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“Para cada roto hay un descosido.”
Es difícil encontrar a un ghoul versado en el arte de los refranes fuera de Hotarubi, pero tampoco se les quita el mérito a los demás de conocer los clásicos. Si recitaras uno en voz alta, es poco probable que alguno se muestre confundido, así como también lo es que se tomen sus enseñanzas como un consejo valioso. Al final del día, ¿qué lugar tienen los dichos populares en una academia que considera sus ‘campeones’ a jóvenes que sucumbieron a la tentación de pactar con un demonio?
Absurdo. Darkwick es un territorio absurdo que se construyó sobre leyes igualmente extrañas diseñadas para siempre estar a conveniencia de sus directivos y, en este caso, la regla no escrita es que cada descosido puede confiar en Revol y Tijo, y que cada roto acaba en las manos de Mio Susuhara.
Manos bendecidas con el don de crear. Reseñas estelares por cada proyecto terminado. Carencia de obsesiones mundanas y deseos imposibles; esas son sólo las concepciones más comunes de su persona que rondan por el campus, acompañadas por los apodos cariñosos “Susu” y “Mee”, y sonrisas de oreja a oreja. La simpatía por él entre los estudiantes era tal que creerías, con justa razón, que tan sólo hablar de Mio daba gusto.
¿Y qué opinión tenía el susodicho acerca de su sólida reputación como uno de los ghouls más confiables y apreciados de Darkwick? Ninguna. Como poco no le importaba y como mucho le parecía una exageración. Cada que salía el tema, Mio lo desviaba con un humilde agradecimiento y esa era toda la respuesta que tenía por dar.
Si le preguntas a Elías, Mio Susuhara siente en silencio. Lejos de los reflectores que persiguen a los circenses de Dionysia y de los halagos que se siguen apilando cual piezas mecánicas en la mesa de trabajo del taller. Siente y guarda con discreción, tanta que a veces ni Elías puede leerlo. Tanta que ha llegado a pensar que el propio Mio tampoco se lee a sí mismo.
Já, quizás eso es sólo su ego herido hablando.
– ¿Escucharon algo anoche? - Jo Kongoza preguntó mientras untaba miel de abeja en sus esponjosos panqueques. Todos ellos tenían servida una ración con un pequeño cuadrado de mantequilla derritiéndose a cada segundo en la cima como la corona de un rey con los días contados.
En los desayunos y las cenas de Dionysia, cuatro sillas se ocupaban. Cinco cuando la estudiante de honor venía de visita, tres cuando Shion se las arreglaba para ignorar la alarma que Mio había puesto en su cuarto y dormía de corrido hasta contentarse. Era una tradición que ya nadie se cuestionaba, ni en el pasado, cuando la quinta silla había sido requisito y no opción, ni en el presente, donde la costumbre se había retomado sin discusiones de por medio.
– ¿Algo cómo qué? - preguntó de vuelta Elías con una suave sonrisa que indicaba que el azúcar había quedado perfectamente medido en su café.
– Una voz. Me levanté en la madrugada y no podía dormirme de nuevo, así que salí de mi habitación para servirme agua de la cocina. - explicó Jo, tras darle el primer mordisco a su panqueque. - Entonces, escuché un tarareo en el pasillo. Lejos, y cerca a la vez. Como si, en vez de venir de un solo lugar, estuviera en todas partes al mismo tiempo.
Elías soltó un “¿Oh?” intrigado. Mio observó de reojo cómo el sol comenzaba a dar vestigios de vida desde la esquina de la ventana y estimó que, en tres minutos, los rayos le calarían a Shion en el rostro. Jo continuó su relato.
– Iba a buscar de dónde venía pero seguía un poco adormilado y terminé tropezandome en el pasillo. No me caí, pero hice ruido y el tarareo se detuvo en seco. Fue tan repentino que siguió haciéndome eco en los oídos, aún cuando yo sabía que ya no estaba ahí.
Jo finalizó su recuento dándole un sorbo a su café negro.
– Yo no escuché nada. Estaba tan cansado que me quedé dormido tan pronto como toqué la cama. - Elías respondió a la pregunta inicial de Jo, largando un suspiro como si aún no se hubiera recuperado de la fatiga del día anterior.
– Yo tampoco. - negó Mio, parándose para dirigirse a la ventana.
Ninguno de ellos parecía estar teniendo suerte para descansar. Jo lo disimulaba bien con su maquillaje, y Elías con su pereza habitual, pero habría que ser ciego para no notar que Shion estaba a nada de recostar la cabeza en los panqueques como si estos fueran blanditas almohadas de harina y leche.
– Quizás sólo seguía soñando… - Jo apartó el plato de Shion y cubrió su bostezo con el dorso de la mano.
Las cortinas de la cocina bajaron.
Dos meses habían transcurrido desde que fueron liberados del confinamiento y episodios como estos ocurrían de vez en cuando. Uno de ellos se veía incapaz de dormir bien y, poco después, se daba cuenta de que los demás estaban en la misma situación. No siempre eran los cuatro, pero nunca era uno solo. Solían durar tres días cuando la suerte estaba de humor, una semana entera cuando no lo estaba. Jo se había cansado de intentar predecirlo, Elías aún le hallaba gracia en cada ocasión, Shion hizo un solo comentario y perdió de inmediato el interés.
– Somos familia, ¿qué le ven de raro?
Esta vez, a Mio le tocó ser la afortunada excepción.
Las coincidencias son una de las menores rarezas que se avistan en Darkwick, especialmente en una casa que recién renació de sus ruinas. Cuarenta días atrás, Dionysia era un cadáver abandonado a la deriva por cuatro fugitivos; sus carpas al ras del piso juntando polvo, sus carteles torcidos con óxido y hongo floreciendo al borde de las letras, sus atracciones flotando perdidas en la densa negrura de las celdas de la academia…
No es como si a Mio le afectara el frío y la oscuridad. No es como si hubiera detestado estar ahí dentro. Él sabía más que nadie lo que habían hecho y por qué. No tenía la necesidad de escribir una carta de perdón para limpiarse la conciencia.
Es sólo que, todas las noches, un pensamiento traicionero se paraba a un lado de su cama y susurraba con una boca pintada de payaso. Se aprovechaba de que no le ponía seguro a la puerta y se colaba dentro de puntillas con zapatos enormes que fallaban en ser discretos. Abría grande a la altura de la cabeza de Mio, dientes filosos y lengua serpenteante, y él se quedaba esperando a que hablara con respiración contenida. Flojo y suelto, en su mejor impresión de un joven durmiente.
Pretendía ser más persona de lo que era para que, aunque fuera por una noche más, la boca no se comiera su cabeza.
– Despierta. - musitaba cada noche el payaso. Sin piernas para correr, ni brazos para agarrar. - Es hora de que el sueño termine.
Había un presentimiento que Mio se rehusaba a contar. Uno que ahogaba día con día entre los sonidos cotidianos que calmaban su corazón: los chasquidos metálicos del taller, el chisporroteo del aceite de la cocina, y el murmullo de un océano que sólo existía en su imaginación.
El presentimiento no se ahogaba por completo, pero estaba apuntado en la fecha más lejana de la ocupada agenda de Mio. No era una prioridad por la que desgastarse en ese momento.
Menos cuando más prioridades le venían cayendo del cielo sin previo aviso.
– ¡Susu! ¡Se congelaron los controles de la noria!
De los estudiantes de Dionysia…
– Mio, uno de los relojes del casino se ha estropeado. ¡Tienes que venir o Fico va a matarnos!
De los estudiantes de otras casas…
– Susuhara, justo a tiempo. ¿Podrías arreglar el proyector de la sala de maestros?
Y hasta de los profesores…
Ser de ayuda era un buen sentimiento. A Mio no le importaba estar dando vueltas por el campus como caballito de carrusel si es que había un propósito. En su ausencia, los problemas de mantenimiento en la academia se habían multiplicado como conejos anómalos en primavera. Brotaban de todas partes: a plena vista y en donde el sol no brillaba.
Mio dudaría de la funcionalidad de Darkwick a largo plazo si tantas reparaciones habían sido pospuestas para esperar a que él pudiera asumirlas, pero eso sería pecar de arrogante. Seguramente, cuando él se graduase, otro miembro del personal se haría cargo de todo el trabajo mecánico que él desempeñaba en la actualidad.
Eso no pasaría pronto, por lo que Mio todavía no podía darse el lujo de retrasar las tareas que le corresponden. No tener arrepentimientos genuinos por su infracción no igualaba a que quisiera soltar sus responsabilidades.
– El buen Susu, como siempre… - sonríen los estudiantes. – No hay nada que no pueda arreglar.
Él les devuelve la sonrisa. La ruleta arranca, el título del peor mentiroso se disputa entre el ghoul y los humanos. ¿Quién será? Gira, gira. ¿Quién es el que está diciendo la mayor falacia? ¿Ellos que aseguran que él puede solucionarlo todo? ¿O él que se queda en silencio y acepta un cumplido que no se merece?
Hay algo que Mio no puede arreglar y ellos lo saben, Mio lo sabe, cada persona y ghoul en Darkwick lo sabe. Es imposible no saber si sus ojos siempre están ahí, siguiendo cada paso que da. Aferrados con saña a la espalda de Mio incluso desde la distancia.
Lo acecha, lo rasguña, y le impide olvidar que Mio no puede arreglar aquello que ya no es humano… ni aquello que nunca lo fue.
La ruleta se detiene. Mio sabe quien se llevó el título y, al darse la vuelta, siente como si las olas de su océano imaginario rompieran justo en su pecho.
La, laaa… la, laaa… Laralara, la, lalaaa.
Cantó victoria demasiado pronto, se percató Mio esa noche cuando se encontró despierto sin motivo alguno pasadas las dos de la madrugada. Él tampoco se había salvado de convertirse en víctima del más reciente episodio de insomnio colectivo de la temporada.
Con lo atareado que estuvo el día entero, Mio habría esperado que sus párpados le pesaran tanto como la propia existencia, y no le provocaba ningún orgullo estar en lo correcto. Le costaba mantener los ojos abiertos, pero el reino de los sueños le negaba contundentemente la entrada.
Estaba acostumbrado a vivir en medio de constantes contradicciones, pero ésta siempre había sido la más desagradable de todas: No tener la energía necesaria para levantarse, ni el cansancio suficiente para volver a dormir.
Fue cuando Mio exhaló y detuvo la lluvia incesante de quejas en su mente que se percató de un hecho curioso.
La casa no estaba en silencio.
Pese a su escandaloso aspecto, Dionysia no era un sitio donde el ruido rondara a todas horas. En las primeras horas de la mañana, el colorido dormitorio de los fenómenos era tan silencioso como una tumba. Contagiados por el espíritu sacro de la difunta Clementia, la paz nocturna se respetaba entre estudiantes y ghouls por igual como otra de las extrañas reglas no escritas de la academia.
Sin embargo, esa regla estaba siendo quebrantada por un tarareo fantasmal.
Laralaaa… laralaaa… Laralala, lalaaa.
Ni cerca ni lejos, tal como dijo Jo. Los dos y ninguno.
El tarareo envolvió a Mio cual manta, como si en vez de un hombre fuera un niño desolado en plena tempestad invernal. Se cernió encima suyo protectoramente, borrándole la visión, pero cuidando no aplastarle. Era imposible que lo aplastara si no tenía peso, intentó razonar Mio, pero las imposibilidades en ese momento parecían sólo palabras carentes de cadencia.
¿Qué es imposible? ¿Que un canto así exista? ¿O que le regrese a Mio el confort que no había sentido en años? ¿Alguna vez necesitó ser reconfortado? ¿Por qué?
“La 's” nadaban rozando la piel descubierta de los brazos de Mio. Sus vellos se erizaron a su paso, compartiendo el estupor de su dueño. La melodía seguía la corriente en la que fluía la sangre de Mio, deteniéndose antes de tocar la vena de su yugular y regresando en un ciclo confusamente gentil. Su cabeza era la orilla, la tierra que el mar no podía cruzar, y el canto eran las olas acariciando el resto de su cuerpo como si fuera pertenencia suya.
No era lujuria ni dominio su intención. El tarareo se abrazaba a Mio en una inocencia incomprendida. Cada toque preguntaba si le dejaría quedarse, si siquiera estaba bien que deseara quedarse con él. Temblaba temiendo el rechazo, repitiendo su recorrido con manía para refrescarse el recuerdo en el desesperanzador caso de que Mio le despreciase.
No estaba reconfortando a Mio, estaba buscando confort en él.
La, laaa… la, laaa…Laralaralaaa.
¿Por qué ese tarareo se escuchaba tan triste?
De golpe, el aliento se le escapó de los pulmones. El peso de la manta cayó muerto sobre él, perdiendo su afable forma y revelando la imposible realidad. Mio estaba sumergido bajo el agua, la inmensa presión comprimiendo fríamente sus entrañas como un destino inevitable que estuvo toda la canción a la espera de que Mio se diera cuenta de la trampa a la que fue arrastrado.
El canto se iba desvaneciendo, sus últimas notas alargadas, tratando de alcanzarlo. No sabía quién de los dos estaba hundido más profundo. No sabía si el tarareo quería salvarlo o quería que Mio se ahogara con él.
Lo que no desconocía era la amarga soledad de su actuar. Ese canto estaba solo. Patéticamente solo.
Pero no le importaba. Con la audición que aún le quedaba, Mio se aferró a los moribundos ecos de esos “La 's”. Dolido, desesperado. Los papeles se voltearon y Mio era el que se estaba muriendo por envolver ese canto en sus brazos. Repitiéndolo en su cabeza en bucle con una melancolía obsesiva.
Estaba bien. Todo estaría bien.
Mio todavía podía arreglar--
– ¡Mio!
Parpadeó y lo primero que se abrió paso en la bruma que cubría sus ojos fue una puerta. Mio ya no estaba acostado en su cama, estaba de pie, una de sus manos posada en la madera de una puerta y la otra con un agarre férreo en la perilla.
¿Cómo? ¿Cuándo es que se levantó de la cama?
– Mio, ¿estás bien?
A su costado, la voz de Elías resonó firme. Su ceño usualmente relajado yacía fruncido en extrañeza. Mio no estaba mejor que él.
– ¿Qué pasó? - preguntó, su boca seca como si no hubiera hablado por días.
– Eso debería preguntar yo. Llevo llamándote un rato y no reaccionas. - Elías se pasó la mano por el cabello y, como por arte de magia, su semblante regresó a la parsimonia que le caracterizaba. - ¿Acaso te volviste sonámbulo?
¿Sonambulismo? Mio jamás había sufrido algo similar. Ni siquiera era del tipo que hablaban o se movían mientras duermen. Haru incluso lo había comparado con los robots de su taller, pues fuera cual fuera la posición en que Mio cayera rendido, era la misma en la que despertaba.
– Creo que tuve el mismo sueño que Jo… - Mio despegó sus palmas de la puerta para rascarse la nuca, como si el asunto fuera algo menor, y lo sería siempre y cuando nadie hiciera un drama al respecto.
Se alejó dos pasos. El pasillo se veía bien alumbrado. ¿Habría prendido Elías las luces cuando lo vio de pie inmóvil?
No, incluso las cortinas se veían más claras.
– ¿Qué hora es? - inquirió Mio, desorientado de un modo en el que no lo había estado desde su período de confinamiento.
Elías se metió una paleta a la boca y respondió con aires lastimeros:
– Son las seis de la mañana. Buena hora para ti, pésima para mí…
¿Cuántas de esas horas llevaba Mio deambulando? ¿Cuándo es que había salido de su cuarto? ¿Era ese tarareo el que le estaba confundiendo la mente?
Mio alzó la barbilla, la placa de la habitación contemplaba su desconcierto con un burlesco brillo dorado. Siguió los kanjis pobremente trazados con la mirada. Un vacío se asentó en su estómago al notar que su nombre no era el que estaba allí.
Esa puerta era de la habitación de Shion.
…
Agradecía que Elías no hubiera comentado nada del suceso en el desayuno. El “que dirán” no era un concepto que le atormentara, pero preferiría entender en solitario el por qué un (nuevo) trastorno del sueño se le había desencadenado repentinamente antes de llevar sus penurias a la mesa.
El misterio, desafortunadamente, tendría que ser postergado hasta que Mio le diera el visto bueno a la tubería que suministraba agua a los grifos de una de las áreas exteriores de la academia.
Lo que implicaba revisar cada uno de los grifos por separado para comprobar que, efectivamente, el reajuste que Mio realizó fue el correcto. Cinco llaves a cada lado, dos lados en paralelo con una separación de cinco metros, diez. Una de ellas tenía la manguera conectada, seguramente con el fin de ser utilizada para lavar las losetas blancas que cubrían el piso del área.
Para ser sincero, Mio no se quejaba de los trabajos donde, más que pensar, tuviera que moverse en automático. Vaciar la cabeza era un ejercicio de relajación que no tenía el lujo de practicar seguido. Además, los grillos que chirriaban a su alrededor eran un agradable acompañamiento musical.
Tenía una definición de agradable un poco torcida. Lo sabía.
Iba por el tercer grifo del lado izquierdo cuando percibió una presencia acercándose a sus espaldas. El césped crujía en intervalos cortos, pero estrepitosos. Como si su invitado no deseado pendiera en el aire por instantes y después la gravedad lo jalara de sopetón, exigiendo que parara sus juegos y regresara a tierra firme cuanto antes.
La adivinación siempre había sido más afición de Jo, pero si Mio tuviera que deducir, la persona debía venir dando saltos para provocar chasquidos con tales características.
Se giró.
No había nadie.
“¿Hmm? ¿Habré escuchado mal?”
El agua de la llave fluía con normalidad. Presión adecuada, ángulo esperado. Sin salpicones a los lados ni fluctuaciones en la intensidad. Mio asintió satisfecho y se desplazó hacia la cuarta llave.
El césped crujió de nuevo. Cerca, más cerca. Mio rotó la manija del grifo. Tras un tenue rechinido, el agua comenzó a caer. Mismo patrón que las tres veces anteriores. Si seguía así y comprobaba que la tubería había quedado arreglada, podría regresar temprano al taller y dedicarse a uno de sus proyectos personales. No tenía ninguna anomalía mecánica pendiente de checar, ningún estudiante se acercó a pedirle ayuda en el transcurso de la jornada, y aún no se gestionaban los detalles de su siguiente misión de casa.
Tal vez, la suerte había decidido que volverlo sonámbulo era suficiente castigo y ahora le estaba otorgando tiempo libre como recompensa. Bueno, a caballo regalado no se le ve el diente…
Un golpe seco le rompió la concentración. Su cuello giró tan abruptamente que el tronido consecuente se escuchó doloroso hasta a oídos del propio Mio. Se sobó, distraído.
Otra vez, no había nada.
“¿No será que la tubería…?”
Los grillos que fielmente le acompañaban se callaron. El agua ya no estaba corriendo. El flujo se había cortado tan de golpe que la boquilla ni siquiera goteaba. Mio volteó nuevamente a su alrededor, la brisa despeinó los mechones sueltos de su cebolla con un soplido sutil, rápido. Tan momentáneo que parecía haberle querido susurrar un secreto.
De repente, un silbido agudo surcó a un lado de su oreja y cuando Mio intentó seguir su curso…
La llave reventó en su cara.
Borbotones de agua salieron disparados, empapando a Mio del torso a la cabeza. Se llevó una mano al rostro, alejándose bruscamente para que el chorro dejara de pegarle directo en la nariz.
Inhaló fuertemente por la boca al sentir como el oxígeno se negaba a entrar por sus maltratados orificios nasales. Tuvo suerte de no ser de los que hablaba solo mientras trabajaba. Se talló la cara, removiéndose el sobrante de agua y permitiendo que sus ojos pudieran abrirse de nuevo.
El grifo continuaba chisporroteando agua, como uno de esos hidrantes rojos que explotan en las caricaturas y no paran de inundar todo hasta que los protagonistas tapan la fuga con las manos. Claro que Mio sabía que en la vida real, eso serviría de absolutamente nada.
El mismo silbido surcó de vuelta, desviándose a la derecha de Mio y deteniéndose en una mano enguantada para revelar que la verdadera identidad del culpable que había reventado el grifo era un naipe. El travieso dos de corazones.
– Te ves como un perro mojado.
Shion Genkai escondió la silueta de sus labios detrás del naipe. Como si Mio no supiera que estaba sonriendo malvadamente por las marcas que se le formaban debajo de los ojos.
Suspiró, adiós a su tiempo libre.
– ¿Por qué hiciste eso? - preguntó, agarrándose el cuello de su mojada camisa blanca para despegarla de su piel.
Con la juguetona lentitud que Mio había aprendido a esperar de él, Shion se explicó. Sus pupilas limonadas afilándose en amenaza.
– Es tu castigo. El próximo se va a clavar en tu frente si vuelves a ignorarme.
Humores cambiantes, clásico de Shion. Comenzaba siendo todo risas y diversión sólo para luego ensartarte una de sus cartas en amonestación, ¿sus razones? Basadas en una lógica que Mio jamás consiguió descifrar del todo. Su clave para sobrevivir a la incertidumbre que se ceñía a la pequeña figura de su compañero de casa era deshacerse de las expectativas mundanas e improvisar como el showman que Dionysia le enseñó a ser.
– No recuerdo haberte ignorado. - mencionó, alzando una de sus rosadas cejas.
Shion rodó los ojos, seguramente insultando la inteligencia de Mio en su cabeza, y bajó el naipe de sus labios. El descontento palpable pese a que la sonrisa prevalecía en su rostro.
– Recuerdas cuando quieres. Que envidia, yo también quisiera esa habilidad. - comentó y guardó la carta en el bolsillo de su chaleco.
– Eres más olvidadizo que yo. - respondió Mio.
Plap, plap, plap. Mio enroscó su cebolla para escurrirse el cabello. El delgado riachuelo que goteó al piso llamó la atención de Shion por algún motivo. Parpadeó, y sin ninguna preocupación por los problemas que le estaba causando a Mio, le dio un jaloncito a su húmeda manga con las yemas de sus dedos.
– Mmmm. Hoy es un buen día, ¿por qué no juegas conmigo?
Casi como si hubiera practicado cientos de veces frente al espejo, Mio recitó su respuesta:
– No puedo. Tengo que reconstruir la llave que rompiste.
Mio se agachó y tomó la manguera conectada a la válvula contigua. Examinándola para determinar si le serviría para detener la presión de la llave desbocada mientras iba por su caja de herramientas.
– Excusas, excusas. ¿Ves? Me estás ignorando de nuevo. - reclamó Shion.
El silbido llegó más rápido de lo que Mio predijo. No pudo ni pensar en qué es lo que había hecho mal, en los estándares de Shion, cuando una sensación de ligereza permeó en su cuero cabelludo. Encima de su zapato, la liga de su pelo aterrizó, partida a la mitad.
Rey de corazones.
El cabello húmedo atizó en su nuca. Sin gracia, ni momentum. La sequedad del acto fue irónica, del modo en que el café dulce lo era. ¿Es agua de charco, no? Sigue siendo agua de charco aún si está repleto de azúcar, ¿no?
“¿Rey? ¿Quién? Fíjate bien en lo que estás declarando, Shion.”
– Soy muy amable. Reduje tu castigo a una advertencia. Vamos a jugar. - Shion se agachó a su lado, como siempre. ¿Traían imanes opuestos en su sangre o por qué no se separaba de su lado? ¿Andaba detrás de él porque quería que Mio se lo quitara? ¿O solo le encantaba perseguirlo?
Las miradas de ambos se cruzaron. Chispas volaron de la aorta de Mio. Irritación, dolor, indiferencia, ¿cuál es la que iba a improvisar? ¿Cuál aburriría a Shion? ¿Cuál era la tapadera perfecta para enmascarar el disturbio que estaba friendo las neuronas de Mio?
¿Quieren hablar de ironías? Mio estaba empapado de agua fría de la cintura para arriba y aún así sentía que estaba ardiendo.
– ¿Por qué me miras así? - largó Shion, ladeando la cabeza en una burda pretensión de perplejidad. - ¿Estás enojado conmigo? ¿Me odias? ¿Quieres lastimarme?
La manga de Mio fue jalada de nuevo, esta vez, con la palma entera. Su mano humedecida siendo guiada para aprisionar el cuello de su amigo, para cortarle la respiración. Para marcarlo.
– Anda, Mio. Lastímame. - canturreó Shion, apretándole la muñeca. - Si eres tú, siempre te voy a perdonar.
“¿Si soy yo? ¿Solo yo?”
– Perdóname por esto, entonces. - musitó y, en uno de los pocos actos impulsivos que había cometido en su vida, Mio disparó la manguera en la cara de Shion.
Su compañero lo soltó, tirándose hacia atrás por reflejo y cayendo de sentón en los prístinos azulejos.
– ¡¿Q-qué haces?! ¡Mio--!
El pulgar de Mio no soltó el gatillo.
Únicamente le permitió movilidad a su muñeca para esparcir la cascada por todas partes. Cabeza, torso, piernas… Sabía que estaba arruinando el uniforme de Shion, oscureciendo el magenta de su chaleco para transformarlo en morado, el mismo tono de los moretones que Shion pedía que le dejara en el cuello.
Las protestas de Shion apenas y se oían entre el estruendoso chorro de la manguera y el chapoteo de sus extremidades intentando bloquear la corriente de agua. Su arrastrado modo de hablar intercambiado por frenéticos gimoteos acuosos. Mio, Susu, Mee. Se preguntó si estaba siendo cruel, si debería detenerse de una vez.
“Nah, Shion aguanta.”
Mio dejó de presionar el gatillo sólo cuando escuchó cuánto se estaba agitando la respiración de su amigo. Tampoco se trataba de provocarle taquipnea, Jo se preocuparía. A Elías le daría risa, pero a Jo no.
Al bajar la manguera pudo ver en primera fila cómo la camisa blanca de Shion se había transparentado, sus pálidas clavículas vislumbrándose a través de la tela. Los pantalones negros pegados a sus muslos. La chaqueta que siempre cargaba en la espalda colgada penosamente de sus hombros como un peso muerto.
Pero lo que hizo que Mio esbozara una sonrisa triunfal fue su rostro; encendido en el intenso rojo que tintaba las bombillas del circo, goteando miserablemente como un gatito desamparado bajo la lluvia, y temblando con una expresión de rabia que más que intimidante… se veía indecente.
– ¡¿C-Cómo, hah, pudiste?! - jadeó Shion.
No sabía que las expresiones de las modelos de las revistas de Elías eran posibles naturalmente. O que el rostro de Shion en específico podía hacerlas. Ah, esperaba que ese pensamiento no se le notara en la cara.
– Q-Quita esa sonrisa repugnante.
No logró disimularlo, entonces. Qué mal. Al menos si Shion lo mataba, moriría con plena satisfacción en su semblante. Ante tal nefasto escenario, Mio no pudo detener la escapada de un divertido “Já” de sus labios.
El rojo en las mejillas de Shion se avivó aún más, floreciendo cual capullo expuesto al sol por primera vez. Si Mio estuviera más cuerdo y menos empapado, se preocuparía por la integridad de sus vasos sanguíneos. Pero, ¿quién lo culparía por no importarle? Ni el tarot pudo haber predicho que el bribón no era tan desvergonzado como aparentaba.
Un pitido sonó del bolsillo de Mio y si su sonrisa se ensanchó más de lo apropiado, eso quedaba entre él y Shion.
– Oye. Ya casi es la hora de tu programa. - mencionó.
Shion se levantó del piso de golpe, su zapato deslizándose un par de centímetros en el charco que se había formado debajo suyo mientras torcía la boca en un gesto de profunda ofensa. Qué pena, le tocaría tragarse la indignación si no quería retrasarse en su regreso a su cuarto.
– E-Eres horrible… Hah, eres el peor.
Y tras propinarle una dolorosamente precisa patada en la espinilla, Shion desapareció.
La inquietud no fue aguardar la sádica venganza que Shion estaría maquinando en su perturbado cerebro. No. La inquietud fue que Shion no hiciera nada en represalia. Mio no era malagradecido, fuera bueno o malo el karma, él los aceptaba por igual. Cada instante que mantuvo el gatillo de la manguera presionado fue uno donde se mentalizaba de cómo lo iba a joder Shion en cuanto pudiera ponerle las manos encima. Estaba preparado para el desastre.
Eso no quitaba que, con el pasar de los días, las ansias por disculparse se acrecentaban a un ritmo alarmante. Era confuso. No sentía que hubiera hecho algo malo, y Shion no lo trataba como si lo hubiera hecho. Nada había cambiado.
Shion seguía llamando a sus inventos escoria. Shion lo acosaba por el campus como una sombra a la que no le quedaba más remedio que permanecer con la persona de la que había nacido. Shion aterrorizaba a los estudiantes generales y perdía arbitrariamente el interés una vez que Mio aparecía para detenerlo.
Status quo. No tenía quejas. No debía disculpas.
No quería que Shion se enterara de que cada uno de esos días de guarda acabó en la misma posición en la que Elías lo había encontrado aquella extraña madrugada.
Hm, hmmm… Hm, hmmm… Hmmm hmmm, hm, hmmm.
– Tu taller se está llenando, ¿quieres que te ayude a limpiar?
Elías estaba apoyado en el marco de la entrada del taller, chupando una paleta con la tranquilidad de quien nada debe y nada teme. Mio anhelaba que le contagiase aunque fuera una pizca de esa despreocupación. Quizás eso le ayudaría a volver a dormir como un muerto.
Los muertos no se mueven.
– No vendría mal. He estado guardando muchas piezas en caso de que me sirvan, pero aún no he tenido el tiempo de clasificarlas.
Contra una de las paredes despintadas del taller, había montones de cajas apiladas. Etiquetadas a prisa. Sus interiores rebosando piezas metálicas arrumbadas de variados tamaños y contexturas. Mio tenía anotado en su agenda el compromiso de vaciar una por una y someterlas a una exhaustiva inspección, pero la fecha para cumplirlo siempre se aplazaba.
– Me refería a tirar algunas cajas, Mio.
Esa opción… no le cerraba por completo. No era del tipo que se deshacía de sus pertenencias seguido. Casi como si captara sus dudas internas, Elías continuó:
– ¿No crees que hay cosas que están de sobra? Veo que hasta tienes piezas rotas.
– No suelo pensarlo así. - Mio cogió su llave cangreja de la caja de herramientas. - Creo que todo puede volver a tener un uso.
La mayoría de sus anomalías mecánicas estaban hechas precisamente de materiales que Mio pudo reutilizar de proyectos pasados. Otros provenían de aparatos descompuestos que encontró varados en el exterior; relojes viejos en ventas de garaje, automóviles encallados en lotes cochambrosos a las orillas de las ciudades, electrodomésticos, máquinas de gimnasio, equipos de oficina, dispensadoras... La lista seguía.
– Qué respuesta tan práctica. No esperaba menos de ti. - Elías aplaudió con complacencia.
– Más que practicidad, se trata de ser creativo. Con suficiente cabeza, puedes hallarle uno y mil usos a cualquier cosa y ya te ahorras el costo de comprar algo nuevo. – aclaró Mio, sumando la consideración al presupuesto de la casa como otro punto para su argumento.
No les faltaba el dinero, no cuando los estudiantes adoptaron tan a pecho la filosofía de “pan y circo” y habían persistido aferrados a ella incluso cuando Dionysia estaba fuera de operación. Mas la precaución no estaba de más, las predicciones de la baraja de Jo nunca prometían una certeza del cien por ciento.
– Aún así, eventualmente van a quedar inútiles después de tanto uso. - comentó Elías, metiéndose la mano por dentro de la chaqueta.
Cuando el guante negro de Elías emergió de vuelta, cargaba una daga recién afilada por la empuñadura.
– Cuando eso pase. ¿Serás capaz de tirarlas? - preguntó Elías y lanzó su artefacto al aire. El objeto dio dos, tres vueltas y regresó a la palma de su dueño en una trayectoria impecablemente ensayada.
Mio regresó la llave cangreja a la caja, y agarró una pinza en su lugar. Sus cuchillas oxidadas pintaban una desdichada imagen si se comparaban con la reluciente hoja de la daga de Elías.
– Sí, no te preocupes por eso. - asintió, doblando uno de los alambres expuestos del mecanismo en el que estaba trabajando.
Al finalizar su manipulación del alambre, la daga en posesión de Elías ya no estaba sola. Una compañera, más parecida a la herramienta de Mio en cuestión de desgaste, era sostenida a su lado. No podían ser llamadas dagas gemelas ni de chiste cuando lo único que compartían era el modelo.
– Eso es bueno. Sería muy triste que te convirtieras en un acumulador compulsivo.
Con ese último comentario, Elías se despegó de la entrada y le dio la espalda al taller para irse a vagar por las carpas.
– Ten un poco más de fe en mí, Elías. - dijo Mio, dando la conversación por finalizada.
Pero no, el antiguo capitán de Dionysia siempre debía tener la última palabra. Demasiado veloz para los ojos de Mio, la daga desgastada de Elías surcó el taller en un santiamén para clavarse en la pared donde se apoyaba la montaña de cajas por la que la conversación había iniciado en primer lugar.
Justo encima de la caja que coronaba el montonal, el artefacto le había atinado al centro de otro objeto que Mio no recordaba haber visto ahí antes.
Chifló impresionado.
La vieja daga de Elías había apuñalado el naipe del as de corazones.
Hm, hm, hmmm… hm, hm, hmmm… Hmmmm, hm, hmmm
El principio del final arrancó como una fábula inédita de Esopo: El atardecer apenas estaba descendiendo sobre las atracciones de Dionysia cuando tres estudiantes generales se presentaron delante de Mio, alineados en fila como la modesta servidumbre de una familia acomodada.
– Buenas tardes, Susuhara. Sentimos molestarte, pero necesitamos tu ayuda.
El lila de sus uniformes delataba su afiliación, Hotarubi. Algunos de sus compañeros de casa fueron reubicados allí temporalmente tras el cierre de Dionysia, siendo remarcable que, comparados con aquellos enviados a Sinostra o Vagastrom, fueron los que más tiempo tardaron en transferirse de regreso. Si fue el trato amable lo que los persuadió de prolongar su estancia o el aura pacífica impregnada en las instalaciones tradicionalmente japonesas, eso era un enigma que no tenía apuro por desvelar.
Un factor extra lo picoteaba con insistencia, pero Mio prefirió otorgar el beneficio de la duda por respeto a sus compañeros ghoul.
– No me molestan, ¿qué sucede? - Mio enrolló el plano que estaba repasando para dedicarles su entera atención.
Los tres se miraron entre ellos dudosos, poniéndose de acuerdo telepáticamente para ver quién tendría el coraje de ser el portavoz. Una pelota imaginaria fue pasada entre sus pies hasta que el estudiante del centro detuvo su curso con un pisotón. Por su sobrecogida expresión, pensarías que le habían obligado a atrapar una bala con los dientes.
– Es que… eh. ¿Cómo decirlo? - empezó torpemente con sus manos juntas en aprehensión.
El estudiante buscó apoyo mirando suplicante a su compañero de la izquierda y éste, tras parpadear consternado en alguna especie de código para “No me hagas esto”, exhaló e intentó proseguir donde su compañero se rindió.
– N-No es que queramos sacar a nadie de nuestra casa, es sólo… - su voz se cortó, seguramente rebuscando una manera educada de explicarse y fallando en el proceso.
Con semejantes reacciones, Mio no necesitaba mayor aclaración para saber de qué, o quién, se trataba el asunto que tanto nervio le provocaba al trío. Alargar su tormento no sería más que una muestra de insensibilidad de su parte.
– Adivino, ¿Shion?
El principio del final reanudó como un chiste que encajaba de perlas con el sentido de humor de Elías: Tres estudiantes y un ghoul arribaron al muelle de Hotarubi esperando descubrir una escena trágica. Los tres humanos con diferentes grados de preocupación manifestados físicamente como gotas de sudor recorriendo sus sienes, el ghoul con el remordimiento de no merendar cuando Jo le concedió la oportunidad.
– No ha hecho nada malo. O nada en general. Una de nuestras compañeras lo vio rondando por el bosque, después caminó hasta esa banca y se sentó. - relató el estudiante de la izquierda, porque sí, parecía que los chicos de Hotarubi eran entrenados para mantener formación en cualquier circunstancia.
O eso era simplemente una formación en caso de pánico. Mio no juzgaba.
– Lleva dos horas ahí, quieto. Pensamos en acercarnos porque ya había pasado demasiado tiempo sin moverse, tú sabes, ¿q-qué tal si era un tema de salud? - el estudiante del centro tartamudeó su pregunta retórica. Mio suponía que practicaron cómo iban a exponer su aprieto del modo más elocuente posible en su recorrido a Dionysia, cuánta presión. - Pero G-Genkai…
– Da miedo. - la única mujer del trío, quien había permanecido en silencio todo el camino, interrumpió con brusquedad, resignada al ver que a ninguno de los tres se le había ocurrido cómo endulzar la última parte.
Los otros dos saltaron cómo si les hubieran gritado, profundo terror deformó sus normalmente cohibidos rasgos faciales. No sólo les atemorizaba la posibilidad de haber cometido una grosería, sino que ésta fuera dirigida hacia Shion.
Temiendo que el asustado trío se asfixiara con su propio sudor, Mio habló.
– Sí, así es él. - asintió y le dio una palmadita en el hombro al estudiante que más cerca se veía de descompensarse por el estrés. - Todo estará bien, yo me encargo.
El color regresó a las mejillas del trío. Cerraron los ojos, hilarantemente, al mismo tiempo y, los destellos naranjas del sol de la tarde no encontraron mejor momento para iluminarles las caras. Luego de mandar una plegaria al panteón divino por el que se habían construido todos los templos de Hotarubi, los chicos abrieron los ojos y vieron a Mio como si fuera un brillante arcoíris dibujado personalmente por los dioses tras la más violenta de las tormentas.
– Muchas gracias Susuhara.
Con una impoluta reverencia keirei, los tres chicos se retiraron y Mio admitió para sí mismo que hacía mucho rato que no se topaba con un grupo con tanto potencial para la comedia.
Basta de bromas, la jornada laboral de Mio aún no concluía.
El río corría contorneando el muelle sin prisa, centellas blancas brincaban de la superficie transparente del agua a los ejes de su visión cansada. Calaban, pero Mio sabía que en media hora se extinguirían. Los espectáculos más bellos a menudo eran también los más fugaces, y él se había prometido meses atrás que aprovecharía la ocasión de apreciar esta clase de paisajes lo más que pudiera. Hasta que el mundo siguiera su curso y sólo le quedara depender de su cerebro para proyectar una borrosa recreación del momento.
Si regresaba a esa celda subterránea, al menos podría repetir una memoria hermosa cuando la espesa oscuridad amenazara con tragarse el resto de su ser.
Las tablas de madera del muelle lo saludaron con chirridos. Espejismos de peces cristalinos surgieron de entre los huecos y nadaron jovialmente entre sus piernas, invitándole a jugar. Los rechazó, había otro espejismo que se formó antes en la fila para robar el tiempo de Mio. Inerte en la banca adornada de pétalos de cerezo, pero igualmente deseoso de ser el foco parpadeante y defectuoso que acaparara la atención del mecánico.
Mio se detuvo frente al cuerpo estático de Shion. Estaba apoyado de lleno en el respaldo de la banca con los brazos cruzados en el pecho y la barbilla baja. La visera de su gorra de plato ocultaba la mitad superior de su pálido rostro, llegando incluso a cubrir los tres distintivos puntos negros con los que siempre chocaban sus largas pestañas cuando parpadeaba.
Sus estrechos hombros subían y bajaban con tanta demora como su manera de hablar. Estaba dormido. Muy profundo. Mio sabía que a Shion no le escaseaba habilidad actoral cuando se lo proponía, pero si realmente estuviera despierto…
¿Por qué fingiría una expresión tan indefensa?
La brisa traviesa que anunciaba la pronta venida de la noche acarició las ropas de ambos hombres. Pétalos de cerezo volaron al ras de la chaqueta del uniforme de Mio, el aire refrescando deliciosamente la piel desnuda de su cuello.
Contrario al gusto que invadió cada uno de sus poros, el cuerpo de Shion se encogió en sí mismo con un escalofrío.
Con un solo murmullo, una de las rodillas de Mio se apoyó de inmediato en el suelo.
– …Mi…o.
Siempre era él. No Jo, no Elías, no Haru, no la estudiante de honor. Él. En una sala colmada de personas que Shion consideraba su familia, aquel que siempre buscaba primero era él. Al que quería molestar más, al que le dedicaba los apodos más estúpidos, al que todos llamaban cuando Shion sumía al campus en caos y descontrol.
Era él quien estaba atrapado en cada pequeño capricho de esos labios. ¿Qué derecho tenía el resto de quejarse? Ellos podían gritarle a Shion que estaba loco, que era el paria más detestable de la academia, que era incurable, peligroso, y el peor de los fenómenos del circo.
No les faltaría razón para creer eso. Él estaba mal, Shion estaba mal. Pero ellos podían decírselo. Mio no. Mio nunca había podido tratarlo como una piedra en el zapato, ni ignorarlo cuando lloriqueaba a un lado de su oreja, ni apartarle cuando le usaba de reposabrazos, ni decirle que no era su hermano menor, ni pensar en una solución para que todos dejaran de verlo como algo que Mio tenía que repa--.
Oh.
La palma de Mio se posó en la rodilla de Shion, aferrándose a la tela del pantalón en una disculpa silenciosa. Lo más silenciosa que podía ser mientras la garganta de Mio estallaba en risillas. Absurdo. Qué absurdo.
“Perdóname, no debería estar riéndome así.”
La tuerca que Mio no sabía que había perdido finalmente regresaba a sus brazos, empujada por la marea de ese océano inexistente que le arropaba ferozmente en sus sueños. No estaba bien. Se equivocó a lo grande. Falló en leerse a sí mismo tan mal que hasta se le coloreaban los cachetes de la vergüenza… o de falta de aire, quién sabe, Mio tendría que parar de reírse primero para averiguarlo.
“No quiero arreglarte, Shion. Es sólo que me…”
El principio del final bajó el telón en los últimos instantes del atardecer como el coro pegajoso de una canción de amor.
Las alegres olas que transitaban por el río chapotearon contra los soportes del muelle. Mio se alzó, limpiándose el polvo invisible de las piernas a palmoteos. Después quitó con cuidado las flores rosáceas que habían aterrizado en la gorra de plato de su durmiente compañero y, sin preocupación alguna por salvar la dignidad de ninguno de los dos, se lo colgó encima para cargarlo de caballito.
– Ya es tarde. - dijo un sonriente Mio, emprendiendo el sendero de regreso a Dionysia mientras el sol se iba escondiendo a su sombra. - Vámonos a casa, Shion.
Hm, hmmm… hm, hmmm… Hm, hm, hm, hm, hmmmm.
Alguna vez, Jo le preguntó cuál era su color favorito. Amarillo, rosa, negro, pensó en decir, pero decidió tragarse esas respuestas. No había uno solo, y ninguno tenía una justificación que ofrecer.
– No sé. - alzó los hombros en una mentira asquerosamente creíble. - No he tenido tiempo para pensarlo.
Jo no le presionó: – El mío es el rojo. Me combina de maravilla.
Elías, que iba entrando al comedor, secundó el juicio de Jo y añadió que su color favorito era el gris, para decepción de la rubia. Se podía trabajar con el gris, pero era tan poco despampanante para un circo. Necesitaba más. Necesitaba acentos y compañeros para brillar al no poder hacerlo por sí solo.
– ¿A qué somos parecidos? - detrás de Elías entró Shion y Jo, determinada a encontrar aunque fuera a una sola persona que no fuera un caso perdido en esa casa, repitió su pregunta.
– ¿No es obvio? - farfulló Shion, clavando su mirada en Mio. - Adoro el azul.
Mio esperaba que Shion no hubiera cambiado de opinión. Tarareando mientras trabajaba, Mio se enfrentaba a una marejada de pensamientos que se habían puesto de acuerdo para adelantar turno en la lista de prioridades a la que el propio Mio había ignorado en pos de ponerse manos a la obra en su nuevo proyecto personal.
El hipnótico canto había sustituido a la boca de payaso como su atormentador nocturno de confianza y Mio le agradecía el haberlo distraído del presentimiento traicionero que intentó muchas noches ahogar sin éxito. Ese presentimiento de que nunca había salido de la celda, y que su regreso a la superficie no era más que una delirio tras observar infinitamente el vacío camuflado como manchas oscuras en los rincones de la prisión.
“¿Te da miedo abrir los ojos y ver que la boca del payaso tiene cara y que es idéntica a la tuya?”
Escuchar fue peor que ver. Mio testificaría sin pesar de lo que vio en el confinamiento, pero la vida no le alcanzaría para reunir el coraje para hablar de lo que escuchó. No resentía el tiempo que pasaron encerrados por él, lo resentía porque, ahora que estaban afuera, por fin veía cuánto había afectado a su amigo.
“¿Cómo esperas que esté tranquilo si no paras de llamarme en la madrugada?”
¿Cómo esperaba que no fuera por él? Mio no sabía si debería hacerle esa pregunta a Shion, o a sí mismo. Lo que sí sabía era que tenía en su mesa los materiales para fabricar algo que cambiaría el rumbo de las cosas.
No era una solución, una pequeñez así ni de broma serviría para remediar nada. Mio dudaba que pudiera hallar alguna anomalía en el mundo que curara las cicatrices en la psique de un ser vivo.
Pero, apostándose su orgullo como ghoul-- no, su orgullo como inventor, ofrecería todo lo que estaba en su taller para crear un detalle que pudiera reconfortar a su amigo.
“¿Quién puede culpar a un hombre por caer ante el canto de una sirena?”
…
La habitación de Shion era terreno prohibido. No era una regla no escrita de Darkwick, ni uno de los acuerdos silenciosos a los que los ghouls de Dionysia llegaban unánimemente. Era sólo sentido común, por más aburrido que sonara.
Era casi surreal verse agarrando la perilla por voluntad propia y en pleno uso de sus facultades mentales. Esta vez, el sonambulismo no le serviría como alegato si alguno de sus compañeros lo encontraba ahí, de pie fuera del cuarto de Shion sin invitación. Pero Mio planeaba asumir el riesgo.
¿El riesgo de qué? Quizás era el de finalmente honrar el título de fenómeno que, en un inicio, le fue conferido por mera asociación. Jo, Elías, Shion… todos ellos tenían motivos para ser llamados rarezas, para provocar cautela entre los estudiantes.
Mio tocó la puerta con dos golpes. Parecerse a sus compañeros no era algo de qué avergonzarse. Después de todo, ¿qué tiene de raro que lo hagan si son familia?
– ¿Quién eeeees? - una voz juguetona preguntó del otro lado. Qué suerte la suya, Shion estaba de buen humor. Se aclaró la garganta:
– Soy yo, ¿puedo pasar?
Genuinamente esperaba que Shion no le pidiera contraseña. No estaba lo suficientemente centrado para romperse la cabeza intentando leer a su amigo. En las ocasiones donde había pasado, la contraseña ni siquiera seguía algún patrón racional. “La lámpara se ve rara”, “No me abraces, estoy asustado”, “Haru come mariscos”, eran sólo algunos de los ejemplos más absurdos que Mio había tenido que adivinar con la ayuda de industriales cantidades de pistas.
– ¿Quién es yoooo? - cuestionó de nuevo la voz, menos amortiguada. Shion se había acercado a la puerta, interesado. Sólo necesitaba un empujoncito final.
– ¿Por qué no me abres y lo averiguas?
Escuchó pasos alejarse. Por un momento pensó que Shion había tenido otro de sus repentinos cambios de parecer acostumbrados y que ya no quería verle. Afortunadamente ese no fue el caso, no cuando la perilla en la mano de Mio giró por su cuenta y la puerta fue jalada sutilmente por dentro.
– Está abierto, extraño. ¿Por qué no pasas para que te eche un vistazo?
No necesitaba más para obedecer.
– Permiso. - tras entrar a la habitación, Mio cerró la puerta detrás suyo y saludó cortés. - Buenas noches.
El recibimiento que obtuvo fue la inusual vista de las níveas piernas de Shion al descubierto. Su amigo yacía sentado en la cama mirándole entretenido mientras llevaba una toalla alrededor del cuello y una camisa vieja de Elías que prácticamente le quedaba de camisón. Por las gotas que adornaban las puntas de su cabello, debía de haber pasado muy poco tiempo desde que salió de la ducha.
– No eres un extraño, eres Mio. ¿Por qué no me dijiste antes? Me hubiera vestido mejor.
Shion hizo el amago de estirar el dobladillo de la camisa para cubrirse. La camisa se alargó hasta la mitad de sus muslos por un respiro antes de regresar a su posición anterior al borde de la ropa interior de Shion. Ante la burlona muestra de pudor fingido, Mio desvió la vista.
– Te he visto cientos de veces con el pijama, no te preocupes. - después de deliberar sus opciones un poco, añadió. - Pero si de verdad te incomoda, puedo salir un momento.
El dedo índice de Shion apuntó a la altura de Mio y negó con un movimiento de lado a lado.
– No, no, no. El que sale ya no entra. Son las reglas. - dijo Shion con finalidad y palmeó el espacio a su costado con la mayor autoridad que podía proyectar una persona que no traía pantalones puestos.
Sabiendo que le sería más beneficioso seguir las normas del territorio, Mio se sentó donde le fue indicado. Como suponía, tan pronto como se acomodó en la cama, Shion alzó las piernas del suelo para situarlas en el regazo de Mio. Sus limonados ojos se dilataron con el deleite del gato que atrapó al ratón que se había robado la última rebanada de queso.
– Entonces, ¿qué te trae aquí en medio de la noche?
Sabía que la intención de Shion era usar sus piernas como contrapeso para evitar que Mio se escapara antes de que él consiguiera su diversión. Cual fuera la definición que tuviera esa noche, a él sólo le restaría deducirlo.
De verdad desearía haber llegado después de que Shion terminara de alistarse. Esos muslos lechosos no le hacían ningún bien a su capacidad de atención.
– Hice algo para ti. - con el control de un maestro, Mio mantuvo un tono inmutable. Delatar sus emociones sería como colocar su yugular directamente en el hocico del gato, el tipo de diversión que menos quería proporcionarle a Shion en ese momento.
De la bolsa que llevaba colgada del antebrazo, la cual hasta ahora había pasado desapercibida por Shion, sacó un objeto. Uno que había forjado desde cero con sus propias habilidades a base de esos materiales que Elías le sugirió que desechara. Inútiles, rotos, sobrantes. Tenían un uso, Mio siempre lo supo. Se aferró a sus instintos, como un jinete que se prende de las riendas de su caballo desenfrenado, y el tiempo le probó que tomó la decisión correcta.
Lo sostuvo en sus dos palmas, presentándolo sin endulzamientos innecesarios ni justificaciones enrevesadas. Este era su regalo. La confesión cruda de que había escuchado cuando no le correspondía. El curso de acción que había tomado no por responsabilidad ni por cargo de conciencia. A los ghouls no les servía la lástima. Espíritus como los suyos no eran atados por el deber. Pactaron con el demonio porque las limitaciones morales de los seres humanos, su aversión por la codicia, sus sentimientos en blanco y negro, y su terror por perder el lugar del mundo al que pertenecían, no podían concederles su deseo.
Mio sacrificó su humanidad por un anhelo, y por más que les doliera admitirlo, todos los ghouls eran iguales. Si llegaron aquí, fue porque su egoísmo pudo por encima de todo y porque ese egoísmo siempre se presentaba con las caras más hermosas posibles.
Aceptación, libertad, justicia, amor…
“Si me puse al mundo en contra fue porque quise. No soy mejor que tú. No soy mejor que nadie. Y es por eso que voy a hacer lo que me plazca, incluso si tú no me aceptas de vuelta.”
– ¿La puedo conectar? - inquirió Mio, extendiendo el presente lo suficiente para que Shion pudiera agarrarlo si quería. - ¿O quieres hacerlo tú?
La sonrisa de su amigo se había desvanecido. Su entretención reemplazada por una solemne quietud que desentonaba con su volátil personalidad de siempre. Sin mediar palabra, Shion bajó las piernas del regazo de Mio. Un permiso implícito para que se levantara e hiciera lo que quisiera.
El mecánico se dirigió al tomacorriente ubicado encima de la mesa de noche de Shion y enchufó su creación. Mio presionó el interruptor del foco. Una luz gentil proveniente del tomacorriente esclareció la recién llegada oscuridad de la habitación.
El obsequio de Mio era una bella lámpara de pared en la forma de una concha marina. Tallada cuidadosamente en cerámica, y resplandeciendo del color favorito de Shion, pero en una tonalidad que Mio se había tomado el atrevimiento de elegir:
Azul caribe.
– Hice una también para mi habitación. Eres libre de ir cuando quieras. - Mencionó, sin certeza de que Shion realmente lo hubiera escuchado.
Con la embelesada expresión que su rostro había adoptado al ver el azul caribe inundando las cuatro paredes de su habitación, no le extrañaría que su amigo se hubiera olvidado completamente de su presencia.
Una sonrisa autodespreciativa se instaló en los labios de Mio. Su trabajo estaba hecho. Se dio la vuelta para retirarse pero, antes de poder emitir una despedida, Shion murmuró:
– ¿La tuya es del mismo color?
Mio se detuvo a unos pasos de la puerta. Asintió.
– Sí. - su sonrisa se tornó plácida. - Es igual porque es su otra mitad.
Mio… Susu… Mee
Un peso chocó con la espalda de Mio. Dedos usualmente enguantados, tan poco familiarizados con estar desnudos, con tocar a otros con delicadeza, se agarraron de su camisa. Mio giró la cabeza, el rostro de Shion estaba aplastado contra su espalda.
Mírame. Mírame sólo a mí.
Sumergidos en el precioso azul caribe que se asemejaba demasiado al color del oceáno imaginario que se sentía más real que nunca, Shion Genkai le abrazó por la espalda.
Para cada roto hay un descosido, y la regla no escrita en Darkwick es que cada roto acaba en las manos de Mio Susuhara.
Porque, aunque no pueda arreglarlo, Mio va a decidir quedarse con él.
– Llévame contigo.
