Chapter Text
• Prólogo ♰
¿Qué puede nacer en un mundo donde el bien y el mal no son más que un acuerdo silencioso entre quienes lo habitan? Donde el peso de una palabra, la persistencia de una mirada o la ausencia de un gesto tienen la capacidad de torcer destinos. Un pueblo tan pequeño que respira al ritmo de sus propios juicios, tan frágil que se inclina —casi sin resistencia— ante una figura a la que llaman “Dios”.
Will se sumerge en la fe como quien busca redención en aguas que prometen limpiar, pero no siempre curan. Se aferra al amor divino con la desesperación de quien necesita creer que aún puede ser salvado. Carga culpas que se le incrustan bajo la piel como astillas invisibles, vergüenzas que lo convencen de que hay algo en él que está roto, desviado… enfermo.
Cuando descubre que lo que siente por su mejor amigo no encaja en el mundo que conoce, elige desaparecer. Dos años lejos de todo, intentando reescribirse a sí mismo. Intentando convertirse en alguien digno. En alguien correcto. Se forma como cura en una iglesia de barrio, abrazando una vocación que es, al mismo tiempo, refugio y castigo.
Pasan tres años sin saber de Mike. Tres años de silencio, de ausencia, de preguntas que nunca se atreve a formular.
Lo que Will no sabe es que Mike también terminó ahí.
Que, al igual que él, buscaba refugio.
Que, al igual que él, estaba huyendo.
Capitulo 1: Huída.
Ravenwood, Jueves 05 de Marzo de 1992.
Eran las ocho de la noche cuando Will comenzó a apagar algunas de las velas de la entrada de la iglesia. El sacerdote que lo formaba solía guiarlo durante las tareas de la mañana; por la noche, en cambio, dejaba que se encargara de los últimos pendientes: preparar las misas del día siguiente, ordenar, acompañar el cierre del confesionario.
A Will le gustaba acomodar las flores en los floreros que decoraban los pasillos, junto a los bancos de madera. Le gustaba recorrer ese espacio en silencio, bajo la mirada inmóvil de las estatuas. En ellas no había juicio… o eso quería creer. Porque, si lo hubiera, ¿qué verían? ¿Qué se escondería realmente detrás de sus ojos?
Caminaba despacio, con las manos entrelazadas sobre el estómago, dejando que el rosario descansara entre sus dedos. Casi sin darse cuenta, acariciaba las cuentas en un gesto automático, como si buscara anclarse a algo.
Entre esas paredes, envuelto en el aroma de las velas, el incienso y la frescura del agua bendita, Will sentía que estaba más cerca de Dios.
El sacerdote pronunciaba sus últimas oraciones dentro del confesionario.
El sacristán ordenaba el altar tras la última misa del día.
La noche comenzaba a filtrarse a través de los vitrales altos, tiñendo el interior con sombras de colores apagados.
Will suspiró.
Había sido una jornada larga.
La hermana Beatriz recortaba los tallos de unas flores sobre una mesa cercana, las mismas que él había estado acomodando momentos antes.
—Padre Will —dijo ella con suavidad, aunque el peso del título no se aligeraba en su voz.
Él asintió, incómodo. Todavía no lograba reconocerse en ese nombre.
—Lo noto cansado. Ha sido un día largo… ¿no prefiere retirarse? Puedo encargarme de lo que resta, queda poco por recortar.
Will esbozó una leve sonrisa.
—No se preocupe, hermana. Como usted dijo, quedan pocas flores. Terminaré con el pasillo lateral.—hizo una pequeña pausa— Y, por favor… aunque agradezco el gesto, aún no soy padre.
La hermana Beatriz sonrió, casi divertida.
—Lo será pronto. No falta mucho para que termine su formación. El padre Mario confía en usted… dice que es un verdadero devoto.
El comentario cayó con suavidad, pero no sin peso.
A Will le resultaba entrañable el entusiasmo de la hermana Beatriz, y, sin embargo, algo amargo lo acompañaba.
Sabía perfectamente a qué se había entregado al entrar en la iglesia. Sabía cuál era el camino, cuál era el destino. Lo había sabido desde el principio. Pero ahora, con cada paso más cerca, todo se volvía más definitivo. Más real. Irreversible.
El amor —o lo que fuera aquello— seguía latiendo en su pecho. Persistente. Obstinado.
Cada latido llevaba un nombre y un apellido, incluso después de tantos años. Incluso cuando ese rostro ya no era más que un fantasma en su memoria.
Pero no podía permitírselo.
No era correcto. No era sano. No era… posible.
Se repetía a sí mismo que lo había idealizado, que lo que sentía por Mike Wheeler no era más que una admiración deformada por el tiempo, que, tal vez, había querido ser como él… y había confundido ese anhelo con algo más.
Pero cada vez que su nombre aparecía en su mente, algo en su interior se desbordaba. Una corriente eléctrica que le recorría la espalda, que le erizaba la piel.
Habían pasado años.
Y, aun así, seguía ahí.
☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰
La hermana Beatriz conversaba en una de las esquinas de la iglesia junto al sacerdote. El confesionario ya había sido cerrado; él se dirigía a su despacho para atender los últimos asuntos del día, mientras las monjas, reunidas en pequeños grupos, terminaban de ordenar lo que quedaba.
Will, en cambio, había terminado su jornada.
Tomó su morral, donde guardaba un cambio de ropa, y acomodó distraídamente el rosario que aún colgaba de su cuello. Lo llevaba por costumbre, casi por inercia… aunque en el fondo sentía que todavía no era digno de sostener algo así tan cerca del cuerpo.
Salió de la iglesia y emprendió el camino a casa, a unas pocas calles de distancia.
La noche se había asentado con calma, el ambiente olía a lluvia acercándose desde lejos. Las calles estaban casi vacías, como si el pueblo entero se hubiera recogido puertas adentro. Eran cerca de las diez; probablemente las familias ya estarían reunidas alrededor de la mesa.
Will se preguntó, con un dejo de simpleza que contrastaba con todo lo demás, si aún quedaría algo de la sopa del mediodía.
Durante el camino a casa, Will repasaba en silencio las indicaciones que el sacerdote le había dado esa misma mañana. Instrucciones simples, claras. Sabía que al día siguiente las cumpliría sin fallar.
Aprendía rápido.
Escuchaba, obedecía, asentía, sentía que era lo mínimo que podía ofrecer. Puertas adentro, sin embargo, su vida era otra cosa. Más caótica. Más desordenada.
Había algo en él que no lograba alinearse, por más que lo intentara. Su corazón latía por alguien que, si Dios lo supiera, lo condenaría, alguien que, si en la iglesia descubrieran que existía, lo dejaría afuera para siempre. Si supieran quién era realmente el que se escondía bajo la camisa negra y el alzacuellos… no lo dejarían volver a cruzar esas puertas.
Pensó en la hermana Beatriz.
En la dulzura con la que lo miraba, en esa calidez que le recordaba a una abuela. Llevaba años en la iglesia. Era devota, constante, y de alguna forma, había aprendido a quererlo, y él se había dejado querer.
Porque Will no había llegado allí de inmediato como aprendiz. Antes de todo eso, había sido otra cosa, había sido el joven que se arrodillaba en silencio, día tras día, frente a las figuras sagradas, el que rezaba sin voz, implorando ser perdonado, ser visto… sin asco. Ser alguien, sin perderse a sí mismo por amar —por desear— a su mejor amigo. Era un pecador.
Y aun así, la iglesia lo había recibido. Lo había sostenido durante un año y medio, en días y noches que parecían no tener forma.
Hasta que Beatriz, una tarde, se acercó a él con una sonrisa serena.
“—Los jóvenes no vienen tan seguido a la iglesia —dijo en medio del silencio de una tarde, sin apartar del todo la mirada de él—. Y cuando lo hacen, rara vez se quedan. Mucho menos regresan.
Hizo una pausa, como si eligiera con cuidado cada palabra.
—Pero tú… hay algo en tu forma de estar aquí. No es costumbre. No es obligación. Es… necesidad.
Acomodó las manos con serenidad sobre su regazo.
—He visto a muchas personas arrodillarse en esos bancos. Algunos buscan consuelo, otros perdón… y otros ni siquiera saben qué están buscando, pero tú… tú permaneces, incluso cuando ya no hay nadie más. -Una leve sonrisa suavizó su expresión.— Quizá tu devoción no sea solo para ti, quizá no viniste únicamente a buscar respuestas.
Otra pausa. Más íntima.
—Tal vez ya no tengas que quedarte ahí, arrodillado, cargando solo con lo que te duele…—sus ojos se suavizaron— sino aprender a acompañar a otros en ese mismo silencio.”
Will regresó a su casa esa noche con una decisión aferrada al pecho.
No fue inmediata. No fue clara. Pero estaba ahí, latiendo con una certeza que dolía.
Entre lágrimas y palabras entrecortadas, hizo algunas llamadas. Voces del otro lado que preguntaban, que no entendían del todo, que intentaban encontrar sentido en algo que ni él mismo sabía explicar.
Dijo lo necesario, lo que creyó que era suficiente.
Colgó sin saber si había sido comprendido. El silencio que quedó después fue más pesado que cualquier respuesta. Se quedó sentado al borde de la cama, con el teléfono aún en la mano, la mirada perdida en algún punto indefinido de la habitación. Las lágrimas caían en silencio, constantes, como si su cuerpo entendiera antes que él lo que estaba dejando atrás.
Pensó en marcar un número más.
No lo hizo.
Dejó el teléfono a un lado y llevó las manos al rostro, cubriéndose, como si pudiera esconderse de sí mismo.
Esa noche eligió a Dios.
O al menos, eso fue lo que se dijo.
-
Will entró a su casa —su nueva casa desde hacía ya tres años—. Era un lugar humilde, silencioso. Lo suficientemente pequeño como para contener solo lo esencial: él, y aquello que no podía dejar atrás. Algunas cruces colgaban de las paredes. Cuadros con frases breves ocupaban rincones vacíos. Había fotos: con su madre, con Jonathan. Una vieja imagen con Jane descansaba sobre una repisa, cubierta por una fina capa de polvo y en el pasillo, dominando el espacio, la última foto: la de graduación. Todos estaban ahí. Incluso él. Había dudado mucho antes de colgarla. Pensó en guardarla. En recortarla. En borrar su propia imagen de un lugar tan íntimo, tan… vulnerable como su hogar. Pero la verdad siempre volvía, como un golpe frío. Ya estaba en un lugar mucho más vulnerable que ese. Mike Wheeler vivía debajo de su piel… incluso sin haberlo tocado nunca.
Apartó el pensamiento con brusquedad.
Dejó el morral sobre el sillón junto a la puerta y caminó hasta el lavabo. Se lavó las manos con movimientos mecánicos, casi automáticos. Desabotonó algunos botones de la camisa, dejando que el rosario se deslizara contra su pecho. Aún le quemaba. Con un gesto rápido, se lo quitó y lo apoyó sobre el estante, frente al espejo.
Su reflejo le devolvió unos ojos cansados.
La luz de la casa era tenue, casi lúgubre. No había calidez en ella durante la noche.
El silencio se expandía en cada rincón.
Estaba solo.
Físicamente.
Emocionalmente.
Y, a ratos, incluso mentalmente: su mente lo arrastraba a escenarios que no existían, donde todavía había voces, risas, compañía.
Pero al final… siempre volvía al mismo lugar. A sí mismo.
Las llamadas de Max y Lucas eran habituales los viernes, a diferencia de los demás, ellos no vivían tan lejos, aun así, Will evitaba acercarse demasiado.. No quería ser una carga. Sentía que ya habían soportado demasiado. Después de Vecna. Después de la muerte de Jane. Después de todo lo que había ocurrido en Hawkins… todos merecían un respiro, no desaparecer por completo, pero sí mantener una distancia suficiente como para poder ser… sin arrastrar el pasado consigo.
De Dustin sabía a través de ellos.
Y de Mike…
De Mike lo último que había sabido era que, hacía un año, había dejado de responder, las llamadas de Lucas, los intentos de Dustin.
Nada.
Dustin incluso había ido hasta su casa, la señora Wheeler fue quien respondió.
Dijo que Mike se había mudado, no dio explicaciones.
Mike Wheeler había desaparecido de la vida de todos. Nadie sabía con exactitud qué había pasado. Pero Will… creía tener una idea.
Después de todo, cada uno había encontrado su propia forma de seguir adelante, o de esconderse. Dustin se había aislado en sus estudios, de vez en cuando hablaba con Lucas, le contaba lo bien que le iba en la universidad, que a veces se encontraba con Steve.
Lucas y Max, por su parte, habían comenzado a vivir juntos tras la graduación. Se convirtieron en el puente entre todos: los que sostenían el contacto, los que no dejaban que el grupo se disolviera del todo. Will, en cambio, había elegido otro camino.
Cuando supo lo de Mike, lo primero que pensó fue en el duelo. En Jane.
Lo último que había visto —lo último que había podido presenciar— había sido a Mike al borde de las lágrimas, quebrado por dentro, repitiendo que nunca había llegado a decirle que la amaba. Esa culpa lo había consumido. Mike se aferraba a ella como si fuera lo único que le quedaba. Como si el dolor fuera la única forma de seguir sintiéndola cerca.
Y, en medio de todo eso, estaba la pintura.
Aquel cuadro colgado en la pared descascarada de su habitación. El que Will había hecho para él. Mike creía que había sido un encargo de Jane, y Will… había decidido no corregirlo. Tal vez porque necesitaba que él tuviera algo a lo que aferrarse, tal vez porque decir la verdad lo habría roto aún más. O tal vez…porque eso también lo habría expuesto a él. Sobre todo después de cómo había terminado todo, después de verlo desbordarse. Perderse. Consumirse en una culpa que no sabía soltar.
Mike necesitaba una razón.
Y Will le había dado una… aunque fuera una mentira.
El estómago de Will crujió, recordándole el hambre y la necesidad de recuperar algo de energía. Abrió la heladera, tomó la sopa y la volcó en una olla a fuego medio bajo.
Revolvió en silencio. Mecánico. Rutinario. Cuando estuvo lista, apagó el fuego y se sentó a la mesa, solo, en la cocina. Bebió el caldo caliente, dejando que el vapor le rozara el rostro. Una caricia leve. Y, aun así, suficiente para oprimirle el pecho.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien lo había tocado así?
El pensamiento lo encontró desprevenido.
Will se descubrió a sí mismo pensando en el amor… y en la certeza de que nunca sería capaz de recibirlo. No como los demás, no como alguna vez lo había imaginado.
Siempre era el observador.
Siempre estaba del otro lado, viendo cómo los demás se enamoraban, cómo luchaban por las personas que amaban… mientras él aprendía a ocupar su lugar en silencio. Había tenido que aceptar que su vida no sería como la de ellos, que lo suyo —todo lo suyo— estaba atravesado por lo inexplicable, por el desgaste de haber crecido sintiéndose distinto. El amor, para él, se había vuelto algo lejano. Intocable. Imposible. Y aun así… había intentado reemplazarlo.
Había aprendido a abrazar otro tipo de amor. Uno ligado a la fe. Un amor que prometía ser incondicional, o al menos, eso era lo que necesitaba creer.
El amor de quienes asistían a misa, el respeto de quienes lo miraban como algo más grande de lo que realmente era, las voces que lo llamaban “padre”, incluso cuando aún no lo era.
Ese era el amor al que debía acostumbrarse. El que había elegido, y, sin embargo… se sentía vacío. Como una presión constante en el pecho, como una daga que no terminaba de hundirse, pero tampoco de salir. Se repetía, una y otra vez, que todo iba a mejorar, que esto lo sanaría, que tenía que hacerlo.
Terminó la sopa casi sin darse cuenta y dejó el plato en la bacha. El día había sido largo, pero su mente nunca descansaba porque al cerrar los ojos… él aparecía.
Will lo soñaba.
Sentía su cercanía, su respiración rozándole el cuello, el calor de un deseo que no desaparecía, por más que lo negara durante el día. El cuerpo no obedecía como su fe pretendía.
Por eso necesitaba el agua.
El frío.
La fricción.
Borrarse.
Refregarse la piel una y otra vez, como si pudiera arrancarse de encima todo aquello que sentía, como si el deseo pudiera diluirse entre sus manos, pero no desaparecía, cuanto más lo reprimía durante el día… más fuerte regresaba en la noche.
Y Will ya no sabía cuánto más podría soportar.. La sensación era siempre la misma: Como una soga apretándole el cuello, cada vez un poco más.
Will terminó de lavarse los dientes y comenzó a desabrochar los últimos botones de su camisa. Se quitó el pantalón de una patada, dejándolo en una esquina. El frío que se colaba por la ventana, agitando suavemente las cortinas, le rozó la piel. El sonido a lluvia proveniente del exterior comenzó a inundar el silencio que lo acompañaba desde que había entrado a su casa. Su habitación, empapelada en tonos beige y marrón, le devolvía una imagen triste, como si también ella estuviera consumida por una realidad que no le pertenecía del todo.
Su mirada se detuvo en una esquina.
Allí yacía una maleta, y adentro guardados estaban sus materiales de dibujo y pintura.
Will la observó en silencio.
Extrañaba esa sensación: Lo sutil deslizándose entre sus dedos. El peso liviano del pincel, el aroma de los acrílicos, un bastidor nuevo, tensado a la perfección, el agua turbia en una lata manchada, cargada de restos de color, un overol sucio, olvidado, reclamando ser lavado. Todo eso… había quedado atrás.
Will había dejado de ser él. Para convertirse en algo más.
En alguien que pedía perdón por existir de la forma en que lo hacía. Un perdón que nunca llegaba.
Se metió entre las sábanas, con solo sus bóxer puestos, y apagó la luz de la mesita. Apoyó la cabeza sobre la almohada.
Rezó en silencio.
Las palabras comenzaron a desarmarse en su boca, perdiendo forma, desvaneciéndose antes de completarse.
La noche terminó de caer sobre él.
Y, poco a poco, su mente lo arrastró hacia esos lugares que se prohibía habitar cuando estaba despierto.
☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰
El Mundo del Revés se cernía sobre él, denso, viscoso.
El aire húmedo le llenaba los pulmones, pesado, como si cada respiración exigiera un esfuerzo mayor, como si acabara de correr durante horas. Partículas indescifrables flotaban a su alrededor, pero no estaba al aire libre.
Will se encontraba sentado sobre un banco de madera, astillado, detenido en el tiempo, dentro de lo que parecía ser una iglesia abandonada.
La iglesia de Hawkins.
Vestía su ropa habitual. Frente a él, la figura de Jesús crucificado lo observaba en silencio, su rostro, atravesado por el dolor parecía llorar sobre un suelo frío y desolado.
Will contuvo la respiración.
Entonces, sin previo aviso, una presencia a su lado.
Una mano.
No la había visto llegar.
El contacto comenzó en su muslo, lento, ascendiendo con una calma que resultaba insoportable.
Will tragó.
El peso de un cuerpo —o de una sombra— se apoyó contra él.
Un aliento cálido rozó su oreja, en contraste con el frío que lo rodeaba.
Cerró los ojos. Lo supo antes de verlo.
La boca del otro descendió por su cuello, apenas rozando, dibujando un recorrido que erizaba cada parte de su piel. El contacto húmedo se detuvo un instante sobre el rosario, como si lo reconociera… antes de continuar. Un sonido ahogado escapó de sus labios, no sabía si era un suspiro o una queja. La mano siguió su camino, firme ahora, encontrándolo incluso a través de la tela.
Will se tensó… y aun así, no se apartó.
Había algo en él que cedía. Que se inclinaba, que quería rendirse, dejar de resistir, dejar que aquello ocurriera. El deseo comenzó a expandirse, cálido, invadiéndolo por completo, desplazando el frío. La fricción, lenta, constante, lo desbordaba. Su cabeza cayó levemente hacia atrás, como si buscara más, como si lo necesitara.
La boca volvió a su oído.
Húmeda.
Cercana.
—Dime a quién perteneces.
La voz fue firme.
No una pregunta. Una exigencia.
Un mandato.
Will dejó escapar un gemido bajo, apenas contenido.
—Dime —insistió, más cerca aún—… y te abriré las puertas del cielo.
El mundo pareció detenerse.
Su respiración se quebró.
Y entonces, casi sin voz, casi como una confesión arrancada de lo más profundo
—A ti… —jadeó—. A ti, Mike.
☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰
Viernes 06 de Marzo, 1992.
El sudor se extendía por todo su cuerpo cuando los primeros rayos de sol se clavaron sobre su piel esa mañana. Agitado. Mareado. Con los restos del sueño aún adheridos a su cuerpo. A su entrepierna.
Will se destapó por completo.
Le tomó unos segundos —largos, densos— recomponerse lo suficiente como para entender.
Respiró hondo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Pasó la mano por su frente, como si pudiera borrar el recuerdo de unos labios sobre su piel.
En un lugar sagrado. Como si no fuera suficiente martirio fingir que quería estar ahí… cuando, en el fondo, sabía que lo necesitaba. La iglesia había sido su refugio. El único que había encontrado para lo que él llamaba su enfermedad. Y ahora… incluso ahí, él estaba.
Mike.
Se movía como un suspiro en su inconsciente. Libre. Cómodo. Como si ese espacio también le perteneciera, como si hubiera sido hecho para habitarlo.
Will apretó los dientes.
Se dijo que no era nada. Nada que no hubiera sentido antes. Nada a lo que no estuviera ya acostumbrado.
El día comenzaba, y con él, las tareas.
Otro baño.
Otra vez el agua fría cayendo sobre su cuerpo, intentando apagar el calor. El rastro de algo que no podía nombrar, refregar hasta borrar algo invisible. Cerró los ojos bajo el agua. Aun así… lo sentía, la sombra persistía sobre su nuca, tensa, instalada. Se llevó la mano al cuello, presionó, intentó aliviarlo, hacer crujir la rigidez.
Nada.
La tensión no cedía.
Exhaló largo, apoyando la frente contra los azulejos verdes del baño.
Había un nudo en su garganta.
Uno que no se deshacía, que, con el paso de los días, parecía endurecerse más, volverse piedra. Hoy pesaba. Y aunque quería soltarlo… no podía. La última vez que había llorado había sido aquel día, el día en que anunció su decisión, el día en que eligió la iglesia, desde entonces, algo se había apagado.. Como si se hubiera cerrado por dentro, pero Dios era misericordioso -Eso se repetía.-Dios escuchaba. Dios ofrecía consuelo. Dios daba calor.
Horas después, bajo los vitrales de la iglesia, con el sonido del órgano llenando el aire, Will deslizó los dedos por el rosario que colgaba de su cuello, un gesto automático, repetido.
Y, con la voz firme, el padre Mario comenzó el sermón de la misa matutina.
—No todo lo que sentimos nace de la verdad —comenzó el padre Mario, con voz calma—. A veces, el corazón puede confundirse.
Hizo una breve pausa.
—Hay deseos que parecen claros… inevitables incluso. Se presentan como algo puro, algo sincero. Pero no todo lo que se siente es necesariamente correcto.
Algunas cabezas se inclinaron en los bancos.
Will estaba parado a un costado de la fila de bancos, casi imperceptible detrás de un muro como si necesitara sentirse protegido, contuvo la respiración.
—Vivimos en un mundo donde las emociones pueden volverse guía… y, sin embargo, no siempre están alineadas con el camino que debemos seguir.
Su mirada se perdió por un instante en algún punto de la iglesia.
—El amor, muchas veces, es presentado como una fuerza que justifica todo. Como si bastara con sentir para que algo sea bueno. Pero el amor… también puede desordenarse. Puede tomar formas que nos alejan. Que nos confunden. Que nos hacen perder el rumbo.
El silencio se volvió más denso.
Will se removió en su lugar.
—Y es ahí donde aparece la verdadera prueba. No en lo fácil… no en lo que deseamos… sino en aquello a lo que estamos dispuestos a renunciar.
Otra pausa. Más profunda.
—Porque seguir el camino correcto no siempre se siente como paz. A veces se siente como pérdida. Como vacío. Como una herida que no termina de cerrar.
Su voz bajó apenas.
—Pero no todo sacrificio es en vano. Y no todo deseo merece ser alimentado.
Un murmullo leve recorrió el espacio.
—La fe, entonces, no es negar lo que somos… sino elegir, incluso con dolor, aquello que creemos que debemos ser.
El silencio del salón se llenó de susurros que debatían entre sí lo recientemente dicho.
Will ubicó a Beatriz a lo lejos que le dedicaba una sonrisa humilde. Él no pudo devolverla.
Bajó la mirada al suelo.
☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰
La gente comenzaba a retirarse, despacio, a su propio ritmo. La misa había terminado, y solo algunas personas permanecían cerca del confesionario, como si dudaran entre irse o quedarse un poco más.
Will asentía levemente a las señoras que pasaban junto a él, regalando sonrisas corteses y automáticas.
—Will.
La voz lo alcanzó desde atrás.
Se giró de inmediato.
—Sí, padre —respondió, bajando apenas la cabeza—. ¿En qué puedo ayudarlo?
El padre Mario sonrió.
—Estás muy cerca de terminar tu formación —dijo, con un tono que mezclaba orgullo y calma—. Has llegado lejos, muchacho. Recuerdo cuando entraste por primera vez a esta iglesia… estabas aterrorizado.
Y claro que Will lo recordaba.
—Ha pasado el tiempo —continuó el sacerdote—. Y creo que estás listo.
La mirada del padre se desvió un instante hacia las personas que aún quedaban en la iglesia, antes de volver a él.
El corazón de Will dio un salto.
—¿C…cómo? —preguntó, apenas.
—He estado pensándolo —dijo el padre Mario—. Creo que podrías comenzar con algo más… cercano.
Señaló con la mirada hacia el confesionario.
—¿Qué te parecería empezar a recibir confesiones? Después de la misa, muchos necesitan hablar. Reflexionar. —hizo una pequeña pausa—. ¿Crees que podrías hacerlo?
—Yo…
Las palabras no llegaban.
No iba a rechazarlo. No ahora. Nunca lo había hecho. Durante todos esos años, había aprendido a aceptar, a adaptarse, a obedecer.
Pero esto… Esto era distinto.
No se trataba solo de escuchar. Se trataba de responder. De guiar. De sostener.
¿Podía ocupar ese lugar… cuando él mismo todavía se sentía perdido?
¿Podía ofrecer respuestas… cuando ni siquiera tenía las suyas?
El silencio se extendió un segundo más.
—Tranquilo, Will —intervino el padre con suavidad—. Puedes empezar con uno o dos. No hay prisa. Solo necesitas estar dispuesto a escuchar… a comprender. Y, sobre todo, a no juzgar, pero sé que puedes con ello.
Le dedicó una sonrisa que buscaba ser tranquilizadora.
Para Will, en cambio, solo aumentó el nudo en su pecho.
El padre Mario volvió a mirar hacia el confesionario.
—Ya hay personas esperando. Puedes ir cuando te sientas listo.
Asintió levemente, y luego se alejó, atravesando las puertas que conducían a la parte trasera de la iglesia, ese espacio al que los fieles no tenían acceso.
Will lo siguió con la mirada… hasta que desapareció.
A lo lejos, Beatriz volvió a asentirle, con los ojos llenos de ilusión. Todos parecían tener más fe en él… que él mismo. Pero eso no era nuevo. Nunca lo había sido.
Will respiró hondo.
Y comenzó a caminar hacia el confesionario.
La estrecha cabina de madera lo envolvía, cerrándose a su alrededor como una pequeña caja.
El olor a incienso se había impregnado en el roble, denso, persistente. La madera crujía apenas bajo sus pies. Will ya había estado en un confesionario antes, pero siempre del otro lado. Sabía cómo funcionaba. Lo había vivido. Lo había observado. Había visto al padre Mario entrar y salir incontables veces.
Sabía qué hacer.
Lo que no sabía… era cómo sostenerlo. Dudar de sí mismo le resultaba natural. Casi automático. Los nervios se aferraban a su garganta, tensándole el pecho. Se llevó la mano al cuello y tiró apenas de la tela de la camisa, que de pronto le resultaba demasiado ajustada. Le faltaba el aire. Estiró los dedos, uno a uno, como si pudiera soltar la tensión desde ahí. Inhaló profundo. Exhaló lento. Y entonces… se sentó.
Escuchó el leve movimiento del otro lado. Alguien había entrado.
El corazón comenzó a latirle con fuerza, marcando el silencio.
Por un instante, dudó.
Pero ya no había vuelta atrás.
Con un movimiento contenido, corrió la pequeña rendija que separaba ambos espacios, la oscuridad del otro lado permanecía intacta.
Will tragó y escuchó la voz del otro lado, suave, femenina. Algo cansada.
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida… —respondió, con un hilo de voz.
Hubo un pequeño silencio.
—Hace tiempo que no me confieso —continuó ella—. No sabría bien por dónde empezar.
Will apoyó las manos sobre sus piernas, sintiendo el leve temblor en los dedos.
—Puede… —dudó un instante— Puede empezar por lo que más le pese.
La mujer exhaló, como si esa simple indicación le hubiera dado permiso.
—He estado… enojada. Mucho. Con mi familia, con la gente. Incluso… con Dios.
El silencio volvió a instalarse, más denso.
Will bajó la mirada, aunque nadie pudiera verlo.
—A veces… —empezó, y se detuvo— A veces eso también cansa.
No estaba seguro de si eso era lo correcto. Pero era lo único que tenía.
—Sí —respondió ella, casi en un susurro—. Cansa.
Otro pequeño silencio.
—Y después me siento culpable por eso —añadió—. Como si no tuviera derecho.
Will apretó levemente los dedos.
—Sentir… —inhaló, buscando sostener la voz— sentir no es lo mismo que fallar.
La frase salió más firme de lo que esperaba.
Se sorprendió a sí mismo.
Del otro lado, la mujer guardó silencio unos segundos más.
—Gracias… —dijo finalmente—. Creo que necesitaba escuchar algo así.
Will cerró los ojos un instante.
—Puede… volver cuando lo necesite.
La mujer murmuró una despedida suave antes de retirarse.
La madera crujió apenas.
Y el silencio volvió a ocupar el espacio.
Will se llevó la mano a la nuca.
Se sentía… un idiota.
¿Qué clase de conversación había sido esa?
Seguramente la mujer ya se estaría arrepintiendo de haber entrado, de haber confiado en un desconocido escondido detrás de una pared de madera… para recibir, a cambio, palabras vacías. Frases que cualquiera podría haber dicho. Frases que no decían nada.
Resopló, frustrado. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, dejando caer el peso de su cabeza por un segundo. No era suficiente. No estaba a la altura.
El silencio volvió a rodearlo.
Y, aun así… no podía irse. Se enderezó lentamente.
Segundo intento.
La madera volvió a crujir del otro lado.
Un peso distinto esta vez.
Más lento. Más pesado.
—Ave María Purísima…
La voz era grave. Cansada.
Will inhaló.
—Sin pecado concebida…
Hubo un silencio breve.
—No sé si esto cuenta como pecado —dijo el hombre—. O si solo… soy una mala persona.
Will frunció levemente el ceño, aunque nadie pudiera verlo.
—Puede… decir lo que necesite.
El hombre soltó una risa seca, sin humor.
—He dejado de hablarle a mi hijo.
El aire pareció detenerse.
—Discutimos hace meses. Dije cosas… que no debía, y él también, pero… —hizo una pausa— yo soy el padre. Se supone que debería haber sabido manejarlo mejor.
Will bajó la mirada.
—Y no lo hice.
El silencio se estiró.
—Ahora no responde mis llamadas. Ni mis mensajes. Y cada día que pasa… es más fácil no intentar.
Will apoyó las manos sobre sus piernas, sintiendo cómo el peso de esas palabras se asentaba en su pecho.
—Como si… rendirse fuera más sencillo.
—Sí —respondió el hombre, casi en un susurro—. Exactamente eso.
Will dudó.
Un segundo.
Dos.
Y luego habló.
—A veces… —su voz salió más firme— a veces uno se queda en el silencio porque es menos doloroso que enfrentar lo que rompió.
Se detuvo, como si midiera cada palabra.
—Pero eso no lo hace más fácil. Solo… lo vuelve más largo.
Del otro lado, el hombre no respondió.
Will tragó.
—Si todavía le importa… —continuó, más bajo— entonces no está tarde.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez de forma distinta.
—No sé si él quiera escucharme —dijo el hombre y le pareció sentir que su voz se quebraba.
—Tal vez no —admitió Will— Pero… decirlo igual… también es una forma de hacerse cargo. Al menos Dios ya te ha escuchado, dios ve tu sufrimiento, ahora… solo queda que lo intentes.
El hombre respiró hondo.
—Gracias… —murmuró finalmente.
La madera crujió suavemente cuando se levantó.
Y luego, otra vez, silencio.
El silencio se extendió lo suficiente como para que Will comenzara a preguntarse si ya no quedaba nadie más.
Se sentía… un poco más seguro. Por un instante breve —casi imperceptible— incluso deseó que alguien más entrara.
Los minutos pasaban.
Del otro lado, la cabina apenas dejaba filtrar algunos murmullos lejanos. Voces indistintas que no lograba reconocer: ¿personas esperando? ¿los últimos fieles abandonando la iglesia?
No podía saberlo.
Se frotó los ojos, cansados por la penumbra. Quizá ya era momento de salir.
Se puso de pie, y entonces, la madera crujió.
Alguien había entrado.
Will se quedó inmóvil por un segundo, luego, volvió a sentarse.
La madera crujió con un peso más liviano esta vez.
Un movimiento más torpe. Más joven.
Will se quedó quieto.
Esperó.
Silencio.
Uno… dos… tres segundos.
—Ave María Purísima…
La voz llegó amortiguada por la madera.
Más baja de lo normal. Como si estuviera contenida a propósito.
Will frunció apenas el ceño.
—Sin pecado concebida… —respondió.
Del otro lado, una respiración.
Inestable.
—No… no sé bien cómo decir esto.
Will apoyó las manos sobre sus piernas, sintiendo cómo el cuerpo se le tensaba otra vez.
—Puede tomarse su tiempo.
Silencio.
Más largo.
—Me fui —dijo finalmente el chico— Dejé todo.
La frase cayó seca.
—Mi casa. Mi gente. —hizo una pausa— A alguien.
El corazón de Will dio un golpe seco.
Se obligó a mantenerse quieto.
—Y no sé si… —la voz titubeó— si hice lo correcto.
Will tragó.
—¿Por qué decidió irse?
Otra pausa.
—Porque… —exhaló— sentía que, si me quedaba… me iba a ahogar.
Del otro lado se removieron, incómodo.
—Había algo en mí que no… —se detuvo— que no encajaba. Y mientras más lo intentaba… peor era.
Will bajó la mirada.
Sus dedos se tensaron sobre la tela.
—Pensé que yéndome… —continuó— iba a poder… no sé… arreglarlo.
Un silencio breve.
—O al menos… dejar de lastimar a los demás.
Will cerró los ojos un instante.
—¿Y lo logró?
La pregunta salió más suave de lo que esperaba.
Del otro lado, una risa leve. Casi rota.
—No.
Silencio.
—Porque sigue ahí.
La voz bajó aún más.
—No importa cuánto me aleje. No importa lo que haga. Sigue ahí.
El pecho de Will se tensó.
—Y lo peor es que… —continuó el chico— ni siquiera sé si eso que siento… tiene sentido.
Otra pausa.
—Si es algo real, o si solo… lo inventé.
Will respiró hondo, lento.
—¿Cree que irse lo ayudó a entenderlo?
Silencio.
—No —respondió, después de unos segundos— Solo… lo hizo más grande.
Las palabras se clavaron.
—Antes al menos podía… ignorarlo a ratos. Ahora… es lo único que tengo.
El silencio volvió.
Más denso.
—Y no sé si… —la voz se quebró apenas— si vale la pena volver… por algo que tal vez ni siquiera… —no terminó la frase—
Will sintió el impulso de hablar… pero dudó, un segundo. Y entonces comenzó:
—A veces… —empezó, con cuidado— alejarse no cambia lo que sentimos.
Tragó, dándose cuenta de lo tanto que se estaba reflejando en sus propias palabras.
—Solo… nos deja a solas con eso.
Del otro lado un silencio atento a sus palabras.
—Y eso puede hacerlo más difícil.
Otra pausa.
Will apretó levemente los dedos.
—Pero también… más claro.
La respiración del chico se volvió más presente.
—¿Y si… —dijo— si lo que siento… no está bien?
El mundo pareció detenerse.
El sermón de esa mañana cruzó la mente de Will.
El “orden”.
El “desvío”.
Su garganta se tensó.
—No todo lo que se siente… es fácil de aceptar —dijo finalmente.
Cuidando cada palabra.
—Pero ignorarlo… no hace que desaparezca.
Pausa.
—Yo pensé que sí —susurró el chico—Pensé que podía dejarlo atrás.
Will cerró los ojos.
—¿Y ahora?
La respuesta tardó.
—Ahora… —inhaló— no sé si estoy huyendo… o si ya es demasiado tarde para volver.
El corazón de Will latía con fuerza.
—Nunca es tarde para… intentar entenderlo —dijo.
La frase le pesó en la boca. Del otro lado, una respiración temblorosa.
—Hay alguien —añadió el chico, de pronto— la voz bajó aún más— Alguien que ya no está y… no puede salir de mi cabeza.
El aire se le cortó a Will, y el chico continuó.
—No importa lo que haga. Las cosas que no dije. Las cosas que no hice.. siguen ahí.
Will apretó la mandíbula.
—Entonces… —dijo, casi sin voz— tal vez no se trata de sacarlo.
El silencio fue absoluto, como si el tiempo se hubiera detenido entre ambas paredes.
—¿Entonces de qué trata? —preguntó el chico.
Will dudó.
Mucho.
Pero cuando habló, su voz ya no tembló.
—De entender… por qué está ahí. De entender por qué no dijiste e hiciste.
—¿Y si no me gusta la respuesta? —preguntó el chico, en voz baja.
Will sintió cómo algo en su pecho se apretaba.
—A veces… —dijo lentamente— no se trata de que nos guste.
Tragó.
—Sino de que sea… verdad.
Del otro lado, una respiración entrecortada.
—¿Y cómo se supone que haga eso? —preguntó— ¿Volver… como si nada?.
Will bajó la mirada.
—No —respondió— Nada vuelve a ser como antes.
La frase quedó suspendida.
—Pero quedarse lejos… —añadió— tampoco lo arregla.
El chico no respondió enseguida.
—Tengo miedo —admitió, finalmente.
Esa simpleza le pegó directo, el chico continuó.
—De qué pase algo… o de que no pase nada.
—Ambas cosas… pueden doler. —dijo Will.
—Si vuelvo… —dijo el chico— tengo que hacer algo.
Will escuchó, atento.
—Y no sé si voy a poder… fingir que no pasa nada.
El aire se volvió más pesado, y Will apretó los dedos contra sus piernas.
—Tal vez… no tenga que fingir.
La respuesta salió antes de poder frenarla.
Un silencio, demasiado largo.
—No sé cómo hacer eso —susurró el chico.
Will respiró hondo.
—Nadie sabe… al principio.
Otra pausa.
—Pero… quedarse en un lugar donde uno tiene que fingir todo el tiempo…—su voz bajó apenas— también termina rompiendo.
El eco de sus propias palabras le dolió. Del otro lado, el chico exhaló, como si algo dentro de él cediera.
—Gracias… —dijo, casi en un susurro.
Will no respondió enseguida.
—¿Quiere.. que recemos?
—No.. no. Está bien. Gracias.
—Puede volver cuando lo necesite —murmuró finalmente.
La madera crujió.
El peso se levantó.
Un segundo. Dos.
Will se quedó inmóvil.
Sintiendo que algo importante acababa de pasar…aunque no supiera exactamente qué.
Y por primera vez desde que había entrado ahí…no quiso que la persona del otro lado se fuera, porque, de alguna manera, había encontrado a alguien que se sentía como él.
Will salió del confesionario después de atender a dos personas más. Le dolía la cabeza. Pero, al mismo tiempo… se sentía distinto.
¿Más liviano?
Frunció apenas el ceño ante la sensación.
Había sido extraño. Intenso. Y, sin embargo… agradable.
Casi como si, por un momento, hubiera dejado de estar encerrado en sí mismo. Como si escuchar a otros le hubiera dado un respiro de su propia mente.
Exhaló lento.
Tal vez… no había estado tan mal.
Eso —aunque fuera mínimo— le devolvió algo que esa mañana había perdido.
-Un poco de confianza, un poco de estabilidad- mientras caminaba, pensó en eso. En cómo cada persona cargaba con algo distinto. Un mundo entero, invisible para los demás, la simpleza y lo complejo. El vacío… y el todo. Will absorbía cada historia como una esponja. Le dolían. Se le quedaban adheridas. Pero había algo más: al final de cada confesión… cuando del otro lado el peso parecía aflojarse, aunque fuera apenas… él también respiraba mejor.
Como si, por un instante, la paz fuera compartida.
Hawkins, 4 de Marzo de 1991.
Eran las cuatro de la tarde. El día se mostraba soleado, casi alegre.
Una brisa suave movía el cabello de la gente al pasar, y todo parecía… en calma.
Pleno. Tranquilo. Seguro. Pero por dentro, las cosas eran muy distintas.
La pila de ropa se extendía sobre su cama. Mike seleccionaba con cuidado qué prendas llevarse. Doblando. Desdoblando. Dudando.
Como si en cada elección hubiera algo más en juego que solo ropa.
Ya tenía un destino, uno que no le había mencionado a nadie. Había investigado: El clima. La gente. Las oportunidades. Todo parecía señalar el mismo lugar, pero no era solo eso. Mike no se fue de Hawkins con un plan, se fue porque quedarse ya no era una opción. Había intentado seguir como si nada hubiera cambiado, como si el tiempo pudiera acomodar las cosas por sí solo. Pero no lo hizo. Las calles eran las mismas. La casa. Las voces. Todo seguía ahí… menos él. O al menos, la versión de él que sabía cómo encajar. Había algo que no podía nombrar, algo que crecía en silencio, ocupando cada espacio que antes se sentía seguro, y cuanto más lo ignoraba… más presente se volvía.
Así que se fue.
Sin despedidas largas, sin explicaciones claras. Solo distancia. Una que esperaba que fuera suficiente.
No lo fue.
Ravenwood no había sido una elección al azar.
Sabía que Lucas y Max estaban ahí, que habían logrado construir algo, lejos de todo. Y también sabía que Will… -No terminó el pensamiento.-
No todavía.
Había pasado demasiado tiempo.
Demasiadas cosas sin decir.
Pero aun así, eligió ese lugar.
Como si una parte de él necesitara acercarse… aunque no supiera cómo.
Mike tomó su bolso y partió.
Ravenwood, Jueves 5 de Marzo 1992.
Un año.
Había pasado un año desde que llegó a Ravenwood.
Un año de calles desconocidas que dejaron de serlo.
De rutinas armadas a medias.
De silencios largos.
De cafés amargos.
De evitar.
Mike nunca había llamado. Nunca había tocado la puerta. Nunca había preguntado si podía entrar.
Sabía dónde vivían. Había pasado por esa calle más veces de las que podía admitir.
A veces frenaba a mitad de cuadra, a veces seguía de largo, a veces se quedaba unos segundos más… mirando las luces encendidas desde lejos. Como si eso fuera suficiente. Nunca lo era.
Esa noche, la lluvia caía sin tregua. Golpeaba los techos, las ventanas, el asfalto. El aire estaba frío, húmedo. Ravenwood respiraba lento y Mike estaba parado frente a la casa.
Las manos le temblaban apenas, aunque no sabía si era por el frío. Las luces estaban encendidas. Había movimiento adentro. Gente. Vida. -Tragó-. Podía irse. Lo había hecho antes. Podía dar media vuelta, desaparecer otra vez entre la lluvia y volver a su rutina de siempre. A no decir nada. A no enfrentar nada. Pero esta vez… No se movió.
Sus dedos se cerraron en un puño.
Esperó unos segundos y finalmente golpeó la puerta.
El silencio del otro lado de la puerta se extendió. Pesado. Tan presente que dejó en evidencia otro ruido del que no había sido consciente hasta ese momento.
Su propio pulso, golpeando con fuerza en sus muñecas. En su cuello. En su cabeza. La garganta seca. Por un instante, pensó que no iban a abrir. Que lo habían escuchado… y decidido ignorarlo, y, en cierta forma, lo merecía.
Un año.
Un año sin decir nada. Sin explicar. Sin siquiera asegurar que estaba bien. Había desaparecido, y quizá lo peor de todo… había estado cerca. Siempre cerca, pero nunca lo suficiente como para tocar esa puerta. Hasta ahora.
Entonces, pasos. Firmes, del otro lado. Eran las once de la noche.
El sonido de las llaves, los cerrojos, el metal chocando entre sí, rompió el silencio como un eco dentro de su pecho. La puerta se abrió apenas. Una línea de luz se derramó sobre él, iluminándole el rostro empapado. Y después… La figura completa.
Lucas.
Se quedó inmóvil.
El ceño fruncido. La mirada fija. Confusión. Preocupación. Reconocimiento. Todo al mismo tiempo.
Mike no dijo nada. No pudo.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de todo lo que no había pasado en ese año. Hasta que, de a poco… algo en la expresión de Lucas cambió. Se suavizó, como si el tiempo, de golpe, volviera a alcanzarlos.
—Mike…
Su nombre salió distinto.
Más bajo. Más cargado.
Mike sintió que algo en el pecho se le quebraba apenas.
—Lucas.
Detrás de Lucas, una cabellera pelirroja se movió con inquietud.
Se asomó, primero con confusión, después… algo más.
Max avanzó un par de pasos rápidos… y se detuvo en seco en el umbral. Sus ojos se abrieron apenas. Sorpresa.
Y, de pronto, algo se apagó.
—Wheeler.
No fue un saludo.
El silencio se tensó entre los tres.
Lucas exhaló, pasándose una mano por el rostro, como si intentara ordenar demasiado en muy poco tiempo. Miró hacia la calle, a ambos lados. La lluvia seguía cayendo con fuerza.
—Creo que… —empezó, dudando un segundo— lo mejor es que entres. El clima está horrible.
Mike asintió.
No confiaba en su voz.
Avanzó.
El espacio entre ellos se abrió apenas, lo justo para dejarlo pasar. Al cruzar el umbral, el calor de la casa lo envolvió de golpe. El contraste le erizó la piel. Detrás, la puerta se cerró, y por un segundo, nadie dijo nada.
Max y Lucas se miraron.
Confusión. Sorpresa. Demasiadas preguntas.
Y Mike, de espaldas a ellos, de pie en medio de ese lugar que alguna vez había sido suyo también… sin saber por dónde empezar.
Una toalla cubría la espalda de Mike mientras sostenía un tazón de sopa entre las manos. El vapor le rozó el mentón, y agradeció el calor. Frente a él, en el sillón, estaban Lucas y Max. Los tres compartían una sala demasiado cálida. Un calor al que Mike ya no estaba acostumbrado. Se notaba.. En todo. En cómo Lucas y Max se movían. En la forma en que hablaban sin hablar. En ese hogar que habían construido juntos: armonioso, vivo… con un leve aroma a manzana que le picaba en la nariz. Mike bajó la mirada al tazón, agradeció en silencio, pero las miradas seguían ahí, clavadas en él.. Esperando. Exigiendo. Sabía que tenía que hablar.
—Bueno… —empezó.
Las manos le temblaban apenas. Lucas lo notó de inmediato.
—Hey… —dijo, con suavidad—. No tienes que hablar ahora si no te sientes bien.
Mike negó, frunciendo el ceño.
—No… no. Tengo que hacerlo. —tragó—. He estado mucho tiempo intentando… pero no sabía cómo.
Lucas asintió, apenas.
Max no apartó la mirada.
—Lo… lo siento.
El silencio cayó pesado.
Max resopló.
Lucas le lanzó una mirada de advertencia.
—Está bien —continuó Mike, apurándose—. Entiendo si están enojados. No espero que me perdonen.
—¿Enojados? —repitió Max, inclinándose hacia adelante—. Mike… enojados es lo último que estamos.
Se movió incómodo en su lugar.
—Desapareciste un año. —su voz se tensó—. Un maldito año.
Mike bajó la mirada.
—No llamaste. No avisaste dónde estabas. —continuó—. Ni siquiera tu mamá sabía si estabas bien.
Su tono se elevó.
—¿No hemos pasado ya por suficientes desapariciones? ¿Suficiente mierda?
Sus ojos brillaban, irritados. No llegó a llorar.
—¿En qué estabas pensando?
El silencio vibró.
Mike apretó el tazón entre sus manos.
—Mismo Will se aisló completamente…
Ahí, su nombre.
Se le clavó en el pecho.
—Pero al menos él llamó —añadió Max—. ¿Qué demonios les pasa?.
Alzó las manos, frustrada, y las dejó caer con fuerza sobre su regazo.
Max estaba tensa. Cansada.
Lucas, en cambio, permanecía en silencio, con las manos entrelazadas, pensativo.
Mirando a Mike.
Esperando.
—Yo… yo… —Mike tembló.
Dejó el tazón sobre la mesa que los separaba, sin confiar en el pulso de sus manos.
Exhaló largo.
—Simplemente… huí. —bajó la mirada—. No encontré otra forma de enfrentar las cosas.
Max negó despacio, en silencio.
—Sé que no fue lo mejor. —continuó—. Pero… he estado aquí. En Ravenwood.
La frase cayó pesada.
—He estado cerca… solo que… —tragó— sólo.
El silencio fue inmediato. Denso.
Lucas abrió los ojos, sorprendido, no lo había esperado.
Un año. Un año en el mismo lugar… sin decir nada. Sin verlos.
Mike evitó sus miradas.
—No quería… —añadió, más bajo—. No podía estar con nadie.
Nadie respondió.
—¿Saben algo de Dustin? —preguntó de pronto, como si necesitara escapar.
—Hablamos con él todas las semanas —respondió Lucas, finalmente— Está bastante cabreado contigo.
Mike asintió. Lo esperaba.
—Y Will…
—No pregunté por él —interrumpió Mike.
Demasiado rápido. Lucas alzó apenas las cejas.
Lo miró con atención, como si intentara encajar algo que no terminaba de cerrar.
Desvió la mirada hacia Max, ella estaba tensa, demasiado, como si estuviera conteniéndose.
Lucas volvió a Mike, pero no insistió.
No todavía.
Tragó.
—Termina tu sopa —dijo, levantándose— ¿Tienes dónde quedarte esta noche?
Mike dudó un segundo.
Asintió.
Lucas y Max también se pusieron de pie. Max desapareció en la cocina sin decir nada.
—Puedo igual… —la voz de Mike se quebró apenas— ¿puedo quedarme esta noche?
La vulnerabilidad quedó expuesta en el aire.
Lucas se detuvo, se dio media vuelta y una leve sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
Cansada. Pero sincera.
Asintió.
—Sí… claro que sí.
☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰☨♱♰♱♰
Mike terminó de acomodar la cama. Las sábanas, las almohadas, las frazadas. Todo lo que Lucas y Max le habían dado para la habitación de huéspedes. A pesar de que habían dicho que nadie la usaba, que estaba medio abandonada… olía bien. Limpia. Cuidada. No había rastro de humedad, nada parecido al lugar donde él había estado viviendo. Esto… era una habitación de verdad. Se dejó caer sobre el colchón. Se hundió apenas bajo su peso.
Cerró los ojos un segundo y deslizó los dedos sobre la sábana, como si ese simple contacto pudiera devolverle algo. Compañía, quizá.
Aunque la soledad seguía ahí… se sentía distinta. Más liviana. Había dado un paso.
Había vuelto. Había visto a sus amigos. Había pedido perdón.
Y, aunque fuera mínimo… algo parecía empezar a acomodarse.
Huír no había sido lo correcto. Lo había necesitado, sí, pero en el proceso había entendido algo más profundo: él nunca había sabido estar solo. Siempre había necesitado a los suyos, siempre había sentido que tenía un lugar entre ellos. Una función. Y después de que Jane murió… algo en él se había ido con ella. El dolor seguía ahí.
Zumbando en el pecho. Constante. Se culpaba. Se odiaba. Se había consumido en sus propios pensamientos cada noche. Pero no era solo eso. Mike no solo se sentía culpable por no haberle dicho a Jane que la amaba. El peso real era otro. Más oscuro. Más difícil de nombrar.
Nunca lo había hecho. No de esa manera.
Había querido. Había intentado. Había buscado, incluso, sentirlo.
Desearla.
Pero no había fuego. No había ese impulso. Jane era… un refugio.
Un sostén. Una presencia inmensa. Una heroína. De esas que admiras a distancia. De las que cuelgas posters en la pared.
La amaba.
Sí.
Pero su amor… tenía otra forma. Otro sabor. Otro nombre. Un amor muy distinto a-
Apartó el pensamiento de golpe.
Se incorporó apenas, frustrado. Se pasó las manos por la cara. El velador proyectaba sombras en las esquinas de la habitación. Sombras que parecían observarlo.
Él necesitaba desprenderse de la idea que las cosas podrían haber sido distintas si quizá Will se quedaba. Si no se hubieran distanciado tanto aquella vez antes de que él decidiera irse de Hawkins. Mike pensaba que Will lo había traicionado, de alguna manera. Que lo dejó solo. Lo dejó solo con la creencia de que Jane había encargado la pintura que colgaba sobre su pared. Mike lo había entendido tarde, había sido imposible que Jane pidiera eso, pero no fue hasta que un día estaba conversando Nancy. Manteniendo el recuerdo de Jane vivo entre los que habían quedado aún en Hawkins.
-
Mike se encontraba escribiendo en su máquina de escribir, su habitación ya estaba completamente distinta a aquella que presenciaba en su adolescencia. Las paredes ahora tenían otro tipo de posters, otro tipo de señaléticas y decoraciones. Seguía azul. Pero la pintura que había hecho Will reposaba religiosamente en frente de su escritorio. Él siempre la veía, él siempre la tenía como un refugio cuando sus bloqueos de escritor lo arañaban por las noches. Unos golpes en su puerta lo interrumpieron, dejó sus lentes a un costado.
—Adelante.
La puerta se abrió revelando a Nancy que cargaba unas ultimas bolsas antes de su mudanza.
—Hey -sonrió.
Mike la observó.
—¿Cómo estás?
—Escribiendo.
Nancy asintió, pero había algo en su expresión. Duda. Como si estuviera midiendo sus palabras. Dejó las bolsas en el suelo y se sentó en la cama.
Estudió el silencio de Mike. Siempre lo encontraba escribiendo con el mismo reflejo de tristeza en la mirada.
—¿Sigues escribiendo sobre ese día?
Mike se tensó.
¿Cuál de todos?
Demasiados días. Demasiadas pérdidas.
Nancy no insistió.
Su mirada recorrió la habitación. Quiso cambiar de tema.
Se detuvo en la pintura.
Sonrió.
—Will siempre fue muy talentoso.
Mike asintió.
—Diría que… es hasta poético —murmuró Nancy—. Cómo logra capturar la esencia del grupo. Todos unidos… enfrentando algo más grande.
Mike la miró de reojo.
—Está inspirado en Dungeons and Dragons.
—Oh —Nancy ladeó la cabeza—. Claro. Por supuesto que Will haría algo así.
Una pequeña risa.
Mike volvió a mirar la pintura.
—En realidad… Will la pintó, pero Jane se la encargó para mí.
Nancy frunció el ceño.
—¿Jane?
Silencio.
—¿Qué? —preguntó Mike.
—No tiene sentido.
Mike soltó una risa corta, incrédula.
—¿Cómo que no?
Nancy negó, pensando.
—Mike…-dudó por un momento- nada.
Mike la observó dejando a un lado la escritura, levantó una ceja.
—Es que.. -continuó, aún dudando- Jane no sabía nada de Dungeons and Dragons.
La frase cayó. Pesada. Mike frunció el ceño.
Iba a responder. A defenderla. Pero— tenía razón.
Nancy continuó:
—La misma Jane que ponía los ojos en blanco cuando tú y Will hablaban de eso... es que no le encuentro mucho sentido.
Mike se quedó quieto. Helado. Entonces… ¿cómo…?
El pensamiento se armó solo. Lento. Doloroso.
Will.
El discurso.
Las palabras.
“El corazón”.
Mike tragó.
Sintió algo moverse dentro suyo, algo que no quería tocar.
—Hey… —Nancy se inclinó hacia él, notándolo.
—Necesito estar solo.
—Mike, no creo que—
—Nancy.
Su voz salió más firme.
—Déjame solo.
Mike comprendió. Mike recordó. Y, por un instante, casi… lo aceptó. La idea se formó despacio, encajando pieza por pieza hasta volverse imposible de ignorar. Algo dentro suyo se desplazó. Se quebró. Como si una verdad que siempre había estado ahí, latente, finalmente encontrara la forma de salir a la superficie. Y lo aterrorizó. Le revolvió el estómago. Le erizó la piel. Había encontrado una respuesta.. Pero no era una que quisiera tener. No era una que pudiera sostener. El cuerpo le reaccionó antes que la mente.
Un rechazo inmediato, un calor incómodo bajo la piel, como si algo le picara desde adentro, como si tuviera que arrancárselo.
Nancy levantó las bolsas del suelo. Se detuvo en la puerta. Lo miró una última vez.
Había preocupación en sus ojos… pero también entendimiento. No dijo nada. Cerró despacio. Y lo dejó solo.
Mike no se movió.
El pecho vacío, la cabeza en ruido constante. Y el corazón…perdido. Lejos. En algún lugar que todavía no se animaba a nombrar, pero que, aun así.. lo estaba esperando.
Mike se apresuró a escribir en la máquina. El sonido de las teclas llenó la habitación, constante, casi desesperado. Arrancó la hoja que tenía a medio terminar sin siquiera releerla, la hizo a un lado con un movimiento brusco y colocó una nueva. No podía detenerse. No quería detenerse. Sus dedos comenzaron a moverse otra vez.
Más rápido. Más torpe.
Como si escribir fuera la única forma de ordenar el caos que le comprimía el pecho.
Las palabras salían sin filtro, atropellándose entre sí, sin estructura, sin forma clara. No estaba escribiendo para que alguien lo leyera. Ni siquiera para entenderlo del todo.
Estaba escribiendo para no ahogarse.
El tiempo pasó sin que lo notara.
La luz de la tarde se desvaneció lentamente, tiñendo la habitación de tonos más fríos, más apagados, hasta que la luna comenzó a asomarse por la ventana, silenciosa, testigo de algo que Mike apenas podía sostener.
Sus ojos ardían, la garganta se le cerraba cada vez más.
El miedo, el anhelo, el deseo… todo se acumulaba en su pecho como una presión constante, insoportable, como si respirar no fuera suficiente para aliviarlo.
Quiso llorar. Lo sintió subir. El nudo. La urgencia. Pero no pudo. Se quedó ahí, atrapado en ese punto intermedio donde el dolor no encuentra salida. Pensó en todo lo que había pasado: en lo que no había dicho, en lo que había fingido, y en lo que, quizá, había estado ahí desde siempre. Sintió que era demasiado tarde. Que lo había dejado pasar. Que había enterrado algo importante en nombre de lo que creía correcto, de lo que se suponía que debía sentir, de lo que esperaba de sí mismo.
Se odió por eso.
—¿Cómo no lo vi antes? —murmuró para sí, apenas, con la voz rota.
Pero enseguida otra idea lo golpeó.
¿Y si no era real? ¿Y si se estaba inventando todo? ¿Y si estaba tratando de darle sentido a algo que no lo tenía? La duda lo atravesó. Lo desordenó por completo.
Se sintió ridículo. Se sintió perdido. Se sintió… fuera de sí. Como si no pudiera confiar en su propia cabeza. Como si todo lo que creía saber de sí mismo empezara a resquebrajarse. El sonido de las teclas se volvió más errático, más pesado, hasta que finalmente se detuvo. Mike quedó quieto frente a la hoja.
Respirando con dificultad. El pecho subiendo y bajando con fuerza. Había algo claro entre todo ese ruido.
Una decisión.
No sabía si era la correcta. No sabía si iba a arreglar algo. Pero era lo único que tenía. Tenía un plan: Mañana se iría. Mañana dejaría todo atrás. Enfrentaría lo que le punzaba por todo el cuerpo. Necesitaba una respuesta.
No sabía exactamente cómo iba a hacerlo, ni qué iba a encontrar del otro lado. No tenía garantías, no tenía certezas. Solo tenía una sensación. Una dirección. Un nombre que latía en su cabeza como un pulso constante, insistente, imposible de ignorar. Como si en él estuviera la respuesta. O la condena.
Mike no sabía si estaba huyendo otra vez… o si, por primera vez, estaba yendo hacia algo. Pero necesitaba hacerlo. Necesitaba moverse.
Porque quedarse significaba enfrentarse a algo que todavía no podía nombrar sin que le doliera. Se pasó una mano por el rostro, exhausto.
La habitación se sentía distinta ahora: Más pequeña. Más cargada.
Mike apoyó la espalda contra la silla, cerró los ojos un instante.
Mañana.
Mañana empezaba algo nuevo.
O eso quería creer.
Se iría lejos. Y, al mismo tiempo… terriblemente cerca.
-
Viernes 06 de Marzo, 1992.
La luz del día se filtró a través de las cortinas antes de que Mike abriera los ojos. No fue un despertar brusco. Fue lento. Pesado. Como si su cuerpo no terminara de entender dónde estaba.
Parpadeó un par de veces, mirando el techo desconocido, hasta que la memoria cayó de golpe. La noche anterior: Lucas. Max. La puerta.
Se incorporó despacio, llevándose una mano a la cara. Había dormido más de lo que esperaba. O quizá menos de lo que necesitaba.. No lo sabía. El silencio de la casa era distinto al de su departamento. Menos frío. Menos… vacío.
Se levantó, acomodó un poco las sábanas por inercia y salió de la habitación. Pasó por el baño que estaba en el primer piso y luego el aroma lo golpeó antes de llegar a la cocina.
Café.
Algo tostado.
Vida.
Max estaba de espaldas, apoyada contra la mesada, con una taza en la mano.
No parecía apurada, tampoco relajada, solo… presente.
Mike dudó un segundo en la entrada.
—Buen día —dijo, al final, con la voz todavía algo áspera.
Max giró apenas la cabeza.
Lo miró, evaluándolo.
—Buen día.
No había enojo en el tono.
Pero tampoco calidez. Era… neutral. Y eso, de alguna forma, pesaba más.
Mike asintió levemente, acercándose.
Tomó una taza que estaba sobre la mesa. Todavía tibia.
—Lucas salió temprano —agregó Max, como si respondiera a una pregunta que Mike no había hecho—. Trabajo.
—Ah.
El silencio se instaló entre ellos.
Mike apoyó la taza en los labios, más para ocupar sus manos que por sed.
Max lo observaba de reojo.
—¿Dormiste?
La pregunta lo tomó desprevenido.
—Sí… —respondió, dudando—. Mejor de lo que pensé.
Max asintió.
Miró su propia taza.
—Bien.
Otra pausa. Más corta. Pero igual de incómoda.
Mike carraspeó apenas.
—Gracias… por dejarme quedar.
Max se encogió de hombros.
—Aunque te cueste creerlo, te quiero Wheeler -lo miró fijo- pero sigo ofendida por la situación. Ya tendremos más tiempo para hablar de esto.
Mike la miró fijo.
—Y sobre ya sabes quién -agregó. Y antes de que Mike pudiera decir o hacer algo, se encaminó hacia fuera.
Mike dejó escapar una exhalación leve, casi una sonrisa cansada.
No se quedó mucho más.
El aire dentro de la casa, aunque cálido, empezaba a sentirse denso. Demasiado cargado de cosas que todavía no podían decirse. Tomó su campera, murmuró una despedida breve y salió.
El día lo recibió distinto, el cielo estaba despejado. El sol caía suave sobre las calles todavía húmedas de la noche anterior. Ravenwood parecía… tranquilo. Casi engañosamente tranquilo.
Mike caminó sin apuro.
Las manos en los bolsillos, los pasos marcando un ritmo constante sobre la vereda. No tenía prisa por volver.. Su departamento lo esperaba igual que siempre. Silencioso. Vacío.
Tomó una calle distinta a la habitual. Un atajo, o al menos, eso se dijo. En realidad, no estaba seguro de por qué había girado ahí. Las casas empezaron a espaciarse, los árboles a cerrarse un poco más sobre el camino, el ruido del pueblo quedó atrás, volviéndose más difuso. Más lejano. Y entonces, la vio. La iglesia. Se alzaba a unos metros, bañada por la luz del sol. Muy distinta a como la habría imaginado. No sombría. No intimidante. Sino… quieta. Casi en paz.
Mike se detuvo.
Frunció levemente el ceño, como si no terminara de entender por qué eso lo había hecho frenar. No era religioso, nunca lo había sido, y, sin embargo… ahí estaba. Mirándola. Sintiendo algo. Una incomodidad suave en el pecho, una especie de tirón, como si algo lo empujara a acercarse, o a huir. No estaba seguro. Dio un paso. Se detuvo.
Resopló.
—Solo es una iglesia… —murmuró para sí, casi con fastidio.
Pero no se movió. Sus ojos se deslizaron hacia la entrada. La puerta estaba abierta, apenas con gente que aún salía de, -pensó- alguna misa o evento.
Mike tragó.
Podía seguir caminando. Podía ignorarlo. Volver a su rutina. A su silencio. A no decir nada. Pero después de todo lo que había pasado… de todo lo que había evitado… ¿no era eso lo que lo había llevado hasta ahí?
Se pasó una mano por el cabello.
Exhaló.
Y, antes de poder pensarlo demasiado, avanzó.
Mike ingresó a la iglesia observando la altura del lugar, dejando que sus ojos recorrieran los vitrales que se extendían a los costados, teñidos de colores suaves por la luz del día. Las figuras religiosas parecían mirarlo desde cada rincón, inmóviles, ajenas. Algunas monjas caminaban en pequeños grupos, conversando en voz baja, con sonrisas humildes que parecían formar parte de una rutina que no se cuestionaba. Todavía quedaban algunas personas dispersas, hablando entre ellas, como si el eco de la misa reciente siguiera flotando en el aire.
Parecía el final de algo.
O quizá el comienzo de otra cosa.
Mike avanzó unos pasos, sin saber muy bien qué buscaba. Su mirada se movía sin detenerse demasiado en nada, hasta que algo llamó su atención en un rincón más apartado. Una cabina de madera, discreta, casi escondida, con un par de personas esperando su turno. El confesionario.
Se quedó quieto.
Dudó.
Sintió algo moverse dentro suyo, una incomodidad que no supo nombrar del todo, pero que lo empujó a no apartar la vista.
Podría intentarlo, ¿verdad?
La idea apareció sin aviso, casi como un impulso. No tenía a nadie con quien hablar, o, mejor dicho, no tenía a nadie con quien pudiera hablar de verdad. Lo que había vivido en Hawkins seguía siendo un peso imposible de compartir. Era más fácil transformarlo en palabras dentro de una historia, esconderlo detrás de monstruos, de héroes, de mundos que otros podían tomar como fantasía. En sus escritos, todo eso encontraba un lugar. Era aceptable. Comprensible, incluso.
Pero en la realidad… no había espacio para eso.
Y aun así, no era eso lo que más le pesaba.
Había otras cosas. Más silenciosas. Más difíciles de explicar.
Pensamientos que se le adherían a la piel, emociones que no lograba acomodar, una sensación constante de estar fuera de lugar en su propia vida. Había aprendido a guardarlo, a empujarlo hacia adentro, a convencerse de que no tenía sentido, de que era mejor no nombrarlo.
Porque nombrarlo lo volvía real.
Y si era real… entonces algo en él estaba mal.
Mike tragó.
Sabía, en el fondo, que una iglesia no era precisamente el lugar más seguro para abrirse de esa manera. No con lo que llevaba dentro. No con lo que apenas podía admitir para sí mismo. El lugar donde habitaba “Dios” debería haberle resultado ajeno, incluso hostil.
Pero el confesionario…era distinto. Ahí no había miradas, no había reconocimiento. Solo una voz del otro lado. Una presencia. Alguien que escuchaba. Sin rostro. Sin historia. Sin saber quién era. Mike podría ser solo eso: Mike.
Sin explicaciones. Sin tener que justificar por qué se sentía como se sentía.
Sin tener que decir en voz alta aquello que todavía le daba miedo pensar. No tenía que contar todo. No tenía que nombrarlo. Solo…hablar. Vaciar un poco el peso que llevaba encima. Respirar, aunque fuera por unos minutos.
Sus ojos volvieron a posarse en la cabina.
Las personas avanzaban lentamente. Una salía, otra entraba. El tiempo parecía moverse distinto en ese rincón.
Mike se pasó la lengua por los labios, nervioso, sintiendo cómo el pulso le latía un poco más fuerte en el pecho. No sabía si iba a servir de algo, no sabía si iba a poder decir una sola palabra cuando estuviera ahí adentro, pero quedarse quieto, cargando con todo eso… ya no era una opción. Y, casi sin darse cuenta de en qué momento tomó la decisión, dio un paso hacia la fila.
Ya habían pasado dos personas. Algunas, antes de él, simplemente abandonaban la fila a mitad de camino. Se daban vuelta, murmuraban algo y se iban. Mike no sabía si realmente se arrepentían… o si él necesitaba creer eso para no sentirse el único que dudaba. Observó cómo, poco a poco, se acercaba a la entrada, cada paso ajeno lo empujaba un poco más hacia adelante, la gente salía distinta. Más liviana. Más tranquila.
Un señor salió con los ojos vidriosos, limpiándose las lágrimas sin disimulo.
Mike se removió incómodo. Algo en su pecho se tensó, el aire empezó a faltarle, de repente, respirar dejó de ser automático. Sus pulmones parecían olvidarse de cómo hacerlo. La garganta le picaba. Tragó. No estaba seguro de si había que tragar primero y después respirar, o al revés. Se sintió ridículo, atrapado en su propio cuerpo. Él era el siguiente y no podía moverse.
Las personas detrás suyo comenzaron a susurrar. Un murmullo bajo, apenas perceptible, pero suficiente para hacerlo consciente de sí mismo. De su quietud. De su duda.
—Joven… sigue usted —dijo una voz suave a su lado.
Mike giró apenas la cabeza.
Una anciana lo miraba con una sonrisa leve, paciente, como si no hubiera apuro en el mundo.
Mike asintió.
Se obligó a hacerlo. Esto no era nada.. Nadie sabía quién era. Nadie iba a saberlo, ahí dentro… podía ser solo él. O, al menos, una versión más simple de sí mismo.
Respiró hondo.
Una vez.
Dos.
Y avanzó.
La tela cayó detrás de él. El mundo exterior quedó reducido a un murmullo lejano. Del otro lado, alguien se movió. El sonido fue leve, pero suficiente. La madera crujió bajo sus pies.
Mike se quedó quieto. Tomó aire. Bocanadas profundas, intentando calmar algo que no terminaba de bajar. Esperó.
El silencio se estiró apenas unos segundos. Pero se sintieron largos.
Demasiado largos.
Cerró los ojos un instante.
Y entonces
—Ave María Purísima… —dijo, en un susurro apenas audible.
Uno.
Dos segundos.
La respuesta llegó del otro lado.
—Sin pecado concebida.
