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Pocas cosas le gustaban más a Manuel que el otoño en Buenos Aires. Siente que es especial y no está seguro de que pueda ser igual en todos lados. Las mañanas y las noches son frescas. Pero, bajo el rayo del sol, las tardes son muy agradables. Casi como si el verano dejase sus últimas pinceladas antes de partir.
Ese viernes no prendían, recién habían vuelto de filmar un video para Youtube y un poco les ganaba la fiaca. Prefirieron disfrutar del sol en el patio, desconectar un poco.
Habían estado peloteando un rato. Para sorpresa de nadie, salió último en el torneito de penales que improvisaron. A Manu no le quitaba mucho el sueño. Sabía que, como jugador de fútbol, era un excelente streamer. Luego de que pateó el último penal a la mierda, Lautaro se le cagó de risa.
– Sos horrible, gordo. – Lo pinchó el rubio, con una sonrisa gigante que le achinaba los ojos. Tenía el pelo revuelto y estaba un poco transpirado.
– Ah, mira. Vos sos hermoso. – Le replicó con una sonrisa peleadora y acortando la distancia entre ellos, hasta quedar solo a centímetros de distancia. Sabía que Lauti se pondría colorado de manera inmediata ante su elogio. Y, dicho y hecho, bastaron segundos para que su cara se ponga tan roja como su camiseta. El de pelo negro soltó una carcajada y, sin poder resistirse, envolvió la estrechez de su cintura con sus brazos.
– ¡¡BASTAAA!!– Se quejó. Sin embargo, no opuso ninguna resistencia al abrazo y escondió su rostro en el pecho del pelinegro.
En un momento les ganó el cansancio. Santiago les dijo que se iba a dormir una siesta. Ellos prefirieron quedarse y disfrutar de los últimos instantes de sol. Optaron por tirar una mantita en el pasto y echarse ahí. Lautaro se acostó boca abajo, usando una mochila y la camiseta del rojo como una almohada improvisada.
Manuel se sentó a su lado y, aprovechando la impunidad que le daba el no ser visto, se comía al otro con la mirada. Cree que, en muy poco tiempo, mirar a Lautaro se convirtió en su deporte favorito. Si hubiese una competencia al respecto, la ganaría sin dudarlo. Conseguiría el oro olímpico.
De a ratos se distraía con su espalda. ¿Quién podría reprochárselo? Si era un escándalo.
A veces sentía la pulsión de agradecer al universo. Se sentía verdaderamente privilegiado al poder disfrutar semejante espectáculo: ver como el sol de la tarde acariciaba la espalda de su novio. Sabía que sonaba obsesionado, al punto de que un poco le preocupaba. Pero le era imposible apartar la mirada.
Sentía la pulsión de memorizar cada lunar, cada peca. Casi como un astrónomo, fascinado con las constelaciones que iba explorando acá y allá. Creía que podía saltar de emoción cada vez que descubría una nueva.
Otra cosa que le fascinaba de su piel es que, con tan solo un poco de sol, podía tomar un hermoso color bronceado. Imagina que eso tiene una explicación genética que a él se le escapa. Sabe que hay personas, como Lautaro, que pueden mantenerse bronceadas sin esfuerzo. Y gente como él, que primero adoptan una gama del magenta, luego toman algo de color y al poco tiempo se están pelando.
En un momento, vio que los músculos de la espalda se contrajeron, y que Lautaro soltó un quejido suave, desperezándose. El de pelo negro se puso colorado al instante y se rio solo, al recordar una vez más lo hasta las manos que estaba con el rubio este.
Sintió que su pulso se aceleraba. Sus dedos temblaban con la sola idea de entrar en contacto con la calidez de su piel. De poder recorrer los músculos definidos de su espalda. De poder rodear la estrechez de su cintura.
Por un momento sintió ansiedad, ante la sola posibilidad de no poder hacerlo. De no poder navegar la suavidad de su piel, de que sus dedos no pudiesen perderse entre los mechones de pelo rubio. La sola idea de no poder hacerlo se le hizo insoportable.
Pero, por suerte, sí podía. Tenía ese privilegio desde hace ya tiempo. Y lo hacía casi en todo momento: disfrutaba mucho atosigando al menor con pequeños roces, caricias, abrazos y besos. Y lo haría con mayor frecuencia, si no fuese porque en algún momento Lautaro se pone fastidioso y lo saca cagando. El hecho de saber que tiene autorizado esos gestos tan íntimos, bastó para dibujarle una sonrisa gigante.
Así que probó con un primer contacto. Una primera caricia, casi imperceptible, entre los omoplatos, con la yema de su dedo índice. Recibió, como única respuesta, un suspiro suave. No pudo más que tomarlo como una invitación.
Sus dedos empezaron a deslizarse, dibujando trazos suaves. Como si sus dedos fuesen patinadores que hacían piruetas en el hielo. El problema es que todo contacto le parecía insuficiente. Sus dedos estaban hambrientos, como lo estaba él.
Fue así que lo totalidad de su palma comenzó a surcar las extensiones de su piel. Trazaba las conexiones entre las pecas, como si intentara descifrar un código secreto. Lo hacía con devoción, como si su vida dependiera de ello. Como si cada toque le garantizara una bocanada más de aire.
Lo cierto es, Manuel al menos puede confesárselo a sí mismo, que en cierto punto es verdad. No que su vida dependa de Lautaro. Al menos no en el sentido literal del término. Pero sí que Lautaro es indispensable para que la vida tenga sentido de ser vivida. Para que no sea un simple reflejo mecánico. Para que no sea tan sólo convertir oxígeno en dióxido de carbono. Para que vivir sea sinónimo de ser feliz y no de meramente existir.
Ah, sí, estaba recontra hasta las manos.
El rubio se dejaba hacer, con ruidos de aprobación. Pero en un momento soltó una risita y le dijo “tenés las manos frías, gordo”. El problema de salir con tu mejor amigo es que los hábitos previos quedan ahí. Entonces, no puede evitar contestarle con voz de boludo, y decirle “Vení y calentame, bebote”.
Escuchó como soltó una carcajada y le dijo “SOS UN ASCO” para luego darle una patadita sin fuerza, con sus pies chiquititos.
De a ratos se distraía con la cadenita. Desde el vamos, porque le quedaba hermosa. Pero también porque era un testimonio de la fe de Lautaro. De la forma en que, tras la fachada y el humor, abraza una forma de humanismo. Que no es indiferente, que es solidario y que considera que toda vida vale.
Manuel no se considera creyente, pero respeta mucho a quienes encuentran sosiego en la fe. Porque la vida no es sencilla, y todos merecemos una forma de consuelo. Todos merecemos algo que nos contenga y nos deje hacer frente a los desafíos que nos atraviesan a diario. Todos merecemos encontrar una forma de paz, algo que nos permita conciliar el sueño.
Sabe que para Lautaro no fue sencillo. Sabe que pasó noches en vela pensando en ello. Porque el principal desafío que debió afrontar fue el poder aceptar quien era. Poder aceptar a quién amaba. Y poder encontrar la forma de conciliar eso con las creencias que le fueron inculcadas.
Manuel es consciente de eso. Sabe que vienen de entornos diferentes, pero puede empatizar con su dolor. Sabe que para él fue, al menos en ese aspecto, mucho más fácil. Porque su vieja es psicóloga, su viejo ateo y ambos son progres de Palermo que votan a Grabois. Nunca tuvo miedo a su rechazo, porque vivieron su bisexualidad con la misma naturalidad que su fanatismo por One Direction.
A él no le dio miedo jugársela por Lautaro por el hecho de ser un flaco. O porque fuese un pecado el amarlo. Le dio miedo porque era Lautaro. Porque era, en esencia, la persona más importante en su vida. La persona que agarró su existencia gris, la llenó de color y la transformó para siempre. La persona que jamás podría arriesgarse a perder.
Pero no quiere irse de tema. El punto es que lo sabe. Sabe que para Lautaro no fue nada fácil. Que, de a ratos, todavía no lo es. Pero también sabe, o al menos siente, que Lautaro pudo hacer las paces con su fe. Que pudo comprender que, incluso en los dogmas, hay múltiples lecturas.
Pudo aceptar que, donde algunos ven un pecado imperdonable, muchos ven tan solo otra expresión del amor. Y que, en una religión en la que toda vida vale, en la que todos somos hijos de Dios, nadie puede verse desprovisto de su amor.
Ni siquiera ellos.
Sólo una vez le habló de esto. Acababan de garchar y estaban acostados en su cama. Como siempre, Lautaro apoyaba la cabeza en su pecho mientras él lo abrazaba. No podía ver su rostro, pero sí que jugaba con el crucifijo entre sus dedos.
De la nada, Lautaro le comenzó a hablar de sus miedos. De las dudas que sintió antes de animarse a admitir lo que sentía. Del peso que tuvo su crianza en una familia conservadora. Y del peso que tuvo su fe. Del miedo que tuvo a perderlo todo.
Pero también le dijo que, de tanto pensar, había entendido algo.
Cuando le pregunto qué, le dijo que él tenía la certeza de que lo suyo era un acto de amor. Que estaba seguro de que amarlo era lo correcto. Pero incluso si estaba equivocado, incluso si lo que hacían era realmente un pecado imperdonable, en su infinito amor, su Dios podría perdonarlo. Incluso en el error. Incluso en el pecado. Por lo que no tenía sentido que él no pudiese perdonarse a sí mismo por amarlo.
Recuerda que luego Lautaro le tomó la mano y la besó con dulzura. Seguía sin poder ver su rostro, pero pudo sentir sus lágrimas caer sobre su pecho desnudo. Cree que nunca lo abrazó con más fuerza.
De a ratos se distraía con la curvatura de su culo. A veces siente que no es normal, el hecho de sentirse tan obsesionado por algo. Pero supone que si hay pibes que se obsesionan con los dinosaurios, o con las galaxias, tampoco es tan raro que él pueda obsesionarse con la cola de su novio.
Cola respecto de la cual puede dar cátedra. Porque la estudió desde todos los ángulos posibles, en toda su gloria. Siente que podría dar conferencias, clases magistrales en las cuales daría cuenta de todas sus virtudes. De cómo luce cuando corre o se pone de cuclillas. De cuáles son las telas con las que mejor se destaca. De lo enormemente privilegiado que se siente al poder contemplarla y tocarla en la más gloriosa desnudez.
Tal es el nivel de fascinación que le genera, que ni siquiera está seguro de qué aspecto es el que más le gusta.
Cree que en parte es por su tamaño. Porque le parece anatómicamente imposible que una cintura tan chiquita esté continuada por semejante ojete. Era un misterio que no alcanzaba a descifrar. ¿Cómo puede ser que una persona con manos y pies tan chiquitos pudiese tener semejante burra?
Incluso podría explicar su teoría, a quien tuviese ganas de oírla, sobre como esos montes carnosos tenían su propio campo gravitacional. Porque no había otra explicación posible para la forma en que sus manos se veían atraídas por ellos, como por una fuerza irresistible.
Pero no es sólo la forma, sino también la consistencia. Las nalgas del rubio son turgentes, como frutas maduras, listas para ser devoradas. Está bastante convencido de que puede describir perfectamente su elevación, curvatura y peso. Como si él mismo fuese el arquitecto responsable de tan colosal monumento.
Mentiría si dijera que no adora perderse en ellas, hasta invadirlas en su punto más recóndito. De hecho, siente que sería capaz de trazar un mapa. Porque sus dedos y su lengua ya indagaron incansablemente, hasta el punto más recóndito de aquellos montes. Como si se tratase de una misión de exploradores inmersos en la más grande de las aventuras.
También es por su instrumentalidad. Por la forma en que Lautaro cierra la puerta de la heladera de un culazo cuando está cocinando y tiene las manos ocupadas. La forma en que se sirve de él para saciar su hambre en la intimidad.
Manuel tiene la certeza de que podría escribir los poemas más obscenos. Relatos pecaminosos, protagonizados por los gemidos y guarangadas que el rubio suelta cuando se sienta en su cara. Cuando siente como la lengua del pelinegro explora su intimidad, mientas sus manos gigantes se aferran a sus glúteos. Cuando no puede resistir la pulsión de nalguearlo y dejarlo marcado, con la piel roja, afiebrada de placer y dolor. Cuando le suplica por más y entonces…
– ¡Che! – Le llamó la atención Lautaro, quien tras notar que no dejaba de ficharle el orto, le cortó el mambo con tono burlón – Aflojá dos minutos con ser tan pajero.
Capaz el Manuel de hace unos meses atrás se hubiese avergonzado, hubiera comenzado a tartamudear e inventar excusas. ¿El de hoy? ¿Qué ya sabe que aquel tesoro está a su entera disposición? No pudo más que redoblar la apuesta.
– Es que me parece que este culito está pasando hambre. – Le dijo, mientras le metía una mano entre la tela del jogging y la del bóxer. Inmediatamente después, apretó con firmeza un cachete y lo agitó. Lautaro, mucho más pudoroso que él, procuró ponerse bordó.
De a ratos se distraía con sus besos. Con esos labios ansiosos, hambrientos. Labios que todavía guardan algo de la torpeza que tanto lo conmovió la primera vez que encontraron los suyos. Labios que hoy son más experimentados. Que saben salir en busca de los suyos, más carnosos pero igual de necesitados.
Enloquece con el contacto de sus lenguas, que se trenzan cual gladiadores en una batalla sin cuartel. Puede reconocer que hay algo animal en ambos, una pulsión salvaje que los conecta y que no todo el mundo puede entender. No por nada ladran como perros de tanto en tanto.
Siente que pierde la cabeza cada vez que Lautaro atrapa su labio inferior entre sus dientes, para luego tirar con gentileza. Cuando siente sus manos ansiosas por debajo de la remera, tocando sus costillas como si fueran las teclas de un piano.
Manuel pierde la cabeza cuando todo se pica, cuando aceleran de cero a mil, como si estuvieran en la más alucinante de las montañas rusas. Alucina cuando nota que el de ojos marrones se desespera. Al notar que su mirada se oscurece, llena de deseo y pensamientos degenerados. Se le hincha el pecho por ser consciente de que es él, y nadie más, quien es capaz de hacer que pierda el control de esa manera.
Y grita cuando Lautaro le muerde el cuello. Cuando le deja una marca que inevitablemente se va a convertir en un moretón, que lo va a obligar a usar la capucha puesta por un par de streams. Pero que va a ser visible para todos sus amigos, familia y contactos de trabajo. Cuando lo marca para que nadie se olvide de a quién pertenece, de quién tiene el monopolio de su cuerpo y de su alma.
A veces lo descoloca la intensidad de lo que siente. Pero realmente no se arrepiente de nada. Tal vez solo de haber dudado tanto en dar el paso que les faltaba. De haber dudado tanto de que esto fuese posible. De haber dudado de que la felicidad estuviese tan al alcance de sus manos. Por suerte eran cagones, pero no tan boludos.
No sabe bien cómo, pero lo tiene a Lautaro sentado encima, con sus brazos envolviendo su cuello. Sus manos, ¿cuándo no?, ya estaban estratégicamente apoyadas en sus enormes glúteos. Estaba todo dado como para que la cosa se descontrole.
Es entonces que sintió que un escalofrío le recorrió la espalda. En un primer momento, lo atribuyó al contacto físico con su novio, que siempre le producía chispazos raros en todo el cuerpo.
Pero para su desgracia, con la puesta del sol, se había activado el sistema de riego del patio. El agua helada de los aspersores les hizo bajar la calentura en dos patadas. Supuso que hasta en eso son como perros. “Está helada, la concha de su madre”, puteó el rubio, incorporándose en un segundo, mientras estallaban de risa.
Lautaro estaba de pie, riendo con el contacto del agua. Sus ojos castaños se achinaban como siempre, como si le fuese imposible mantenerlos abiertos al reír. Tenía el pelo hecho un desastre. Algunas gotas habían quedado atrapadas entre sus mechones rubios, que resplandecían por el contacto con los últimos rayos de sol. Manuel se lo quedó mirando con la boca entre abierta, sonrojándose como un boludo. Nunca había estado más hermoso.
- Vení, mogulacho. – Le dijo con una sonrisa, tendiéndole la mano y guiñándole un ojo – Vamos a merendar algo y después podemos terminar lo que empezamos acá.
No pudo más que asentir y tomarle la mano, todavía colorado. El sol de la tarde se despidió de ellos, mientras corrían entre risas y esquivando los chorros de los aspersores. No se soltaron las manos en ningún momento.
