes de suspirar con un pesado alivio dentro de su mente. Parecía que por primera vez, en todo este enredo, había un dios de su lado.
Espera, ¿era el cumpleaños de Clyde?
...
Apenas las clases terminaron, no esperaba que la mayor parte de sus compañeros agarraran sus bolsos y caminarán detrás de Clyde con un abucheo efusivo por el cumpleaños de su persona favorita.
Parecía que el dios que había estado de su lado, se había largado, burlándose de él a su paso. Porque no pasaron ni tres segundos en que fue arrastrado sin ni una gota de piedad por todos al festejo que le tenían preparado al castaño. Siendo un alma poco sociable —al menos con los amigos Clyde, que no eran más que unos viles alcohólicos primerizos— , se vio recluido en la mesa que habían apartado en el bar, mientras que los demás comenzaban a emborracharse a diestra y siniestra, incluido el cumpleañero. No había nadie con quien hablar, y que él conociera, porque ninguno de sus amigos tomo la invitación.
Miro su reloj por un momento: 19:30.
Se estaba haciendo tarde, y no veía algún fin a esto. Respiro hondo, y agarrando un poco de valor, camino directo hacía Clyde, quien tomaba enérgico de una lata de cerveza, entre risas con sus amigos. Apenas los ojos miel del chico lo divisaron, se asomó una brillante sonrisa enrojecida, lo que delataba su obvio estado de ebriedad.
—¡Cariño!—replicó con alegría borracha.
Sin su consentimiento, su novio le tomo de la cadera con la única mano en que no agarraba la botella, y le plantó un largo beso en los labios. Tweek arqueo las cejas con disgusto, sintiendo asco del sabor alcohol entre sus labios.
—¡Te amo mucho! Eres ...eres el amor de mi vida, Tweek—le hablaba entre susurros, escondiendo su rostro a su cuello—. Me voy a casar contigo cuando terminemos la universidad...
Oh, Jesús...
Ahogo un quejido cuando el cuerpo contrario casi se terminó de recargar en él en un abrazo. De verdad que deseaba tanto el irse, ya no quería estar allí.
—Ya es tarde, Clyde—se recompuso con pesar. Casi pujaba de tener que seguir cargando con él—. Dijiste que iríamos con tu padre...
—Ja ja, mi padre... -se burló risueño el hombre-. Mi padre... —abrio los ojos de golpe, como si hubiera perdido la ebriedad—. ¡Oh, la puta cena!
Aunque pronto su estado alcoholizado hizo de las suyas, al provocarle arcadas que lo llevaron a correr al primer cesto de basura para vomitar. El rubio, lleno de vergüenza evito ver en su dirección y se enfocó en los amigos de su novio, quienes se burlaban de la desgracia del chico.
—¿Alguno podría llevarlo a casa? Es que necesito llegar a la mía, se está haciendo tarde...—tanteo las aguas.
No obstante, solo recibió las miradas irritadas y de mal humor de los dos amigos del castaño. Como si hubiera dicho algo que no debía.
—¿Nosotros por qué? Es tu novio, es tu deber que llegue bien a casa.
Apretó sus propias manos con rabia, hasta que los nudillos se le tensaron, y sus ojos brillaron apenas, cargados de las inmensas ganas que tenía de llorar. Reafirmaba su odio por toda esta situación. Todos buscaban siempre el bienestar del chico revoltoso de la clase, pero nadie era capaz de ver por Tweek. En como toda esta actuación de la pareja perfecta le estaba drenando la energía.
Ya no soportaba esto.
—Vamos, no te caigas.
Escupió con cansancio, y un obvio hastío por este maldito teatro. El doncel ya había estado cargando con el incompetente, y mareado, cuerpo de Clyde Tucker desde que bajaron del taxi. Por puro milagro, el chico le había dado la dirección en una de sus punzadas de conciencia.
Lo dejaría en la puerta, tocaría el timbre, y se iría corriendo. Eso sería todo, no haría más. No podía soportarlo más. Ya no quería seguir con Clyde, lo terminaría mañana temprano que estuviera sobrio. Lo había decidido al fin.
Así sea que todos le odiarán por eso.
Aunque, tan pronto como llego a la puerta, esa idea de huir así sin más se había esfumado. Sería muy grosero de su parte dejarlo así como así, en ese estado tan vulnerable, sin ni una explicación básica de por medio de lo que había ocurrido.
"Estúpido peso de conciencia" Pensó, antes de tocar el timbre. Ya completamente resignado a compartir su versión de los hechos como si fuera un verdadero novio preocupado.
Tocó una primera vez, y no tuvo respuesta.
Tocó una segunda vez, y tampoco hubo respuesta.
Irritado, con el cuerpo pesado de Clyde haciéndolo tambalear de un lado a otro por la mínima resistencia del castaño —y con el miedo que en una de esas pudiera vomitarle encima—, pico insistentemente el timbre. Queriendo terminar con esto de una vez por todas.
—¡Voy!
Se escuchó un grito del otro lado.
—Oh...Papá...—Clyde alcanzo a susurrar con la voz cansina, y sonriente, antes de volver a perder la conciencia.
Tweek soltó un quejido adolorido cuando el castaño se dejó caer aún más, solo alcanzo a ponerle una mano a la cintura para sostenerlo.
—Ya despiértate... —le rogó ya con el tono quejoso.
Pero antes de poder quejarse más, al fin esa puerta se abrió, y pudo suspirar de alivio sabiendo que este tormento terminaría pronto. Levantó la mirada, dispuesto a solo saludar, darle una pequeña explicación de porque su hijo estaba como estaba, decir adiós y huir. Sin embargo, la sonrisa de alivio se apagó tan pronto como reconoció al hombre frente a él.
Craig Tucker.
Debía estar soñando. No había otra explicación.
Su mirada azul volvió a encontrarse con el verde esmeralda de aquellos ojos, cuyo dueño solo había podido volver a ver en sueños. Esa amabilidad, así como esa profundidad en ellos que le hizo tambalear en automático.
Su exprofesor.
Contuvo el aliento. Su corazón comenzó a latir con una violencia que no experimentaba desde hacía años, mientras asimilaba la figura del hombre acercándose a él con pasos largos y seguros.
—Oh, dios. Déjame ayudarte...—le dijo, agarrando a Clyde por el otro lado.
Los vellos de su piel se erizaron al mínimo contacto de aquellas manos grandes posándose en su espalda. Se quedó paralizado por unos segundos, incapaz de salir del shock con facilidad.
Ni su pulso ni su respiración lograron estabilizarse. No podía, simplemente no podía creer que estuviera volviéndolo a ver. No después de casi seis años sin saber nada de él.
—Entra, por favor —dijo aquella voz que todavía reconocía demasiado bien—. Hace frío, y debes estar cansado.
¿Por qué?
¿Por qué en este preciso momento?
Por un instante, se sentía como ese adolescente de dieciséis años que tenía todos sus sentimientos a flor de piel. Las flores y las hojas de los árboles meciéndose con el cálido viento de la primavera. Su salón de clases, su figura repasando la clase de biología impartida por su queridísimo profesor. La sonrisa amable que le dedicaba al mirarle y el calor que le provocaba en las mejillas al tener su atención. El amor que sentía por él, el odio que sintió al ser rechazado, el deseo por tenerlo, el anhelo por ser especial. La amargura por haberle perdido.
Todo era tan contradictorio.
Pero aun así, avanzó varios pasos hacía dentro de su casa, como si estuviera hechizado a seguirle por la espalda.
El mayor cargaba al borracho de Clyde por un lado, tambaleándose al poco camino, cuando el chico parecía querer despertar sin éxito.
Suspiro con cierta nostalgia. Seguía siendo la misma espalda del pasado. Hombros anchos, espalda recta, lo suficientemente fornido para que los músculos de sus brazos se marcarán al sostener con fuerza a su hijo, pese a estar usando un suéter. Un aura protectora que destilaba por naturaleza.
Cuanto había soñado por ser sostenido alguna vez por esos brazos...
Se detuvo en el instante en que su profesor termino de acomodar a Clyde en uno de los sillones de la sala de estar. Los nervios volvieron a inundarlo al no saber qué decir a continuación. Se suponía que ya había planeado darle una pequeña explicación, algo simple, lo que sea con total de deshacerse de Clyde. Pero ninguna palabra salía de su boca.
Aún se negaba a creer que estaba frente de quién alguna vez fue su primer amor.
—¿Quieres café? Espero que no te hayas congelado afuera— le habló en un tono suave, casi paternal. Estaba acomodando al otro hombre en el sofá. Muy apenas le miraba—. Una enorme disculpa en nombre de mi hijo, él no acostumbra a beber.
Seguía sin palabras, aún de pie en el marco de la puerta de la sala, sin atreverse a dar un paso más. Continuaba asimilándolo todo.
Su hijo... ¿¡Clyde era su hijo!?
¿Por qué el mundo parecía ser tan pequeño?
Si era honesto, no se parecían en nada. Ni en la personalidad, ni en la apariencia. No veía rastro alguno del gen del profesor Tucker en Clyde. De lo contrario, quizá hasta se habría sentido a atraído al chico a esa mínima cosa que tuviera en común con el azabache. Pero no había nada, quizá, el castaño debía compartir genes al cien por ciento con su madre.
Oh.
Su madre...
Miro de un lado a otro, sigiloso, buscando cualquier huella que le gritara que su esposa estuviera por allí. Nadie había salido a recibirlo, ni tampoco veía un cuadro donde alguna mujer u otro doncel apareciera.
Aunque eso era lo de menos. Su profesor parecía no reconocerlo, pese a tratarlo con la misma amabilidad que en aquellos días en que aún era su terco estudiante estrella. De hecho, el que no se acordará de él, era peor que encontrase con su esposa. Era muy frustrante.
Le hablaba con calma, como si hablara con cualquier extraño que apenas conociera, pero no como su exalumno. No había ni la misera pista de que se acordará de que fue su profesor en el pasado. Bajo su mirada, con el sentimiento de querer llorar. No podía soportarlo, necesitaba irse y olvidarlo todo de una vez por todas. Dio un paso atrás, sabiendo que no resistiría estar un segundo más a su lado, siendo un desconocido en su vida.
Se sentía tan patético.
—Talvez no fue la mejor situación...—volvió a hablar—. Pero me alegra mucho volver a verte, Tweek .
Se detuvo, su corazón latió como un loco.
Por reflejo puso su mano al pecho, y le miro de nuevo con sus ojos brillando de la emoción. Él le recordaba. Porque sabía bien quién era.
Sonrió con nostalgia y genuina felicidad.
—Yo también me alegro de verle, profesor Tucker —le respondió sin dejar de sonreír. Con el viejo rastro de sus lágrimas borrado.
Entonces, una vez más volvieron a verse a la cara. Aunque sus recuerdos le hacían la mala jugada de recordar al profesor en los tiempos en que era estudiante, con su apariencia más jovial, no tardo en asimilar a este nuevo hombre. Debía rondar los cuarenta a estas alturas, pero seguía igual de alto, con ese mismo cuerpo fuerte que podría encerrarlo con un solo abrazo. El mismo color azabache en su cabello, con una que otra cana que comenzaba a aparecer, y sus rasgos endurecidos propios de su edad. Y ese mirar esmeralda que le vislumbraba con solo parpadear, que ahora lucían más cansados, más maduros, pero con la benevolencia que aún le hacía suspirar.
—Realmente has crecido, Tweek— espetó el mayor con nostalgia, bebiendo un poco de su taza.
El doncel también bebió de su taza de café con una sonrisa que no desaparecía por nada.
—Bueno, pasaron muchos años. No es cualquier cosa—murmuro, saboreando la cafeína en sus labios—. Yo lo recuerdo igual que siempre, profesor Tucker.
—Vamos, no hace falta tanta formalidad. Puedes decirme Craig.
Ambos estaban sentados en el comedor de la sala de estar, Clyde dormía como un niño en el sofá, roncando bajito y acurrucándose con una almohada en busca de calor. Tweek, y su ex profesor charlaban de las pequeñas cosas de vida como el haberse reencontrado, bebiendo una cálida taza de café.
Tweek creía estar soñando todavía. No podía tener tanta suerte. El hablar juntos, sin medir el tiempo y sin ninguna interrupción de terceros. Le sorprendía la facilidad con la que hablaban de los viejos tiempos, de como era bueno en los estudios, en el orgullo con el que su profesor decía haber sentido cuando le vio graduarse.
Aferró ambas manos a la taza. Aún no hablaban de la vez en que se le confesó. En ese amor que llego a sentir por su profesor en la adolescencia. En como su corazón se rompió cuando no le aceptó.
Aunque si lo pensaba, el profesor tenía razones válidas para haberle rechazado en aquel entonces. Y vaya que si eran buenas razones, una de ellas, la diferencia de casi dos décadas que se llevaban. Cuando le quiso entregar su corazón, era un simple adolescente, un niñato a sus ojos. Era obvio que no le iba a gustar al hombre.
Pero Tweek ya no era ese niño, ni su ex profesor ese hombre que alguna vez le rechazo. Los dos habían cambiado demasiado.
Tweek ahora era un doncel adulto. Uno que ya podía razonar con la cabeza fría sobre el bien o el mal. Sobre lo que es amor y que no lo es.
En el fondo, siempre había creído que cuando volviera a encontrarse con el profesor, solo se reiría de sí mismo por haber querido aspirar a estar a su lado pese a todos los problemas que implicaría. Además, no había forma de volverle a contactar, y aunque pudiera, no habría nada que los enlazará a hablar.
Pero aquí estaban las benditas coincidencias de la vida. Era el padre de Clyde.
No sabía pensar si esto era buena suerte, el regalo de la vida por ser tan paciente, o una maldita tortura.
—Clyde no es un buen bebedor. Así que me disculpo de nuevo en su nombre si te ocasiono un gran problema—el azabache se veía avergonzado. Aun así, tampoco borró su sonrisa—. ¿Sabes? Cuando Clyde me hablaba de su novio "Tweek" jamás creí que se referían al Tweek que yo conocía. Pero de verdad que soy un tonto, no hay nadie más con un nombre tan único.
—Mi padre siempre fue muy imaginativo...— respondió con sarcasmo.
Su sonrisa se borró en ese instante. Se suponía que terminaría con Clyde al día siguiente, es más, ni siquiera debería de estar en esta casa. Debió haberse ido hace mucho tiempo, tal como lo había planeado.
—Aunque es bueno que salga de vez en cuando. Apenas recién se mudó conmigo después de vivir con su madre los últimos seis años en California...
Eso llamo su atención.
—¿Dónde está su esposa?—le ganó su curiosidad. Sus dedos sudaron, listos para lo que venía.
—Mi exesposa, querrás decir. Me divorcié de ella hace varios años.
Por instinto se fue directo por mirar los dedos del hombre mayor. No había ningún anillo. ¿Cómo fue tan tonto al no notar ese gran detalle?
Su corazón comenzó acelerarse, sabía que estaba mal, pero no cabía de cierta felicidad que le regocijaba por saberlo. Era tan gratificante enterarse de eso. Era como revivir sus sueños de su yo adolescente. Aquel que rogaba que por un milagro él le mirara, y que dejara a todos por estar a su lado.
En ese entonces no pudo hacer nada, más que simplemente ver cómo él continuaba su vida. Cuando la secundaria termino, tuvo la esperanza de que aquel amor se borraría de una vez por todas. Podía decir de las mil cosas que hizo en la vida, que eran más importantes que este no amor correspondido. Pero aun así, esa espinita regresaba de una forma u otra.
En realidad, jamás pudo superarlo. Su profesor siempre terminaba regresando a su cabeza cada vez que intentaba salir con algún chico. Era la razón del por qué nunca pudo durar en una relación.
—Te llevaré a tu casa—Craig se levantó de la silla, caminado directo a las llaves colgadas cercas de la puerta de entrada—. Cúbrete bien, hace frío afuera.
Camino tras él, viendo una vez más su espalda. Su fuerte espalda que estaba condenado a tener que olvidar una vez más.
Esto le era nostálgico.
¿Por qué tenía que acabar así otra vez?
—Ten usa esto—Craig le puso las manos al hombro, acomodándole una sudadera como si fuera una capa.
Sus mejillas se sonrojaron, aceptando esa repentina calidez, ese gesto tan amable que lo caracterizaba.
Otra vez lo veía...
Lo veía alejarse, logrando que su corazón latiera frenético, ahogándose en la desesperación. Con su cuerpo queriendo derrumbarse para detenerlo a cualquier costo. Lo que fuera porque lo mirara.
Lo entendía, otra vez todo estaba en su contra. Ya no se trataba solo de su edad, sino que en ese mismo momento mantenía una relación con su hijo. Una falsa, pero una unión al fin y al cabo.
Todo era un mal panorama. Pero, por otra parte...No quería que la historia se repitiera. No quería que se fuera tan fácil de su vida, esta vez tenía que ser diferente, esta vez...
Un latido ansioso lo hizo detenerse.
—Craig...
Lo llamo por su nombre por primera vez en su vida. Eso lo sorprendió a él mismo, así como a su profesor, quien se detuvo y se giró a verlo. Aun así, con nervios y los latidos de su corazón zumbándole al oído, Tweek no vaciló.
—¿Qué es lo que pensó de mí cuando me confesé?
Le miro expectante, esperando su respuesta.
Por su parte, Craig le miro con sorpresa, no había esperado esa pregunta de entre tantas. Pero de inmediato, desvío sus ojos a otra parte, comenzando a lucir tensó. Le había agarrado con la guardia baja.
—¿A qué viene esa pregunta? —le respondió con otra pregunta, cauteloso—. Eso paso hace tantos años ...
Ni el propio Tweek lo sabía. Quizá esta era su manera de cerrar un ciclo, de tener la respuesta que le haría terminar este capítulo de su vida de una vez por todas. Tener la respuesta que su yo adolescente hubiera querido.
—Mañana mismo iba a terminar con Clyde—reveló. De repente, empezaba a sentirse nervioso—. Desde un inicio supe que esto no iba a funcionar...Pero él insistió demasiado, que yo...
—¿Cuál es la necesidad de hacer esto, Tweek?
Craig le miro serio. Como si no cupiera duda de que perdió la cabeza. De verdad parecía no entender a dónde iba con todo esto.
Tweek suspiro de nuevo, siendo más claro.
—Usted mismo me lo dijo en ese entonces… que debía conocer más el mundo…
Comenzó a avanzar hacia él, despacio, midiendo cada paso, tanteando con cuidado las reacciones nerviosas de su exprofesor. Se detuvo lo suficientemente cerca como para inclinar el rostro, procurando no romper el contacto de sus pupilas.
—Ya lo he hecho. No necesito conocer más.
—Tweek, esto es tan… —murmuró el mayor, visiblemente más tenso que antes.
Él dio un paso más. Las mejillas le ardían, pero su determinación era más fuerte que la vergüenza.
—Está bien… solo quiero hacer esto.
Entonces, reuniendo todo el valor que había guardado durante años, acercó sus labios a la mejilla fría del hombre. Fue un contacto simple, casi inocente, pero cargado con todo el anhelo que alguna vez sintió por el profesor Tucker.
El cuerpo contrario se tensó al instante, retrocediendo un paso por puro instinto.
Fue ahí cuando Tweek lo entendió.
Había sido un tonto al creer que aquello le daría un cierre a ese amor no correspondido. El efecto fue el opuesto: su piel ardía, sus manos le hormigueaban, y el brillo en sus ojos comenzó a delatar el dolor que había cargado en silencio durante tantos años.
—Oh, Tweek, no llores... — intento consolar el otro, acercado su mano a su mejilla.
El doncel aprovechó su descuido y deslizó ambas manos por debajo del cuello de la camisa del mayor, atrayéndolo hacia sí. Así, con el corazón desbocado, se inclinó lo suficiente para dejar un beso rápido en la comisura de sus labios.
Se apartó apenas, no huyó. Reuniendo un valor que no sabía que aún tenía, enterró el rostro contra el pecho del hombre y lo abrazó.
—Solo deme unos segundos más… —susurró bajito, inseguro, abrumado por todos los sentimientos que todavía llevaba dentro.
—Tweek…
—Al menos por hoy, déjeme soñar —rogó, más desesperado ahora, aferrándose con fuerza a su camisa. No quería soltarlo. Necesitaba sentirlo un poco más, aunque fuera una ilusión.
Cuando creyó que aquello ya rozaba lo humillante, comenzó a soltarlo lentamente, dispuesto a alejarse sin decir nada más. Pero, de la forma más inesperada, sintió cómo el mundo se le nublaba al percibir los brazos de Craig Tucker cerrándose alrededor de él.
Lo estrechó de vuelta. Calentándole más el alma, sintiéndose tan parte de él de que no quería aceptar que no lo era.
Solo así, lo soltó y esa magia se apagó. Le ofreció llevarlo a casa, Tweek abrumado por los latidos de su corazón, no lo rechazo, por el contrario, dejo que lo fuera a dejar hasta la puerta de su hogar. En un silencio que a primera vista podía lucir incómodo, en realidad solo era la manera tímida del doncel para convencerse de que esto era real. De que no lo había imaginado, y que el calor de esos brazos no había sido otro recuerdo inventado por su nostalgia.
Y sin proponérselo, todo quedó claro para Tweek.
Esta vez, sería diferente.
...
—¿Quieres venir a mi casa otra vez?
Clyde se notaba confundido. Después de todo, ni siquiera recordaba haber llegado a casa esa noche con la ayuda de su novio. Cuando se enteró de los problemas que le dio con su borrachera, el chico no dudo ni un segundo en rogarle perdón de rodillas, avergonzado y sintiéndose un mal novio por haberlo permitido.
—Sí, quiero llevarle un regalo a tu padre —Tweek endulzaba su voz, y para convencerlo más rápido, se acurrucó en uno de sus brazos—. Fue tan amable conmigo...
Contra todos sus buenos planes de terminar esta relación unilateral, no pudo hacerlo. El lunes que regreso a la universidad, volvió a saludarle como en esas últimas dos semanas a su lado. Todo pensamiento de fastidio lo dejo de lado y le decía que sí a casi todos los planes que tenía en mente el castaño. Porque dejar a Clyde, significaba también perder la oportunidad de seguir en contacto con su ex profesor.
Algo que no se podía permitir. No ahora que el destino volvía a poner en sintonía sus caminos.
Por eso mismo, comenzó a buscar por propia cuenta a su novio. Por primera vez, quería saber cosas de él y disimuladamente, aprendía también cosas de su familia. Todo se sentía tan natural, tan inocente. Clyde, por otro lado, no cabía de la emoción de que su novio empezará a mostrar demasiado interés por él, tenía una sonrisa de oreja a oreja que no podía decir que no a nada.
No tardo en llevarlo a su casa otra vez, de la mano y con un regalo elegido a la perfección por Tweek. Quien en un inicio se sentía apenado, pronto la felicidad lo arrastraba al ver de nuevo la figura de su querido profesor. En esas primeras veces, muy apenas hizo contacto visual con él. Quizá en el fondo de su conciencia, sabía que lo que estaba haciendo era malo, pero cuando esos ojos esmeralda le dirigían la palabra, solo quedaba en evidencia que no había arrepentimiento al querer acercarse a él.
—¡El estúpido de Token hizo trampa! Joder estoy seguro de eso...
Clyde, quien dominaba cada una de las conversaciones de la mesa con su voz, no podía estar más alejado de la atención de Tweek en todo esto. El doncel miraba a Craig discretamente todo el tiempo. Su forma de fruncir el ceño, cuando algo no le gustaba, la sonrisa pequeña que hacía al probar la rebanada de pastel de chocolate que trajo de regalo. Su mente sin querer, lo regresaba a sus días de la adolescencia.
Cuando lo seguía a todas partes para qué le explicará un tema que ya le había enseñado una infinidad de veces, pero el doncel, terco, quería que se lo volviera a enseñar solo para pasar minutos a su lado. En lo fácil que era sonrojarse porque le acariciara la cabeza cuando sacaba una buena nota.
En lo amable que era ahora al darle la palabra, o la consideración que tenía al decirle que lo llevaría a casa en el lugar de Clyde, porque el chico había perdido su licencia.
Sin duda, los mejores momentos, serían cuando aprovechando la flojera del castaño de recoger y lavar sus platos, serían Tweek y Craig quienes compartirían los deberes en la cocina. Eran en esos instantes en que no tenía al castaño pegado como una pulga a su lado, bajo la excusa de querer "conocer mejor a su suegro" que Tweek aprovechaba para hablar con el mayor más tiempo.
Este era su momento favorito del día.
—Estuve leyendo el libro que recomendó. Sin duda, sigue teniendo buenos gustos, profesor—le dijo una de esas tantas veces—. Me identifiqué mucho con el protagonista. Usted...
—Me alegra que te guste—le interrumpió, estaba ayudándole a secar los platos. Se notaba algo rígido—. Es uno de los favoritos de Clyde.
—Ah...Bueno. Eso no cambia el que me siento igual sobre el protagonista— insistió. Lentamente se acercó a su lado, casi hasta pegar su hombro con su brazo.
—¿Ah, sí?—le contesto con un tono áspero.
—Sí, ambos tenemos un amor imposible.
—Ah...
Pero parecía que para su profesor, no era un cálido momento como Tweek lo veía. Se le notaba incómodo cada vez que quería acercarse más, el doncel no era nada disimulado a la hora de estar pegado a un lado suyo cuando estaban a solas, y sabía de antemano que el mayor ya lo había notado.
Tweek sonreía con gusto cuando al profesor se le acortaba la voz al rozarse por "accidente" al toque de sus hombros, o en su expresión miedosa al momento de despedirse.
Porque le besaba la mejilla.
Todo adelante de Clyde, quien no parecía notar ni un poco de esa tensión que destilaba su padre al instante de recibir su beso.
Para Tweek, era evidente que Craig era muy consciente de sus sentimientos, y le era una sorpresa que en todos estos días, pareciera que todo estaba bien con su novio. Por lo que era obvio, que de su boca no saldría ninguna palabra. El azabache le estaba dejando en claro que no se lo diría a Clyde, quizá pensando en la supuesta "felicidad" del chico, como si eso fuera una forma de hacerle entender a Tweek que no avanzaría, ni le tomaría ese tipo de atención. Qué no le gustaba como Tweek gustaba de él, como para que se hiciera esa idea.
En el fondo, quizá hasta Tweek se habría rendido de una vez por todas por lo nulo de sus avances, nada parecía quebrar esa pared de conciencia en su profesor.
Pero más tarde que nunca, un milagro finalmente sucedió.
—¡Oh, dios...!
En uno de esos días en que su profesor parecía querer ignorarlo, estuvo tan distraído preparando el café, que no vio venir a Tweek tras su espalda. Que al momento de girarse, chocaron y un mal movimiento, hizo que el rubio terminara rociado con café tibio en el pecho.
Ese día, el doncel había usado a propósito una camisa blanca de botones, de una tela tan lisa que casi era su segunda capa de piel. Por lo que al verse mojado por el café, todo su pecho se transparentó, y fue allí donde lo pillo por accidente.
Los ojos esmeraldas de Tucker miraron por más de un segundo su pecho, en donde sus pezones se habían marcado por la tibia humedad. Su mirada fue tan profunda y clavada en ese lugar, que lo hicieron sonrojar al instante.
Solo después, al darse cuenta, el hombre se giró de inmediato, buscándole un trapo para que se secara. Aunque Craig intentará aparentar calma, Tweek lo había entendido todo. El profesor había reaccionado, le mostró que sus pupilas podían albergar un brillo de interés.
Eso se terminó por confirmar cuando entro a cambiarse a una de las habitaciones. Se había quitado la camisa, y estaba secándose con una toalla cuando Craig entro de imprevisto.
Por lo visto, quería ser amable como siempre, porque traía un suéter entre las manos. Uno que cayó al piso en el instante en que sus ojos se encontraron.
Tweek estaba de espaldas, pero aun así lo miraba sobre el hombro. Captando sus ojos deteniéndose por un momento en su espalda desnuda. El mayor trago saliva, antes de salir de la habitación cerrando la puerta de un portazo.
Con eso, una sonrisita se le comenzó a formar en los labios.
Eso fue muy evidente. Le había mirado con deseo. Craig Tucker lo deseaba, pero era tan correcto y pudiente como para mostrarlo. Quedaba claro que era algo que el hombre se iba a guardar para sí.
Lástima que Tweek no pensara lo mismo.
—Un tiro más...Uno más. ¡Clyde, es tuyo!
El castaño corría a toda velocidad por la cancha, con el balón entre las manos, venciendo a todos sus contrincantes al esquivarlos de la manera más ingeniosa. Había pasado las primeras líneas, y solo una más por cruzar, marco la victoria del equipo.
Los gritos eufóricos se escucharon, y el mariscal al ver la victoria, hizo un baile ridículo antes de comenzar a festejar con todos.
Tweek miraba a su novio, el gran "ganador" del equipo. Tanto en el juego como en el aula de clases, era el chico popular. A quien todos le hablaban cuando querían saber de algo divertido, el tipo gracioso que nunca podía faltar en el grupo. No obstante, para el rubio, quien ahora veía los días corriendo como locos, hasta alcanzar la ridícula meta de dos meses juntos, podía decirlo con más justa razón.
Clyde era un estúpido.
Siempre estaba bromeando, metiéndose en problemas que no le incumbían e invadía su espacio personal todo el maldito tiempo. Todos los días estaba insistiéndole en ir a citas como si el verse a diario no fuera suficiente. Además, cada día era más evidente que Clyde ya estaba cansándose de solo estar en la fase de los "besitos" y a andar de la mano.
Porque en todo el rato que se la pasaban juntos, el chico siempre parecía querer meterle la mano y acariciarlo de más. En una ocasión, el castaño lo había arrastrado a una cita al cine, donde a los diez minutos de la película, el hombre ya estaba poniendo una mano sobre uno de sus muslos. Cosa a la que Tweek actuaba rápido al golpetearle. Ni hablar de los besos obligados a los que se tenía que entregar para seguir aparentando ser novios. Donde Clyde no se esperaba ni dos segundos a querer usar su lengua y acariciar su piel.
También, el sujeto tenía la mala costumbre de hablar mal sobre Craig, y el hecho de que decía sentir que jamás debió separarse de su madre. Lo que le tenía más cabreado el asunto.
Odiaba Clyde, y si no fuera porque su padre era Craig, el amor de toda su vida, ya lo hubiera mandado al carajo hace mucho tiempo atrás.
Hablando de...
Lo vio correr a toda velocidad hacia las gradas en cuanto lo vio. Había ignorado a todos sus amigos solo para ponerse de rodillas ante él.
—El haber ganado, te lo dedico a ti.
Le dijo con orgullo, con el uniforme sucio y la cara semi golpeada, pero cargando esa enorme sonrisa que lo caracterizaba. Como si este acto fuera su muestra más pura de amor.
El doncel asintió con una sonrisa. Con esa que ya se había acostumbrado a darle para que pensara que estaba feliz por él, y por ser su novio.
Como si no supiera que hoy era el día que tanto planeo para serle infiel.
Cada que acababa el juego, sea una victoria o una derrota para el equipo de Clyde, los chicos salían a beber al bar de todos modos. La mayoría con sus parejas u otros amigos, por lo que era un grupo grande de personas. Entre la comodidad del momento y la bebida, Tweek alentó a su novio para que siguiera bebiendo, sonriéndole con falsa ternura, mientras la música del lugar les invadía los tímpanos.
—Cariño, este fin de semana...No va a estar mi padre en casa. Se va a ir a un viaje todo el fin— insinuó el castaño. Ya con algunas copas de más en el sistema, se estaba volviendo más atrevido—. Deberías de venir...Y ya sabes...
Tweek soltó una risilla, negando con la cabeza. La audacia de este idiota.
—La v-verdad es que te traigo ganas...
—Sí, sí— lo ignoro con fastidio. Ya quería que se callara, por eso le abrió otra cerveza y se la dio.
Clyde, muy lejos de la realidad, le sonreía con orgullo a su doncel.
—Eres el mejor, cariño...
Poco después, el alcohol hizo su magia.
Ya era tarde cuando a Tweek le tocó cargar con el cuerpo pesado de su novio. Justo como la primera vez que lo hizo, cansado y fastidiado, con las ganas de solo dejarlo tirado a medio camino. Sin embargo, no podía abandonarlo por allí, no cuando era importante traerlo a casa. Después de todo, él era su boleto ganador.
—Te amo Tweeeky...Pero a...a veces no te entiendo— el chico no dejaba de hablar. Su alegría borracha pronto se había tornado en una borrachera deprimente. Demasiado honesta a decir verdad—. Te...te amo tanto, pero siento...Siento que tú no me quieres tanto...
—¿De qué hablas...? — le reclamo de vuelta. Ya era muy molesto cargar con él, como para estar escuchando sus quejas—. Siempre estoy para ti. Ugh, no vez lo que me haces batallar...
—A veces...siento que te doy asco.
—No, que no te digo...
—¿¡Entonces por qué...!? ¿Por qué no quieres acostarte conmigo? S-somos novios, y aún no...
Oh, dios.
Imbécil. Si antes se sentía mal por él, ahora hasta le daba gusto saber que este tipo no tenía ni un poco de cabida en su corazón. Qué frustrante era salir con alguien así, era como estar con un niño.
Solo cuando vio la puerta del departamento de Craig, pudo ser feliz de nuevo. Saber que esa persona que le importaba mucho estaba al otro lado, lo tenía entusiasmado, y a su vez, con los nervios de punta. Tocó la puerta y todo sucedió tal cual lo había imaginado.
Craig lo recibió con los ojos llenos de consternación, tomando de inmediato a Clyde entre sus brazos y liberándolo de esa carga. Lo puso en el sillón de la casa, como ya intuía, y con una confianza que Tweek había ganado estás últimas semanas, fue directo a la cocina.
—Prepararé el café.
El azabache solo asintió, sin voltearlo a ver e intentando que Clyde reaccionara sin conseguirlo. Así fue como prendió la cafetera, le puso los granos de café y saco dos tazas de la alacena. Miro de reojo hacia la sala, donde Craig aún estaba acomodando a su hijo, y se giró de inmediato a una de las tazas, una azul.
Deslizó su mano en el bolsillo de su pantalón, sacando un sobre pequeño con unas pastillas de Sildenafilo. Las había conseguido de la mano de Kenny McCormick, un dealer de mala muerte en su universidad, quien se había burlado de él, pensando que eran para Clyde.
Pobre iluso.
Molió dos de las pastillas y las puso dentro de la taza, dejando caer el café con cierto apuro. Con una cuchara termino de diluir los restos de la píldora.
Antes de salir de la cocina, se desabrochó uno de los botones de su camisa, mostrando un poco más de la piel de sus clavículas. Agarro las dos tazas y camino hasta ponerlas sobre la mesa, le dejo la taza azul allí y él rápidamente agarró la otra rosa que había preparado sin azúcar.
No iba a negar que sentía cierta ansiedad, y un tanto de culpa por hacer esto. Pero de alguna forma tenían que dar el siguiente paso.
—Lo lamento—fue lo primero que le dijo el profesor al sentarse en su lugar de la mesa—. Le he dicho tantas veces a Clyde que no tome más alcohol de lo que puede soportar. Debió haberte causado muchos problemas...
—Está bien, lo importante es que ya estamos aquí—le resto importancia.
Ambos miraban al chico dormido en la sala. Tan dormido como un tronco, con un sueño tan pesado que no iba a escuchar si toda una maquinaria entrara por la sala. El chico por visto era de sueño muy pesado, y el alcohol solo agravó eso.
Craig dejó ir un suspiro lleno de cansancio, llevándose la taza a los labios, dando un trago grande. Como si también pudiera desahogarse de sus problemas con un trago de cafeína.
Tweek lo miraba fijamente.
El otro chasqueo la lengua.
—Está un poco más amargo...
—No le puse azúcar, lo lamento—atino a decir.
—No, no. Así está bien—volvió a beber de la taza—. ¿Quieres que te lleve a casa?
—En realidad...Estaba pensando en quedarme a dormir. Mis padres no estarán en casa hasta la mañana, y ya es tarde—le dijo, seguro de que era una buena coartada—. ¿Puedo?
Craig pareció dudarlo, no tardo en verse incómodo con la idea. Es decir, ni siquiera podía verlo a la cara por más de cinco segundos sin despegar su vista a cualquier otro sitio que no sea él.
—No creo que sea...
—Esta bien, ya le avisé a mis padres.
A Craig no le quedó de otra que suspirar, y asentir con los ojos cerrados, incapaz de negarse otra vez.
—Te traeré una toalla.
Cinco minutos después, Tweek ya estaba tarareando despreocupado, en la ducha, lavando su cuerpo con esmero, limpiando a fondo cualquier desperfecto. Usando el jabón íntimo que hace días había comprado para lavar su parte más sensible, aquella que ya estaba humedecida incluso antes de meterse al agua.
Cuando salió, con una camisa holgada, un short flojo y la toalla sobre los hombros, fue directo a la cocina con el fin de decirle que estaba listo para ir a dormir. No obstante, escucho cosas moverse, como si unos cubiertos hubieran caído al piso.
Por un minuto se preocupó, pensando que algo podría haber pasado, pero cuando cruzó el marco de la puerta, se quedó quieto.
—¿P-por qué...?— murmuró con horror el mayor.
Craig estaba recargado sobre la encimera, ocultando el rostro entre los brazos. Temblaba, su respiración era irregular y pesada. De sus labios se escapaban suspiros densos, como si fuera un animal conteniéndose por atacar a otro.
Tweek creyó estar preparado para aquello. Durante un segundo, el miedo le mordió el estómago y estuvo a punto de retroceder.
Pero al siguiente instante, algo cambió.
El aire se volvió más espeso. Su pulso se aceleró con violencia y tuvo que tragar saliva con dificultad. Sus ojos, traicioneros, descendieron y se quedaron fijos donde no debían, clavados con una intensidad que lo avergonzaba y lo excitaba al mismo tiempo.
En su erección marcada en su pantalón. Se apretaba con tal fuerza que estaba seguro qué en cualquier minuto ese cierre se rompería.
—Craig…
El aludido se tensó al instante. Se giró de golpe, encontrándose con la mirada del rubio clavada en la suya.
La intensidad fue abrumadora.
El rojo le subió al rostro en ese mismo momento. Incapaz de sostener aquella mirada por mucho más tiempo, volvió a girarse, intentando cubrir con torpeza el evidente bulto que se marcaba entre sus pantalones.
—Vete a la habitación, Tweek. N-no me siento bien ... —le rogó con la voz rota. La vergüenza en él era demasiada, no quería que lo siguiera viendo—. Por favor ...
Y Tweek, con los latidos de su corazón vuelto un loco, no pudo hacerle caso. En cambio, avanzó hacía él, con pasos torpes y con las mejillas rojas. Sintiendo su piel arder por tan solo estar tras su espalda, su profesor seguía asustado y confundido con todo. Era normal.
Pero aun así, dolía.
—¿Se siente muy mal…? —preguntó, con la voz frágil, al borde de quebrarse también.
Se atrevió a tocar su hombro, esperando cualquier reacción. La respuesta fue brusca, el mayor se sacudió con violencia, como si aquel roce lo hubiese quemado. Los ojos de Tweek se cristalizaron.
—Es mejor que te vayas —ordenó el azabache, sin mirarlo.
—No lo haré —espetó, frunciendo el ceño, conteniendo las lágrimas—. ¿Tanto asco le doy?
Craig endureció las facciones. El brillo húmedo en los ojos del rubio pareció atravesarlo, por un segundo, su expresión se suavizó y alzó la mano, como si fuera a tocarlo de vuelta. Tal vez quería consolarlo, pero algo lo detuvo.
Se tensó otra vez y retrocedió varios pasos, levantando una barrera invisible entre ambos.
—Tweek… no se trata de eso…
—¿Entonces que...?
—No estoy en un buen...
—¿Es por eso?
Y apunto a su erección. Su tono intentó ser inocente, pero la mirada clavada del doncel en ese lugar, delataba otra intención. Craig no pudo evitar estremecerse al verlo avanzar hacía él con cautela, lento, sin detenerse. Instintivamente comenzó a retroceder, paso a paso, hasta que el espacio se agotó y su espalda chocó contra la esquina de la cocina.
Tweek también detuvo sus movimientos, se mordió el labio inferior, como si meditara algo peligroso, y ese “algo” siempre terminaba siendo su profesor. En su temor, en el deseo contenido que brillaba en sus ojos verdes. En ese sentimiento inhibido que quería explorar, ser parte de él. Un suspiro bajo escapó de sus labios. El rubor le trepó por el rostro y, sin previo aviso, se llevó las manos al borde de la camisa y se la quitó.
La tela cayó al suelo.
Su pecho y su vientre quedaron al descubierto, piel pálida y casi intacta que se tiñó de rojo por la vergüenza, el rubio por un instante evito mirarle a los ojos. Pero lo sintió, sintió esos ojos esmeralda recorrerlo lentamente. Desde el cuello, bajando por las clavículas, demorándose en su pecho, descendiendo hasta la línea marcada de su cintura.
El aire entre ambos se volvió espeso.
Tragando saliva, alzó sus ojos, conectándose a los suyos por un momento, encontrando esa necesidad que carcomía el alma de su ex profesor. En su lujuria, en su deseo por poseer a otro como un hombre adulto con necesidades primitivas.
La humedad en su parte íntima apareció en respuesta de sentirse deseado. Solo así, termino por acortar la distancia, sin dejar de verle a los ojos. De dejarse llevar, hipnotizado por ese brillo en sus verdes pupilas.
Craig se estremeció en el instante en que esa mano pequeña tocó sin pena su entrepierna. Cerró los ojos un segundo, apretando la mandíbula, como si luchara contra sí mismo. El conflicto se dibujó en cada músculo de su rostro, en la rigidez de su postura y en la forma en que su respiración se volvió más profunda.
—Tweek… —su nombre salió bajo, advertencia y súplica al mismo tiempo.
Un suspiro ahogado se le escapó al sentirlo masajearle en círculos.
—Está muy duro, profesor— ronroneo el doncel.
Como si no fuera suficiente ese estímulo, el rubio recargó la otra mano en su pecho, sintiendo el palpitar de ese corazón acelerado. Se paró de puntitas y sin dejar de buscarle, le dio un beso por debajo del mentón que terminó por desarmar a su profesor. Quien dejó escapar un gemido ronco, al son en que su erección se sacudió en su mano.
Tweek sonrió, obteniendo la confianza suficiente para comenzar a bajar sus besos por sus clavículas, hasta llevar su nariz a olfatear sobre el suéter en su pecho, bajando hasta su vientre, donde inhaló profundamente su olor corporal.
Una mezcla de sudor y su loción fresca habitual que era como oler el mar. Un olor que ahora lo conmovía con todo su ser.
—Tweek detente. Esto no...
Pero fue demasiado tarde como para pensar con la cabeza cuerda. No cuando esa belleza ya estaba agachado en su entrepierna, con la cabeza pegada al bulto de sus pantalones. Solo hizo falta desabrocharle el cinturón y bajar su cierre para demostrarle que todo esto no era producto de su imaginación.
Que Tweek Tweak le estaba sacado la verga de entre su boxer, dejando deslizar los pantalones por las piernas. Su miembro caliente se golpeó contra su mejilla enrojecida.
—Tweek... —rogó una última vez. Tenían que parar, pero estaba tan entumecido que no podía hacerlo por propia cuenta.
—No creo ser bueno en esto, nunca lo he hecho— confesó el menor.
Sus ojos azules no se despegaron de su gran hombría. Había sido muy avaricioso con todo esto, ahora se daba cuenta. El pene de Craig era mucho para su pequeña boca, y muy grueso para su cuerpo virginal. Su tamaño dejaba entrever la adultez madura del azabache, y eso, por alguna razón, lo hizo calentarse aún más. Estaba frente a todo un hombre. Su aroma, su color rosado...Trago saliva, se le había echo agua a la boca. Esta era una de sus tantas fantasías de los últimos días, y ahora se le hizo realidad. Su propio miembro había reaccionado con emoción, al levantarse entre toda esta ansiedad por querer complacer al hombre adelante de él.
—Pero quiero hacerlo sentir bien...
Por eso mismo fue directo a besar la punta rozada de su pene, lamiendo el orificio de su uretra por instinto, saboreando con gusto lo salado de dicho lugar. Craig se tapó la boca, su rostro rojo dejo salir una serie de quejiditos y maldiciones ante cada lamida del rubio.
Quizá alguna vez en su vida pensó en lo asqueroso de este acto, qué dios, tenía haberlo probado por cuenta propia hace tantos años. Ahora degustaba con gusto tener este pene tan delicioso en la boca. En su impulso por querer obtener más de él, se lo metió de lleno a la garganta, engulléndolo con ímpetu. Llenando con su saliva toda su virilidad, esforzándose por subir y bajar. Sus manos no se quedaron quietas, una de ellas se mantuvo aferrada al glúteo del mayor, quien parecía querer alejarse, mientras que la otra fue directa a su propio pene endurecido.
Sus ojos se cerraron, disfrutando de hacerlo, pensando que era el único divirtiéndose, el único afortunado en poder saborear su líquido preseminal.
Al menos hasta que esas manos grandes lo tomaron del pelo, sus ojos se abrieron de par en par por unos segundos. Craig lo había tomado con fuerza antes de empujarse en su boca de atrás hacia adelante, soltando gruñidos cada vez que llegaba más profundo. El cuerpo entero de Tweek se sacudía en un ápice por querer respirar, pero el adulto aquí no le dio tregua, hasta que en un temblor y un gemido extremadamente grave, salió de su boca.
—¡Tweek...!
El rubio muy apenas alcanzó a tomar una bocanada de aire cuando el caliente semen de su profesor se desparramó en su cara.
Por un momento, todo quedó en silencio. Craig se recargó en la encimera, intentando recuperar el aliento, con los ojos cerrados, negándose a ver y aceptar lo que pasó, le aventó una toallita para qué se limpiará. Tweek aún estaba agachado, cuando un gemido bajo se le salió de los labios al sentir la esencia de su profesor caer por su pecho.
Aún estaba duro, por eso se levantó del suelo, se limpió la mejilla y sin esperar la respuesta del hombre de su adoración, se bajó el short con todo y ropa interior.
—Oh, dios...
Había murmurado Craig, quien apenas se atrevió a darle una mirada antes de volverla a apartar con rapidez.
Después de todo, vio crecer a ese doncel, a sus ojos hace unos días aún lo veía como el niño al cual le había dado clases alguna vez en su vida. Pero ahora, le había clavado el pene en su garganta sin ningún miramiento, se había corrido en su rostro y ahora ese mismo chico se estaba mostrando desnudo por completo hacia él. Se le estaba entregando, y en vez de decir un fuerte no, como el adulto con su corteza prefrontal formada, su virilidad se burló de él al levantarse así sin más.
Cosa que el chico también noto por la sonrisita que le dedico antes de buscar una de sus manos, y aunque la hubiera deseado golpear al tocarle, no pudo.
En cambio, su cuerpo se puso tan rígido como un mueble, en cuanto le dirigió su ancha mano al miembro erecto del menor.
—Yo también estoy duro. También quiero esto.
Como si toda esta situación inapropiada ya no fuera lo suficientemente mala, Tweek arrastró la mano del hombre a una de sus nalgas. La dejo descansar ahí, antes de quebrarlo por completo al navegar sus dedos en su humedad ya palpable.
—Lo deseo, profesor.
Ese ronroneo ronco lo destruyó. Erizo su piel de la cabeza a los pies, su rostro se contrajo y sus testículos se sintieron pesados.
Todo estaba mal.
Jodidamente mal.
Y por eso mismo, cuando Tweek se inclinó a su boca, se dio cuenta de que había perdido la batalla. Porque lo sintió todo, el olor del champú a frutos silvestres en sus dorados cabellos, su olor corporal, el brillo de añoranza en sus ojos, la tibieza de sus manos en sus mejillas, y la calidez de sus labios al besarle lento, pausado.
Craig, quien tuvo que ser la voz de la razón, se perdió. Lo beso de regreso con pasión, devorándolo como todo un depredador envuelto en sus instintos. Restregándose en su dócil cuerpo, acariciando con las yemas de sus dedos cada centímetro de su espalda, bajando su tacto a ese lugar cálido que los llevaría al máximo placer.
Debió haberlo sabido desde un inicio: había sido domado por este doncel.
—Más despacio...
Tweek no dejaba de gimotear, dos dedos largos de su profesor se hundían con ardor en su angosto interior. Entraban y salían, queriendo aflojarlo a como diera lugar. Sin necesidad de muchas palabras, entre besos y gemidos, compartieron su saliva como dos amantes nacidos para encajar. Lentamente avanzaron a la cama del dueño del departamento.
Sin desperdiciar ningún segundo, fue arrojado a las sabanas por Craig, nunca se perdieron la atención entre los dos. El rubio pudo comerse a gusto con la vista al hombre delante de él, al que solo le faltaba por quitarse el suéter y la camisa. Se sintió más encendido al poder ser espectador de ese fuerte cuerpo, en sus bíceps, en su pecho velludo y en su abdomen marcado por la edad, con su hilo de vello que terminaba en la base de su erección.
—Craig...Profesor...
A cambio de su placer, Tweek también lo ayudaba a él, al masturbarlo, subiendo y bajando su mano en su endurecida verga que se frotaba contra su cadera. Su terco profesor aún estaba en su tarea de dilatarlo, lamiendo sus pechos y dedeándolo hasta encontrar su punto dulce, y vaya que lo encontró.
Porque su cuerpo ardió tan deliciosamente en sus entrañas, poniéndolo rígido en ese mismo segundo. Soltó el pene del azabache, estirándose entre las sábanas, sintiéndolo venir una fuerte corriente eléctrica que le hizo dejar ir escandaloso gemido. Con su nombre en los labios se dejó caer, corriéndose en la mano que lo sostenía.
Muy apenas pudo respirar para recomponerse, cuando su profesor se apresuró a abrirlo de piernas, dejándolas caer lado a lado sin mayor esfuerzo. Debió haberlo visto venir. Su mirada deshecha, gruñendo por quererlo poseer, mientras con su mano guiaba la punta a su intimidad.
Aunque un temor pequeño lo poseyó por unos segundos, creyendo que ese prominente falo podría lastimarlo, todo quedó atrás con una embestida descuidada. Le arrancó un gemido rasgado desde lo más profundo de su garganta. Tweek sentía cada centímetro desvirgándolo, penetrándolo hasta el fondo, hasta que los duros testículos golpearon su perineo.
—¿T-Tweek...?
Pudo notar su expresión asustada. Era evidente el porqué. Apenas saco su pene unos cuantos centímetros, pudo verlo con sus ojos esmeralda bañados en remordimiento. Un hilo de sangre combinada con su lubricante natural, manchaban su unión y las sabanas, la muestra fidedigna de su pureza.
—Oh, dios...
El doncel no pudo evitar sonreír con toda la felicidad posible. ¿Y como no serlo? Esto era como un sueño hecho realidad para él.
Craig Tucker había tomado su virginidad. Lo había vuelto un doncel completo.
—E-estoy bien— le dijo, viendo su arrepentimiento tan palpable en su cara que le fue imposible no atrapar su cuello entre sus brazos para acercarlo a su rostro—. Siempre quise que fuera usted.
Aprovecho su preocupación y lo beso. Mordió su labio, buscando encontrarse con su lengua. Atrapándola y consiguiendo que el azabache le siguiera el ritmo, besándole de regreso con la misma necesidad. Lamiendo las lágrimas que Tweek soltó cuando comenzó a mover sus caderas con esa fricción calurosa que le robaba más de un suspiro.
—Lo lamento...Lo lamento— se disculpaba en cada embestida, en cada dosis de necesidad de besar sus labios pequeños. Craig no se sentía merecedor de este placer—. Perdóname...
—Me gusta...—le respondió en cambio, abrazándose más fuerte a su cuerpo. Dándole más de su cariño—. Usted me gusta mucho...Por eso...por eso no debe pedir perdón.
—Y pensar que te guardaste para un viejo como yo...
—Es el único para mí—aseguro, le abrazo con las piernas, aferrándose a su hombre sin dejarlo ir.
Gimiendo de gusto y dolor cuando libero sus labios, repartiendo besos en la piel de su mentón y el cuello. Era la manera en la que Craig lo recompensaba por empujarse profundo en la exquisita calidez de sus paredes. Por explorar por primera vez con su pene ese lugar que pareciera haber nacido solo para ser tomado por él.
—Deja de hacer eso... —le pidió el doncel entre lágrimas de disfrute.
Pero Craig no se detuvo, siguió chupando de su pezón como si hubiera oportunidad alguna de extraer algo de su tetilla ya hinchada. Lo único que conseguía era que el doncel temblará con la mirada perdida, inclinándose más a ese bendito acto, estampándole su pecho mientras más atrapaba con su interior el grosor del pene del profesor.
—¡Craig! ...Oh, Craig...
Tweek no podía parar, Craig tampoco. Su respiración se mezclaba contra su piel, caliente y desordenada. Gruñía con posesividad sabiendo que era el único que podría ponerle una mano encima a este doncel. Tweek se lo confirmaba en cada gesto de placer en su rostro, él había deseado esto. Después de todo, era el rubio quien se había insinuado desde hace tiempo.
Craig lo sabía. Aun así, la confusión lo atravesaba con un golpe seco. Tweek era un mundo que jamás debió pisar. Lo conoció cuando apenas era un capullo, algo frágil, brillante, destinado a florecer, y lo hizo. Se convirtió en la máxima belleza del jardín, con una linda cara, un cuerpo esbelto y una voz que haría suspirar a más de uno.
Una preciosura así, debería estar con alguien de su edad. Una persona igual de joven que él, con quién pudiera crecer y envejecer a su lado. No follando con un hombre que le doblaba la edad, quien ya era muy mayor para el romance y peor aún, era su "suegro".
No debería disfrutar esto. Dios, incluso la diferencia de sus cuerpos era absurda. Tweek, tan pequeño y dócil, la figura de un joven doncel entrando apenas en la adultez, y él, un hombre adulto divorciado, con cuatro décadas avalando su existencia, con una figura tan tosca para sí quiera pensarlo.
Dios, sus manos en sus caderas blancas lo dejaban ver aún más ese detalle. Pero tampoco podía parar, porque podía verlo todo de él. Su cara sonriente, sus ojos brillando de éxtasis, su pelo meciéndose en cada golpe. La piel lechosa de su cuello y pecho lleno de sus marcas, de sus chupetones y sus mordidas. Su pene erecto golpeándose con su vientre, ya escurriendo su pre semen. Y solo bajando unos cuantos centímetros más, veía como su propia verga se sumergía una y otra vez adentro de este doncel.
No, ya no podía detenerse.
Se inclinó hacía él, perdido ya ante tanto estímulo a la vista, buscando sus labios una última vez antes de enterrarse más duro contra su cuerpo.
—Crai—... Profesor... —murmuraba entre besos. Entre su saliva pasando de una boca a otra.
Sus entrañas, más resbaladizas que minutos atrás, recibían con goce el miembro de su superior. Dejando que cada segundo lo marcará más, que se metiera más profundo.
—Tan bueno... —admitió el profesor, el hilo de su voz se había vuelto más bajo, casi ronco—. Sabe tan bien...Tweek.
—El suyo también...
Solo así, todo se volvió más animal. Completamente violento, con el mezclar de sus caderas más erráticas y rápidas. Ambos ya saboreaban la culminación de esta deleitosa danza de apareamiento. Con los gemidos de Tweek alcanzado las notas altas más posibles y los jadeos más contenidos de Craig, siguieron meciéndose entre las sábanas. Hasta que el placer llegó hasta el límite es que Craig se estampó una última vez en su cuerpo. Solo así gritaron por haber conseguido el pace al cielo.
Craig, con su cuerpo sudoroso y temblando, gruñía al sentir los espasmos de su pene, quien estaba terminando de correrse dentro menor. Tweek disfrutando cada sensación divina de su primer orgasmo, se vaciaba en su vientre. Delatando que ambos lo hicieron al mismo tiempo.
Sus respiraciones suaves, recuperándose de tanto frenesí, y su mirada buscándose una vez más, los hizo buscar contacto. Un último beso compartido fue todo en esa noche.
Al día siguiente, demasiado temprano para su gusto, y contra todo lo que imagino Tweek, Craig no le había ignorado. Aunque tampoco se atrevía a verlo directo al rostro.
Ambos se vistieron en silencio. Tweek tenía demasiado que decir. Sentía las palabras agolparse en su pecho, queriendo salir y dejar de esconderse. Ya no quería guardarse nada. Pero, cuando abrió la boca, ninguna logró escapar.
Craig, por otro lado, no lograba ocultar para nada su arrepentimiento. Se veía tan asustado, que ni siquiera se molestó en asomarse primero a revisar a Clyde —quien seguía durmiendo para ese punto—, y fue directo al grano al decirle que tenían que irse.
Tweek, que en un inicio no había entendido a dónde se dirigían, se dejó llevar por su profesor sin dudarlo hasta una farmacia. Craig entró sin mirarlo demasiado. Tweek esperó afuera, sintiendo cómo la ansiedad le apretaba el pecho con cada segundo que pasaba. Solo cuando regreso, termino por extenderle una pequeña cajita, y ahí lo entendió.
Una pastilla de emergencia.
—Ah... —su cara se puso roja.
Bueno, él era virgen hasta ayer, así que no se cuidó con nada, y obvio que Craig jamás espero cogérselo alguna vez, por lo que lo hicieron sin protección. Sería un mentiroso si dijera que no recordaba como antes de quedarse dormido, sintió su trasero muy húmedo, tan mojado por el semen de su profesor que se fugaba de su interior.
Después de tomársela, el mayor lo fue a dejar hasta a su casa. No pudo hablar nada con él en todo el trayecto. En cierta forma, era como si Craig hubiera creado una pared de hierro a la que le era imposible a Tweek traspasar, ni tocar.
Eso fue un poco decepcionante.
—Creo que mi padre está enfermo.
Clyde se veía de verdad preocupado. Como si ya tuviera días dándole vuelta al asunto. Ni siquiera fue al entrenamiento de hoy solo para llevarle a comer y contarle esto. Tweek, por su parte, comía de la hamburguesa y mantenía un gesto de atención genuina, a su vez intentaba disimularlo. No quería hacer ver que estaba más que interesado en lo que decía.
—Normalmente cenamos juntos todos los días, pero ahora nada. Nunca tiene hambre, y ya casi ni hablamos. Se la pasa en su habitación después del trabajo, y hace unos días también fue al médico. Siento que me oculta algo— el castaño de verdad que se veía mortificado. Se veía de verdad afectado por la indiferencia de su progenitor.
Tweek bebió de su jugo, sin saber qué decirle. Él también comenzaba a preocuparse.
—Incluso el otro día encontré una sabana manchada de sangre en la ropa sucia.
Se atragantó con el jugo.
—¿¡Tweek!?
La tos lo atacó y su cara se puso pálida. Solo cuando se recompuso, se puso rojo sabiendo el motivo de esa sangre, ni él tuvo cara para enseñarle a su novio.
Aunque detestaba a este chico, no iba a negar que cierta culpa lo hizo incapaz de sostenerle la mirada por mucho tiempo. Se dejó abrazar y mimar por él solo por esa ocasión, tampoco dejo morir la conversación sobre su padre en los siguientes días.
Porque en cuanto Clyde fue a su siguiente entrenamiento, Tweek ya estaba frente al departamento de su profesor, tocando el timbre. Esperando ver al hombre al otro lado, de quién ya estaba preocupado por como hablaba su hijo de él.
Sabía que en cuanto lo viera, había una probabilidad de casi al cien por ciento de que el azabache no quisiera verlo. Quizá por la vergüenza, y en otra gran parte, la culpa. Por eso en cuanto esa puerta se abrió, aprovechó la conmoción en el rostro desalineado de su profesor y entro por un lado suyo antes de que se la cerrara en la cara.
—¿Qué haces aquí, Tweek? — sorprendentemente, le pregunto con calma.
—Estaba preocupado por usted.
—No tendrías porque. Yo estoy...
No alcanzo a terminar. Tweek se le abalanzó, encerrándolo en un fuerte abrazo. Pegó la cara a su pecho, aspirando su aroma como si fuera la primera vez. Sin querer, su corazón actuó antes que su mente, por lo que comenzó a temblar, hipando al ahogarse en lágrimas de dolor.
—¿M-me odia tanto?
Craig se puso rígido ante su declaración.
—Tweek, eso no es cierto—negó, intentando ser suave para que le soltara. Muy en el fondo quería consolarlo—. Lo que pasa es que...
—Entonces, béseme.
Tweek no se esperó, por su cuenta se alzó de puntillas, alcanzando los labios fríos de su mentor. Un beso suave, casi reverente, para todo el trasfondo de su historia. El azabache puso las manos sobre sus hombros, intentando alejarlo, pero Tweek lo ignoro, pegándose más a él, frotándose lo más que pudiera en su fornido cuerpo.
—¿Qué es esto...?—espetó el doncel, completamente confundido.
Bajo la mirada, sintiendo que algo golpeaba su vientre, y solo así pudo ver qué era eso.
Una erección sobresaliendo de los pantalones de su profesor. Ni siquiera lo había tocado directo, y reaccionó por un simple beso. Tweek no había venido con esa intención, pero verlo tan "animado" fue inevitable que en su rostro se dibujara una sonrisa, porque eso significaba que su profesor estaba más que interesado a su manera por él.
—Tweek, esto no es lo que parece, esto...
No tuvo forma de explicarse, y eso a Tweek no le importo. Por eso mismo, volvió a adueñarse de sus labios, y con su otra mano, se metió bajo su suéter, acariciando los vellos de su vientre, deslizándose en ese camino por debajo de su bóxer. Craig dejó salir un gemido ahogado que al doncel le agarró la entrepierna, pero aun así no se detuvo, acaricio el miembro del contrario, terminando de alzarlo por completo.
Liberando un quejido lleno de excitación, volvió a bajar como la primera vez, desabrochando su cinturón ante su mirada esmeralda desconcertada.
—Tan grande ...—murmuró rasposo, comiéndose con los ojos su virilidad.
Ni bien pudo apreciarlo por completo, lo trago entero con su boca. Estaba tan fascinado por la idea de darle nuevamente placer a este hombre que su cerebro no podía pensar en más, que lamer por debajo de su coronilla, por acariciar con sus manos sus gordos testículos.
Craig, a diferencia de la primera vez, echó la cabeza hacia atrás y se dejó llevar por el calor de su boca durante unos instantes. Exhaló el aire atrapado en sus pulmones, sintiendo cómo las piernas le temblaban bajo el peso de todo lo que estaba reprimiendo. Sus manos apenas lograron apoyarse en los hombros del rubio, como si ese fuera su intento más frágil de imponer distancia o de convencerse de que aún podía detenerlo.
—Tweek… espera… ¡Tweek!
Un espasmo lo recorrió, y un jadeo gutural lo animó a clavarse en su garganta, gruñendo al vaciarse en esos labios rosas que tanto le dieron cariño.
Se miraron por unos segundos. Craig desde arriba, con la expresión más desinhibida por haberse corrido. Tweek, hincado ante su pene aún hinchado, con su propio bulto entre los pantalones y la expresión corroída por querer conseguir más placer que el tener su semen corriéndole por el labio.
Ese olor a humedad y sudor, combinado por las fuertes hormonas y testosterona en el ambiente debió haber hecho su magia. Porque sin saber cómo, de alguna manera, toda su ropa termino esparcida por toda la sala, mientras que esos dos estaban revolcándose como locos en el sillón de esa sala.
—¡Más lento...!
Rogó Tweek, entre jadeos y gemidos que parecían más una súplica descarada porque siguiera embistiéndole, con esa misma rudeza desproporcionada.
—Me gusta...¡Ah! ¡Me gusta mucho!
Su profesor lo tenía empinado en cuatro, con sus manos encajadas en cada lado de las caderas del rubio. Hundiendo su hinchada verga una y otra vez por su estrecho orificio. Tweek se retorcía cada vez que sus bolas y pelos de su base le acariciaban con cada penetrada.
—Lo soportas tan bien...para ser una segunda vez— admitió el azabache. No se detuvo ni por un segundo—. Eres...Eres tan cálido aquí adentro.
—Craig...Oh, mierda...
Sus caderas se mecían desesperadas en un arrebato oxitocina, el sonido era tan sucio que la mente de Tweek estaba en blanco en cada impacto. No podía dejar de sonreír, el pene experimentado del azabache lo tenía al filo de la cordura. Era tan bueno, tan grande y caliente, que sentía que sus piernas caerían en algún momento. Sus entrañas lo absorbía con necesidad, con un deseo descarado lo estrujaba por obtener cada gota, cada jadeo ronco de Craig.
—Se siente tan bien, Craig. Tan uh-
El hombre salió de él, volteándolo para cogérselo de frente, y se aferró a su boca babeante, besándolo con pasión y energía. Tweek encantado, lo atrapó por el cuello dejando que le comiera la boca, y que volviera a invadir su entrada con su pene. Apenas comenzó a moverse con entusiasmo, volvió a gemir entre lamidas.
—Solo un poco más, Tweek...Solo...
El rubio, con la cara roja, la mirada lagrimeante y perdida, absorbía con fervor cada estocada brusca. Amaba esos ojos verdes que le veían con un hambre descomunal por llenarlo, por marcarlo y dejarle chorreado de su esencia. Ambos cuerpos vibraban, pero con un último alarido, se pusieron rígidos, Craig termino por empujarse lo más profundo posible antes dejar salir su esperma ardiente y fértil en sus paredes.
—Tweek...
—¡Profesor...!— fue su grito final antes de caer también en el orgasmo que le hizo vaciarse en el estómago velludo de Craig.
Con la respiración agitada, acepto con gusto el cuerpo grande de su profesor que se dejó caer sobre el suyo.
—M-me gusta mucho. Lo quiero...
Murmuró, sabiendo que no obtendría respuesta, y así fue, Craig no le respondió. En cambio, sus mejillas se sonrojaron cuando sintió sus labios bajo el mentón, como si eso fuera una especie de disculpa. Tweek no volvió a decir nada.
Pero su corazón latió enternecido cuando el azabache se deslizó fuera de su interior y lo cubrió con una sabana. Sus ojos se deleitaron viéndolo levantarse del sillón, recogiendo cada prenda del suelo, por un instante, pensó en tener la esperanza de que ahora sí todo pudiera cambiar entre los dos.
Sin embargo, parecía que el azabache no pensaba igual.
—Esto no debe volver a ocurrir. Está mal.
Fue lo que le dijo antes de caminar hacia el pasillo donde estaba el baño. No le miro de regreso, como si tan solo la idea de ponerle los ojos encima ya fuera lo suficientemente malo.
Eso volvió a decepcionarlo.
Uno pensaría que esto era una buena señal para que Tweek se rindiera. Pero parecía que su profesor no recordaba lo terco que fue durante la secundaria, y que aún lo era. No sabía nada.
Por eso sonrió, sabiendo que de alguna forma ya lo tenía en sus manos. Que en realidad está relación ya había tomado forma desde su primera vez juntos.
Lo que fácilmente se demostró con el paso de los días.
—Ya el siguiente año nos graduamos...— Clyde se lamentó un poco. Se llevó una mano al mentón, un tanto aburrido de todo—. Y el equipo aún no llega a las finales.
Muy apenas picaba la pasta boloñesa que su padre había preparado. Poco había notado que su novio, aun lado suyo, tampoco la estaba comiendo del todo, y que ni siquiera le prestaba atención. En realidad, ni Tweek, ni su padre parecían estar en la misma página.
Tweek miraba fijamente al azabache frente a él, seguía cada uno de sus movimientos con particular atención. Craig, a su vez, se negaba a regresarle la vista, pegando sus ojos esmeralda a la pasta. Estaba aparentando una falsa calma que se quebró en un santiamén.
Gracias al pie descalzo del doncel que se levantó por debajo de la mesa hacia la entrepierna de su profesor.
—Por una parte, estoy feliz de que ya acabe toda esta mierda de la universidad, pero por otra...
Craig estaba tenso, petrificado en su asiento sin saber cómo contener el jadeo que quería rasgarse por su garganta. El pie del menor subía y bajaba sobre su pene que comenzaba a erectarse.
El azabache sabía que se estaba conteniendo con toda su energía. Pero esos ojos azules bañados en deseo le cortaban la respiración, lo estaban volviendo loco.
—Clyde, te ves cansado. ¿Por qué no te vas a duchar y a dormir? Mañana tenemos examen—recomendó el rubio, ganándose la mirada contenta de su novio. Al castaño le gustaba sentirse cuidado por el doncel—. Sirve que tu papá me lleva temprano a mi casa.
Pudo notar levemente el gesto de horror en Craig, que casi le hacía reír.
—Bueno, de todas formas ya sé de qué trata el examen de mañana—se rascó detrás de la nuca. Le iba a tomar la palabra a Tweek—. Me siento algo cansado. Te lo encargo mucho papá.
Clyde embozo una sonrisa cansada a su padre, apretándole suavemente el hombro antes de caminar hacía a su habitación. Poco iba a saber que su padre no pudo contestarle de regreso, gracias a la erección palpitante que tenía hecho un desorden por debajo de la mesa.
Mucho menos iba a saber que bastarían apenas unas cuadras de camino a casa para que el azabache, con la mente ardiendo y el pulso descontrolado, desviara el auto hacia un callejón e hiciera lo impensable.
Cogerse al novio de su hijo.
—¡Más profundo...!
Rogaba el doncel con cada segundo que pasaba. Aferrándose con las uñas a su espalda desnuda, gimiendo a su oído, con las lágrimas de gusto corriendo por sus mejillas y atrapando su cadera con sus piernas.
Craig entraba en su culo como un desesperado. Agarrándolo por las nalgas para cumplirle el deseo al rubio de entrar más adentro. Como si quisiera ser rápido con su tarea de impregnarlo con su semen.
El auto se estaba meciendo al mismo tiempo en que su pelvis golpeaba contra su caliente interior.
—¡Tan bueno!...Tan rico— le alababa a la vez que buscaba sus labios—. ¿L-lo siente? Está... Está llegando más adentro...
—Joder, sí...Ya cállate—gruño el mayor, sin poder detener el ritmo de su vaivén—. Me estás volviendo loco ... Lo tienes tan bueno...
—Me hace feliz que le guste...Uhh...Es suyo—confesó en un tono bajo, afónico después de tanto grito—. Me gusta mucho...Uh, me gusta...
Craig lo beso profundo, perdiéndose en sus caderas, en sus manos acariciando sus pezones irritados. En la unión de sus cuerpos manchados de semen y otros fluidos.
Solo así, Craig Tucker pareció aceptar su indecente aventura.
Porque conforme pasaron los días, ya era innegable esa atracción, Craig ya no podía negarse al deseo que le provocaba el doncel. Por eso mismo comenzaron a tener relaciones casi todos los días de la semana. Apenas unas miradas de anhelo bastaban para que Craig se le abalanzara y se lo cogiera de todas las formas posibles. Tweek, siendo la mayoría de las veces quien lo provocaba, era más que feliz de abrirle las piernas a la hora que sea.
Aprovechando casi cualquier tiempo a solas para unirse. Especialmente, las horas en que Clyde practicaba con los chicos en el estadio, o cuando lo traía borracho a su departamento. A veces simplemente se reunían en un motel cuando perder al hijo de su profesor no era una opción.
Aunque una parte de Tweek estaba más que ilusionado por todo esto, otra parte, esa que quería ser su pareja oficial no estaba satisfecho. Craig no quería avanzar a ese paso, siempre que intentaba hablarle de sus sentimientos, parecía cerrarse más. Pese a que cuando tenían sexo, y por el calor del momento, el rubio le confesara un sin fin de veces que lo quería, siempre recibía un beso y nada más que eso.
Tweek le había confesado que quería romper con Clyde, e iniciar bien con él. Hacer las cosas correctas por un instante, pero el otro hombre se lo negó de un tajo.
Lejos de eso, lo vio con horror, como si no midiera lo que estuviera diciendo. Tweek sabía que Craig cargaba con cierto arrepentimiento y culpa, después de todo, no era fácil asimilar que estaba sosteniendo relaciones sexuales con su "nuera". Quizá muy en el fondo, Craig estaba esperando que lo dejara en cualquier rato, que su relación con Clyde pudiera funcionar y toda esta relación física que tenían quedará como un mal recuerdo.
Lo que de verdad lo tenía cabreado.
Odiaba estar así. Odiaba tener que estar a escondidas con él, y estar jugando al novio perfecto con el perdedor de su hijo.
—Creo que mi papá ya consiguió pareja.
Por primera vez, un tema de Clyde le llamaba de manera genuina la atención. Lejos del Clyde que no aceptaba el fin del matrimonio de sus padres, ahora le veía feliz al decirlo. Claro, con el paso de los días el propio Tweek había hecho el magnífico trabajo de darle la charla de que su padre tenía que avanzar, y conseguir a alguien que lo quisiera, dejando atrás a su madre.
Le estaba dando una mini terapia para cuando hiciera oficial la relación con su padre.
—Lo veo más sonriente y con energía, no me habla mucho de lo que hace cuando sale. De todas formas, me da gusto, Tweek. Se lo merece— tan buena terapia que el chico no ponía ningún pero—. Debe hacerlo muy feliz, porque no lo había visto tan activo en años.
—Quizá este saliendo con alguien joven, por eso tanta energía...—insinuó, luciendo ingenuo con tema, ya con una sonrisita en el rostro—. Ya le tocaba conocer el amor. Aun con los años tu padre, el merece que...
Clyde dejo escapar una risilla.
—Lo dudo. Está saliendo con alguien de su edad —reveló, completamente seguro.
Señaló una puerta antes de llegar a la de su padre.
—Está saliendo con nuestra vecina de al lado, Annie. Los he visto hablar mucho estos días… y mi papá siempre sonríe cuando ella viene.
La sonrisa que intentó sostener se le borró al instante, y un dolor bajo en el vientre lo obligó a callar. Sentía una punzada feroz de celos que le hizo rechinar los dientes, al punto de que ya no pudo pensar en nada más que en la imagen de Craig inclinándose hacia otra mujer, mirándola como alguna vez lo miró a él. Ni siquiera sabía quién era, pero ya odiaba su existencia y también a Craig.
¿Todos estos días qué? ¿No significaron nada? Todas estas veces en que se dejó tomar por ese hombre, todas esas malditas veces en que solo un chico enamorado como lo era Tweek se entregó sin importar qué. Mierda, incluso había optado por usar la píldora solo para que siguieran teniendo sexo a pelo.
Bien. Si así iban a ser las cosas...
Estaba tan furioso que, cuando vio a Clyde picar el timbre del departamento, actuó sin pensar. Lo tomó del cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí, estampando sus labios contra los suyos. Lo besó con una voracidad que no era suya, una desesperación que aprendió con cada encuentro con Craig. Se aferró a él, enredando los brazos detrás de su cuello, apoyándose en su cuerpo como si necesitara sostenerse.
Clyde, completamente desconcertado al principio, tardó apenas unos segundos en reaccionar. La sorpresa dio paso al entusiasmo, llevaba demasiado tiempo esperando una iniciativa así. Le devolvió el beso con ganas, rodeándole la espalda con las manos, queriendo profundizar, avanzar con calma, disfrutarlo. Era la primera vez que Tweek lo buscaba de esa manera.
Al menos hasta que la puerta se abrió, y apareció Craig otro lado. Clyde fue el primero en separarse, obligado por la presencia del hombre frente a ellos.
—Lo siento… —murmuró, todavía aturdido.
Su padre se quedó petrificado por un instante ante la escena, sin saber cómo reaccionar. Tanto así que parecía que le habían cortado la lengua, porque ningún murmullo salió de sus labios. Luego, con el rostro tensándose poco a poco, dio un paso a un lado para permitirles entrar. Cargaba con un ceño casi imposible de disimular.
Estaba molesto.
Tweek decidió que no le importaría.
Porque quien había iniciado todo aquello era el propio Craig. Si dolía, entonces que doliera para los dos. Quería que sintiera el mismo dolor punzante que le había dejado en el pecho.
Clyde se escabulló directo a su habitación. Tal vez iba a cambiarse, o estaba tan avergonzado que quería pensar en que excusa darle a su padre, pensando a solas.
Mientras tanto, Tweek y Craig estaban en un duelo de miradas llenas de coraje y reproche, pero ninguno se atrevía a poner palabra alguna sobre ese silencio cargado de incomodidad.
Craig fue el primero en romperlo.
—Vaya… parece que ya te estás llevando mejor con Clyde —dejó escapar una risa seca. No intentaba disimular su irritación—. Y eso que habías dicho que querías romper. Imagina si no…
—¿Ah, sí? —lo interrumpió, la rabia trepándole por la garganta—. Parece que es otro quien se está llevando muy bien con su vecina. ¿Hasta cuándo pensabas decírmelo? ¿Hasta que ya te aburrieras de mí?
—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Craig, frunciendo el ceño. La confusión en su voz no parecía fingida.
Dios, cada palabra de ese hombre le ponía más enojado.
—Claro, hazte el idiota —respondió Tweek con sarcasmo—. Yo, que todo lo hice por ti, y tú…
—¡Papá! ¡Se me había olvidado contarte!
Los pasos apresurados de Clyde por el pasillo los obligaron a callar. La tensión quedó suspendida en el aire cuando ambos se giraron hacia él.
—¡Me aceptaron de pasante en la empresa que te había contado!
“¡Joder, ahora no, Clyde!”
Eso fue, sin duda, lo que cruzó por la mente de los otros dos al verlo aparecer con esa sonrisa brillante, completamente ajeno a la tormenta que acababa de interrumpir.
Ambos forzaron una sonrisa, felicitándolo por ese logro que en este momento les importaba un bledo. Aun así, por el bien común de no ser descubiertos por él, siguieron con la visita en paz. Tweek lo ayudo con el proyecto que tenían pendiente, mientras que Craig les prepara una merienda.
Por alguna razón, Clyde se sentía raro. Había algo en el ambiente que se sentía extraño, como pesado. Ni su novio ni su padre estaban hablando. Se notaban demasiado callados. Como si algo malo hubiera ocurrido justo antes de que él apareciera y nadie se hubiera molestado en avisarle.
Quizá iba a llover.
Sí, seguro era eso. El clima siempre lo ponía sensible.
Lo que obviamente no fue así, pero tampoco se moría por descubrirlo. Por eso siguió que todo avanzará como tenía que ser. Se sentó a la mesa, aún con la emoción vibrándole en el pecho. Su padre había preparado tacos, de los que tanto le gustaban, y hasta había puesto cerveza para acompañar. Algo que rara vez le permitía beber en casa. Lo que iba a aprovechar al máximo.
Al menos ese era su plan antes de quedarse profundamente dormido a la mitad de la segunda lata.
Craig fue el primero en avanzar, moviendo a su hijo al sillón como tantas veces hizo en el pasado. Lo dejo sentado en una de las esquinas, con la cabeza ladeada y el rostro tranquilo, esperando a que en media noche se despertara y se fuera por su cuenta a su habitación.
Tweek por su lado, comenzó a recoger los platos, intentando ignorar lo más que pudiera al otro hombre. No estaba de humor.
—Es tarde...— le dijo. Era su manera de decirle que debía llevarlo a su casa.
Eso termino de irritarlo.
— Ya lo sé, deja de hablar como si yo te importará—espetó. Una vez encendida su chispa, era seguro que no se iba a apagar.
Menos aún que sentía estarse muriendo de desamor. Su corazón le dolía, se sentía tan pesado que solo quería desaparecer. Sus ojos le estaban comenzando a arder. Si seguía así...
—Tweek, no tengo ni la menor idea de qué...
—¡No te importo! No te importe hace años, no te voy a importar ahora— sin querer las lágrimas traicioneras se le salieron—. Yo que te entregué todo de mí. Mi amor, mi primera vez...Todo te lo di.
—Tweek...
—¿Y como me lo pagas? —le reprochó—. Acostándote con otra. De seguro con esa vecina tuya si te sientes a gusto, a diferencia de mí que...
—¡Tweek, no estoy saliendo con nadie! —le interrumpió, este tema se le estaba saliendo de las manos—. No sé que ideas raras te estés haciendo, ni siquiera sé a qué vecina te estás refiriendo. Solo me he estado acostando contigo. No tengo ni una maldita razón para buscar algo más por otro lado.
—Pero Clyde...—alegó, aún estaba confundido.
—Clyde me ha estado obligando a salir a citas a ciegas. Finjo que voy, pero en realidad solo voy a la biblioteca o a terminar mis pendientes del trabajo a mi oficina en la escuela — Craig se llevó una mano a la cabeza. El tema ya le tenía cansado—. No puede ser que le creas algo así. Y peor, que no me hayas preguntado primero y solo actuaras como lo hiciste...
¿Entonces esa vecina no existía? Oh Dios. ¿Se había hecho ideas muy rápido? Mierda, seguía siendo un inmaduro. Tweek se talló los ojos, negando una infinidad de veces.
—No, no quería avanzar a más. Solo estaba enojado — admitió, se llevó la mano tras la nuca, ansioso y muy avergonzado por haber actuado así—. Lo lamento.
—Yo también me disculpo— desvío la mirada el azabache, era genuino con lo de estar apenado—. Reaccione como un niño y pude haberte dicho una sarta de cosas horribles si no me hubieras respondido...
—Yo también...
Su primer instinto fue el pensar en cambiar de tema, para dejar este teléfono descompuesto penoso atrás. Pero su mirada brillo, apenas se daba cuenta de algo, y alzó una ceja a su dirección, dejando ir una sonrisa suave.
—¿Estabas celoso de Clyde?
La expresión de Craig se endureció al instante. Ese no era el terreno que quería pisar. De hecho, era justo el que había estado evitando. Pero la sonrisa ladina del doncel no ayudaba. Tweek se abrazó a sí mismo, mordiéndose el labio inferior y el rostro enrojeciéndose un poco.
—Celoso de tu propio hijo…
Craig desvió la mirada un segundo, haciendo un esfuerzo casi físico por no reaccionar ante esa palabra.
—Tweek, no se trata de eso. Fue… raro —intentó recomponerse—. Sabes que has dicho que Clyde, bueno… tú me entiendes…
—Entonces demuéstrale que eres el único que me la puede meter.
Ante la mirada incrédula del más alto, se levantó la camisa hasta dejarla tirada en el suelo. Dejando su torso al descubierto, piel que aún estaba marcada por sus encuentros pasados.
—¡Oh, dios santo...!— exclamó asustado el profesor en una especie de susurro mal logrado.
Sus ojos de inmediato corrieron a buscar a Clyde en el sillón, quien estaba profundamente dormido, roncando y con la boca entreabierta, con hilo de saliva bajando por una de las comisuras de su labio. No tenía ni la menor idea de que su novio se estaba terminando de desnudar para su padre.
Craig fue rápido al jalar una sabana y aventársela al doncel para que se cubriera. Tweek, tan obstinado y descarado como siempre solo la dejo caer, al igual que su ropa interior. Quedando sin ninguna prenda que pudiera taparlo, alzó sus ojos al otro hombre, quien ya se lo estaba comiendo con los ojos con palpable disimulo.
—No me dejes solo en esto...
Apenas lo dijo, el menor fue directo hacia el sillón, miro por un segundo al inconsciente Clyde y ante los ojos atónitos de su amante, se dejó caer de nalgas aun lado de sillón, casi pegado al castaño.
El estruendo no despertó al chico, solo lo hizo acurrucarse más entre sueños. En los labios rosados de Tweek se ensanchó una sonrisa antes de dejar caer sus piernas lado a lado, mostrando sin pudor ni vergüenza sus partes íntimas a Craig.
—¿Qué debería hacer primero?— insinuó.
El otro no pudo responder, tenía cerrada la garganta, respirando con dificultad, sintiendo cada maldito bello de su cuerpo erecto. No podía dejar de admirar ese cuerpo, su cara roja, con la insolencia y lujuria ganando en el brillo de sus ojos, en como su pequeña mano se deslizó por su pecho antes de llegar a su pene.
—¿Debería tocarme aquí primero?
Por biología, el pene y saco escrotal de los donceles era pequeño. No poseía función reproductora alguna, pero era un recordatorio constante de que seguían siendo hombres pese a todo. Por eso mismo, no todos estaban dispuestos a salir con alguien de este género.
Craig Tucker, quien había pensado que solo sentía atracción por las mujeres, ese teatro se le cayó la primera vez que estuvo con Tweek. No solo había mantenido una erección en ese entonces, también había eyaculado dentro suyo, y por todas partes. Su mente y calentura, lo tenían como un objeto de deseo y posesión, que en todos sus encuentros había tenido el deseo oscuro por dejarle embarazado.
Adueñarse de su útero por completo al cargarle con un hijo.
Estaba tan cegado que obviamente se le paró al ver a su pequeño amante juguetear con su pene rosado. Con sus manos que sabía bien que eran suaves, subían y bajaban en esa piel sensible.
—Craig...Craig...Uh
Su nombre resonaba una y otra vez en esa sala, en una nota tan aguda que no dejaba a dudas de que ya estaba cercas de acabar. Solo una caricia final, insistente, en el orificio de su uretra lo llevo al fin, estremeciéndose y poniéndose rígido mientras se mordía el labio intentando por callar el gemido que se le salió al mismo tiempo que su esencia se rociaba sobre su pecho.
Respiro más de una vez, intentando calmarse, siguiendo con la mirada a Craig. Quien parecía congelado aún en su sitio, debatiéndose entre avanzar o no, moviendo sus ojos entre Clyde y Tweek. Pero dándole más atención a este último.
El rubio tomo con uno de sus dedos un poco de su semen esparcido por su pecho. Miro con atención lo líquido que estaba, el poco espesor que tenía a diferencia del de su profesor. El suyo era infértil, tan desprovisto de vida como un desierto. Por eso mismo solo podía servir para una cosa.
Embarro dos de sus dedos con más del líquido, antes de deslizar su mano al anillo rosado que tenía por debajo de los testículos. En ese lugar que les había dado tanto placer a los dos, en ese espacio en el que su profesor amaba por sumergirse.
—¿Q-qué haces viendo...? Ven aquí, Craig...
Lo arrullo con su voz excitada, llamándolo para que se uniera a él, más que solo verlo introducirse sus propios dedos en su calor. No conforme a su mano que masturbaba su humedad, la otra fue derecha a su tetilla, pellizcándose y moviéndose en círculos alrededor de su aureola. Alzó su cadera, embistiéndose con los dedos, queriendo encontrar ese lugar que lo podría en blanco.
—C-raig... ¡Ah, Craig! — rogó por él, porque se acercara de una vez por todas. Porque le tomara. Su mano ya estaba muy mojada—. ¡Ven, Craig! Profesor...
Escucho el cinturón y pantalón de su profesor caer. Su erección rebotó contra su vientre de lo erecta que ya estaba. La boca de Tweek salivo con hambre, ahí estaba ese gran falo que lo tenía vuelto en celo. Sus dedos comenzaron a moverse más rápido al igual que Craig quien frotaba desesperado la mano en su pene. Camino hacia el menor, sin dejar de masturbarse, no perdiendo ningún detalle de ese rubio indecente.
Tweek tampoco le perdía de vista, lo miraba a él, a su rostro rígido, con su mandíbula tensa por contener cada maldición que sus labios anhelaban por soltar. Ni en su pene que ya estaba apuntado hacia su cuerpo por instinto.
—¡Craig...!
No alcanzo a gemir por la mano que el profesor le puso en la boca, callando cada jadeo suyo.
—¡Mierda, Tweek! Cállate...
El doncel retiró los dedos de su entrada sintiendo que todo se contraía dentro de él. Su mente al instante, se reseteó al sentir la semilla caliente del Craig, disparada directamente a su hoyo abierto y parte de su ingle.
Craig liberó su boca, dejándole restos de saliva por haber contenido el gemido que lo llevo a correrse. Solo así, termino por desplomarse en el sillón, sintiendo el esperma de su amante bajar por en medio de ambas nalgas, manchando el sillón por igual.
—Papá...No quiero comer pescado, hazlo tú...
Al unísono, miraron a Clyde, el cual hablaba entre sueños, aún ajeno a toda su aura de humedad y sudor. De verdad que Tweek no daba a crédito a qué tanto escándalo no lo haya hecho reaccionar ni un poco. Nunca había visto a alguien con un sueño tan pesado.
—No me gusta el pescado...
Craig se inclinó hacia el doncel, dispuestos a abrirle las piernas, de no ser porque Tweek puso la mano sobre su pecho, impidiéndole que terminara por penetrarle.
—Así no... —le susurro, tirando de su camisa—. Primero quítate eso.
El azabache más que ansioso por metérsela, obedeció a regañadientes. Se alejó tan solo un centímetro, e inquieto, se quitó el suéter y su camisa, dejándole por completo desnudo. Tweek se levantó del sillón, llevando su mano a ese fuerte pecho, no resistiendo el impulso por pegar su cara allí, inhalando ese aroma de hombre que desprendía. Disfrutando de encerrarlo entre sus brazos, restregándose en él como si no tuviera su erección golpeándose entre los dos.
—Me gustas mucho — confesó, su tono era más dócil. Más cargado de ese sentimentalismo que últimamente se aferraba a su cerebro—. Lo quiero solo para mí.
Y una vez más, lo calló con un beso. Al inicio suave, como si fuera su forma de corresponderle sin decirlo con palabras, y pronto, se volvió urgente. Acariciándose entre sí, por todas partes, restregando sus penes como si ellos también se estuvieran besando. Dejándose llevar por el deseo por profanarse.
Fue el turno de Craig de dejarse caer en el sillón, su peso movió al castaño aún lado suyo, que irónicamente tampoco sirvió para despertarlo. Con sus manos, tiro de las caderas del doncel para que se sentara en su regazo. Pero antes de lograrse sentar, el rubio abrió sus nalgas, revelando su entrada goteante y se empujó contra la verga parada del azabache. Primero se frotó contra ella, fue fácil subir y bajar, sus fluidos y el semen que se había regado en su culo había hecho un buen trabajo por lo fácil que se resbalaba, provocándoles al mismo tiempo a querer consumar el acto.
—Vamos...Enseñale a Clyde quien puede estar dentro de mí.
Eso fue suficiente para que Craig le embistiera hasta las bolas. Tweek dejo ir un quejido cortado, con los ojos abriéndose de par en par y todo su rostro se llenará de dolor y placer. El maestro no le dejo ni tomar aire cuando manipuló sus caderas a su gusto, enterrándose muy profundo a cada estocada. El ruido de sus fluidos revoloteando por dentro de su interior fue tan claro que se escuchaba cada que golpeaba la pelvis ajena.
—Me va a matar...Huhm...
Un beso nuevo le robo el aliento, y Tweek, tan encantado por la sensación de envolver su pene con sus paredes, no hacía más que regresar el beso entre lloriqueos y gemidos. Craig se aprovechaba de su estado para tomarlo por los pechos y estar tirando de sus pezones, alabándolo al oído.
—Tan lindo que eres...No...No puedo creer que este sucio doncel me pertenezca...
—¡Sí! ...Soy solo suyo. Oh... — se recargó en su hombro. Aprovecho para besarle la mejilla—. Usted también es mío...¡Mío!
Miro de reojo al chico que dormitaba a solo unos centímetros de los dos.
Estúpido Clyde.
Su cara se fruncía como si no le estuvieran dejando dormir bien, pero aun así, se negaba a despertar por completo. Su cabello se mecía ligeramente, e incluso su mejilla que estaba recargado en uno de los sillones lo hacía rebotar un poco.
—Ojalá pudiera vernos...—afirmo, sonriendo entre lágrimas de excitación—. Así podría saber que solo el pene de su padre...es el único que puede golpearme aquí —palmeo la parte baja de su vientre, donde se abultaba en cada embestida—. ¿Quiere acabar conmigo...?... Por qué va a matarme, uh...
Craig había soltado sus tetas solo para meterse por debajo de sus muslos, separándolos y dejándole más abierto que segundos antes. No había dejado de arremeter contra su punto débil, abrumándolo en el éxtasis de retorcerse, de mover por cuenta propia sus caderas, ansiando por empalarse hasta el fondo con la verga de su amante. Tweek beso su mejilla, derritiéndose en su pecho. Sintiéndolo llegar más adentro en su útero, quien ya palpitaba por querer recibir su semen.
—Te quiero… Lo quiero mucho… —susurró Tweek, con la voz tan frágil que parecía a punto de romperse.
Sus ojos azules brillaban en lágrimas de júbilo y gozo, captando ese mismo brillo verde en su amor. Su corazón latía tan fuerte que casi podía escucharse entre los dos. Era un sentimiento tan fuerte de devoción que sentía por este hombre, que no pudo evitar dejar morirse de amor.
—Ámeme, profesor...
Le pidió apenas, como si temiera que el simple sonido de su voz pudiera espantarlo.
Se inclinó hacia su cuello en un impulso, acariciándole con un beso que no fue posesivo, sino más bien, suplicante. Anhelando poder llegar a su corazón.
—Por favor… —respiró contra su piel—. Deme todo de usted… su amor… su atención…
Craig cerró los ojos. Tweek era tan honesto que tampoco pudo resistirse a regresarle el beso, devorando su lengua, volviéndolo a su completa merced. Hundiéndolo en ese fogoso deseo por querer ser eternamente suyo. Acaparando todo ese amor que desde un inicio solo le perteneció a él.
—Bien… bien… —murmuró contra sus labios, con la respiración entrecortada—. Lo sé…
Lo besó otra vez, más lento esta vez, como si quisiera memorizarlo.
—Te lo daré todo, Tweek...Te pertenezco.
—Lo amo… lo amo… —repitió, cada vez más bajito, hasta que su voz se volvió apenas un suspiro que se deshacía en la boca del otro.
Ambos cuerpos dieron un último golpe antes de quedar rígidos, llegando hasta el orgasmo con un último beso que a Tweek le supo al cielo en tierra. Tan bueno como su semen desparramándose dentro suyo, y el de él, salpicando su vientre, ombligo y la cara de Clyde.
Se dejaron morir en ese sillón, lugar donde habían dejado en claro que se pertenecían, que no eran de nadie más. Qué ni el hecho de compartir sangre con Clyde, detuvo a Craig de comerse a su pareja. Tweek apoyó la frente contra su hombro, respirando despacio ahora, dejando que la calma reemplazara al fuego. Sus dedos jugaron distraídamente con los dedos de Craig que le sostenían de la cintura, en un gesto más tierno que provocador.
Luego, levantó el rostro, lo miró como si todavía no pudiera creer que lo tenía ahí, y le dio un beso suave en la mejilla. Uno último que irradiaba ternura, y a su vez, era el reflejo de todo lo que le hacía sentir Craig.
Al día siguiente, termino con Clyde.
Entre llantos y quejas, el castaño le había rogado por una segunda oportunidad. Qué podían superar esto que el chico consideraba "una mala racha" en su relación. Pero contra todo tipo de súplicas y el descontento de la gente de su universidad por la idea de terminarlo, lo hizo.
Lo dejo, y fue lo mejor que le pasó en la vida.
Nunca antes había sentido que le quitaran un peso así de molesto, le diera tanto alivio. Como si el hecho de decir que al fin esto termino, le liberarán de unos grilletes imaginarios a los que estuvo atado a obedecer en todo su intento de noviazgo. Obviamente, que a excepción de sus amigos, quedó como un marginado, y eso, siendo honestos, no podría importarle menos.
Claro que Wendy no tomo muy bien que saliera con un hombre que era casi dos décadas mayor a él. Qué para el colmo de los colmos, fuera el padre de su ex. Pero aun así, diciéndole que si eso de alguna manera le daba felicidad, entonces a su forma los apoyaba.
Aunque su relación con Craig no cambio mucho, seguían viéndose a escondidas, entre moteles y el departamento del mayor cuando no estaba el castaño. Tweek le había confesado estar listo para presentarlo a sus padres, cosa por la cual el azabache no estaba muy feliz por eso. Más aún cuando era evidente que seguía sin decirle a su hijo de su relación con Tweek.
Era molesto, porque ya habían pasado casi dos meses y aún nada que le decía. Cosa que obviamente le estaba irritando a Tweek, porque no quería vivir ocultos por siempre. Quería ya pasearse por su casa sin tener que estar con el pendiente de que regresará su hijo por sorpresa o algo así. No es que estuviera muy entusiasmado con la idea de ser su "madrastra" pero ya quería que todo saliera a luz.
Que al fin fueran libres de amarse.
Pero parecía que Craig aún no estaba listo, y no le quedaba más que seguir soportando hasta que ocurriera. De todas formas, incluso ocultos, Craig se encargaba de devorarlo todo el tiempo. Correspondiéndole a todos sus llantos de amor, besándole y afirmándole que se pertenecían. Que solo entre los dos podía haber una danza así.
Con besos hambrientos a los que muy apenas se dejaban respirar por lo ansiosos que estaban por ser uno solo.
En su gran pene apretándose en todo su cuello uterino, mientras sus caderas se volvían locas al restregarse entre sí una y otra vez. Arrancándole gemidos tan altos como el ruido de sus pieles al impactar. Tan bueno era Craig dándole placer con su miembro, que el suyo estaba tan levantado, golpeando su vientre de lo duro que estaba.
Teniendo sexo sin condón, dejando que su profesor lo llenará con su semen fértil todo el tiempo. Que no fue una sorpresa para Tweek estar orinando un día esos sobre una prueba de embarazo casera.
En algún punto, había dejado de tomar sus pastillas a propósito. Por la edad de Craig, asumió erróneamente que tardaría algo de tiempo en hacer efecto. Fue un iluso, porque por lo visto, a la primera su semilla pegó, y no tardo mucho en mostrar los primeros síntomas.
El timbre de su puerta se escuchó, y dejo la prueba sobre la taza, aún no pillaba con el resultado. Resopló, secándose las manos con un papel, y fue a abrir.
Para su sorpresa, no fue nada más y nada menos que Clyde. Quien tenía una expresión dolida en el rostro, con los ojos rojos, hinchados y la nariz húmeda, hipando en una respiración agitada que no podía calmar debido al sentimiento. El aroma a alcohol le llegó antes que una misera palabra suya.
—¡Tú maldito… me metiste! —lo encaró, con la voz espesa, producto de su ebriedad—. Me dejaste porque estabas saliendo con otro…
Tweek parpadeó, sorprendido más por el hecho de que hubiera llegado solo hasta su casa que por el reclamo en sí. Pero pronto se cruzó de brazos, ya cansado antes de empezar.
No estaba de humor para esto.
—Francis te vio… —continuó Clyde, con un temblor que era mitad rabia y mitad dolor—. Te vio entrar a un motel con un señor… ¿¡Ya te estás acostando con otro!?
Genuinamente, no supo qué decirle. Ese "señor" no era nadie más que Craig, pero era obvio que Clyde no lo sabía. Ni tampoco tenía nada en la lengua con que justificarse, más que mintiendo con que era otra persona. Sin embargo, no quería que el chico se lo contara a Craig, porque podría crear un malentendido.
Aunque, honestamente, estaba cansado de huir.
—¡Responde! —lo sacudió por los hombros—. ¿¡Qué hacías con otro hombre!? No tuviste respeto por mí… ni siquiera dejaste enfriar lo nuestro… Eres una p—
—¿Y qué si salgo con un hombre mayor? —lo interrumpió de pronto, empujándolo hacia atrás—. ¿Qué importa si me gana por diecinueve años?
Silencio. Clyde le miro perturbado.
—¿¡Diecinueve!? —Clyde lo miró como si acabara de confesar un crimen—. Me dejaste por un anciano…
El comentario quedó flotando, pero el doncel ya no le estaba prestando atención. Desde el baño llegó el pitido que había estado esperando. Sin decir nada más, giró sobre sus talones y corrió hacia el interior del departamento, dejando al otro chico plantado en la sala.
—Diecinueve… —murmuraba el castaño, aturdido, haciendo cuentas en voz baja—. ¿Cuarenta y uno tiene…?
Pero ya no había nadie que le contestara. En su lugar, estaba un silencio abrumador, tan frágil que podría quebrar la poca cordura que le quedaba. Mientras tanto, Tweek se quedó de pie frente al inodoro, embozaba una gran sonrisa en sus rosados labios, sin dejar de ver la prueba de embarazo.
—Tweek...
El nombrado salió del baño con pasos lentos, escondiendo la prueba detrás de su espalda. Finalmente, veía inteligencia en su exnovio, porque por alguna vez en su vida, había hecho las cuentas correctas. Una risa breve, incrédula y rota se le escapó, por la idea que empezaba a tomar forma en su mente. El doncel avanzó hacía él con calma, acompañándolo en su revelación.
—¿Cuarenta y uno...? Tweek, eso...
El sonido del reloj en la pared se volvió insoportable. El mundo no le tuvo perdón cuando le alzó la mirada.
Tweek sonrió con dulzura. Con una felicidad que quería compartirle con todo el gusto de la vida, y así fue.
—Felicidades, Clyde. Vas a tener un hermanito.
