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Morado Orquídea

Summary:

En un mundo donde sobrevivir nunca fue una opción, sino una regla, Ash aprendió a convertir el control en su única forma de existir.

Como líder del Sur, no cree en errores. No cre en impulsos. Mucho menos en segundas oportunidades. Pero el Norte no encaja en sus planes. Su gente, sus dinámicas... y especialmente Aldo, comienzan a romper un esquema que l tenía perfeccionado desde niño.

Porque hay cosas que el control no puede contener.

o
La serie de Colors narrada desde el pov de Ash

Notes:

Una pequeña serie de 4 fanfics narrada desde 4 diferentes puntos de vista cada uno:

Juan = Rojo Escarlata
Aldo = Rojo Borgonia
Ash = Morado Orquidea
Cucurucho = Blanco Algodón

Espero que les guste un poco este que quiero realizar pero tomará su tiempito. Muchas gracias a Warrior por ser mi lector beta, verla emocionada por todo esto me anima demasiado jsjsjsjs.

Denle amor a este proyecto estaran geniales se los prometo.

Chapter 1: Arte de no sentir

Chapter Text

Capítulo Uno


La oficina era impecable, pero no acogedora. El aire se mantenía frío de forma constante, como si incluso la temperatura estuviera regulada para no permitir excesos. No había rastros de desorden, ni de vida; cada objeto ocupaba un lugar exacto, medido, decidido con intención. Las superficies lisas, los tonos neutros y la ausencia de adornos eliminaban cualquier distracción innecesaria. Era un espacio diseñado no para sentirse, sino para funcionar.

Nada en ella se parecía al castillo del Norte. Allí, incluso el silencio tenía peso, arrastraba voces, risas, tensiones apenas contenidas. Había calor en sus pasillos, uno incómodo, casi invasivo, como si todo estuviera siempre a punto de desbordarse. Aquí no. Aquí todo permanecía contenido, reducido a lo esencial. Predecible.

Y eso… le gustaba.

Porque en ese espacio no había lugar para lo imprevisto. Cada decisión encontraba su sitio antes de ser tomada, cada movimiento encajaba dentro de un esquema mayor que no dejaba cabos sueltos. No era comodidad. Era algo más preciso. Más limpio.

Control.

—¿Por qué no aceptaste la demanda del Norte? No nos preocupa que aumentaran la seguridad. Al final… es beneficioso para ambos —la voz de Tubbo rompió el silencio con una duda que no terminaba de ocultar. No era desafío, pero tampoco conformidad. Solo… una pequeña grieta en un sistema que, hasta ahora, había funcionado sin fallas.

Ash no respondió de inmediato.

Sus dedos se deslizaron con precisión sobre los documentos abiertos frente a él, corrigiendo una cifra, desplazando un informe a un lado, como si la pregunta no mereciera interrumpir el orden que acababa de construir. El leve sonido del papel al acomodarse fue lo único que llenó la habitación por unos segundos.

—Tubbo —intervino Haiper antes de que el silencio se volviera incómodo—. Ash no busca beneficio inmediato —su tono era plano, casi aburrido, como si estuviera explicando algo obvio. —Lo que busca… —continuó, apoyándose ligeramente contra la pared— es provocar una respuesta.

El castaño frunció el ceño, claramente inconforme. —¿Provocar? ¿A quién?

Una pausa.

Pequeña. Medida. Suficiente.

Ash cerró el documento. El sonido seco resonó más de lo que debería. —No a quién —corrigió finalmente, levantando apenas la mirada—. A qué.

Tubbo parpadeó, confundido.

Haiper, en cambio, sonrió apenas. Lo suficiente para confirmar que ya había entendido.

Ash se recostó ligeramente en su silla, no por cansancio, sino por cálculo. Su mirada se desplazó hacia la ventana, aunque en realidad no estaba viendo nada en particular. —El Norte es… estable —dijo, como si evaluara una pieza sobre un tablero—. Predecible en su estructura, eficiente en su respuesta.

Hizo una breve pausa. —Pero no en sus variables.

Tubbo tardó un segundo en procesarlo. —¿Te refieres a…?

—Aldo.

El nombre cayó en la habitación sin necesidad de énfasis.

Ash no lo dijo con desdén. Tampoco con interés evidente. Y eso lo hacía peor. 

—Rechaza una corona —continuó, con la misma calma—, pero conserva influencia. Pierde, pero no se retira. Actúa fuera de lo esperado… y aun así, el sistema no colapsa a su alrededor.

Silencio otra vez. Más pesado esta vez. —Eso no es normal —añadió.

El de ojos verdes cruzó los brazos, aún sin convencerse. —Sigue siendo una mala razón para tensar relaciones.

Ash lo miró por primera vez de forma directa. No había molestia en su expresión. Ni impaciencia. Solo… una especie de claridad incómoda. —No es una razón —respondió—. Es una prueba.

Haiper soltó una risa baja, casi imperceptible. —Te lo dije.

Tubbo negó con la cabeza, exasperado. —¿Una prueba de qué?

Ash sostuvo su mirada un segundo más… y luego, muy ligeramente, sonrió.

Pero no era una sonrisa amable. Era precisión.

—De cuánto puede sostenerse… antes de romperse.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue intencional. Como todo lo demás en esa habitación. Y por primera vez desde que habían regresado de aquella reunión con el consejero… Ash dejó de pensar en el tratado.

Y pensó en él. No como príncipe. No como aliado. Ni siquiera como problema político. Sino como algo mucho más específico.

Algo que no encajaba. Y que, por lo tanto… merecía ser entendido.

—Entonces ¿cuál es el siguiente movimiento? —preguntó el castaño de ojos verdes, rompiendo el equilibrio con una curiosidad que ya no intentaba disimular.

Ash no respondió de inmediato.

Sus dedos se entrelazaron con calma sobre la superficie del escritorio, como si organizara pensamientos invisibles antes de permitirles tomar forma.

—He extendido una invitación —dijo al fin, con una tranquilidad que no admitía interrupciones—. Una exploración… pacífica.

Tubbo alzó una ceja.

Haiper no se movió.

—Quiero observar más de cerca la dinámica del Norte.

—¿Irás con la comandante Tina o con la princesa Molly? —preguntó el platinado mirando a su líder, inclinando apenas la cabeza, ya anticipando la respuesta.

Ash permitió una leve curva en sus labios. No era exactamente una sonrisa. Era selección.

—Con la princesa.

El silencio que siguió fue distinto. Más atento. —Ella confía en mí —continuó—. Nuestra relación se sostiene en términos… cordiales.

Hizo una pausa breve, casi imperceptible. 

—La comandante, en cambio, está demasiado alineada con los ideales de Aldo. No dudaría en ponerme una espada en el cuello si considera que represento una amenaza.

Tubbo soltó un suspiro por la nariz, cruzándose de brazos. —Entonces no es una visita diplomática.

Ash giró ligeramente la cabeza hacia él. —Nunca lo es.

La respuesta cayó sin peso… pero se quedó. 

Haiper soltó una risa baja, entretenido. —Vas a meterte en su círculo cercano.

—Voy a observar cómo funciona desde dentro —corrigió Ash con suavidad.

—No es lo mismo.

—Lo suficiente.

Tubbo negó con la cabeza. —Estás jugando con fuego.

Ash lo miró.

Directo esta vez.

Sin rastro de ironía.

—No.

Una pausa. Pequeña. Precisa. —Estoy midiendo su temperatura.

El comentario dejó el aire ligeramente más denso. Haiper descruzó los brazos, interesado. —¿Y qué esperas encontrar?

Ash desvió la mirada por un segundo, como si la respuesta no necesitara ser dicha en voz alta para existir. Pero aun así… la dijo. —Contradicciones.

Sus dedos golpearon una vez el escritorio. Suave. Rítmico. —El Norte funciona… pero no es coherente.

Sus ojos se entrecerraron apenas. —Eso no es estabilidad.

Tubbo frunció el ceño. —¿Entonces qué es?

Ash tardó un segundo más de lo habitual en responder. Y eso… no pasó desapercibido. —Es resistencia.

El silencio regresó.

Pero esta vez no era control absoluto.

Era… interés.

—Y la resistencia —añadió finalmente— siempre tiene un punto de quiebre.

Haiper sonrió, ahora sin intentar ocultarlo. —Y quieres encontrarlo antes que ellos.

Ash no respondió. No hacía falta. Pero su mirada… se desvió apenas. Como si, por un instante, ese punto de quiebre tuviera nombre. Y no fuera precisamente un secreto.

 ≫ ──── ≪•◦ ✧ ◦•≫ ──── ≪

La tarde se extendía con una calma engañosa cuando Ash atravesó la frontera. No hubo ceremonia que marcara el cruce, ni señales evidentes que distinguieran un territorio del otro, pero el cambio se sentía.  El aire parecía más denso, más cálido, como si arrastrara consigo algo difícil de nombrar. No era incomodidad, exactamente… pero tampoco era neutral.

El Norte no era silencioso. Nunca lo había sido.

Incluso en la distancia, antes de que las murallas se alzaran por completo frente a él, podía percibirse el eco de la vida: voces dispersas, el roce del viento contra estructuras antiguas, el murmullo constante de un lugar que no descansaba del todo. No era caos, pero tampoco era orden. Era algo intermedio, algo que persistía por costumbre más que por diseño.

Ash avanzó sin prisa, observando.

No buscaba detalles evidentes; esos eran fáciles de falsificar. Su atención se deslizaba por lo sutil: la forma en que los guardias se mantenían alerta, pero no tensos; la manera en que los caminos mostraban uso constante, pero no descuido; la gente que transitaba sin urgencia, sin miedo. Era una estabilidad distinta a la que él conocía. Menos precisa. Más… orgánica.

Y, por lo mismo, más difícil de controlar.

Cuando finalmente cruzó el último tramo hacia el punto de encuentro acordado, el sol comenzaba a descender, tiñendo de tonos suaves las estructuras del castillo. La luz no caía de forma uniforme; se filtraba, se rompía entre torres y muros, generando sombras irregulares que cambiaban con cada paso. Nada permanecía exactamente igual por demasiado tiempo.

Ash se detuvo un instante.

No por duda.

Por cálculo.

Ese lugar no funcionaba como el suyo. No respondía a líneas rectas ni a decisiones inmediatas. Había algo más en juego, algo que no terminaba de ajustarse a un esquema lógico… y, sin embargo, seguía en pie.

Su mirada se desplazó finalmente hacia el punto donde sabía que la encontraría.

La princesa.

La pieza más accesible… y, probablemente, la más subestimada.

Molly no tardó en aparecer. No llegó con la formalidad que uno esperaría de una princesa, ni con escoltas que anunciaran su presencia. Simplemente… apareció. Como si ese lugar le perteneciera de una forma más natural que cualquier título.

—Pensé que te habías perdido —dijo con una media sonrisa, acomodándose el cabello con un gesto despreocupado.

Ash la observó un segundo más de lo necesario, no por desconfianza, sino por costumbre. Evaluando. Midiendo.

Luego, casi imperceptible, relajó la postura.

—Consideré la posibilidad —respondió con calma—. Pero habría sido una mala primera impresión.

Molly soltó una pequeña risa, ligera, sincera. —Ya has dado peores.

No era un reproche. Era confianza. Y eso… era más útil de lo que parecía.

Comenzaron a caminar sin una dirección estricta, dejando que el sendero los guiara más que cualquier plan preestablecido. A diferencia del régimen de Ash, donde cada paso tenía un propósito definido, aquí el recorrido parecía construirse sobre la marcha.

Y, sorprendentemente… funcionaba. —¿Así que una “exploración pacífica”? —repitió Molly, cruzándose de brazos con diversión—. Suena sospechoso viniendo de ti.

—Lo es —respondió Ash sin dudar.

Ella giró el rostro hacia él, entrecerrando los ojos. —Al menos eres honesto.

—Solo cuando es conveniente.

Molly negó con la cabeza, pero su sonrisa no desapareció. —Extrañaba esto.

La frase salió más suave, casi como si no hubiera estado destinada a ser escuchada.

Ash la registró de inmediato. —¿Mis intentos cuestionables de diplomacia?

—No —replicó ella, mirándolo de reojo—. Las conversaciones que no se sienten como una reunión.

Por un instante, el ambiente cambió. No de forma drástica. Apenas un matiz. Pero suficiente para notarlo.

Ash desvió la mirada hacia el frente mientras continuaban caminando, dejando que el silencio se acomodara entre ambos con una naturalidad poco habitual para él. No había tensión en ese espacio, ni la necesidad de llenarlo con palabras estratégicas o respuestas calculadas; simplemente existía, ligero, casi agradable. Era un tipo de silencio al que no estaba acostumbrado, uno que no exigía control ni dirección, y que, sin embargo, no se sentía como una pérdida de tiempo.

Durante un instante, se permitió observarlo desde dentro, como si también fuera parte del entorno que estaba analizando. La forma en que Molly no parecía inquieta, cómo su presencia no intentaba imponerse ni retirarse, sino mantenerse en un equilibrio tranquilo. Era… eficiente, de una manera distinta.

Ash inclinó apenas la cabeza, como si organizara la idea antes de soltarla.

—Tu familia siempre ha sido muy política, ¿no? —preguntó finalmente, con un tono bajo y medido, lo suficientemente suave como para no romper el ambiente, pero lo bastante preciso como para marcar una intención clara.

No era una pregunta casual.

Era una prueba.

Su mirada no regresó de inmediato hacia ella, pero su atención permaneció fija, afinada en cada pequeño detalle. Observaba sin invadir, como si cada gesto, cada variación en el ritmo de su respiración, pudiera decirle más de lo que cualquier respuesta directa revelaría. No tenía intención de incomodarla, al menos no de forma evidente, pero tampoco iba a desaprovechar la oportunidad de acercarse un poco más a aquello que seguía escapando a su comprensión.

Molly no se detuvo al sentir el peso de la pregunta. Continuó caminando con la misma naturalidad, desplegando su mapa con calma mientras sus ojos recorrían el papel en busca de algo más interesante que la conversación.

—No, no siempre fue así —respondió finalmente, con una ligereza que rozaba lo despreocupado—, pero no es algo que necesites saber.

Ash ladeó apenas la cabeza, como si evaluara cuánto podía empujar sin romper el equilibrio que habían construido hasta ese momento. Su voz, cuando volvió a hablar, conservaba ese tono sereno que disfrazaba mejor de lo que parecía sus verdaderas intenciones.

—La curiosidad es inevitable —comentó—. Una familia real tan extensa, con roles que ni siquiera sus propios súbditos comprenden del todo… resulta difícil no preguntarse cómo encaja cada pieza.

No fue insistente. Fue preciso.

Molly alzó la vista del mapa entonces, clavando sus ojos en él con una claridad que ya no tenía nada de distraída. Había algo más firme en su expresión, algo que no necesitaba elevar la voz para imponerse.

—Mi familia no siempre fue la línea de sucesión. Eso ya lo sabes —dijo con tranquilidad—. También sabes que Aldo renunció a la corona y que el heredero está fuera. Has tenido suficientes ojos dentro del palacio como para enterarte de todo eso.

Cerró el mapa con un movimiento suave, casi despreocupado.

—Pero solo supiste lo que nosotros quisimos que supieras.

El aire no se volvió tenso, pero sí más definido.

Más claro.

—Y así se va a quedar.

No hubo desafío abierto en sus palabras, pero tampoco dejó margen para seguir avanzando en esa dirección sin romper algo más que la conversación. Ash lo entendió sin necesidad de insistir; no por falta de interés, sino porque sabía reconocer cuándo una puerta no estaba cerrada… solo no era el momento correcto para abrirla.

Dejó escapar una exhalación leve, casi imperceptible, y permitió que el momento se disolviera con elegancia.

—No te molestes, princesa —dijo con un tono más ligero, apartando la conversación de ese terreno con una facilidad calculada—. Estamos aquí por una buena aventura, después de todo.

Molly no tardó en corresponder al cambio. Su expresión se suavizó apenas, como si también agradeciera no tener que tensar más ese hilo.

—Lo sé —respondió, volviendo su atención al mapa antes de señalar hacia el este—. De hecho, la mejor dungeon está por ese lado. Deberíamos tomar ese rumbo.

No esperó confirmación para avanzar, guardando el mapa con agilidad justo cuando un par de figuras emergieron entre las sombras del bosque. Criaturas rápidas, desordenadas, más molestas que peligrosas.

Molly reaccionó sin dudar.

El acero brilló apenas un instante antes de moverse con precisión limpia. No hubo movimientos innecesarios, ni fuerza desperdiciada; cada golpe encontró su lugar con una naturalidad que hablaba de práctica constante más que de talento improvisado. En cuestión de segundos, el breve enfrentamiento terminó tan rápido como había comenzado.

El silencio regresó, interrumpido solo por el leve crujir de hojas bajo sus pasos.

Ash la observó un momento más, esta vez sin ocultarlo del todo.

—Ya te lo he dicho antes, pero tu manejo con la espada es… destacable —comentó, con una calma que no terminaba de ocultar su interés—. ¿Aprendiste sola?

Molly limpió la hoja con un gesto automático antes de guardarla, sin darle mayor importancia.

—No —respondió con naturalidad—. Mi padre nunca fue muy fan de que practicáramos con algo tan peligroso.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, distinta a las anteriores.

Más personal.

—Fue mi mellizo quien me enseñó… a espaldas de él.

El comentario se deslizó sin dramatismo, pero dejó algo flotando en el aire. No era solo una anécdota; era una pieza más, pequeña pero significativa, de ese rompecabezas que Ash intentaba armar.

Y esta vez…

No hizo falta presionar para obtenerla.

Ash registró el dato con la misma atención silenciosa de siempre, pero esta vez no hubo necesidad de empujar más. La información había llegado por sí sola, ligera, casi descuidada… y precisamente por eso, más valiosa.

—Aldo fue rebelde desde pequeño, entonces —comentó con una risa baja, dejando que el tono se relajara mientras avanzaban. No tardó en encontrarse con otro grupo de criaturas saliendo entre los árboles, y esta vez fue él quien intervino, moviéndose con una precisión distinta a la de Molly: menos fluida, más directa, como si cada golpe estuviera pensado para terminar rápido y sin margen de error.

—Desde antes de aprender a caminar —respondió Molly con una sonrisa que no intentó ocultar—. Le sacaba canas verdes a Vegetta sin siquiera proponérselo.

El recuerdo parecía genuino, cálido, y por un momento la conversación dejó de tener cualquier peso estratégico. Solo era eso… una historia compartida en medio del camino.

Entraron finalmente a la dungeon, donde el aire cambiaba de inmediato: más frío, más denso, cargado con ese silencio pesado que no existía afuera. La luz se filtraba con dificultad, apenas suficiente para delinear los pasillos irregulares que se abrían frente a ellos.

—¿Y tú cómo eras de niño? —preguntó Molly, bajando un poco la voz por instinto mientras avanzaban con cautela.

Ash no respondió de inmediato.

Sus pasos se mantuvieron firmes, seguros, como si el entorno no representara ningún desafío real. Pero su expresión cambió apenas, lo suficiente para marcar la diferencia.

—Tranquilo —dijo al fin—. Bastante… normal.

La palabra no terminaba de encajar del todo.

No en él.

No en la forma en que lo dijo.

Molly lo miró de reojo, como si notara esa ligera disonancia, pero no insistió de inmediato. El sonido de algo moviéndose en la oscuridad captó su atención primero, obligándolos a enfocarse en el presente antes de retomar cualquier conversación.

Y aun así…

La respuesta quedó ahí, flotando con una ligereza que no le pertenecía del todo. No era una mentira, pero tampoco era la verdad completa. Y, aun así, el recuerdo no lo arrastró de golpe; no llegó como un peso insoportable, sino como una presencia constante, fría, conocida.

Como el aire de aquellas mañanas.

El frío de LifeSteal no era algo que se sintiera únicamente en la piel. Se instalaba en los huesos, en la respiración, en la forma en que el cuerpo aprendía a mantenerse en alerta incluso en reposo. Desde muy pequeño, Ash había entendido que no existía un “antes” o un “después” de la violencia. No era un evento. Era el entorno.

Allí, sobrevivir no era una opción.

Era la única regla.

Recordaba el peso de una espada demasiado grande para sus manos, la tensión en sus brazos al intentar sostenerla firme, la mirada fija en alguien que no era muy distinto a él… salvo por un detalle fundamental.

Uno de los dos perdería.

—Ashswag, no puedes dudar —la voz resonaba con claridad, firme, sin espacio para cuestionamientos—. Si dudas, pierdes.

El eco de esas palabras no tenía emoción.

Solo certeza.

—Necesitas corazones para sobrevivir. No puedes permitirte ser benevolente.

No había crueldad en la enseñanza.

Tampoco compasión.

Solo una lógica brutalmente simple: cada vida arrebatada significaba tiempo ganado. Cada error… lo contrario.

Ash recordaba haber asentido, no porque lo entendiera del todo en ese momento, sino porque no había otra opción que aceptar. Aprendió rápido. Tenía que hacerlo. Sus movimientos dejaron de ser torpes, sus dudas comenzaron a desaparecer, y con ellas… algo más que nunca le enseñaron a recuperar.

En LifeSteal no había espacio para equivocaciones, pero tampoco para cuestionamientos. Cada día era una repetición constante de órdenes, de enfrentamientos, de lecciones que no se explicaban, solo se imponían. La sangre dejaba de ser impactante demasiado pronto, y el silencio después de cada combate se volvía más pesado que el propio ruido de la lucha.

Y, aun así, había momentos.

Pequeños. Breves. Casi irreales.

—Hijo…

La voz de su madre no pertenecía a ese mundo. No encajaba con el frío, ni con la dureza de las palabras que lo rodeaban diariamente. Era suave, cálida, como si existiera en una realidad paralela que apenas lograba tocar la suya.

Ash levantó la mirada, todavía con las manos tensas, con los restos del entrenamiento marcando su respiración irregular. Ella estaba ahí, como siempre, con esa calma que parecía desafiar todo lo demás. Sus ojos, de ese café como el chocolate, no reflejaban miedo… sino algo mucho más peligroso en ese lugar.

Bondad.

Se acercó sin prisa, arrodillándose frente a él para quedar a su altura. Sus manos, a diferencia de las suyas, eran cálidas. Firmes, pero gentiles cuando tomaron las de su hijo, como si intentara devolverles algo que el mundo se empeñaba en quitarle.

—Aunque tu padre te haya dicho que escuchar al corazón no es lo correcto… —murmuró con una sonrisa suave, casi frágil— yo necesito que, a veces, lo escuches.

Ash no respondió.

No porque no quisiera.

Sino porque no sabía cómo hacerlo.

La lógica que le enseñaban no dejaba espacio para ese tipo de cosas. El corazón no servía para sobrevivir. No daba ventajas, no protegía, no garantizaba nada.

Y aun así…

Allí, en ese instante, con sus manos sostenidas entre las de ella, con esa mirada que no exigía nada más que ser escuchada…

No parecía una idea completamente inútil.

Su madre deslizó una de sus manos hasta su mejilla, limpiando con cuidado una marca que no sabía si era tierra o sangre. El gesto fue lento, casi como si quisiera memorizarlo.

—No todo tiene que ser una pelea —añadió en voz baja—. No todo tiene que ganarse de esa manera.

Por un momento, el mundo dejó de sentirse como una amenaza constante.

No desapareció. Pero se volvió… soportable.

Ash asintió, esta vez más despacio. No porque no quisiera, sino porque no sabía como. Y en ese pequeño gesto, casi imperceptible, algo se sostuvo dentro de él, frágil pero persistente, como una llama que se niega a apagarse incluso cuando todo alrededor insiste en lo contrario.

No lo aprendió en combate.

No vino de ninguna victoria.

Fue algo que simplemente… quedó.

Durante un tiempo, fue suficiente.

La mirada de su madre se convirtió en un refugio silencioso al que volvía sin darse cuenta, incluso en medio del entrenamiento, incluso cuando sus manos ya no temblaban al sostener una espada. Era un recuerdo que no estorbaba, que no debilitaba, que existía en un espacio aparte donde la violencia no tenía dominio.

Pero los refugios, en ese mundo, no estaban hechos para durar.

La masacre no llegó con advertencias.

No hubo señales claras, ni tiempo para entender qué estaba ocurriendo antes de que todo se desmoronara. Solo ruido. Metal chocando contra metal. Voces que dejaron de ser reconocibles y se convirtieron en ecos distantes, irreales, como si pertenecieran a alguien más.

Ash recordaba correr. No sabía hacia dónde. Solo sabía que tenía que moverse.

El aire quemaba en sus pulmones, no por el frío, sino por algo más denso, más pesado, que lo obligaba a seguir aunque sus piernas ya no respondieran como antes. Y en medio de ese caos, la buscó.

Siempre la buscaba.

La encontró entre sombras que no deberían haber estado allí, entre restos de algo que apenas podía procesar. Por un instante, todo lo demás desapareció: el ruido, el miedo, incluso el dolor.

Solo quedó ella. Y esa mirada. No había reproche en sus ojos. No había miedo.

Solo esa misma calma imposible que siempre lo había desconcertado, como si incluso en ese momento… siguiera protegiéndolo de algo que él aún no comprendía.

Sus labios se movieron. Ash nunca estuvo seguro de haber escuchado las palabras. Pero creyó entenderlas. Y eso fue suficiente para romper algo que hasta entonces había resistido.

El mundo no se detuvo después de eso.

No hubo pausa, ni tiempo para procesarlo, ni espacio para el duelo. LifeSteal no funcionaba así. El cuerpo seguía. Las reglas no cambiaban. Sobrevivir seguía siendo la única opción.

Pero algo sí lo hizo. El silencio al que volvió después no era el mismo. Ya no era flexible. Ya no era humano.

Era… vacío.

Y por primera vez, Ash entendió algo con una claridad que no dejaba espacio para consuelo. No fue una revelación repentina ni un pensamiento que pudiera ignorar; fue una certeza que se instaló en él, pesada, irreversible. Lo bueno no era débil. Nunca lo había sido. Su madre no lo era. Su mirada no lo era. Esa calidez que había logrado mantenerse viva incluso en un mundo que la rechazaba… no tenía nada de frágil.

Pero aun así, había desaparecido.

No porque no fuera suficiente.

Sino porque nunca tuvo oportunidad.

Y eso era peor.

Porque significaba que no importaba cuánto valor tuviera algo, cuánto resistiera, cuánto significado cargara… podía ser arrebatado en un instante, sin aviso, sin justicia, sin siquiera dejar espacio para sostenerlo un poco más.

—¿Ash?… Tierra llamando a Ash.

La voz de Molly llegó como algo lejano al principio, amortiguada, como si tuviera que atravesar capas de ruido que no pertenecían al presente. Durante un segundo que se sintió más largo de lo que debía, Ash no reaccionó. Su mirada permanecía fija en un punto indefinido del pasillo, pero no estaba viendo la piedra ni las sombras de la dungeon.

Estaba en otro lugar.

Su respiración, que hasta entonces había sido estable, se desfasó apenas. Un detalle mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para marcar la diferencia. Sus dedos se tensaron un instante, como si recordaran el peso de algo que ya no estaba allí.

Y entonces… parpadeó.

El cambio fue sutil.

Pero completo.

La rigidez en su postura se deshizo con precisión, como si nunca hubiera estado allí. Sus ojos recuperaron el enfoque, claros, presentes, ajustándose al entorno con la misma facilidad con la que alguien cierra una puerta.

—Disculpa, Molly —dijo finalmente, con un tono que volvía a ser firme, controlado, como si nada hubiera ocurrido—. Me distraje un momento.

No añadió más.

No explicó.

No lo necesitaba.

Pero por un breve instante, antes de que su expresión terminara de acomodarse por completo, algo no encajó del todo. Fue un fallo mínimo, casi imperceptible, como una fisura en una superficie que parecía perfectamente pulida. No era suficiente para romper la imagen… pero sí para cuestionarla. Lo bastante sutil como para que cualquiera lo ignorara, y lo bastante evidente como para que alguien atento supiera que, debajo de todo ese control impecable, había algo que no lograba alinearse por completo.

Algo que no podía corregirse.

Y que, quizá, nunca iba a hacerlo.

—Parecías… demasiado lejos —murmuró Molly, observándolo con un matiz de preocupación que no intentó esconder—. Como si no estuvieras aquí.

Ash sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario antes de responder, midiendo, como siempre, cuánto podía permitirse mostrar.

—No es nada —dijo finalmente, con suavidad—. Solo recordé algo.

La respuesta fue simple.

Demasiado.

Molly no insistió de inmediato, pero tampoco apartó la mirada. Había aprendido a reconocer cuando algo no encajaba del todo… y ese momento le resultaba familiar.

—Esa misma mirada la tuviste el día que peleaste con Aldo.

Las palabras cayeron sin peso, casi casuales. Pero no lo fueron.

La sonrisa confiada que Ash sostenía se quebró apenas un segundo, un gesto tan breve que rozaba lo inexistente. Sin embargo, esta vez no fue un error.

Fue reconocimiento.

Porque sabía exactamente por qué había ocurrido.

Sabía por qué, en ese momento, su mano no había seguido el movimiento que debía.

Sabía por qué había dudado.

Sabía por qué Aldo seguía con vida

Lo sabía perfectamente.

No fue el golpe, ni la tensión del combate lo que se le quedó grabado. Fue el momento exacto en que, en medio de un movimiento brusco, los ridículos lentes de sol del príncipe cayeron al suelo, rompiendo por completo la imagen que había construido de él hasta entonces.

Y entonces lo vio.

Los ojos de Aldo no eran lo que esperaba.

No había arrogancia vacía, ni ese desinterés superficial que aparentaba llevar consigo. Eran intensos, de un café profundo que atrapaba la luz de una forma casi incómoda, como si hubiera demasiado contenido en algo que debería ser simple. Había vida en ellos, pero no una tranquila… era una que ardía.

Rabia.

Orgullo.

Desafío.

Todo estaba ahí, dirigido hacia él sin titubeos.

Y aun así… Ash no pudo moverse. Porque en medio de todo eso, entre la ira y la firmeza, había algo más. Algo que no pertenecía a ese momento, ni a esa pelea, ni siquiera a Aldo.

Un brillo. Sutil. Casi imperceptible. Pero suficiente.

Suficiente para arrastrar su memoria a un lugar que no quería tocar, a una imagen que había aprendido a enterrar con precisión. No era igual. No podía serlo. La mirada de su madre no tenía rabia, no tenía ese filo que cortaba desde la distancia.

Pero ese destello…

Esa forma en la que la luz parecía sostenerse en los ojos antes de desaparecer…

Era demasiado familiar.

Y eso fue lo que lo rompió.

No la diferencia. Sino la similitud.

Por un instante, la pelea dejó de ser una pelea. El movimiento que debía seguir no llegó, la decisión que había tomado cientos de veces antes… simplemente no ocurrió. No porque dudara de su capacidad.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no pudo convencerse de que aquello no importaba. Y en ese segundo, tan breve que cualquiera lo habría ignorado…

Eligió no acabarlo

—Seguramente has visto mal, princesa —respondió con una calma impecable, tan natural que resultaba difícil cuestionarla—. En ese encuentro decidí que tu hermano viviera porque no quería llevar la guerra a extremos innecesarios.

Lo dijo sin vacilar. Sin titubeos.

Como si cada palabra hubiera sido pensada con anterioridad, ensayada incluso, hasta encajar con la precisión que lo caracterizaba. Su tono no buscaba convencerla… porque no lo necesitaba. Era el tipo de explicación que se sostenía por sí sola, lógica, estratégica, completamente coherente con la imagen que todos tenían de él.

Y, durante un instante, incluso él casi lo creyó.

Porque era más fácil así. Más sencillo reducirlo a una decisión calculada, a un movimiento dentro de un tablero donde cada pieza tenía un valor definido. Más sencillo que admitir que, en ese momento, no había habido estrategia alguna.

Solo un fallo.

Uno que no podía permitirse repetir.

Ash sostuvo su mirada con la misma firmeza de siempre, sin dejar espacio para que la duda se instalara en su expresión. Si había alguna grieta, ya no estaba ahí. Había aprendido demasiado bien cómo cerrarlas antes de que alguien pudiera notarlas.

Las miradas cargan historias que no siempre piden ser recordadas. Algunas se quedan quietas, enterradas donde no estorban, donde no interfieren con lo que uno necesita ser. Pero otras… otras regresan sin permiso, abriéndose paso con una insistencia casi cruel, como si el cuerpo mismo se empeñara en no dejarte olvidar.

Suben despacio, silenciosas, recorriendo cada rincón hasta encontrar la forma de alcanzarte. Y cuando lo hacen, no hay defensa que funcione del todo. No es un pensamiento claro, ni una memoria ordenada; es más bien una sacudida, una descarga que atraviesa sin avisar y deja una sola idea latiendo, incómoda, imposible de ignorar.

¿Y si todo… está mal?

No como un error pequeño, no como algo que pueda corregirse con el tiempo. Sino mal desde el principio. Desde la raíz.

Y lo peor no es la pregunta.

Es que, por un instante… la respuesta parece demasiado cercana.

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