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Recibir algún mensaje de Balza con instrucciones para planes que Lautaro nunca está enterado no es algo fuera de lo común. Generalmente él solo se deja llevar por la corriente y deja su vida en las expertas manos de su buen amigo, productor, manager y especie de jefe mayormente esclavo. Es Balza, él sabe lo que hace.
Entonces, recibir un “prepará las maletas para dos días, salimos en 30 minutos” no es raro. Pero es curioso. No es algo que suelan hacer sin haberlo charlado previamente. A no ser que sean vacaciones express, que con el carácter perfeccionista de Manuel, tampoco suelen hacer.
Pero Lautaro no tiene planes el fin de semana más allá de salir a manejar con Balza e intentar dejar su huella marcada en el sillón por tanto apoyarle el culo. Así que no discute, simplemente arma la maleta con lo que cree necesario y está listo.
Cuando va a la sala, lo primero que ve a es Manuel, despatarrado en el sofá, con cara de pocos amigos mientras ve algo en su celular. Tiene las piernas abiertas con el típico aire de Manuel donde parece el rey del mundo y un brazo extendido sobre el respaldo como una invitación.
La imagen golpea a Lautaro como una patada en el pecho, lo deja sin aire por un corto segundo en el que todos los cables en su cerebro parecen hacer cortocircuito y él jura que es capaz de ver la chispa detrás de sus ojos.
Manuel, que siempre parece tener una alarma para cada vez que Lautaro entra a una habitación, levanta la vista del celular para posarla en él.
Sus miradas se encuentran y Lautaro se obliga a inhalar profundo pero disimulado, no queriendo demostrar cuánto le afecta la simple existencia de Manuel Merlo. A esta altura, después de más de un año de sufrir esta extraña e incómoda enfermedad, él es un experto.
—¿Yá estás listo? —Manuel pregunta, mirándolo de arriba a abajo, como si Lautaro fuera un modelo exhibido para ser observado libremente.
Él quiere removerse en su lugar, esconderse de la mirada rapaz de su mejor amigo, que siempre logra hacerlo enrojecer como una virgen renacentista. Se obliga a dejar el cuerpo duro, inmune a Manuel.
—Sí —contesta, dejándose caer al otro lado del sillón, lejos de él—, pero no sabía ni qué meter. ¿A dónde vamos?
Antes de que Manuel responda, Balza hace acto de presencia, con Santiago justo detrás de él.
—Hace tres horas te lo dije, Santiago. ¡Tres horas!
—¡No sé hacer maletas, Balza! ¡No sé! ¡Necesito ayuda!
Lautaro deja que una sonrisa divertida se forme en sus labios, y mira rápidamente a Manuel, que le devuelve la mirada cómplice con la misma diversión.
—Por Dios, yo no puedo creer lo inútil que sos Santiago, de verdad te lo digo —Balza sigue quejándose, tecleando en el celular casi al punto de romper la pantalla.
Santiago hace un puchero que logra que Lautaro suelte una risa y alerta al castaño de su presencia.
—Moskita —empieza, haciendo que el rubio, que ya sabe lo que se viene, niegue tajantemente con la cabeza—, mi buen amigo, vos sabés que yo te quiero.
—Ni en pedo, Bayo —Lautaro se ríe, haciendo que Manuel también ría. Él intenta que su interior no florezca como un rosal en primavera.
—Dale Moski —Santiago implora con las manos juntas y el rostro descompuesto—, yo te ayudo siempre en todo, amigo.
Eso hace que las risitas vuelvan a explotar, provocando que Balza ponga los ojos en blanco.
—¿En qué ayudas nunca vos? Estorbás que es distinto —Manuel se burla, haciendo que Lautaro se doble por la mitad mientras ríe.
Balza es quien se encarga de cortar el momento, aunque le cuesta un poco controlar la diversión de los tres chicos.
—Bueno, bueno, el Uber está abajo, van ustedes dos y nosotros los seguimos por la noche, ya está —les extiende un par de pasajes de avión que Moski y Manuel se quedan mirando como si fuera antrax.
—¿Eh?
—Y sí, boludo —Balza se queja—. Desde que se levantó que le estoy diciendo a este mogul que arme la maleta. Pasaron tres horas y ni la abrió para cargarla. No llegamos más, perdemos el vuelo.
Lautaro revisa rápidamente su pasaje, viendo que en una hora sale un vuelo a Mendoza.
¿Qué mierda van a hacer en Mendoza?
Pero Balza no los deja hacer demasiadas preguntas. Los empuja por la puerta, les dice que el Uber está abajo, los amenaza para que no pierdan el vuelo ellos también y les dice que todo está listo para cuando lleguen.
—¿Pero qué vamos a hacer en Mendoza? —Lautaro pregunta cuando están en el Uber, sentados cada uno pegados a la puerta, como si acercarse más al otro fuera peligroso.
Manuel suspira, quitándose la gorra y pasándose una mano por el pelo.
—No sé, amigo.
Lautaro levanta tanto las cejas que casi desaparecen entre su pelo.
—¿Cómo que no sabés?
Que Manuel no sepa algo no solo es impensable, sino que es preocupante. Él es el que siempre planea todo, sabe todo, se ocupa de que todo esté perfecto. Balza es el títere que hace todo, Manuel es el que estira los hilos para que la obra que es Mernosketti salga siempre perfecta.
—Balza me dijo que estaba cerrando con una marca de vinos o algo así, que tiene un evento mañana, pero no sé, no me dijo más.
Lautaro debe tener un signo de interrogación dibujado en el rostro, porque Manuel resopla con diversión, encargándose de que sus ojos recorran cada centímetro de la cara del rubio.
—Fue todo muy rápido —Manuel sigue—, alguien más se bajó y Balza consiguió que entremos nosotros.
—¿Una marca de vinos? —Lautaro se preocupa, ignorando la mirada de Manuel—. No tengo nada para vestirme.
—¿Pero no hiciste la maleta?
—Y sí boludo, pero qué voy a saber yo. No metí nada elegante para un evento de vinos.
Manuel sonríe, poniendo los ojos en blanco.
—Ya te vamos a comprar algo, no te preocupes —le dice, estirando la mano en dirección al pelo de Lautaro.
Por un segundo todo se congela. Lautaro se queda tan quieto que podría ser una estatua. Pero el toque nunca llega, porque Manuel parece recordar que tocar ahora está prohibido, que ya no hacen eso, que sea lo que sea que tenían se rompió, aunque los sentimientos de Lautaro sean los mismos, y no hubo Dubai ni Julieta que lograran cambiarlos.
Manuel baja la mano y se la lleva al pecho. La sonrisa desaparecida de su boca. Lautaro frunce el ceño, bajando la mirada a sus manos en su regazo. El ambiente en el auto se vuelve tenso, tirante, pero tan eléctrico que cualquier chispa podría causar un incendio.
Nadie puede decir que Lautaro no luchó con uñas y dientes para deshacerse de esto que le abarca el pecho y se adhiere a sus huesos como una plaga. Cuando todo parecía una bomba de tiempo que iba a salpicar mierda por todos lados y terminar con toda forma de vida, él huyó al otro lado del mundo. Pensó que poner distancia era lo necesario, que si él ya no veía a Manuel, este sentimiento iba a dejar de comerle el corazón y arruinar la amistad tan perfecta que tenían.
No funcionó. Dubai no sirvió de nada, como tampoco China, Rusia ni todos los otros países que visitó intentando poner cada vez más distancia entre él y Manuel.
Como una polilla que vuela hacia la llama, él regresó a Argentina apenas Manuel levantó el teléfono y le pidió que volviera. Todo el esfuerzo que Lautaro puso en intentar matar el anhelo y la necesidad por él murió al instante cuando escuchó la voz de su mejor amigo al otro lado del océano.
Volvió con la esperanza de quien regresa a casa esperando encontrar todo tal cual como lo dejó. Pero la realidad fue un golpe que lo dejó confundido, como una contusión cerebral en la que abrir los ojos se vuelve pesado.
Manuel ya no era el mismo. La ignorancia de lo que pasaba entre ellos, esa con la que había cargado antes de que Lautaro se fuera ya no estaba ahí. Ahora él sabía, y Lautaro sabía que él sabía, porque todo internet lo sabía.
Lautaro había visto los clips, por supuesto. Los puso en repeat, los reprodujo tantas veces que es capaz de pronunciar palabra por palabra de cada uno, con la misma cadencia en la voz de Manuel.
Pero Manuel nunca le dijo nada a él, entonces Lautaro tampoco dijo nada. ¿Qué sentido tenía? Mernuel hizo de las suyas una vez más, usándolo para los clips, para subir los viewers.
Él debería irse otra vez. Lo piensa cada noche cuando está en su cama mirando el techo, cuando todavía puede sentir la electricidad en sus dedos después de cada stream, cuando le pica la boca ahí donde Manuel lo miró de más. Pero todo esto que siente, todo este amor parasitario que le aprieta los huesos, hace que irse ya no sea una opción. Alejarse de nuevo de Manuel suena tan doloroso que la sola idea suele dejar a Lautaro con el cuerpo entumecido. No importa cuánto Manuel lo haya lastimado usándolo para ahora ser lo mejor de la escena argentina, lastimosamente Lautaro no puede apagar sus sentimientos.
Para su suerte, sus asientos de avión no están juntos. Balza tiene esas misericordias de vez en cuándo. Lautaro difícilmente logra soportar más de dos horas de stream con Manuel a su lado, no cree que sea humanamente posible durar dos horas con él en un espacio reducido y sin una cámara enfrente.
El vuelo es tranquilo como cualquier otro. Lautaro cree que a esta altura está tan acostumbrado a los aviones que bien podrían ser su hábitat natural. Manuel, unos asientos más adelante, gira a buscarlo con la mirada más de un par de veces. Lautaro siempre se la devuelve, pero no hay sonrisas de por medio esta vez.
Cuando bajan no hay mucho trámite que hacer, no salieron de territorio nacional después de todo. Lautaro toma su maleta, ve la de Manuel que está cerca de la suya en la cinta y la toma también por inercia.
—Gracias bebé —Manuel dice cuando se la pasa.
Lautaro queda tieso, como cada vez que un nombre cariñoso se le escapa de los labios a Manuel. Antes, las mariposas en el estómago del rubio revoloteaban peligrosamente cuando ocurría, ahora es como si un puñal se clavara en medio de sus tripas.
Manuel está impecable, sin signos de haberse percatado de que acaba de poner en riesgo la vida de Lautaro. Y esa es una de las cosas que más frustra al chico, nunca poder entender a Manuel.
Antes de Dubai, Lautaro ponía ambas manos al fuego, seguro de que él era el único que podía descifrar a Manuel. Hoy en día, aunque aún sabe perfectamente cuando el morocho dice una mentira, ya no puede saber qué es lo que probablemente le pasa por la mente, especialmente cuando se trata de él mismo.
El mayor nunca habló del “enamoramiento” con Lautaro, jamás mencionó una sola palabra, por más que Lautaro intentó por todos los medios posibles que él dijera algo. El tema murió en el mismo momento en que él puso un pie en Argentina de nuevo.
Pero a veces Lautaro piensa que tal vez delira, porque las acciones de Manuel hablan más que cualquier cosa que podría pronunciar.
El celular le vibra en el bolsillo apenas vuelve a agarrar señal, y Lautaro se apresura a revisar sus mensajes en busca de alguno de Balza que le diga qué hacer a partir de ahora. Entre todos los mensajes que tiene, que no son muchos, hay uno que le hace suspirar algo cansado.
—¿Se va a enojar porque viniste sin avisar? —Manuel pregunta, relojeandole el celular por encima del hombro.
Lautaro reacciona al instante, borrando de las notificaciones el “Lauti, podemos hablar porfa?” de Julieta para que Manuel no lo vea, pero a juzgar por el gesto amargo del morocho ya es tarde.
—Na —Lautaro se encoge de hombros—, qué sé yo.
Manuel levanta una ceja y no contesta. Tampoco es que haga falta, el gesto agrio que se apodera de cada una de sus facciones es suficiente.
Esa es una de las cosas que va más arriba en la lista de frustraciones y delirios de Lautaro. Manuel odia a Julieta. Desde que supo de su existencia se encargó de hacerle saber a Lautaro y a todo aquel que quisiera escuchar, incluyendo al chat de los stream, que ella es persona no grata para Manuel.
Lautaro también odia a Flor, y a todas las que se meten a la cama de Manuel. Pero él tiene razones. Él tiene todos estos sentimientos involuntarios que hacen que cualquier fémina, o varón, que se acerque a Manuel sea automáticamente blanco de su aversión.
¿Cuáles son las razones de Manuel?
El no saber sólo da lugar a que Lautaro piense de más, maquine teorías que hacen un hueco en su pecho para la esperanza. Y eso nunca termina bien.
—Mernoski, che —Manuel dice, cortando de raíz los pensamientos de Lautaro.
—¿Qué?
Manuel señala con la cabeza hacia un costado, donde una persona de unos cincuenta años sostiene una cartulina blanca que tiene escrito “Mernoski” en fibron negro.
—Qué cambiadas las shiperas —comenta Manuel, haciendo que Lautaro resople, tapándose la boca para no dejar salir ningún ruido.
—Qué tipo boludo —dice, mordiéndose el labio inferior cuando Manuel lo mira con la sonrisa más grande y brillante.
Antes de hacer alguna estupidez, como quedarse mirándolo como un idiota, Lautaro camina hasta la persona que los está esperando.
El hombre, que se presenta como Roberto, los guía hasta un vehículo y les dice que los va a llevar hasta la casa. Ninguno de los dos sabe de qué casa habla, así que solo se miran, asienten, y en el caso de Lautaro, ruegan internamente que no sea un secuestro al que están yendo voluntariamente.
El viaje es largo, mucho más de lo que esperaban. Ninguno habla, ni entre ellos ni con Roberto. La radio suena despacio, alguna estación de música romántica que Lautaro no conoce.
El aire acondicionado no sopla lo suficiente y Lautaro siente por momentos que se ahoga. No sabe si es porque el calor es algo agobiante, o porque el aire cargado de tensión entre él y Manuel siempre que están en un espacio menor de diez metros cuadrados es agobiante.
Lautaro suspira, secándose las palmas en el pantalón.
—Tan hermoso —Manuel comenta de repente, haciendo que Lautaro gire el cuello tan rápido para mirarlo que le da un leve estirón.
Manuel ya está mirándolo.
—¿Eh?
—Es hermoso —vuelve a repetir, señalando la ventana con la cabeza—, nos perdemos de todo esto viviendo en Buenos Aires.
Lautaro asiente, con el corazón desbocado, mirando todo el campo a su alrededor. Kilómetros de verde, plantaciones y las cordilleras nevadas al fondo.
—¿Esas serán uvas? —Manuel señala a un campo con arbolitos, haciendo que Lautaro tenga que estirarse un poco e inclinarse hacia su lado para ver de qué habla.
—No creo —Lautaro contesta—, bah no sé, nunca ví árboles de uvas.
—¿Crecen en árboles?
—Y sí, tarado —dice secamente, aunque la verdad es que no está muy seguro—. ¿Dónde van a crecer si no?
Manuel sonríe, con la mirada aún puesta en el paisaje fuera de su ventana.
Lautaro vuelve a su lugar. Extiende la mano en el asiento, fijándose que la de Manuel está justo ahí, donde antes no estaba. Sería tan fácil estirar el meñique y juntarlo con el suyo. La simple idea hace que Lautaro sienta una corriente eléctrica vergonzosa que le sube por la columna.
Él intenta concentrarse en su propia ventana. No mueve la mano.
Casi media hora después, ellos abandonan el asfalto para meterse por un camino de tierra. El cielo va poniéndose naranja y el sol se oculta lentamente para dar paso a la noche.
Ya está oscuro cuando llegan a unos portones de madera grandes y viejos. Roberto baja a abrir y Lautaro se ofrece para cerrarlos cuando el auto entra a la propiedad. Sobre los portones, tallado en madera gruesa con terminaciones de hierro, se lee un cartel que dice “Estancia La Margarita”.
Lautaro aprovecha el poco tiempo que tiene fuera del auto para respirar el aire fresco del campo, tan distinto al smog de la ciudad. No es un chico que haya crecido muy lejos de la metropolis; el asfalto y la contaminación es lo que conoce, pero esto, el verde del campo y el aire limpio es lo que anhela todos los días.
Cuando siente que está preparado para volver a hacerle frente a compartir espacio vital con Manuel, vuelve a subirse al auto.
La distancia hasta la casa no es tan larga esta vez, menos de cinco minutos sobre camino de grava.
Finalmente, una casa aparece al final del camino. Es impresionante, toda pintada de blanco e iluminada con luces cálidas. Es de dos plantas, con ventanas francesas en la primera planta. La segunda planta también tiene ventanales especialmente hechos para dejar entrar la luz del sol. Lautaro siente que es tan linda y perfecta que no puede no ser acogedora por dentro.
—¿Te gusta? —Manuel pregunta una vez que están fuera del auto.
El tono de su voz hace que Lautaro lo mire fijamente por más de unos segundos. Por alguna razón, siente que Manuel pregunta casi con temor, como si quisiera que a Lautaro le gustara.
—Es la casa más linda que ví en mi vida —contesta con sinceridad.
Manuel asiente, dejando salir el aire despacio.
—Bien, bien.
Antes de que pueda indagar en la actitud sospechosa de Manuel, Roberto se despide, dejándoles las maletas en el portal de la casa. Les desea buena estancia y se va, dejándolos solos.
—¿Hay que tocar? ¿Nos abre alguien?
Manuel revisa su celular, deslizándose por unos mensajes que Lautaro no logra leer.
—Balza dice que somos solo nosotros.
—Ah —Lautaro contesta.
El corazón le late más rápido de repente, consciente de la situación. Es la primera vez desde que volvió de Dubai que están realmente solos. En todos estos meses siempre habían evitado ser solo ellos dos. Incluso cuando Santiago fue a Londres por una semana, Balza siempre estaba ahí, o las amigas de Manuel, o su mamá. Y si no quedaba nadie en el departamento más que ellos, Lautaro iba junto a Julieta, o Manuel iba con Flor. Cualquier excusa siempre era buena para evitar este preciso momento.
—Moski —Manuel le pone una mano en el hombro—. ¿Estás bien?
—Sí, sí —Lautaro miente, obligándose a regular sus palpitaciones, respirando lentamente para que sus pulmones vuelvan a llenarse de aire.
Él no espera a Manuel para adelantarse a la puerta y abrirla.
La casa es tan hermosa por dentro como por fuera. Las paredes color crema le dan un aire tan cálido que se complementa perfectamente con las luces cálidas. El vestíbulo da a dos puertas arqueadas, una dirige a una sala de estar con un sofá color crema cubierto por una manta marrón, y la otra da una cocina con mesadas de mármol. Al final del pasillo se puede ver una puerta de vidrio blindex que refleja la luz azul de una piscina afuera.
—Amigo, esto es una locura —comenta, pasando suavemente los dedos por el respaldo del sofá.
Manuel ríe despacio, dejando las maletas al pie de las escaleras que muy probablemente conduzca a las habitaciones en el piso de arriba.
—Me alegra que te guste —dice despacio, y por alguna razón a Lautaro se le calientan las mejillas.
Él no pierde el tiempo, recorre toda la planta baja como un niño excitado en una juguetería. Le gustan todos los muebles, la decoración le parece tan íntima que le recuerda un poco a la casa de sus padres en Madrid. Cuando llega a la cocina, se lleva una mano al pecho, emocionado por lo grande y espaciosa que es, equipada con todo lo necesario.
Después de revisar la heladera (que afortunadamente está llena), las alacenas y todos los cajones, se cansa y regresa a la sala, donde Manuel está en el sofá, tirado de esa forma que hace que Lautaro no quiera encontrar otro lugar donde sentarse que no sea en su regazo.
Él se sienta dejando una distancia prudente entre él y el morocho.
—¿Ya revisaste todo? —Manuel pregunta, quitando su atención de su celular para dársela a él.
Lautaro se saca los zapatos y sube los pies al sillón, escondiendose tras sus piernas para no estar tan vulnerable a la mirada de Manuel.
—La cocina es un sueño —le cuenta—, tiene un horno enorme y un extractor que parece de restaurante.
—¿Sí? Por ahí podés hacer una de tus tortas —Manuel dice, con esa voz que reserva solamente para el rubio.
Lautaro baja la mirada tímidamente, escondiendo su sonrisa entre sus rodillas. Es difícil resistirse al encanto innato de Manuel las veinticuatro horas del día, hay momentos donde él baja la guardia y deja que el golpe le dé de lleno bajo las costillas.
Manuel se levanta de repente, se rasca los brazos y mira para la cocina.
—¿Sabés si tienen algo para tomar? ¿No querés algo vos?
No espera que Lautaro conteste antes de salir de la sala con rumbo a la cocina. Lautaro se queda mirando el espacio vacío en el sofá sin entender qué provocó su repentina huida.
En su ausencia, que no son más de cinco minutos, revisa su celular una vez más. Tiene un mensaje de Balza preguntandole si llegaron bien, una foto de Santiago viendo la Premier que le hace fruncir el ceño, y el mensaje sin abrir de Julieta.
Su pulgar flota sobre el teclado antes de decidirse a abrir el mensaje y contestar. No sabe bien qué decirle. La toxicidad de la chica fue fácil de ignorar las primeras semanas en las que salieron, hasta que a Lautaro se le salió de las manos.
No están en nada con Julieta ahora, si es que alguna vez llegaron a algo. Ahora todo es un limbo desconocido con ella, y Lautaro no sabe si quiere seguir viéndola.
“Estoy de viaje por el interior, no sé cuándo vuelvo.”
Manuel regresa con una lata de coca para él y un agua sin gas para Lautaro.
—Che —Lautaro comenta cuando el morocho se sienta de nuevo, más cerca de él—, Santi está viendo la Premier en la sala de casa. ¿Sabés a qué hora sale su vuelo?
Aparentemente las pulgas son una cosa en este lugar, porque Manuel se rasca los brazos con más fuerza esta vez. Su mirada oscila entre la alfombra bajo sus pies y los ojos de Lautaro.
—¿Manu?
El morocho se aclara la garganta. Lautaro sabe al toque que hay algo que no le está diciendo.
Manuel murmura algo demasiado bajo para que Lautaro lo entienda. Él baja las piernas del sillón y se inclina hacia Manuel, quedando con las rodillas casi presionadas contra las suyas.
—No te entendí. ¿Qué dijiste?
Las uñas de Manuel se clavan en su brazo, rascando más fuerte de lo normal. Cuatro líneas rojas enojadas marcan su piel por sobre sus tatuajes y Lautaro estira la mano para detener sus movimientos.
Ambos quedan mirando donde sus pieles se tocan.
—Balza y Santi no van a venir —dice finalmente.
Lautaro parpadea lentamente, intentando procesar las palabras.
—¿Qué? ¿Por qué?
Manuel lo mira fijamente, y están tan cerca que Lautaro puede sentir el aliento caliente del morocho. Los ojos verdes clavados en los suyos hacen que el estómago de Lautaro haga una pirueta.
—Lautaro…
—¿Qué?
—Ellos no… —Manuel intenta volver a rascarse pero los dedos de Lautaro presionan con fuerza impidiendo que los suyos se muevan—. Lo del evento y los vinos es todo mentira. Te traje acá para que hablemos.
A Lautaro le cuesta entender. Se siente recién despierto de una cirugía de horas donde la anestesia aún está haciendo efecto en su cerebro.
—¿Mentira? —dice al fin.
Manuel asiente una vez, muy leve. El silencio entre ellos se vuelve pesado de golpe. Lautaro siente que el corazón le empieza a latir más fuerte, peligrosamente fuerte, como si fuera el inicio de un ataque cardíaco.
—Pará —dice despacio—, pará, pará —se pasa una mano por la cara—. ¿Me estás diciendo que vinimos hasta Mendoza… para hablar?
Manuel lo sigue mirando. No aparta los ojos.
—Sí.
—¿Y Balza sabe?
—Sí.
Lautaro suelta una risa corta que no tiene nada de graciosa. El aire es cada vez más escaso.
—Claro que sabe.
Se recuesta un poco hacia atrás en el sillón, pero no se aleja de Manuel. De hecho están más cerca que antes, las rodillas se presionan completamente.
—Bueno —dice Lautaro, intentando fingir la seguridad que no siente—. Hablá.
Lautaro sabe que Manuel tampoco tiene la seguridad con la que suele moverse por el mundo. Está rígido. Los hombros tensos. Como si cada músculo estuviera preparado para recibir un golpe.
Manuel baja la mirada. Sus ojos se quedan en el lugar donde la mano de Lautaro todavía sostiene su muñeca. No se había dado cuenta de que seguía ahí. Lautaro no la retira.
—Lo de Dubai… —empieza Manuel.
La palabra cae entre los dos como un objeto pesado. Lautaro siente un tirón en el pecho.
—¿Qué pasa con Dubai?
Manuel se humedece los labios.
—Nunca hablamos bien de eso.
Lautaro frunce el ceño. Esa es una verdad a medias. Ellos conversaron del tema, una llamada de tres horas donde se gritaron bastante, lloraron aún más, se pidieron perdón y se prometieron luchar por su amistad. Por supuesto que Lautaro no fue totalmente sincero y no le confesó a él la verdadera razón por la que se fue, no le habló de lo imposible que se había vuelto convivir con el desamor de Manuel.
—Hablamos. No hubiera vuelto si no.
Manuel niega con la cabeza haciendo que Lautaro resople.
—No me dijiste toda la verdad.
—¿Qué verdad? —la voz le sale más aguda de lo normal. Él está seguro que sus órganos están por entrar en una falla general.
—Moski…
—¿Qué verdad, Manu?
El miedo en los huesos de Lautaro solo puede compararse al temblor y el dolor que ocasiona la fiebre alta durante demasiado tiempo. No hay nada que tema más que el rechazo de Manuel ante sus sentimientos. Y siente que está a minutos de que el morocho le rompa la vida.
Pero él necesita escucharlo. Necesita acabar con esto de una vez. Arrancar las raíces de la esperanza que cada tanto intenta brotar en su corazón.
—Me dijiste que te fuiste porque… porque sentías que te estaba usando, ya no estaba en la casa, ya no te daba tanta atención…
Lautaro presiona los labios juntos.
—Y yo… —Manuel suspira, baja aún más la voz—. Esto lo pensé mucho, lo hablé con mucha gente. Al principio no entendía, o sea, no es que no entendía pero… no lo creía posible.
—¿El qué? —pregunta, casi débil.
—Me preguntaba… ¿Por qué te dolió tanto? Si vos sabías que yo salía con gente, que siempre fui... que era un gatero. ¿Por qué…? Pero entonces…
Lautaro espera pacientemente. Sabe que Manuel tiene un punto, sabe que cuando se pone nervioso se apura y le cuesta hilar sus ideas. Él le da tiempo, aunque eso signifique que su ansiedad va en aumento con cada segundo que pasa.
—Entonces te fuiste y yo me quedé… —Manuel mira un punto fijo en la alfombra y los ojos le brillan de humedad—. Me quedé totalmente devastado, no podía levantarme de la cama, no comía, no dormía, lloraba y… ni cuando pasó lo de mi ex me sentí tan mal.
—Ya me dijiste eso. Lo dijiste en stream también. Varias veces.
Las mejillas de Manuel se enrojecen tanto que bien podrían ser manzanas.
—Ya sé pero… pero no había pensado en el por qué, entendés?
Manuel vuelve a fijar la mirada en él. Y Lautaro niega, porque no, esta vez no entiende a dónde quiere llegar.
—¿Por qué me pegó tan mal? —continúa Manuel—. ¿Por qué te pegó tan mal a vos que tuviste que irte? O sea, entendí eso. El por qué.
El aire se atora en los pulmones de Lautaro.
—¿Por qué? —susurra, acercándose más a Manuel.
El morocho suelta una risa chiquita, nerviosa.
—Yo… bueno, esto también lo dije en stream.
Lautaro no contesta. Haberlo dicho en stream no sirve. Él ni siquiera pestañea, solamente lo mira esperando que junte el coraje para decírselo en la cara.
Manuel cierra los ojos e inhala profundo, como si necesitara hacer un gran esfuerzo para que las palabras se formen.
—El enamoramiento —finalmente dice, ajeno al estallido de misiles balísticos en el interior de Lautaro.
—El enamoramiento —repite Lautaro cuando puede hablar.
El otro asiente, esperando. Pero Lautaro no lo ayuda. Sigue mirándolo mientras hace el esfuerzo de no colapsar en un ataque de pánico.
Manuel no está mejor que él. Se le ve en la cara que está poniendo todo de sí para seguir de una pieza.
—Viste los clips, ¿no?
—Los clips —dice Lautaro—. Todo internet hablando de vos “enamorado”. El chat spameando “enamoramiento, mernoski novios, elefante”. Los edits, los fics. Sí, ví todo.
Manuel baja la mirada otra vez. Se muerde tan fuerte el labio que Lautaro está seguro que se va a hacer sangrar. Él se apiada del morocho.
—Yo pensé que era un chiste —dice suavemente—. Pensé que me habías usado para el show otra vez.
La frase queda flotando entre los dos. Manuel respira hondo.
—Nunca fue un chiste.
—¿Ah no?
—No.
Lautaro lo mira. La esperanza en su corazón se agarra más fuerte a la tierra fértil, envuelve sus raíces en lo profundo y se niega a ser removida.
—Entonces explicámelo —pide, casi suplicante.
Manuel se queda en silencio unos segundos largos. Cuando habla otra vez, su voz es más baja.
—Me enamoré de vos, pero tuve miedo.
Lautaro siente que puede morir. Su voz es casi inaudible cuando habla.
—¿De qué?
Manuel tarda un momento en responder.
—De vos.
Lautaro se queda completamente quieto.
—¿De mí?
Manuel asiente apenas.
—Porque si no sentías lo mismo… si no… si solo era yo, capaz te ibas de nuevo. Al principio estaba confundido, de verdad estaba confundido. Después lo supe. Pero cuando volviste no dijiste nada y pensé que era solo yo.
Ahora es Lautaro el que no sabe qué decir. El silencio vuelve a llenar la sala. Los dos siguen muy cerca. Tan cerca que Lautaro puede contar las pecas sobre la nariz de Manuel.
Manuel vuelve a intentar rascarse el brazo. Lautaro aprieta un poco más su agarre en su mano.
—Dejá de hacer eso.
—Es que estoy nervioso.
—Ya me di cuenta.
Manuel suelta una pequeña risa sin humor. Después lo mira de nuevo. Directo.
—¿Sabés por qué elegí esta casa?
Lautaro niega lentamente. Manuel traga saliva.
—Porque acá no hay cámaras. No hay chat, no hay clips, no hay viewers. Y no hay forma de que ninguno de los dos se escape de la conversación.
Lautaro siente otra vez esa electricidad rara subirle por la columna.
—Además sabía que iba a gustarte, te conozco.
Eso hace que ambos sonrían. Siempre es tan ridículo y adorable lo mucho que a Manuel le gusta aclarar que él conoce a Lautaro más que a nadie. A Lautaro le gusta que sea verdad.
El momento se rompe cuando Manuel vuelve a suspirar.
—Pensé mucho en todo lo que pasó —explica—. Ví todos los clips de nuevo, leí todas las teorías. No quería tener esperanzas, no quería pensar que a vos te pasaba lo mismo, pero a la vez pensaba “y si sí?”
Lautaro deja escapar una risita, recordando todos los “y si sí?” de Twitter que no hacían más que amargarle la existencia porque él pensaba que no era posible de ninguna manera.
—Y cuando Julieta llegó… —Manuel hace una mueca que Lautaro copia—. Pensé realmente que todo estaba en mi cabeza y en el delirio de las shiperas.
—¿Qué te hizo pensar que no? —pregunta Lautaro.
Manuel sonríe levemente.
—Balza.
El rubio levanta las cejas.
—¿Qué? ¿Balza? ¿Qué te dijo?
—La semana después de los awards, que pasamos todo el fin de semana juntos viendo pelis en casa, y todo parecía como antes, volviste a irte con ella y yo me puse tan mal porque pensé que te venías alejando de ella y resultó que no. Hice un berrinche tan grande que Balza explotó.
—Y te contó —Lautaro concluye.
—Me contó que habías peleado con ella ese fin de semana y que ibas con él a manejar para no decirnos que habías dejado de verla.
—Qué traidor de mierda.
Manuel pone los ojos en blanco, riéndose un poco.
—También me dijo que deje de ser un idiota dramático y abra los ojos.
Lautaro no sabe qué decir a eso, así que se queda callado esperando, concentrado en que ahora son los dedos de Manuel los que sostienen los de Lautaro, con el pulgar acariciando suavemente sus nudillos.
—Hablé con Baulo y también me dijo que era un idiota por no darme cuenta que todo lo que siento es lo mismo que sentís, que te fuiste a Dubai para olvidarte de mí, así como yo me culeé a medio mundo para olvidarme de vos, pero no me olvidé una mierda.
El rubio se cubre los ojos con la mano libre y suelta una risa que suena sospechosamente como un sollozo ahogado.
Los misiles balísticos en su interior que estaban a punto de abrirle agujeros de dentro para fuera se convierten en fuegos artificiales que Lautaro es capaz de ver tras sus ojos cerrados.
—Entonces hablé con Balza y Santi y planeamos todo. Busqué un montón de casas lindas en algún lugar que te guste, pensé mil excusas para poder traerte. Me volví loco por semanas.
Lautaro no sabe qué hacer con lo que siente, o más bien, no sabe qué sentir. Tanto tiempo sufriendo por Manuel que nunca se permitió imaginarse un escenario donde él correspondía al amor de Lautaro y luchaba por él.
Quiere tirarse a sus brazos, quiere besarlo y decirle lo mucho que siente, lo mucho que duele. Quiere golpearlo por haber sido tan imbécil y no darse cuenta de sus sentimientos, por haber tardado tanto en la realización que Lautaro tuvo que sangrar su amor al otro lado del mundo. Quiere decirle lo mucho que lloró, lo feliz que es ahora, lo confundido que está. Quiere preguntarle si él también siente este amor invadirlo como un parásito, recorrerle bajo la piel y aferrarse a sus huesos hasta que dejan de ser calcio para ser solamente moléculas de amor que sostienen su cuerpo.
Nada de eso es lo que sale de él cuando está seguro que su voz no va a sonar tan débil como realmente se siente.
—¿Qué pasa con Flor?
Manuel parpadea como un ciervo ante los faros de un auto.
—¿Qué pasa con Flor? —repite, haciéndose el boludo.
Lautaro levanta una ceja.
—No pasa nada con Flor —Manuel se apresura a aclarar—. Es un garche nomás. Era un garche. No la voy a ver más.
—¿No?
—No, obvio —dice con toda seguridad, presionando los dedos de Lautaro.
—¿Obvio? —el rubio no puede evitar preguntar, una sonrisita asomándose.
La sonrisa de Manuel es más evidente. Se muerde el labio e inclina la cabeza. Los ojos le brillan tanto que parecen estrellas.
—Obvio —repite, más suave, casi un susurro—. Ahora soy solo tuyo.
Es como si Lautaro hubiera metido el dedo en la corriente. La electricidad le recorre el cuerpo de punta a punta, y está casi seguro que puede transmitirselo a Manuel ahí donde se tocan.
Él se acerca más, entregándose por fin a la tensión y a la energía que siempre los rodea, ahora más viva que nunca.
—¿Me vas a besar? —pregunta, mirando de los ojos de Manuel a sus labios.
Manuel no deja espacio entre ellos. Sube la mano libre hasta la nuca de Lautaro y acerca tanto sus rostros que la punta de sus narices se tocan y él puede ver lo dilatadas que están las pupilas del morocho.
Lautaro jadea, necesitando con suma urgencia que Manuel acorte la milimétrica distancia que los separa.
—¿Me querés? —Manuel pregunta, su aliento golpeando los labios de Lautaro.
Lautaro arruga la remera de Manuel entre sus dedos, clavándole las uñas en el pecho.
—Te amo —susurra, cerrando los ojos.
La mano del mayor se aprieta en la nuca de Lautaro, sus dedos se enredan en su cabello. Él jadea y los labios de Manuel finalmente tocan los suyos, hambrientos, su lengua lamiendo la boca abierta del rubio.
Dios, Lautaro siempre supo que Manuel besaría así, sucio y explorador, tragando todos los jadeos de Lautaro, labios resbaladizos por la saliva, suaves y perfectos contra los suyos.
Manuel lleva ambas manos al cabello del rubio, tirando de él para inclinar su cabeza y tener mejor acceso. Todo el cuerpo de Lautaro flaquea y él se deja caer un poco sobre Manuel, su boca se abre aún más.
Lautaro deja escapar un gemido que no sabía que era capaz de hacer. Sus manos presionan con fuerza los hombros del morocho acercándolo aún más. No están lo suficientemente cerca. Nada que no sea tener a Manuel bajo su piel es suficiente.
Sus lenguas se deslizan juntas y es mojado y desordenado. Manuel muerde el labio inferior de Lautaro y lo alivia lamiendolo, solo para volver a tirar de él entre sus dientes, con más fuerza. Una mano se aprieta en su cabello y la otra cae a la parte baja de la espalda de Lautaro para atraerlo al regazo de Manuel.
—Dios, bebé —Manuel gime, volviendo a besar a Lautaro, necesitandolo como se necesita al aire—. No sabés las veces… —otro beso—, que te imaginé así.
Las manos de Manuel bajan hasta las caderas del rubio, deslizándose hasta los bolsillos de su pantalón, presionando los dedos contra su culo, mientras su boca deja un camino de besos hasta su cuello.
Lautaro abre la boca, estirando el cuello para darle más acceso a Manuel. Cuando la lengua del morocho lame una raya húmeda, Lautaro lo siente como si hubiera sido en su punto más íntimo.
La boca de Manuel no tiene piedad. Chupa y muerde como si marcar a Lautaro fuera su único objetivo en la vida.
Las caderas de ambos tienen vida propia, moviéndose a un compás que parece ensayado. Las manos de Lautaro, ansiosas por tocar cada parte de Manuel, recorren su pecho, asegurándose de rozar los pezones del morocho por sobre su ropa, suben por su cuello, y finalmente se entierran en los mechones oscuros del chico, estirándolos hasta que Manuel gime contra su piel.
Las bocas vuelven a unirse, desesperadas. Lautaro siente que todo su mundo se reduce a este momento, recorrió toda su vida destinado solamente a esta fracción de segundo en la que su lengua se enreda con la de Manuel en una danza frenética.
Sus dedos en el pelo del mayor estiran más fuerte, haciendo que el morocho rompa el beso para jadear audiblemente. Lautaro le muerde con fuerza el labio inferior. Saca la lengua y le lame la mejilla, mordiendolo después. Le muerde el mentón y baja con besos y mordidas hasta su cuello, donde aspira profundamente llenándose del aroma de Manuel.
El chico huele a vainilla y miel, el perfume favorito de Lautaro, y un leve toque de sudor que hace que al rubio se le haga agua la boca. Él cierra los labios en la yugular de Manuel, chupando fuerte.
Manuel presiona con fuerza las manos en el culo del rubio, mueve sus caderas juntas, sus erecciones frotándose una contra la otra.
—Así, amor —Manuel pide con la voz ronca, haciendo que la cabeza de Lautaro de vueltas—, chupá más fuerte.
Lautaro obedece, aplicando más presión, hundiendo las mejillas hasta que le duele. Las caderas de Manuel se contraen contra las suyas y el rubio sabe que ambos están muy cerca de correrse en los pantalones como dos adolescentes.
Cuando se separa, ya hay un hematoma feo formándose en la piel lechosa de Manuel. Lautaro siente la satisfacción inundarle las venas, muy parecido a la sensación que le da después de morder a Manuel. Su cabeza se siente ligera y apenas puede abrir los ojos por lo pesados que se sienten.
Manuel lo mira tan fijamente y con los ojos tan brillantes que no hay forma de no reconocer la devoción en su mirada. Le toca el pelo y se lo acomoda suavemente, con tanto amor que Lautaro siente que es demasiado y a la vez muy poco.
Él se inclina por un beso casto. Y otro, y otro, y otro hasta que están desesperados por la boca del otro de nuevo.
—Mucha ropa —Lautaro logra murmurar, sin separarse de los labios del morocho, estirando el cuello de su remera para dar a entender su punto.
Manuel tiene la osadía de reírse, haciendo que Lautaro gruña en represalia, mordiendole el labio inferior con fuerza.
—Manu —se queja cuando Manuel no hace otra cosa más que sonreír como un estúpido.
El morocho suspira, viéndose tan feliz como Lautaro nunca lo había visto antes.
—Sos hermoso —le dice, limpiando con el pulgar un rastro de saliva en la boca del rubio.
Lautaro se sonroja, todavía más de lo que ya está. Tiene la necesidad imperiosa de esconderse en el cuello de Manuel, pero aguanta, no queriendo escapar más de la mirada del chico.
—¿Me vas a sacar la ropa o no, mogulacho?
La risa de Manuel es como si los ángeles del cielo hubieran hecho sonar sus arpas. Lautaro cree que el pecho podría explotarle de amor.
—Vamos arriba —Manuel decide, cruzando los brazos bajo las rodillas de Lautaro y levantándolos del sillón.
Lautaro se aferra con fuerza al cuello de Manuel y sus piernas automáticamente le rodean la cintura, abriendo los ojos como platos.
—¿Qué carajo hacés, Manuel?
—Nos llevo arriba —el morocho explica, como si no fuera obvio.
—Sos terrible boludo —Lautaro se queja, apretándose más fuerte contra él—, nos vas a matar. ¡Sos un idiota!
—¿No era esto lo que querías, bebé? ¿Que te hagan upa? ¿Juli no te lo hacía?
Lautaro gruñe como perro, acercándose al cuello de Manuel, que ríe encantado como si Lautaro le hubiera prometido un millón de dólares.
Pero la amenaza es vacía, porque Lautaro realmente valora la integridad física de ambos y no tiene deseos de que se maten en las escaleras.
Cuando entran a la primera habitación que Manuel encuentra en la segunda planta, Lautaro no tiene tiempo ni de mirar qué hay dentro. El morocho lo presiona contra la puerta y vuelve a atacar su boca con hambre.
Lautaro no se queja. Se entrega al beso como si fuera la fuente de la juventud eterna. Sus dientes chocan, y el rubio se desespera un poco antes las capas de ropa que todavía los separan.
—Dale, Manuel —se queja, estirando los bordes de la remera del morocho para sacarsela por la cabeza.
Manuel tampoco pierde el tiempo. Baja suavemente a Lautaro hasta que sus pies estén firmes en el suelo. Sus manos expertas se meten bajo su remera, acariciando la piel desnuda de su cintura, dejando un rastro caliente a su paso.
Cuando ambos están con el torso expuesto, se miran como si se vieran por primera vez.
Los dedos del rubio van automáticamente al tatuaje del pecho de Manuel, delineandolo con delicadeza. No es la primera vez que lo ve sin remera, por supuesto. Recuerda a viva imagen lo mucho que sufrió los días que Manuel entrenaba para su pelea de boxeo y Lautaro lo veía más veces sin ropa que vestido, teniendo que morderse el interior de las mejillas para no cometer una locura.
Ahora tiene carta abierta, y de repente no sabe qué hacer con el libre albedrío.
—Sos tan perfecto —Manuel le dice, con los pulgares rozándole los pezones, haciendo que la piel de Lautaro se erice y un gemido se ahogue en su garganta—. Todas las chicas de la comunidad tienen razón cuando dicen que sos un ángel. Mi ángel.
Lautaro siente que tiene el cuerpo a punto de explotar. Dos palabras de Manuel hacen que él se sienta deshuesado, abrumado ante la avalancha de sensaciones que lo inundan. Vuelve a besar a Manuel porque no sabe qué más hacer, besarlo es la mejor opción que le queda antes de que haga combustión espontánea.
Manuel no se resiste al beso, por supuesto, pero tampoco se queda quieto. Una mano sigue abusando de un pezón de Lautaro, pellizcándolo y estirándolo suavemente entre sus dedos; y la otra baja por su abdomen, pasando de largo por su ombligo hasta posarse en el bulto nada sutil que sobresale de los pantalones del rubio.
El mayor ahueca el bulto, presionando lo suficientemente para que Lautaro tenga que romper para el beso en busca de aire.
—Tan duro para mí —Manuel murmura, mordiendo el lóbulo de su oreja—. Te quiero en mi boca, bebé.
Lautaro echa la cabeza para atrás, cerrando los ojos. Ve blanco, rojo, amarillo y todos los colores del arcoiris de tan fuerte que los aprieta.
—Manuel —suplica, con la voz más fina que alguna vez se haya escuchado.
El mayor le besa la mejilla en respuesta, bajando por su cuello mientras sus manos trabajan en abrir el botón de sus pantalones. La lengua de Manuel se hunde en el hueco de las clavículas de Lautaro.
El rubio se siente tonto, pegado a la puerta, dejando que Manuel lo ataque a besos mientras él se sostiene con las palmas abiertas contra la madera para que sus rodillas no le fallen.
No puede creer que esto esté sucediendo. Nunca lo esperó porque no pensó jamás que tuviera la más mínima posibilidad. Se permitió imaginarlo en sus noches más débiles, cuando más vulnerable lo dejaba una interacción con Manuel, después de un stream cargado de tensión o una noche de películas donde todas las señales contradictorias del morocho hacían que él se abrumara.
Ahora está pasando y una parte bastante pesimista de su mente cree que en cualquier momento va a despertar solo en su cama, acalorado y con la pija parada; la boca de Manuel dejando rastros húmedos en su piel siendo solo una invención de su mente enferma de anhelo.
Como si supiera de las dudas de Lautaro, Manuel clava los dientes justo al lado de su ombligo, haciendo que el dolor se expanda a través de los músculos del rubio, recordándole que no es un sueño. Es real, muy real.
Los pulgares del mayor se meten en la cintura de sus pantalones, bajandolos de una vez junto con su ropa interior. El aire de la habitación golpea la intimidad de Lautaro y él siente la urgencia de cubrirse. Amaga mover las manos para taparse pero Manuel, que lo conoce del derecho y del revés, le sujeta las muñecas antes que pueda hacerlo.
El morocho, arrodillado frente a él en la posición con la que Lautaro jamás se hubiera permitido soñar verlo, lo mira desde abajo con hambre, con los ojos negros, el verde casi ausente.
Antes que la mente de Lautaro termine de procesar la escena, Manuel se adelanta, hundiendo la nariz en el vello púbico del rubio, inhalando profundamente con los ojos cerrados.
—¡Manuel! —Lautaro se escandaliza, y su pija da un salto de pura traición, poniéndose aún más dura si eso es posible.
La sonrisa de Manuel es diabólica. Él envuelve la mano alrededor de la pija de Lautaro, subiendo y bajando con presión justa.
El rubio echa la cabeza para atrás, se muerde el labio inferior en un patético intento de acallar el gemido que de todos modos sale groseramente de su garganta.
—Todo de vos es perfecto —Manuel murmura, masturbándolo justo como le gusta, como si él supiera desde siempre cómo tocarlo, cómo hacer para que Lautaro pierda la cabeza—. Mirá la pija hermosa que tenés.
Lo siguiente que Lautaro registra en la neblina de su mente es la lengua de Manuel recorriendo la vena inferior de su pene, lamiendolo como si fuera una paleta de helado.
Lautaro saca aire entre los dientes, curva los dedos de los pies y hace un esfuerzo monumental por no correrse en la cara de Manuel. El pensamiento del morocho con la cara manchada de su leche hace que el volcán que siente en el vientre amenace con hacer erupción.
Los labios de Manuel envuelven la punta de su pija. El rubio lleva una mano a la cabeza del mayor, hundiendo los dedos en el pelo suave, sujetandolo, no para detener sino para tener un ancla y no acabar derretido el piso.
El calor envolviendolo hace que sus caderas se muevan por inercia en la boca de Manuel, que a su vez gime encantado, con los dedos apretando las caderas de Lautaro, acercándolo aún más.
—Manu —suplica—, Manu.
Manuel chupa más fuerte en respuesta, la cabeza subiendo y bajando con la torpeza de quien no ha hecho esto nunca. La saliva se le escurre de la boca y Lautaro se rinde, gimiendo abiertamente, sin poder ni querer seguir deteniendo los sonidos rotos que tiene para Manuel.
Cuando la sensación es demasiado intensa, ambas manos de Lautaro sujetan del pelo a Manuel, apartándolo de su entrepierna.
El morocho tiene los labios hinchados, rojos y húmedos. Las mejillas coloradas como si tuviera puesto rubor. Las pupilas dilatadas haciendo que tenga los ojos oscuros, brillantes en la penumbra de la habitación. Es una obra de arte. Lautaro quisiera poder tener el talento que se requiere para pintar sobre óleo y enmarcar la cara de Adonis que tiene frente a él.
Sus dedos bajan de su pelo a sus mejillas, acariciando suave, intentando decir con toques cariñosos todo lo que no sabe decir con palabras.
Manuel le da besos en el muslo, que rápidamente se convierten nuevamente en besos a su pija. Un beso a la punta que le deja los labios manchados con presemen. Un beso a los huevos, una lamida. Él vuelve a hundir la cara como si se tratara de un peluche y se friega la mejilla como un gato contra la pija de Lautaro.
—Por Dios, Manu —Lautaro gime—, vas a hacer que acabe así, pará.
Manuel lo mira desde abajo, con los ojos enormes desde ese ángulo.
—Por favor, bebé —pide, con la voz totalmente ronca, volviendo a lamer a Lautaro—, acabame en la boca ¿No querés? ¿No querés llenarme la boca con tu leche?
Lautaro puede jurar que escucha un pitido en el momento en que sus neuronas se desconectan completamente. Él aprieta los dientes, y sujeta con fuerza el pelo de Manuel impidiendole volver a tocarlo.
—Quiero que vos me llenes de tu leche —contesta, casi ahogado, como si hubiera sido él quien se acaba de atragantar con pija—. Quiero acabar contigo adentro.
Puede ver a Manuel tragar grueso, su nuez de Adán subiendo y bajando. El morocho no duda, se levanta rápidamente, tomando de las mejillas a Lautaro, besándolo con furia, sin recato alguno. Lo empuja hacia la cama hasta que las rodillas del menor chocan contra la cama.
Ambos caen sobre el colchón. Sus dientes chocan en medio del beso, pero a ninguno le importa lo suficiente como para separarse, ni siquiera para tomar aire.
Lautaro patea los pantalones que aún tiene por los tobillos, y le hace lugar a Manuel abriendo las piernas para el morocho. Sus caderas se frotan entre ellas, pero Manuel sigue demasiado vestido y Lautaro necesita sentirlo piel contra piel.
—¿Por qué seguís vestido? —reclama, separándose a la fuerza de la boca del chico.
Manuel apoya la frente en el hombro de Lautaro y se ríe. Todo su cuerpo se agita en risitas y a Lautaro le parecería adorable en cualquier otro momento, pero no precisamente ahora que tiene asuntos más urgentes que atender.
—¿De qué te reís, mogul? Te estoy pidiendo que te pongas en cuero, dale.
—¿Quién diría que ibas a salir tan trolita? —Manuel pregunta divertido.
Lautaro ni lo duda. Hunde sus dientes con fuerza en el hombro del mayor.
Manuel grita. Un sonido más visceral que el que suele fingir en stream, que muta velozmente a un gemido profundo. Las caderas del morocho se lanzan hacia adelante, y el roce de los vaqueros contra la piel desnuda hace que Lautaro lo suelte para sisear de placer.
—De verdad te gusta —Lautaro se da cuenta—, sos un enfermo.
El mayor no responde, no puede negar lo evidente. Lautaro tampoco quiere que lo haga. Le gusta que a Manuel le gusten sus mordidas.
Manuel se incorpora sobre sus codos, dándole un pico antes de levantarse completamente y llevar las manos al botón de sus jeans.
Lautaro lo mira de arriba a abajo, como no se concedió hacerlo nunca antes en persona. Las únicas veces que se comió con los ojos a Manuel fue a través de la pantalla en la intimidad de su habitación, y no vió todo lo que quería ver.
Las manos del morocho son lentas, no tanto para crear expectativa sino porque está totalmente distraído con la imagen de Lautaro desnudo para él y abierto de piernas en la cama. Lautaro puede sentir cómo su piel va enrojeciendo a medida que los ojos de Manuel lo devoran.
—¿Me vas a coger hoy? ¿O tengo que ir al baño a solucionarme solo?
Manuel resopla.
—Sos muy caprichoso, Moski.
—No me digas Moski —pide, con un puchero. No se siente bien, no en este contexto.
El mayor se ablanda automáticamente, Lautaro puede notarlo en cómo sus hombros caen.
—Perdón, bebé. Mi amor. Mi ángel. Hermoso.
Lautaro se tapa los ojos. Es ridiculo que la estupidez de Manuel le cause tantas sensaciones en el estómago que preocuparían a un médico.
El toque del otro en su tobillo hace que vuelva a centrar la mirada en él. Ya está sin ni una sola prenda de ropa aparte de los collares. Los ojos de Lautaro van desde su rostro, su cuello y su hombro con moretones hechos por él, su pecho que sube y baja tan agitado como él mismo se siente, y finalmente a su entrepierna que se alza imponente, con la punta rosada goteando presemen.
El aire se le queda atorado en la garganta.
—Dios —murmura—, por favor decime que trajiste lubricante.
Manuel sonríe, rodeandose la erección con una mano. Lautaro no puede desviar los ojos de sus movimientos, lentos y seguros, arriba y abajo, con la punta desapareciendo entre sus dedos, mojando el resto de su pija cuando la mano vuelve a bajar.
Lautaro siente la saliva acumularsele en la boca. Él sabía que Manuel era grande, nunca fue un secreto. Pero no pensó que sería así de grande. Se relame los labios, incorporándose sobre sus codos para ver mejor el espectáculo que es Manuel Merlo mientras se pajea.
Él quiere pedirle que se siente en su pecho, que lo ahogue con su pija hasta que no pueda respirar, hasta que no sea más que arcadas y lágrimas y los fluidos le chorreen de la boca, bajen por su cuello y empapen las sábanas.
Pero Manuel se sube de nuevo a la cama antes que Lautaro junte fuerzas para animarse a hacer el pedido. Se estira sobre el rubio haciendo que sus cuerpos se rocen. La espalda de Lautaro se arquea, buscando más contacto, sus manos van directo a su cintura.
El brazo de Manuel se estira lo suficiente para alcanzar el cajón de la mesita de luz que Lautaro ni siquiera había notado que estaba ahí. Saca una botella de lubricante y un condón.
Lautaro se muerde el interior de la mejilla obligándose a no hacer el comentario burlón que tiene en la punta de la lengua. Sabe, o se imagina, lo mucho que le tuvo que haber costado a Manuel armarse de valor para organizar el plan de traerlo hasta Mendoza, alquilar la casa, involucrar a Balza y Santiago hasta hacerlos hacer un acting para convencer a Lautaro, tener la charla y esperar que todo salga bien. Se angustia un poco al pensar en la ansiedad que Manuel debió haber sentido en todo el viaje en avión, en el auto y hasta que finalmente hablaron.
Si Manuel vino con la esperanza de solucionar su drama y de paso coger, y se preparó para eso, Lautaro no va a ser quien se burle de él.
El morocho deja un pico en sus labios antes de tomar una de las almohadas de la cama y ponerla bajo la cintura de Lautaro. Es un gesto tan simple pero lleno de consideración que hace que su corazón, que ya está trabajando horas extras hoy, aumente sus latidos a uno más por segundo.
Manuel se acomoda entre sus piernas abiertas, separandolas más. Se saca uno por uno los anillos dejandolos a un costado de la cama, y Lautaro sabe que jamás va a poder volver a mirarle las manos sin recordar este momento exacto.
La cantidad de lubricante que Manuel se vierte en las manos es algo exagerada, pero Lautaro lo agradece. Él se lleva una mano a la boca cuando siente los dedos del mayor rozando su entrada.
—Relajate mi amor —Manuel pide, doblándole una pierna, con una mano en su rodilla abriendolo completamente para él—. Si te duele decime y paramos.
Lautaro suspira y asiente.
Cuando el dedo de Manuel está dentro, él deja salir el aire de una sola vez. Al primer movimiento, inclina las caderas hacia su mano, impaciente.
—Manu, dale —suelta un quejido—, no me voy a romper.
Manuel no parece muy convencido. Se toma su tiempo, penetrandolo con solo un dedo, cada vez más profundo. El pene de Lautaro se contrae cuando él logra dar con su próstata.
La forma en que gime debería darle vergüenza. Pero solamente tiene espacio para el placer cuando Manuel mete un segundo dedo, estirándolo más de lo que esperaba.
La espalda se le arquea cuando el morocho vuelve a encontrar el punto correcto. Se lleva una mano a la boca, intentando callar los sonidos que no puede evitar soltar.
Manuel se estira, tomandolo de la muñeca. Lautaro hace fuerza para no permitir que le saque la mano de la boca.
—Te quiero escuchar, bebé —pide, acelerando sus dedos, sabiendo perfectamente lo que hace.
No por primera vez en la noche, Lautaro se rinde. Sus manos arrugan las sábanas y estira el cuello, gimiendo libremente. Se pierde la sonrisa de suficiencia de Manuel, orgulloso de ser el único que consiguió hacerlo gemir así.
Lautaro está hecho un desastre cuando Manuel agrega un tercer dedo. Su pija, que descansa dura como el acero sobre su estómago, gotea como nunca antes.
—Sos lo más hermoso que ví en mi vida —Manuel le dice, mirandolo embelesado—, no puedo creer que pueda tenerte así.
Él no responde, perdió la capacidad de pensar. Sus ojos se vuelven blancos cuando Manuel presiona repetidamente su próstata. Él estira una mano y presiona la muñeca del chico.
—Por favor —suplica—, por favor, por favor Manu.
—¿Qué mi amor? ¿Qué querés?
Cuando Lautaro abre los ojos sabe que los tiene brillantes y aguados, porque tiene la mirada borrosa a causa de las lágrimas no derramadas, producto del placer tan crudo que Manuel lo está haciendo sentir.
—Cogeme Manu —pide con la boca seca y la voz rota—, cogeme por favor. Te necesito.
Manuel apoya la frente en su rodilla, cerrando los ojos como si necesitara de toda su fuerza de voluntad para no correrse ahí mismo.
—Dios, Lautaro, no me podés decir esas cosas, bebé —murmura, dejando un beso en su piel.
Cuando él saca los dedos, Lautaro se queja del vacío que siente.
—Manu —se impacienta, tomandolo del brazo para estirarlo sobre él.
El morocho le sonríe antes de acomodarse sobre él y tomar el condón que sacó de la mesa de luz.
—No, no, quiero sentirte —Lautaro lo toma de la muñeca—, por favor.
—Me vas a matar —responde Manuel, besandole los labios con fuerza.
Lautaro gime en su boca, rodeandole la cintura con las piernas, levantando el culo para frotarse contra Manuel, darle a entender que la situación es de suma urgencia.
El mensaje llega alto y claro. Manuel mete una mano entre sus cuerpos, embadurnandose la pija de lubricante antes de apoyar la punta contra el agujero de Lautaro.
Ambos se sostienen la mirada cuando Manuel empuja. Lautaro hace todo lo posible para relajarse y dejarlo entrar, pero el morocho es grande, y la primera punzada de dolor lo hace apretar los dientes y hacer una mueca.
—Perdón —susurra Manuel contra su boca—, perdón bebé, perdón.
Pero el dolor no dura demasiado, rápidamente se vuelve soportable hasta convertirse en algo agradable. La quemazón le causa un cosquilleo familiar en el vientre y las manos de Lautaro vuelan hasta el culo de Manuel, presionandolo contra él.
Ambos gimen cuando él se entierra dentro, más profundo. Las paredes de Lautaro laten contra la pija de Manuel, o es la pija de él la que late dentro suyo. La sensación es suficiente para hacerlo acabar si él no se controla.
Él se toma un tiempo para respirar. Tiempo que parece ser el que Manuel más sufre. El sudor le perla la frente, tiene el ceño fruncido en concentración y los labios entreabiertos dejando escapar el aliento caliente contra la boca de Lautaro.
—Movete Manu —pide casi sin voz, empujando él mismo las caderas.
Manuel roza sus labios con los suyos en un beso casto. Le dobla más la rodilla que está en su cadera, hundiéndose aún más en él. La otra mano, con la que se sostiene, se entrelaza con la de Lautaro, quien le aprieta los dedos con tanta fuerza que es posible lastimarlo.
A la primera embestida, los ojos de Lautaro ya están en blanco. Es suave pero profunda, deslizándose tan limpiamente por la cantidad de lubricante que el dolor es casi inexistente. Él se siente lleno de una manera tan buena.
—Tan apretado, tan hermoso —Manuel dice cuando Lautaro estira el cuello—, yo sabía que ibas a ser así de perfecto.
Las palabras del morocho, mezcladas con la intensidad del placer, hacen que Lautaro sienta que todos sus huesos son reemplazados por un líquido caliente que bien puede ser lava volcánica.
—Mi amor, por favor —Manuel balbucea casi incoherente—, tan rico, tan bueno.
Lautaro quiere pedirle que se calle, porque cada cosa que sale de su boca hace que su orgasmo esté peligrosamente más cerca. Y él quiere que dure, quiere que Manuel lo coja tanto y tan fuerte que deje marcada su huella dentro de él.
Él lleva las manos a la espalda de Manuel, clavando las uñas cuando el morocho va más rápido, cogiendoselo en serio.
—Más, más —pide Lautaro en un acto de valentía—, más fuerte Manu.
Manuel tiene un objetivo y es complacer a Lautaro. Las embestidas se vuelven intensas, duras, más profundas que antes. Lautaro gime desesperado cuando Manuel presiona su próstata una y otra vez.
Todo su cuerpo vibra, su piel está caliente, y siente el placer extenderse hasta sus piernas enredadas alrededor de Manuel. Él busca la boca del morocho, necesitando sentirse lleno por todos lados. Sus lenguas se enredan y ambos se tragan el gemido del otro.
El beso ya no tiene coordinación. Las caderas de Manuel se vuelven erráticas.
—Mi amor, hecho para mí —Manuel le habla al oído—, me calentás tanto. Me gustás tanto.
—Manu, amor, dios —Lautaro dice incoherente cuando la corriente eléctrica le recorre cada terminación nerviosa.
—Te amo, bebé, te amo tanto.
Todo es demasiado. Desde las palabras de Manuel, hasta él dentro suyo, el roce de su piel contra la pija de Lautaro, sus manos entrelazadas, la boca del morocho sobre la de él, la cabecera de la cama chocando contra la pared, el olor a sexo y perfume que inunda la habitación, la casa perfecta en Mendoza, la valentía de Manuel de confesarse, la entrega total de sus cuerpos. Y el amor, tanto amor, tanta pasión, tanto placer.
Lautaro explota.
El mundo arde en cientos de colores. La espalda se le separa totalmente del colchón y está seguro de que su gemido debe escucharse a cientos de kilómetros a la redonda.
El semen le calienta el estómago y se frota entre él y Manuel, manchandolos a ambos.
—Lautaro.
La única palabra pronunciada por Manuel con la cara enterrada en el cuello de Lautaro antes que este sienta cómo lo llena, chorros calientes en su interior que solamente prolongan más su propio orgasmo.
Ambos jadean sin fuerzas. Manuel deja caer su peso sobre Lautaro suavemente. Todo lo que el rubio puede hacer es mover lentamente el pulgar en la columna sudorosa del mayor.
Pasan minutos, o pueden ser horas para Lautaro, realmente pierde el sentido del tiempo en un momento, hasta que Manuel suspira, separándose de él.
El rubio abre los ojos que había cerrado entregándose un poco al sueño, con el cuerpo completamente acabado.
—No —murmura cuando Manuel sale de él, dejándolo vacío y extraño.
—¿No? —Manuel pregunta, sonando divertido.
Le acomoda el pelo húmedo sobre la frente y le besa la nariz, haciendo que Lautaro arrugue el gesto, gruñéndole como perro.
—¿Ni ahora me dejás tocarte? —Manuel se ríe.
Lautaro sigue gruñendo, presionando una de sus piernas sin fuerzas alrededor de la cintura de Manuel, impidiendo que se levante.
—Tengo que ir a buscar algo para limpiarnos, amor.
Lautaro no deja de gruñir.
—Terrible caprichoso, no puede ser —Manuel murmura, acomodándose mejor y abrazándolo—. Vamos a ser un asco después. La leche toda pegoteada.
Lautaro no contesta. Se limita a pegarse lo más posible a Manuel, cierra los ojos y le acaricia el cuello con la punta de la nariz. El aroma del morocho sigue ahí, pero ahora está mezclado con algo más, sexo y Lautaro. A él le encanta.
—¿Me estás olfateando, Lautaro?
—Callate, mogulacho.
Todavía queda tanto por decir, todavía se deben charlas y aclarar un par de cosas. Lautaro no cree que esto vaya a ser miel sobre hojuelas de la noche a la mañana. Pero él aguantó más de un año y un viaje al fin del mundo, él puede con esto. Ellos lo van a sacar adelante.
El sueño llega solo, y cuando Lautaro vuelve a abrir los ojos aún sigue abrazado a Manuel, pero ahora se siente sospechosamente limpio, con una sábana cubriendolo y el aire acondicionado encendido dejando la habitación con una temperatura agradable.
El celular de Manuel está en la mesa de luz, y su dueño duerme profundamente, con la boca entreabierta, luciendo como una estatua griega con facciones perfectas y envidiables.
Lautaro se mueve solo lo estrictamente necesario para tomar el celular sin despertar a Manuel. Lo desbloquea fácil porque sabe el código, obviamente. Abre la cámara y los enfoca.
Manuel duerme con el brazo extendido bajo la cabeza de Lautaro, que se acomoda mejor contra su pecho. La marca en el cuello del morocho está completamente exhibida, y la mordida en su hombro es visible. Ambos están sin remera, con el pelo hecho un desastre y la mayor cara de sexo que pueden tener.
Él saca la foto.
Abre el chat del grupo de WhatsApp que tienen con Manu, Santiago, Balza y él. Lautaro envía la foto sin ningún texto.
Automáticamente, ni siquiera treinta segundos después, recibe una serie de keymash de Balza y Santiago. Él sonríe, sin ninguna intención de responder.
Bloquea el celular justo después de recibir un mensaje de audio de Balza que no tiene ganas de escuchar, y una notificación de un nuevo tuit de Bauleti que no dice más que “abrazadme joder”.
Lautaro se pega más a Manuel y se acomoda para seguir durmiendo. La esperanza en su corazón deja salir una hojita verde, y en vez de arrancarla como es costumbre, él la riega.
