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un espacio que si fue diseñado para mí

Summary:

Duncan no encaja en el mundo de Aerion. Es demasiado grande, demasiado torpe, demasiado ruidoso para alguien que mide cada gesto al milímetro. Pero entre camisas que no le quedan, playeras que dan miedo usar y conciertos a los que nadie quiere ir, descubre que hay un espacio donde sí encaja. Y Aerion descubre que algunas cosas no tienen que funcionar. Solo tienen que gustarle.

Notes:

solo un universo alternativo de esta pareja y nada más, disfruté mucho escribiendo esto y releyéndolo. algún día tenía que publicar una de las tantas ideas que pasan por mi mente, disfruten.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

No sé cómo terminó aquí.

Bueno, sí sé, pero cada vez que lo pienso siento que me salté como veinte pasos importantes en el proceso. Como si hubiera tomado decisiones correctas, pero en el orden equivocado.

Estoy frente al espejo del departamento de Aerion, sosteniendo una camisa negra que claramente no es mía, mientras intento meter el brazo en la manga sin tirar la lámpara que está peligrosamente cerca.

Spoiler: tiro la lámpara.

No fuerte, pero lo suficiente para que el sonido rompa el silencio ordenado del lugar.

—Por Dios, Duncan —dice Aerion desde el otro lado de la habitación, sin siquiera voltear—. Si rompes algo más, te voy a empezar a cobrar renta emocional.

Hay algo en su tono que no es enojo del todo. Es más bien costumbre. Y, si lo conozco bien, un fondo de diversión que nunca admitira.

—No la rompí —respondo, agachándome torpemente para acomodarla—. Solo… la moví agresivamente.

La dejo donde creo que estaba, aunque no estoy completamente seguro.

—Eso se llama golpear —dice, rodando los ojos como si fuera lo más obvio del mundo.

—No la golpeé, la empujé con intención.

—Eso es peor.

Suelta la frase con ese filo que usa con todos, pero hay una curva en sus labios que delata que está disfrutando verme forcejear.

Levanto la lámpara con más cuidado del que usé antes y me vuelvo al espejo, tratando de ignorar la sensación de estar fuera de lugar.

El reflejo no ayuda demasiado: dos metros de persona intentando existir en un espacio que claramente no fue diseñado para mí. Todo aquí tiene proporción, equilibrio. Yo no.

Y luego está Aerion. Siempre está Aerion. Incluso cuando no lo miro, sé exactamente dónde está.

Más bajo que yo… por bastante. Delgado, elegante, como si todo en él estuviera medido al milímetro. Donde yo soy volumen, él es línea. Donde yo soy ruido, él es filo.

El cabello blanco —herencia innegable de la familia Targaryen— cae casi demasiado perfecto para alguien como él. Y sus ojos violetas, feroces, no observan: evalúan.

Nada en él es frágil. Y, sin embargo, de algún modo, compartimos el mismo espacio —lo cual sigue sin tener mucho sentido.

—Ven aquí —dice finalmente.

Hay algo en su voz que no deja espacio para pensarlo demasiado. No es un pedido. Es una orden envuelta en algo que él nunca llamaría ternura, pero yo sí.

Obedezco.

No es sumisión. Es… otra cosa. Algo más cercano a confianza.

Se acerca, me quita la camisa de las manos y empieza a acomodármela como si yo fuera un proyecto mal ejecutado. Sus movimientos son precisos, seguros. Sin duda en nada. Aerion nunca duda.

— ¿Es tan difícil ponerse una camisa? —murmura, y aunque las palabras son un reproche, su tono tiene un dejo de posesión que lo delata.

Está cerca.

Lo suficiente como para que lo note todo: el roce leve de sus dedos al estirar la tela, la cercanía de su cuerpo, y ese olor limpio que no invade, pero se queda. Como él. Siempre presente, incluso cuando parece estar en otro lado.

No digo nada. Sé que aquí importa decir lo correcto… o no decir nada.

—Te estás poniendo esto mal —dice, concentrado.

—Es una camisa, Aerion.

—Exacto, y aún así encontraste la manera de hacerlo mal

Podría responder con algo más, pero mido la broma antes de soltarla.

—Creo que eso dice más de mi que de la camisa —digo al final, más suave.

—Dice todo de ti.

Me mira de reojo, y hay algo en sus ojos que no es crítica. Es… posesión. Como si le gustara que yo sea así, aunque nunca lo dirá en voz alta

No puedo evitar sonreír un poco. No porque tenga razón, sino porque suena cómodo así.

—Te amo también —le digo sin pensarlo.

Pausa. No es larga, pero cambia algo.

Siento cómo sus manos se detuvieron apenas un segundo… y luego veo la esquina de sus labios curvarse. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero está ahí. Como si hubiera estado esperando escucharlo.

—Ya lo sé —dice, y su voz tiene ese tono arrogante que tanto le gusta usar, el mismo con el que le habla al mundo entero. Pero sus dedos siguen abotonando con una suavidad que desmiente sus palabras.

No digo nada más. No lo empujo.

Aerion no necesita decir más. Su forma de quedarse un segundo de más en cada botón, de rozar mi pecho con los nudillos como si estuviera marcando lo que es suyo, de apretar el último con un cuidado que rosa la obsesión, ya lo dice todo.

—No la arrugues otra vez —dice al final.

Pero sus dedos se quedan un momento más sobre mi pecho antes de apartarse.

Y, por alguna razón, eso me tranquiliza.

Aerion, en cambio, no se queda quieto. Sigue buscando en su armario qué playera quiere ponerse, sacando una y otra, revisándolas, dejándolas caer en la cama o colgándolas de nuevo con ese gestito suyo que ya conozco bien. Hasta que al fin encuentra una y entonces se queda quieto.

No es una pausa cualquiera.

Lo noto en cómo se tensan un poco sus hombros. En como la mira sin tocarla todavía. Aerion nunca duda así. Aerion decide, ordena, se mueve con la certeza de quien siempre ha tenido el control. Pero ahora está ahí, inmóvil, como si el armario escondiera algo que no sabe cómo enfrentar. 

—¿Todo bien? —pregunto, con cuidado.

—Nada.

Lo conozco. Sé que "nada" en su boca casi siempre significa "algo que no voy a admitir". Pero también sé que empujarlo solo hace que cierre las puertas más fuertes.

Lo dejo pasar un segundo.

—Está bien —digo al final—. Pero no sonó como nada.

No insiste en negarlo. Eso ya es una concesión enorme.

Silencio.

Luego, con un gesto rápido —como si temiera que el momento se escapara—, saca algo del clóset.

Una playera.

Negra.

Corta.

Muy corta.

No es su estilo. Aerion usa líneas impecables, telas que caen con precisión, ropa que parece diseñada para él porque probablemente lo está. Esto es diferente. Esto es algo que vi una vez en una tienda y pasé de largo porque no me imaginé a nadie usándolo. Pero él la compró. Y la sostiene ahora como si no terminara de decidir si es suya o no.

—Aerion… —empiezo, con cuidado—. ¿Quieres usarla?

—No lo sé.

Tres palabras. De su boca. Aerion, que siempre lo sabe todo, que nunca admite la incertidumbre. Me dice "no lo sé" y me mira como si esperara que yo maneje esto por él.

Asiento ligeramente.

—Está bien no saber.

La mira un momento más.

—La vi.

—¿En alguien?

-Si.

No dice en quién. No hace falta. Imagino a Aerion en algún lugar, viendo a alguien con esta, y algo en su cabeza diciéndole eso. Algo que no pudo ignorar.

—¿Y te gustó?

Duda.

—Funcionaba.

Para Aerion, "funcionar" es un concepto casi obsesivo. Todo en su vida está diseñado para funcionar: su imagen, su familia, su forma de moverse por el mundo. La idea de que algo pueda gustarle sin tener que justificarlo con eficiencia es casi ajena.

—No tiene que funcionar igual —digo—. Solo tiene que gustarte a ti.

No responde, pero tampoco la guarda. La sostiene entre los dedos como si pesara más de lo que realmente pesa.

Me apoyo contra la pared, evitando cualquier movimiento brusco. Sé que esto es delicado. Aerion no se abre así con nadie. Tal vez ni siquiera consigo mismo.

—Si quieres probártela… hazlo —añado—. Y si no, también está bien.

Levanta la mirada hacia mí.

Su cabello cae apenas sobre su frente, suave, desordenado de una forma que no parece accidental. Sus ojos, se quedan en mí más tiempo del habitual. No es su mirada de evaluación. Es otra. Es la que guarda para cuando no sabe qué hacer con lo que siente.

—Confía en mí —digo, más bajo. No lo digo como orden.

Aerion recibe órdenes todo el tiempo. Las da también. Pero esto no es eso. Esto es... yo te tengo. Esto es no tienes que hacer esto solo.

Eso lo detiene.

—Si me la pruebo—

—No tienes que demostrar nada —lo interrumpo, tranquilo—. Solo… pruébala si quieres.

Lo miro a los ojos. Quiero que entienda que no hay condición. Que puede ponerla de vuelta en el armario y yo no voy a pensar menos de él. Que puedo usarla y yo no voy a pensar diferente tampoco. 

Silencio. Luego, lentamente, se quita la camisa.

Ya lo he visto así antes, pero esto se siente distinto. No es solo cercanía. Es vulnerabilidad. Es Aerion quitándose una capa que ni siquiera sabía que llevaba puesta.

Se pone la playera. Le queda perfecto. Corta, sí, pero limpia. Marca su figura, su postura, esa forma suya de ocupar el espacio sin pedir permiso. Pero también hay algo nuevo. Algo que no sabía que necesitaba ver. Aerion en algo que eligió por sí mismo, no por lo que se espera de él.

No digo nada de inmediato.

No porque no tenga qué decir.

Porque quiero decirlo bien. Porque con Aerion, las palabras tienen peso. Una broma en el momento equivocado y esto se cierra para siempre.

—Di algo —dice, sin mirarme.

Me tomo un segundo.

—Te queda increíble —digo—. De verdad.

Levante apenas la vista. Hay algo en sus ojos. Inseguridad. Aerion Targaryen, heredero de sangre y fuego, inseguro por una playera.

—No lo sé.

Doy un paso más cerca, sin invadir. Conozco sus límites. Sé hasta dónde puedo acercarme antes de que su instinto le diga que se protege.

—Sí lo sabes —respondo, más suave—. Solo no estás acostumbrado.

Se queda quieto.

—Te ves… cómodo —añado—. Eso es suficiente.

No digo te ves bien porque eso no es lo que necesitas escuchar. Aerion sabe que se ve bien. Eso nunca ha estado en duda. Lo que no sabe es si puede permitirse sentirse bien en algo que no fue diseñado para impresionar.

Lo piensa.

—Cállate —murmura. Pero no es una cállate de verdad. Es un no sé cómo recibir esto. Es su forma de decir sigue ahí, aunque finja que no me importa.

—Solo si me lo pides en serio.

—Eres insoportable.

—Pero me dejas quedarme —le digo.

No responde y tampoco se aleja.

—Y además, te gusto. 

No sé en qué momento déjo de pensar y solo actúo. Tal vez es la forma en la que me está mirando, o el silencio que se queda entre nosotros, o el hecho de que, por una vez, Aerion no parece estar cubierto por nada. No hay armadura. No hay personaje. Solo él, con una playera que le da miedo querer, esperando a ver qué hago.

Me inclino antes de poder arrepentirme, torpe como siempre, y lo beso.

No es elegante, no es calculado… es directo, firme, como todo lo que hago. Como todo lo que soy. Un segundo en el que no intento hacerlo perfecto. Solo hacerlo. Porque con él, a veces, lo único que sé hacer es esto: estar.

Por un instante creo que lo va a arruinar con algún comentario. Un qué haces o no es el momento o cualquier cosa que uses para poner distancia. Pero no. Sus dedos se cierran en mi camisa y me sostiene ahí, sin apartarse, respondiendo. Sin duda. No hay sorpresa. Como si también hubiera estado esperando ese momento… sin querer admitirlo. Y cuando finalmente se aparta, no dice nada. Solo baja la mirada un segundo —Aerion Targaryen bajando la mirada— y luego la levanta con algo que no es arrogancia.

Es otra cosa.

Algo que solo yo sé leer.

—¿Qué? —pregunto, con una sonrisa tonta que no puedo evitar.

—Nada —dice.

Pero esta vez, "nada" significa no lo arruines.

Y yo, por una vez, soy lo suficientemente inteligente para quedarme callado.

______________

 

La primera vez que lo vi, pensé que era un imbécil.

Sigo pensando lo mismo, pero ahora con cariño. 

Fue en la universidad. Mi primer semestre. Becado, con la mochila más vieja que yo y la certeza de que no pertenecia ahí. Todos lo sabían. Ellos lo sabían. Y Aerion... Aerion era el centro de todo.

Lo vi por primera vez apoyado contra la cerca del campo de rugby, con esa facilidad irritante de alguien que nunca ha tenido que esforzarse para ser visto. No estaba haciendo nada en particular… y aun así, todos lo estaban mirando. Rodeado de gente que reía demasiado fuerte para algo que él probablemente no había dicho con tanta gracia. No porque fuera gracioso. Porque era él.

Tenía esa actitud… esa que no necesita imponerse porque ya está ahí. Como si el mundo funcionara un poco mejor cuando él estaba en él. Y claro, tenía razón. Eso era lo peor.

Pero no lo conocía. No sabía quién era. Y honestamente, no me importaba.

Después del entrenamiento, estaba caminando hacia los vestidores. Cansado. Sudado. Con el hombro derecho aún ardiendo por una caída que no debería haber tenido. Solo quería ducharme y desaparecer en mi habitación hasta el día siguiente.

Eso fue antes de escuchar la voz.

—¿Siempre juegas así o fue un accidente?

No era una pregunta. Era una evaluación. Algo que se dice desde arriba.

Me giré. No rápido. Sin molestias. Solo lo suficiente para verlo.

Aerion estaba ahí, con las manos en los bolsillos de su chaqueta impecable, el cabello recogido hacia atrás, y una expresión que no era curiosidad. Era desdén. Como si yo fuera una mancha en su campo visual.

A su lado, dos chicos que reconoci de la clase de Economía. Reían. Claro.

—¿Así cómo? —pregunté, con la voz plana.

—Como si fueras grande pero no particularmente inteligente.

La gente río. Él no. Él solo me miró, esperando. Esperando que hiciera lo que todos hacían: que baje la mirada, que me encoja, que pida disculpas solo por existir en su espacio.

No lo hice.

—¿Y tú siempre hablas así o hoy estás esforzándote más?

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue peligroso. Alguien detrás de él dejó de reír. El otro se movió, apenas, como si estuviera esperando una señal.

Aerion ladeó la cabeza. Interesado y ofendido.

—¿Sabes quién soy? —preguntó, con una lentitud que pretendía ser paciente.

—No —respondí—. Y me da igual.

Eso sí lo sorprendió. Lo vi en el parpadeo que se tomó. En cómo sus dedos se cerraron apenas dentro del bolsillo. Aerion Targaryen no estaba acostumbrado a que le dijeran me da igual.

Pero yo no sabía quién era. Y aunque lo hubiera sabido, no me habría importado.

—Mira —dije, ajustándome la mochila en el hombro—. No sé qué te crees, pero no tengo tiempo para esto.

—Soy Aerion Targaryen —repitió, como si yo no hubiera escuchado la primera vez.

—Bien por ti.

Y me fui. No corrí. No camine rápido. Solo me di la vuelta y seguí hacia los vestidores, con el corazón latiendo más fuerte de lo que quería admitir, pero sin mirar atrás. Después supe que no se quedó ahí. Que no fue un comentario al aire. Alguien me contó que se quedó mirando cómo me iba. Más tiempo del necesario. No con enojo. Con algo peor. Curiosidad.

Y Aerion no hace nada sin razón.

______________

 

El concierto está lleno.

Demasiada gente. Demasiado ruido. Demasiadas cosas moviéndose al mismo tiempo en un espacio que ya de por sí se siente más pequeño de lo que debería.

Respiro hondo. Es solo un concierto. He estado en lugares peores. Pero hay algo en la forma en que la multitud se mueve, en cómo los cuerpos se empujan sin pedir permiso, que me hace sentir cada centímetro de mis dos metros.

Aerion camina hacia adelante. Siempre adelante.

No tiene que empujar. No tiene que pedir disculpas ni abrirse paso con los hombros. La gente simplemente se aparta. No porque sea alto, sino porque hay algo en él que hace que moverte sea más fácil que estorbarlo. Como si el mundo se acomodara a su paso por instinto de conservación.

Yo voy detrás, haciendo el esfuerzo contrario: contrayendo los hombros, midiendo cada movimiento, tratando de no aplastar a nadie con los codos o con la mochila que ya me arrepiento de haber traído.

—No te pierdas —dice Aerion sin voltear. Su voz corta el ruido como si nada más importara.

—Soy difícil de perder —respondo, esquivando a una chica que pasa justo cuando giro.

—Eso no es un logro.

Llegamos a nuestro lugar. Lo elegio él, por supuesto. No es el centro, no es la primera fila. Es un punto estratégico desde donde se ve todo pero nadie le respira en la nuca. Aerion siempre encuentra ese lugar, en cualquier sitio.

Cruza los brazos. Observa todo. Juzga todo.

Su cabello cae impecable a pesar del viaje, a pesar del calor, a pesar de todo. No sé cómo hace. Yo ya siento que mi camisa empieza a pegarse en la espalda.

—Hay demasiada gente —dice, con ese tono que usa cuando está a punto de convencerse de que algo fue mala idea.

—Es un concierto —respondo, apoyándome contra la baranda que nos separa del resto.

—No tiene que gustarme.

—Pero viniste.

Silencio. Aerion aprieta los labios. Lo conozco. Está buscando una respuesta que no lo comprometa.

—Porque tú querías —dice al final, como si eso lo explicara todo.

—Mentira.

Me mira de reojo. Ese gesto. El de ¿te estás atreviendo?

—Duncan —advierte.

—No te gusta la banda —sigo—. Tampoco te gusta el lugar. Y odias la gente. Pero hace tres días me preguntaste si ya había comprado los boletos. Sin que yo te dijera nada. Tú preguntaste.

No responde. Pero no me corrige. Eso ya es una respuesta.

—Entonces no viniste porque yo quería —digo—. Viniste porque querías venir.

No dice nada. Luego, apenas, un movimiento en sus labios. No es una sonrisa completa. Es la sombra de una.

—Tal vez un poco —admite, con la voz más baja, como si fuera un secreto.

Sonrío. No puedo evitarlo.

—Te ves bien —digo.

Aerion me mira de reojo.

—Duncan —dice.

—¿Qué?

—Compórtate.

—¿Estoy haciendo algo? —pregunto con inocencia.

—Estás siendo tú.

—Eso no lo puedo evitar.

—Inténtalo.

Me quedo quieto a su lado. No demasiado cerca. Lo suficiente para que sepa que estoy ahí. 

La multitud sigue moviéndose a nuestro alrededor, pero en este pequeño espacio que Aerion eligió, hay algo que se siente como un respiro. Como si, por pura insistencia suya, el caos se mantuviera a raya.

No digo nada más. Él tampoco. Y me quedo ahí, alto y torpe, ocupando el espacio que él necesita que ocupe, sirviendo de barrera sin que tenga que pedirmelo, mientras afuera la gente se empuja y la expectativa crece, tensa, a punto de romper.

Entonces—

La música empieza. No es mi género favorito, pero eso no importa. Aerion está a mi lado, con los brazos cruzados, la mirada fija en el escenario, como si estuviera evaluando cada nota, como si el mundo entero tuviera algo que demostrarle. Como si estar aquí fuera, de alguna forma, una concesión.

Me quedo quieto. Disfruto el momento. Él no dice nada, pero sé que está bien porque no se ha movido de su lugar.

Hasta que alguien lo embiste. No es una roce. No es un empujón casual. Es un hombro que se planta contra el de Aerion con la suficiente fuerza para que cualquiera pierda el equilibrio. Aerion no cae, pero sus brazos se descruzan y sus pies se plantan con una firmeza que conozco bien.

El tipo ni siquiera se detiene. Sigue abriendo paso como si nada, riendo con sus amigos, una cerveza en la mano.

—¿No vas a disculparte? —dice Aerion.

La voz no es alta. No necesita serlo. Corta el ruido del concierto como un cuchillo. El tipo se gira. Es más alto que Aerion, ancho de hombros, con esa confianza que dan unas copas de más y la costumbre de no recibir un no por respuesta.

— ¿Qué dijiste?

—Que te disculpes —repite Aerion.

No hay duda en su voz. No hay espacio para negociar. El tipo lo mira de arriba abajo. Lo evalúo. Y sonríe.

—¿Disculparme por qué?

—Por empujarme.

—¿Te empujé? —El tipo se ríe, mirando a sus amigos como si fuera un chiste—. No te vi. Quizás si fueras más grande…

No termina la frase. Porque Aerion da un paso al frente. No es un paso cualquiera. Es el paso de alguien que ha dejado de medir y ha empezado a actuar.

—Termina esa frase —dice Aerion. Su voz es baja. Tranquila. Pero sus ojos violetas tienen algo que hace que los amigos del tipo dejen de reír.

El tipo ya no sonríe. Ahora hay algo más en su cara. Incomodidad. Porque Aerion no tiene miedo. Y eso, en alguien que le saca veinte centímetros, es desconcertante.

—Mira, chico—

—No me digas "chico".

La tensión se dispara. El tipo aprieta la mandíbula. Sus manos se cierran. Sé lo que viene antes de que ocurra. El tipo levanta un brazo para empujar a Aerion. Para poner distancia. Para recuperar el control. No llega a hacerlo. Porque yo ya estoy ahí. No sé cuándo me moví. No lo pensé. Un paso, mi cuerpo entre ellos, mi mano cerrando sobre la muñeca del tipo antes de que toque a Aerion.

—No —digo.

Solo eso. Una palabra. Pero mi voz no es la de siempre. Es más baja. Más firme.

El tipo me mira. Ahora sí duda. Mide mis hombros, mi altura, la mano que sigue sosteniendo su muñeca sin apretar del todo.

—Suéltame —dice, pero no es una orden. Es un intento.

—Con gusto —respondo—. Cuando te alejes.

No lo suelto. No hasta que da un paso atrás. Entonces abro los dedos y bajo la mano. Me giro hacia Aerion. Sus ojos no están en el tipo. Están en mí. Y no es enojo lo que veo en ellos.

—No necesito que me protejas, Duncan —dice, con ese filo que conozco bien.

—Lo sé —respondo.

Y es verdad. Aerion podía lastimar a ese tipo si quisiera. Conozco su furia. La he visto. Pero también sé que no necesita hacerlo. No hoy. No por esto.

—Ese tipo no merece que te ensucies las manos —digo, más bajo—. Yo solo me paré ahí.

Aerion me sostiene la mirada. Evaluándome. Midiendo si esto es un acto o solo soy yo. No digo nada más. Solo me quedo ahí. Luego, sus hombros bajan apenas un milímetro. No dice nada. No me da la razón. Pero cuando se vuelve hacia el escenario, su voz llega fría, cortante:

—No te alejes.

—No voy a hacerlo.

Me quedo a su lado. Alto. Torpe. Ocupando el espacio que él necesita que ocupe. A mi espalda, el tipo se ha ido. La música sigue sonando. Aerion no dice nada más. Pero no se mueve de mi lado.

La multitud vuelve a moverse a nuestro alrededor, pero en este pequeño espacio que Aerion eligió, nada cambia. Él mira el escenario como si nada hubiera pasado. Pero lo conozco. La tensión en sus hombros no ha desaparecido del todo. Sus dedos están quietos, pero hay algo en su postura que sigue alerta. No digo nada. Solo me quedo a su lado.

Pasan cinco canciones. Tal vez seis. El ritmo es rápido, la gente salta, grita. Aerion no se mueve. No es su estilo dejarse llevar así. Él observa. Juzga. Decida qué merece su atención.

Entonces cambia la música.

No es más lento, no exactamente. Pero algo en la melodía se vuelve más densa, más cálida. Hay un bajo que empieza a marcar un ritmo distinto, algo que se siente en el pecho antes de que llegue a los oídos.

Aerion no se mueve. Pero sus brazos se descruzan.

Lo noto porque siempre lo noto. Cada pequeño gesto. Cada respiración. Es algo que aprendí a leer sin saber cuándo empezó.

La canción se desarrolla. Tiene algo. Algo que hace que la gente a nuestro alrededor se mueva distinto. Más cerca. Más lento. Más…

—¿Qué? —pregunta Aerion, sintiendo mi mirada.

—Nada —digo.

—Estás mirando.

—Siempre te miro.

No responde. Pero no me dice que pare. La música sigue. Hay algo en esa letra que no termina de descifrar, algo sobre querer que algo te lastime porque te hace sentir bien. No es mi forma de entender las cosas. Pero cuando miro a Aerion, cuando veo la forma en que sus dedos juegan con el borde de su pantalón, cuando veo esa tensión que no es molestia, es otra cosa…

Quizás lo entiendo un poco más.

—Ven —digo.

—¿Qué?

No espero que responda. Doy un paso hacia él. Mis manos encuentran su cintura antes de que pueda protestar.

—Duncan —advierte.

—Solo estamos viendo el concierto —digo, con la voz más baja.

—Esto no es ver un concierto.

—Es mi forma de verlo.

No se aparta. Sus manos quedan a los costados, sin saber bien qué hacer. Aerion no es de estos gestos. No es de dejarse sostener en publico. Pero esta noche, después de la playera, después de la pelea, Después de todo…

No se aparta.

Me acerco un poco más. 

Sus dedos se cierran en mi camisa. Me sostiene.

—Eres insoportable —murmura.

—Lo se.

—No te hagas el lindo.

—Nunca lo logro.

Bajo la cabeza. Mi frente rosa la suya. No es un beso. Es algo más. Es el espacio que él necesita para sentirse seguro sin tener que pedirlo.

La música sigue. El bajo vibra en el suelo, en el aire, en mis manos sobre su cintura. Aerion cierra los ojos. Solo un segundo. Pero yo lo veo. Y en ese segundo, sé que está bien. Que esto, aunque nunca lo admita, es lo que quería. Estar aquí. Conmigo. En un lugar que eligió, escuchando una canción que tal vez ni siquiera le gusta del todo, pero que tiene algo que lo hace quedarse.

—¿Estás bien? —pregunto, con la voz tan baja que solo él la escucha.

—Sí —dice.

No agrega nada más y no hace falta.

Me quedo ahí, con mis manos en su cintura, su agarre en mi camisa, la multitud moviéndose a nuestro alrededor como si no existiéramos.

Y por un rato, nada más importa.

La canción termina. Otra empieza. Más rápida. Más ruidosa.

Aerion abre los ojos. Sus dedos se sueltan de mi camisa.

—Suficiente —dice, pero no es filo. Es solo él recordando que existe un mundo afuera de esto.

—Claro —respondó, soltándolo.

No me alejo del todo. Me quedo a su lado, con los hombros relajados, viendo el escenario como si nada hubiera pasado. Pero sé que pasó. Y por cómo Aerion mira de reojo sin decir nada, sé que él también.

Para cuando termino el concierto, está más tranquilo.

No sé si es el cansancio o la música o el hecho de que salimos de ahí sin que él tuviera que lastimar a nadie. Pero sus hombros están menos tensos. Sus dedos no juegan con el borde de su pantalón. Solo camina a mi lado, en silencio, dejando que el ruido de la calle reemplace el del concierto.

—No estuvo horrible —dice, con ese tono que usa cuando está a punto de admitir algo pero quiere mantener distancia.

—Eso es básicamente amor —respondo, sin poder evitar la sonrisa.

—No exageres.

Pero no me corrige con filo. Es solo costumbre.

Caminamos. Las luces de la ciudad nos rodean. La gente pasa, indiferente. Y yo, por una vez, no me siento fuera de lugar. Quizás porque él está aquí. Quizás porque, en este momento, el mundo no me exige encajar. Mi mano rosa la suya. No se aleja. Pero sus dedos se abren apenas. Una invitación que nunca haría en voz alta. Tomo su mano. Y caminamos así, en silencio, mientras las cuadras pasan y el frío de la noche se siente menos frío con él a mi lado.

___________________

 

De vuelta en el departamento, se deja caer en el sofá.

No con elegancia. No con esa precisión suya de siempre. Solo se desploma, con los brazos abiertos a los costados y la cabeza echada hacia atrás, como si el peso de la noche finalmente lo hubiera alcanzado.

—Estoy cansado —dice, y en su voz no hay queja. Hay algo más cercano a la rendición.

—Socializar es difícil —digo, dejando las llaves en la entrada.

—Fue tu culpa.

—Siempre.

No lo discuto. No vale la pena. Además, tiene razón en parte. Yo fui quien compró los boletos. Yo fui quien dijo "vamos a ir". 

El departamento está en penumbras. Solo la luz de la ventana ilumina sus facciones, el cabello desordenado por primera vez en toda la noche, los ojos entrecerrados.

—Duncan —dice, y mi nombre en sus labios suena diferente cuando no hay nadie más escuchando.

—¿Si?

—Gracias.

La palabra le cuesta. Lo sé porque tarda en soltarla. Porque sus dedos se cierran sobre el borde del sofá antes de decirla.

—¿Por? —pregunto, aunque creo que sé la respuesta. Pero necesito escucharla. Necesito que él la diga.

—Por no dejar que empeorara.

Se refiere al concierto. Al tipo. A lo que pudo haber pasado si yo no me hubiera interpuesto. Pero también se refiere a todo lo demás. A todas las veces que me puse en medio sin que él lo pidiera. A todas las veces que lo sostuve sin que él supiera que necesitaba ser sostenido.

—Siempre lo hago —digo, y no es un orgullo. Es un hecho.

Pausa.

—Y por quedarte —añade, con la voz más baja.

Sonrío. No puedo evitarlo. Esa sonrisa tonta que él dice que me hace ver más grande y más idiota al mismo tiempo. Pero no me importa.

—Siempre me quedo —respondo.

Y es verdad. Me quedo cuando se pone insoportable. Me quedo cuando no dice lo que siente. Me quedo cuando el mundo espera que me rinda. Me quedo porque no hay otro lugar donde quiera estar.

Me mira. Sin sarcasmo. Sin máscara. Solo él. Aerion Targaryen, que le habla al mundo con filo y arrogancia, que no pide perdón, que no admite debilidad. Pero aquí, en la penumbra de su departamento, con el cabello desordenado y esos hermosos ojos violetas fijos en mí, no hay nada de eso. Solo él.

—Lo sé —dice.

Se acerca. No rápido. No con urgencia. Es un movimiento lento, deliberado, como si hubiera tomado una decisión y no fuera a dar marcha atrás. Apoye la cabeza en mi hombro. Y yo, con todo mi tamaño, toda mi torpeza, todas las formas en que no encajo en este mundo que él domina con tanta facilidad… encajo perfectamente.

El silencio se queda entre nosotros, pero no está vacío. Es de esos silencios que pesan por todo lo que no hace falta decir. Su respiración contra mi cuello, el peso de su cabeza en mi hombro, sus dedos encontrando los míos sin que nadie mueva una mano.

Y de repente me doy cuenta de que lo amo con una intensidad que no sé cómo sostener. No es nuevo. Lo he sabido desde antes de saber cómo se llamaba. Desde aquel día en la universidad cuando lo vi parado frente a mí con esa mezcla de arrogancia y algo que después aprendí a llamar miedo. Pero esta noche, con su cabeza apoyada en mi hombro, con su mano en la mía, con él rendido después de haber permitido estar en un lugar que no controla del todo…

Me duele. De lo mucho que lo amo.

—Aerion —digo, y mi voz sale más baja de lo que pretendía. Más rota.

—Duncan.

—¿Puedo besarte?

La pregunta flota en el aire. Lo he besado antes. Lo besaré después. Pero necesito que sepa que esto no es algo que tomo. Que cada vez que lo hago, es porque él me lo da.

Aerion levanta la cabeza. Me mira. Y en sus ojos no hay arrogancia. No hay posesión. No hay el filo con el que enfrenta al mundo. Solo está él. El hombre que eligió una playera que le daba miedo querer. El hombre que fue al concierto porque quería estar conmigo. 

—Si tardas más, me voy a dormir —dice. Pero no se mueve. No se aleja. Estás esperando.

Me inclino hacia él como quien se acerca a algo que ha deseado toda la vida sin saber cómo pedirlo. Mis labios encuentran los suyos y el mundo se reduce a esto. A su boca contra la mía. A la forma en que respira contra mi piel. Al modo en que sus dedos se cierran en mi camisa, aferrándose como si yo fuera lo único que lo mantiene en el suelo.

Y lo soy. Y él lo es para mí.

Lo beso como si el tiempo se hubiera detenido solo para darnos esto. Como si todo lo demás —la universidad, los pasillos, las peleas, las dudas— hubiera sido solo el camino para llegar aquí.

Su mano sube a mi nuca. Sus dedos se enredan en mi cabello. Me acerca más, como si todavía no fuera suficiente, como si pudiera borrar la distancia entre nosotros con solo tocarme.

No hay prisa. No hay nada más que esto.

Cuando finalmente me aparto, mi frente roza la suya. Respiro su mismo aire. Siento el latido de su corazón contra el mío.

—Te amo —digo, y estas dos palabras que he dicho tantas veces antes hoy pesan distinto. Son más. Son todo.

Aerion abre los ojos. Me mira desde tan cerca que podría contar cada tono de violeta en sus pupilas.

—Ya lo sé —dice, y su voz es un susurro. 

Su mano baja a mi rostro. Sus dedos recorren mi mejilla con una lentitud que me rompe. Y su voz, cuando habla, es tan baja que casi se pierde entre nosotros.

—Y yo te amo mas.

No lo dice con arrogancia. No lo dice para ganar algo. Lo dice como quien suelta algo que ha estado guardando tanto tiempo que ya casi no recordaba lo que pesaba.

Y yo…

Yo me derrito.

Me desarmo.

Me reconstruyo entero con esas tres palabras.

Porque Aerion Targaryen, que nunca dice lo que siente, que siempre se protege detrás de una frase cortante o una mirada de desdén, acaba de ponerse en mis manos. Acaba de confiarme lo único que nadie más ha visto.

— ¿Cuánto tiempo? —pregunto, y mi voz apenas es un hilo.

—No lo sé —responde, y hay honestidad en sus ojos—. Un tiempo.

—¿Y no ibas a decírmelo?

—Iba a esperar a que lo adivinaras.

Su boca se curva apenas. Ese gesto. El que conozco desde aquel día en la universidad.

Y yo me río. No puedo evitarlo. Porque lo amo. Porque me dijo que también me ama. Porque está aquí, en mi pecho, dejando que lo sostenga.

—Siempre lo supe —miento.

—Mentiroso.

—Un poco —admito.

Suelta una risa corta. La primera de la noche. La primera que suena real.

Y yo quiero quedarme en este sonido para siempre.

Lo beso otra vez. Más suave esta vez. Más lento. Como si tuviéramos toda la noche y la teníamos. Para siempre.

Cuando me aparto, su cabeza vuelve a mi hombro. 

—No te duermas —le digo.

—Estoy descansando.

—Eso es dormirte.

—Discúlpame por existir.

Y yo sonrío.

Porque Aerion Targaryen acaba de decirme que me ama. Porque está aquí, conmigo, en su departamento, con la playera que le daba miedo querer. Porque después de todo eligió quedarse.

Y yo también.

Siempre.

Y no sé cómo terminó aquí.

Bueno. Sí sé.

Me enamoré de un imbécil que también me ama.

Y fue la mejor decisión de mi vida.

Notes:

esto se inspiró en la canción de juanpa gordoa "thicc boy", así que aerion y duncan viven en mi mente en un concierto bailando eso en un loop infinito, gracias por leer.