Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-04-16
Completed:
2026-06-09
Words:
62,327
Chapters:
6/6
Comments:
14
Kudos:
25
Hits:
369

Más allá del lienzo | JimmySea AU

Summary:

En un mundo de agendas milimétricas y trajes a medida, Jimmy, el imponente y protector CEO, vive volcado en su hija Sunny, una niña prodigio de casi diez años que es su único norte. Su vida perfectamente estructurada se tambalea cuando conoce a Sea, el profesor de arte de Sunny: un joven vibrante, caótico y con un irresistible aroma a vainilla que parece ver el mundo en colores que Jimmy ya había olvidado.

Chapter Text

︵⊹︵⏜︵୨୧︵⏜︵⊹︵

Capítulo Uno

︶⊹︶⏝︶୨୧︶⏝︶⊹︶

 

La luz de la mañana se filtraba por los ventanales de la cocina, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire y el caos crónico que reinaba en la casa de los Potiwihok. Jimmy, con la mandíbula tensa y la mirada fija en el reflejo del espejo, luchaba contra el nudo de su corbata de seda. El tiempo parecía correr más deprisa que sus dedos.

—Vamos, Sunny, termina el desayuno, cielo —instó Jimmy, con un tono que oscilaba entre la autoridad y la súplica—. El reloj no se va a detener porque tus cereales estén flotando.

Ajena al estrés de su padre, Sunny balanceaba las piernas sentada en el taburete, removiendo la leche con su cuchara. Sus ojos brillaban con una emoción que nada tenía que ver con la logística escolar.

—Pues el profe Sea tiene una técnica increíble, papá. Deberías verlo —comentó la niña, con una sonrisa que revelaba el hueco de un diente recién caído—. Ayer hizo una demostración en vivo de un jardín delante de toda la clase y se veía increiiible… Luego dibujamos nosotros y me dijo que yo dibujaba muy bien y que soy muy detallista. Es… es el mejor ¿sabes? Además, es muuuuuy amable y…

Jimmy suspiró, finalmente rindiéndose con la corbata, que quedó ligeramente ladeada. Se acercó a la mesa y, con ese ojo clínico de padre perfeccionista, detectó el desastre: la coleta izquierda de Sunny estaba 1 centímetro más abajo que la derecha. Un error táctico inaceptable.

Sin mediar palabra, cogió el peine del estante de la entrada. Con una destreza nacida de años de práctica, retiró la goma elástica con suavidad, pero la impaciencia le hizo tirar un poco más de la cuenta al desenredar un nudo rebelde.

—¡Papáaaaa! ¡Me haces dañoooo, ayyyy! —chilló Sunny, encogiéndose de hombros mientras intentaba protegerse la cabeza con las manos.

—Lo siento, lo siento, patatita —murmuró él, suavizando el gesto y pasando el peine con una ternura infinita hasta que el cabello quedó como una cascada de seda—. Solo quiero que mi princesa vaya impecable. No queremos que tu nuevo y fantástico profesor piense que vives con alguien que no sabe hacer coletas, ¿verdad?

Ajustó el coletero con precisión milimétrica, cerciorándose de que cada mechón estuviera en su lugar, y depositó un beso sonoro en la coronilla de su hija. El aroma a champú de fresa le llenó los pulmones, calmando por un segundo su propio ritmo cardíaco.

—Tienes exactamente un minuto para terminarte el desayuno, cariño. Si no, llegaremos tarde y no queremos eso… —dijo Jimmy, mirando su reloj de pulsera.

—Pues eso… el profe Sea… —insistió ella, ignorando por completo la advertencia temporal. Sus manos trazaban círculos en el aire, tratando de explicar la magnitud del carisma de su maestro.

Jimmy puso las manos sobre la mesa y se inclinó hacia ella, con una media sonrisa divertida pero firme.

—Sunny, cielo, deja ya en paz a tu nuevo profesor de plástica y come. Si no te terminas el desayuno ahora mismo… —hizo una pausa dramática— hoy no habrá tiempo para dibujos por la tarde. Ni acuarelas, ni carboncillo. Nada.

Sunny se quedó petrificada. El castigo era severo, casi cruel. Hizo un puchero tan pronunciado que sus mejillas parecieron inflarse como dos globos. Tenía la necesidad imperiosa de contarle que el mundo había cambiado desde que la señora Nam se había jubilado. La señora Nam olía a naftalina y siempre les pedía que dibujaran jarrones con frutas; el profe Sea, en cambio, olía a libertad y les decía que el cielo podía ser naranja si ellos querían.

Comió en un silencio sepulcral, masticando con una exagerada lentitud mientras mantenía su expresión de indignación absoluta.

—Si sigues poniendo esa cara, se te va a quedar así para siempre —dijo Jimmy, soltando una carcajada mientras le apretaba una mejilla—. Y entonces no podré presumir de lo guapa que es mi hija.

Sunny le sacó la lengua, desafiante, pero no pudo evitar que una pequeña chispa de risa asomara en sus ojos.

—Ya verás cuando lo conozcas, papá —sentenció ella, bajándose del taburete y agarrando su mochila—. Te va a gustar muuuucho.

Jimmy solo sonrió, sin saber que, muy pronto, las palabras de su hija dejarían de sonar a exageración infantil para convertirse en una profecía. 

 

———・୨ ✦ ୧・———

 

El trayecto hacia la escuela fue una sinfonía de motores y el parloteo incesante de Sunny, quien parecía tener una reserva inagotable de anécdotas sobre la brillantez de su nuevo mentor. Jimmy maniobró su deportivo negro con  precisión, deteniéndose frente a la imponente fachada del colegio justo cuando el timbre anunciaba el inicio de la jornada. Hoy no era un día cualquiera; era la mañana de la tutoría general, la presentación oficial ante la comunidad de padres de aquel que había usurpado el trono de las conversaciones en su mesa.

«El famoso Sea», pensó Jimmy, mientras el nombre resonaba en su mente con un eco que no lograba descifrar.

Hacía exactamente un mes que Sunny no pronunciaba otro nombre. Un mes en el que cada dibujo, cada historia y cada "papá, ¿sabías qué?" desembocaba irremediablemente en el profesor de arte. 

¿Estaba celoso? 

Se hizo la pregunta mientras apagaba el motor.

¿Le irritaba que un desconocido hubiera desplazado su figura heroica del centro del universo de su hija?

​—Para nada —se mintió a sí mismo en un susurro, apretando el volante de cuero. Sabía que mentía, pero su orgullo era tan impecable como su cuenta bancaria. Jamás admitiría que un profesor de primaria le estaba ganando la partida por la atención de su pequeña.

​Salió del coche con una parsimonia estudiada. Rodeó el vehículo y ayudó a bajar a Sunny, tomándola de la mano con una delicadeza que contrastaba con su apariencia de acero. Al ponerse de pie y ajustar su chaqueta, Jimmy Jitaraphol se convirtió, sin él saberlo, en el epicentro de todas las miradas.

​Caminó hacia el aula con una elegancia imponente. Su traje a medida, de un corte italiano que gritaba autoridad, se ajustaba a su figura con una perfección insultante, y el Rolex en su muñeca izquierda destellaba con cada movimiento coordinado. Iba serio, con la mirada fija en el frente.

​A su paso, se formaba una estela de suspiros y murmullos que Jimmy, en su absoluta desconexión emocional con el entorno, era incapaz de registrar. 

No se percató de cómo un grupo de madres interrumpía su charla para seguirlo con la mirada, ni de las sonrisas sugerentes que algunas lanzaban a su paso con la esperanza de captar un milímetro de su atención. 

Para el resto del mundo, él era el CEO de J-Tech, el gigante tecnológico que estaba redefiniendo el futuro. El "padre soltero de oro". Era guapo con una frialdad que intimidaba, imponente por naturaleza y, sobre todo, absolutamente inaccesible. 

​Sin embargo, Jimmy caminaba en una burbuja de aislamiento total. Estaba tan ciego a la admiración ajena como un faro que no sabe que los barcos lo miran para no naufragar. Para él, las mujeres que lo rodeaban eran solo figuras borrosas en el paisaje escolar.

Muchas lo habían intentado con invitaciones a cafés "logísticos" o citas de juego para los niños, pero Jimmy siempre levantaba un muro de cortesía profesional que nadie lograba escalar.

​En su mundo, el espacio estaba reservado para una sola persona, y esa persona ahora mismo tiraba de su mano con impaciencia.

​—¡Papá, vamos date prisa! —exclamó Sunny, ajena también al revuelo que causaba su padre—. ¡Que el profe Sea ya debe estar dentro!

​Jimmy asintió, regalándole a su hija la única sonrisa genuina que había mostrado en toda la mañana, sin ser consciente de que ese pequeño gesto de ternura acababa de romper tres corazones más en el pasillo. 

Cruzó el umbral del aula, un espacio inundado por el aroma a ceras de colores, papel fresco y pegamento de barra. 

Buscó instintivamente la última fila, intentando que su figura de un metro ochenta se fundiera con las sombras de las estanterías llenas de libros infantiles. Quería ser un observador silencioso, pero su plan de pasar inadvertido fracasó en el mismo instante en que eligió su lugar.

​Como si de un campo magnético se tratara, el resto de los padres y madres comenzaron a arremolinarse a su alrededor, reduciendo el espacio vital de Jimmy a su mínima expresión.

​—Buenos días, Jimmy. Qué alegría verte por aquí tan temprano —murmuró una mujer, dejando que sus dedos rozaran "accidentalmente" la fina tela de la manga de su americana.

​Jimmy la miró de reojo. Reconocía vagamente aquel rostro de las fiestas de cumpleaños en parques de bolas, pero su nombre se perdía en el mar de datos irrelevantes de su memoria. Aun así, mantuvo la máscara de cortesía que tan bien dominaba: un asentimiento seco, una sonrisa cordial que no llegaba a sus ojos y un tono de barítono perfectamente modulado.

​—Buenos días —respondió, marcando una distancia invisible pero insalvable.

​Justo cuando el murmullo de los adultos empezaba a volverse sofocante, el sonido de la puerta al abrirse cortó el aire. Un silencio expectante se apoderó de la sala.

​Entró un joven que parecía haber sido arrancado de un cuadro impresionista. No tendría más de veinticinco o veintiséis años. Llevaba un delantal manchado con pequeñas motas de pintura acrílica sobre una camisa de lino holgada, unas gafas de montura que enmarcaban unos ojos vivaces y el cabello... el cabello era un desastre artístico, despeinado de una forma que sugería que había pasado las manos por él repetidas veces mientras creaba algo.

​—¡Hola a todos! —exclamó con una voz clara y melódica que pareció vibrar en las paredes.

​Primero se agachó a la altura de los niños, regalándoles un saludo cómplice que hizo que Sunny se iluminara como una bombilla de cien vatios. Acto seguido, se irguió y dirigió su mirada hacia el fondo, donde los padres aguardaban. Su sonrisa era deslumbrante, de esas que no solo muestran dientes perfectos, sino que arrugan las comisuras de los ojos con una sinceridad casi abrumadora.

​—Soy Sea —se presentó, y su nombre pareció flotar en el aire como una brisa marina—. Soy el profesor de Plástica y Arte de sus hijos, y este año también tendré el honor de ser su tutor de clase.

​Comenzó a desglosar el programa escolar con una pasión inusual. Habló de su manera de enseñar y cómo se reestructuraría el curso. También habló de su clase en concreto; de texturas, de la importancia de la expresión emocional a través del color y de cómo quería que el aula fuera un refugio para la creatividad.

​—Creo firmemente en la comunicación activa —continuó Sea, apoyándose con naturalidad en su escritorio—. Aquí tienen mi correo corporativo. No duden en escribirme por cualquier duda, por pequeña que sea. O si tienen sugerencias, o si simplemente quieren contarme algo sobre sus hijos que deba saber. Estoy disponible para ustedes.

​Jimmy, por primera vez en años, se olvidó de todo lo que le rodeaba. No podía apartar los ojos de Sea. Era... insultantemente alegre. Irradiaba una energía pura. Era increíblemente guapo, pero no de una forma manufacturada como los modelos de las revistas, sino con una belleza orgánica, luminosa. Cada vez que Sea reía ante algún comentario de un padre, Jimmy sentía que la luz del aula subía de intensidad.

​De repente, el universo de Jimmy se redujo a un solo punto.

​Sea giró la cabeza hacia el fondo de la clase y sus ojos se encontraron con los de Jimmy. El profesor se quedó con la frase a medias, un "por lo tanto..." que murió en sus labios. Durante un segundo que pareció eterno, el tiempo se detuvo. Sea no apartó la mirada; al contrario, su sonrisa se transformó en algo más suave, más personal, mientras seguía hablando por pura inercia, manteniendo el contacto visual con una intensidad que hizo que a Jimmy le diera un vuelco el corazón.

​El CEO de J-Tech, el hombre que negociaba con tiburones sin parpadear, sintió cómo el pulso le martilleaba en los oídos. Un calor desconocido le subió por el cuello.

​«¿Qué demonios me está pasando?», se preguntó Jimmy, sintiéndose extrañamente vulnerable bajo aquel escrutinio radiante.

​Miró de reojo a Sunny, que observaba a su profesor con una devoción absoluta, y de pronto lo comprendió todo. Comprendió por qué su hija no podía dejar de hablar de él, por qué cada tarde el nombre de "Sea" llenaba su casa. Porque era imposible estar en la misma habitación que ese hombre y no querer quedarse a vivir en su órbita. 

Sea comenzó a realizar una pequeña demostración de su metodología, moviéndose por el aula con una fluidez casi coreográfica. No era el típico profesor rígido; se sentaba en el borde de los pupitres, gesticulaba con las manos y bajaba la voz para crear un aura de misterio que mantenía a los niños hechizados. Bajo su mando, el caos habitual de una clase de primaria se transformaba en un silencio reverencial, una atención magnética que Jimmy no había visto ni en sus juntas directivas más importantes.

Jimmy lo observaba desde su rincón, completamente embelesado. Había algo en la forma en que Sea miraba a los niños —con un respeto genuino, como si cada una de sus pequeñas ideas fuera un tesoro— que le apretaba el pecho de una forma desconocida.

Cuando la campana anunció el cambio de asignatura, los niños comenzaron a recoger sus estuches para dirigirse al aula de informática. Sunny, antes de cruzar el umbral, se detuvo en seco y buscó la figura de su padre. 

Jimmy, cuya expresión severa se desmoronaba solo ante ella, le dedicó una sonrisa cargada de una ternura infinita. Sin emitir sonido, pero marcando cada sílaba con los labios para que ella pudiera leerlos, le dedicó su mantra diario:

—"Te-quie-ro-pa-ta-ti-ta".

Sunny soltó una risita cristalina, le lanzó un beso al aire y desapareció por el pasillo.

Poco a poco, el resto de los padres fue abandonando el aula entre murmullos y promesas de correos electrónicos. Jimmy, sin embargo, se sentía anclado al suelo. Sus pies no obedecían la orden de marcha de su cerebro. Se quedó allí, de pie, observando cómo Sea organizaba unos pinceles con movimientos pausados.

«Ve a hablar con él» le dijo la voz de su cabeza.

«¿Por qué debería?» le replicó mentalmente Jimmy.

«Porque te mueres de ganas…»

Finalmente se movió, pero no hacía la salida, sino hacia Sea. Cuando estuvo cerca carraspeó, un sonido seco que rompió el silencio del aula vacía.

Sea se dio la vuelta con lentitud. Al ver que el imponente hombre del traje azul seguía allí, se quedó muy quieto, sosteniendo un bote de pintura seca. Sus miradas volvieron a colisionar, y esta vez, sin el escudo de la multitud, el impacto fue mucho más eléctrico. 

Jimmy, sintiéndose extrañamente torpe por primera vez en su vida adulta, recurrió a su armadura más fiable: la profesionalidad. Ajustó su postura, dejó que su voz grave y aterciopelada llenara el espacio y fue por la vía segura.

—Buenos días. Quería presentarme formalmente... soy Jimmy Potiwihok, el padre de Sunny —dijo, dando un paso adelante y extendiendo una mano firme, grande y de dedos largos.

Sea bajó la vista hacia esa mano y luego volvió a subirla hacia el rostro de Jimmy. Una pequeña sonrisa, casi tímida pero cargada de curiosidad, bailó en sus labios mientras aceptaba el apretón. El contacto físico fue breve, pero la calidez de la piel de Sea pareció traspasar la barrera de Jimmy.

—¡Encantado! —exclamó Sea.

Después de estrecharse las manos y soltarse Jimmy dió un pequeño paso hacia atrás. Intentando que hubiese una distancia diplomática entre ellos.

 La voz de Sea sonó un poco más suave cuando siguió hablando.

—Sunny es una niña increíble, de hecho… tenía intención de pedirle una tutoría… Me gustaría… hablar con usted sobre ella, señor Potiwihok.

La fachada de CEO de Jimmy se agrietó al instante. Sunny era su talón de Aquiles, el centro de todas sus ansiedades y alegrías. El pánico paternal, ese que siempre vive bajo la superficie, emergió de golpe.

—¿Pasa algo con ella? —preguntó, acortando un poco la distancia entre ambos de forma inconsciente. Su voz perdió el barniz profesional, volviéndose ronca y cargada de una preocupación genuina—. ¿No está bien en clase? ¿Ha tenido algún problema?

Sea lo observó en silencio durante un segundo, fascinado por la rapidez con la que aquel hombre tan imponente se transformaba en un padre vulnerable ante la mención de su hija. Le pareció... adorable.

—¡No! No, no, nada de eso, de verdad —se apresuró a decir Sea, agitando las manos para calmarlo—. Todo lo contrario. Sunny parece estar muy por encima de la media. Realmente tiene... ¿cómo decirlo?... una mano prodigiosa para el arte. Disfruta con el proceso creativo de una forma que no es común a su edad. Parece que dibujar es algo vital para ella.

Jimmy exhaló un suspiro de alivio tan profundo que sus hombros bajaron varios centímetros. Se relajó, permitiéndose una pequeña sonrisa de orgullo. Recordó las paredes de su despacho, decoradas no con títulos, sino con los garabatos de Sunny que habían ido evolucionando con los años.

—Desde que era muy pequeña le ha gustado perderse entre papeles y lápices —confesó Jimmy, y el brillo en sus ojos al hablar de ella hizo que el corazón de Sea diera un vuelco—. Ahora que tiene nueve años, me he dado cuenta de que su pasión no es solo un pasatiempo. Ella ve el mundo de otra manera.

—Exactamente —coincidió Sea—. Por eso... me gustaría proponerle algo señor Potiwihok. Voy a abrir una pequeña actividad extraescolar aquí en el colegio, un taller avanzado de expresión artística. Y, como sugerencia personal, me encantaría que Sunny asistiera. Creo que podría ayudarla a explotar todo ese potencial que tiene guardado.

Jimmy guardó silencio un instante, procesando la propuesta. El suave tictac del reloj de pared y el lejano eco de los pasos en el pasillo eran lo único que acompañaba el latido sordo que golpeaba en su pecho.

—Un taller extraescolar… —repitió Jimmy, su voz descendiendo a un tono más profundo—. A ella le encantaría. De hecho, creo que si le digo que no, me desterraría de su cuarto para siempre.

Sea soltó una carcajada limpia y espontánea. Sus ojos se entrecerraron por la alegría, y Jimmy se descubrió a sí mismo contando los pequeños lunares que adornaban su rostro.

—Entonces… ¿puedo contar con ella? —preguntó Sea, inclinando un poco la cabeza, con un brillo travieso en la mirada—. Las clases serían los martes y jueves, justo después de la jornada escolar. Yo mismo me encargaré de que no se manche demasiado la ropa… aunque no prometo nada. 

Jimmy sonrió. Se encontró acortando la distancia que los separaba, invadiendo sutilmente el espacio personal de Sea. El aroma del profesor, un olor a vainilla lo envolvió como una niebla cálida.

—Trato hecho —dijo Jimmy, extendiendo de nuevo la mano para cerrar el pacto—. Pero tengo una condición, profesor.

Sea arqueó una ceja, intrigado, mirando la mano de Jimmy.

—¿Una condición? —repitió Sea en un susurro—. Dígame, señor Potiwihok. Soy todo oídos.

—No me llame "señor Potiwihok" —pidió Jimmy, su mirada clavada en los labios de Sea antes de volver a sus ojos—. Me hace sentir como si estuviera en una auditoría. Llámeme Jimmy. Y si Sunny va a pasar más tiempo con usted… me gustaría estar al tanto de sus progresos personalmente…

Una voz de su cabeza le detuvo. «Jimmy… ¿estás intentando averiguar su número de teléfono?»

—Verá… recibo cientos de correos al día, y siento que su correo… se acabaría perdiendo entre la multitud… —dijo Jimmy.

«Jimmy, sabes perfectamente que puedes puedes poner filtros en tu correo…» le dijo la vocecita de su conciencia. Pero no le hizo caso.

Sea ladeó la cabeza, y por un segundo, el tiempo pareció congelarse en aquel aula de primaria. 

Entonces el profesor le estrechó la mano en un apretón firme. Y sin retirar la mano le contestó:

—Me parece justo, Jimmy —pronunció su nombre con una suavidad que hizo que al CEO se le erizara la piel, sus dedos acariciaron casi imperceptiblemente el dorso de la mano de Jimmy antes de volver a hablar—. En ese caso, creo que debería darle mi número personal. Ya sabe… por si surge alguna "emergencia artística".

Sea soltó su mano con lentitud, dejando una sensación de vacío frío en la palma de Jimmy, y buscó un post-it amarillo sobre su escritorio. Escribió unos dígitos con un trazo rápido y elegante, y se lo tendió.

—Aquí tiene.

Jimmy tomó el papel, guardándolo en el bolsillo de su traje. 

—Pues entonces… Hasta el martes, Sea —dijo Jimmy, caminando lentamente de espaldas.

—Hasta el martes, Jimmy. Y cuidado con la corbata, está… un poco torcida.

Jimmy se miró la corbata.

Sea dio unos pasos cortos y decididos, acortando la distancia que los separaba. Jimmy se quedó de piedra, con el aliento contenido en los pulmones, mientras las manos de Sea se alzaban con una naturalidad pasmosa hacia su cuello.

Los dedos del Sea rozaron la seda de la corbata y por un instante inevitable la calidez de su piel acarició la barbilla de Jimmy. Fue un contacto fugaz que envió una sacudida directa a la base de su columna vertebral. Sea ladeó la cabeza, concentrado en su tarea, ajeno a lo que provocaba en Jimmy.

Con un movimiento experto, Sea ajustó el nudo, centrándolo con precisión milimétrica sobre la camisa blanca inmaculada. Sus ojos brillaron bajo la luz de los fluorescentes cuando, tras dar un último y suave tirón para asentar la prenda, deslizó las palmas de sus manos hacia abajo por las solapas de la chaqueta de Jimmy, alisando una arruga inexistente.

—Ahora... —susurró Sea, manteniendo su rostro a escasos centímetros del de Jimmy, con una sonrisa que mezclaba la travesura con una suavidad desconcertante—. Ahora está perfecto.

Jimmy sintió que el aire se volvía denso, casi sólido. Sus ojos recorrieron las facciones del profesor, deteniéndose un segundo más de lo debido en la curva de sus labios antes de obligarse a recuperar la compostura. 

Tragó saliva con dificultad, notando cómo su garganta se sentía seca y su corazón golpeaba con una fuerza que amenazaba con romper la elegancia de su traje.

—Gracias... —logró articular Jimmy, con una voz que sonó mucho más ronca y profunda de lo que pretendía.

Salió de allí sin volverse a ver, aunque se moría de ganas.

 

———・୨ Sea ୧・———

 

Sea cruzó el umbral de la sala de profesores con pasos torpes, como si sus propias piernas hubieran olvidado cómo coordinarse tras aquel encuentro. El silencio del santuario docente se vio interrumpido por el sonido sordo y dramático de su frente impactando contra la superficie de madera de su escritorio. 

¡Bam! 

El golpe resonó en las paredes llenas de archivadores y tazas de café a medio terminar.

​A su lado, el chirrido de unas ruedas sobre el suelo rompió la atmósfera de tragedia griega. Off, su compañero de trabajo y veterano en el arte de lidiar con las reuniones de padres, se impulsó hacia atrás en su silla giratoria, observando con una mezcla de curiosidad y burla el cuerpo inerte de su amigo sobre la mesa.

​—Sea… ¿sigues vivo o tengo que llamar a una ambulancia? —preguntó Off, arqueando una ceja con escepticismo—. ¿Estás bien?

​—No… —La voz de Sea salió amortiguada por la madera, un lamento que parecía provenir del fondo de un pozo—. No estoy nada bien, Off. Nada.

​Por su mente desfilaban, como fotogramas de una película prohibida, los últimos diez minutos. Se visualizó a sí mismo, como si fuera un espectador externo, entregándole aquel post-it amarillo con su número personal a un padre. 

«¡A un padre!»

La ética profesional que tanto se había esmerado en cultivar durante su carrera parecía haberse derretido bajo la mirada color obsidiana de Jimmy Potiwihok.

​Debería haber sido un muro de contención, un ejemplo de decoro docente; debería haberse ceñido al frío y aséptico correo corporativo de la escuela. Pero desde que aquella mañana sus ojos se habían topado con la figura imponente de Jimmy cruzando el patio, el sentido común de Sea se había tomado unas vacaciones indefinidas. 

Lo había intentado, de verdad. 

Había hecho un esfuerzo titánico por repartir su atención entre el resto de padres y madres, pero era inútil. Sus ojos, con una voluntad propia y traicionera, regresaban siempre al mismo punto: a la línea perfecta de aquella mandíbula, al ajuste insultante de ese traje azul y a esa aura de poder contenido que lo hacía parecer demasiado atractivo para el resto de los simples mortales.

​«Ese hombre debería ser ilegal en un radio de cinco kilómetros de cualquier institución educativa», pensó Sea, hundiendo la cara con más fuerza contra el escritorio.

​Había dado lo mejor de sí hablando de Sunny, intentando que su voz no temblara mientras alababa el talento de la niña, pero por dentro era un manojo de nervios. 

Y luego… Luego estuvo lo de la corbata. 

«¡¿POR QUÉ LE HE DICHO LO DE LA CORBATA?! ¡¿TE HAS VUELTO LOCO SEA?!» se lamentó Sea.

​—¿Tan mal ha ido la reunión con los padres? —insistió Off, suavizando un poco el tono—. Mira, es normal. Es tu primera tutoría oficial, siempre hay algún padre difícil que se queja de las notas o del material. No te preocupes, no es para tan—

​—¿Por qué nadie me había avisado? —interrumpió Sea, levantando la cabeza de golpe. Tenía el pelo más revuelto que de costumbre y las gafas ligeramente torcidas.

​Off parpadeó, confundido por el cambio de dirección de la charla.

​—¿Avisado? ¿De qué? ¿De que se nos ha acabado el café descafeinado?

​Sea se pasó las manos por la cara, tratando de borrar la imagen de Jimmy de su retina, aunque sabía que era una batalla perdida.

​—¿Conoces al padre… de Sunny? —soltó al fin, con un hilo de voz que delataba su derrota absoluta.

​El silencio que siguió fue breve, apenas un segundo, antes de que Off soltara una carcajada sonora que hizo que un par de profesores al otro lado de la sala se giraran a mirar. Off se echó hacia atrás, riendo con ganas mientras señalaba a su compañero con el dedo.

Sea le indicó que bajase la voz.

​—¡Oh! —exclamó Off entre risas, recuperando el aliento, bajó el tono para que solo lo escuchaste él—. Entiendo… Ya veo… Por fin has conocido al "Gran Tiburón" de la tecnología. Te ha golpeado el efecto Potiwihok de lleno, ¿verdad?

​Sea volvió a dejar caer la cabeza sobre la mesa, emitiendo un quejido lastimero. Sí, lo había golpeado. Y sospechaba que no iba a poder levantarse en mucho tiempo.

 

———・୨ Jimmy ୧・———

 

El rascacielos de cristal y acero de J-Tech se alzaba sobre la ciudad como un monumento al orden y al éxito. 

Jimmy cruzó el vestíbulo. A su paso, una marea de empleados se apartaba con respeto reverencial; los "buenos días, señor Potiwihok" se sucedían en una cadena rítmica que él acompañaba con breves asentimientos de cabeza y esa media sonrisa profesional que mantenía a todo el mundo a la distancia justa.

Sin embargo, tras la puerta de roble de su despacho privado, la máscara de CEO impecable se agrietó en el mismo instante en que se dejó caer sobre su sillón de piel negra.

Jimmy exhaló un suspiro largo, desabrochándose el botón de la chaqueta del traje que Sea había alisado con tanta parsimonia apenas una hora antes. Seguía sin poder procesar el torbellino de sensaciones que se habían desatado en su pecho. 

Desde la muerte de su esposa, hacía ya nueve largos y silenciosos años, su corazón se había convertido en una fortaleza sitiada, un lugar donde solo Sunny tenía permiso de residencia. No era solo una cuestión de falta de tiempo o de devoción absoluta a su hija; era que, simplemente, el mundo exterior se le antojaba monocromático. Nadie, en casi una década, había logrado encender una chispa de curiosidad, y mucho menos de deseo, en su mirada.

Hasta esa mañana.

La imagen de Sea se repetía en su mente como una película en bucle: su cabello despeinado, las motas de pintura en su delantal y esa forma de mirarlo que parecía atravesar todas sus capas de blindaje empresarial. 

Jimmy se llevó una mano al bolsillo del pantalón, rozando el papel amarillo del post-it. Se sentía como un adolescente cometiendo su primera imprudencia. Había utilizado a Sunny, su tesoro más sagrado, como una excusa burda y transparente para conseguir el número de teléfono de aquel hombre.

«Soy un padre terrible… pero es que… no sé qué ha pasado…»

Había sido un acto impulsivo, una llamarada de instinto que creía extinguida.

Unos toques familiares en la puerta rompieron su ensimismamiento. Junior, su secretario personal y el único amigo que se atrevía a tutearlo sin previo aviso, entró con una tableta bajo el brazo y una expresión cargada de una ironía insoportable. 

Se plantó frente al escritorio, apoyando una cadera en el borde de la mesa mientras observaba a Jimmy con ojos de halcón.

—Vaya, vaya… Parece que alguien ha visto un fantasma… —soltó Junior, soltando una risita traviesa que a Jimmy le resultó especialmente irritante en ese momento—. ¿Cómo ha ido la reunión de padres, jefe? ¿Has conocido ya al famoso "profe Sea"? El hombre del que Sunny no deja de hablar como si fuera la reencarnación de Da Vinci.

Jimmy levantó la vista, encontrándose con la mirada inquisitiva de su amigo. No sabía qué contestar. Si decía la verdad, admitiría que un profesor de veintitantos años acababa de dinamitar su paz mental. Si mentía, Junior, que lo conocía mejor que nadie, olería la mentira a kilómetros. 

Se limitó a ajustar un pisapapeles sobre su mesa, sintiendo cómo el papelito amarillo en su bolsillo quemaba contra su muslo. 

Intentó disimular. Pero frente a él no tenía a un subordinado que se conformara con un silencio corporativo; tenía a Junior. El hombre que había sostenido los trozos rotos de su vida cuando, hace nueve años, el mundo de Jimmy se hizo añicos entre pañales y ausencias desgarradoras.

—Ha sido... informativa —soltó Jimmy, con una brevedad tan cortante que solo sirvió para que la sonrisa de Junior se ensanchara con una malicia casi depredadora.

—¿Informativa? —Junior soltó una carcajada vibrante y se cruzó de brazos—. Por favor, Jimmy. Llevo diez minutos escuchando el hervidero de rumores en la planta doce. Las secretarias dicen que has entrado como si caminaras sobre nubes, distraído y con una mirada que han calificado literalmente como: "parecía que acababa de ver un unicornio". ¿Tan impactante es el dichoso profesor de plástica?

Jimmy no dijo nada. Mantuvo la vista fija en un punto indeterminado de su escritorio, sintiendo cómo el peso de la observación de su amigo le quemaba la frente.

—Jimmy… —Junior dio un paso al frente, su tono volviéndose inquisitivo, casi clínico—. ¿Ha pasado algo que deba saber?

—No ha pasado nada. Todo ha ido normal… —Jimmy carraspeó, ajustándose los puños de la americana con una urgencia innecesaria—. Perfectamente normal. Lo más normal que podría ir una reunión con el tutor de mi hija. Nada fuera de lo común.

¡PAM!

Junior golpeó el escritorio con ambas palmas, haciendo que el organizador de plumas saltara un par de milímetros. El estruendo rompió la burbuja de negación de Jimmy.

—Suéltalo… ya —sentenció Junior, inclinándose hacia delante.

Jimmy exhaló un suspiro largo, una rendición absoluta ante la evidencia. Sus dedos se deslizaron hacia el bolsillo de su pantalón y sacó el pequeño post-it amarillo, dejándolo sobre la superficie de la mesa como si estuviera entregando una prueba incriminatoria en un juicio de alta traición.

—Es posible… que le haya pedido su número de teléfono… —confesó Jimmy en un susurro cargado de una vulnerabilidad que no recordaba poseer—. Es… joven, guapo… Quizá… cinco años menos que yo, tal vez algo más. Y tiene pintura en los dedos, el pelo como si acabara de sobrevivir a una tormenta y una forma de hablar de arte que...

Jimmy hizo una pausa, cerrando los ojos por un segundo. En la oscuridad de sus párpados, volvió a ver la sonrisa de Sea y a sentir aquel aroma a vainilla.

—Que hace que todo lo demás parezca increíblemente aburrido.

Junior alargó la mano con lentitud y tomó el post-it entre dos dedos. Soltando un silbido.

—Vaya… De todas las cosas que imaginé que pasarían hoy, que consiguieras el teléfono personal en la primera "cita" no estaba en mi bingo semanal… Eso es eficiencia en estado puro Jimmy. —bromeó Junior, aunque su expresión se suavizó al notar la genuina confusión que nublaba los ojos de su amigo.

Jimmy se cubrió el rostro con ambas manos, hundiendo los dedos en sus sienes como si intentara masajear y borrar los eventos de la última hora.

—No tiene ninguna gracia, Ju… —su voz salió amortiguada, cargada de un dramatismo que rara vez se permitía—. Esto… esto no debería haber pasado. Es un error sistémico. Un fallo en la matriz.

Junior soltó una carcajada seca.

—Escucha, Jimmy. Han pasado nueve años. Nueve largos años en los que tus únicos vicios conocidos han sido comprarle juguetes absurdamente caros a Sunny y trabajar hasta las 10 de la noche. Tu vida tiene la espontaneidad de un manual de instrucciones de IKEA.

Jimmy bajó las manos lentamente y lo fulminó con la mirada, aunque sus ojos delataban una agitación que no lograba ocultar.

—Pero es que…

—Pero nada. Si ese chico, con sus dedos manchados de pintura y su pelo de recién levantado, ha logrado que te olvides de la cotización de las acciones por un segundo… tal vez deberías dejar de analizarlo como si fuera una auditoría y simplemente escribirle un mensaje.

—Es el profesor de mi hija —sentenció Jimmy, golpeando suavemente la mesa con el dedo índice, como si estuviera citando una ley física inamovible o un artículo de la Constitución—. Es una locura. Una negligencia ética. No debería haberle pedido el teléfono, Junior. He cruzado una línea roja.

Junior arqueó una ceja, claramente divirtiéndose con el dilema moral de su amigo.

—Vale, aceptamos "negligencia ética" como animal de compañía. Pero dime una cosa… ¿Cómo demonios has conseguido engañar a ese pobre chico para que te diera su número privado en cinco minutos?

Jimmy lo miró con una mezcla de indignación y culpabilidad.

—No he engañado a nadie, Ju. Solo… bueno, va a abrir una actividad extraescolar de arte y quiere que Sunny asista porque dice que tiene talento. Y yo, como padre responsable que soy, le he dicho que quería estar informado de cada avance… y que, obviamente, por mensajería instantánea sería mucho más eficiente y fluido que por los canales oficiales…

Junior se quedó en silencio un segundo, procesando la información, antes de que una sonrisa de pura incredulidad se extendiera por su cara.

—No me lo puedo creer. Has usado a Sunny como escudo humano para conseguir el Line del profe —dijo, estallando en una carcajada—. ¡Eres un genio del mal, Señor Potiwihok!

Jimmy se dejó caer hacia atrás en su imponente silla de cuero, cerrando los ojos con desesperación mientras el respaldo chirriaba bajo su peso.

—¡Lo sé, lo sé! Soy un ser humano despreciable… —exclamó, lanzando una mano al aire en un gesto de rendición—. Pero no te preocupes, no voy a cometer la estupidez de escribirle. Me ceñiré al correo corporativo. Seré profesional. Seré el "Señor Jitaraphol" y esto se quedará en una anécdota vergonzosa.

Junior se limitó a volver a poner el post-it frente a Jimmy, justo encima de su teléfono.

—Claro que sí, Jimmy. Y yo soy el próximo Rey de Tailandia. Suerte con tu "correo corporativo", tigre. 

Jimmy clavó la mirada en el pequeño cuadrado de papel amarillo. Luego miró a Junior. Luego volvió al papel. Era como si estuviera analizando un contrato con una cláusula de rescisión billonaria.

​—Mira, Jimmy… —Junior suavizó el tono, dejando de lado las bromas por un instante—. Es el profesor que ha conseguido que Sunny sea la niña más feliz del colegio en años. Y, honestamente, es la primera persona que logra que tú vuelvas a interesarte por alguien más allá de un balance de resultados. No seas imbécil y pierdas esta oportunidad por un exceso de decoro.

​Jimmy abrió la boca para protestar, pero Junior levantó una mano, deteniéndolo antes de que soltara otra frase sobre la ética profesional.

​—Escríbele para lo de la extraescolar, para darle las gracias o para lo que te dé la gana. Pero hazlo. Dicho esto, me vuelvo a mi puesto de trabajo; algunos tenemos que trabajar de verdad porque no tenemos a un dulce profesor de arte al que enviarle mensajitos —concluyó con un guiño pícaro antes de salir del despacho, dejando tras de sí un silencio que de pronto le pareció a Jimmy demasiado pesado.

Jimmy tamborileó con los dedos sobre la mesa de cristal. El sonido rítmico parecía marcar la cuenta atrás de su cordura. Finalmente, con un suspiro de rendición, tomó su teléfono personal.

​Tecleó los números con una lentitud casi ceremonial y guardó el contacto.

”Sea (Profesor de Sunny)”

​Se quedó mirando la pantalla en blanco. «¿Qué se le escribe a un hombre que te ha dejado sin palabras frente a una pizarra de tiza?», se preguntó, sintiendo que sus manos, sudaban ligeramente.

Jimmy: 

“Hola, Sea.”

​Enviar.

​El corazón le dio un vuelco. Ya no había marcha atrás. Había lanzado la primera piedra. Inmediatamente, empezó a escribir el resto, pero sus dedos parecían haber olvidado cómo construir frases humanas.

Jimmy: 

Soy Jimmy, el padre de Sunny. Confirmo la asistencia al taller de los martes y jueves, tal y como hemos hablado en el aula hace unos momentos. Quedo a su disposición para cualquier trámite administrativo.”

​Borró el mensaje con saña. «Parezco un robot programado en los años noventa», pensó con frustración. Lo intentó de nuevo.

Jimmy: 

Gracias por lo de la corbata…”

​Lo borró antes de terminar.

Jimmy se frotó el puente de la nariz, sintiendo que su coeficiente intelectual disminuía diez puntos por cada segundo que pasaba mirando ese chat. ​Volvió a apoyar los pulgares sobre el teléfono, decidido a intentar algo que sonara... humano.

Jimmy: 

No he dejado de pensar en lo que dijiste sobre el arte y la libertad. Me gustaría que me contaras más sobre ese taller... y tal vez sobre cómo logras que Sunny te mire como si fueras un superhéroe. A mí me cuesta negociar con ella hasta el postre.”

​—Demasiado personal. Borra, borra, borra —masculló Jimmy, borrando el texto con una saña casi física.

​Entonces, un destello de audacia —o de locura temporal— se apoderó de él. Sus dedos se movieron con una rapidez eléctrica, dictados por una parte de su cerebro que llevaba nueve años dormida y por el recuerdo del aroma a vainilla de Sea.

Jimmy: 

Todavía puedo sentir tus dedos en mi corbata. Ha sido el momento más interesante de mi semana, y apenas son las diez de la mañana. ¿Haces asesorías de imagen personal a domicilio o solo en aulas de primaria? Tienes unos ojos preciosos y una luz que…

​Jimmy soltó el teléfono sobre la mesa como si acabara de quemarle las manos. Se quedó mirando el dispositivo, horrorizado por lo que acababa de escribir.

​—¡Jitaraphol, contrólate! —se regañó en voz alta, lanzándose sobre el teléfono para borrar el texto antes de que sus dedos cometieran un error fatal—. Eso es acoso... 

​Mientras tanto, a kilómetros de allí, en la sala de profesores, el teléfono de Sea vibró con un espasmo repentino sobre la mesa. El joven profesor dio un respingo, casi tirando su taza de té.

​En la pantalla apareció una notificación que hizo que su pulso se acelerara al instante:

[Número Desconocido]: 

“Hola, Sea.”

​Y justo debajo, el pequeño indicador de "Escribiendo..." empezó a aparecer y desaparecer en un baile errático. Sea se quedó petrificado, con la mirada fija en el teléfono, conteniendo el aliento mientras veía cómo el indicador surgía durante largos segundos para luego desvanecerse en el vacío, una y otra vez.

​«¿Será Jimmy?», pensó Sea, sintiendo un cosquilleo eléctrico en el estómago.

—¿Te vas a quedar mirando el móvil hasta que se derrita o vas a respirar? —soltó Off, observando a su amigo con una mezcla de lástima y diversión mientras mordía una manzana.

Sea no respondió. Tenía las manos entrelazadas, apretando los nudillos hasta que se volvieron blancos. Finalmente, la notificación se estabilizó y el mensaje entró con un suave ping.

[Número Desconocido]: 

“Soy Jimmy, el padre de Sunny. Siento molestarte en tu horario de descanso, pero no podía esperar a confirmar lo del taller. Cuenta con ella para los martes y jueves. Y gracias... de nuevo, por lo de esta mañana. La corbata ha aguantado impecable en todas mis reuniones.”

Sea soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones de todo el aire acumulado. Una sonrisa lenta y genuina se dibujó en su rostro. Jimmy había sido educado, distante pero detallista. El hecho de que mencionara la corbata le hizo sonreir.

Sus dedos volaron sobre la pantalla.

Sea: 

“¡Hola, Jimmy!” 

“Qué alegría leerte.” 

“No es ninguna molestia, de hecho, acabas de darle una alegría a mi agenda. Sunny va a ser la estrella del taller, ya lo verás.”

Sea se quedó mirando el teléfono, «¿Le escribo algo sobre la corbata?»

Sea:

“Y… me alegra saber que la corbata se portó bien... aunque el mérito es del modelo, que sabe lucirla. 😉

Sea se rió en sus adentros, no podía enviarle eso al padre de Sunny, fue a borrarlo pero le dió a enviar sin querer.

—¡No, no, no! —exclamó en voz alta, aporreando el botón de borrar como si su vida dependiera de ello.

Seleccionó corriendo el mensaje.

Borrar.

«Lo he borrado rápido… no creo que le haya dado tiempo a leerlo…»

Al otro lado de la ciudad, Jimmy sintió que el mundo se detenía por un segundo. El emoji del guiño al final del mensaje lo golpeó con más fuerza de lo esperado. Se reclinó en su sillón de piel, ignorando tres correos marcados como "Urgente", y se quedó mirando la pantalla del teléfono.

Aquella frase... "el mérito es del modelo". Era un cumplido directo, envuelto en una capa de naturalidad que Jimmy no sabía cómo manejar. Sintió un calor inusual trepando por su cuello. Quiso ser ingenioso, y contestarle algo audaz, pero vió como el último mensaje desaparecia.

Sea:

“Mensaje eliminado”

“Nos vemos el martes ☀️

Jimmy sonrió, podía decirle que había leído su mensaje, pero su instinto de protección —ese que llevaba nueve años recordándole que su prioridad era Sunny y su estabilidad— le hizo frenar en seco.

No podía permitirse ser impulsivo. No con el profesor de su hija. 

«No todavía.» le dijo la vocecita de su cabeza.

Jimmy: 

“Me alegra que lo veas así. Nos vemos el próximo martes entonces para la primera clase. Que tengas una buena tarde, Sea.”

Corto. Preciso. Seguro.

Jimmy dejó el teléfono sobre la mesa, boca abajo, como si el aparato fuera una tentación peligrosa. Se obligó a concentrarse en los gráficos de su ordenador, pero la imagen de Sea sonriendo mientras ajustaba su corbata seguía en su mente.

En el colegio, Sea leyó la respuesta y soltó un pequeño bufido aliviado.

Continuará…