Chapter Text
Bakko sintió el cambio antes de verlo. Los vínculos de Camio, esos hilos invisibles con los que el Virrey tensaba su mundo, se habían reordenado nuevamente. La ausencia de su Capitan había cambiado sus rutinas y por tanto parte de las rutinas de su círculo. No le molestaba absoluto, pues siendo un Principe, no se veía subordinado o impedido por otros procesos, pero no pudo ignorar lo siguiente.
Odisco había regresado.
El Capitán del infierno volvía como la pieza cercana al Virrey. Una presencia que, por sí sola, podía absorber los caprichos de un virrey y contenerlo. Asi el mundo tomaba su curso natural.
Bakko no necesitaba verlos juntos para saberlo. Conocía ese tipo de unión: no la blandura de un romance, sino la alianza hecha de costumbre, violencia compartida y lealtades. Camio era un ser de cargo, de rituales, de excesos que solo se permitía en privado. Y Odisco era un espejo funcional: lejos de ternuras y romanticismo, solo eficiencia y frialdad.
Era lógico, entonces, que Camio hubiera dejado de mirar hacia afuera.
El humano, Julián, había sido un entretenimiento de temporada. Una grieta útil por donde el virrey expulsaba aburrimiento. Un juego de visitas y de olvidos. Un animal doméstico al que se le enseña a esperar sin saber por qué. Era una estrategia bastante interesante pensaba Bakko, pero temporales cuando los verdaderos jugadores volvían al campo.
Con Odisco recuperado. Camio tenía otra cosa que morder, ocupar su atención aguda y necesitada.
Eso, para Bakko, significaba una oportunidad de diversión. Por supuesto que aquella idea había sido de Argoly, pero no recuerda ahora porque no le había hecho caso antes, quizá porque una cosa importante ocupaba su mente. Ahora no recuerda bien, pero no importa.
La última vez que Bakko estuvo cerca de Julián, el aura del humano aún llevaba marcas: opacidad, un desgaste que no era solo cansancio de trabajo. Era desgaste de noches sin memoria.
Ahora, en cambio, el borde de esa aura se veía distinto. Más limpio, purificado, como solían hacer los cuerpos y las almas tras descanso en las noches de sueño. El Virrey había apartado su mano. Volviendo al humano disponible. Bakko sonrió al pensarlo, con ese placer leve que le nacía cuando el tablero ofrecía una jugada nueva. Camio distraído era un Camio menos territorial.
No era difícil, además, imaginar por qué el Virrey se apartaría por un tiempo. Odisco no era un adorno. Era una pieza estratégica. Si Camio lo había recuperado, seguramente había asuntos acumulados: castigos pendientes, informes, reorganización de guardias, reconciliaciones que solo podían darse en la intimidad de una habitación cerrada y un pacto sin palabras. Ah, el principie sintió leve envidia.
En la ciudad, Bakko había tenido su pequeño juego: una panadería-café con olor a masa caliente. Un lugar donde los mortales al verlo, jugaban a atinar su procedencia o su profesión, una bastante flexible, pero sin lograrlo, incluso rayando a la absurdez “Es un modelo”, decían. “Es un actor”. “Debe tener dinero” “Nadie está tan hermoso sin razón”
A Bakko le divertía eso. Era divertido escuchar sus ideas tan adorables sobre su origen allí. Nadie había acertado, pero todos estaban felices con sus propias mentiras. La única persona que no participaba del juego era él.
Julián lo observaba con distancia, era consciente de su existencia porque la mayoría de los días se encontraba en el mostrador. Tenía un instinto nato a evadir el peligro, aunque no estuviera seguro de su forma autentica. Este hombre era especial. Quizá más despierto que otros, pero igualmente humano.
Eso era lo que Bakko quería. Los humanos que caían rápido aburrían. Camio acudía al engaño, a la mentira y el hechizo para sus fines, eso no tenía ningún mérito. La entrega fácil era un acto orquestado por otro, no una decisión del objetivo. Bakko prefería las entregas lentas, voluntarias. Una decisión propia, una entrega consciente.
Pero ya sabía porque Camio se había fijado en este humano, le recordaba demasiado al Capitán.
Orgulloso.
Pero también volátil. Emocional. Con una llama rápida.
Eso, para Bakko, era una mezcla perfecta. Porque la dignidad da resistencia y la volatilidad abre grietas.
Bakko dejó de ir a la panadería el día que sintió a Camio cerca. Fue simple prudencia. El Príncipe no le temía al Virrey en el sentido humano de la palabra, pero le respetaba el dominio. Camio no era un demonio cualquiera que se enojaba y rompía cosas. Si el Virrey había girado su atención hacia Julián en ese momento, aunque fuera solo un vistazo, Bakko lo habría notado, prefería que su juego no se convirtiera en un conflicto directo.
Así que se retiró. Y observó desde lejos cómo, con el regreso de Odisco, Camio se replegaba otra vez hacia lo suyo. Eso dejó a Julián en una zona de calma anormal, una forma de hambre.
Los humanos, cuando dejan de ser atacados, a veces se sienten vacíos. No extrañan el daño, solo había creado en ellos una rutina nerviosa: una razón para estar tensos, una explicación para el cansancio. Cuando esa explicación se va, el cuerpo sigue con la reacción aun que nada les ocurriera. Esa energía reservada para el momento se acumulaba y buscaba salida.
La mañana de un sábado, cuando Julián marcó el número, Bakko ya estaba en la espera, había creado un escenario, todo dispuesto para que el orgullo de aquel hombre se manifestara, pues no admitía patrones rotos, así estos no tuviesen una relación consciente con él.
El teléfono sonó.
Bakko lo miró vibrar, quieto a su lado, con la pantalla iluminada, marcaba un numero nuevo, pero para él era conocido. No lo tomó de inmediato. Dejó que sonara varias veces, antes de que desistiera, como un animal asfixiándose.
Bakko contó unos segundos, apenas los suficientes para que Julián dejara el teléfono boca abajo, para que se sintiera ridículo por haberlo hecho en primer lugar. Entonces devolvió la llamada. Bakko escuchó el primer tono del otro lado, y luego la voz.
—¿Sí? Aló.
La voz de Julián tenía una aspereza. Fiebre. O simplemente mal humor. Bakko sonrió.
—Me sorprendió que llamaras —dijo, dejando que la condescendencia fuera suave, casi amistosa, como un dedo rozando una herida sin presionar.
Hubo un silencio. Julián respiró.
—Estaba tentado a ignorarte —admitió entonces. Un hilo estilo la sonrisa del demonio.
Bakko disfrutó esa honestidad. Julián no fingía si no lo consideraba necesario.
—Pensé que lo harías —respondió Bakko— Te quedaba bien hacerlo. Encanto.
—No te he visto más en la panadería —dijo Julián luego de un momento, como si la lengua tuviera vida propia.
—Qué bueno que lo notaras —Bakko dejó que sonara como premio. Quería irritarlo un poco, era divertido jugar con ellos. Sospechaba que estaría propenso debido a las circunstancias.
—¿Por qué no volviste?
Bakko miró la ventana. Afuera, la ciudad era humana: autos, anuncios, rutina. Adentro, todo estaba vacío y silencioso.
—Trabajo.
—¿Trabajo? —la incredulidad de Julián fue inmediata—. ¿Alguien como tú trabaja? Te la pasabas sentado toda la tarde ahí.
Bakko rio, bajo, genuino. Julián era rápido, y eso le gustaba.
—Mi trabajo es estacional —dijo—. A veces me exige mucho. A veces tengo que esperar, como todas las cosas buenas de la vida.
Julián afiló la mirada, aunque no lo tuviera enfrente. Un acto instintivo.
—¿Y de qué trabajas?
—Entretenimiento. - No tardó en decirlo.
—¿En qué? ¿Televisión? ¿Eres actor? ¿En radio? —Julián soltó las opciones como si necesitara encajarlo en una caja de formas. Desde que lo había visto en el café, este hombre había sido el entretenimiento de los empleados.
—No —Bakko dejó que su voz se volviera casual, casi humilde—. Nada tan estrafalario. Ayudo detrás de cámara. Me gusta observar el espectáculo desde una distancia prudente. No me gusta aparecer.
Hubo un silencio. Bakko imaginó el gesto de Julián: ese ceño fruncido, ese juicio rápido.
—No te creo —dijo Julián.
—No tienes que creerme —Bakko respondió con calma—Solo preguntaste, pero te invito a verlo algún día y quizá, si quieres formar parte de ello.
Eso lo dejó sin respuesta unos segundos. La confianza con la que este hombre le hablaba, solo le hacía pensar que se encontraba en otro escalón del mundo y no se equivocaba. Bakko se permitió escuchar su respiración, el cansancio de estar alerta, eso, queriendo salir... La marca de una noche que Julián quizá no recordaba del todo.
—¿De verdad solo llamaste para saber eso? —preguntó Bakko.
Julián tardó un segundo más de lo necesario.
—Sí.
Bakko no se rio esta vez. Sonrió con la voz.
—Entiendo.
Julián endureció el tono.
—Solo era eso.
Bakko dejó una pausa mínima, suficiente para que Julián sintiera el peso de lo no dicho.
—Si solo era eso, no te quito más tiempo —dijo Bakko— Aunque podríamos vernos.
—No —respondió Julián, inmediato, tentado a colgar en ese instante. No sabía por qué, pero su cuerpo reacción con un temblor, ¿era miedo?
Bakko disfrutó la rapidez, de su respuesta, sin quererlo parecía haberse arrinconado el mismo. No presionó aun, pero podía oler su deseo desde allí.
—¿Por qué no? —preguntó con una voz cargada de curiosidad ensayada—No trabajas, ¿verdad? ¿Qué te lo impide? ¿Me tienes miedo?
Julián exhaló. Su orgullo casi salta ¿miedo él? ¿Por qué tendría que temerle?
—No invito extraños a mi apartamento.
—¿Por qué me invitarías a tu apartamento? - preguntó Bakko con cierta inocencia. Sus labios mostraron los dientes afilados. – Podría ser en cualquier parte.
Silencio.
—Vas muy rápido —dijo Julián.
Bakko dejó que su tono se volviera apenas más cálido.
—No me gustaría que perdieras el tiempo, veo que no dispones de mucho – Indicó cortésmente. – Me gustaste al verte ¿No es lo mismo para ti?
Julián no respondió, sus orejas se calentaron, rígido. Pero Bakko sintió la verdad: esa frase había tocado algo verdadero. Un anhelo escondido, un cuerpo abandonado y deseoso de recibir algo mas que miradas desde el otro lado de la sala.
—No te confundas —dijo Julián al fin— No es una cita.
—Como tú digas —Bakko volvió a la condescendencia, seda sobre filo- Será lo que tu quieras.
—¿Y por qué te interesa? - la voz de Julián era desafiante, enojado de su propio deseo.
Bakko miró su propia mano, la calma perfecta de la piel oscura y pensó: porque estás vivo aún.
—Porque me pareces ser especial —respondió—. Y me encantaría conocerte a fondo.
Julián guardó silencio, incómodo. Bakko lo imaginó apretando el teléfono, dudando entre colgar, huir o aceptar. Bakko no necesitaba escuchar su respuesta en aquel momento. No era tan complicado para el saberlo.
—¿Te mando la dirección? —dijo Bakko, como si ya lo hubiera decidido.
—No he dicho que sí —protestó Julián.
Bakko sonrió. Paciente. Sin ira. Sin urgencia.
—¿Me quedaré en la línea hasta que lo digas? -Esa pregunta no necesitaba respuesta-
Silencio, en ese silencio, estaba el verdadero acoso de Bakko, su presencia persistente, segura y honesta. No estaba haciendo nada, nada que no fuera humanamente posible, pero Julian parecía reaccionar muy bien a el.
—Mándala —dijo Julián, al fin, seco.
Bakko sintió un placer leve y limpio. Sonrió.
—Bien —respondió—y Julián…
—¿Qué?
Bakko dejó que su voz bajara un tono.
—No te esfuerces tanto. Solo te va a cansar más. Relájate.
Colgó.
Luego apoyó el teléfono sobre la mesa y se quedó quieto unos segundos, escuchando el silencio de su cuadro. Bakko había estirado su mano invisible sobre la nuca de un humano con paciencia, eso no era lo divertido. Era hacer creer que todo esto había sido su decisión, ese era el chiste de su artimaña.
El camarero dejó dos cartas. Bakko ni las tocó aún; miró primero la portada.
Julián habló primero:
—¿Cómo sabías que era yo quien llamaba?
La pregunta salió directa, casi acusatoria. Bakko dirigió su mirada hacia él, sin ansiedad.
—No ando por ahí entregando ese número como un cualquiera.
Sonrió apenas.
—Eres el único a quien se lo di —aseguró poco después.
Julián sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual. ¿Podía creerle? No lo conocía, pero ¿eso qué importaba? En realidad, esa pregunta se le había venido a la cabeza un tiempo después de que hablaron.
—Eso no responde la pregunta.
—Claro que sí —respondió Bakko, tranquilo—. Si solo tú lo tienes, ¿quién más podría llamarme? Es mi número personal. No es algo que entregue a la primera.
Julián frunció el ceño. Bakko inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara la lógica. Su sonrisa se volvió amplia y misteriosa.
—¿Quieres iniciar un conflicto? ¿Te es tan incómodo estar aquí? —preguntó entonces el moreno.
Julián relajó la expresión, sintiéndose descubierto. No era su intención armar un alboroto, pero le pareció tan extraño que, en aquella llamada, respondiera tan seguro, como si ya supiera que era él.
No sabía por qué, pero ese hombre resultaba un extraño enigma. Quizá solo estaba buscando excusas para no admitir que, de alguna forma, también le llamaba la atención por ese mismo misterio.
Silencio.
—Relájate. ¿Qué te gustaría comer? —soltó sencillamente, abriendo la carta.
Julián no sabía bien qué comer. Honestamente, no sabía por qué su estómago parecía haberse encogido, en un estado de alerta inesperado. El lugar era un café brunch bastante lujoso; no hacía falta tener tres dedos de frente para darse cuenta de que era un lugar de ricos. Se preguntó si era correcto estar allí; su instinto parecía luchar contra su cuerpo inquieto.
El hombre frente a sí no parecía una amenaza como tal; quizá era su afilada belleza masculina. Intimidaba de una forma extraña. ¿Cómo podía eso afectarle a Jul? Ni idea.
Pidió lo más ligero y de porción pequeña, solo para salir del paso, porque no conocía el menú, que aparte estaba en portugués.
—De haber sabido que ibas a comer tan poco, te habría llevado a comprar ropa. Me siento mal —dijo él, riendo.
—No tengo tanta hambre.
—Estás inquieto —dijo con suavidad.
—No.
—Sí.
Julián dejó la taza sobre la mesa.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras esperando que haga o diga algo.
Bakko sonrió, esta vez más leve.
—No estoy esperando nada.
Mentía. Pero lo hacía con elegancia. Julián se inclinó hacia atrás en la silla, intentando recuperar espacio.
—¿Por qué te sientes tan inseguro conmigo? —preguntó el hombre—. ¿Algo malo ocurrió en tu pasado?
—No…
—Ah, ya… —dijo Bakko—. ¿Tuviste una mala relación antes?
Julián se tensó; algo en eso lo puso en evidencia. Bakko lo miró con cierta compasión.
—No.
—Bueno, no tienes que decírmelo si no quieres.
—No fue una mala relación.
—¿Ah, no?
Julián negó con la cabeza.
—Él solo se fue del país. Está estudiando en otro lugar.
—Oh… No te gustan las relaciones a distancia, ¿eh?
—¿A quién le gustan? —replicó Julián, molesto.
Bakko no tenía eso en sus planes, pero era algo sumamente interesante.
—No pasó nada malo; solo no se podía.
—Lo comprendo, pero aun así no quita que duela —indicó él, y algo en sus ojos oscuros desarmó a Julián de una forma que solo en aquel momento notó.
¿Por qué le estaba contando esto a ese hombre? Bueno, no importaba: no era como que lo volviera a ver, ¿verdad?
—Entonces —dijo Julián, volviendo a hablar, pero esta vez cambiando de tema—, ¿de verdad trabajas en entretenimiento?
Bakko apoyó la espalda contra la silla.
—Sí.
—¿Y nadie te reconoce?
—No necesito que me reconozcan. Eso sería un fastidio: no tendría una vida normal.
—Con esa cara sería difícil pasar desapercibido.
Bakko lo miró con una sonrisa; sus dientes eran muy blancos, perfectos.
—La apariencia es útil en este mundo mediático.
Julián sintió un pequeño escalofrío.
—¿Útil para qué?
—Es una buena primera impresión. Eso cuenta mucho en las personas: son seres superficiales que comen por los ojos, como con un buen plato. No es distinto. La apariencia hace atractivos los objetos.
Justo en aquel momento las órdenes llegaron. El vapor subió entre ellos como una cortina delicada y amable.
Julián tomó la taza antes de tiempo, solo para tener algo que sostener. Notó que su mano se veía pequeña frente a la de Bakko, que descansaba abierta sobre la mesa: firme, segura.
—¿Y yo también soy un objeto? —preguntó al fin.
Bakko no respondió de inmediato. Lo miró con atención, sin sonrisa ahora, como queriendo mostrar cierta humanidad. ¿Cómo podía pensar eso de él? Por supuesto que lo era. Qué pregunta tan tonta.
—¿Te sientes así ahora? —preguntó—. ¿Como un objeto sin propósito? ¿Crees que eres un platillo?
—No… Aunque, en tu mundo mediático…
—Exacto —apuntó Bakko—. Serías un platillo: pequeño, pero lleno de sabor. Se debe saborear lentamente; los glotones no podrían disfrutarlo con plenitud, demasiado atrapados en su hambre.
Julián sostuvo la taza más fuerte de lo necesario, inquieto por la falta de filtros de ese hombre. Algo en ello era refrescante, pero también lo inquietaba, como si algo lo jalara hacia él. Lo observó con los ojos bien abiertos y sintió ganas de lanzarle algo para que dejara de mirarlo.
Basta, pensó.
—Oye —dijo—. Se va a enfriar.
Julián observó su plato: era pequeño, pero olía muy bien; se sintió ligeramente expuesto. Observó el platillo del hombre frente a sí: eran unas piezas de cordero a término medio, con ajo y romero, sobre una salsa que tenía parte de su sangre.
.
.
No sabía por qué había aceptado. Sí, había sido su decisión, aunque algo en su interior —algo de lo cual no podía asegurarse ni conectar del todo— pensaba que aquello podía estar orquestado. Había pasado un tiempo desde que intentó sanar su soledad con citas, pero eso no parecía funcionar: era agotador intentarlo y que esos pretendientes, que comenzaban con entusiasmo, desaparecieran o perdieran el interés casi sin esfuerzo.
Pensaba que con ese hombre sería algo similar, así que quizá por eso estaba convencido de que usarse mutuamente para apagar un deseo no tendría mayor consecuencia.
Julián desconocía lo que esto desencadenaría; no hacía falta que lo supiera. El hombre no ofreció su propio hogar; pensaba que era justo pasar el momento en un sitio totalmente neutral, como aquella suite.
Julián se sorprendió de saberse cortejado. Había pasado un buen tiempo desde que algo así sucedía, y ver a ese hombre con un interés tan marcado en él lo puso nervioso; casi se sentía un inexperto, aunque no era el caso. Algo bullía en su interior: una anticipación extraña. ¿Por qué?
No era como si no estuviera acostumbrado a esos encuentros como para caer en novatadas.
—¿No bebes?
—No en estos casos —dijo Julián.
Partes de las paredes del lugar eran de un vidrio pulido, cristalino. Podía ver los techos de otros edificios e incluso el cielo; aún había luz afuera. Era demasiado trabajo para una sola noche, pensó Julián; en su vida, sus pretendientes no querrían desembolsar tanto dinero por ello.
—¿Tienes mala bebida?
Julián rió por primera vez.
—No de esa manera —indicó—. Me pongo muy extraño cuando tomo.
—¿De verdad?
El hombre tenía un vaso de lo que parecía ser un líquido color caramelo. No tenía hielo.
—¿Feliz o triste?
—Feliz —indicó Julián—, aunque luego, triste.
—Pero eso está bien. Calma —dijo, sirviendo otro vaso, pero con prudencia.
Se acercó a él y tomó asiento a su lado. La luz que entraba por las ventanas golpeaba su piel oscura y tersa. Su cabello negro era reluciente y tenia bellos bucles.
—Veo que eres alguien que se conoce muy bien, pero no tienes por qué estar triste.
—No es algo que pueda controlar.
—¿Es por ese amor imposible? —preguntó Bakko, ofreciéndole su bebida.
Julián la tomó. No tenía un fuerte olor, pero el color era singular. Bakko hizo un gesto teatral.
—¿Hace cuánto se fue?
—Dos años.
—Ah, pero ha pasado tiempo —dijo, sorprendido—. Qué flechazo.
Julián quizá debía sentirse incómodo por hablar de él con un extraño, pero era un extraño y no tenía mayor importancia. Se encogió de hombros. Tomó de su bebida y el ardor, al pasar, lo obligó a relajarse. Cayó agradablemente en su estómago. Esto no lo tumbaría, pero sí lo soltaría.
—Eres un hombre muy hermoso como para que estés pensando en alguien que no está contigo —le dijo Bakko.
Julián lo miró con fijeza.
—¿Como un buen platillo?
Bakko rió abiertamente.
—Un delicioso platillo fuerte.
Ambos rieron.
—Tienes una extraña forma de comparar a la gente con comida.
—Las personas son algo como comida para mí —le confesó Bakko, sonriéndole con sus lindos dientes.
Algo en la forma de su rostro lucía menos grave cuando sonreía; era como una cuerda que lo jalaba hacia él.
—¿Ah, sí? —preguntó Julián, pero no quería saber la respuesta.
—Sí… —expresó, acercándose en ese instante.
El cuerpo de Julián se estremeció. Su instinto fue alejarse, pero no le hizo caso: no llegó la orden a su cerebro.
—¿Hace cuánto no te comes algo?
Julián se rió de lo estúpido que sonaba eso. De alguna forma, la risa lo hizo reaccionar de ese sentimiento, aunque no por mucho tiempo: un cosquilleo en su estómago se hizo presente cuando Bakko también comenzó a reír; esta vez sonó tan profundo y grave.
—Hace mucho tiempo.
Bakko sonrió, sabiendo que eso era mentira.
