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—Déjame verte. —Esa voz autoritaria de Scaramouche siempre bastaba para acelerarle el corazón a Kazuha.
—Solo si tú dejas que vea quién eres debajo de la máscara, me verás.
Si el resto del mundo se enterara que Kazuha, la doncella oculta, era hombre, lo matarían por sacrilegio o tal vez por ser presa de una maldición.
Kazuha se aseguró de atarle bien un pedazo de tela a los ojos de Scaramouche, aún por encima de su máscara y casi sobrepuesta en la capa si no fuera porque Kazuha lo convenció de que se quitara la capucha. Rara vez tenía la oportunidad de observar el oscuro de su cabello reluciente bajo la luz de la luna; ahora que la tenía, miró embobado sus hebras lacias, bien cuidadas como para pertenecer a alguien del resto del pueblo.
—Te tardas demasiado. ¿No pensarás en una manera de huir de mí, verdad?
Kazuha se rio a lo bajo.
—No, nada de eso.
—Entonces acércate. ¿O prefieres que lo haga yo? —Scaramouche preguntó en tono juguetón.
—¿Y si te caes al lago intentando buscarme?
—Mis sentidos son lo suficientemente buenos como para llevarte conmigo.
—Si lo haces, no tendrás lo que quieres.
—Tú quieres lo mismo que yo, solo que aplicado a mí.
—¿Te molestaría decir qué es eso?
—Solo si tú me lo muestras.
Aún con el corazón saltándole en el pecho con fuerza, tiró de la capa de Scaramouche para acercar los labios a los suyos. No era la primera vez que juntaban sus bocas para intercambiar los mensajes que sus voces escondían, ni que la adrenalina lo invadía.
Scaramouche atrajo su cintura hacia la suya con rapidez, tal como Kazuha imaginó. Portaba suficiente tela en el vestido como para ocultar cualquier bulto entre las piernas. Para simular pechos no preparó nada a excepción de otro pequeño plan restrictivo además de la venda. Se regañó en sus adentros por este descuido, aunque otra parte de él siguió embobada ante la lengua que se enredó con la suya.
—Las manos, Scara. —Fue lo primero que le dijo apenas la separación se convirtió en un concepto en las que sus caras entraban.
—¿Hay algo de malo con que haya nacido con mis dos manos, preciosura?
—Prometiste que me dejarías atártelas en la espalda.
—¿Sigues desconfiando de mi obediencia?
—Tú y la obediencia encajan en lugares diferentes.
Tomó un segundo pedazo de la tela de la bolsa de cuero sobre el césped, y lo enrolló en las manos enguantadas que se encontraban la espalda de Scaramouche.
—¿Sugieres que tampoco te obedecería a ti?
Kazuha detectó la intención de hacerlo dudar.
—Cuando te dije que no te me acercaras, me quitaste la capucha.
—Dijiste que no diera un paso más hacia ti.
—Eso implicaba un deseo de lejanía.
—Lo que dices fue cosa de una ocasión.
—¿Pedirte que dejaras de hablarme fue cosa de una ocasión también?
—Tenía mis razones.
—No eres el único que tiene razones para pedir algo.
—Pero yo decido cuáles son más válidas.
—¿Llamas a mis razones inválidas?
—No, solo que les doy un valor diferente a las mías.
Kazuha estaba seguro de que Scaramouche no sería él mismo sin ese tipo de respuestas. Kazuha sonrió para sí mismo. Ojalá su amante viera su disfrute, pero tenía que reprimirlo por su propio bien. ¿Y si Scaramouche lo molestaba con eso después? Por ahora, era mejor alejarse de esa posibilidad, sobre todo cuando se suponía que debía mantener las cosas bajo control.
—Podría abandonarte así: solo y con las manos atadas en medio del bosque.
—Y yo podría desatarme los nudos y amarrártelos a ti.
—Fallas a la supuesta obediencia que clamas tener. Qué sorpresa, ¿no crees?
—Sorpresa es que confías demasiado en mi paciencia hacia tanta palabrería.
—Quien inició el habla entre los dos fuiste tú.
—Pero tú la prolongaste al estilo de una doncella, lo que es extraño, porque es la única característica de doncella que veo en ti.
Kazuha llevó los labios a su mejilla y vio un trozo del cuello descubierto de tela para depositarle otro beso en un intento de que la mente de Scaramouche se perdiera en acciones demasiado intensas para alguien como Kazuha, quien tomaba este tipo de liderazgo por primera vez en la vida. Cuando Scaramouche se acercaba a él con las mismas intensiones, la respiración de Kazuha flaqueaba tanto como ahora, su mente se desviaba en un nivel en el que apenas repararía en el estado físico de Scaramouche, así que la incertidumbre acerca de si esto funcionaría era genuina.
—¿Pretendes quitarle la feminidad a una doncella?
—¿No quieres tú pretender que la tienes?
—¿Para qué haría algo así?
—Para esconderte, pero eso lo sabe todo el reino, linda, o debería decir: doncella oculta. Y no me lo vas a negar, porque solo tú te cubrirías por completo hasta en el calor más pesado.
—¿Sería mucha molestia pedirte que te sientes?
—Solo si te sientas en mí.
Más gotas de sudor frío se asomaron por el cuerpo de Kazuha. Habían planeado esto, pero la incertidumbre no se le alejaba del pecho.
—Yo pensaba que solo querías mi corazón.
—Quiero todo de ti y eso incluye tu corazón; lo sabes.
—Lo sé.
Kazuha presionó a Scaramouche ligeramente de los hombros hasta que las piernas tocaron el césped. Si el Kazuha del pasado hubiera sabido que tendría a Scaramouche a su merced frente a él, tal vez se reiría de semejante barbaridad. Era consciente de las palabras de Scaramouche que le reafirmaban control, pero eso no quitaba que le permitiera esta vista.
A Kazuha le alegraba que los ojos profundos de Scaramouche fueran incapaces de ver el nivel de calor que se le asomaba en la cara, casi tanto como el que tendría apenas vistiera cualquier prenda alejada de un vestido.
Con cuidado de que suficiente tela le cubriera la entrepierna, se sentó en él, manteniendo el rostro a escasos centímetros de él. De solo verlo así, tan callado y a la espera de sus acciones se preguntó: Si descubriera lo que le provocaba su maldición, ¿se aprovecharía de él? Apenas conocía sobre Scaramouche además de sus métodos escurridizos de aparecerse, a su habla cuidada y a una confianza digna de la nobleza. Así como Kazuha infería detalles de su vida, era probable que Scaramouche hiciera lo mismo y por esa razón intentaba ocultarle todo lo posible sobre su identidad con cada beso, cada respiración y toque en el cubierto cuerpo de Scaramouche. Vaya manera de ocultarse, ¿no? Porque Kazuha había caído en algo peor que la maldición de una bruja: era el objeto del conocimiento popular, del amor y del deseo de ser amado.
En el aire se escuchaba el agua correr, la ropa moviéndose con cada roce y las respiraciones que cada vez adquirían protagonismo entre tanto desenfreno, en una aceleración que Kazuha apenas se sentía capaz de controlar. ¿Cómo, cuando la paciencia era una de sus mejores habilidades? ¿Desde cuándo? Si debía ser específico, no tenía idea, pero de lo que estaba seguro es que los mayores descontroles del corazón los provocaba la persona que tenía enfrente.
La necesidad con la que se alimentaba de los suaves besos de Scaramouche creció a tal punto en la que su propia entrepierna le palpitaba con creces. De seguro Scaramouche se dio cuenta de sus necesidades; no necesitaba decírselo, Kazuha ya se lo esperaba desde que con solo un par de entonaciones en su voz, Scaramouche deducía qué le intentaba ocultar. Kazuha ponía aún más su posición en desventaja cuando le mostraba los ojos. No sabía cómo, pero a Scaramocuhe le bastaba solo una mirada para salirse con la suya, ya sea para sacarle información o encontrar el mejor momento para cortejarlo.
Tenía que resistirse, aunque él permitió la idea. Kazuha, quien dirigía un encuentro carnal, era el indicado para frenar tantos encuentros. Aun así, dejaba que Scaramouche le mordiera los labios o le introducía la lengua.
Ni siquiera cuando su maldición se activaba se le calentaba tanto el cuerpo como ahora. La sed no se le calmaba con un contacto progresivo de saliva, sus propias manos buscaban algo más que la tela de Scaramouche pese a que acordaron dejarse todas las ropas puestas y su órgano sexual le pedía a gritos, aunque sea un poco de atención.
Jamás pensó que el deseo carnal fuera peor que la magia, ni que cada segundo al lado de Scaramouche hechizara más su corazón que cualquier encantamiento. Debió suponerlo desde que fue incapaz de alejarse de él, desde que el calor de su cuerpo se convirtió en el pensamiento del día a día.
—¿Vas a dejar que me libere? —preguntó entre besos.
—Lo siento, pero no te lo permitiré.
—¿Ni aunque te haga sentir mejor?
—Así estoy mejor que bien.
—Mientes.
—¿Y supongo que lees mentes como para saberlo? ¿Debo añadir eso a la lista de habilidades que te hacen peligroso?
—¿Peligroso? ¿Yo?
—Lo eres.
—Tú también.
—¿Por qué?
—Tienes una belleza difícil de explicar.
—¿Con lo poco que has visto piensas eso?
—Con lo que dejas ver, sí y también que hueles agradable y que tienes una linda voz.
Una voz forzada para sonar tan suave como la de una mujer, pero no podía decirle eso.
—Vaya que conquistas cuando te lo propones.
—¿Solo cuando me lo propongo? Pensé que ya incluía la habilidad por el hecho de ser yo.
—¿Lo dices por lo que hay debajo de la máscara?
—Todo lo que soy yo es suficiente para atraer; no necesito que lo apruebes para que yo sepa que es verdad.
—Te quieres mucho, por lo que veo.
—Yo solo dije que le parezco atractivo a otros, de la misma manera que tú atraes por el solo hecho de existir.
Scaramouche le acercó los labios a la mejilla, la cual besó después de unos segundos. Bajó hacia el cuello, lo mordió y lamió con suavidad varias veces.
—No tienes idea de lo mucho que quiero tocarte, de palparte la piel con las manos desnudas y de entrar en ti.
—¿Solo eso quieres hacer? —preguntó con cierto tono de broma.
Ni Kazuha mismo se creía sus intenciones cuando su respiración pesaba lo mismo que las rocas hundidas en el lago. Todo su cuerpo imploraba por escuchar la respuesta de Scaramouche. Cualquier palabra que le saliera de la boca le endulzaría los oídos, le derretiría el cuerpo para fusionarse con el de Scaramouche. Se repitió mil veces que no debía permitírselo, pero una gran parte de él lo convenció con más argumentos de que revelarle su verdadera identidad era la mejor idea.
—¿Te parece poco que quiera acercarte a mí? Quiero desnudarte y verte así, sin ninguna prenda de ropa cubriéndote para ver todo lo que eres en realidad.
—Podrás hacerlo en otro momento.
—¿Crees que quiero esperar para eso? Kazuha, solo tú me has vuelto alguien así de desesperado.
—Tendrás que esperar más, tal vez hasta que me muestres quién eres debajo de la máscara.
—No quieres saber.
—Quiero hacerlo.
—Si te enteraras, correrías del susto.
—¿Lo aseguras basándote solo en lo que tú crees?
—Si tuviera otra mente además de la mía, mi respuesta sería negativa, pero como no es el caso, te diré que sí. Me baso en lo que creo porque lo veo, lo escucho y lo percibo; además, te conozco y sé que, apenas sepas quién soy, querrás alejarte de mí.
—¿Porque trabajas para la realeza?
Si conocía la respuesta, su vida podría correr más peligro.
—Y porque conozco tu secreto.
Manos lo rodearon con los brazos para apegarlo a Scaramouche.
Aun con el corazón a punto de explotarle en el pecho dijo:
—Te liberaste. —La voz le salió más temblorosa de lo que se permitía mostrar, no sabía si por la impresión o por el miedo.
—Yo te dije que era capaz.
—Rompiste el acuerdo.
—Si es lo que debo hacer para que no te escapes, lo haré.
—No tenía intención de escapar antes, pero ahora…
—¿Confías en mí, Kazuha? ¿Confías en que, lo que sea que vaya a decirte no será una excusa para hacerte algo malo? ¿Que sé quién eres desde hace meses y no se lo he dicho ni se lo diré a nadie?
—Siempre me he llamado Kazuha, Scara.
—Pero la gente te conoce como una mujer, ¿o no?
Los brazos de Scaramouche lo apretaron aún más.
—¿A qué quieres llegar?
—Antes de que me conocieras, yo ya te había visto aquí, en el lago, sin ropa.
Hubo una pausa, como si Scaramouche quisiese darle tiempo para procesar; se la dio, porque existía la incertidumbre de lo que su verdadero género significaba. El sudor frío se le asomaba por la piel y Scaramouche debía de haberse dado cuenta de la tensión en su cuerpo.
—Eres un hombre, Kazuha, uno muy lindo.
¿Qué debería hacer con esa afirmación? ¿Cómo debería sentirse cuando Scaramouche lo desnudaba sin quitarle ninguna prenda de ropa?
—¿Por qué no me dijiste que lo sabías?
—¿Tenía que hacerlo?
—Me hubieras… No me habría preocupado tanto por ocultártelo.
—Lamento haberte hecho esperar.
—Está bien.
—¿Pero por qué ocultar lo que realmente eres?
—No quisieras saber eso.
—Si te digo quién soy, ¿me lo dirías?
Kazuha ocultó su cabeza en la curva del cuello.
—No lo sé.
—Pensé que querías saber quién estaba detrás de la máscara.
—Y yo pensé que querías ocultarlo a toda costa.
—Si se trata de aprender sobre ti, no me interesa ocultar mucho.
—Es extraño que lo digas.
Kazuha apretó ligeramente las telas de su capa.
—Tal vez podría decírtelo.
Kazuha se estaba volviendo loco, eso creía.
—Solo si me revelas tu rostro.
—¿Solo eso querrás?
—Solo eso.
—¿Puedo sentirte más de cerca, Kazuha?
—¿No estamos cerca ya?
—Quiero sentir tus piernas, tu trasero…
—Pero necesitaré atarte las manos antes de eso.
—Con el mismo riesgo de que me desate.
—Te ataré más fuerte esta vez.
—Yo ya estoy atado a ti.
—¿Consideras eso un argumento válido?
—Tan válido como todo lo que no me dices.
—¿Es pecado no decir?
—Mientras yo esté a solas contigo, lo es.
En un encuentro poco torpe, Scaramouche unió los labios de Kazuha con los suyos. Al inicio, Kazuha dejó que Scaramouche descubriera por sí mismo dónde le quedaba la boca, cuando lo hizo, añadió un poco de iniciativa al movimiento de la cabeza y al de sus manos.
—Quiero besarte en el suelo.
—Te quedarás así.
—Quiero ver más de ti.
—Ya has visto lo suficiente.
—No con suficiente atención.
—¿Te parece bien si… solo lo sientes?
—No es suficiente en lo absoluto. ¿Para qué querrías eso?
—¿Te niegas a darle a alguien un mínimo de privacidad?
—¿A qué le tienes miedo, Kazuha? ¿A qué te vea como realmente eres?
—¿Por qué tendría miedo cuando sabes cómo soy?
—Decir que lo sé y confirmarlo de cerca es distinto y creo que tu cuerpo lo sabe. Estás tenso.
—Siempre estoy tenso.
—No deberías estarlo conmigo, aunque me relacione con la nobleza o aunque justo hoy sepas que tu secreto está a salvo. ¿Quieres que me desnude?
—N-no es necesario.
—¿Porque no quieres quitarte la ropa? Estoy seguro de que no le temes a más contacto cuando me tocas sin parar.
Scaramouche dio un suspiro antes de despegarle las manos a Kazuha y llevarlas a su propia ropa. Deshizo botón por botón de su chaleco negro, de la camisa morada hasta exponer un rastro de su pecho. Aún palpando del cuerpo de Kazuha, atrajo su mano hasta esa porción de piel.
—Puedes ver y tocar lo que quieras; adelante.
Pese a que las manos le temblaban un poco, tocaron a través de la suave y blanquecina piel. Transcurrieron pocos segundos para que Kazuha desabotonar más obstáculos y le abriera un poco más la camisa, para que sus propios labios llegaran a su pecho y besaran ahí. Esa decencia inculcada en el reino nunca sería parte de él, porque se alejó de ahí desde hace mucho y porque nadie lo veía, por eso apenas recordó la existencia de sus guantes de cuero, se los quitó y los aventó al suelo.
—Tócame. —Kazuha reconoció cierto tono impropio en su voz, demasiado necesitado, demasiado desesperado.
—Si lo dices así, suena a que quieres que te toque en todas partes.
—Tócame en todos lados, no importa.
—¿Por dónde quieres que empiece? ¿Te importaría guiarme?
—No sé.
—¿No sabes? ¿Quieres que palpe yo mismo?
—Puedes hacerlo.
—De acuerdo.
Con las manos lo tomó levemente de la cintura para poco después apretarla con fuerza. Le parecía un toque engañoso, propio de él, justo como cada toque que le dio con cada segundo, siempre acompañado de otra apretujada y de un suspiro de placer proveniente de Kazuha. Sentir sus dedos a través de la tela era una imagen que solo aparecería en sus sueños más lascivos, a veces en días que consideraba normales.
No era raro que la imaginación se le subiera con creces a la cabeza o que se probara la ropa considerada de hombre para terminar con sus necesidades más rápido. Ese era el estado de placer que conocía. Ahora que se encontraba así con Scaramouche, llegó a la conclusión no conocía el estado más placentero hasta ahora. Tanto calor lo sumergía a territorio peligroso, solo para él. Enredarse con alguien ya era un problema, que conociera su secreto y que se relacionara a la nobleza ya eran otros. Los problemas estaban allí y el cuerpo de Kazuha expresaba una necesidad inhumana de seguir.
Fue Kazuha quien se levantó el vestido, le permitió a Scaramouche con sus piernas que le tocara el elemento que la gente menos debía ver. Las manos de Scaramouche le recorrieron las piernas mientras Kazuha le liberaba cierta área tensa en sus pantalones; lo que salió de ahí era mucho más grande y grueso de lo que creía posible caber en su entrada.
—¿Sabes que entrar en un hombre dista de hacerlo en una mujer, no?
—Supuse que es el caso.
—¿Qué tan diferente crees que lo sea? Te dolerá si no usamos algo resbaloso.
—¿La saliva sirve?
—No mucho, pero el lubricante sí.
De una de las bolsas en su cinturón, sacó un pequeño vial con líquido rosado.
—Me lo espero de ti, para ser honesto.
—Deberías esperarlo todo de mí, ¿no crees?
—De ser así, caería en los límites de la sanidad.
—Nada que hacer.
—Entonces… ¿quieres que me ponga eso?
—Puedo ponértelo yo siempre y cuando te desvistas.
—Tú aún sigues vestido.
—Habrá que separarnos un poco y hacerlo.
—Está… está bien.
Kazuha se puso de pie, de esa manera se quitó las telas con más facilidad, junto al corsé que depositó en el suelo junto con las demás prendas de ropa de las que se deshizo Scaramouche. Con el solo pensamiento de su amante en el suelo, esperando por él, por un encuentro de completa desnudez, el calor en el cuerpo se intensificó. Se le erizaban los pezones con solo imaginar lo que harían, quizás era por eso por cierta frialdad en el aire que iba a juego con el temblor de su propio cuerpo.
Si alguien los encontraba, estarían acabados, pero, ¿quién vendría a esta zona tan escondida del bosque cuando Scaramouche era el único que se aparecería por aquí?
Kazuha se inclinó hacia su amado antes de juntar sus entrepiernas. Justo en ese momento en el que sus pieles se tocaban, miró hacia el abdomen definido del contrario, hacia su pecho, su cuello y su rostro bien cuidado. Como todas esas veces en las que se sentía incapaz de procesar el presente, lo abrazó con fuerza, no tanta que lo lastimara, solo lo suficiente para perderse en su temperatura o en su suavidad.
—Hueles a fresas —comentó Scaramouche en un tono juguetón.
—Hice mermelada de fresas esta mañana.
—¿Me darías a probar?
—Pensé que no te gustaba el dulce.
—Pero me gustará todo lo que tú prepares.
—Lo dices muy seguro.
—¿Y qué si lo estoy?
—Entre más ilusiones tengas sobre algo, más será la decepción que recibirás si descubres que no son tan buenos como crees.
—¿Quiere eso decir que será mejor si no pruebo lo que me ilusiona? ¿Cómo hacerlo si te tengo frente a mí?
—¿Seguimos hablando de la mermelada?
—¿Debería preocuparme que, si descubres quién soy, te decepcionarás?
—Tú no te decepcionaste de mí, ¿por qué yo lo haría de ti?
—Si te dijera, aunque sea una pista, tu reacción sería una nueva razón para tener pesadillas.
—¿Te arrepientes de prometer que me revelarás tu rostro?
—Pero solo lo haré cuando esta noche acabe.
—¿Y si te vas?
—Es más probable que tú te vayas.
Le besó el pecho hasta encontrarle los pezones, mismos que lamió y mordió, generándole sensaciones eléctricas en el resto del cuerpo.
—Dime, Kazuha, ¿alguna vez te has tocado pensando en mí?
—Puede ser.
—Esa no es una respuesta. Di sí o no.
—Sí, Scara, me he tocado.
Le pellizcó el pezón izquierdo con fuerza.
—¿Te diste placer aquí al pensar en mí? ¿Te pasaste las manos por el resto de tu cuerpo como si fuera yo?
Le pellizcó el pezón derecho también.
—S-sí.
—¿Y te sentiste mejor haciéndolo tú solo o cuando te lo hago yo?
—Me gusta… me gusta más cuando me lo haces.
—Quiero marcarte, Kazuha.
—Márcame.
—Quiero que seas mío, para siempre.
—Soy tuyo, Scara.
—¿Cómo para reservar cada pensamiento tuyo para mí?
—Sí.
—¿Cómo para aceptar todo lo que venga de mí?
—Sí.
—¿Estás seguro de eso?
—Me pides pensar mucho. Yo ya no pienso para nada.
—Pero hablas perfectamente.
—Scara.
Solo un pequeño toque en sus glúteos bastó para que un escalofrío le recorriera el cuerpo. Concluyó que no sería la única sorpresa y pocos segundos después descubrió que estaba en lo correcto. Un pequeño apretujón en los glúteos bastó para que Kazuha saltara en su lugar.
—Juegas mucho.
—Tú también lo hiciste. ¿Ahora quieres ir rápido? ¿Quién te entendería?
—¿Qué es más conveniente? ¿Que me entiendas o que no lo hagas?
—No sé, tú dime. Puedo decir que te entiendo tan bien que prefieres evitar el coito.
—Estás loco.
—¿Por qué estoy loco?
—Porque…
Pese a ser Scaramouche quien tenía los ojos descubiertos, Kazuha se sentía como el único perdido—. ¿Dices que yo no quiero que… me penetres?
—Así es, a menos que tú sí quieras, de lo que no estoy seguro porque, ya sabes, no veo nada.
Kazuha detectó aquellas palabras como una mentira, justo del tipo que buscaban una provocación en él. ¿Y qué obtendría de Kazuha? El tipo de respuesta que Scaramouche quería.
—Te quiero dentro de mí.
—¿Estás seguro de eso?
—Sí, lo estoy.
—¿Quieres que entre completamente en ti? ¿Eso es posible?
—Deja de burlarte de mí. Quiero lo que tienes entre las piernas.
—¿Y mi alma no? A menos que percibas a mi polla como mi alma.
—Por favor, no. No quiero imaginar eso. Eh… ¿estás seguro de que te relacionas con la nobleza?
—Si lo dices así, parece que te interesas en mi posición.
—Me vendría mejor que fueras un campesino, en verdad.
—¿Para qué?
—La gente de mi tipo habla con más sinceridad.
—¿Me llamas mentiroso?
—Yo no dije eso y tampoco lo diría. Cualquier palabra que salga de mí, podrías usarla en mi contra.
—Para decir que tienes la mente revuelta, hablas con una claridad considerable.
—Y para decir que eres impaciente, ralentizas el proceso de unión entre tú y yo.
—Si dejaras que te viera, sería más probable que te topes con un destino diferente.
—Cuando aún no me tocabas, lo hiciste a tu voluntad. ¿Por qué no romper el acuerdo de la venda también?
—¿Y así tengas más razones para considerarme un cretino? Te equivocas, debo mantener un equilibrio, no irme a los extremos.
Hasta ahora, Kazuha nunca había escuchado la más mínima preocupación de Scaramouche ante la idea de que lo considerara un cretino. Percibía a su amado como alguien que actuaba a su conveniencia. ¿Dijo que quería equilibrar… qué? ¿Una balanza? ¿Y que no quería irse a los extremos? ¿Scaramouche?
Antes de que pensara una segunda vez lo que iba a hacer, Kazuha tomó el vial en el suelo, el cual destapó y se echó en los dedos para aplicarse el líquido viscoso en su entrada.
—Kazuha, ¿qué haces?
—Satisfacer mis necesidades.
—¿Sin mí?
—Así es.
Kazuha se acomodó en el miembro erecto de Scaramouche con torpeza, de tal forma que la punta le tocara la piel, pero sin introducirse en lo absoluto hasta que intentó meterse la carne por sí mismo.
—Espera, Kazuha.
—Ya esperé suficiente.
—No, esto no… puede esperar.
A Kazuha se le salió un pequeño gemido por el dolor que el cuerpo intruso representaba en su cuerpo.
—Debes empezar por… meterte los dedos. Sufrirás mucho… así.
Scaramouche abrazó a Kazuha de tal forma que alejó la entrada e intruso. Kazuha sentía su pecho subir y bajar, al igual que el de Scaramouche, cuyo corazón bombeaba sangre como loco.
—Deja que te enseñe cómo prepararte.
—Tú quieres excusas para quitarte la venda.
—Solo con tu permiso.
Le recorrió la espalda con las yemas de los dedos, movimiento que presenciaría siempre que Scaramouche buscaba seducirlo. Kazuha no pudo hacer más que cerrar los ojos ante un gesto tan suave que un aire de calma le tocaba el cuerpo. Consideraba el olor a vegetación y el sonido levemente rasposo elementos que también le bajaban las defensas.
La atmósfera cada vez se parecía más al tipo de ambiente al que se acostumbró después de años de visitar este lugar del bosque, siempre tan frío, a la vez vacío, hasta que se topó con Scaramouche; solo con él el calor le entraba con frecuencia desmesurada y cada rastro de la cabeza se le llenaba de pensamientos indignos de alguien cuya seguridad radicaba en un ambiente sin nadie más que él y la flora o la fauna. En el pasado tendría también a su madre, pero había pasado tiempo desde que lo dejó solo en la cabaña a la que llamaba hogar.
—Para ser alguien que dice amarme, te gusta ir en contra de mis deseos.
—Aún así te enamoraste de mí.
—Te quitaré la venda.
Le pidió a Scaramouche que aflojara un poco del agarre en su espalda para regresar su espalda hacia atrás, de la misma forma que su orden implicaba que Scaramouche levantara el torso, solo entonces Kazuha desató la seda de su rostro con algo de dificultad. Le alegraba haber hecho un buen trabajo, pero no tanto tener que deshacerlo hasta que el índigo de Scaramouche lo miró de arriba abajo y le sonrió de una forma propia de él. Cargaba una lujuria y contemplación poco escondida, y las manos que le tocaron el cuerpo con lentitud le daban una idea de sus intenciones, de todo pensamiento pecaminoso que no se les permitía a la gente de la época, menos cuando la intención distaba de tener hijos.
—Así que eres realmente un hombre.
—Si tú lo dudaste, quiere decir que hice un buen trabajo ocultándolo.
—Tal vez lo hiciste.
En los dedos vertió del líquido que provenía del vial que Kazuha antes llevaba en una mano. Con cada respiro salía de él anticipación, nerviosismo y determinación por lo que dichos dedos le harían. Cuando un pedazo de carne y hueso se adentró en él, el dolor le provocó temblores en el cuerpo, su propia respiración flaqueó y una voz que reservaba para momentos en los Kazuha se proveía autoplacer salió al aire en un volumen tan alto que Scaramouche la escucharía sin problemas, pero que cualquiera cerca se confundiría con cualquier ruido externo.
—¿Qué tanto te duele?
—Un poco.
—¿Quieres que te lo saque?
—Déjalo, necesito acostumbrarme.
—Acostumbrarse no significa algo bueno siempre.
—Pero lo es para mí.
—Yo no quiero que sufras.
—Déjame que lo haga.
—Ya lo hiciste lo suficiente viviendo con el miedo de que te descubra, no me gustaría que lo sigas haciendo.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Lo estoy.
Kazuha no cambiaría de opinión y estaba seguro de que Scaramouche comprendió su punto de vista debido al silencio que reinó en él después. La voz de Kazuha junto con sus suspiros aún salían con cada movimiento de un solo dedo, podía sentir que su propio interior lo apretaba y calentaba al igual que la sustancia viscosa que se mezclaba con su carne. Cada estimulación dolía y a la vez se sentía tan bien que se arrepintió de no haberla probado antes. Al mismo tiempo no encontraba nada de malo con eso, no cuando había reservado esta primera vez para alguien como Scaramouche. Él le insertó un segundo, un tercer dedo y los pensamientos de Kazuha permanecieron igual, cada vez más perdidos en el calor del presente.
—Estás muy duro. ¿Seguro que no me la quieres meter?
—Puedo esperar.
—No esperes.
—Si sigues presionando, me detendré.
—¿Y si te cabalgo, dirías lo mismo?
—Deja de sugerir cosas de las que te arrepentirías.
—¿Me estás retando?
Kazuha guio la mano de Scaramouche fuera de su entrada para posicionarse él mismo sobre el miembro erecto de su amado. A diferencia de la primera vez que entraba en él, la punta entró un poco más en su interior de una manera menos dolorosa, pero igual de deliciosa para el resto de su sistema. Este dolor extraño para su cuerpo combinado con la dureza del frente le daba cierto aire familiar lo que su cuerpo sentía.
—Kazuha, creo que… te apresuras demasiado.
—Deja que… lo haga.
—Te duele.
—Deja que… me duela.
—Y tú de insistir.
—Scara… por favor, he deseado… este contacto durante… mucho tiempo. No puedo… hablar con nadie… ni dejar que… nadie se acerque a mí. Quien supiera lo que… soy, me mandaría a la horca.
Con cada palabra que soltaba, Kazuha se movía un poco, ya sea hacia arriba o hacia abajo, procurando acercarse más hacia la zona de abajo. Por el dolor, por las zonas en que nuevas sensaciones alcanzaban su interior, concluyó que avanzaba bien. Le alegraba y juntarse con más pedazos de Scaramouche también.
—Yo no puedo… vestirme como… la gente quisiera que lo haga. Estoy… maldito, Scara.
—¿Maldito?
—Con magia, sí. Solo puedo usar… vestidos o si no… tendré una erección.
A decir verdad, la reacción que más esperaba de Scaramouche se acercaba más a la de una risa sonora antes que sus ojos mirándolo con contemplación.
—¿Por qué alguien te maldeciría con eso?
—Cuando caminaba por… el bosque, me encontré un vestido No había nadie cerca de él, y no vi nada malo en probármelo, así que eso hice. Nunca pensé que… sería de una bruja. Scara, tú, ¿no me acusarías con el reino, verdad? Ellos me… matarían.
Se encajó el miembro de Scaramouche con cada vez más fuerza, con una fiereza que salía desde la frustración en su interior.
—Nunca jamás. Yo sería capaz de desposarse diciéndole a todos que eres mujer con tal de guardar tu secreto.
—¿En serio?
—Claro, si no, no te tomaría aquí mismo, no te besaría, ni te marcaría, ni te quisiera todo para mí.
—Gracias.
—No me agradezcas.
—Quiero hacerlo.
—Quien debería agradecerte soy yo.
—¿Por qué?
—Por ser el único que ha confiado en mí.
Scaramouche empujó sus caderas de tal forma que más carne entró en el interior de Kazuha. A él se le salió un suspiro de la sorpresa, del placer, del dolor demasiado grandes para soportarlos todos.
—Scara.
—¿Sí?
—Te amo… mucho, Scara.
Las lágrimas querían salírsele y el cuerpo le temblaba cuando Scaramouche atrajo los labios hacia él en un beso tierno. Sus labios se movieron una y otra y otra vez, con el miembro de Scaramouche entrando cada vez más gracias a los pequeños saltos y empujones de caderas. Esto era lo que Kazuha había esperado durante toda una vida, lo que sus impulsos más animalísticos cuando la maldición se le activaba le hacía querer: siempre contacto, un nivel de placer inhumano que inició por solo lo físico, que terminó en el deseo de que Scaramouche fuera suyo también. Lo deseaba todo de Scaramouche sin dudarlo, quería toda parte de él.
Amaba que Scaramouche lo quisiera tanto como para reducir sus impulsos sexuales, su impaciencia, pero eso solo impacientaba más a Kazuha por toda una vida acostumbrándose a esperar, porque algunas maldiciones no podían romperse y era necesario vivir con ello, y el mundo estaría de acuerdo en que Kazuha viviera sin amor, sin el toque de alguien que lo amara, por eso la vida le quitó a su madre. Ya no deseaba perder a nadie más y esperaba que el territorio quedara marcado con cada beso hacia Kunikuzushi, con cada chupetón que le quedó a Kazuha y con cada rastro de semen que le entrara en su agujero.
¿Estaría bien que alguien tan limpio como Scaramouche se quedara con alguien de pensamientos tan impuros como Kazuha? ¿Alguien maldito que desafiaba a la sociedad de la que Scaramouche era parte? No quería saberlo. Con cada estocada, él mismo reafirmaba su posición. Cada jadeo era una muestra de su determinación, de las noches que pensó en Scaramouche.
Las estocadas aumentaron la fuerza, la velocidad. Las piernas le dolían, el sudor se le asomaba en el cuerpo.
Cada da pensamiento se le hizo pedazos en cuanto Scaramouche tiró a Kazuha al suelo, siendo él quien estaba sobre él.
—Ese era mi trabajo.
—Pero ya lo disfrutabas, ¿no?
Kazuha no podía negar eso, pero tampoco su deseo de demostrarle cuánto lo quería. En su lugar, Scaramouche fue quien le dio las estocadas que le reafirmaban todos los mensajes que le plantó con besos cada noche en la que se vieron en este bosque, siempre en la noche bajo la luz de la luna.
Cierta felicidad lo invadió, porque veía las acciones de Scaramouche como una demostración de que sería solo suyo, de él y nadie más con el solo hecho de dejar que Kazuha lo manchara en el abdomen con su semilla y, después de minutos con un vaivén continuo, Scaramouche depositó la suya en Kazuha.
—¿Quién eres en realidad? —preguntó Kazuha entre montones de inhalaciones y exhalaciones irregulares—. Creo que has hecho de esta una experiencia realmente mágica, pero quisiera saber quién se ha molestado tanto en acercarse a alguien como yo.
Las manos de Scaramouche le apretaron las piernas con ligereza de las pantorrillas a los muslos, hicieron lo mismo con su cintura y con sus brazos hasta llegarle a las mejillas.
Aún con el miembro en su interior, le dijo a Kazuha que podía quitarle su máscara; para entonces Kazuha empujó la espalda a la que seguramente le dejó diversas marcas de uñas. Sus dedos palparon el material de plástico morado adornado con detalles lilas y con una lentitud que guardaba curiosidad y expectación quitó aquella pieza que le cubría la cara.
—El príncipe, debí saberlo.
—¿Decepcionado?
Pese a que Scaramouche no lo dejaba ver, Kazuha notaba cierto aire de miedo en sus ojos.
—Yo confío en ti, Scara, eso es lo que importa.
Kazuha, con la esperanza de firmar un pacto que ni ellos mismos habían escrito, selló el amor que tenían en un beso.
