Chapter Text
Lo último que sintió antes de que la oscuridad se lo llevase fue el filo de Dark Sister abriéndose paso en su interior, llevándose el único ojo que le quedaba, llevándose su vida. No debió confiarse, no debió confiar en Alys, no debió dejar que su arrogancia ganase la guerra en su interior. Se creía invencible porque tenía a Vhagar, porque había logrado tomar a Harrenhal, ganó todas las batallas a las que fue, pero ¿acaso no fueron victorias realmente? Asesino a Lucerys que ni siquiera estaba buscando luchar contra él, siendo Arrax no más que una cría a la que Vhagar se tragó sin dificultad, y la batalla con Rhaenys solo la ganó porque Aegon estaba ahí y Meleys no podía con ambos dragones al mismo tiempo. Después de eso atacó Harrenhal donde solo habían niños, ancianos, y mujeres indefensas, pero eso a él poco le importó cuando decidió acabar con todos.
Su única batalla real había sido contra su tío y la perdió.
Dejó a su familia desprotegida por su ambición y sus delirios de grandeza, era la única protección que tenían y él los dejó solos. Su madre, Helaena tan rota como estaba, y Jaehaera tan pequeña e inocente. Quizás fue lo mejor después de todo porque arruinaba todo lo que tocaba. Había tanta sangre en sus manos que regresar a casa e intentar proteger a su sobrina sería indigno. Ella era tan inocente y había sufrido tanto siendo tan pequeña. No lo había merecido pero fue su culpa. Él mató a Lucerys y provocó la muerte de Jaehaerys.
Si pudiera regresar a esa noche, a la noche en la que todo cambió, la noche en la que reclamó a Vhagar, cambiaría las cosas. Esa noche en la que reclamó a la dragona, cuando perdió su ojo, fue la noche en la que todo a su alrededor se derrumbó. La ira y el deseo de venganza nacieron en su interior y lo convirtieron en el monstruo que era, el que siempre estuvo destinado a ser. El monstruo que su familia creó.
Era el año ciento diez después de la conquista cuando la Princesa Rhaenyra le dio la bienvenida al mundo a su primer hijo. Un niño pequeño que no lloró al nacer, un niño de ojos violetas y pelo blanco, curioso del mundo a su alrededor. Un niño que no se le permitió cargar ni por un segundo. El maestre la había mirado con pena cuando las parteras envolvieron al niño en mantas limpias y se lo llevaron fuera de la habitación, ignorando el llanto y las súplicas de la Princesa que rogaba ver a su hijo. Fuera de la habitación esperaba el padre del niño con impaciencia, deseando salir de aquel lugar que lo asfixiaba, buscando alejarse de los gritos desgarradores de su sobrina y la mirada de hierro de su hermano. Cuando las parteras aparecieron el niño en brazos se lo ofrecieron al padre que lo recibió algo incómodo pero no protestó al ver que el niño dormía a pesar de los gritos de su madre.
—Daemon—lo llamó su hermano, la ira y la tristeza mezcladas en su voz.
—Se llamará Aemond—fue todo lo que dijo antes de darse la vuelta, sin dejar de ver a su hijo. —Llevaré un huevo de la fosa conmigo, merece tenerlo.
Nadie dijo nada más cuando el Príncipe marchó por el pasillo con el niño en brazos. Viserys sólo pudo ver por un balcón como su hermano se alejaba de Dragonstone a lomos de Caraxes con el niño, su primer nieto, uno al que había condenado al exilio. Había cosas de las que se arrepentía, pero su hermano había cruzado una línea que él nunca pensó que llegaría a cruzar y debía ponerle un límite. Nadie más que los que estuvieron presentes aquel día supieron lo que sucedió y ninguno dijo algo al respecto, las parteras sólo lo hablaban para preguntarse cómo estaría el niñito precioso que vieron por breves minutos, pero nadie decía nada sobre el niño.
Daemon llegó a Driftmark por la noche y fue recibido por su sobrina, Lady Laena, que sonrió apenas lo vio desmontar de Caraxes. Laena era la definición de belleza valyria, con sus rizos sueltos y sus ojos brillantes que parecían faros en medio de la noche. El niño, Aemond, se removió en sus brazos, como había hecho varias veces durante el vuelo, pero no se despertó. Los ojos de Laena se abrieron con sorpresa al darse cuenta de lo que tenía en brazos, justo cuando Rhaenys y Corlys aparecían por la puerta del castillo acompañados de Laenor. Sin decir nada la joven avanzó hacía él con los ojos pegados en el pequeño bulto que tenía en brazos.
—¿Puedo sostenerlo?—preguntó con un susurro, maravillada cuando movió la manta para verlo.
Daemon no dijo nada, solo puso al niño en los brazos de su sobrina que no dudó en pegarlo a su pecho con una sonrisa enorme en el rostro. Solo entonces el niño abrió los ojos y dejó salir un pequeño sonido que hizo jadear a Laena.
—Madre, mira lo hermoso que es—la joven se giró para mostrarle el niño a su madre que sonrió levemente al notar la emoción de su hija.
Aemond miró todo confundido. Era de noche, eso podía notarlo, también notaba el cabello blanco de la persona que lo sostenía, el cuerpo pesado, y la sensación de estar flotando. Cuando la persona que lo sostenía bajó la mirada sintió que todos sus recuerdos regresaban de golpe. Vhagar, Driftmark, Lucerys, Jaehaerys, Alys, Harrenhal, Daemon, la muerte…pero ¿no estaba muerto? Debería estarlo porque estaba viendo a Laena Velaryon y ella había muerto hace mucho tiempo. Sin embargo, aquella era una versión mucho más joven de Laena. Una versión que él nunca había conocido.
—Oh, es el niño más precioso del mundo—le sonrió, sus ojos brillando en la oscuridad de la noche.
—Laena—escuchó a alguien pero lo ignoró.
Sin poder evitarlo, disfrutando del calor que lo rodeaba, se acurrucó en sus brazos y cerró los ojos. Quizás cuando los abriera nuevamente podría descubrir qué estaba pasando.
Resulta que dormir no le sirvió de nada porque cuando abrió los ojos otra vez se encontró de frente con Daemon Targaryen y con solo verlo rompió a llorar. Era un llanto agudo, típico de un bebé, y se sintió extraño reconocer que provenía de él. Sin embargo, Daemon no se alejó, por el contrario, lo levantó de la cama y lo acomodó en sus brazos para mecerlo. Escuchó una conversación distante pero no podía escucharla bien sobre el llanto que no cesaba. Sintió que era movido y entonces el calor de la noche anterior regresó. Aquello le hizo dejar de llorar y sus ojos se encontraron con el rostro sonriente de Laena Velaryon.
—Hola pequeña luna—le susurró mientras lo mecía—, ¿estás de mal humor?
Dejó salir un sonido que le provocó vergüenza, pero Laena solo dejó salir una risa suave que le resultó el sonido más bonito que jamás hubiese podido escuchar en la vida. Se alejaron de dónde estaban y ella comenzó a cantar una canción de cuna en valyrio mientras lo seguía meciendo. La canción lo relajo y le hizo olvidarse de todo, Laena le provocaba una paz que nunca antes había sentido y en el fondo de su mente sintió una punzada de remordimiento por haber reclamado a Vhagar en su funeral.
—Eres buena con él—escuchó la voz de Daemon y la canción se detuvo.
—Es un niño precioso—le dijo ella con una sonrisa—. Además, es mío…—aquello lo susurro contra su cabeza y él dejó salir un sonido de afirmación.
Si Laena era su madre en esa extraña vida lo aceptaría sin protestas.
Los primeros días dormía demasiado, pero cada vez que abría los ojos Laena estaba a su lado para asegurarse que estaba bien. Era una madre atenta y eso lo hacía llorar, pero dejaba de hacerlo apenas ella le besaba las mejillas. Laena había puesto un huevo de dragón en su cuna y se molestó cuando descubrió que alguien lo había reemplazado con otro huevo, ese día despertó porque escuchó la discusión que tenía con Daemon sobre el huevo.
—Es de una nidada de Meleys, yo misma lo encontré, es suyo—le dijo al Príncipe sin dejar espacio a una réplica y marchó hacía la cuna con el huevo en brazos—. Si vuelves a cambiarlo haré que te arrepientas…oh, estás despierto luna mía.
Movió sus manos en su dirección, pidiendo ser cargado, y ella cumplió su deseo en cuestión de segundos, dejando el huevo en la cuna una vez más.
—Tu padre es un mal hombre, te despertó de tu siesta y cambió tu huevo—le lanzó una mirada de rabia a Daemon que puso los ojos en blanco—, pero no te preocupes que yo estoy aquí para mejorar todo.
Se acurrucó en sus brazos y bostezo. Claro, ella siempre hacía todo mejor.
Cuando se quedó dormido Laena se sentó en el sofá y le acarició la mejilla con un dedo. Daemon la observó en silencio, admirando lo hermosa que se veía con el niño en brazos y por un segundo quiso que aquel fuese hijo de ambos. Laena era atenta con Aemond, mientras él se ocupaba de armar planes de guerra con Lord Corlys ella cuidaba del niño como si fuese su hijo y en cierto punto lo era. Aemond no conocía a nadie más como su madre aparte de Laena.
—Deseo casarme con Laena—soltó un día durante una reunión con Lord Corlys.
—¿Mi hija?—Corlys lo miró con una ceja elevada—¿Para que siga cuidando a tu bastardo?
—No—negó con la cabeza—. Solo…me di cuenta que debía ser ella.
Nadie volvió a tocar el tema.
Aemond ya no dormía tanto, ya tenía dos lunas de haber nacido y ahora podía estar un poco más despierto. Lo suficiente como para escuchar que Daemon se iría a la guerra de los Peldaños de Piedra y él se quedaría con los Velaryon. El día que Daemon abandonó el castillo lo tomó en brazos y le pidió que cuidara de su madre. Laena dejó salir una risa y volvió a tomarlo para dejar que Daemon se fuera. Lo vio irse sin ningún tipo de sentimiento en su interior, le causaba conflicto pensar en Daemon como su padre así que cada vez que estaba a su alrededor se dedicaba a observarlo en silencio. Esa misma noche eclosionó el huevo en su cuna.
El sonido del huevo rompiéndose lo despertó y un gritó se le escapó cuando sintió algo viscoso en su cara. El grito fue suficiente para que su madre se levantara de la cama y corriera a su lado, el guardia que cuidaba de su puerta ingresó con un estruendo que sin duda alertó a todos los que estaban cerca. Cuando su madre se asomó en la cuna dejó salir un jadeo y ordenó que buscaran a los cuidadores de dragones de la isla. Lo tomó en brazos y lo acomodó para que viera el dragón naranja que salía de su cascarón dando tropiezos.
—Es tan precioso como tu, luna—Laena le besó la cabeza.
En su otra vida nunca tuvo un huevo de dragón y no reclamó uno hasta el funeral de Laena así que estar ahí, con ella, viendo como su nuevo dragón caminaba por la cuna le hizo llorar. En seguida fue acurrucado en brazos de su madre que lo meció susurrando su canción favorita. En ese momento se preguntó cómo hubiesen sido las cosas si Alicent no se hubiese dejado llenar por el odio y la envidia, si su ambición no hubiese sido más grande que el amor por sus hijos.
—Laena—Rhaenys apareció en el umbral de la puerta, con su ropa de dormir y el entrecejo fruncido.
—El huevo de Aemond eclosionó y él se asustó, no es nada—le aseguró con una pequeña sonrisa.
Rhaenys avanzó hasta la cuna y miró al dragón que chillaba sacudiendo sus alas. Aemond la observó y recordó Rooks Rest. El fuego, la sangre, la muerte. Cerró los ojos y ocultó el rostro en el hombro de su madre, no quería recordar. Quería olvidarlo todo y Laena era la única que lo ayudaba a olvidar.
Los cuidadores llegaron poco después e inspeccionaron al pequeño dragón que chillo al ser limpiado por manos expertas. Una vez estuvo completamente limpio fue presentado ante él. Escamas naranjas decoraban el pequeño cuerpo del dragón que extendió sus alas dejando ver un color más claro que las escamas. Sin poder evitarlo estiró una mano y sonrió cuando pudo tocarlo. En su interior sintió algo cálido, sentía que todo estaba bien. Los dioses le habían dado esa oportunidad de vivir algo que siempre había querido y él no iba a desaprovecharlo.
Esa noche durmió con Laena y su dragón al que mentalmente comenzó a llamar Stormfyre. Se sentía en paz estando ahí, siendo abrazado por su madre, pero también se sentía indigno de aquel amor que ella parecía desbordar por él. Los horrores de su vida pasada nunca iban a dejarlo tranquilo y en medio de esos horrores estaba la mujer que ahora lo cuidaba con tanto amor, una mujer que a él no le importó para nada en su vida pasada. Mujer que ahora sería el centro de su vida porque impediría que Laena Velaryon muriera sin importar qué.
Su madre iba a vivir más que en su vida pasada.
