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Manuel y Lautaro se encontraban en una de esas jodas semanales de la universidad, donde seguramente alguno de los dos terminaría vomitándose encima y el otro terminaría cargándolo de vuelta hacia los dormitorios. La mayoría de las veces siempre es Lautaro el vomitado, porque Manuel dice que intenta controlarse, sino quién le haría upa a él, Lauti es tan menudito que no podría llevarlo ni a dos pasos fuera del lugar, todo esto en palabras del morocho.
Su relación era un tanto… peculiar, cada que el alcohol les empezaba a nublar la conciencia, los dos se empezaban a mirar como si fueran el pedazo de bife más apetecible del asado. Los dos se excusaban con que era el alcohol, que las hormonas a veces se alteraban y tal vez un beso no los hacía putos, ¿verdad? Porque sí, habían compartido saliva ya en repetidas ocasiones. Incluso había ocasiones en las que Manuel tenía que alejarse porque juraba que si seguían un minuto más, iba a terminar engomado. Lautaro, por otro lado, quería seguir hasta que los labios se le hincharan y no pudiera respirar más. Aún así, Manuel estaba completamente convencido de que él seguía siendo el hombre más hetero del mundo, y que desear a su amigo de una manera tan carnal era justificable ya que el rubio era tan lindo como una mina, o incluso más que una. Las pestañas de Moschini eran largas y delgadas, sus ojos de un color café claro tan lindo en el que podía perderse por horas, ni hablar de los suaves y tiernos que eran sus labios, aunque no fueran tan gruesos, él sabía cómo utilizarlos y aún sobrio, a veces se encontraba a sí mismo fantaseando con ellos. Moschini tenía las manos pequeñitas, podía envolver sus dos manos con una sola de él y eso volvía loco a Manuel, junto con lo estrecha que es su cintura y lo gordo que es su culo, Manuel podía...
- Manuel... ¿Manuel? - la voz de Lautaro resonó en su oído, sacando a el morocho del trance en el que se encontraba.
Tal vez era algo en el ambiente, o algo en el clima, o tal vez sería la depresión estacional, quién sabe. Justo ese día Manuel tenía más ganas de emborracharse que cualquier otra cosa, y aunque sabía que tenía un acuerdo con él mismo de nunca terminar peor que su amigo, esta vez se dejó llevar por la música y por la cantidad de botellas que había en el dormitorio de ese desconocido. El más alto parpadeó varias veces, para al fin voltear a ver a su amigo rubio, el cual tenía las mejillas rojas por el alcohol y el pelo desordenado de tanto bailar. Manuel estaba sentado en el sofá a mitad del living, una botella en una mano y del otro lado estaba Lautaro con un semblante que parecía de preocupación.
- ¿Qué pasa, Mosquito? Está re buena la joda, ¿no? - muy apenas pudo hablar, pasando su brazo por encima de los hombros de su amigo, acercándolo más hacia sí.
- Manuel estás muy en pedo, vámonos antes de que arruines tu buzo favorito - el rubio intentó levantar a Manuel, aprovechando que él había apoyado su brazo en sus hombros, pero el morocho era un cabeza dura, por lo que no se dejó mover.
- Dale, bebote... me la estoy pasando re bien - lo volteó a ver con ojos suplicantes, las pupilas del ojiverde completamente dilatadas y su alrededor dando vueltas a mil por minuto. Lautaro negó con la cabeza, devolviendo la misma mirada suplicante.
- ¿A esto le llamás diversión? A quedarte sentado en el living mientras todos los demás bailan... dale, Manu, vamos a dormir - el morocho era débil, mucho, así que terminó cediendo sin objetar mucho más, sabía que terminaría perdiendo de igual forma. Aparte de lo mucho que le gustaba escuchar a Lautaro decir "Manu" con esa voz de súplica.
Se dejó levantar por el más bajito, por más borracho que estuviera, intentó no dejarle todo el peso de su cuerpo a su amigo, sabiendo lo que el pobre batallaría con él. Salieron del edificio de dormitorios que no les pertenecía a ellos con un Manuel tambaleándose de lado a lado, murmurando incoherencias mientras que Lautaro luchaba consigo mismo para no dejarlo caer de una vez por todas y ahorrarse la molestia. Pero no podía ser tan malo, Manuel era el que lo aguantaba todos los findes en los que él terminaba igual o peor, y aunque el mayor parecía hasta disfrutar de tener a Moschini en sus brazos, sabía que se tenía que molestar algunas veces.
El aire fresco de la madrugada le pegó de lleno en la cara, y por un segundo, el mundo dejó de dar vueltas a mil por hora para quedarse en un vaivén lento, casi rítmico. Manuel se plantó en medio del camino, obligando a que Lautaro, que lo traía a rastras, soltara un quejido de frustración.
- Dale, boludo, no te me quedés dormido acá que nos falta una banda - protestó el rubio, tironeando de su brazo con ese ceño fruncido que a Manuel siempre le daba ganas de besar.
Pero el morocho no se movió. Se quedó ahí, embobado por cómo la luz amarillenta de un poste de la facultad le pegaba a Lautaro de costado, resaltando el desorden de su pelo y lo rojo de sus mejillas por el esfuerzo, le palpitó la pija. Sin pensarlo mucho, Manuel soltó una risita boba y estiró la mano libre para acomodarle un mechón, dejando que sus dedos rozaran la piel de Moschini más de lo estrictamente necesario.
- Che, Mosquito... - balbuceó, con la voz pastosa pero cargada de algo que no era solo alcohol. - ¿Por qué sos tan lindo, boludo? No es justo para nadie... tipo, ¿Cómo voy a poder evitar que los pibes te dejen de mirar si nunca dejás de ser tan lindo? - río el ebrio, y el... casi sobrio sólo lo miró e ignoró, intentando ocultar que los celos de su amigo le causaban cosquilleos en el estomago y... en la concha.
Cuando al fin llegaron al dormitorio, Lautaro empujó la puerta junto con Manuel, dejándolo caer en la cama que tenía la sábana de Cars. Sabiendo que no duraría mucho en su propia cama, yendo a buscar al rubio a la suya.
Mientras Lautaro estaba quitándole las zapatillas a Manuel, él se le quedaba viendo atentamente, lo que dijo en la calle lo decía en serio, el rubio se veía especialmente lindo esa noche.
- Lauti… ¿y si me regalás un besito? - estira su brazo, alcanzando el de Lautaro, atrayéndolo a sí mismo una vez más. El rubio se resignó y se sentó a lado de él, dándole un corto beso en los labios, lo que causó que el morocho soltara un quejido, Lautaro río.
- Vos dijiste besito, y te lo di - lo miró divertido, la mano de Manuel bajando del brazo del contrario, hacia su muslo, dando un leve apretón que hizo que el rubio se mordiera el labio.
- Bueno… ¿un besote? - el morocho sonrió de oreja a oreja, soltando varias risitas de por medio.
- Sos un idiota - dijo el rubio, pero se agachó un poquito y cerrando los ojos, unió sus labios una vez más.
Manuel intentaba seguirle el ritmo a Lautaro, cuando él apenas se estaba acostumbrando al beso, el rubio ya estaba abriendo la boca de más para sentir la lengua del morocho invadirla. Y aunque la inexperiencia de Merlo al besar le sorprendiera un poco, pensaba que tal vez era mejor para besar… otros labios.
Lautaro estaría mintiendo si no ha fantaseado con ello una o dos… o cien veces, los labios carnosos de su amigo seguramente harían un gran trabajo allá abajo. Pero esta vez, el beso se sentía un poco distante, como perdido, tal vez lo dejaría para otra ocasión por el estado de ebriedad que llevaba su amigo. Pero una vez se separaron, el de ojos verdes parecía preocupado por algo, absorto en sus pensamientos.
- Lauti, te tengo que confesar algo pero tenés que jurar que no te vas a reír… - el morocho tomó asiento en la cama, viendo al rubio con una mirada seria, casi pasando por sobrio. El mencionado, por muy pocas ganas que tuviera de hablar, tenía que escuchar a su amigo si quería seguir besándolo.
- Te lo juro, Manu, no me rio - respondió Lautaro, aunque una sonrisita ladeada todavía bailaba en su cara. - Dale, soltalo, que me tenés con la intriga a mil.
Manuel tomó aire, sintiendo que el efecto del alcohol se le bajaba de golpe por la pura adrenalina de lo que estaba por decir. Se rascó la nuca, luego el brazo, evitando la mirada de esos ojos miel que lo escaneaban con curiosidad.
- Es que... - balbuceó, bajando la voz hasta que fue casi un susurro. - Nunca hice esto, Lauti. Con nadie.
El rubio frunció el ceño, pensando en las palabras.
- ¿Qué cosa? ¿Venir a dormir después de una joda? Pero si siempre...
- No, boludo - lo interrumpió Manuel, ahora sí mirándolo fijo, con las orejas ardiendo. - Esto. Todo. Sos el primero que me besa así, y... soy virgen, Lautaro. No tengo ni la más pálida idea de qué sigue después del beso que me diste.
El silencio que siguió fue absoluto. Lautaro se quedó con la boca medio abierta, parpadeando como si tratara de enfocar una imagen borrosa. Miró a Manuel, luego la sábana de Cars, y otra vez a Manuel.
- Nah, me estás jodiendo, Manuel. Yo pensé que dirías algo serio, casi te presto atención. - dijo con un tono de burla, realmente no iba a caer por una broma de ese tipo. ¿Acaso Manuel pensaba que Lautaro había nacido ayer? si todas sus amigas le habían preguntado al menos una vez si su amigo estaba soltero, o que su amigo seguro cogía re bien. El rubio, obviamente, siempre les decía que ya estaba ocupado, aunque fuese mentira y nunca diera explicaciones de más. Pero se le haría raro que Manuel anduviera de novio con alguna de sus amigas, seguramente terminaría raro. Sí, era por eso.
Por otro lado, Manuel miró a Lautaro con una mueca de desesperación, llevando sus manos a su pelo.
- Lautaro, no estoy jodiendo, es lo más serio que he hablado en mi vida y no lo estaría diciendo si no te tuviera una confianza inmedible. Nunca he pasado a segunda base con nadie, es más, creo que he besado a tres minas en toda mi vida y una de ellas fue por error. Y bueno, un pibe. - habló Manuel, más rápido y trabándose un poco por el nerviosismo. El rubio le creyó esta vez, de verdad que su amigo nunca había hablado tan en serio.
- ¿Sos... virgen? - repitió las palabras, más para él mismo que para el morocho. - A tus veintidós años y con esa cara... ¿Por qué? - Lautaro creía que era como un fallo en la matrix, en su cerebro no cabía la posibilidad de que su amigo, con esa cara y ese carisma, siguiera intacto.
- Bueno, ya está, ya lo dije. Si te querés reír, hacelo ahora y me voy a mi cama. - cuando Manuel intentó pararse de la cama, el mundo entero le dio vueltas de nuevo, y una acidez subió de la boca de su estómago, hasta la garganta. Sin pensarlo dos veces, corrió al baño, hincándose en frente de la taza para empezar a vomitar todo lo que bebió durante la noche.
Después de un rato, Manuel levantó la vista, encontrándose con los ojos de Moschini. A pesar del asco y del cansancio, el rubio lo miraba con una intensidad que lo dejó mudo. No había juicio, solo una aceptación total que lo hizo sentir más expuesto a la confesión anterior. El más bajito estaba arrodillado a lado de él, con una toalla húmeda en sus manos, mientras limpiaba el resto de vómito alrededor de los labios de Manuel y lo que se le había escapado a la barbilla. Una acción que había aprendido del morocho, porque por más ebrio que Lautaro estuviese, realmente le tomaba importancia a todas esas veces que Merlo cuidaba de él.
- Lavate la boca, dale - le ordenó Lautaro, pasándole un vaso con agua que había ido a agarrar desde que el morocho se echó a correr al baño. - Y después vamos a la cama. Tenemos una charla pendiente y, por como estás, creo que hoy me toca a mí cuidarte a vos.
Lautaro se levantó del piso y salió del baño, cambiando su ropa a una más cómoda, el pijama que siempre usaba. Y Manuel se levantó un ratito después, observando cómo se iba su vomitada por el baño, lavó sus dientes y su cara, y se quitó la chomba para echarla al montón de ropa sucia que tenían.
Una vez saliendo del baño se encontró con su amigo recostado sobre la cama, viendo su celular y riéndose de los videos que muy seguramente tomó en la fiesta. Manuel se recostó a su lado, sus brazos cruzados sobre su pecho mientras cerraba sus ojos.
- ¿Mejor? - le preguntó el rubio, apagando su celular mientras lo volteaba a ver. El morocho simplemente asintió, la borrachera definitivamente le había bajado. - ¿Querés hablar de eso? - Manuel negó lentamente con la cabeza y el otro asintió, hubo un silencio por parte de ambos. -¿Querés hacer algo sobre eso? - habló nuevamente, logrando que el más alto, por fin, abriera los ojos. Lautaro tragó en seco, sin saber estar seguro al cien por ciento de qué pasaría después. Los dos se miraron a los ojos y por un momento, el rubio sintió miedo al rechazo, pero se esfumó una vez que vio a su amigo asentir. El corazón de ambos latía a mil por hora, Lautaro sabía que él tendría que tomar la iniciativa.
El silencio de la habitación, solo interrumpido por el motor ruidoso de la heladerita a un costado, se volvió insoportable. Lautaro tragó en seco una vez más, el corazón dándole un vuelco que nada tenía que ver con el alcohol, y sin pensarlo mucho más, se impulsó hacia adelante.
Unió sus labios con los de Manuel en un beso que, a diferencia del anterior, no tenía nada de exploratorio. Era urgente, hambriento, como si quisiera recuperar todo el tiempo perdido en esos meses de "mejores amigos". El morocho se quedó helado un microsegundo, las manos suspendidas en el aire, pero el contacto de la piel desnuda de su pecho contra la tela suave de la remera del pijama de Lautaro lo hizo reaccionar con un gemido sordo.
- Lauti... - balbuceó Manuel entre besos, su respiración agitándose de golpe. - Pará, pará... no me sale, boludo. No sé qué hacer.
Lautaro se separó apenas unos centímetros, sus ojos miel brillando en la penumbra. Le acarició la mejilla con una suavidad que a Manuel le cortó la respiración, antes de dejar caer su mano hacia el pecho desnudo del morocho, sintiendo el latido desbocado bajo su palma.
- No tenés que saber nada, Manu. Solo dejate llevar. - susurró Lautaro, su voz sonando más grave y segura de lo habitual. - Hoy te toca a vos que te cuiden, ¿no te dije ya?
Esas palabras, cargadas de una mezcla de autoridad y ternura, fueron el detonante. Manuel soltó un suspiro largo, rindiéndose. Sus manos, visiblemente más grandes al lado de las de Lautaro, bajaron hasta la cintura estrecha del rubio, atrayéndolo hacia él con una posesividad que lo sorprendió hasta a él mismo.
Lautaro se acomodó sobre Manuel a horcajadas, sintiendo la diferencia de tamaños y la fuerza que el morocho contenía. Ya no había dudas, ni borrachera que importara. Solo estaban ellos dos, y la noche que apenas empezaba.
Lautaro puso sus manos de cada lado del rostro de Manuel, sus labios chocando una vez más entre sí, esta vez se notaba el hambre por parte de los dos, y podía sentir a Manuel un poco más suelto.
El rubio había comenzado un vaivén suave con sus caderas justo encima de la entrepierna de su amigo, causando varios suspiros mientras su respiración se iba agitando un poco más. En uno de los movimientos de Lautaro, logró sentir el grosor del pene de Manuel, rozando de una manera placentera contra su intimidad, Lautaro tuvo que separarse del beso para poder soltar un gemido, cerrando sus ojos mientras se concentraba en mover sus caderas de forma estratégica.
Lautaro tomó una de las manos de Manuel, dirigiéndola al borde de su pantalón de pijama, el morocho lo captó rápidamente, metiendo su mano por debajo y percatándose de que Lautaro no tenía ropa interior. No le sorprendió, él sabía que al rubio le gustaba dormir de esa forma. Lo que le sorprendió, fue encontrarse con algo mojado y con pliegues y no algo duro y fálico. Una vez que la grande mano de Manuel rozó con la vagina de Lautaro, el rubio mordió su labio, sus caderas moviéndose sobre la mano y los largos dedos de su amigo con desesperación.
Igual Manuel seguía un poco en shock, aunque nunca se lo había imaginado con pene, siempre imaginó a Lautaro con una conchita rosita y bien mojada y ahora podía asegurar lo segundo, pero quería comprobar lo primero. Ahora mismo, el deseo es tan fuerte que simplemente lo acepta y sigue. Le da lo mismo. Manuel siente un cosquilleo en la punta de los dedos, su sorpresa fue rápidamente reemplazada por una ola de deseo que lo dejó mudo. ¿Qué importaba? Lautaro estaba encima de él, mirándole con esos ojos miel llenos de una necesidad que Manuel compartía. Era su Lauchita. No había nada más que pensar.
- Seguí, dale - le ordenó Lautaro, susurrando contra su oreja, y Manuel obedeció con un gemido de pura posesividad.
- Lauti… - susurró el contrario, volteando a ver al rubio con ojos necesitados. - Te quiero probar - Lautaro casi sentía su mundo dar vueltas, lo que tantas veces se imaginó al fin se cumpliría.
El mencionado no lo pensó dos veces, una vez que Manuel sacó su mano, el rubio se acostó boca arriba sobre el colchón, recargándose sobre sus codos y abriendo sus piernas para su amigo.
- Quitame la ropa, Manu - le pidió Moschini con una voz seductiva y casi juraba que había escuchado al otro tragar en seco. Con las manos temblorosas, el morocho le quitó la remera con una suavidad que le puso los pelos de punta al rubio, los dedos suaves de Manuel pasando por su pecho, rozando intencionalmente con sus pezones, y una vez quitando tirando la remera a un lado de la cama, acarició su mejilla con una delicadeza que casi lo derrite. Lo único que pudo pensar a Lautaro fue, ¿qué clase de pornos ve Manuel? porque claro, el más alto se pajeaba casi diario, algo, al menos lo mínimo, tenía que saber.
- Sos hermoso, Lauti - le dijo, observando lo blanca y lechosa que era la piel de su pecho, sus manos subieron de la cintura del chico debajo suya hasta sus pezones, presionándolos con su dedo pulgar, haciendo a Lautaro estremecerse y soltar varios suspiros.
- Manu, si no empezamos ya voy a terminar dormido. Ya habrá más tiempo para hacerlo con más amor.
- Sí, sí, perdón. - Manuel balbuceó y de un tirón le sacó el pijama, haciendo que Lautaro soltara un jadeo de sorpresa, pero no comentó nada. Después se colocó entre sus piernas y lo miró a los ojos, relamiendo sus labios.
- ¿Me decís cómo? - Manuel empezó a bajar, dejando suaves besos alrededor de su pecho, llegando al abdomen bajo para terminar justo encima de la concha del rubio, que al parecer era rubio en todos lados.
- Mmh… sabés cuando te doy esos besos con lengua, hacé lo mismo pero con un poquito de más fuerza.
Manuel asintió, y para más comodidad, subió las piernas de Lautaro a sus hombros para más comodidad, quedando atrapado entre los muslos carnosos del rubio. El morocho pasó su lengua de abajo hacia arriba, el sabor de Lautaro lo hizo querer volver a por más, entonces pegó sus labios mientras su lengua comenzaba a moverse de la forma en la que Lautaro le había indicado, no sabía muy bien cómo o dónde mover la lengua, pero estaba atento a los sonidos de su amigo y cuando aumentaban, sabía que era el lugar.
Lautaro había cerrado sus ojos, enfocándose solamente en el placer que su amigo le estaba brindando y le ofreció a brindarle. Su boca estaba abierta simplemente para gemir y decirle a Manu que lo estaba haciendo re bien. Bajó una de sus manos al cabello negro de su amigo, acariciándole la cabeza.
- Meté la lengua - le pidió Lautaro, volteando hacia abajo para verlo. Manuel tuvo que separarse un poco para testear el terreno con su dedo índice primero, cuando vio la reacción de Lautaro supo que era ahí, así que retiro la punta de su dedo y volvió a pegar la boca, esta vez con un objetivo claro. El morocho comenzó a introducir su lengua, procurando tener los ojos bien abiertos para poder ver a su amigo retorcerse debajo de él. Manuel, siendo de las personas con más autoestima y ego del mundo, se sentía algo inseguro de estarlo haciendo mal y que Lautaro estuviese fingiendo todo, porque al fin y al cabo, nunca había tocado una concha en su vida, las había visto, pero había un mundo de diferencia entre esas dos acciones.
- Vení - la voz de Lautaro lo sacó de su trance, y aunque pudiera estar diez horas seguidas ahí abajo, quería obedecer a su amigo. Así que el morocho levantó la cabeza, relamiendo sus labios mientras se acercaba a el rostro del rubio con una sonrisa boba en su rostro. El más pequeño le rodeó el cuello con sus brazos para atraerlo a un beso, esta vez más lento, probándose a él mismo en la boca del morocho. Manuel estaba perdido en el beso, sin percatarse de que el rubio había rodeado su cintura con sus piernas, pegando la entrepierna de Manuel con su vagina, el tatuado comenzó a restregarse sin pena y con urgencia, darle placer a Lautaro lo había hecho olvidar de sus propias necesidades, ni siquiera se había percatado del dolor que le causaba a su erección estar atrapada abajo de sus bóxer y el jogging gris que traía puesto. Soltó un siseo contra el beso cuando sintió la mano de Lautaro colarse por debajo de su ropa interior, tocando la punta hinchada del pene de Manuel. Se separaron del beso, el rubio ahora lo miraba con ojos hambrientos mientras mordía su labio, separando sus piernas para poder comenzar a masturbarlo.
- ¿Te gusta, Manu? - preguntó Lautaro, su voz más chillona de lo normal, mientras movía su mano de la punta hasta la base, el hecho de que su puño no se cerrara por completo por lo grande de la verga del morocho lo mojaba aún más. Manuel simplemente asintió a su pregunta, intentando formular alguna otra cosa que no fuese un gemido. - ¿Me la querés meter? - le preguntó, viéndolo directamente a los ojos, sus labios entreabiertos con los ojos de bambi que tanto caracterizaban al rubio.
- Sí, sí quiero, Lauti... porfa déjame - gimió el mayor, abriendo sus ojos solo para conectarlos con los contrarios. El menor sonrió y alejó su mano del miembro del chico, lo que lo hizo jadear, pero no se quejó al ver cómo estaba jalando su jogging para bajarlo, lo mismo con su ropa interior. Manuel lo ayudó, lanzándolo junto con la ropa olvidada de Lauti.
Se posicionó nuevamente sobre él, sus manos grandes apretando los muslos de Lautaro para abrirle paso mientras se maravillaba con la imagen del rubio entregado totalmente a él sobre las sábanas. Manuel colocó su miembro sobre la vagina del rubio, quien tomó la pija de Manuel como si fuese suya, comenzando a frotar la punta contra sus labios completamente húmedos.
- Lautaro - gimió Manuel, moviendo su cadera hacia adelante por instinto, sacándole unos cuantos gemidos al chico debajo suyo.
- La tenés re grande, Manu... - dijo con la respiración agitada, casi sonando inseguro de realmente quererlo adentro, casi, porque era lo que más quería en el mundo en estos momentos.
Manuel soltó un jadeo tembloroso, sus dedos enterrándose con fuerza en los muslos de Lautaro, mientras trataba de procesar el cumplido. No era solo su ego inflándose, era también la excitación de saber que estaba a punto de entrar en el lugar más sagrado de su mejor amigo.
- Avisame si te duele... porfa - suplicó Manuel, su voz apenas un susurro quebrado.
Pero Lautaro no quería esperar más. Envolvió la cintura del morocho con sus piernas, tirando de él hacia abajo en un gesto posesivo. Manuel cedió, empujando con lentitud y sintiendo cómo la calidez de Lautaro lo recibía, apretándolo tanto que por un segundo pensó que se iba a venir ahí mismo. El rubio echó la cabeza hacia atrás y arqueó su espalda, sus ojos color miel ahora nublados por un placer abrumador que lo hizo soltar un gemido agudo. Manuel empezó a moverse con impulsos lentos, todavía tanteando el terreno, pero Lautaro no estaba para delicadezas. El rubio soltó un gruñido, enterrando las uñas en los hombros de Manuel y tirando de él con una fuerza que lo obligó a hundirse hasta el fondo de una sola estocada.
- No me cuides tanto, Manu - jadeó Lautaro al oído de Manuel, su voz sonando mucho más necesitada y exigente. - Metela toda, me estás volviendo loco...
Manuel sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna. Escuchar a su mejor amigo hablarse así, con esa urgencia casi desesperada, fue como si le prendieran fuego a la sangre. Soltó un gruñido por lo bajo, sus manos apretando los muslos de Lautaro con tanta fuerza que seguramente dejaría marcas al día siguiente. El ritmo ya no era cuidadoso, la necesidad de hacer sentir bien al rubio lo estaba volviendo loco. Los movimientos eran torpes y descuidados, mostrando su inexperiencia.
- ¿Te gusta cómo te aprieto, Manu? - soltó Lautaro, su voz ahora mucho más ronca y desvergonzada, mientras se arqueaba para recibir cada embestida. - Mirá cómo me tenés... estás todo adentro, Manu.
Manuel sintió un chispazo de calor recorrerle la columna. Escuchar a su amigo hablarle así, con esa falta total de filtro, lo hizo empujar con una urgencia nueva, casi animal.
- Callate, Lauti - balbuceó Manuel, buscando sus labios para callarlo, pero Lautaro le esquivó el beso solo para seguir provocándolo.
- ¿Por qué? Si te encanta escucharme - lo desafió el rubio, soltando un gemido agudo cuando Manuel dio en el punto exacto, novato con suerte. - Decime que se siente, dale... Decime que soy tu primera concha y que no vas a querer tocar a nadie más después de esto.
- Sos un hijo de puta - gimió Manuel, su respiración volviéndose errática. Se inclinó sobre él, atrapando las manos de Lautaro contra la almohada. - Se siente... estás tan caliente y tan apretado que me vas a hacer venir en dos segundos, pedazo de idiota.
- Y hacelo, Manu... llename todo - le susurró Lautaro al oído, mordiéndole el lóbulo antes de soltar un jadeo quebrado. - Quiero que me dejes marcado, que mañana no pueda ni caminar sin acordarme de lo bien que me la pusiste.
Ese fue el punto de quiebre. Las palabras de Lautaro terminaron de joder la poca paciencia que le quedaba a Manuel. El morocho se olvidó de las dudas y de la técnica, simplemente se dejó llevar por la sensación abrumadora de ser uno solo con su rubio. El ritmo se volvió frenético, un choque constante de cuerpos que hacía que la cama de una plaza crujiera con el peso de ambos, mientras el sonido de los jadeos pesados llenaban cada rincón del cuarto.
Manuel ya no pensaba, solo sentía. Sentía el agarre desesperado de Lautaro en sus hombros, el roce de cada centímetro de piel bajo él y, sobre todo, la presión insoportable y deliciosa que lo envolvía.
- Manu... ¡Manu! - gritó Lautaro, perdiendo la compostura por completo. Su espalda se arqueó como un arco tenso y sus dedos se hundieron en los tatuajes del mayor, buscando un anclaje mientras su propio placer lo desbordaba -No pares, por favor...
Manuel apretó los dientes, sintiendo ese hormigueo eléctrico subirle por la columna, una presión más fuerte en su estómago bajo. Ver a Lautaro así, con los ojos en blanco y llamándolo por su nombre entre espasmos, fue el empujón final. Se olvidó de ser cuidadoso, se olvidó de la técnica y simplemente se dejó llevar por la urgencia de terminar dentro de su amigo.
- Me vengo... Lauchita, me vengo - logró gruñir Manuel, su voz sonando más como un rugido que como un susurro.
Lautaro asintió, aferrándose con más fuerza al morocho, sus talones apretando con fuerza a Manuel mientras sus brazos estaban abrazándolo por los hombros con fuerza. Evitando de cualquier manera que el mayor pudiese separarse de él. - Adentro, Manu, por favor... te quiero adentro - logró gemir Lautaro.
Esas palabras fueron la estocada final. Manuel soltó un gemido largo que se perdió en el cuello de Lautaro, empujando una última vez con todas sus fuerzas. Sintió cómo se vaciaba dentro de Lautaro, cómo el cuerpo del rubio se contraía rítmicamente alrededor de él, recibiéndolo. Moschini también soltaba un gemido agudo y prolongado, llegando a su propio clímax en un caos de sensaciones compartidas.
El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por sus respiraciones erráticas y el latido desbocado de sus corazones chocando pecho contra pecho. Manuel se dejó caer lentamente sobre Lautaro, cuidando de no aplastarlo con todo su peso, pero buscando ese refugio que solo el cuerpo del más bajo le brindaba. Estaba agotado, sudado y con la mente en blanco, pero con una satisfacción que no le cabía en el pecho.
Manuel se quedó ahí, con el peso muerto sobre el cuerpo de Lautaro y el corazón martillándole los oídos, tratando de asimilar que el techo de esa habitación seguía siendo el mismo de siempre aunque todo el mundo se le hubiera dado vuelta. El sudor les pegaba la piel y el olor a sexo y perfume flotaba en el aire, mezclado con ese aroma a jabón neutro que siempre emanaba el rubio.
Después de lo que pareció una eternidad, Manuel levantó la cabeza apenas unos centímetros, encontrándose con la cara de Lautaro, quien estaba con el pelo todo revuelto, los labios hinchados y una expresión de paz absoluta que le quitaba cualquier rastro prepotencia que solía cargar en la facultad.
- Che... - susurró Manuel, su voz sonando más grave y rota de lo normal. - ¿Seguís vivo?
Lautaro soltó una risita débil, apenas un soplido, y subió una mano para acariciarle la nuca a Manuel con una lentitud casi perezosa. Sus dedos se enredaron en el pelo oscuro del morocho, dándole un tirón suave que lo obligó a bajar de nuevo.
- Viva tu hermana, Merlo - contestó el rubio, recuperando su tono bardeador aunque no tuviera fuerza ni para abrir los ojos. - Te dije que no era tan difícil, pero te tomó tu tiempo, ¿eh? Por un momento pensé que te ibas a desmayar antes de empezar.
Manuel soltó una carcajada sorda contra el hombro de Lautaro, relajándose por completo. Se hizo a un lado con cuidado de no aplastarlo y se acostó a su par, sintiendo cómo el colchón los obligaba a quedar pegados brazo con brazo, no que fuera una molestia, claro. Estiró la sábana de Cars - que ahora estaba toda arrugada y fuera de lugar - para cubrirlos a medias, una acción ridículamente doméstica para el caos que acaban de desatar.
- Sos un pesado, Moschini. Te acabo de dar la noche de tu vida y tú ya me estás descansando - refunfuñó Manuel, aunque en el fondo no podía dejar de sonreír.
Se quedaron en silencio un rato más, escuchando el zumbido de la heladerita y el ritmo de sus respiraciones volviendo a la normalidad. En la oscuridad, Manuel buscó la mano de Lautaro y entrelazó sus dedos. Eran tan distintos, la mano de Manuel, grande y tatuada, cubriendo por completo la de Lautaro. Pero ahí, en ese encaje perfecto, ya no había dudas sobre lo que sentían.
Lautaro dejó un beso tierno en la mejilla de Manuel y lo volteó a ver, encontrándose con esos ojos oscuros que ahora lo miraban con una devoción que lo dejó mudo por un segundo.
- Gracias, Lauti... - dijo Manuel, acariciando su mano con el pulgar, su voz cargada de sinceridad. - Gracias por... bueno, por no burlarte.
- No me iba a burlar, nabo. Te dije que tenía ganas de enseñarte. - Lautaro se acurrucó más contra él, cerrando los ojos. - Ahora dormite, que mañana me tenés que invitar un buen desayuno para recuperar energías.
- Lo que el Rey Moschini pida. - murmuró Manuel, dejando un último beso en la frente del rubio, cerrando los ojos también y acomodando el brazo bajo la nuca de Lautaro. - Descansá, lindo.
En medio del silencio de la noche en la habitación, los dos se quedaron dormidos, sabiendo que a la mañana siguiente nada volvería a ser igual, y que eso era exactamente lo que necesitaban.
